La generación Z

      Me dicen que la generación Z —la de los jóvenes nacidos después del año 2000— llegan a la universidad sin educación. Lo que «los mayores» quieren decir con eso es casi siempre que estos jóvenes de ahora, aunque hayan estado quince años en el sistema educativo, llegan a los estudios universitarios sin haber aprendido los «buenos modales» que supuestamente caracterizaban a las generaciones precedentes.

      Busco en Wikipedia sobre la generación Z y leo que «muchos de ellos son hijos únicos, lo que les convierte en seres muy diferentes de las generaciones anteriores. No significa que sean egoístas, individualistas o retraídos, sino que tienen una perspectiva diferente de la familia y las relaciones interpersonales. Ser hijos de padres que no quisieron más que un hijo les convirtió en personas con una óptica muy distinta del mundo que les rodea». Siempre se ha dicho —quizás injustamente— que los hijos únicos ven el mundo de manera distinta, pero los de esta generación —en buena parte hijos únicos o con un solo hermano— han sufrido además en un porcentaje considerable (quizás un 30%) el divorcio de sus padres: eso les lleva en muchos casos a desconfiar del matrimonio y de la institución familiar. «No quiero que mis hijos pasen por esto», se dicen.

      Y en Wikipedia se añaden otros dos puntos que a mí me resultan todavía más inquietantes: «La generación Z da menos importancia a la carrera profesional y a los estudios formales», y unas líneas más abajo: «En su vida personal puede haber falta de comunicación». Sin duda muchas generalizaciones son falsas, pero toda esta caracterización genérica se aplica muy bien —al menos parcialmente— a muchos de mis alumnos. Mi percepción es que los jóvenes son efectivamente distintos y, sobre todo, que están gritando sin palabras que necesitan sentirse queridos por aquellos que aspiran a educarlos, sean sus padres, profesores o quien sea.

      Son distintos, no les gustan los estudios formales y tienen problemas de comunicación, dice Wikipedia. Lo que veo, por ejemplo, es que muchos jóvenes de esta generación Z no ven sentido al esfuerzo que supone preparar unos trabajos académicos, unos ensayos o unos exámenes. La vida académica suele aparecérseles como una carrera de obstáculos que han puesto “los mayores” para hacerles más difícil la existencia o incluso para hacerles sufrir. Son cortoplacistas y por eso les parecen inútiles tantos años de estudio. Viene a ser como una montaña insuperable de cuatro largos años del grado y después un máster para finalmente intentar encontrar una difícil inserción laboral. Probablemente sus padres tienen más interés que ellos en que obtengan un título universitario. Me viene a la memoria aquello que decía el Wittgenstein maduro, víctima de la depresión, de que la vida académica le parecía «la muerte en vida». Algo así podrían decir quizá muchos de los jóvenes estudiantes que no ven que merezca la pena tanto esfuerzo.

      Las dificultades de comunicación guardan quizás alguna relación con su concentración obsesiva en internet y las redes sociales. Como suele decirse, «te acercan a los que están lejos, te separan de quienes están cerca». ¡Cuántos padres se quejan de que no logran atraer la atención de sus hijos y se sienten siempre derrotados por las máquinas!

        Sin duda, este panorama grisáceo cambia radicalmente al caer la tarde del viernes cuando los grupos de jóvenes salen arracimados a la calle para convertirse en los “reyes de la noche”. Muchos viven para el fin de semana. En sus espacios nocturnos apenas hay adultos y, en cierto sentido, cada uno logra allí su identidad mediante su pertenencia a un grupo o tribu urbana. Por así decir —y esto resulta importantísimo desde un punto de vista personal—, necesitan un grupo en el que “encajar” como si cada uno fuera una pieza de un puzle.

        Por supuesto, estas generalizaciones son solo aproximadas, pero proporcionan algunas claves interpretativas útiles para poder comprender a los jóvenes, que ya no son “como nosotros” cuando teníamos su edad. De hecho, esta reflexión brota de la presentación que hizo de su blog el pasado miércoles una valiosa alumna de Governance. Lo había titulado “Dare to Zink“, que suena como “Atrévete a pensar”, pero que al estar escrito con la letra zeta venía a decir que los miembros de la Generación Z se atreven a pensar por su cuenta y riesgo. Ojalá sea así.

