Las humanidades, una ciudad aparte

images         Me ha deslumbrado la lectura de un artículo de Talbot Brewer, profesor de ética en la Universidad de Virginia, en la interesante revista norteamericana The Hedgehog Review. Critical Reflections on Contemporary Culture. Se trata de un ensayo publicado en verano del 2014 a raíz del conflicto institucional planteado en aquella Universidad dos años antes entre la presidenta Teresa A. Sullivan y la directora del Board of Visitors Helen E. Dragas a propósito de la financiación de la Universidad y su escasa atención al desarrollo de enseñanzas on-line. En su carta de dimisión Sullivan aducía “diferencias filosóficas” con el Board of Visitors, pero finalmente, a causa del clamor de profesores y alumnos en su apoyo, fue nombrada de nuevo presidenta de la Universidad.

imgres         Lo que a mí me ha interesado ha sido en particular la inteligente argumentación de Talbot Brewer en defensa de las humanidades frente a la creciente mercantilización de la Universidad, que pone en grave riesgo la continuidad de esas enseñanzas en los Estados Unidos y también en nuestro país. A juicio de Brewer, los defensores de las humanidades siguen básicamente dos estrategias. La primera consiste en destacar los beneficios económicos de los estudios humanísticos, sea porque quienes los realizan continúan luego sus estudios en escuelas de negocios y tienen más éxito profesional que los estudiantes de otras carreras, sea por el beneficio que para un país suponen las humanidades como estímulo de la creatividad que tanto favorece el desarrollo económico. A juicio de Brewer, quienes intentan image1defender las humanidades en términos del crecimiento económico personal o social no solo se equivocan acerca del objetivo de las enseñanzas que aspiran a defender, sino que se equivocan sobre todo al sostener que la prosperidad económica es lo más importante para la vida de los seres humanos. Todos sabemos bien que el dinero no da la felicidad, porque no es un bien valioso en sí mismo. Es necesario pensar de nuevo y a fondo nuestro modelo de sociedad para liberarla de su extremada orientación actual hacia la producción y el consumo e intentar enfocar así las vidas humanas “a explorar y desarrollar el arte de la libertad”.

biblioteca         “Veo las humanidades —prosigue con entusiasmo Brewer— como el centro de las artes liberales, en el sentido de que son una fuente fecunda de actividades intrínsecamente valiosas, capaces de hacer más profundas las vidas de quienes permiten que sus mentes se transformen gracias a las humanidades. Hacen más profundas las amistades, las relaciones sociales de vecindad, el amor y el matrimonio, las relaciones entre padres e hijos, los paseos por los bosques, las reflexiones tranquilas, la actividad expresiva y creativa, y la contemplación de los productos expresivos y creativos de los demás. Ha llegado el momento en el que podemos permitirnos democratizar esta forma de educación favorecedora de la vida. Si, por el contrario, optamos por convertirnos en un tipo de Esparta comercial, cuyo sistema educativo está guiado primordialmente hacia el incremento de la productividad económica, dejaremos a las futuras generaciones un entorno natural saqueado y un ambiente cultural muy degradado”.

imgres      La segunda estrategia para la defensa de las humanidades consiste en argumentar su importancia no en términos de productividad económica, sino —tal como ha hecho brillantemente Martha Nussbaum— por su contribución a la vida ciudadana. Nussbaum sostiene que las humanidades desarrollan las capacidades analíticas, la comprensión intercultural, el respeto mutuo y la preocupación por los necesitados que tan necesarios son en una sociedad democrática. A juicio de Brewer, se trata de un argumento débil no solo porque en nuestras democracias, regidas tantas veces por unas élites, nuestro papel se limita a votar cada cuatro años, sino también porque no está claro cómo las obras literarias y filosóficas pueden hacer que sus lectores se conviertan en mejores ciudadanos.

Pensar en libertad Jaime Nubiola EUNSA/Astrolabio 2007 Ilustración de la cubierta: El filósofo y sus alumnos, Willem Van der Vliet, 1626. (Brodie Castle, Escocia) Copyright 2007 Jaime Nubiola         Para Brewer —y para mí— la clave para la defensa de las humanidades se encuentra en comprender que quienes enseñamos humanidades lo que estamos enseñando verdaderamente es a ser mejores; se trata de una forma de pensamiento y de vida que procuramos compartir con nuestros estudiantes. En el fondo, esto no tiene nada que ver con prepararles para el éxito económico, social o político. Estamos persuadidos de que los profesores tenemos algo valioso que ofrecerles y que no pueden aprender en los más prestigiosos bufetes o en las empresas más competitivas por mucho dinero que se gane allí. No es solo que las humanidades sean placenteras, sino que son la puerta de entrada a una atractiva actividad vital de perfeccionamiento personal. Las humanidades impregnan nuestra vida de un hondo sentido vocacional que es potencialmente muchísimo más significativo que el comercio o la política.

