El silencio creador

        Ayer estuve en el velatorio del sacerdote artista y escritor Federico Delclaux (Barcelona, 1935) en la Clínica Universidad de Navarra donde acababa de fallecer. Me venía a la memoria su maravilloso libro «El silencio creador» (Rialp, 1969) que tanto me cautivó en mi juventud. Se trataba de una colección de 88 textos de eminentes artistas y autores de los siglos XIX y XX que habían ayudado a Delclaux para comprender el proceso creativo. Así explicaba en la introducción los motivos de la selección que había hecho:

                “Al leer un libro, el monótono pasar de las páginas mide el transcurrir del tiempo. Pero quizás al llegar a un pasaje la lectura se detiene, y la mirada se alza para perderse, mientras el interior late en unidad con lo leído. Esa idea encontrada no tiene por qué ser sorprendente ni nueva. A lo mejor es una idea adquirida ya hace años —tanto tiempo hace, que se tenía como propia—, y que acaba de aparecer ante él, y se vuelve a descubrir la verdad que encierra.

        Es el mismo detenerse del tiempo, a veces, ante un movimiento determinado de Beethoven. Es la misma admiración anonadada ante el fresco de la Capilla Sixtina, o la inocencia que invade quizás al contemplar L’oiseau et son nid de Braque. Un momento en el que el espíritu profundiza en un hondo conocer contemplativo”.

        Los textos escogidos por Delclaux están organizados en cuatro secciones que en la primera edición llevaban estos títulos: 1) La mirada; 2) La vida; 3) El quehacer; 4) El hombre y su obra y el mundo.

        Recuerdo bien cuánto me impactó la primera sección y en particular el texto “Adentro” (1900) de Miguel de Unamuno cuando lo leí en mi primer año de carrera (1970-71): está ahora accesible online en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes .

        Como homenaje agradecido a Federico Delclaux quiero reproducir en este post unas pocas líneas de las sabias palabras con las que abría El silencio creador:

                “Entre las contradicciones internas que se dan en el trabajo creador, hay una que puede llevar hacia la inacción o hacia el activismo estéril. Se trata de esa aparente oposición que existe entre la aventura personal —esfuerzo y hallazgo propios— y el seguir las indicaciones de aquellos que han precedido. Por una parte, si se pierde la espontaneidad, la alegría y el sello personal, la obra será copia, falsa perfección. Pero también hay que tener en cuenta que si no se atiende a lo que han dicho aquellos que han desvelado algo del misterio del arte, puede ocurrir que todo quede en nada. No es suficiente con decir: «Mi fuerza abrirá mi propia senda», porque basta con alzar la mirada para descubrir mucho esfuerzo inútil.

        Todo esto no es nuevo. Y además está grabado en el inestable interior del que crea: al ver tanta obra mal hecha, carente de arte, ¿cómo no darse cuenta de la necesidad de aprender? Y, a la vez, ¿cómo evitar el peligro de quedar abrumado por el peso de los consejos?

        Esta aparente contradicción entre el crear personal y el aprendizaje de los que ya encontraron, quizá se resuelva al considerar que el camino a seguir es amplio, y las señales que lo delimitan pueden llegar a hacerse propias.

        No es necesario extenderse sobre la gran amplitud del camino: basta con mirar la historia para descubrir la variedad de los que lo han recorrido.

        Las señales que lo delimitan son esos valores constantes que encauzan y dirigen. Son generales y encierran vida, y por eso pueden hacerse propios, fundirse en uno mismo. Entonces ya no se verán como ataduras, sino como algo que concreta el fuego interior y lo aviva.

        Después cada uno irá haciendo su andadura personal, aprendiendo de lo cotidiano.”

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         Son palabras maravillosas que invitan —y dan pistas muy certeras para ello— a aprender a vivir la propia vida como una obra de arte, tal como hizo Federico Delclaux.

Pamplona, 24 de enero 2020.

Agradezco las correcciones de Jacin Luna y su ayuda con las ilustraciones.

