El atractivo de la sencillez

         En estos días he tenido ocasión de escuchar a Mons. Fernando Ocáriz, nuevo Gran Canciller de mi Universidad, y he quedado del todo cautivado por su amable sencillez. El viernes por la mañana en el acto académico en homenaje a su predecesor, Mons. Javier Echevarría, hubo hermosos discursos y sentidas palabras. Sin embargo, a mí, más que lo que allí se dijo, me impresionó sobre todo el sencillo ademán de don Fernando pidiendo —al entrar en el salón de actos del Museo— que no se le aplaudiera. El Gran Canciller hacía su entrada por primera vez en un imponente salón de actos abarrotado por 800 profesores y directivos de la Universidad que le recibían con un cerrado aplauso. En aquel gesto el prelado del Opus Dei expresaba con enorme sencillez y naturalidad su personal convicción de que no lo merecía.

         Por la tarde, pude asistir a un gratísimo encuentro con los profesores de las Facultades de estudios eclesiásticos con ocasión del 50 aniversario de la Facultad de Teología. De las palabras de Mons. Ocáriz —que hizo en su día el doctorado en aquella Facultad— destacaré las primeras que pronunció tras agradecer la invitación. Recordando a san Josemaría, decía que “la teología se estudia bien cuando la materia de estudio se hace materia de oración”. Urgía a los profesores a que la teología que investigan y enseñan no fuera algo al margen de la vida de cada uno. Si lo que se enseña sale del alma —venía a decir— eso llega a los alumnos. Quizá me impactaron más esas palabras por ser las primeras, pero también porque una y otra vez defiendo eso mismo para los profesores de filosofía: una filosofía desgajada de la vida pierde su sentido, no sería más que un artificio académico que a estas alturas del siglo XXI es un lujo que no podemos permitirnos.

         En la mañana del sábado hubo un encuentro de más de tres mil personas del ámbito universitario, amigos y conocidos en el Edificio Polideportivo. Se le veía emocionado a don Fernando ante aquel enorme auditorio. Me llamó la atención que comenzó hablando de la memorable homilía de san Josemaría en el campus de la Universidad de Navarra en octubre de 1967 en la que invitaba a descubrir ese algo divino que está escondido en las circunstancias de la vida ordinaria.

         Mons. Ocáriz añadió casi incidentalmente que había que encontrar a Dios también en las circunstancias extraordinarias. Mi recuerdo voló de inmediato al testimonio de Celia que hace poco más de un mes había encontrado un nuevo sentido a su vida en un tremendo accidente atropellada por un camión. Gracias a Dios, se está recuperando a buen ritmo y pudo asistir también a esta tertulia y saludar personalmente al prelado del Opus Dei.

         El encuentro —que duró casi una hora— se nos pasó a todos volando, con simpáticas intervenciones de unos y de otros, y con respuestas sobrenaturales y sencillas del Gran Canciller. De sus palabras finales destacaré cómo nos animó a todos los que trabajamos en la Universidad a algo aparentemente tan sencillo como es sonreír siempre, aunque estemos cansados y no nos apetezca.

        Cuánta sabiduría destilaban todas las palabras de don Fernando, llenas de serenidad y de llaneza. Por el contrario, en nuestra sociedad mediática cuántas veces se impone un glamour del todo artificial, un brillo que de lejos atrae, pero que, en cambio, de cerca más bien repele. La imagen final que me queda de Mons. Ocáriz es la de una persona muy sobrenatural, de mucha fe, lleno de una serena sabiduría y a la vez con una maravillosa sencillez y cercanía.

selfie alumnosPamplona, 20 de enero 2018.

Agradezco las correcciones y sugerencias de Alba Castilla, Miguel Ángel Iriarte y Paloma Pérez-Ilzarbe, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Bótox del alma

     El pasado verano tuve ocasión de visitar en New Hampshire, cerca de Boston, a Marcia Moreno-Báez y su familia. En la amable y larga conversación que mantuvimos se coló el comentario de que estaba volviendo a subir peligrosamente en esa zona el consumo de heroína y que un vecino o conocido suyo había fallecido recientemente por sobredosis. Me sonó a algo nuevo, pero confería sentido a las noticias que con regularidad recibimos de los Estados Unidos del fallecimiento de artistas relacionado con el consumo de drogas: desde la maravillosa Whitney Houston hasta Philip Seymour Hoffman pasando por Michael Jackson o la británica Amy Winehouse. Personas que, por así decir, lo tenían todo o que al menos habían tenido un gran éxito, pero que necesitaban analgésicos y estimulantes para seguir viviendo su vida. Al pensar en estos artistas me venía a la cabeza que con seguridad se trataba de personas geniales que eran realmente desgraciadas, pues solo lograban dar sentido a su vida recurriendo a sustancias químicas en una espiral de consumo que lamentablemente había destrozado su vida.

