Libros para volar

         Todo el mundo a mi alrededor y en los medios de comunicación se lamenta de la atención obsesiva de jóvenes y adultos a sus teléfonos móviles que les separan de los que tienen cerca y les acercan a los que están lejos. Esas pequeñas máquinas son, sobre todo, medios de entretenimiento, de distracción. Me decía un filósofo amigo que había cancelado su cuenta en Facebook para no malgastar sus horas haciendo un scrolling infinito.

         Quizá por esto llamó poderosamente mi atención el anuncio “Viaja con tu libro” que vi en una duty-free shop del aeropuerto de Barajas. De hecho, desde hace años procuro en cada viaje leer una buena novela o algún libro que me interese por algún motivo.

         En un reciente viaje a Italia pude, por ejemplo, leer la novela Entre el cielo y Lu de Lorraine Fouchet (Roca, Barcelona, 2017), que me había recomendado una colega. Me gustó y me hizo muchísimo más llevadero el viaje. Como cosa curiosa contaré que, pocos minutos después de despegar, el avión que me llevaba a Roma comenzó a ser zarandeado por unas potentes turbulencias que —según nos anunció el piloto— eran inevitables: duraron cosa de diez minutos que se hicieron eternos. Para mi sorpresa, la joven brasileña que llevaba a mi derecha comenzó a llorar de pánico y se aferró a mi brazo para sentirse más acompañada mientras yo intentaba transmitirle un poco de serenidad. En el avión de regreso, ya sin turbulencias, pude terminar el libro tranquilamente.

         En el viaje a Cuba que he hecho en estos días intenté leer en el vuelo de ida un reciente libro de prosa poética de un joven autor español que me resultó aburrido e insoportable. En cambio traía para la vuelta Invierno en Viena de Petra Hartlieb (Siruela, Madrid, 2017) y he disfrutado enormemente con él, pues me hacía vivir en la hermosa ciudad de Viena a principios del siglo XX. Cuando Hartlieb describe una nevada el lector toca con la boca —se le derriten en los labios— los copos de nieve en el aire. Esa es la magia de una buena escritora: te hace sentir casi con tanta fuerza y viveza como si estuvieras allí. Hartlieb me hacía volar a una Viena navideña aunque estuviera en La Habana con un clima tropical.

         Me gusta aprovechar los viajes para leer novedades literarias, pero resulta difícil acertar. Mucho de lo más reciente que pasa por literatura es simplemente banal, cuando no aburrido o incluso en ocasiones grosero o molesto. De hecho, cuando un libro no me ha cautivado al llegar a la página veinte, normalmente lo dejo y busco otro. Como lector necesito historias que me hagan volar, que hagan volar mi imaginación, que al terminar la última página me dejen con ganas de ser mejor persona —o al menos intentarlo—, de cuidar más y mejor a los que me rodean.

        Leer con atención nos libera del entorno a veces pesado de los viajes, con sus esperas tediosas y casi siempre imprevisibles. Leer nos ayuda a volar con nuestra imaginación. Si el libro es bueno, resulta —por supuesto— muchísimo mejor que una película porque te atrapa creativamente. La imaginación se mete en la escena que describe el libro y la llena de colorido y viveza. Después, lo imaginado se queda en nuestro corazón y nos acompaña durante más o menos tiempo. En este sentido, puede recordarse que los clásicos son esos libros que nos acompañan toda la vida: pueden releerse muchas veces porque ofrecen siempre luces o destellos nuevos.

         Leemos para ser mejores, no para pasar el rato o matar el tiempo. Por eso pienso que hemos de viajar —¡y vivir!— siempre con un libro en las manos o en la mochila y, si nos gusta, vale la pena compartirlo después con quienes queremos.

La Habana, 24 de noviembre del 2017

Agradezco las correcciones de Sara B., María Rosa E. y Philip M. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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Aunque todos, yo no

      En estos meses de turbulencia política y social en Cataluña ha sido frecuente que se me acercaran amigos, estudiantes y conocidos preguntándome qué iba a pasar en Cataluña o —aquellos que tenían más confianza conmigo— interesándose por mi opinión sobre el conflicto entre la Generalitat catalana y el Gobierno de España a propósito de la independencia promovida por una ligera mayoría de los miembros del Parlament catalán.