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Regalar en Navidad

Entrevista de Miriam Lafuente

        La proximidad de la Navidad trae a la cabeza de inmediato el tema de los regalos. El profesor de filosofía Jaime Nubiola escribió hace algún tiempo sobre este asunto en su web y reproducimos aquí sus dos primeros párrafos:

      Las fiestas de Navidad traen a nuestra consideración la vigencia de los valores cristianos que esta celebración encierra. Algunos agoreros se lamentan año tras año de una supuesta pérdida del sentido cristiano de la Navidad al comprobar la sustitución en los grandes almacenes o en espacios públicos de algunos signos navideños tradicionales en España por otros más internacionales que —dicen— ocultan el significado religioso. Otros —que recuerdan inevitablemente al Ebenezer Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens— se quejan amargamente de la brutal comercialización de estas fiestas en las que los ciudadanos se lanzan a despilfarrar desaforadamente sus ahorros de todo el año en las tiendas y grandes almacenes para satisfacer así sus caprichos. Me parece a mí que ni unos ni otros aciertan. Entre luces, villancicos, panderetas y enormes comidas familiares se abre paso nítidamente la conciencia de que Dios ha nacido en Belén y que aquel hecho maravilloso ha cambiado por completo la historia humana y ha cambiado las relaciones entre nosotros.

            El símbolo esencial de la Navidad no son las figuritas de los nacimientos, ni los barbudos Santa Claus o Papá Noel, ni el árbol majestuoso iluminado, ni las herraduras adornadas o las hojas de muérdago, ni el besugo, el cava o los turrones de Jijona. El verdadero símbolo de la Navidad son, sobre todo, los regalos. Los regalos de los pastores y de los magos al Niño son el signo más luminoso de la Navidad cristiana. Frente a quienes piensan que el sentido cristiano de la Navidad se está perdiendo a manos de las campañas publicitarias de los grandes almacenes vale la pena recordarles que gracias al trabajo extraordinario de todos estos comercios en estas fechas, resulta posible que gocemos de la experiencia maravillosa de que «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20, 35). No solo volvemos a ser niños, sino que realmente aprendemos a dar y a recibir que es lo que nos hace realmente humanos.

Le dirigimos algunas preguntas a Jaime Nubiola y estas son sus respuestas.

  1. ¿Qué regalos podría dar a mi familia y amigos esta Navidad que no fueran materiales?

           Cada vez estoy más persuadido de que el mejor regalo que podemos hacernos los seres humanos unos a otros es nuestra atención, nuestra escucha, acompañada de la sonrisa, del abrazo, de la caricia. Como decían Ana Belén y Víctor Manuel en un antiguo álbum: “Para la ternura siempre hay tiempo”. El regalo que los demás necesitan de nosotros es, sobre todo, nuestra ternura, nuestro tiempo y nuestra paciencia.

Viene a mi memoria un anuncio de IKEA de hace un par de años titulado “La otra carta a los Reyes“. Primero los niños escribían una carta a los Reyes Magos y después escribían otra a sus padres con lo que realmente querían de ellos: lo que todos les pedían era tiempo, atención, cariño, en lugar de juguetes. Esa segunda carta era la realmente importante.

      Nosotros —los adultos— podemos también regalar atención a quienes tenemos a nuestro lado y para ello, por ejemplo, podemos apagar del todo el móvil en las reuniones familiares o en los encuentros con los amigos y así podremos escucharles sin distracciones.

  1. ¿En qué reparar antes de hacer un buen regalo material?

            A todos nos gusta recibir regalos, pero sobre todo nos encanta hacerlos. Regalar es dar cosas a quienes queremos como muestra de afecto y sin esperar nada a cambio. Lo primero en lo que hay que reparar es en la ilusión que puede hacer a esa otra persona recibir aquel regalo. Muchas veces no importa tanto el valor económico, sino sobre todo el valor afectivo, el tiempo y la atención que hemos invertido en ese atractivo regalo quizá bellamente envuelto.

  1. Quise quedar con una amiga unas Navidades y me dijo que le encantaría, pero le faltaba tiempo para las compras de Navidad…

            ¡Qué pena! Si no tenemos tiempo en navidades para nuestras amistades, ¿cuándo vamos a tener tiempo? Me parece que la lección y el recordatorio que la Navidad trae a nuestro corazón y a nuestra cabeza cada año es que el ser humano solo se realiza plenamente cuando se regala, cuando se entrega a quienes tiene a su alrededor. Si no tenemos tiempo para quienes nos quieren, ¿de quién es nuestro tiempo? Merece la pena pensarlo, no sea que sean otros —el trabajo, el entretenimiento, la vanidad, el egoísmo— quienes vivan nuestra vida.