     Poco tiempo después en una amable conversación en La Habana sobre otros temas vino a mis labios que las drogas venían a ser bótox para el alma. No soy experto en la materia, pero según me dicen la toxina botulínica se usa para relajar la musculatura —por ejemplo, en la frente o en las patas de gallo alrededor de los ojos— para que cuando las personas intenten gesticular, el músculo se quede “tieso” y no forme arruga, de forma que la persona parezca más joven y quizá más sensual. Algo así ocurre con las anfetaminas y todo tipo de estimulantes: hacen que la persona se sienta desinhibida, divertida, sin barreras. Parece que “te colocan”, que “te dan un subidón” —dicen— pero a la larga te hunden inevitablemente. Se trata de un vuelo efímero y transitorio, de corto alcance.

     A nadie llama ya la atención el elevado número de personas (un porcentaje del 30-35%) que habían consumido drogas y que intervienen en accidentes de automóvil, según cocaine-396750_1280las informaciones que publica con gran frecuencia la Dirección General de Tráfico de España. Hace tres meses se hacía eco la prensa de los narcopisos —más de sesenta— que hay en El Raval, Barcelona, en los que se menudea principalmente con heroína. En la crónica de La Vanguardia, se afirmaba: “La facilidad para comprar drogas en Barcelona está atrayendo a toxicómanos de media Europa. Mendigan, duermen en la calle y roban smartphones al despiste. En el barrio hablan de narcoturismo” (6 septiembre 2017).

     Soy un profundo admirador de Mark Zuckerberg, el creador y dueño de Facebook. Cada año se formula un propósito que hace público y que además va cumpliendo. Se propuso un año aprender chino para poder hablar con la familia de su esposa y al parecer aprendió bastante; al siguiente, leer un libro de actualidad cada quince días y compartir la lectura en un grupo en Facebook que seguí con interés. Para el 2017 se había propuesto visitar cada uno de los treinta estados de los Estados Unidos que no había visitado nunca. Quería salir de la burbuja de San Francisco para palpar y conocer de cerca la realidad social de su país, esto es, para entender lo que está pasando allí.

Year of travel

     Los periódicos dijeron que quería prepararse para ser presidente de los Estados Unidos, pero no parece que sea esa su intención. Su gran descubrimiento ha sido que está declinando la tradición norteamericana de pertenecer a una comunidad local —religiosa, empresarial, de voluntariado, o de cualquier otro tipo— que llene de sentido la vida diaria, proliferando las vidas aisladas y desgajadas de una comunidad. Por eso, Zuckerberg quiere desarrollar herramientas tecnológicas que ayuden a establecer comunidades entre personas movidas por unos mismos intereses, aficiones o ideas.

         Sin embargo, cuando la profesora Neeli Bendapudi, de la Universidad de Kansas, le preguntó si hay algo que en los treinta viajes le había llamado la atención, Zuckerberg contesta que “con mucho la mayor sorpresa ha sido la extensión del consumo de opiáceos. Es realmente penoso verlo”. Añade la cifra escalofriante de que “en los Estados Unidos han muerto en 2016 un total de 64.000 personas por sobredosis de droga. Esto es, más gente que la que murió de SIDA en el pico de la epidemia. Esto es, más americanos que los que murieron en Vietnam (…). Y está creciendo rápidamente. De 2015 al 2016, me parece que el número de muertes por sobredosis ha crecido casi un 20%”. Los datos son abrumadores y la impresión es que en los Estados Unidos hay escasa capacidad de abordar un problema de esta magnitud. Zuckerberg aporta el caso de Francia donde al parecer se está luchando con más éxito con este grave problema (¡y quizá por eso los drogadictos se desplazan a Barcelona!).