 20141028_192148(1)        Por ejemplo, quienes nos dedicamos a la filosofía no centramos las horas de clase en tediosas explicaciones eruditas de abstrusas teorías, sino que aspiramos a articular unitariamente nuestro pensamiento y nuestra vida para introducir a nuestros alumnos en esa conversación multisecular que es la filosofía y así contagiarles realmente algo que podemos llamar una “forma de vida”. En mis cursos los estudiantes tienen que escribir a lo largo de cada semestre cuatro o cinco ensayos breves con su opinión sobre un tema determinado a partir de un texto común. Entregan sus ensayos en un día fijo y en la siguiente clase los devuelvo corregidos. Cuatro o cinco alumnos —seleccionados de antemano— leen sus textos en voz alta y son discutidos libremente por toda la clase. Puedo decir que, de vez en cuando, alguna tarde se produce “el milagro”: ¡estamos haciendo filosofía! Me siento particularmente recompensado cuando la discusión que surgió en el aula continúa entre los estudiantes en los pasillos y en la cafetería al terminar la clase. Los estudiantes se marchan de esas sesiones persuadidos de que han aprendido algo mucho más valioso que la pasiva toma de apuntes de una quizás imponente lección magistral.

lectora         Cada vez que unos estudiantes se lanzan a pensar y hablar por su cuenta y riesgo sobre un tema que les interpela personalmente, la filosofía vuelve a comenzar y con ella todas las humanidades, pues renace la humanidad. “Se dice que la universidad no es el mundo real —termina Brewer su artículo— y en cierto sentido estoy feliz en afirmarlo. […] La veo como un tipo de ciudad aparte con unos pocos miembros permanentes y una siempre cambiante ciudadanía de jóvenes. Cuando funciona bien, lo que sucede en esta polis es una intensificación de una forma de cultivo personal que ha de ser continua con la vida. […] Esta ciudad paralela proporciona un importante contrapeso a los efectos conformadores de la cultura que STTUARTsurgen de esa mezcla contemporánea de capitalismo corporativo y de tecnología de las comunicaciones. […] Sería una pérdida devastadora si rehiciéramos esta ciudad paralela de acuerdo con los valores dominantes de las corporaciones. Esto no significa que no debamos reconstruir esta ciudad paralela, pero debemos rehacerla a su imagen mejor”.

vectorstock_1036004         Mi experiencia de estos años en la Universidad de Navarra es muy reconfortante en este sentido. Imparto cada año un curso de claves del pensamiento actual a un centenar de alumnos —algunos de ellos muy brillantes— de Ciencias, Farmacia y Económicas. Siempre hay una docena de estudiantes que se sienten interpelados por ese modo de vida filosófico que trato de contagiar en mis clases. Ya solo por esos doce —y por el ensanchamiento de sus vidas que la filosofía les proporciona—, merece la pena la enseñanza de las humanidades. Esa ciudad aparte es lo mejor de nuestra sociedad: esa es verdaderamente la Universidad con mayúscula.

Pamplona, 31 de agosto 2016

Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones y sugerencias de Gloria Balderas, María Rosa Espot, Ángel López-Amo y Jaume Nubiola.

 

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Joaquín Lorda (1955-2016)

_joaquinlorda_ef9a775b         El reciente fallecimiento de mi querido colega Joaquín Lorda Iñarra, apasionado profesor de Historia de la Arquitectura, trajo con fuerza a mi memoria algunos hitos de nuestro afectuoso trato a lo largo de más de 30 años. Quiero rememorar aquí al menos tres de esos recuerdos como emocionado homenaje hacía él.

 image2        El primero se remonta al curso 1991-92. A mis alumnos les pedía entonces hacer una recensión de un libro y uno de ellos —que desde niño conocía a Joaquín— eligió hacerla sobre su libro, entonces reciente, Gombrich: Una teoría del arte. Pasé la recensión a Joaquín y al cabo de pocos días escribió a lápiz, dejando el rastro de la goma de borrar que había empleado muchas veces al redactarla, esta carta que —con su permiso— publiqué en El taller de la filosofía:

            Querido N.:

            Jaime me ha pasado tu resumen. He corregido tu estilo en las páginas 1-4, y te he dado algunas indicaciones generales en los reversos de 10 y 11.

            Te voy a dar mi opinión con la mayor sinceridad, porque me parece que la labor del profesor es corregir (y estimular). Y además, somos viejos amigos de infancia (de la tuya). Es un resumen excesivamente literal: párrafos enteros. Y es meramente un resumen. No hay en tu trabajo ni una frase de valoración, ni sobre Gombrich, ni sobre mi libro. Ni siquiera una introducción tuya personal, que exponga image1tu intención, presente mi libro o la figura de Gombrich. Te limitas a seguir página a página; no te sientes capaz, a lo que parece, de dirigirte solo a las ideas centrales. Y por tanto tu resumen resulta, en general, difícil de leer, y a veces ininteligible. En ocasiones, sucederá que yo no he entendido lo que trataba de exponer: o que, entendiéndolo, no he sabido hacerlo. Pero en otras ocasiones parece que eres tú quien no comprende qué escribe, o no lo sabes hacer comprensible. Y nunca debes escribir nada que no entiendas tú. No hay milagros en esto.

            (…) Yo sí te diré que debes mejorar tu estilo. Cualquier persona que vive de sus ideas ha de cuidarlas: expresarlas con la mayor perfección, con propiedad y belleza. Uno de los secretos del estilo consiste en corregir. Debes tratar tus escritos con dureza; adelantarte al lector, tachar mucho; no perdonarte una mala frase; evitar la tentación de la idea redonda, pero marginal e inoportuna; intentar mantener el hilo conductor, y desembarazarlo de todos los aderezos inútiles. Procurar ser ameno, sin concesiones; y breve, sin ser esquemático: es mejor no escribir que hacerlo mal.

