El valor de la belleza

 

       Estoy leyendo en estos días la autobiografía del pensador inglés R. G. Collingwood (1889-1943), que me ha cautivado por varios motivos. El primero es su brillante defensa de la investigación filosófica, entendiéndola principalmente como el empeño por llegar a esclarecer las preguntas que realmente se plantearon los diversos pensadores, para así poder valorar con acierto en qué medida las respuestas que dieron respondían o no satisfactoriamente a sus preguntas. En este sentido, la imagen popular de las clases de filosofía como un aburrido cementerio de teorías obsoletas puede revertirse si se centran en problemas y en las diferentes respuestas que se han dado a esas cuestiones, también conforme se han ido transformando los propios problemas a lo largo de la historia.

     El segundo motivo por el que me ha cautivado la autobiografía de Collingwood es su profunda aversión al monumento en memoria del príncipe Albert que hizo erigir su viuda, la reina Victoria de Inglaterra, en los Kensington Gardens de Londres, justo enfrente del Royal Albert Hall. Merece la pena reproducir aquí ese pasaje:

        “Uno o dos años después del estallido de la guerra [1915 o 16], vivía yo en Londres y trabajaba en una sección de la División de Inteligencia del Almirantazgo, en las salas de la Royal Geographical Society. Atravesaba todos los días a pie los jardines de Kensington y pasaba por el Albert Memorial. Este empezó a obsesionarme gradualmente. […] Todo lo relacionado con el monumento era visiblemente deforme, corrupto, reptante, parasitario; por un tiempo no pude mirarlo, pasaba junto a él con los ojos bajos. Rebelándome contra semejante debilidad me obligué a mirarlo, a enfrentarme cada día con la pregunta: ¿Por qué había construido Scott [probablemente el arquitecto victoriano más afamado en su tiempo] una cosa tan obvia, irrefutable e irremediablemente mala? […] ¿Qué relación había, empecé a preguntarme, entre lo que había hecho y lo que había tratado de hacer? ¿Había tratado de producir una cosa bella, es decir, que nos hubiera parecido bella? Si era así, había fracasado, por supuesto. […] Si yo encontraba el monumento sencillamente repulsivo, ¿acaso era mía la culpa? ¿Buscaba en él cualidades que no tenía e ignoraba o despreciaba las que tenía?”.

     Este pasaje del libro trajo a mi memoria de inmediato mi agradable paseo por Londres con el artista Santi G. Barros en una soleada mañana de verano del 2015. Recogí a mi antiguo alumno en su alojamiento e iniciamos nuestro paseo charlando amigablemente por los Kensington Gardens. Al llegar al Albert Memorial —que no recordaba— me pareció por completo horripilante. Me resultaba imposible comprender cómo la reina más poderosa del mundo podía haber quedado encantada con aquel monumento —considerado por algunos como el «Taj Mahal británico»— que había encargado a los mejores artistas de su tiempo para conservar la memoria de su marido muerto a los 42 años de fiebres tifoideas. ¿Cómo era posible —me preguntaba— que en poco menos de 150 años hubiera cambiado tanto nuestra sensibilidad?

     De hecho el monumento se había ido deteriorando con el paso de los años desde su inauguración en 1872 y, por este motivo, entre 1990 y 1998 fue sometido a una profunda renovación para restaurarlo en su esplendor original. Aquella luminosa mañana la estatua dorada del príncipe Albert refulgía dolorosamente, hasta el punto de que Santi y yo nos hicimos un selfie con el cercano Royal Albert Hall detrás, pero no ante aquel monumento que personalmente nos disgustaba.

 

      En su libro Collingwood no responde a la pregunta de cómo es posible que los seres humanos hagamos cosas supuestamente bellas y que al poco tiempo nos parezcan tan feas. Para no echar la culpa a la arquitectura victoriana, nos bastaría con dar una ojeada a buena parte de la arquitectura católica de las últimas décadas del siglo pasado para encontrar —al menos en mi país— numerosas parroquias, iglesias o capillas, todas ellas tremendamente feas, incapaces de levantar el espíritu de quienes a ellas acuden. Como en contraste, las muchedumbres que visitan la Sagrada Familia en Barcelona —4,5 millones el pasado año, entre ellos 300.000 japoneses— quedan asombradas por la belleza (y en cierto sentido la modernidad) de aquel inmenso espacio de luz y piedra que eleva el espíritu hacia el cielo. La belleza que perciben es para buena parte de los visitantes la puerta de entrada hacia algo que les supera y que tira de ellos hacia arriba: eso es lo que les atrae.

         Sin embargo, no es solo la grandiosidad de la Sagrada Familia lo que impresiona a tantos. Si uno se asoma a cualquier pequeña ermita románica del Pirineo catalán, vendrá a sentir lo mismo o algo muy parecido: en ambos casos se trata de espacios de oración y esto lo advierten muchos de los visitantes, independientemente de su formación religiosa. En contraste, en el Albert Memorial no hay nada de esto: tampoco lo pretendía, es cierto, pero quizá por eso causa aversión o al menos una fría sensación de vacío.

IMG_1788         El pasado miércoles asistía a un seminario de la profesora Mariluz Restrepo sobre la estética inspirada en el pensamiento de Charles S. Peirce. Me gustó la exposición, quizás en particular porque llevaba varios días con este tema en la cabeza. Me encantó la afirmación de Arthur Danto que recogió Restrepo en su presentación: «La belleza es la única cualidad estética que es un valor, como la verdad y la bondad. Y no simplemente uno de los valores que nos permiten vivir: es uno de los valores que definen lo que significa una vida plenamente humana». Es así. Esto habría que gritárselo amablemente a todos, sean arquitectos, decoradores, urbanistas o simples ciudadanos de a pie.

       La belleza tiene un valor profundamente humanizador, nos hace verdaderamente humanos; todavía más: nos hace mejores seres humanos. Hemos de empeñarnos en crear espacios bellos, en escribir textos hermosos, en eliminar la suciedad hasta poder llegar a transformar nuestra vida en una obra de arte, al menos en la obra del mejor arte del que cada uno sea capaz. Este es el inmenso valor de la belleza.