     A quienes me preguntaban sobre qué iba a pasar les contestaba que la filosofía nos enseña que el futuro es esencialmente impredecible. Aunque podamos hacernos una idea genérica sobre los posibles escenarios futuros, la libertad de las personas, en particular, la de los diversos gobernantes que adoptan posiciones enfrentadas, hace que sean difícilmente previsibles los pasos sucesivos del desarrollo del conflicto. Lo que sí sentimos casi todos es que la fractura causada en la sociedad catalana requerirá mucha inteligencia y buena voluntad por parte de todos —además de décadas— para su recuperación.

      En esos últimos años, en mis frecuentes viajes a Barcelona para visitar a mi familia, más de una vez le pregunté a mi padre —contaba él ya 90 años— qué opinaba sobre el creciente sentimiento independentista. Su sabia respuesta fue que había estado durante mucho tiempo dándole vueltas a este asunto y que había llegado a la conclusión de que con nuestros impuestos no podíamos mantener a los políticos de todo el espectro partidista de Barcelona, Madrid y Bruselas. Conforme más vueltas le doy me parece más sabia su respuesta. Es cierto que llevo muchos años fuera de Cataluña, pero en la última ocasión en que pude votar a un político catalán lo hice a mi amigo filósofo jubilado Josep Maria Terricabras (ERC) que se presentaba —y ganó su escaño— a las elecciones europeas. Me parece que mi padre le votó también a él porque cuando le conoció con ocasión de una conferencia mía le pareció “buena persona”. ¡Qué importante que nuestros políticos sean percibidos por sus votantes como buenas personas y no como meros arribistas en busca del poder o del confortable escaño!

    A aquellos con más confianza que me preguntaban mi opinión sobre el fondo del problema les he contado un recuerdo de mi infancia. Cuando era un crío, influido por un primo adolescente, decíamos que “éramos” del equipo de fútbol Español, rival local del Barcelona, que nos parecía el equipo de fútbol favorito de la generación de nuestros padres. Más de una vez acudí a mi madre preguntándole con apremio si ella era del Español o del Barcelona. Con la sabiduría de las madres, me contestaba “yo soy de los niños buenos”. En aquellos tiempos, me parecía que mi madre eludía cobardemente el tomar partido; hoy en cambio, me parece que esa es también mi opinión cuando me preguntan si soy constitucionalista o independentista. Yo soy persona siempre en favor del diálogo, la comprensión de las mutuas razones, el pacto y la transacción y, por supuesto, todo ello con buenas maneras.

      Soy un innato defensor de la libertad y de su lógica consecuencia que es el pluralismo. No hay una única razón universal como pensaron los ilustrados, que solían escribirla con mayúscula inicial en señal de respeto. Los problemas con los que nos enfrentamos tienen facetas, distintas caras, y hay maneras diversas de pensar acerca de ellos. Defender la pluralidad de la razón no significa afirmar que todas las opiniones son verdaderas —lo que además resultaría contradictorio—, sino más bien que ningún parecer agota la realidad, esto es, que una aproximación multilateral a un problema o a una cuestión es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Las diversas descripciones que se ofrecen de las cosas, las diferentes soluciones que se proponen para un problema reflejan de ordinario diferentes puntos de vista.

      La pluralidad de opiniones es consecuencia de nuestra libertad personal y de la gran diversidad de la experiencia humana. No solo las sucesivas generaciones perciben la realidad de manera distinta, sino que incluso cada uno a lo largo de su vida va evolucionando en sus opiniones. Esta defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión de Stanley Cavellmaneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro.

     No elegimos a unos representantes en los diversos organismos que constituyen nuestra sociedad democrática para que se peleen entre sí, sino para que representándonos se pongan de acuerdo, lleguen a pactos transaccionales, a arreglos que hagan posible la convivencia social, tal como hacemos todos a nivel familiar o con los vecinos de nuestra escalera cuando hay intereses o voluntades contrapuestas. Por eso, resulta tan importante aprender a estar en desacuerdo y aprender a dialogar —si es posible, en torno a una mesa sabrosa o con unas buenas cervezas— con aquellos con los que estemos en desacuerdo para llegar a una solución consensuada.