            Como cualquier estudiante de tu edad escribes con una importancia postiza, que no solamente te resulta pedante, sino que te obliga a unos circunloquios que no sabes resolver. Sé sencillo, pero no simple; algunas de tus frases son infantiles.

 image5           Es muy difícil escribir bien. Fácil, percibir lo que está mal. Por eso tú debes ser tu primer crítico: si lees tres veces tus escritos, mejorarán mucho.

            Me parece que conviene escribir con frecuencia; siempre brevemente. Un texto largo resulta difícil de componer y corregir; y trabajoso de leer. Debes pensar en el lector; en los lectores concretos a los que te diriges en este escrito. Probablemente no dispongan de mucho tiempo; y además desearían emplearlo en leer otras cosas más atractivas que tus o mis escritos. Es una impertinencia presentar textos largos; y un error, pues los lectores se desaniman. Yo no he sido capaz de terminar tu texto con detenimiento. Y tú te has aburrido soberanamente con el mío. Lo siento de veras. Aprende de mis defectos. Esta consideración me obliga a acabar con esta serie de consejos manidos y vagos, escritos en tono paternalista.

image6            A pesar de lo que creen comúnmente los alumnos, la labor más tediosa que toca a un profesor es corregir sus exámenes. Son raros los que están bien escritos.

            No solamente debes empeñarte en leer, en leer mucho y bien, buen castellano, porque forma parte de tu oficio. Debes pensar que también conviene cultivarte para mantener y elevar el nivel de las personas que tienes a tu alrededor, que vivirán de su inteligencia y de su palabra. Para que surjan en esa tradición —son ideas de Gombrich— personas capaces de ejercer una gran influencia, con buenas ideas, se necesita un clima de intereses intelectuales como el que rodeó a Gombrich en su infancia y juventud.

            (…) Un saludo afectuoso,

            Joaquín, 1 mayo 1992

51SBZDXSY4L._SX343_BO1,204,203,200_        En el año 1995 el famoso historiador del arte Ernst Gombrich había celebrado su 80 cumpleaños y con esa ocasión se desarrollaba la exposición Shadows que había organizado él mismo en la National Gallery. En el mes de mayo Joaquín me pidió que le acompañara a Londres como traductor. Fue una experiencia maravillosa: la visita detenida del Victoria and Albert Museum explicada por Joaquín fue un completo curso universitario sobre ornamentación en unas pocas horas. Pero, sin duda, lo mejor de la visita fue la cena en casa de Gombrich en Hampstead, con su esposa Ilse y una sobrina. Gombrich consideraba a Joaquín el mejor de sus discípulos. Traducir una conversación entre Gombrich y Lorda sobre las molduras de los basamentos de las columnas de un templo griego fue algo fascinante.

         Al terminar la sobremesa nos preguntaron nuestros planes para el día siguiente y, al LordaGombrichcomprobar que no teníamos ningún compromiso nocturno, nos pidieron que volviéramos a cenar con ellos. Les dijimos que lo haríamos encantados, con tal de que eso no les supusiera trabajo. De hecho, cenamos en la estrecha cocina de la casa nosotros dos con el matrimonio, Ernst en silla de ruedas e Ilse ayudada de las muletas. Lo pasamos maravillosamente bien.

         Como tercer recuerdo podría relatar las numerosísimas veces que pasé por su despacho con algún visitante y nos explicó lo que estaba haciendo en esos momentos o la ayuda que le pedí para ilustraciones en la cubierta de mis libros o en otros trabajos, a las que respondió siempre con una generosidad exuberante. Pero quiero referirme a mi último encuentro con él hace unos pocos meses. Fue en la Avenida de Galicia en Pamplona, cerca de su casa, justo delante de una tiEn su despachoenda de impresoras en 3D. Nos paramos a charlar un rato, como hacíamos casi siempre que nos encontrábamos. Joaquín estuvo hablándome con pasión sobre la importancia que podían tener estas impresoras en tres dimensiones para la efectiva formación de los arquitectos del siglo XXI y la necesidad de que la Escuela tuviera una dotación suficiente de impresoras de este tipo.

         Joaquín fue un sabio de primera magnitud, un magnífico profesor y a la vez tenía una humildad extrema. Estaba siempre ávido por ayudar a sus alumnos, colegas, amigos y a todos los que tuviera a su lado. Me parece que las tres anécdotas que acabo de referir ilustran bien la atractiva riqueza de su fructífera vida. Descanse en paz.

Londres, 20 de julio de 2016.

P. S. Agradezco la ayuda de Jacin Luna e Izaskun Martínez para las ilustraciones, y las correcciones de Julián Montaño.

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La belleza natural

Pulau-Sibu-Map         En mis días de vacaciones en Gelang Patah, en Malasia, he podido hacer una excursión en barca por varias islas del mar del sur de la China. En el breve viaje desde el puerto de Mersing hasta las islas acudían a mi memoria las novelas de aventuras de Sandokán y sus piratas, escritas por Emilio Salgari, que tan ávidamente leí en mi juventud. Al llegar a la primera de las islas, Pulau Hujung, quedé maravillado al comprobar que la realidad era muchísimo más bella que lo que presenta la publicidad occidental, que suele cifrar la felicidad en algo así como estar tumbado en una hamaca bajo una palmera tropical junto al mar.