         No tengo yo la solución, pero ante un panorama como este viene a mi memoria la intuición central del filósofo y educador John Dewey (1859-1952) de que la aplicación de la inteligencia a los problemas morales y sociales es en sí misma una obligación moral. La misma razón humana que con tanto éxito se ha aplicado a las más diversas ramas científicas se ha de aplicar también a arrojar luz sobre un problema tan grave como el del consumo de drogas que destruyen a las personas. De la misma manera que el trabajo cooperativo de los científicos a lo largo de sucesivas generaciones ha logrado un formidable dominio de las fuerzas de la naturaleza y un prodigioso desarrollo tecnológico, cabe esperar que la aplicación de la razón humana a estas cuestiones éticas y sociales produciría resultados semejantes.

         Con esto lo que quiero decir es que el consumo de drogas no es un problema policial, sino social, que requiere un estudio a fondo por parte de las personas competentes y la adopción de políticas inteligentes porque las drogas no son solo un negocio de los malvados, sino que para muchos son el bótox del alma.

Pamplona, 4 de enero 2018

Agradezco las correcciones de Joyce Baptista, Rafael Tomás Caldera, María Rosa Espot y Marta Vaamonde y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Libros para volar

         Todo el mundo a mi alrededor y en los medios de comunicación se lamenta de la atención obsesiva de jóvenes y adultos a sus teléfonos móviles que les separan de los que tienen cerca y les acercan a los que están lejos. Esas pequeñas máquinas son, sobre todo, medios de entretenimiento, de distracción. Me decía un filósofo amigo que había cancelado su cuenta en Facebook para no malgastar sus horas haciendo un scrolling infinito.

         Quizá por esto llamó poderosamente mi atención el anuncio “Viaja con tu libro” que vi en una duty-free shop del aeropuerto de Barajas. De hecho, desde hace años procuro en cada viaje leer una buena novela o algún libro que me interese por algún motivo.

         En un reciente viaje a Italia pude, por ejemplo, leer la novela Entre el cielo y Lu de Lorraine Fouchet (Roca, Barcelona, 2017), que me había recomendado una colega. Me gustó y me hizo muchísimo más llevadero el viaje. Como cosa curiosa contaré que, pocos minutos después de despegar, el avión que me llevaba a Roma comenzó a ser zarandeado por unas potentes turbulencias que —según nos anunció el piloto— eran inevitables: duraron cosa de diez minutos que se hicieron eternos. Para mi sorpresa, la joven brasileña que llevaba a mi derecha comenzó a llorar de pánico y se aferró a mi brazo para sentirse más acompañada mientras yo intentaba transmitirle un poco de serenidad. En el avión de regreso, ya sin turbulencias, pude terminar el libro tranquilamente.

         En el viaje a Cuba que he hecho en estos días intenté leer en el vuelo de ida un reciente libro de prosa poética de un joven autor español que me resultó aburrido e insoportable. En cambio traía para la vuelta Invierno en Viena de Petra Hartlieb (Siruela, Madrid, 2017) y he disfrutado enormemente con él, pues me hacía vivir en la hermosa ciudad de Viena a principios del siglo XX. Cuando Hartlieb describe una nevada el lector toca con la boca —se le derriten en los labios— los copos de nieve en el aire. Esa es la magia de una buena escritora: te hace sentir casi con tanta fuerza y viveza como si estuvieras allí. Hartlieb me hacía volar a una Viena navideña aunque estuviera en La Habana con un clima tropical.

         Me gusta aprovechar los viajes para leer novedades literarias, pero resulta difícil acertar. Mucho de lo más reciente que pasa por literatura es simplemente banal, cuando no aburrido o incluso en ocasiones grosero o molesto. De hecho, cuando un libro no me ha cautivado al llegar a la página veinte, normalmente lo dejo y busco otro. Como lector necesito historias que me hagan volar, que hagan volar mi imaginación, que al terminar la última página me dejen con ganas de ser mejor persona —o al menos intentarlo—, de cuidar más y mejor a los que me rodean.

        Leer con atención nos libera del entorno a veces pesado de los viajes, con sus esperas tediosas y casi siempre imprevisibles. Leer nos ayuda a volar con nuestra imaginación. Si el libro es bueno, resulta —por supuesto— muchísimo mejor que una película porque te atrapa creativamente. La imaginación se mete en la escena que describe el libro y la llena de colorido y viveza. Después, lo imaginado se queda en nuestro corazón y nos acompaña durante más o menos tiempo. En este sentido, puede recordarse que los clásicos son esos libros que nos acompañan toda la vida: pueden releerse muchas veces porque ofrecen siempre luces o destellos nuevos.