  1. A lo largo de la vida recibimos regalos varios, pero algunos nos llegan especialmente al corazón… Un regalo que usted recuerde especialmente y por qué.

            A mí siempre me han gustado mucho los libros. Puede parecer un poco pedante, pero me impactó mucho cuando yo tenía 10 años o así el regalo que me trajeron los Reyes Magos: una edición juvenil de las tragedias griegas de Esquilo cuyo impactante contenido —que mis padres probablemente desconocían— sugería que ya me consideraban casi un adulto.

      Otros regalos que me conmueven siempre son los que me hacen los antiguos alumnos testimoniando su agradecimiento; los conservo con emoción en mi despacho en la Universidad. Me gusta recordar aquello que escribió Emily Dickinson a su mentor literario: “La gratitud es el único secreto que no puede revelarse por sí mismo”.

  1. La publicidad estas navidades nos incita a comprar. Pero, ¿qué regalos no se pueden comprar con dinero?

         Me parece que casi he respondido ya a esta pregunta, pero quiero añadir algo aprendido de un brillante antiguo alumno que el día de Navidad va con la Comunidad de San Egidio en Barcelona a servir un espléndido banquete a varios centenares de personas sintecho de la ciudad . Y no lo hace solo el día de Navidad.

         Más aún, me parece que conviene recordar que lo que sobre todo necesitamos las personas es la conversación amable, la escucha atenta, una sonrisa abierta y, sobre todo, mucho respeto. El respeto es a veces el mejor regalo que podemos hacernos entre nosotros los seres humanos, respetar las diferencias, las personalidades, los gustos, las aficiones y las sensibilidades. ¡Cuántos conflictos nos ahorraríamos en las celebraciones familiares si amáramos un poco más nuestras diferencias! Merece la pena pensarlo y actuar en consecuencia: muchas veces es mejor callarse y sonreír o proseguir la conversación en una dirección más amable. Esto es algo que podría enseñarnos la Navidad.

Pamplona, 24 de diciembre 2019.

P. S. Agradezco a Miriam Lafuente su entrevista y su autorización para reproducirla aquí. Agradezco también la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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El Día Mundial de la Filosofía

             Hace unos días celebramos en mi Facultad el “Día de la Filosofía” con una simpática sesión promovida por los alumnos que incluyó una amena lección del profesor argentino Ignacio Garay bajo el título festivo “Aprobar un examen no es mejor que suspenderlo”, un sencillo aperitivo, y un concurso de “meriendas filosóficas” al que lamentablemente no pude quedarme.

             Al parecer, fue la UNESCO la que introdujo en el año 2005 el Día Mundial de la Filosofía para que se celebrara cada tercer jueves de noviembre tomando pie de la fecha estimada de la muerte de Sócrates (479-399 a. C.). Leo en Wikipedia (en inglés) que con esta celebración la UNESCO «subraya el valor permanente de la filosofía para el desarrollo del pensamiento humano, para cada cultura y para cada individuo. La UNESCO —añade esa entrada de Wikipedia— siempre ha estado estrechamente vinculada a la filosofía, no a la filosofía especulativa o normativa, sino —así dicen— al cuestionamiento crítico que permite dar sentido a la vida y a la acción en el contexto internacional».

             Me parece que esta celebración es un buen motivo para recordar una vez más la importancia de que todos —filósofos profesionales y ciudadanos de a pie, jóvenes y adultos— nos lancemos a pensar, a leer, a hablar y a escucharnos unos a otros en esta sociedad de las prisas y del consumismo. ¡Quizá sea por esa razón que el jueves filosófico se celebra la semana anterior a la del Black Friday! A mí este día me brinda la ocasión de recordar algunas de las ideas que de palabra o por escrito vengo repitiendo desde hace años.

             Suele situarse el comienzo de la filosofía en Mileto hace 2.600 años cuando Tales, Anaximandro y Anaxímenes se plantearon cuál era el origen de las cosas y dieron sus diversas respuestas a esa pregunta. Precisamente uno de los motivos por los que la sociedad utilitarista actual menosprecia a la filosofía es por esa diversidad de opiniones, por las diferentes respuestas que los filósofos ofrecen a unos mismos problemas.