Pamplona, 12 de octubre 2018.

Agradezco las correcciones de Sara B., Silvia D., Ricardo J., Jacin L., Rocío M., Ramon N. y Alexia T.

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Vergüenza ajena

            Tengo el propósito de no abordar en mi blog cuestiones políticas en el peor sentido del término, esto es, no abordar aquellos asuntos con los que se atacan mutuamente los políticos de los diversos partidos de mi país. En esta ocasión quiero hacer una excepción para escribir algo con ocasión de la acusación de plagio que se cierne sobre la tesis doctoral del presidente Pedro Sánchez. Saltó a la palestra política el pasado 12 de septiembre en una sesión de preguntas al Gobierno en las Cortes españolas y ha ocupado las portadas de los periódicos desde entonces. La barahúnda posterior en los medios de comunicación ha sido enorme, ensordecedora podría quizá decirse. Las acusaciones, aclaraciones y rectificaciones de unos y de otros al respecto me han hecho sentir una enorme vergüenza ajena.

         En el último número de Mente y Cerebro (nº 92, sept/oct 2018, p. 7) leo que el equipo de la psicóloga Li Jiang de la Universidad Carnegie Mellon ha desarrollado “un programa terapéutico para ayudar a que los afectados aprendan a temer menos las situaciones de ridículo ajeno espantoso”. Quizá deba acudir a ese programa, pues “estos sujetos —se explica en la revista— desean que la tierra se los trague cuando el prójimo mete la pata”. Eso es lo que me ha pasado a mí con todo ese asunto. Del profesor Leonardo Polo aprendí hace años que la universidad es solo una en todo el mundo, tanto da que sea Harvard, Oxford o la Camilo José Cela de Madrid: si algo se ha hecho mal en alguna de ellas en cierto sentido me contamina también a mí, que llevo cuarenta años en la Universidad de Navarra y he dirigido un montón de tesis doctorales y de tesis de máster.

          Más aún, soy el profesor de “Metodología de la investigación” en varios programas máster y doy habitualmente una sesión en la que dedico al menos un cuarto de hora al plagio. En los últimos años he solido emplear el caso de los ministros alemanes dimitidos por plagiar en su tesis doctoral (Karl-Theodor zu Guttenberg en 2011, Annette Schavan en 2013), ya que fueron ampliamente aireados en la prensa española y están accesibles en internet. También he citado como malos ejemplos un caso mexicano (Peña Nieto) y otro español del mundo mediático (Ana Rosa Quintana).

         En cuanto al fondo del asunto que ocupa en estos días a la prensa en España lo que resulta obvio a cualquiera que se asome un poco al tema es que el trabajo académico de nuestro actual presidente de Gobierno es muy defectuoso y que la entidad universitaria que le otorgó el título de doctor con summa cum laude no empleó el rigor académico que sería esperable en una universidad a la hora de evaluar un trabajo doctoral. Por tratarse de un político relevante tendrían que haber sido particularmente ejemplares y en este caso lo hicieron particularmente mal, a la ligera o con frivolidad. Es una pena y es lo que me causa una enorme vergüenza ajena.

        A mis estudiantes de máster o de doctorado suelo indicarles tres principios para evitar el menor asomo de plagio. El primero y más importante es el de exhibir siempre las fuentes que utilicen efectivamente, aunque sea Wikipedia, un diccionario escolar, un libro de texto o una conversación casual con un amigo. Copio lo que escribí en El taller de la filosofía al respecto: “Nuestro esfuerzo personal por alcanzar la verdad se inserta en una venerable tradición multisecular. Aunque fuéramos realmente enanos, al encaramarnos sobre los hombros de quienes nos han precedido, llegamos realmente a ver más y más lejos que ellos. Pero lo que no podemos hacer es encaramarnos sobre los gigantes y, a sabiendas, ocultarlo, pretendiendo hacer creer a los demás que aquello lo hemos hecho nosotros solos. La ocultación de las fuentes no es solo un atentado a la mejor tradición de investigación, sino que es además una estupidez infantil, pues nuestros mejores lectores, los especialistas en la materia para los que de ordinario estamos escribiendo, conocen esas fuentes tanto o mejor que nosotros. La práctica vanidosa de la ocultación de las fuentes es asimilable realmente al plagio”.

           El segundo principio es el de poner entre comillas todas las palabras que tomemos de otros indicando en nota a pie de página o entre paréntesis en el cuerpo del texto (el llamado “sistema Harvard”) la publicación con la página de donde hemos tomado esas palabras, de forma que cualquier lector pueda acudir al original y comprobar el contexto o lo que desee respecto de esa cita. Omitir las comillas y la referencia a la fuente equivaldría a hacer pasar como nuestras las palabras e ideas que hemos tomado de otras personas. Como explica Marta Torregrosa en nuestra página web de metodología: “Para evitar los plagios es necesario ser muy cuidadoso en la forma de extraer la información que nos interesa de las fuentes. Cuando tomamos notas es necesario esforzarse por distinguir las palabras y pensamientos propios de los de la fuente. Deben tomarse con cuidado, entrecomillando cuando copiamos literalmente, y apuntando la referencia completa de la fuente (autor, título, editorial, ciudad, año y número de página). Aunque pase tiempo desde que tomamos esas notas, si se indica la referencia de la fuente y se distingue la reproducción de frases de las ideas que nos ha sugerido la fuente, no habrá duda de a quién pertenece cada cosa”.

         El tercer principio es el de cerrar el libro que tenemos delante cuando pretendemos hacer una paráfrasis y, por supuesto, citar también nuestra fuente en la nota o entre paréntesis en el cuerpo del texto. Me parece que es clara la recomendación: parafrasear un texto es ponerlo en nuestras palabras, no simplemente alterar una o dos palabras del texto que estamos copiando literalmente. Si lo copiamos, debe ir entre comillas, pero es claro que una tesis doctoral no puede ser simplemente una ristra de textos entrecomillados: hace falta siempre la voz del autor que da sentido a cada una de las citas textuales o paráfrasis que utiliza en su exposición.