      La expresión “Aunque todos, yo no” que abre este texto procede del evangelio (etiamsi omnes, ego non) cuando el apóstol Pedro dice a Jesús que aunque todos los abandonen, él no lo abandonará. Fue utilizado por Joachim FestIch nicht” [“Yo no“] como título de su libro de memorias en el que evocaba su radical oposición al nazismo en Alemania desde el primer momento, cuando Hitler y su ideología recibieron el apoyo de la sociedad alemana en general y de los profesores universitarios en particular. Personalmente, pienso que un profesor en activo no debe tomar partido, sino que precisamente ha de defender el papel de la razón y de la buena voluntad para llegar a acuerdos, a soluciones pactadas, que favorezcan la concordia porque no humillen a ninguno de los discrepantes.

      Me parece que en el conflicto catalán nos encontramos ante un gravísimo desacuerdo tóxico en el que los políticos y los medios de comunicación hacen todo lo posible para no entenderse, para no comprender la parte de verdad que se encierra en las posiciones contendientes. Los políticos alimentan los votos que les apoyan favoreciendo la fractura, polarizando la sociedad en una perversa dialéctica amigo-enemigo, mientras que creen perder votos si buscan el consenso y el pacto. Cuando pasa eso —tal como enseña la historia— quienes perdemos somos siempre los ciudadanos de a pie que preferiríamos que se escucharan unos a otros, reconsideraran sus posiciones y buscaran soluciones intermedias. En todo caso, me parece que mi anciano padre tenía razón: no podemos pagar nosotros los intereses partidistas de todos los políticos de Barcelona, Madrid y Bruselas.

      Viene a mi memoria aquel poema de Gabriel Celaya: “Maldigo la poesía [ahora podríamos decir la filosofía] de quien no toma partido hasta mancharse”. Y le respondo, “Aunque todos, yo no”.

Volando sobre el Mediterráneo, 18 de octubre 2017.

P. S. Agradezco las correcciones de mi hermano Ramon y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Una luminosa mañana de octubre

         Hoy ha amanecido el típico día de otoño en Pamplona: frío, nublado, con gotas de lluvia en el aire. Aunque todavía estemos en el verano astronómico, no cabe ningún engaño: el otoño está ya muy cerca. Mientras bajaba paseando hacia la Universidad venía a mi memoria, como en contraste, la primera vez que acudí a Navarra hace ahora precisamente cincuenta años.

         La ocasión fue una asamblea de la Asociación de Amigos de la Universidad el 8 de octubre de 1967, a la que concurrieron unas veinte mil personas de toda España. Tuve la suerte de poder acudir desde Barcelona en un tren —me parece recordar— especialmente habilitado para aquel evento. Aquella reunión comenzó con una impresionante misa al aire libre, celebrada por san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei y de la Universidad. Era una luminosa mañana de octubre, limpia, fresca y con sol, como suelen ser algunos de los días del magnífico otoño pamplonés.

         Cuando llegué había ya mucha gente congregada en la explanada delante de la Biblioteca de la Universidad. Tuve que permanecer de pie toda la misa y bastante lejos del altar, que apenas veía. Pero en cambio, el sonido era perfecto. La voz de san Josemaría, con su fuerte modulación aragonesa, penetró hasta el fondo de mi alma. Muchas de sus palabras de aquel día no han dejado de resonar desde entonces en mi memoria. Quizás en particular su defensa de la unidad de vida: «¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y esa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales».

         También se grabó en mi memoria su cita de Antonio Machado, del que era y sigo siendo un gran entusiasta: “Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas” (Proverbios y cantares, XXIV). De hecho, cada mañana recuerdo esa letrilla cuando al dirigirme a mi despacho cruzo la entrada del Edificio de Bibliotecas donde san Josemaría pronunció aquella homilía y de nuevo resuena por un instante en mi corazón su cálida voz. ¡Poco podía imaginar en 1967 —contaba apenas catorce años— que iba a acabar trabajando en la Universidad de Navarra durante más de cuarenta años!

         El texto impreso de la homilía vería la luz con el título “Amar al mundo apasionadamente” y se conserva la grabación sonora a disposición de quien quiera escucharla. En particular me impactó —me sigue emocionando cada vez que la leo— aquella hermosa metáfora: «En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…». Esa homilía es, junto con Camino, uno de los textos más importantes para entender el Opus Dei y calar en su originalidad, su frescura evangélica y su hondura teológica.