         Quedé cautivado por tanta belleza natural. Pocas horas antes había anotado en mi cuaderno unas palabras del pensador alemán Romano Guardini: DSC03230“Todas las criaturas son un espejo de la gloria de Dios, por haberlas Él creado y haberlas orlado con un reflejo de su ser. Por eso irradian la gloria y por sí mismas Le alaban, aunque no sean conscientes de esa alabanza”. Ahora estaba buceando en un mar azulado, transparente, en medio de corales bellísimos, bancos de peces multicolores, algas y otras formaciones que nunca antes había visto y volvían a mi memoria una y otra vez las palabras de Guardini. Me extasiaba y pensaba con admiración en los millones de bellísimas realidades del fondo marino —peces, corales e iridiscencias de todo tipo— que nadie va a contemplar nunca; o mejor dicho quizá, que solo van a ser vistas por Dios. A mí la belleza de las criaturas me lleva siempre al Creador.

DSCN0164         Pude también pasear descalzo un buen rato por la arena blanca de la playa desierta, mientras el agua lamía mis pies y el agradable murmullo de las pequeñas olas que morían en la orilla acariciaba mis oídos. “Esto es vivir en el paraíso”, pensé yo, borracho de tanta belleza. Sin embargo, a ratos mi gozo quedaba truncado al contemplar la gran cantidad de envases de plástico, botellas y restos de basura en las arenas de aquella hermosa playa de Pulau Hujung, que es una isla deshabitada.

DSCN0238         Es cierto que en este mar hay algunas zonas con boyas para proteger las colonias de coral; pero me dio la impresión de que los malayos no prestan especial atención a la preservación del maravilloso entorno de estas islas, excepto en aquellos lugares dedicados específicamente al turismo como Pulau Besar, que pude visitar en el regreso. Se trata de una fascinante “cafetería” tropical abierta a todos los mares, rodeada de bungalows para turistas, en la que no faltaban en la primera línea junto a la playa las hamacas bajo las palmeras como las de los anuncios publicitarios. Allí no se veían los envases de plástico y basuras que en la isla anterior tanto me habían impactado.

marcia-moreno         La experta en conservación marina Marcia Moreno me escribe que es importante cerciorarse de dónde viene la contaminación, pues muchas veces la basura es arrastrada desde muy lejos por las corrientes marinas. En última instancia, más que un problema de los anfitriones locales, —en este caso, los malayos—, se trata de un problema de todos; pues todos con nuestro consumo hacemos que se incremente el problema de la basura, sobre todo, en el caso del plástico.

DSCN0166         Me quedé pensando: ¿Por qué los seres humanos estropeamos casi siempre —y quizá sin darnos cuenta— la belleza natural? Probablemente por asociación de ideas venía a mi memoria la escena bíblica de la expulsión del paraíso terrenal. ¿Por qué estropeamos el paraíso? No supe responder a esa pregunta. Sin embargo, en la orilla de la playa recogí unos hermosos fragmentos de coral arrastrados por el mar para recordarme que de ordinario está en nuestras manos el cuidar la belleza natural. Además ahí donde estemos siempre podremos actuar para que nuestro entorno en su misma realidad física sea cada día un poco más hermoso, un poco más natural; podemos intentar al menos que nuestros desechos y basuras no lo ensucien.

640px-Margaritbcn         El poeta catalán Joan Margarit ha recopilado sus textos en prosa en un volumen conjunto con el título genérico Un mal poema ensucia el mundo. Esto que, sin duda, es verdad para un poeta o un escritor, lo es también para cada uno de nosotros: podríamos decir lo mismo de nuestras bolsas de plástico, envases y basuras, pues son capaces —como pude comprobar en Pulau Hujung— de afear cualquier paraíso. Vale la pena poner todo nuestro esfuerzo en recuperar la belleza natural.

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Gelang Patah, Malasia, 29 de junio 2016

Agradezco las correcciones de María Rosa Espot, Catalina Hynes, Ángel López-Amo, Marcia Moreno, Jaume Nubiola y Marta Pereda.

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 5        Al terminar el curso académico y todas sus tareas, las clases, los exámenes, las actas y demás detalles administrativos, me gusta hacer balance de lo que ha salido bien en las asignaturas que he impartido y de lo que debería haber salido mejor. Para esas cosas que podrían haber ido mejor, intento identificar algunas medidas que puedo adoptar para el curso siguiente de forma que, si es posible, mejore la eficacia de la docencia: cambios en la programación, introducción de nuevos temas, etc.

Evaluacion-de-profesores-a-traves-del-lenguaje-no-verbal-Club-del-Lenguaje-No-verbal         Normalmente aprendo mucho de los comentarios de los estudiantes, de sus evaluaciones y también de sus sugerencias, que pueden ir desde contar con un segundo micrófono en clase para las preguntas de los alumnos hasta ser más respetuoso a veces en mis comentarios. Cada año pienso que lo más importante en que debo mejorar es en la amabilidad con los estudiantes: ser amable y atento siempre y con cada uno de ellos, pues no siempre consigo atender pacientemente a todos, a sus preguntas fuera de clase o a sus eventuales reclamaciones.