           Sin embargo, lo que más me avergüenza no es solo que la tesis de Sánchez sea mediocre o esté mal hecha, sino los malos argumentos —inaceptables académicamente— que aportan las fuentes oficiales para justificar que en el libro en co-autoría con el economista Carlos Ocaña al que dio lugar la tesis, se citen o parafraseen numerosos textos sin indicar la fuente. Lo que me avergüenza es que La Moncloa —según El País, 20/09/18— diga que “está permitida la utilización de iniciativas y documentos de carácter parlamentario, que son de uso público”. “Se trata de documentos que no generan derechos de autor por no tener la consideración de obras, ya que son de uso público al formar parte del debate político, el cual debe ser difundido a todos los ciudadanos”. ¿Qué tendrá que ver —digo yo— el que sean unos textos sin copyright, esto es, por cuya cita no hay que pagar derechos de autor, con omitir su autoría, esto es, presentar esas ideas o esas palabras como propias? Si presento como mías las palabras pronunciadas en sede parlamentaria o las de un texto legal estoy incurriendo precisamente en lo que los académicos llamamos plagio.

       Como venía a decir Manuel Castells en La Vanguardia, hasta ahora las universidades eran un raro espacio de libertad, con unos protocolos académicos que favorecían la vida científica y el descubrimiento de nuevos saberes. Ahora la política amenaza con corromper esos reductos de convivencia culta: basta con ver la creciente burocratización desarrollada por la ANECA, que más bien favorece la corrupción en lugar de atajarla. En todo caso hemos de resistir con todas nuestras fuerzas a la apropiación de las palabras o ideas de otros por parte de algunos políticos desaprensivos: va en ello nuestra vida académica y nuestra libertad intelectual. “Si cedemos en eso —terminaba Castells su artículo— los manipuladores del poder destruirán el último espacio de humanidad libre y pensadora que queda en nuestras vidas”. Por todo ello no me basta con sentir una enorme vergüenza ajena, sino que al menos escribo estas líneas de protesta ante la desvergüenza de buena parte de nuestra clase política.

Barcelona, 22 de septiembre 2018.

Agradezco las correcciones de Carina A., Sara B., Ricardo J. y Paloma P., así como la ayuda de Jacin L. en la selección de las ilustraciones.

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Nostalgia de Dios

         Ha llamado mi atención la fuerza con la que el australiano Matthew Kelly en su bestseller Resisting Happiness sostiene con rotundidad que mucha de la infelicidad que encuentra en su trabajo como coach con muy diferentes audiencias es la «resistencia a Dios». Mientras para algunos Dios está en el centro de nuestra vida, otros —quizá mejores, con más virtudes o al menos con más ‘éxito’— tienen un hueco enorme en el centro de su vida que les duele constantemente.

         Sin duda, se trata de un descubrimiento propio de personas adultas. Aunque ese dolor pueda anestesiarse con señuelos diversos, al final reaparece siempre porque todas esas cosas no son capaces de llenar nuestra vida, de satisfacer plenamente nuestras aspiraciones humanas más queridas.

        “Nada en este mundo puede satisfacer tu deseo de felicidad”, escribe Kelly en el tercer capítulo. Y explica: “La razón es muy sencilla. Tú tienes un hueco del tamaño de Dios. No puedes llenarlo con cosas, dinero, estatus, poder, sexo, drogas, alcohol, otras personas, experiencias o logros. Solo Dios puede llenarlo. Echa todo el dinero y todas las posesiones del mundo en el hueco y encontrarás que todavía está vacío y que ansías todavía algo más. Echa un Oscar, un Pulitzer, un Grammy o dos, diez o veinte millones de dólares y un Premio Nobel de la Paz en el hueco y todavía te parecerá vacío”.

        Aunque la cultura mediática contemporánea pretenda disimularlo de manera habitual, los seres humanos nos tropezamos en nuestra vida una y otra vez con el sufrimiento. Resulta inevitable. Puede adoptar la forma de la muerte de seres queridos, la enfermedad propia o ajena, las rupturas familiares, las peleas con los amigos, la incomprensión, los celos y tantas otras formas de sufrir que padecemos los seres humanos. Muchas veces sufrimos, sobre todo, al ver sufrir a quienes queremos sin poder hacer nada efectivo por aliviarles. Me decía una experta que el sufrimiento es el ADN de la humanidad, pues hasta nacemos llorando para comenzar a respirar.

        En esta misma dirección, el psiquiatra Kevin Majeres me contaba en una estancia en Harvard que en su práctica clínica se había encontrado muy a menudo con enfermos a los que el acercamiento a la vida cristiana les aliviaba notablemente su dolencia, pues gracias a la religión eran capaces de conferir algo más de sentido a su sufrimiento. Hace unos meses pude comprobar esto con mi alumna Celia a la que había atropellado un camión de reparto camino de la Universidad. Acabo de ver esta semana una nueva grabación en la que Celia asegura que «debajo del camión es donde me encontré con Dios». Me ha emocionado de nuevo y me parece que merece la pena visionarla, aunque por supuesto no resulte fácil hacerse cargo del abundante dolor que ha padecido y que ahora queda oculto tras su apacible sonrisa. Celia termina explicando: “No es que me alegre de que me atropellase un camión, pero sí que es verdad que le doy gracias a Dios de lo bien que ha ido todo porque al final fue como que me rompí en mil pedazos y renací de cada una de las cicatrices”.

         Sin embargo, a veces la ayuda de Dios no llega o no se siente. Solo queda la esperanza de que en algún momento al final del túnel se verá la luz, esto es, el Amor. Quizá merece la pena recordar aquí — aunque sea un poco extensa— aquella hermosa descripción de Victor Frankl en la sección “Cuando todo se ha perdido” de El hombre en busca de sentido:

         «Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor.»