         Por la tarde de aquel domingo 8 de octubre de 1967 hubo en la explanada de la Biblioteca un encuentro informal de san Josemaría con la multitud de personas que había acudido a la Asamblea. No recuerdo nada de aquella tertulia, salvo las canciones acompañadas por la guitarra que amenizaron la espera. Sí recuerdo que intenté acercarme a san Josemaría con la intención de tocarle. No lo conseguí pues unos fornidos estudiantes universitarios provistos de brazalete no me dejaron llegar hasta el estrado.

         ¿Por qué me atraía tanto san Josemaría? Lo he pensado mucho desde entonces y me parece que san Josemaría atraía porque comunicaba su vibración sobrenatural, transparentaba su estrecha intimidad con Dios. Lo que cautivaba de él no eran sus virtudes humanas —que eran muchas—, su simpatía, su cordialidad, sino su identificación con Jesucristo y su total entrega a la misión que le había sido encomendada. Sus palabras y su vida movían —al menos así lo sentí— a seguir más de cerca a Jesús renunciando a la comodidad y al egoísmo personales, movían a poner la vida al servicio de la tarea de la Redención.

 

         Al cumplirse los cincuenta años de aquella luminosa mañana de octubre, me alegra poder evocar con gratitud y emoción aquel encuentro.

Pamplona, 20 de septiembre 2017

 

         Agradezco las correcciones de María Rosa Espot y Rocío Montuenga y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

 

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Compartir es vivir

         Hace dos semanas vino a visitarme a Pamplona una valiosa antigua alumna que durante los últimos años ha recorrido medio mundo con estancias de estudio (Madrid, Almaty, Varsovia, Dubrovnik, etc.). Me contaba que había decidido regresar a su ciudad natal porque compartir es vivir. Tomé nota de su comentario porque me impactó esa expresión.

         Muchos jóvenes hoy piensan que vivir es viajar, tener nuevas experiencias en lugares insólitos: desde montar en camello por el desierto del Sahara hasta bucear en los arrecifes de coral del mar del sur de la China, pasando por colaborar con una ONG en las inmediaciones del lago Turkana o contemplar el amanecer en un pico de los Andes. Sin embargo, antes o después, recapacitan como el hijo pródigo y caen en la cuenta de que la calidad de una vida está en función de la calidad de las relaciones afectivas libremente elegidas. Quien vive moviéndose de un lado para otro acumulando nuevas experiencias está siempre despidiéndose de personas a las que quizás ha comenzado a querer. Inevitablemente va desgarrando periódicamente su corazón. “Volveré a mi ciudad, recuperaré los lazos familiares, los amigos de la infancia y juventud”, se decía a sí misma —y me decía a mí— aquella antigua alumna que había recorrido medio mundo.

         Los seres humanos no podemos vivir a la intemperie; necesitamos un hogar, ese “lugar al que se vuelve”, como dice hermosamente Rafael Alvira. Sin duda la convivencia con los demás inevitablemente genera en ocasiones algunos conflictos, pero a su vez el aislamiento radical empobrece nuestra vida hasta dejarla falta de sentido.

         Para vivir de verdad hay que compartir nuestra vida con otros a los que queramos, hay que con-vivir. A la vez es preciso aprender a crear espacios y tiempos para poder cultivar nuestra vitalidad interior que es precisamente lo que podemos compartir con los demás. La superficialidad —que quizá caracteriza el estilo de moda en la actualidad—, la búsqueda de la gratificación inmediata y el miedo al compromiso imposibilitan el desarrollo de un horizonte personal que dé sentido a nuestra vida.

         Así somos los seres humanos: hacemos nuestra biografía con los demás y vivimos compartiendo nuestra vida. Como me escribe Gabriel Zanotti: “Menos turismo y más hogar”. O más poéticamente el aforismo de Enrique García-Máiquez: “Las raíces del hombre son las personas que ama”.

Pamplona, 28 de agosto 2017.