Pamplona, 29 de marzo 2019.

P.S. Me escribe una sabia profesora: «Sin negar lo que dices, veo también que la generación Z cuenta en su haber con algo que los anteriores no teníamos: mayor sinceridad, frescura y muchos menos respetos humanos y miedo al ridículo, además de mucha más solidaridad que generaciones anteriores. Quizá sea porque siguen siendo, en parte, niños grandes y eso tiene sus inconvenientes y sus ventajas. El reto no es pretender que piensen, pues la capacidad está ahí (como la tenían los anteriores), sino darles herramientas para que lo hagan e intentar, seguramente, entender los parámetros en los que se mueven». Estoy totalmente de acuerdo con ella.

************************

Agradezco las correcciones y comentarios de Carlos A., Rocío B., Mª Rosa E., Silvia D., Paula N., Nicolás N. y Beatriz S., así como la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

Anuncios
Publicado en Uncategorized | 6 comentarios

Escuchar, no discutir

            Durante un reciente viaje a Guatemala, la documentalista Jacin Luna me hizo llegar el clip de cinco minutos de la entrevista con Michael Sandel en la serie “Aprendemos juntos” del BBVA que aparecía en El País uno de esos días [https://www.youtube.com/watch?v=FZN-3-sWZj4&feature=youtu.be]. Ya el título de aquella entrevista con el afamado profesor de filosofía política de Harvard resultaba muy atractivo: “Hoy la gente solo escucha opiniones que refuerzan lo que ya cree”. Merece la pena reproducir el pasaje central de esa entrevista aunque sea un poco extenso:

          «Vivimos en una época polarizada donde parece que hay muy poca base para una política del bien común. Y una de las características más perjudiciales de la polarización es que la gente solo escucha opiniones que refuerzan lo que ya cree y esto hace que el diálogo sea muy difícil. Casi hasta el punto de que el diálogo y el discurso democrático genuino es un arte perdido. Es un arte perdido porque la gente ha perdido la fe hasta en la posibilidad de debatir con personas que no están de acuerdo con ellos.

         Existe el temor de enfrentarnos, de generar conflicto y rabia, o incluso de que esto conduzca a la coerción, a la imposición de los valores de la mayoría sobre la minoría. Y debido a esto, tendemos a evitar el debate sobre valores en política. Creo que es una de las razones por las que el discurso público de las sociedades democráticas de todo el mundo parece ahora tan vacío y tan hueco. Es vacío y hueco porque casi tememos hablar con nuestros conciudadanos sobre grandes cuestiones como la justicia, la ciudadanía y el bien común porque tememos no estar de acuerdo.

            […] Creo que nuestras instituciones educativas deben desempeñar un papel importante en la creación de estas normas y hábitos de diálogo civil. […] Creo que en lugar de esperar a que los partidos políticos y los políticos nos salven, necesitamos vigorizar el discurso público haciendo que el sistema educativo y los medios de comunicación hagan un trabajo mejor».

              Estoy tan de acuerdo con este enfoque de Michael Sandel que envié el enlace a mis alumnos por correo electrónico animándoles a ver la entrevista breve (y la versión completa, si les apetecía) y hacerme llegar sus comentarios. Por ahora solo me han escrito dos estudiantes manifestando su acuerdo con Sandel, pero a la vez sintiéndose derrotadas de antemano, incapaces de cambiar esa situación que incluso entre los jóvenes hace a menudo imposible el diálogo y bloquea la reflexión.

            Por ejemplo, Lirios, una valiosa alumna levantina, me escribía: “Cada vez resulta más complejo exponer una opinión y que sea escuchada, aunque no se comparta. En seguida hay quien se da por ofendido. Y realmente es una pena que no existan —porque no se fomentan— espacios donde sea viable esa discusión cívica que propone Sandel. Donde todo es café, donde todo vale, nada merece la pena y para eso es mejor quedarte en casa con tus opiniones y no salir al espacio público donde por decir «flor» ya has ofendido a alguien”. Por su parte, la alumna argentina Agustina me escribe: “Me ha pasado tanto en Argentina como en España encontrarme en un debate con personas de mi misma edad y darme cuenta de que repiten las mismas tres frases que la gente les dijo que debían repetir y que no importaba lo que les dijera que no podían salir de sus posiciones”.