             Nuestra sociedad vive una extraña mezcolanza de una ingenua confianza en la Ciencia con mayúscula y de aquel relativismo perspectivista que expresó tan bien el poeta con su “nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. En contraste con esa actitud, quizá cabe destacar que el profesional —pensemos, por ejemplo, en un buen científico— no es nunca un relativista, no piensa que su opinión en el ámbito de su especialización valga lo mismo que cualquier otra, y, si es honrado, está deseoso de someter su parecer al escrutinio de sus iguales y de contrastarlo con los datos experimentales disponibles. Un buen científico está persuadido de que su opinión es verdadera, de que es la mejor verdad que ha logrado alcanzar, a veces con mucho esfuerzo. Sin embargo, sabe también que su opinión no agota la realidad, sino que casi siempre puede ser rectificada y mejorada con más trabajo suyo y, sobre todo, con la ayuda de los demás, pues la búsqueda de la verdad no es nunca una tarea solitaria, sino solidaria y compartida.

             Lo mismo ocurre en la filosofía cuando se hace bien. En este sentido, pienso que el papel de la filosofía en el siglo XXI pende de que quienes se dediquen a ella logren aunar en un mismo campo de actividad intelectual el rigor lógico y la relevancia humana, que durante décadas han constituido los rasgos distintivos de dos modos opuestos de concebir la filosofía. Articular el rigor de la filosofía académica con los más profundos anhelos de los seres humanos viene a ser lograr una genuina forma de vida filosófica en la que se articulen la confianza en la capacidad de nuestra razón y el simultáneo reconocimiento de sus flaquezas y límites.

             La filosofía no es —ni puede ser— un mero ejercicio académico, sino un instrumento para la progresiva reconstrucción crítica y razonable de la práctica cotidiana, del vivir. En un mundo en que la vida diaria se encuentra a menudo alejada por completo del examen inteligente de uno mismo, una filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos —tal como ha hecho buena parte de la filosofía moderna— es un lujo que no podemos permitirnos. “Hoy —escribía Thoreau en 1854— hay profesores de filosofía, pero no filósofos. Y sin embargo es admirable enseñarla porque en un tiempo no lo fue menos vivirla. […] El filósofo va por delante de su época incluso en su forma de vivir”.

             Como los demás saberes humanos, la filosofía está comprometida con la verdad. La verdad es primordialmente aquello que las personas anhelamos y buscamos. La verdad buscada es la verdad objetiva; es la verdad objeto de los afanes compartidos en el espacio y en el tiempo de cuantos han dedicado sus vidas a saber y a generar nuevos conocimientos. Quienes empeñamos nuestras vidas en saber no lo hacemos por afán de poder ni mucho menos por escribir unos libros que nos hagan millonarios, sino que lo que nos mueve realmente es el saber mismo: nuestras vidas están animadas por el deseo de averiguar la verdad, por el “impulso —escribió Charles S. Peirce— de penetrar en la razón de las cosas”. Lo que queremos —en expresión de Hannah Arendt— es comprender.

            Para mí una clave decisiva es reconocer que los diversos pareceres formulados seriamente en todas las cuestiones opinables encierran algún destello de la verdad; de todos esos pareceres algo podemos aprender. La defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión de Stanley Cavell— maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro.

             Quizá por eso llamó particularmente mi atención la conferencia de Ignacio Garay “Aprobar un examen no es mejor que suspenderlo” con la que nuestros alumnos celebraban festivamente el Día Mundial de la Filosofía. Con expresión muy querida de Leonardo Polo, deseo terminar estas líneas con su “Siempre se puede pensar más”: esto es, sobre todo, a lo que nos invita este día.

Pamplona, 30 de noviembre 2019.

Agradezco la corrección de Teresa Esteban y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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¿Arde el Estado?

    En las últimas semanas me han impresionado las imágenes de ciudades de muy diversas partes del mundo en las que las fuerzas de seguridad reprimían a los ciudadanos mientras ardían contenedores de basura o montañas de neumáticos. Quizá comenzó en París con las huelgas de los “chalecos amarillos”, caracterizadas por la agresividad de los manifestantes contra la policía, pero en los últimos tiempos se han extendido a Hong Kong, Barcelona, Santiago de Chile, Quito y probablemente otros lugares.