Pamplona, 24 de agosto 2018.

Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Soledad y aislamiento

         Cuando tengo como hoy un viaje largo — de más de 24 horas— en avión, aunque tenga escalas, esperas y cambios de avión, una vez estoy dentro de la primera sala de espera, —ya facturado el equipaje, si llevo— me sobreviene siempre una alegría infantil y una gozosa sensación de libertad. Tengo por delante 20 o 30 horas de relativa soledad en las que puedo dedicarme a leer, a corregir textos, a dormir o a lo que me apetezca, sin que tenga de ordinario que preocuparme de atender a otras personas.

         Este tipo de soledad puede ser muchas veces fecundo. Como le pasaba a mi admirado Charles S. Peirce (1839-1914) en sus viajes trasatlánticos, los ocho o diez días que invertían los vapores de su tiempo para cruzar el Atlántico le resultaban muy creativos. Conforme avanzaba la travesía sus ideas se iban aclarando y su ánimo se fortalecía. Algo parecido —salvando las distancias— me ocurre a mí y es uno de los atractivos de los viajes largos.

         Hay personas que temen viajar solas o en general que tienen miedo a la soledad y al silencio. En cuanto se abre un espacio así, se aferran a una pantalla y a unos auriculares para ahuyentar su miedo a pensar. Sin embargo, me parece que hay que saber atesorar y aprovechar esos tiempos de soledad para encontrarnos a nosotros mismos e incluso para encontrar a Dios dentro de nosotros.

         Viene a mi memoria lo que escribía Etty Hillesum en el campo de Westerbork antes de ser enviada a la muerte en Auschwitz: “Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios. A veces me es accesible. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo” (Diario, p. 41). Me estremece siempre que lo recuerdo y querría para mí lo mismo.

         Me gusta distinguir entre soledad y aislamiento. La soledad muchas veces es enriquecedora; en cambio, el aislamiento, el cerrarse a los demás, muchas veces es malo porque resulta empobrecedor. No somos islas: somos dependientes de los demás, de aquellos a quienes queremos y eso enriquece nuestras vidas hasta llenarlas de sentido.

         En las cárceles y sistemas penitenciarios el aislamiento es el peor de los castigos. Fuera de esos entornos, el que está aislado puede ser por enfermedad o quizá por su mala experiencia con los demás, ya que el abrirse a los demás nos hace vulnerables. “Como no quiero sufrir más —quizá se diga a sí mismo abrazado a un oso de peluche— prefiero no conocer a nuevas personas, no tener nuevos amigos, no querer ya más: me basta con encerrarme en mi caparazón y resistir los embates de la soledad atesorando en mi memoria los momentos gozosos de mi vida pasada”.

         Los espacios de relativa independencia de los demás, como los viajes —solo interrumpida por algún mensaje o whatsapp ocasional—, nos hacen valorar más nuestras dependencias afectivas. Como enseña la filosofía, las cosas que más nos importan y que tenemos siempre delante de los ojos, normalmente no las vemos, no les prestamos atención. En cambio, cuando estas nos faltan es increíble cuánto las echamos de menos. Por eso me encanta ver el gozo de familiares y amigos que se reencuentran con formidables abrazos en la puerta de llegadas de los aeropuertos.

Aeropuerto de la Aurora, Ciudad de Guatemala, 28 de julio 2018.

Agradezco las correcciones y sugerencias de Félix A., Albi C., Victoria de J., Mariacaro G. y Javier L. y la ayuda de Victoria  y de Jacin con las ilustraciones.

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¿Desconectar?

         Cuando llegan las vacaciones la gente suele decir que lo que quiere en ese tiempo es desconectar: este es el verbo que utilizan los españoles para expresar su intenso deseo de huir de la rutina diaria —o incluso de huir de sí mismos— para poder vivir unas semanas haciendo algo totalmente distinto de lo habitual.

         He utilizado ese mismo verbo en mis recientes vacaciones en el Pirineo para desconectar por completo de la prensa en papel y en formato online —que me parece más adictiva todavía—, de las noticias de la radio y la televisión. Ha sido una experiencia del todo saludable para mí. Mi desconexión mediática solo ha tenido la excepción de algunos partidos del Campeonato del Mundo de Fútbol que he visto acompañado siempre de algunos amigos.

         Recuerdo que hace años el papa Benedicto XVI invitaba en una cuaresma a un «ayuno digital». Me parece que efectivamente es muy sano cortar —por una temporada al menos— ese constante flujo de información que llega a nuestros móviles o a nuestros ordenadores para poder prestar atención a las personas que tenemos alrededor y también a nosotros mismos. Por ejemplo, hay terapeutas que recomiendan desconectar por completo los móviles los fines de semana y así cuidar y atender a los demás.

         Sin embargo, pienso que no se trata de apagar drásticamente las pantallas. Lo que defiendo es más bien cerrar su uso pasivo, su uso como receptores de información masiva, para concentrar nuestra atención en utilizar las redes sociales y el correo electrónico para comunicarnos con aquellas personas a las que queremos y que quizá por estar lejos podemos atender menos. Las vacaciones que nos regalan tiempo libre y las máquinas que nos acercan a quienes están lejos nos facilitan mucho esa tarea, con tal de que no nos separen de aquellos que tenemos más cerca.

         Copio lo que me escribía ayer por email Sofía M., una valiosa alumna que me dejó pensando sobre este tema: “Hace unos meses hablaba con un gran amigo de la importancia de las cartas. Hoy en día parece que todo lo bonito e importante lo acabamos reemplazando por algo más fácil y rápido y, tratando de facilitarnos, acabamos siempre por empeorarnos. Hay que rescatar tradiciones como estas, para así de alguna forma, rescatarnos a nosotros mismos también. Lo que le decía a mi amigo es que lo verdaderamente importante de las cartas es el tiempo que dedicamos a escribirlas, el pararnos a pensar qué queremos decirle a la otra persona, a sincerarnos y a tratar de regalarle al otro un pedacito de nosotros mismos”. ¡Qué bonito y verdadero!