20140902_181000       Sin duda, no hay lugar ya en la universidad española para aquella figura mítica del catedrático déspota y arbitrario —que quizá realmente nunca se dio—, como tampoco nuestros estudiantes son los de la Casa de la Troya. Todo lo contrario. Al menos en mi Universidad recibimos unos alumnos realmente excelentes tanto por sus dotes intelectuales como —lo que a mí me resulta todavía más llamativo— por sus condiciones personales. En particular, me impresionan en este sentido las alumnas y los alumnos que vienen de otros países: desde Guatemala hasta Ucrania, pasando por Grecia, Panamá o Perú. De todos esos lugares —y de tantos otros— he tenido este año estupendos alumnos llenos de ganas de aprender.

image1         Al hacer balance del año y ver en qué puedo mejorar caigo en la cuenta de que puedo ser mucho más amable con todos y con cada uno, que no puedo permitirme una mala respuesta en un momento de cansancio, o que no puedo dejarme arrastrar por las prisas o por mi ocasional “furor pedagógico”. Me parece que mis estudiantes, sin darse cuenta ni pretenderlo, me han dado en estos años lecciones de amabilidad a las que he procurado corresponder siempre que he podido.

         La amabilidad no está reñida con la exigencia académica; más bien al contrario. Cuando los estudiantes se sienten respetados y queridos entonces es cuando el campo está 1960sMunsterearly1960s-Copy_zps95fe6ee1dispuesto para la siembra. Viene a mi memoria aquello que contaba el profesor Joseph Ratzinger en una entrevista sobre su experiencia docente: «Durante las clases, el mejor momento es cuando los alumnos dejan a un lado el bolígrafo y se ponen a escuchar. Mientras van tomando apuntes sobre lo que dices, es señal de que lo estás haciendo bien, pero no les has sorprendido. Cuando dejan de escribir y fijan en ti su mirada mientras hablas, entonces quiere decir que a lo mejor has logrado llegar a su corazón».

image4 (1)         La exigencia y la amabilidad parecen dos polos opuestos y, efectivamente, en algún momento o en algún caso, puede haber una tensión entre ambas. De los dos me parece que siempre debe dominar el polo de la amabilidad porque estimula el progreso académico de los alumnos y su crecimiento personal, mientras que la exigencia descarnada —sin corazón— crispa a los alumnos y a la larga erosiona por completo la vocación del profesor.

         Esa exigencia sin alma que alguna vez puede afectar a un profesor no george-steiner-lecciones-de-los-maestros-ed-siruela-l49-744801-MLA20415242987_092015-Oes otra cosa, en última instancia, que una forma oculta de arrogancia. Viene al caso la pregunta que me hizo hace unos pocos días un profesor joven en una sesión de formación docente sobre cuál era el consejo más importante para quien comienza su vida académica. Le respondí que para mí lo más importante es la humildad, que es precisamente una forma de la amabilidad. Le recordé aquel dicho —que menciona George Steiner en sus Lecciones de los maestros— del famoso rabino Jacob Yitzakh, al consolar a otro rabino poco afortunado con sus estudiantes: «Vienen a mí porque me sorprende que vengan, y no van a ti porque a ti te sorprende que no vayan». Concluye Steiner: «Aquí se encierra la clave de toda enseñanza por medio del ejemplo».

taza-chula-gracias-profe         Los profesores enseñamos mucho más por lo que somos y por lo que hacemos que por lo que decimos. De ahí que la amabilidad del profesor sea una de las claves decisivas de la enseñanza.

Pamplona, 27 de mayo del 2016

P. S. Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones de Gloria Balderas, Fernando Batista, María Rosa Espot, Gabriel Miquel, Jaume Nubiola y Moris Polanco.

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Hilary Putnam (1926-2016): mi maestro americano

maxresdefault-1024x576            El pasado 13 de marzo fallecía en su casa en Arlington, cerca de Boston, a los 89 años de edad el filósofo norteamericano Hilary Putnam. Como escribía Martha Nussbaum en un emocionante obituario en el Huffington Post, “los Estados Unidos han perdido a uno de los más grandes filósofos que esta nación ha producido. Los que tuvieron la suerte de conocerle como estudiantes, compañeros y amigos recuerdan su vida con profunda gratitud y amor, ya que Hilary no solo era un gran filósofo, sino sobre todo un ser humano de una extraordinaria generosidad”. Putnam ha sido un gigante de la filosofía americana, que ha enseñado a generaciones de estudiantes en Harvard y que a través de sus numerosas publicaciones ha invitado a pensar a muchísima gente. En mi caso, mi deuda para con él es enorme tanto en lo personal como en lo intelectual, y con estas líneas quería tributar un homenaje a quien ha sido mi “maestro americano” a lo largo de los últimos 25 años.