         Estoy seguro de que se trata de fenómenos muy complejos —cuyo análisis dejo al juicio de los politólogos y demás expertos— y cuyas causas son muy diversas en cada país, pero tengo la impresión de que hay una cierta uniformidad en todos esos fenómenos, quizá debido a que veo todas esas imágenes cuando cansado del día y sentado frente al televisor contemplo las noticias de cada jornada. Hay dos rasgos que a mí me impresionan particularmente: la agresividad desplegada por ciertos manifestantes contra la policía y el valor comunicativo del fuego.

        Respecto de lo primero, se decía hasta ahora que el Estado tenía el monopolio de la violencia y que la ejercía cumpliendo todos los requisitos legales a través de las fuerzas del orden, en particular, de los diversos cuerpos de policía. Para mí lo novedoso es que ahora entre quienes se manifiestan hay grupos entrenados para atacar a la policía mediante piedras, objetos contundentes, petardos, lanzamiento de mobiliario urbano, etc. Los medios de comunicación suelen llamarles “radicales violentos”, “anticapitalistas”, “antisistema”, etc., y no les falta razón, en el sentido de que lo que estos grupos denuncian es precisamente el sistema capitalista que hace crecer de día en día el número de pobres y hace más ricos a los privilegiados. Esto que acabo de decir es lo que confirman de manera fehaciente todos los datos disponibles del desarrollo económico en las dos últimas décadas sobre la creciente desigualdad entre ricos y pobres.

         Como escribía en el pasado agosto, me impresionó hace años la película Elysium en la que unas pocas personas que viven en el año 2154 en un satélite paradisíaco alrededor de la Tierra, sin guerra, sin pobreza, sin enfermedades, explotan a la humanidad que vive hacinada entre las ruinas y las factorías que quedan en nuestro deteriorado planeta. Con todos los antisistema pienso que es posible que estemos yendo hacia esa situación de pesadilla: la filósofa alemana Christel Fricke la ha llamado “a gentrification of society“, en la que unos pocos cultos, sanos y adinerados viven a costa del resto de la humanidad.

         Un elemento central en esta discusión es el papel del Estado, que —no lo olvidemos— es en última instancia un “invento” de los últimos siglos. Muchos advierten que de forma creciente el Estado no encarna ya los sentimientos de la mayoría de la población, en parte por las enormes olas de inmigración en todos los países occidentales, pero también en parte porque solo representa en muchos lugares al pequeño grupo de familias o de empresarios que controlan cada país. De hecho, la definición más comúnmente utilizada es aquella de Max Weber que definía en 1919 al Estado moderno como la institución que en un territorio monopoliza legítimamente el uso de la violencia. Lo nuevo ahora es la violencia popular contra el Estado, sean los indígenas en Ecuador, las clases más desfavorecidas en Santiago, los jóvenes radicales independentistas en Barcelona o los jóvenes occidentalizados de Hong Kong.

         El segundo rasgo que más ha llamado mi atención ha sido el fuego con toda su espectacularidad en la noche de una gran ciudad: contenedores ardiendo, neumáticos en llamas, densas humaredas convertidas en cortinas de humo tóxico, etc. Esas imágenes captadas por miles de móviles eran retransmitidas durante horas a muchos países del mundo. En Barcelona hubo incluso quienes se hacían fotos con el móvil para publicarlas en las redes sociales.

    Me escribía una filósofa catalana diciéndome: «Estoy triste por lo que está pasando en Cataluña. Se nos está yendo de las manos». Yo le contestaba brevemente: «No está en tus manos ni en las mías. Tú intenta crear a tu alrededor un espacio de serenidad, paz y optimismo y verás cómo las cosas cambian un poco». Soy optimista y no dudo de que la razón humana, que con tanto éxito se ha aplicado en las más diversas ramas científicas, se ha de aplicar también ahora a arrojar luz sobre los problemas políticos y sobre la mejor manera de organizar la convivencia social.

        De la misma manera que el trabajo cooperativo de los científicos a lo largo de las sucesivas generaciones ha logrado un formidable dominio de las fuerzas de la naturaleza, un descubrimiento de sus leyes básicas y un prodigioso desarrollo tecnológico, cabe esperar que la aplicación de la razón humana a estas cuestiones políticas y sociales tan candentes producirá resultados semejantes. Como me escribe Santiago Pons, “esa razón no puede ser la mera científico-técnica sino que debe ser una razón compasiva una razón del corazón que nos ayude a valorar al otro y a respetarlo”.