         Escribir a quienes queremos es hermoso, pero requiere un cierto esfuerzo: primero hay que querer comunicarse; luego hay que pararse a pensar qué queremos decir y después hay que intentar escribirlo con claridad y corrección. Esto contrasta mucho con la facilidad de un WhatsApp o de subir una foto a Instagram. Indudablemente, la comodidad del usuario es una razón importante para el enorme éxito de las redes sociales y las nuevas tecnologías del entretenimiento: esos recursos ofrecen diversión o distracción sin apenas esfuerzo.

         En el pasado mes de diciembre, Mark Zuckerberg, fundador y propietario de Facebook, al hacer un balance de la evolución de esta red social a lo largo de diez años, advertía precisamente que Facebook había pasado a ser una fuente de información para el consumo pasivo por parte del usuario en lugar de la red para la activa comunicación de las personas entre sí tal como la había pensado en un principio. Aseguraba que quería corregir esa tendencia favoreciendo la creación de grupos de personas interesadas en las mismas cosas y disminuyendo el flujo de noticias de los periódicos y otros medios de comunicación.

         Me parece que a los seres humanos nos daña el consumo individualista de información o de entretenimiento y lo que esto suele llevar consigo de huida de las obligaciones familiares y sociales o de desarraigo de nuestra red de amigos y personas queridas. Las vacaciones son para desconectar de todo aquello que ocupe nuestra cabeza obsesivamente, pero no de nuestra familia y nuestros amigos: todo lo contrario. Por eso, he puesto entre interrogantes el verbo «desconectar» que encabeza este texto.

Astún, 15 de julio 2018

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Educación verde

         En mi despacho en la Universidad tengo un hermoso Ficus benjamina que me regaló hace años Marta Revuelta y una humilde violeta que florece periódicamente, pero sobre todo lo que tengo es un enorme ventanal que da al campus y llena la vista con los serios abetos, los verdes cedros y algunos otros árboles más alejados. Esa luminosa ventana es siempre lo que más llama la atención de los visitantes. Suelo trabajar de espaldas a ella, pero cuando estoy cansado me doy la vuelta y admiro el verde de los árboles y los caprichos que trenzan las nubes en el cielo al atardecer.

         Ahora llaman a esto “educación verde”: el intento de que los espacios educativos no sean edificios cerrados de cemento, hierro y cristal, sino que siempre abran al menos una ventana o un patio a la naturaleza. Se piensa que nos hace vivir mejor, ensancha nuestra calidad de vida, y que incluso puede que nos haga mejores personas. Hay algo profundo en ello que me parece vale la pena rescatar.

        Escribo estas líneas en lo alto del Pirineo aragonés donde estoy disfrutando de unas semanas de descanso en un valle totalmente verde, con manchas blancas de nieve que refulgen al sol. Está salpicado de gencianas amarillas y otras flores de alta montaña. Frente a mis ojos se alza el macizo imponente del Aspe (2.640 m.) con sus enormes paredes de piedra y su amplias placas de nieve.

         Esta misma mañana he subido por un sendero apenas trescientos metros más arriba del hotel donde me alojo y quedé maravillado. Llenaba el cielo un espléndido sol radiante que iba derritiendo lentamente la nieve que hay todavía entre las rocas. Un águila solitaria volaba majestuosamente sobre la cumbre, sin apenas batir las alas. Tenía a mis pies el magnífico valle glaciar rodeado de escarpadas montañas. Escuchaba con asombro el murmullo del agua saltarina que bajaba corriendo entre las piedras hasta llegar al fondo del valle surcado por un riachuelo. Me emocionaba el susurro suave de la brisa que acariciaba mis oídos. Las mariposas se paseaban entre las flores y las lagartijas se desperezaban al sol sobre las piedras. Me senté en el suelo y comencé a escribir estas líneas, dando gracias a Dios por este mundo tan maravilloso. Hay que tener ojos para ver y sensibilidad para admirar tanta belleza como hay en el mundo.

         «¡Qué gran verdad! —me escribía una profesora a propósito de esta última frase— ¡Cuántas veces no abrimos los ojos a tantas personas y maravillas que hay a nuestro alrededor!». Realmente la sensibilidad puede educarse. El aprecio de la naturaleza se aprende casi por contagio; en particular al advertir cómo muchas personas crecen —ensanchan su sensibilidad— en entornos más naturales.

        A mí me viene muy bien el contacto sin prisas con la naturaleza y además me acerca a Dios. Me ayuda, me serena, expande mi alma y logra casi siempre que me olvide de las prisas y los desasosiegos del curso académico ya terminado, de los disgustos padecidos o de las mezquindades humanas propias y ajenas. Me parece que esto mismo o algo parecido le pasa a mucha gente.

         Es verdad que el trato con la naturaleza requiere de cierta soledad para poder realmente disfrutarla; también requiere un poco de preparación para desconectar de nuestras tareas habituales y liberarse además de todos los artefactos que llenan nuestra vida. A mí me encanta escaparme a la montaña. En cambio, me agobia la sola imagen de esas playas mediterráneas totalmente abarrotadas de gente; hay tantas personas que, prácticamente, han de pedir turno para extender su toalla sobre la arena o para entrar en el mar.

         En las montañas apenas hay nadie y los que hay aman la naturaleza y, salvo caso de necesidad, dejan a los demás que disfruten a su estilo y a su aire. Las montañas, además de espacios de belleza, son también en un sentido muy profundo espacios de libertad y quizá por eso resulta aquí más fácil encontrar a Dios.

Astún, 25 de junio 2018.