        Les he contestado a las dos animándolas a crear a su alrededor espacios de escucha y de conversación inteligente y amable: es cuestión de apagar los móviles, de disponer de tiempo y quizá de abundante cerveza. Parafraseando a Hegel, me gusta repetir que las personas de ideales hacen de sus ideas realidades. Si uno se empeña en escuchar a los demás —sobre todo a quienes son más distintos o parecen tener opiniones más opuestas— y en aprender de ellos, se crece por dentro y a menudo se establecen relaciones intelectuales y afectivas formidables.

      Me parece que temen expresar sus opiniones porque no desean que de la diferencia de opiniones se pase a la discusión, que en castellano resulta siempre algo enojoso —frente al inglés “to discuss” que equivale a “comentar”—, ya que en las discusiones priman las emociones sobre las razones.

          Estoy persuadido de que esta es una de las misiones más importantes de la Universidad: enseñar a dialogar, a escuchar las opiniones de los demás y a expresar con libertad y creativamente el propio parecer. Una universidad ha de constituir un espacio en el que todas las opiniones puedan expresarse con tal de que se haga respetuosa y razonablemente. Ese es el espíritu de la disputatio medieval: es claro que no todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero, si han sido formuladas seriamente, en todas ellas hay algo de lo que podemos aprender. No solo la razón de cada uno es camino de la verdad, sino que también las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían la propia comprensión.

Discutir-es-vivir-768x513

Aeropuerto de La Aurora, Ciudad de Guatemala, 23 de febrero de 2019.

Agradezco las correcciones de Albi C., Lirios C., Fernando B., Ángel L., Paloma P., y la ayuda de Jacin L. y Victoria D. con las ilustraciones.

Publicado en Uncategorized | 4 comentarios

Necesitamos hombres que sepan llorar

        Me llegan a la vez dos textos aparecidos recientemente en el New York Times que me impresionan. Por un lado, David Brooks escribe un artículo el 18 de enero con el hermoso título “Students Learn From People They Love” [“Los estudiantes aprenden de aquellos a quienes aman”], que me lo hace llegar mi querido amigo Fernando Batista desde México. Por otro lado, estoy suscrito a la newsletter feminista del New York Times titulada desde hace poco “In Her Words” y me impacta desde el título la entrega del miércoles 23: “What Is Toxic Masculinity?” [“¿Qué es masculinidad tóxica?”].

         Los dos textos me han dejado pensando y he aprovechado una inoportuna gripe para enlazarlos y poner por escrito mi reflexión. El artículo de la masculinidad tóxica nace de un reciente anuncio de Gillete en el que aparecen niños y adultos varones en una panoplia de conductas nocivas (bullying, peleas, discriminación, acoso sexual y más), mientras que una hilera de hombres justifica a coro esas conductas diciendo: “Boys will be boys” [“Los niños siempre serán niños”]. El anuncio invita a abandonar esa anticuada mentalidad y a adoptar, en cambio, otros comportamientos varoniles pacíficos, cordiales y educados. Al parecer ha causado gran revuelo en los Estados Unidos.

         ¿Qué significa “masculinidad tóxica” o “ideología masculina tradicional”?, se pregunta Maya Salam, la editora de la newsletter. Y responde que los investigadores han identificado que está conformada por un conjunto de conductas que incluyen en parte las siguientes:

1) Suprimir las emociones y ocultar la angustia.

2) Mantener una apariencia de “duro”.

3) La violencia como indicador de poder.

      En otras palabras, prosigue Maya Salam, la masculinidad tóxica puede venir de que a los niños no se les deje expresar sus emociones abiertamente, y de que tengan que parecer siempre duros. Basta con recurrir a la manida frase de “los hombres no lloran” con la que sigue reprimiéndose la expresividad emotiva de tantos niños varones en todo el mundo. Llorar —suele decírseles— es “cosa de niñas”. Como se afirma a veces: “Men repress, women express“, los hombres reprimen sus lágrimas, mientras que las mujeres expresan sus emociones con ellas.