        Por eso hace falta que quienes lideran la sociedad —políticos, empresarios, intelectuales, etc.— vuelvan a escucharse unos a otros y a repensar desde abajo la noción de Estado, la distribución del poder, la función de las fuerzas policiales y tantas cosas más sobre cómo organizar la convivencia en nuestra sociedad para que esta sea más justa, más pacífica y más amable. Se trata de una tarea que hemos de hacer entre todos si no queremos que el Estado arda.

Pamplona, 24 de octubre 2019.

        Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, Ángel López-Amo, Paloma Pérez-Ilzarbe y Santiago Pons, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Impaciencia de corazón (III)

Las imágenes han acabado con la imaginación. Sentado en las bancas del Aula 6, de cemento gris y gris madera, tan inmensa y vacía, uno de mis primeros días en la facultad de comunicación de la Universidad de Navarra, ya ha llovido desde entonces, escuchaba cómo la profesora de escritura creativa (Beatriz o Bea, a secas; siempre Bea, sonriente y amable; exigente, sí: claro, y sonriente y amable; siempre me bailó el apellido) citaba a un Josep Pla que fumaba “para encontrar adjetivos”.

Qué escena tan fuera de lugar y momento, la de un joven aferrado a un pitillo, de liar o estraperlo, que espera sentado a dar con el adjetivo mientras un reguero de humo fino se persigue la cola y se le escurre entre las manos. La profesora (Beatriz o Bea a secas) también recomendaba Unos buenos zapatos y un cuaderno de notas, de Chéjov, porque “así se topa uno con las buenas historias”, fuera, en la calle, de paseo con un cuaderno y un buen par de botas. Y así andábamos todos los estudiantes, millenials sin etiquetar, medio enamorados de la idea de pasear, observar y escribir.

“Real Academia Española de la Lengua”. Fluxpics, 21 de febrero de 2012.

Ha llovido desde entonces y ahora la gente, nosotros y ellos, viaja hasta el fin del mundo para fotografiarse en un escenario único y compartir el retrato en sus círculos y redes. Hace unos meses la prensa se sorprendió ante el atasco de turistas aguardando su turno para poner el pie en la cima del Everest (qué divertido pensar que, con todo, el Everest siga en pie) y dio la noticia con cierto remilgo y reparo, hasta con escrúpulos, como si reprochase a los turistas alpinos que solo atendieran a la instagramabilidad de todo el montaje para ascender ocho mil metros sin ton ni son. A Ulises rico en ardides le suplanta hoy el turista rico en imágenes.

¿Qué imagenes? Aquellas que pueda proporcionarse con su teléfono inteligente y nada más. Con la llegada de los iPhones y compañía, pareció hacerse realidad el sueño de Joseph Beuys, “Cada persona, un artista”. Todos podían crear libremente y generar un público. Por fin, arte y democracia se daban la mano. Al final, como indica von Le Fort, el instrumento se venga dominando, y la pantalla se ha convertido en la condición sine qua non para el creador. El último anuncio de Apple lo subraya: crea, sí, pero detrás de un Mac, siempre detrás de un Mac; hagas lo que hagas, deja que nosotros estemos siempre delante, como el palo y la zanahoria. Nada que hagas sin tu pantalla será artístico o creativo.

Lo imposible: crear sin el Mac delante.

Saturados como estamos de imágenes, vengan a cuento o no, hemos acabado por enterrar la imaginación. La operación es conocida: primero se reduce todo aquello de lo que la imaginación es capaz a hacer, editar y compartir fotografías o vídeos; después, solo se aceptan esos vídeos y fotografías como el único signo válido de creatividad. El problema es que el ser humano siempre necesitará imaginación para vivir, para saber que ha hecho suyo el mundo, para plantearse preguntas y encontrar respuestas, para demostrar una y mil veces que quiere a quien ama, para avanzar sin dejar nada ni nadie en el camino.