            Nacido en Chicago en 1926, estudió matemáticas y filosofía en Pensilvania. Obtuvo el doctorado en 1951 en la Universidad de California, Los Ángeles, con una tesis sobre la justificación de la inducción y el significado de la probabilidad. Estos eran temas centrales putnam_03del trabajo de su director de tesis Hans Reichenbach, miembro destacado del Círculo de Viena emigrado a Estados Unidos a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Entre los alumnos de Reichenbach se encontraba Ruth Anna, filósofa también, con la que Hilary Putnam se casaría en 1962. En 1965 Putnam se incorporó al prestigioso Departamento de Filosofía de la Universidad de Harvard, donde ocupó hasta su jubilación en mayo del año 2000 la cátedra Walter Beverly Pearson de Matemática Moderna y Lógica Matemática. Antes de incorporarse a Harvard había enseñado en Northwestern, Princeton y en el MIT.

            Sin duda alguna, puede afirmarse con rotundidad que Putnam fue un pensador de putnamhilary_webbvanguardia. Como escribió Stegmüller, puede decirse de él que en su evolución intelectual ha compendiado la mayor parte de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX. Su producción filosófica se centró durante décadas en los grandes temas de la discusión contemporánea en filosofía de la ciencia y filosofía del lenguaje. Sus artículos están escritos con un rigor extraordinario, en conversación —mejor dicho, en discusión— con Rudolf Carnap, Willard Quine y sus colegas de la filosofía académica angloamericana. Además de la calidad de su escritura, impresiona la delicada discriminación a la que somete los problemas más dificultosos para ganar en comprensión. Con su manera de trabajar, Putnam enseña que la filosofía es difícil, es decir, que la reflexión filosófica —tal como sucede en las demás áreas del saber cuando se llega a las cuestiones más básicas— tiene una complejidad técnica considerable. Por supuesto Putnam sabe que muchos de los problemas filosóficos son a fin de cuentas irresolubles, pero “hay maneras mejores y peores de pensar acerca de ellos”, repite con palabras de su amigo Stanley Cavell.

 31wMuOlt6gL._BO1,204,203,200_           De entre su amplísima producción filosófica me gusta destacar su libro Renewing Philosophy, en el que reúne las Gifford Lectures impartidas en la University of St Andrews en 1990, quizá porque en el verano de 1992 estaba yo en Harvard con él y me dejó leer las galeradas. Como el título sugiere, esas páginas están escritas con la convicción de que la penosa situación de la filosofía en la actualidad reclama una revitalización, una renovación temática. Putnam concebía aquel libro como un diagnóstico de la situación de la filosofía y sugería las direcciones que podría tomar esa renovación. Putnam no escribía un manifiesto, sino que mostraba un estilo de hacer filosofía, de aunar el rigor y la relevancia humana, que son las propiedades que se han considerado como distintivas de dos modos radicalmente opuestos de hacer filosofía, la filosofía analítica angloamericana y la filosofía europea.

Putnam, Hilary.JPG            Hilary Putnam nunca se dejó llevar por los vientos de las modas intelectuales y —lo que no es frecuente entre los filósofos— ha rectificado una y otra vez sus opiniones conforme ha ido afinando en su comprensión de los problemas que abordaba. Eso ha llevado a algunos a acusarle de volubilidad filosófica, pero me parece a mí que la capacidad de rectificar es realmente la marca distintiva del amor a la verdad. “Antes pensaba esto…, en cambio ahora pienso esto otro”. Tal como hacemos todos en nuestra vida ordinaria que cambiamos de parecer cuando recibimos nuevos datos y comprendemos mejores razones, ¿por qué iba a ser distinto al hacer filosofía?

            Sin embargo, lo que quizás algunos no le han perdonado ha sido su conversión a la religión de sus abuelos, el judaísmo. En las últimas décadas de su vida la reflexión sobre ética y sobre religión ha ido apareciendo cada vez con más frecuencia en sus textos:

 16156777           “Como un judío practicante —explicaba en Renewing Philosophy—, soy alguien para quien la dimensión religiosa de la vida es cada vez más importante, aunque sea una dimensión sobre la que no sé cómo filosofar, excepto indirectamente. Cuando empecé a enseñar filosofía, a principios de los años 50, me consideraba un filósofo de la ciencia (aunque en una interpretación generosa de la expresión “filosofía de la ciencia” incluía la filosofía del lenguaje y la filosofía de lo mental). Quienes conozcan mis escritos de aquella etapa pueden preguntarse cómo reconciliaba mi vena religiosa, que incluso entonces estaba en cierta medida detrás, con mi concepción general del mundo materialista-científica en aquel tiempo. La respuesta es que no las reconciliaba: era un concienzudo ateo y era un creyente; simplemente mantenía separadas esas dos partes de mí mismo”.

51oHPkXSVqL._SX331_BO1,204,203,200_            Esta “doble vida”, estas dos partes divididas de sí mismo, en su última etapa no le resultaba del todo satisfactoria: “Soy una persona religiosa y a la vez un filósofo naturalista, pero no un reduccionista”, aclaraba a este respecto en su recentísima autobiografía con la que se abre el grueso volumen dedicado a él en la Library of Living Philosophers.