P. S. No me resisto a añadir como apostilla el atractivo testimonio que me escribe la filósofa Marcela C. desde Chile:

         “Hace poco más de tres meses nació nuestro séptimo hijo: Agustín. Así que he estado muy ocupada el último tiempo con la maternidad por siete! Y te escribo ahora con Agustín en los brazos…

         Sobre el texto que envías ahora, pienso que se trata de la verdad humana más radical y, al mismo tiempo, la más olvidada en nuestros días. Es muy triste ver tantas vidas frustradas porque no han sabido compartir. ¡Qué importante es la familia! El lugar donde se vuelve, pero, también, el único lugar donde germina y se cultiva la capacidad de amar. Comprender estos misterios es una tarea que requiere del fuego lento al que crecemos en la familia. Poco a poco, en la vida cotidiana. En la convivencia diaria con personas que amamos y que nos aman.”

         Agradezco las correcciones de Fernando Batista, Marinés Bayas, Ángel López-Amo y Rocío Montuenga, y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Vivir en modo avión

         Durante las últimas seis semanas he estado viviendo en modo avión. No es que estuviera volando todos los días, ni tampoco es que dormitara por las noches en un estrecho sillón como suele suceder en los aviones. Como intentaba concentrar toda mi atención en el trabajo que tenía entre manos, decidí desconectar por completo de los periódicos online y de la televisión. Hoy en día son, sobre todo, medios de entretenimiento y de distracción, esto es, de todo lo que yo precisamente quería huir en esas semanas. Realmente no me costó mucho esfuerzo. En mi ayuda venía aquella sabía frase de Ralph Waldo Emerson que gusta de repetir mi maestro Alejandro Llano: “La concentración es el bien; la dispersión el mal”. En momentos de cansancio lo que hacía era salir a dar un paseo por el campo o escuchar música.

         Unos pocos meses antes había leído -precisamente en la revista Aladierno de Air Nostrum Iberia Regional- lo que escribía el periodista valenciano José Carlos Arnau: “El popular ‘modo avión’ de los móviles debería ser el título de una terapia para encontrar la paz y el equilibrio vital que tanta falta nos hace para formar una sociedad sana y culta”. Me gustaron esos dos últimos adjetivos: para una vida saludable y cultivada hace falta esa terapia que consiste en desconectar de las distracciones para poder dedicar toda nuestra atención a una sola tarea.

         Este es probablemente uno de los motivos del fascinante encanto de la escritura cuando se hace bien: es como una anestesia que borra todo sufrimiento. Cuando me pongo a escribir con toda mi atención, sin espacio para interrupciones interiores ni exteriores, todas mis inquietudes desaparecen, se evaporan.

         Vivir en modo avión evita, por ejemplo, las llamadas por teléfono inoportunas y hace posible prestar atención solo a aquellas personas a las que uno quiere y le quieren, y permite hacerlo en los momentos en los que uno está relajado y puede atender el email, el teléfono o los mensajes con todo el cariño y la atención que se precisen en cada caso.

         Desde hace años, cada noche al retirarme a dormir me retiro realmente de la tecnología, esto es, pongo en modo avión mi teléfono y no lo reactivo hasta después del desayuno del día siguiente. Probablemente gracias a eso duermo tranquilo, pues no recibo ni llamadas, ni emails, ni sms, ni whatsapps y, si me despierto por la noche, no consulto mi móvil pues no ha podido entrar nada nuevo.

         He quedado encantado de la experiencia de desconexión de los periódicos online y de la televisión durante mis seis semanas en los Estados Unidos. De hecho, al regresar a España, he podido comprobar que no me había perdido nada que fuera realmente relevante. Seguían los mismos personajes ocupando el espacio público y diciendo casi siempre las mismas banalidades. Nada de lo que dicen, en última instancia, me afecta personalmente. En cambio, veo que lo que realmente interesa a la gente son los fichajes del fútbol que en estos días están en plena efervescencia mediática.

 image3        Hoy en día educar la atención es quizás la tarea vital más acuciante. Como escribía el poeta norteamericano Christian Wiman: “Vivimos ahora en un mundo que parece casi diseñado para erradicar la vida interior”. Por ello, el empeñarse en vivir en modo avión puede ayudarnos mucho a recuperar la capacidad de atención.

Pamplona, 27 de julio 2017.
P. S. Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

 

 

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No somos islas

         Desde hace años, concretamente desde que en octubre del año 2008 visitó la Universidad de Navarra, soy un gran admirador de Mark Zuckerberg, el joven creador de Facebook. En aquel momento Facebook —fundada apenas 4 años antes— tenía ya 110 millones de usuarios; ahora ha llegado a los 2.000 millones de usuarios activos al mes en todo el mundo. ¡Más de una cuarta parte de la población mundial usa Facebook! Ninguna red social había logrado esto nunca. Lo que más me impresiona de Facebook es su uso tan fácil y —quizá por ser catalán— el que resulte gratis para el usuario. Todo está pagado por la publicidad que, por otra parte, me parece que no resulta agresiva ni molesta.