         Leemos para ser mejores, no para pasar el rato o matar el tiempo. Por eso pienso que hemos de viajar —¡y vivir!— siempre con un libro en las manos o en la mochila y, si nos gusta, vale la pena compartirlo después con quienes queremos.

La Habana, 24 de noviembre del 2017

Agradezco las correcciones de Sara B., María Rosa E. y Philip M. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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Aunque todos, yo no

      En estos meses de turbulencia política y social en Cataluña ha sido frecuente que se me acercaran amigos, estudiantes y conocidos preguntándome qué iba a pasar en Cataluña o —aquellos que tenían más confianza conmigo— interesándose por mi opinión sobre el conflicto entre la Generalitat catalana y el Gobierno de España a propósito de la independencia promovida por una ligera mayoría de los miembros del Parlament catalán.

     A quienes me preguntaban sobre qué iba a pasar les contestaba que la filosofía nos enseña que el futuro es esencialmente impredecible. Aunque podamos hacernos una idea genérica sobre los posibles escenarios futuros, la libertad de las personas, en particular, la de los diversos gobernantes que adoptan posiciones enfrentadas, hace que sean difícilmente previsibles los pasos sucesivos del desarrollo del conflicto. Lo que sí sentimos casi todos es que la fractura causada en la sociedad catalana requerirá mucha inteligencia y buena voluntad por parte de todos —además de décadas— para su recuperación.

      En esos últimos años, en mis frecuentes viajes a Barcelona para visitar a mi familia, más de una vez le pregunté a mi padre —contaba él ya 90 años— qué opinaba sobre el creciente sentimiento independentista. Su sabia respuesta fue que había estado durante mucho tiempo dándole vueltas a este asunto y que había llegado a la conclusión de que con nuestros impuestos no podíamos mantener a los políticos de todo el espectro partidista de Barcelona, Madrid y Bruselas. Conforme más vueltas le doy me parece más sabia su respuesta. Es cierto que llevo muchos años fuera de Cataluña, pero en la última ocasión en que pude votar a un político catalán lo hice a mi amigo filósofo jubilado Josep Maria Terricabras (ERC) que se presentaba —y ganó su escaño— a las elecciones europeas. Me parece que mi padre le votó también a él porque cuando le conoció con ocasión de una conferencia mía le pareció “buena persona”. ¡Qué importante que nuestros políticos sean percibidos por sus votantes como buenas personas y no como meros arribistas en busca del poder o del confortable escaño!

    A aquellos con más confianza que me preguntaban mi opinión sobre el fondo del problema les he contado un recuerdo de mi infancia. Cuando era un crío, influido por un primo adolescente, decíamos que “éramos” del equipo de fútbol Español, rival local del Barcelona, que nos parecía el equipo de fútbol favorito de la generación de nuestros padres. Más de una vez acudí a mi madre preguntándole con apremio si ella era del Español o del Barcelona. Con la sabiduría de las madres, me contestaba “yo soy de los niños buenos”. En aquellos tiempos, me parecía que mi madre eludía cobardemente el tomar partido; hoy en cambio, me parece que esa es también mi opinión cuando me preguntan si soy constitucionalista o independentista. Yo soy persona siempre en favor del diálogo, la comprensión de las mutuas razones, el pacto y la transacción y, por supuesto, todo ello con buenas maneras.

      Soy un innato defensor de la libertad y de su lógica consecuencia que es el pluralismo. No hay una única razón universal como pensaron los ilustrados, que solían escribirla con mayúscula inicial en señal de respeto. Los problemas con los que nos enfrentamos tienen facetas, distintas caras, y hay maneras diversas de pensar acerca de ellos. Defender la pluralidad de la razón no significa afirmar que todas las opiniones son verdaderas —lo que además resultaría contradictorio—, sino más bien que ningún parecer agota la realidad, esto es, que una aproximación multilateral a un problema o a una cuestión es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Las diversas descripciones que se ofrecen de las cosas, las diferentes soluciones que se proponen para un problema reflejan de ordinario diferentes puntos de vista.

      La pluralidad de opiniones es consecuencia de nuestra libertad personal y de la gran diversidad de la experiencia humana. No solo las sucesivas generaciones perciben la realidad de manera distinta, sino que incluso cada uno a lo largo de su vida va evolucionando en sus opiniones. Esta defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión de Stanley Cavellmaneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro.