         Putnam me llamaba a veces “el pragmatista católico”: gracias a él había yo descubierto la filosofía pragmatista y el pensamiento de Charles S. Peirce al que me he dedicado desde 1992. Rezo ahora por su eterno descanso y confío en algún día poder proseguir las amables conversaciones con mi maestro americano, que no tuvo miedo en reconocer su religiosidad en un mundo académico paganizado.

Guatemala, 6 de mayo 2016.

Agradezco las correcciones de Rosario Athié, Gloria Balderas y Moris Polanco.

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Obsolescencia como oportunidad

Cuando regresé a la Houghton Library de la Universidad de Harvard hace cosa de cinco años para consultar unos manuscritos del filósofo y científico norteamericano

Charles S. Peirce (1839-1914), descubrí que las fotocopiadoras que había empleado en mis visitas anteriores habían sido eliminadas. Ahora los investigadores, si querían obtener copias de los documentos que consultaban, debían hacer fotos con su cámara con tal de que no emplearan el flash, silenciaran el clic del disparador y no utilizaran ningún soporte.

 00110114287567____1__1200x1200        A renglón seguido acudí a Hunt’s Photo Video, que era la tienda más cercana, y adquirí por 220 dólares una camarita Nikon Cool Pix con la que desde entonces he hecho miles de fotografías, de mucha mejor calidad que las que un inexperto como yo puede hacer con su teléfono móvil. La pasada semana cuando nevó en Pamplona y quise tomar unas fotos del campus nevado, advertí que la imagen que captaba el objetivo aparecía borrosa y IMG_4035a los dos días dejó de funcionar emitiendo un misterioso mensaje sobre unos supuestos problemas en el objetivo. Llevé la cámara a una acreditada tienda de material fotográfico de Pamplona y me recomendaron que me comprara una cámara nueva idéntica por solo 80 euros, pues los técnicos que hacen las reparaciones cobran 70 euros por hora. Es lo que hice y con la nueva cámara me regalaron una funda nueva para protegerla y un palo para hacer “selfies“.

         Todo el suceso me dejó pensando. No sé si la obsolescencia de la cámara estaba ya prevista por los fabricantes. Me trajo a la cabeza que quizá los seres humanos padecemos un fenómeno semejante: nos hacemos viejos y eso no solo se nota en las canas, la menor agilidad o la pérdida de memoria, sino sobre todo en nuestra patente incompetencia ante las máquinas que —me parece a mí— crece de modo exponencial. Como ahora se dice, quienes hemos nacido antes de 1980 no somos “nativos digitales”, sino —en expresión de Marc Prensky— “inmigrantes digitales” a los que las nuevas tecnologías siempre resultan en cierto sentido extrañas. En mi caso esto es evidente, sobre todo, cuando la gente joven me advierte de que “no saco partido” —es la expresión fatídica— al teléfono móvil que tengo, pues apenas consigo teclear los números con mis torpes dedos, o en tantas otras cosas tecnológicas más.

image2         Mientras me encantan los artefactos que duran veinte años o más —desde la pluma estilográfica hasta la maquinilla de afeitar— me irritan las máquinas, los programas y los sistemas que hay que volver a aprender de nuevo cada tres o cuatro años a causa de novedades de cuya supuesta utilidad no llego casi nunca a enterarme. ¡Cuántos textos escritos en mi ordenador hace 20 años que ya no puedo leer porque no sobrevive el programa para abrirlos! Viene a mi cabeza aquel principio del manual de la armada norteamericana identificado como “the law of KISS” [la ley del beso], pero KISS es el acróstico de un sabio lema de la ingeniería militar: “Keep It Simple, Stupid!“. Cuanto más sencillo y simple sea un mecanismo tanto más seguro y eficiente será a la larga. En cambio, el progreso tecnológico acelerado consiste muchas veces en la acumulación de nuevas prestaciones y aplicaciones que requieren una potencia cada vez mayor de las máquinas y que el usuario medio apenas llegará quizás a utilizar.

image4         Muchas películas de ciencia ficción tipo Matrix muestran la rebelión de las máquinas que se han apoderado del planeta, mientras los humanos que quedan se ocultan en lugares remotos para no ser aniquilados. No ocurre esto en la vida real ni parece razonable que llegue a ocurrir nunca, pero en cambio los fabricantes de máquinas, de programas y de nuevos recursos tecnológicos se han apoderado de la vida de muchos seres humanos —sobre todo de los más jóvenes— convirtiéndolos en dóciles consumidores ansiosos de novedades.

         Vale la pena decir que no: afirmar nuestra independencia personal, nuestra liberación de las máquinas, nuestra libertad interior ante la presión del consumismo tecnológico, para poder así cuidar a los demás y disfrutar de la naturaleza, en vez de estar atendiendo permanentemente a pantallas, tabletas y móviles, que por imgresotra parte son utilísimas para mantener la comunicación con quienes queremos. En esto, como en tantas otras cosas, vale la pena decir —con Mies van der Rohe y la encíclica Laudato Si’— que “menos es más”. Me encanta venir caminando todas las mañanas a la Universidad: es mucho mejor que hacerlo en un coche de lo más moderno aunque fuera un Tesla eléctrico. Como me decía un día la profesora Susan Haack, poder ir paseando al trabajo es realmente una señal de calidad de vida.