        La idea original de Facebook expresada en su misión —muy al estilo norteamericano— era “dar a la gente el poder de compartir y hacer el mundo más abierto y conectado”. Sin embargo, el pasado 22 de junio Zuckerberg anunció en una reunión en Chicago un cambio que puede ser importante. La nueva formulación de la misión de Facebook es ahora la de “dar a la gente el poder de construir comunidad y así juntos hacer el mundo más cercano”. En inglés resulta quizá más atractivo: To give people the power to build community and bring the world closer together. La razón de este cambio es que Zuckerberg se ha persuadido a lo largo de todos estos años de que para hacer un mundo mejor no basta con que esté más abierto y conectado, sino que es preciso favorecer que las personas singulares participen en comunidades efectivas que les permitan salir de su soledad, casi siempre dolorosa y a menudo terrible, para ayudar a los demás.

       El primer paso que está dando Facebook es intentar favorecer la creación de grupos de intereses en torno a temas vitales, liderados por personas capaces y con tiempo para atender las necesidades de cada comunidad. Se trata de superar los pequeños límites de las comunidades familiares y sociales al uso, para intentar vertebrar a la gente en torno a proyectos de mayor alcance. No se sabe si funcionará, pero me parece admirable el intento.

      En el fondo no es muy distinto de lo que intento yo con mis clases o mis escritos: invitar a cada uno a pensar y a moverse con otros para hacer un mundo un poco mejor para todos. Anteayer en Indianápolis —donde estaba trabajando unos días en el Peirce Edition Project—, me llamó la atención el letrero que figuraba en el lateral de una camioneta de distribución de cerveza: “Think globally, drink locally“. Lo traduje festivamente para mí como “Piensa a lo grande y bebe (más cerveza) con tus amigos”. Quizá también podría leerse del revés, más o menos así: “No pienses en pequeño; no bebas a solas”.

     Un rasgo detectado universalmente en los llamados países avanzados es la creciente soledad de sus habitantes. Es terrible, es inhumana. El aislamiento es el castigo más duro que puede aplicarse a un ser humano. Me contaba un alumno checo que su padre, internado por años en las cárceles comunistas de su país, había estado castigado en una celda de aislamiento y sus guardianes acudían semanalmente a su celda para pegarle. El aislamiento se le hacía tan penoso que —según le había referido a su hijo muchas veces— prefería la tortura física a la soledad.

        No somos islas, no podemos aislarnos. Dicho positivamente, hay que decir que sí siempre cuando nuestros colegas, amigos y vecinos nos invitan a tomar parte de actividades que de suyo no nos apetecen. Lo importante no es el qué, sino el estar con otras personas, convivir, compartir el tiempo, el espacio, la diversión, las penas, la comida y la bebida. Pero además, hay que aprender a compartir las preocupaciones, esto es, a unirse con otras personas que como nosotros sienten inquietud por alguna cuestión importante que aqueja a la sociedad: desde la ecología urbana hasta la curación de las enfermedades, pasando por la eliminación de la pornografía o la promoción de la creatividad en el sistema educativo.

        “Si facilitamos a la gente la forma de conectarse y le damos un sentido de apoyo, —decía Zuckerberg al término de su charla en Chicago—, esto puede llevar a cambios importantes. Si muchos de nosotros trabajamos para construir una comunidad y hacer así juntos un mundo más cercano, podríamos cambiar el mundo”. No lo decía Zuckerberg, pero quiero añadirlo yo: es cuestión de inteligencia y de cariño, de querer a los demás y de pensar en ellos; de poner la cabeza y el corazón a trabajar con los demás y en favor de los demás. Se trata, por tanto, de no encerrarse cada uno en su isla.

Indianápolis, 23 de junio 2017.