     No elegimos a unos representantes en los diversos organismos que constituyen nuestra sociedad democrática para que se peleen entre sí, sino para que representándonos se pongan de acuerdo, lleguen a pactos transaccionales, a arreglos que hagan posible la convivencia social, tal como hacemos todos a nivel familiar o con los vecinos de nuestra escalera cuando hay intereses o voluntades contrapuestas. Por eso, resulta tan importante aprender a estar en desacuerdo y aprender a dialogar —si es posible, en torno a una mesa sabrosa o con unas buenas cervezas— con aquellos con los que estemos en desacuerdo para llegar a una solución consensuada.

      La expresión “Aunque todos, yo no” que abre este texto procede del evangelio (etiamsi omnes, ego non) cuando el apóstol Pedro dice a Jesús que aunque todos los abandonen, él no lo abandonará. Fue utilizado por Joachim FestIch nicht” [“Yo no“] como título de su libro de memorias en el que evocaba su radical oposición al nazismo en Alemania desde el primer momento, cuando Hitler y su ideología recibieron el apoyo de la sociedad alemana en general y de los profesores universitarios en particular. Personalmente, pienso que un profesor en activo no debe tomar partido, sino que precisamente ha de defender el papel de la razón y de la buena voluntad para llegar a acuerdos, a soluciones pactadas, que favorezcan la concordia porque no humillen a ninguno de los discrepantes.

      Me parece que en el conflicto catalán nos encontramos ante un gravísimo desacuerdo tóxico en el que los políticos y los medios de comunicación hacen todo lo posible para no entenderse, para no comprender la parte de verdad que se encierra en las posiciones contendientes. Los políticos alimentan los votos que les apoyan favoreciendo la fractura, polarizando la sociedad en una perversa dialéctica amigo-enemigo, mientras que creen perder votos si buscan el consenso y el pacto. Cuando pasa eso —tal como enseña la historia— quienes perdemos somos siempre los ciudadanos de a pie que preferiríamos que se escucharan unos a otros, reconsideraran sus posiciones y buscaran soluciones intermedias. En todo caso, me parece que mi anciano padre tenía razón: no podemos pagar nosotros los intereses partidistas de todos los políticos de Barcelona, Madrid y Bruselas.

      Viene a mi memoria aquel poema de Gabriel Celaya: “Maldigo la poesía [ahora podríamos decir la filosofía] de quien no toma partido hasta mancharse”. Y le respondo, “Aunque todos, yo no”.

Volando sobre el Mediterráneo, 18 de octubre 2017.

P. S. Agradezco las correcciones de mi hermano Ramon y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Una luminosa mañana de octubre

         Hoy ha amanecido el típico día de otoño en Pamplona: frío, nublado, con gotas de lluvia en el aire. Aunque todavía estemos en el verano astronómico, no cabe ningún engaño: el otoño está ya muy cerca. Mientras bajaba paseando hacia la Universidad venía a mi memoria, como en contraste, la primera vez que acudí a Navarra hace ahora precisamente cincuenta años.

         La ocasión fue una asamblea de la Asociación de Amigos de la Universidad el 8 de octubre de 1967, a la que concurrieron unas veinte mil personas de toda España. Tuve la suerte de poder acudir desde Barcelona en un tren —me parece recordar— especialmente habilitado para aquel evento. Aquella reunión comenzó con una impresionante misa al aire libre, celebrada por san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei y de la Universidad. Era una luminosa mañana de octubre, limpia, fresca y con sol, como suelen ser algunos de los días del magnífico otoño pamplonés.

         Cuando llegué había ya mucha gente congregada en la explanada delante de la Biblioteca de la Universidad. Tuve que permanecer de pie toda la misa y bastante lejos del altar, que apenas veía. Pero en cambio, el sonido era perfecto. La voz de san Josemaría, con su fuerte modulación aragonesa, penetró hasta el fondo de mi alma. Muchas de sus palabras de aquel día no han dejado de resonar desde entonces en mi memoria. Quizás en particular su defensa de la unidad de vida: «¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y esa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales».

         También se grabó en mi memoria su cita de Antonio Machado, del que era y sigo siendo un gran entusiasta: “Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas” (Proverbios y cantares, XXIV). De hecho, cada mañana recuerdo esa letrilla cuando al dirigirme a mi despacho cruzo la entrada del Edificio de Bibliotecas donde san Josemaría pronunció aquella homilía y de nuevo resuena por un instante en mi corazón su cálida voz. ¡Poco podía imaginar en 1967 —contaba apenas catorce años— que iba a acabar trabajando en la Universidad de Navarra durante más de cuarenta años!