         Debo decir de antemano que a mí me saltan las lágrimas con facilidad cuando veo a alguien sufriendo, incluso en el telediario. También la gratitud me emociona hasta las lágrimas. Los discursos de Obama en los funerales eran unas piezas oratorias magníficas: se emocionaba él y nos emocionábamos quienes le escuchábamos. En contraste, las lágrimas de nuestros políticos locales parecen simples rabietas por haber perdido el sillón y no inspiran más que una piadosa sonrisa en el mejor de los casos.

         Mi padre —que falleció hace dos años cuando contaba con 94 años de edad— no era una persona sentimental. Había sido educado en esa tradición de que los hombres no lloran y de hecho solo le había visto llorar de emoción en dos breves ocasiones de su vida. Quizá por eso me impresionó tanto en los meses que precedieron a la muerte de mi madre, verle sollozar al hablarme de mi madre que se iba extinguiendo lentamente. Me emociono al recordarlo. Me pedía perdón por ser tan emotivo, pero venía a decir que necesitaba mi hombro para consolarse y aliviar así su enorme pena.

         Todos los hombres necesitamos expresar nuestras emociones, no es debilidad, no es afeminamiento, es riqueza emocional. Por eso me impresionó el artículo de Brooks con ese hermoso título “Los estudiantes aprenden de aquellos a quienes aman”, que arranca de su experiencia en Yale cuando dijo en clase que ese día no podría atender a los alumnos en su horario de oficina porque venía un amigo a ayudarle esa tarde a resolver un asunto personal. Recibió diez o quince mensajes de sus alumnos expresándole su apoyo. “El resto del semestre el tenor de aquel curso fue diferente. Estábamos más cercanos. Aquella brizna de vulnerabilidad significaba que yo no era el solitario Professor Brooks, sino un tipo como cualquier otro intentando salir adelante en la vida”.

         Esa experiencia le sirve a Brooks para ilustrar la conexión entre el aprendizaje y las relaciones emocionales. Lo hace invocando a conocidas autoridades en psicología, neurología y demás saberes. No las repetiré yo aquí. Todos tenemos experiencia de que el amor es la relación educativa más importante. Los alumnos aprenden cuando se sienten queridos por sus profesores. Más aún, todo lo importante solo se aprende de aquellos a quienes queremos, sean padres, amigos, profesores.

         ¿Alguien se atrevería a evaluar un sistema educativo por esas relaciones afectivas que son tan básicas para su eficacia? Al menos ya se reconoce abiertamente que los fracasos en el sistema educativo tienen muchas veces un componente de la vida emocional del estudiante. ¿Se alienta a los profesores a querer a sus alumnos con todo lo que eso significa de respeto a sus diferencias, de amor a la libertad, de anhelo de que los estudiantes crezcan a su estilo y a su aire?

         Por eso decía al encabezar estas líneas que necesitamos profesores —¡y también profesoras!— que sepan llorar, que sepan emocionarse al leer un poema, al describir un cuadro hermoso o al narrar una historia, que sientan compasión por los alumnos más necesitados. A los alumnos les gustan los profesores humanos, que se emocionan ante los acontecimientos, que se ilusionan con el crecimiento de sus alumnos. Las emociones —deberíamos saberlo todos— son elemento clave en el aprendizaje. Necesitamos profesores con alma y corazón, y no solo que sepan mucho de su asignatura, porque si no ponen alma y corazón, realmente no saben cómo enseñarla.

Pamplona, 24 de enero 2019

         Agradezco las correcciones de Gloria B., Silvia D., Ramon N., Paloma P., Alexia T. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

Publicado en Uncategorized | 10 comentarios

Leer para ser más libres

         Al acercarse el final del año suele ser frecuente que los periódicos publiquen listas de los 10 mejores libros del año, los más vendidos o los preferidos por artistas, escritores o personas que trabajan en el mundo de la cultura. Una colega me animó a que publicara en Facebook mi lista de libros favoritos del 2018 siguiendo el ejemplo de un profesor de la Facultad de Comunicación. Le contesté que para mí había solo un libro que este año merecía ser destacado por encima de todos los demás. Se trata de Una educación de Tara Westover, publicado por Lumen en septiembre del 2018 en traducción de Antonia Martín.