Agradezco las correcciones y sugerencias de Sara B., Fernando B., Silvia C., Ángel L., Pamela M., José Antonio P., Paloma P., Martha Estela T. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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Libertad, verdad, cordialidad: el diálogo como clave de la vida universitaria

Introducción[1]

      Hay un cierto consenso general de que asistimos a un declive de la universidad en el mundo occidental, a una pérdida de su importancia como conformadora de la sociedad y proliferan las dudas acerca de la relevancia de la institución universitaria para la investigación científica e incluso de su efectiva eficacia docente. Tiende a echarse la culpa de este proceso a la progresiva mercantilización del espacio académico, al papel creciente de los gestores y gerentes en el gobierno de las universidades, a la ANECA o a la expansión de las enseñanzas online. Sin embargo, para mí la raíz de ese descarrío se encuentra principalmente en la pérdida del sentido del trabajo de tantos profesores, transformados muchas veces —parafraseando a Weber— en funcionarios sin alma o burócratas sin corazón. Viene a mi memoria el libro del director editorial de Harvard University Press, Lindsay Waters, en el que denuncia que los profesores han transferido a las editoriales y a las revistas su capacidad de decidir si algo es bueno o malo en el ámbito académico, renunciando así a su tarea propia más cualificada[2].

image1 (7)     Me parece que la clave para una revalorización del espacio universitario se encuentra en comprender que quienes nos dedicamos a la enseñanza superior enseñamos a ser mejores, esto es, a desarrollar un estilo de vida mejor, más razonable; aspiramos a vivir —y a enseñar a vivir— de acuerdo con unos principios de los que somos capaces de dar razón. Como decía Mary Ann Glendon, profesora de Harvard, cuando agradecía el doctorado honoris causa que le había sido conferido en esta Universidad: “Podemos dar razones de las posiciones morales que mantenemos”. Quienes se empeñan en enseñar esto son los auténticos maestros, los verdaderos académicos en la mejor tradición de la Academia de Platón. El ámbito académico impregna nuestra vida de un hondo sentido vocacional, de un genuino empeño por el perfeccionamiento personal, que queremos compartir con los demás y que es verdaderamente lo que la sociedad necesita y espera de nosotros. Los profesores hemos de estar persuadidos de que tenemos algo valioso que ofrecer a nuestros alumnos, algo que no pueden aprender en los más prestigiosos bufetes, en las empresas más competitivas por mucho dinero que puedan ganar allí o, por supuesto, en un tutorial en Youtube.

     Las dos cosas que podemos enseñar —en las que hoy quiero centrar mi atención— son que “lo de dentro cambia lo de fuera” y que “el desacuerdo inteligente es enriquecedor”. Respecto de lo primero, leía hace unos pocos días la lección de graduación que impartió J. K. Rowling en la Universidad de Harvard en junio de 2011 y que acaba de ser publicada en castellano[3]. En particular llamó mi atención el pasaje en el que la autora de Harry Potter explica a su audiencia que “una de las muchas cosas que aprendí al final de aquel pasillo de Clásicas por el que me aventuré a los dieciocho años en busca de algo que entonces no habría sabido definir fue lo que escribió el autor griego Plutarco: «Lo que logramos internamente cambia nuestra realidad exterior»”. Me impresionó esa cita porque es lo mismo que intento enseñar a diario a mis alumnos. Nuestro empeño por pensar, leer y escribir, por cultivar una vida verdaderamente intelectual, no solo nos cambia por dentro, sino también por fuera, pues nos abre afectuosamente a los demás.

32240340_10160269999940175_5357697511047823360_n      Respecto de lo segundo, quiero persuadiros de que el desacuerdo inteligente —el “desacuerdo educado”, en expresión de Gonzalo Herranz— es la energía vital de la universidad, la corriente circulatoria de una sociedad sana[4], porque ese desacuerdo es de ordinario enriquecedor.

      En mi breve presentación pretendo abordar tres actitudes básicas que han de impregnar la actividad universitaria para que esta sea un espacio de diálogo y una escuela de diálogo: 1º) el amor a la libertad y su lógica consecuencia que es el pluralismo; 2º) el amor a la verdad que mueve a los académicos y se nutre de la experiencia efectiva del crecimiento de la ciencia; y 3º) la cordialidad o amable convivencia dentro de la universidad.

  1. La universidad como espacio de libertad: el pluralismo

      El monopolio del espacio universitario por parte de “lo políticamente correcto” es un atentado contra el auténtico espíritu de libertad académica anclado —me gusta verlo así— en la disputatio medieval. Para los viejos maestros todas las opiniones formuladas con seriedad merecían ser escuchadas y discutidas, pues de cada una de ellas había algo que podíamos aprender. Frente al desacuerdo tóxico, el desacuerdo inteligente. Como pone el poeta Salinas en boca del labriego castellano: “Todo lo sabemos entre todos”.

      No hay una única razón universal como pensaron los ilustrados, que solían escribirla con mayúscula inicial en señal de respeto. Los problemas con los que nos enfrentamos tienen facetas, distintas caras, y hay maneras diversas de pensar acerca de ellos. La teorización que los seres humanos hemos desarrollado a partir de nuestras experiencias es del todo multifacética, es una razón plural[5]. Defender la pluralidad de la razón no significa afirmar que todas las opiniones son verdaderas —lo que además resultaría contradictorio—, sino más bien que ningún parecer agota la realidad; esto es, que una aproximación multilateral a un problema o a una cuestión es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Las diversas descripciones que se ofrecen de las cosas, las diferentes soluciones que se proponen para un problema, reflejan de ordinario diferentes puntos de vista. No hay una única descripción verdadera, sino que las diferentes descripciones presentan aspectos parciales, que incluso a veces pueden ser complementarios, aunque a primera vista quizá pudieran parecer incompatibles.equipo

      La pluralidad de opiniones no es una triste consecuencia de la limitación de la razón humana, sino que más bien es consecuencia de nuestra libertad personal y de la gran diversidad de la experiencia humana. No solo las sucesivas generaciones perciben la realidad de manera distinta, sino que incluso cada uno a lo largo de su vida va evolucionando en sus opiniones. Además, quienes viven en áreas geográficas distintas y en el seno de tradiciones culturales diversas acumulan unas experiencias vitales sensiblemente diferentes. Los seres humanos somos distintos y eso es un tesoro para todos, en particular en el ámbito académico. Quienes defendemos el pluralismo amamos la libertad personal y pensamos que esa pluralidad es enriquecedora.