Claro que cada persona es un artista, por la tonta razón de que se necesita cierto arte para llegar a ser persona. Claro que necesitamos imágenes para vivir (qué títulos tan hermosos, el de “creador de imágenes” y el de “imagen creada”), pero imágenes que no solo se puedan ver, sino que, sobre todo, den para vivir. Esto es: que iluminen la propia vida. Mucho me temo que este tipo de imágenes (las que no se ven, pero sí se viven) necesitan tiempo a fuego a lento, necesitan de alguien que las cueza y cuaje, o que sencillamente las teja y desteja, como una Penélope que espera o una Sherezade que sobrevive, una noche más. Necesitan, en definitiva, personas que vuelvan a sentarse a fumar para encontrar adjetivos.

“Aislada”. Fluxpics, 10 de febrero de 2012.

Barcelona, 14 de octubre de 2019.

Las dos imágenes que acompañan esta entrada pertenecen al proyecto universitario Fluxpics (Pamplona, 2011-2012).

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Impaciencia de corazón (II)

Internet ha conseguido que la gente se comparta y comporte. Me gustaría describir brevemente cómo este compartirse y comportarse alimentan la impaciencia del corazón, o directamente roban la paz a lo íntimo.

Compartirse. Gracias a las redes sociales, todo el mundo desea que todo el mundo sepa lo bien que ha comido o va a comer, lo agradable que es pasear por un barrio gentifricado de una ciudad europea cualquiera un domingo por la tarde, cuánto le gusta la última película de Almodóvar o el discurso de la Thunberg en Naciones Unidas. “Compártelo todo y hazlo bien” es uno de los mandamientos fundamentales de la red, donde ser es ser percibido. No basta con compartir, se debe compartir bien. Cuanto compartamos debe gustar a los demás, o despertar en ellos una reacción que libre del silencio y la nada.

Las redes sociales demuestran que el ser humano posee una necesidad afectiva de darse a conocer enorme. A sus amigos o contactos (WhatsApp), a los amigos de sus amigos (Facebook) o a todo el que pase por ahí (Instagram). O bien esa necesidad ya estaba allí, o bien las redes la crean cada vez que alguien decide usarlas para compartir algo. Tanto da, porque como no la satisfacen, al final lo que queda es entregarse al proceso de publicar por publicar, de consumirse entre stories y views. No sorprende que, así las cosas, esta forma de compartir apuntale el consumismo vigente y lo confirme socialmente como la única forma válida de estar en el mundo.

El problema con compartirse dentro del marco que proponen las redes sociales es que, al final, uno no tiene nada que decir, pero tampoco puede callarse. Este círculo se alimenta de una impaciencia que no ceja de avivar.

Comportarse. Los cinco grandes de internet recuerdan todo aquello que sus usuarios publican y comparten y todo aquello que no quieren que nadie más sepa. La suma de lo uno y lo otro resulta en una imagen o sombra de cada uno, sobre la que trabajan becarios tan brillantes como los de Cambridge Analytica. Compartirse es comportarse: con toda la información que dejamos en internet, nuestro comportamiento mismo se torna predecible y manipulable, en parte porque lo hemos embutido en las enjutas coordenadas de pantallas y datos, en parte porque, cada vez más, el obrar humano mismo depende de la red.

Lo único se torna predecible y manipulable. Aburrido. Todos teníamos una forma bastante igual de ser únicos en los noventa, pero desde que internet se ha convertido en la herramienta con que llegar a ser quien uno es, parece que nos han cortado a con el mismo patrón.

Aquí también cabe una huida hacia delante: querer generar un tráfico de visitas y mensajes imparable en nuestros perfiles y pantallas, y entregarse al proceso de ser percibido para recordar, aun vagamente, qué significaba “ser” a secas. La confirmación y validación de los demás, a través de emoticonos o notas de audio, jamás despertará un recuerdo al que se llega en silencio, ni tampoco darán voz a la memoria. Y este es el problema que veo a comportarse dentro del marco que proponen los teléfonos inteligentes: que, al final, uno se queda sin nada que hacer; que, al final, uno se conforma con la nada de lo que hace.

Barcelona. 7 de octubre, 2019.

Los dos gifs (paper heart y astronaut) que ilustran esta entrada son obra de Greg Muller, a quien agradezco el permiso para reproducirlos.