         Había sido publicado unos pocos meses antes en Estados Unidos bajo el título Educated. A Memoir y según se indica en la web de la autora está en proceso de traducción a una treintena de lenguas. A mí me recomendó este libro la escritora Sara Barrena y desde que lo leí —casi de un tirón— no he dejado de recomendárselo a otros. Lo he regalado en estas fiestas de Navidad y me gusta escribir sobre él pues pienso que puede ayudar a muchos. Ningún libro me había impactado tanto desde que hace diez o doce años quedé deslumbrado por La carretera de Cormac McCarthy. Quizá por eso me encantó que Amazon lo eligiera también como «el mejor libro del 2018». Chris Schluep, editor de Amazon, explicaba así esta elección: “Es una joya: sorprende e inspira, y queremos decir a todo el mundo: ¡lee este libro!”. Eso es precisamente lo que me pasó a mí.

         Su lectura me impactó desde su primera página en la que la autora reúne dos maravillosas citas que merece la pena transcribir, pues expresan con luminosa claridad el sentido más hondo del libro. La primera es de la escritora Virginia Woolf y dice así: “El pasado es hermoso porque nunca comprendemos una emoción en el momento. Se expande más tarde, y por eso no tenemos emociones completas sobre el presente, solo sobre el pasado”. ¡Qué interesante es la memoria de los seres humanos que se vuelca hacia atrás para así poder dotar de sentido al presente!

         Viene a mi memoria aquel dicho de Kierkegaard: “Vivimos hacia adelante, pero comprendemos hacia atrás”. Es así. Quizá lo más sorprendente es que un libro de memorias escrito por una mujer de treinta años pueda enseñar y hacernos pensar tanto: la tensión entre memoria y educación, entre fidelidad a la tradición familiar y verdad, atraviesa su vida… y la nuestra. Aunque el marco vital de Tara Westover se desarrolle en una familia mormona en las montañas de Idaho su problema es verdaderamente universal.

        La segunda cita es de mi admirado John Dewey, el filósofo pragmatista tan relevante en la educación moderna, y dice así: “Creo, finalmente, que la educación debe ser concebida como una continua reconstrucción de la experiencia; que el proceso y la meta de la educación son una y la misma cosa”.

         Efectivamente, cuando las reformas educativas —siguiendo a Dewey— aspiran a que los estudiantes adquieran experiencia y no solo teoría o memorización, están apuntando a algo realmente muy importante. Parafraseando a Kant puede decirse que la educación sin experiencia está vacía —y por tanto resulta aburrida—, pero también puede añadirse que la experiencia sin educación es ciega. Cuando hoy en día los jóvenes desprecian la teoría lo que verdaderamente desprecian es la teoría desgajada de la vida; en cambio valoran muchísimo las teorías que encienden su vida y, sobre todo, admiran a las personas que logran aunar coherentemente pensamiento y vida. Este es en última instancia el tema de este libro: cómo la educación puede transformar una vida. Así lo expresa también Tara en las últimas líneas del libro al advertir el «desarrollo de un nuevo yo»: «Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación» (p. 462).

         El hilo de la biografía de Tara que a mí me gusta destacar es su curiosidad por los libros, su afán de leer y estudiar, inspirado probablemente por su hermano Tyler, al que este libro está dedicado y que había abandonado el hogar familiar para dedicarse al estudio. Frente al ambiente familiar opresor, Tara encuentra en los libros y en la educación un ilimitado espacio de libertad. El padre —probablemente un enfermo mental— tiene una enorme chatarrería en la que trabaja con sus hijos, a los que tiene prohibido ir a la escuela o acudir al médico porque son estructuras del corrupto gobierno norteamericano. Se supone que los hijos reciben enseñanza en casa por parte de la madre, herborista y partera, pero resulta del todo rudimentaria. La educación más importante la adquiere Tara estudiando por su cuenta el Libro de Mormón y el Nuevo Testamento. Copio un párrafo (p. 101): “Visto en perspectiva, me doy cuenta de que esa fue mi educación, la importante: las horas que pasé sentada a un escritorio prestado esforzándome por descomponer y analizar las rígidas corrientes de la doctrina mormona a imitación del hermano que me había abandonado. Estaba adquiriendo una aptitud fundamental: la paciencia para leer lo que aún no entendía”.