      La defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión del filósofo norteamericano Stanley Cavellmaneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro. Nuestras teorías, como los artefactos que fabricamos, son construidas por nosotros, pero ello no significa que sean arbitrarias o que no puedan ser mejores o peores. Al contrario, el que nuestras teorías sean creaciones humanas significa que pueden —¡deben!— ser reemplazadas, corregidas y mejoradas conforme descubramos versiones mejores o más refinadas. ¡A eso precisamente nos dedicamos en la universidad!

      Esta defensa de la libertad en el espacio académico y de su necesaria expresión plural es consustancial al pensamiento. Podemos decir con rotundidad que sin libertad no hay pensamiento y sin pensamiento no hay libertad y sin ambos no hay universidad.

  1. La búsqueda de la verdad

     Hace muchos años tuve ocasión de acudir a Uppsala para un congreso de lógica. Me impresionó un lema grabado en letras doradas sobre el dintel de mármol de la puerta del Aula Magna, que decía así: “Tanka Fritt är Stort, Tanka Rätt är Storre“. Se trata de un aforismo del filósofo sueco Thomas Thorild (1759-1808) que puede traducirse como “Pensar con libertad es bueno, pero pensar correctamente esdownload todavía mejor”. Quienes somos optimistas acerca del uso de la razón humana evitamos contraponer libertad y verdad, pues estamos persuadidos —con Charles S. Peirce y tantos otros filósofos de la ciencia— de que la libertad humana está inclinada a la verdad: “La esencia de la verdad —indicará Peirce— se encuentra en su resistencia a ser ignorada” (CP 2.139, 1902).

      Merece la pena leer el primer párrafo de la excelente declaración del destacado jurista Robert P. George (Princeton) y del filósofo afroamericano Cornel West (Harvard) que hemos suscritos miles de académicos e instituciones universitarias[6]:

      «La búsqueda del conocimiento y el mantenimiento de una sociedad libre y democrática requieren el cultivo y la práctica de las virtudes de la humildad intelectual, la apertura de la mente y, sobre todo, el amor a la verdad. Estas virtudes se manifestarán y se fortalecerán con la voluntad de escuchar atenta y respetuosamente a personas inteligentes que desafían las propias creencias y que representan causas con las que uno no está de acuerdo y puntos de vista que no compartimos.»

      El tema de la verdad es una cuestión enrevesada, en la que se entrecruzan buena parte de los puzles y debates que atraviesan la filosofía, la ciencia y la cultura de nuestro tiempo. Nos encontramos en una sociedad que vive en una amalgama imposible de un escepticismo generalizado acerca de los valores y un supuesto fundamentalismo cientista acerca de los hechos. Se trata de una mezcolanza de una ingenua confianza en la Ciencia con mayúscula y de aquel relativismo perspectivista que expresó el poeta Campoamor con su “nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”[7].

pluralismo

      La ciencia no es simple experimentación y recolección de datos, sino que sobre todo es interpretación de esos datos y de esas experiencias. El progreso científico estriba en el hallazgo de interpretaciones nuevas que amplíen nuestra comprensión. Tanto en las ciencias naturales como en las humanidades, la selección de qué interpretación en un campo de trabajo específico es mejor no depende ni del capricho personal, ni de la voluntad de los poderosos, ni siquiera del consenso de la comunidad de investigación, sino que, a la larga, depende esencialmente de la intrínseca verdad de tal interpretación y, por tanto, de su capacidad —intrínseca también— de persuadir a la humana razón.

      Frente al escepticismo postmoderno, la defensa de la capacidad de la razón humana para progresar en la investigación de la verdad —ciertamente con titubeos y rodeos— está anclada en la experiencia histórica del efectivo crecimiento del árbol del saber a lo largo de sus diversas ramas. La verdad es primordialmente aquello que los seres humanos anhelamos y buscamos. La verdad buscada es la verdad objetiva, es decir, la verdad objeto de los afanes compartidos en el espacio y en el tiempo de cuantos dedican su vida y su trabajo a saber y a generar nuevos conocimientos: esto no se refiere solo a las ciencias naturales, sino también —y quizá sobre todo— a las más profundas aspiraciones de las personas por comprender el misterio que envuelve sus vidas.

      Los académicos aspiramos a vivir de acuerdo con la verdad, con la mejor verdad alcanzada. Con Hilary Putnam —y con una gran tradición de pensadores antes que él— me gusta distinguir entre la Verdad con mayúscula y las verdades que los seres humanos forjamos. Estas últimas, las verdades que los seres humanos han conquistado laboriosamente mediante su pensar son resultado de la historia: Veritas filia temporis, repetían los escolásticos citando al historiador romano Aulo Gelio (125-175). Que la verdad sea hija del tiempo significa también que la verdad futura depende de nuestra libre actividad, de lo que cada uno contribuya personalmente al crecimiento de la humanidad, al desarrollo y expansión de la verdad. Con el dicho medieval, somos enanos a hombros de gigantes. Construyendo sobre los esfuerzos de quienes nos precedieron llegamos a ver más lejos y con más nitidez que ellos.