         El texto impreso de la homilía vería la luz con el título “Amar al mundo apasionadamente” y se conserva la grabación sonora a disposición de quien quiera escucharla. En particular me impactó —me sigue emocionando cada vez que la leo— aquella hermosa metáfora: «En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…». Esa homilía es, junto con Camino, uno de los textos más importantes para entender el Opus Dei y calar en su originalidad, su frescura evangélica y su hondura teológica.

         Por la tarde de aquel domingo 8 de octubre de 1967 hubo en la explanada de la Biblioteca un encuentro informal de san Josemaría con la multitud de personas que había acudido a la Asamblea. No recuerdo nada de aquella tertulia, salvo las canciones acompañadas por la guitarra que amenizaron la espera. Sí recuerdo que intenté acercarme a san Josemaría con la intención de tocarle. No lo conseguí pues unos fornidos estudiantes universitarios provistos de brazalete no me dejaron llegar hasta el estrado.

         ¿Por qué me atraía tanto san Josemaría? Lo he pensado mucho desde entonces y me parece que san Josemaría atraía porque comunicaba su vibración sobrenatural, transparentaba su estrecha intimidad con Dios. Lo que cautivaba de él no eran sus virtudes humanas —que eran muchas—, su simpatía, su cordialidad, sino su identificación con Jesucristo y su total entrega a la misión que le había sido encomendada. Sus palabras y su vida movían —al menos así lo sentí— a seguir más de cerca a Jesús renunciando a la comodidad y al egoísmo personales, movían a poner la vida al servicio de la tarea de la Redención.

 

         Al cumplirse los cincuenta años de aquella luminosa mañana de octubre, me alegra poder evocar con gratitud y emoción aquel encuentro.

Pamplona, 20 de septiembre 2017

 

         Agradezco las correcciones de María Rosa Espot y Rocío Montuenga y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

 

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Compartir es vivir

         Hace dos semanas vino a visitarme a Pamplona una valiosa antigua alumna que durante los últimos años ha recorrido medio mundo con estancias de estudio (Madrid, Almaty, Varsovia, Dubrovnik, etc.). Me contaba que había decidido regresar a su ciudad natal porque compartir es vivir. Tomé nota de su comentario porque me impactó esa expresión.

         Muchos jóvenes hoy piensan que vivir es viajar, tener nuevas experiencias en lugares insólitos: desde montar en camello por el desierto del Sahara hasta bucear en los arrecifes de coral del mar del sur de la China, pasando por colaborar con una ONG en las inmediaciones del lago Turkana o contemplar el amanecer en un pico de los Andes. Sin embargo, antes o después, recapacitan como el hijo pródigo y caen en la cuenta de que la calidad de una vida está en función de la calidad de las relaciones afectivas libremente elegidas. Quien vive moviéndose de un lado para otro acumulando nuevas experiencias está siempre despidiéndose de personas a las que quizás ha comenzado a querer. Inevitablemente va desgarrando periódicamente su corazón. “Volveré a mi ciudad, recuperaré los lazos familiares, los amigos de la infancia y juventud”, se decía a sí misma —y me decía a mí— aquella antigua alumna que había recorrido medio mundo.

         Los seres humanos no podemos vivir a la intemperie; necesitamos un hogar, ese “lugar al que se vuelve”, como dice hermosamente Rafael Alvira. Sin duda la convivencia con los demás inevitablemente genera en ocasiones algunos conflictos, pero a su vez el aislamiento radical empobrece nuestra vida hasta dejarla falta de sentido.

         Para vivir de verdad hay que compartir nuestra vida con otros a los que queramos, hay que con-vivir. A la vez es preciso aprender a crear espacios y tiempos para poder cultivar nuestra vitalidad interior que es precisamente lo que podemos compartir con los demás. La superficialidad —que quizá caracteriza el estilo de moda en la actualidad—, la búsqueda de la gratificación inmediata y el miedo al compromiso imposibilitan el desarrollo de un horizonte personal que dé sentido a nuestra vida.

         Así somos los seres humanos: hacemos nuestra biografía con los demás y vivimos compartiendo nuestra vida. Como me escribe Gabriel Zanotti: “Menos turismo y más hogar”. O más poéticamente el aforismo de Enrique García-Máiquez: “Las raíces del hombre son las personas que ama”.