 

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Disfrutar en el trabajo

         En las últimas semanas han venido a visitarme dos brillantes antiguos alumnos que trabajan en campos muy distintos de la investigación y la enseñanza y me han dicho —los dos han pasado ya de los cuarenta— que se aburren en su trabajo y que desearían jubilarse. Se me ha venido el alma a los pies. No es solo la famosa “crisis de los 40”. ¿Cómo es posible que los entornos laborales —a veces agresivos, pero muchas otras veces simplemente monótonos— agosten las ilusiones de personas tan valiosas en solo dos décadas de ejercicio profesional? ¿Qué es lo que no les hemos enseñado o lo que sus profesores hemos hecho mal?

         A mí me dio mucha luz una frase del escritor argentino Jorge Bucay que he adoptado como lema de mi trabajo —¡llevo ya 41 años en él!— para este curso académico: «El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido». ¡Qué importante es que pongamos ilusión —esto es, amor— en nuestro trabajo habitual! Viene siempre bien recordar aquel dicho de san Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán en el amor” o la letrilla de Machado: “Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”. Lo importante no es hacer cosas, ni siquiera muchas cosas, sino el amor que hemos puesto en las cosas que hemos hecho.

         Docenas de veces habré contado a mis estudiantes la historia de los tres albañiles que relata Peter Drucker en algún lugar, pero quizá vale la pena repetirla una vez más. Se encuentran los tres obreros haciendo exactamente una misma tarea, pero sus actitudes son totalmente distintas. Al ser interrogados por el sociólogo acerca de lo que hacen, el primero responde con aire quejoso: “Ya ve, poniendo un ladrillo encima de otro”; el segundo, que tiene mejor ánimo y pone cara de mucha responsabilidad, contesta al que le pregunta: “Pues, ¡estoy sacando adelante a mi familia!”; mientras que el tercero interrumpe el aria que canta a pleno pulmón desde lo alto del andamio para explicar: “¡Estamos haciendo la catedral!”. La historia es muy gráfica y refleja muy certeramente cómo una misma tarea puede convertirse en un trabajo del todo distinto en función de las diferentes actitudes de quienes la llevan a cabo.

         Es preciso disfrutar en el trabajo hasta el punto de gozar con él. Esto tiene que ver, por supuesto, con algunas condiciones objetivas del trabajo, pero muy principalmente con la actitud con la que trabajamos. Para quienes trabajamos con otras personas, ya simplemente el preocuparnos de verdad del bienestar de aquellos con quienes colaboramos o de aquellos que se benefician directamente de nuestro trabajo, ayuda a dotar de un cierto sentido a nuestra actividad.

         Es verdad que a veces se sufre por los malos modos de los demás o por tantas otras cosas que no es fácil pasar por alto. Como en contraste, mientras escribo estas líneas me sorprende la sonrisa amable de las azafatas de Lufthansa al ofrecerme una bebida o al retirar el vaso ya vacío. No es simplemente una técnica o un requisito del puesto de trabajo; a base de sonreír hacen su tarea mucho más amable para sí y para los demás.

         De hecho, a los seres humanos nos atrae más el trabajo gustoso que la holganza. El cansancio me parece siempre que es el premio del buen trabajador. Por el contrario, el aburrimiento en la tarea profesional viene a ser como «la muerte en vida». Así calificaba el filósofo Ludwig Wittgenstein, víctima de la depresión, a la vida académica en Cambridge en su última época allí. En mi caso, disfruto con la vida académica, en particular, con las ansias de aprender de mis alumnos que además se renuevan cada año. Por eso, de acuerdo con mi decana, he preferido retrasar mi jubilación hasta los setenta —dentro de cuatro cursos— si Dios me da salud, aun pudiendo legalmente jubilarme con la pensión integra desde hace ya algún tiempo.

       A mis dos antiguos alumnos que anhelaban la jubilación les he recomendado que se pongan un plazo de nueve meses para tomar una decisión, quizá radical, de cambiar de trabajo o al menos de cambiar su actitud interior en el trabajo. Les he insistido —y parecían estar de acuerdo— en que esta vida es para disfrutar, pues si no disfrutamos habremos perdido el tiempo, ya que «el tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido».

Volando hacia Pamplona desde Berlín, 22 de septiembre 2019.

Agradezco las correcciones de Rafael Tomás Caldera, Enrique García-Máiquez y Jacin Luna, así como la ayuda de Jacin en la selección de las ilustraciones.

 

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