  1. La cordialidad académica 

      Me encantó leer hace algún tiempo el libro de Ken Bain What the Best College Teacher’s Do[8]. Aunque el libro esté centrado en la vida académica norteamericana —que es una realidad bastante distinta de la nuestra—, su lectura puede ayudar mucho a los profesores universitarios de otros países que quieran aprender de las experiencias de sus mejores colegas norteamericanos. El rasgo más característico de los mejores profesores universitarios es que están interesados por encima de todo en que sus alumnos realmente aprendan y para lograrlo están dispuestos a cambiar sus métodos, sus actitudes y todo lo que sea preciso. “Buscamos personas —explicaba Bain al principio de su libro— que sí pueden conseguir peras de lo que otros consideran que son olmos, personas que ayudan constantemente a sus estudiantes a llegar más lejos de lo que los demás esperan” (p. 18)

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     Ya Plutarco en su Ars Audiendi advirtió que educar no es llenar un vaso, sino más bien encender un fuego[9]. Los mejores profesores son siempre encendedores del afán de aprender de sus estudiantes. “Los mejores educadores pensaban en su docencia como algo capaz de animar y ayudar a los estudiantes a aprender” (p. 62). Los buenos profesores no se plantean solo los resultados en su asignatura, sino que la cuestión decisiva para ellos es siempre: “¿Qué podemos hacer en el aula para ayudar a que los estudiantes aprendan fuera de ella?” (p. 65). Están realmente interesados en el crecimiento personal de sus estudiantes y en qué pueden hacer ellos para lograr ayudarles en ese proceso.

      Me llamó la atención que los mejores profesores “tienden a tratar a sus estudiantes con lo que sencillamente podría calificarse como amabilidad” (p. 30), “escuchan a sus estudiantes” (p. 53) y “evitan el lenguaje de las exigencias y utilizan en su lugar el vocabulario de las expectativas. Invitan en lugar de ordenar” (p. 48). Los mejores profesores, a fin de cuentas, son aquellos que quieren a sus estudiantes, quieren que crezcan y ponen al servicio de ese objetivo toda su ciencia y todos sus afanes. Sin duda alguna, la cordialidad es un elemento central para la calidad de la vida académica. Esa cordialidad ha de expresarse en la colaboración afectuosa de unos profesores con otros, en el trabajo en equipo, en el aprendizaje cooperativo y en tantos otros aspectos que hacen tan amable la vida universitaria y el trato entre profesores y alumnos.

      La penosa imagen de la universidad decimonónica atravesada por guerras sin cuartel entre profesores de diversas tendencias o escuelas debe dar paso en el siglo XXI a una universidad abierta y plural, en la que el trabajo en equipo, la efectiva colaboración interdepartamental e interdisciplinar sea la tónica dominante habitual. Trabajar en colaboración no significa uniformidad, sino que supone amor a la libertad y entusiasmo por el pluralismo. 

  1. Conclusión

PapaVisitaUniversidadRomaTReRomaDanielIbanezACIPrensa      En una visita a la Universidad Roma Tre en febrero del 2017, el papa Francisco, después de atender las preguntas de cuatro estudiantes, dejó a un lado el discurso que traía preparado e improvisó unas palabras. Según la crónica de prensa, Francisco se refirió a las llamadas “universidades de élite”, en las que no se enseña a dialogar, sino que enseñan ideologías: “Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología. Eso no es una universidad”, explicó el papa. En este sentido, destacaba el papel de la universidad para el desarrollo de una cultura del diálogo: “La universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, porque dialogar es lo propio de la universidad. Una universidad donde se va a clase, se escucha al profesor y luego se vuelve a casa, eso no es una universidad. En la universidad debe desarrollarse una artesanía del diálogo”.

      Esta afirmación, de tanta raigambre en la tradición universitaria, traía a mi memoria aquello de John Henry Newman en The Idea of a University de que el crecimiento personal tiene que estar enraizado en un espacio comunitario en el que el intercambio de “bienes espirituales entre estudiantes y profesores” no solo resulte posible, sino que se promueva positivamente. Para Newman, durante los años universitarios resulta esencial el trato afectuoso e inteligente de profesores y alumnos, la conversación cordial y la convivencia libre entre los estudiantes de forma que puedan aprender unos de otros y se ensanchen así su mente y su corazón en favor de la humanidad. En este mismo sentido, san Josemaría decía que “es en la convivencia donde se forma la persona”[10].

      Debo terminar y quiero hacerlo recordando un pasaje de George Orwell en el prólogo de Animal Farm: «Libertad significa el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír», pero querría en esta ocasión corregirlo levemente así: «Libertad significa el derecho de decirle a la gente amablemente, con cordialidad, lo que no quiere oír».

      Muchas gracias por su atención.

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[1] Este texto fue presentado oralmente en la “Jornada sobre la identidad de la universidad: El diálogo universitario”, Universidad de Navarra, 17 de mayo 2018. Algunas secciones fueron publicadas previamente en J. Nubiola, “¿Qué es lo académico?”, Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, nº 164 (febrero 2018), pp. 75-87. Agradezco las correcciones y sugerencias de Gloria Balderas, Miguel Ángel Iriarte y Philip Muller y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

[2] Lindsay Waters, Enemies of Promise: Publishing, Perishing, and the Eclipse of Scholarship, Prickly Paradigm Press, Chicago, Second printing, 2005.

[3] J. K. Rowling, Vivir bien la vida, Salamandra, Barcelona, 2018.

[4] Cf. Bret Stephens, “The Dying Art of Disagreement”, The New York Times, 24 septiembre 2017.

[5] Cf. Jorge V. Arregui, La pluralidad de la razón, Síntesis, Madrid, 2004.

[6] “The pursuit of knowledge and the maintenance of a free and democratic society require the cultivation and practice of the virtues of intellectual humility, openness of mind, and, above all, love of truth. These virtues will manifest themselves and be strengthened by one’s willingness to listen attentively and respectfully to intelligent people who challenge one’s beliefs and who represent causes one disagrees with and points of view one does not share”.

[7] Ramón de Campoamor, Obras poéticas completas, Aguilar, Madrid, 1972, p. 148.

[8] Harvard University Press, Cambridge, MA, 2004. Traducido al español como Lo que hacen los mejores profesores universitarios, Universitat de Valencia, Valencia, 2006.

[9] Cf. Juan Luis Lorda, La vida intelectual en la Universidad, Ediciones Universidad de Navarra, 2016, p. 32 n.

[10] Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, n. 80.

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