Pamplona, 28 de agosto 2017.

P. S. No me resisto a añadir como apostilla el atractivo testimonio que me escribe la filósofa Marcela C. desde Chile:

         “Hace poco más de tres meses nació nuestro séptimo hijo: Agustín. Así que he estado muy ocupada el último tiempo con la maternidad por siete! Y te escribo ahora con Agustín en los brazos…

         Sobre el texto que envías ahora, pienso que se trata de la verdad humana más radical y, al mismo tiempo, la más olvidada en nuestros días. Es muy triste ver tantas vidas frustradas porque no han sabido compartir. ¡Qué importante es la familia! El lugar donde se vuelve, pero, también, el único lugar donde germina y se cultiva la capacidad de amar. Comprender estos misterios es una tarea que requiere del fuego lento al que crecemos en la familia. Poco a poco, en la vida cotidiana. En la convivencia diaria con personas que amamos y que nos aman.”

         Agradezco las correcciones de Fernando Batista, Marinés Bayas, Ángel López-Amo y Rocío Montuenga, y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Vivir en modo avión

         Durante las últimas seis semanas he estado viviendo en modo avión. No es que estuviera volando todos los días, ni tampoco es que dormitara por las noches en un estrecho sillón como suele suceder en los aviones. Como intentaba concentrar toda mi atención en el trabajo que tenía entre manos, decidí desconectar por completo de los periódicos online y de la televisión. Hoy en día son, sobre todo, medios de entretenimiento y de distracción, esto es, de todo lo que yo precisamente quería huir en esas semanas. Realmente no me costó mucho esfuerzo. En mi ayuda venía aquella sabía frase de Ralph Waldo Emerson que gusta de repetir mi maestro Alejandro Llano: “La concentración es el bien; la dispersión el mal”. En momentos de cansancio lo que hacía era salir a dar un paseo por el campo o escuchar música.

         Unos pocos meses antes había leído -precisamente en la revista Aladierno de Air Nostrum Iberia Regional- lo que escribía el periodista valenciano José Carlos Arnau: “El popular ‘modo avión’ de los móviles debería ser el título de una terapia para encontrar la paz y el equilibrio vital que tanta falta nos hace para formar una sociedad sana y culta”. Me gustaron esos dos últimos adjetivos: para una vida saludable y cultivada hace falta esa terapia que consiste en desconectar de las distracciones para poder dedicar toda nuestra atención a una sola tarea.

         Este es probablemente uno de los motivos del fascinante encanto de la escritura cuando se hace bien: es como una anestesia que borra todo sufrimiento. Cuando me pongo a escribir con toda mi atención, sin espacio para interrupciones interiores ni exteriores, todas mis inquietudes desaparecen, se evaporan.

         Vivir en modo avión evita, por ejemplo, las llamadas por teléfono inoportunas y hace posible prestar atención solo a aquellas personas a las que uno quiere y le quieren, y permite hacerlo en los momentos en los que uno está relajado y puede atender el email, el teléfono o los mensajes con todo el cariño y la atención que se precisen en cada caso.

         Desde hace años, cada noche al retirarme a dormir me retiro realmente de la tecnología, esto es, pongo en modo avión mi teléfono y no lo reactivo hasta después del desayuno del día siguiente. Probablemente gracias a eso duermo tranquilo, pues no recibo ni llamadas, ni emails, ni sms, ni whatsapps y, si me despierto por la noche, no consulto mi móvil pues no ha podido entrar nada nuevo.

         He quedado encantado de la experiencia de desconexión de los periódicos online y de la televisión durante mis seis semanas en los Estados Unidos. De hecho, al regresar a España, he podido comprobar que no me había perdido nada que fuera realmente relevante. Seguían los mismos personajes ocupando el espacio público y diciendo casi siempre las mismas banalidades. Nada de lo que dicen, en última instancia, me afecta personalmente. En cambio, veo que lo que realmente interesa a la gente son los fichajes del fútbol que en estos días están en plena efervescencia mediática.

 image3        Hoy en día educar la atención es quizás la tarea vital más acuciante. Como escribía el poeta norteamericano Christian Wiman: “Vivimos ahora en un mundo que parece casi diseñado para erradicar la vida interior”. Por ello, el empeñarse en vivir en modo avión puede ayudarnos mucho a recuperar la capacidad de atención.

Pamplona, 27 de julio 2017.
P. S. Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

 

 

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