Agradezco las correcciones de Corina Dávalos, Teresa Esteban, Enrique García-Máiquez, Ángel López-Amo y Beatriz Sierra y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Cincuenta años después

   El 1 de junio se cumplen cincuenta años del lanzamiento del LP de los Beatles Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Lo recuerdo muy bien, pues aquel verano de 1967 tuve la suerte de estar los meses de julio y agosto en Galway, en la costa oeste de Irlanda, y aquel hermoso álbum fue una de las primeras cosas que adquirí. Lo escuché millares de veces y me aprendí las letras de memoria.

  Mis amigos y yo estábamos persuadidos de que con aquella colección de canciones comenzaba una nueva época, al menos, en la música moderna. Quizá por eso en la propia cubierta del álbum aparecían a un lado los modelos en cera de los “viejos” Beatles, serios y como con cara de entierro o de despedida, mientras que en el centro estaban los nuevos con uniformes psicodélicos de guardias eduardianos, rodeados de un abigarrado conjunto de personajes más o menos estrafalarios, desde el boxeador Sonny Liston hasta la actriz Diana Dors, pasando por Stan Laurel, Lawrence de Arabia o Karl Marx. Aquella enigmática carátula nos parecía algo del todo rompedor, algo radicalmente nuevo respecto de todo lo que hasta entonces habíamos visto.

    Han pasado cincuenta años y sigo escuchando con gusto aquellas canciones mientras escribo estas líneas. Gracias a internet he podido documentarme un poco más sobre la historia de su composición y de su éxito sostenido desde entonces: se trata al parecer de uno de los discos más vendidos de todos los tiempos (32 millones de copias). Lo que más me impresiona no es su éxito fulminante, sino, sobre todo, las horas de trabajo que aquel magnífico disco tenía detrás. El álbum fue grabado entre finales de noviembre de 1966 y el 21 de abril de 1967. Un total de 700 horas de grabación para un disco que no llega a los 40 minutos. Una simple división arroja un promedio de 17 horas y media de grabación por cada minuto del disco.

    Da mucho que pensar. La calidad no es nunca fruto de la improvisación ni del azar, sino que lleva detrás siempre muchísimas horas de trabajo inteligente y tenaz. Hace dos años con ocasión del cincuenta aniversario de Yesterday, la conocida balada de McCartney, me enteré de una parte de la historia de esa hermosa canción. Al despertar Paul McCartney una mañana de 1964 tenía esa melodía en su memoria: le pareció maravillosa y se puso de inmediato al piano con una grabadora para no olvidarla. Le parecía tan buena que no creía que fuera suya; pensaba que la habría copiado de alguien. Le llevó meses cerciorarse de que no era un plagio. Me parece que hay algo profundo en esta historia: la humildad del artista que se da cuenta de que su obra cuando es realmente buena, en cierto sentido misterioso, le supera. Es siempre un triunfo del espíritu que premia espléndidamente el pobre esfuerzo creativo personal.

         Según dicen, When I’m Sixty Four [“Cuando tenga 64 años”] fue la primera canción grabada para Sgt. Pepper’s a partir de otra más simple que McCartney había escrito a los catorce años. En 1966 hizo una nueva versión para su padre que cumplía entonces los 64 y es la que, arreglada y enriquecida, se incorporó al álbum:

         When I get older losing my hair, many years from now (…)

      Cuando hace cincuenta años escuchaba aquella canción, curiosa y simpática por su estilo años veinte, nunca imaginé que llegaría a alcanzar esa edad: ¡los 64 años! No he perdido el pelo, pero sí que ahora lo tengo gris. Este medio siglo se me ha pasado muy rápido y me impresiona que un LP que me encandilaba hace cincuenta años siga gustándome ahora. Realmente las canciones aprendidas en los años de juventud tienen un gran poder para conformar los sentimientos, pues quizá corre a su cargo una parte muy importante de nuestra educación sentimental.

     De hecho, con el paso de los años he ido recuperando tanto las canciones como los libros de mi adolescencia en la que se me abrían tan diversos horizontes: tenía delante de mí la aventura fascinante del vivir. Ahora que ya he vivido, traigo al presente aquellas canciones y novelas y así son al menos jóvenes mi memoria y mi corazón. Muy probablemente seguiremos siendo jóvenes mientras sigan gustándonos las canciones de nuestra juventud, las canciones de hace cincuenta años.

Elorrio, 1 de junio 2017.

P. S. Agradezco las correcciones de Rocío M. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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