         En resumen, la obsolescencia programada de las máquinas que tanto favorece el consumismo, puede ser también una invitación a pensar en nuestra relación con todos estos aparatos y así tratar de liberarnos un poco de ellos, afirmando la verdadera calidad humana de nuestra vida, que es, a fin de cuentas, lo único que no queda obsoleto.

Pamplona, 7 de abril del 2016.

P. S. Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones de Félix Álvarez, Gloria Balderas, Enrique García-Máiquez, Jacin Luna, Ainhoa Marin, Julián Montaño, Moris Polanco y Jordi Puig.

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¿Por qué buscamos la belleza?

image1         Desde hace algún tiempo me intriga mucho esta pregunta: ¿Por qué buscamos la belleza? Cuánta gente que busca la belleza —en sus relaciones sociales, en sus compras, en el orden en su armario, en el arreglo personal, en lo que escucha por los auriculares— y apenas sabe por qué lo hace. He hecho esta pregunta “¿Por qué buscamos la belleza?” a muchas personas, incluidos mis alumnos. A casi todos les sorprende la pregunta porque nunca se la han planteado.

CDA-5-670x339         Me encantó el artículo de David Brooks When Beauty Strikes [“Cuando la belleza impacta”] en el New York Times del 15 de enero pasado. Cuenta allí el conocido escritor que, desde hace unos pocos meses, el panorama gris del bloque de apartamentos en Washington en el que vive se ha transformado, pues ahora cuando sale al anochecer puede ver los ejercicios de los alumnos de una academia de baile recientemente instalada enfrente: algunas noches aquellos ejercicios, hechos con gracia y a menudo al unísono, le cautivan por su belleza.

image12         También el filósofo Roger Scruton en una maravillosa charla de una hora se plantea “Why Beauty Matters” [“Por qué importa la belleza”]: Merece la pena ver entera la charla porque da mucho que pensar regalando al espectador imágenes y reflexiones fascinantes al hilo de la historia del arte occidental, incluida la música y la arquitectura. Agustín de Hipona, ya maduro, escribe en sus Confesiones: “Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y allí te buscaba”. [“Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi! Et ecce intus eras et ego foris et ibi te quaerebam“]. A mí me ha pasado quizá lo mismo, pues solo en estos últimos años he comenzado a buscar de manera consciente la belleza.

         Realmente el arte aventaja al pensamiento en muchos aspectos: cuando unos seres image11humanos admiran la belleza en la naturaleza o cuando se regalan cosas hermosas, puede reconocerse siempre el triunfo del espíritu. Esa contemplación admirada o ese gozoso encanto nos recuerda que somos humanos. Como escribe Victor Frankl del campo de concentración en Sachsenhausen:

           “Una tarde, ya de regreso en los barracones, derrengados sobre el suelo, muertos de cansancio, con el cuenco de sopa entre las manos, entró de repente uno de los internos Tour_Sachsenhausenpara urgirnos a salir al patio y contemplar una maravillosa puesta de sol. Allí, de pie, vimos hacia el oeste unos densos nubarrones y el cielo entero lleno de nubes que continuamente variaban de forma y de color, desde el azul acero al rojo bermellón. Esa luminosidad menguante contrastaba de forma hiriente con el gris desolador de los barracones, especialmente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor de aquel cielo tan bello. Luego, tras unos minutos de silencio y emoción, un prisionero le dijo a otro: ‘¡Qué hermoso podría ser el mundo…!’.”

imgres         Contemplar la belleza nos hace sentir mejor y por eso la buscamos; nos alivia las penas, nos permite respirar, ensancha nuestra interioridad. “El alma humana está hambrienta de belleza; la buscamos en todas partes —escribe John O’Donohue—; en el paisaje, la música, el arte, los vestidos, los muebles, la jardinería, la compañía, el amor, la religión e incluso en nosotros mismos. Nadie desearía no ser bello. Algunos de nuestros recuerdos más maravillosos son de lugares hermosos en los que inmediatamente nos sentimos en casa”.

         De modo semejante, Roger Scruton en aquella lección magistral concluye que buscamos la belleza porque el arte y la música amplifican nuestras alegrías, brindan consuelo a nuestras penas, nos dan paz, 5464322-3x2-700x467redimen nuestro sufrimiento, arrojan una luz de significado sobre nuestra vida cotidiana. A quienes piensan que la belleza es un sustituto de la religión, Scruton les dice que más bien religión y belleza son dos puertas que nos abren a un mismo espacio y es en ese espacio en el que encontramos nuestro hogar. Realmente la belleza nos hace sentir en nuestra verdadera casa.

image15         Mi colega Ricardo Piñero, profesor de estética, dice que buscamos la belleza por necesidad. La hermosura nos recuerda que somos seres humanos. Por el contrario, la fealdad es inhumana, estéril, terca, aburrida, opresiva, insoportable. Cuando intentamos hacer cosas bellas estamos cambiando el mundo, ensanchando los corazones y la imaginación de las personas. Por esto, la respuesta más sencilla es quizá que buscamos la belleza porque nos hace mejores, porque nos cura.

Pamplona, 5 de marzo 2016

Agradezco las correcciones y sugerencias de Raquel Cascales, Rubén Oteyza, Ramon Nubiola, Jordi Puig y las ilustraciones de Jacin Luna.

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