         De hecho, Tara abandonará su casa para ir a la universidad. Su educación culminará años más tarde con un doctorado en historia en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y con la ruptura con su familia que, además del desequilibrio paterno, encubre vergonzosamente la violencia doméstica ejercida por otro hermano.

        Sin duda la historia de Tara Westover es extrema, pero puede aprenderse mucho de su caso. Como escribe en una nota introductoria, “esta historia no trata sobre el mormonismo ni sobre ninguna otra creencia religiosa”, trata sobre “personas, unas creyentes, otras no; unas buenas, otras no”. Así es la vida. Lo que quiero destacar por mi parte es que dificultar la educación de los hijos es condenarlos a una mísera esclavitud intelectual y vital: los libros son siempre “peligrosos” porque nos hacen más libres, porque ensanchan nuestra vida, alimentan nuestra imaginación y ponen a prueba las convicciones recibidas al acercarnos a la verdad.

Pamplona, 24 de diciembre de 2018.

Agradezco las correcciones de María Rosa E. y Eva Z. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones. Publicado en el título “Leer para acercarnos a la verdad” en el blog Estilo Mápula.

Publicado en Uncategorized | 5 comentarios

Respetar a las personas, escuchar las opiniones

       Desde hace años vengo impartiendo en mi Universidad cursos introductorios de filosofía a estudiantes de tercer o cuarto año de las facultades de Ciencias, Farmacia y Educación bajo el título —quizás un tanto pretencioso— de “Claves del pensamiento actual”. Mi aspiración es que los alumnos se lancen a pensar por su propia cuenta sobre su vida y sobre los temas que más les afectan y eso se consigue casi siempre cuando se les invita a escribir con el corazón en la mano y a intentar compartir con otros lo que han escrito, por ejemplo, publicando los textos en un blog personal. Para mí se trata de cursos muy reconfortantes, pues año tras año me sirven para comprobar de manera fehaciente cómo la escritura es capaz de ensanchar la vida de muchos de mis estudiantes.

       También me ayudan estos cursos a palpar lo que piensan y sienten los jóvenes de hoy, al menos los universitarios de cursos superiores de mi entorno. Por ejemplo, en una sesión sobre la libertad comprobé que no podía ya utilizar el ejemplo de la obesidad —llevo años luchando personalmente contra el sobrepeso— como efecto de una conducta libre autolesionante. Les parecía a mis alumnos —entre los que no había ninguno obeso— una falta de sensibilidad por mi parte hacia las personas que padecían esa condición. Así me lo hizo notar una valiosa alumna y me prometí a mí mismo no volver a emplear ese ejemplo.

       Pero en estas líneas quería llegar a otro punto. En una de las sesiones me gusta presentar con calor una defensa del pluralismo frente al escepticismo relativista en boga: es una de mis tesis fuertes, aprendida quizá de Stanley Cavell, el filósofo de Harvard fallecido recientemente. Me gusta repetir que el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro.

      Intento hacerles ver que quizás un científico o un educador —como aspiran a serlo los alumnos que me escuchan— no es nunca un relativista, no piensa que su opinión valga lo mismo que cualquier otra y, si es honrado, está deseoso de someter su parecer al escrutinio de sus iguales y de contrastarlo con los datos experimentales disponibles. El buen científico o el buen educador está persuadido de que su opinión es verdadera, que es la mejor verdad que ha logrado alcanzar, a veces con mucho esfuerzo. Sabe también que su opinión no agota la realidad, sino que casi siempre puede ser rectificada y mejorada con más trabajo suyo y, sobre todo, con la ayuda de los demás, pues la búsqueda de la verdad no es una tarea solitaria, sino solidaria.

       Después de una apasionada defensa de esta posición, suelo organizar una sesión de trabajo en la que los alumnos por grupos de tres o cuatro han de responder a la cuestión de si todas las opiniones son respetables o no y por qué. Después de un animado coloquio en los grupos, solemos hacer una puesta en común y para mi sorpresa más de la mitad sostienen con vigor que todas las opiniones son igualmente respetables; otros afinan más y dicen que depende de cuáles sean las opiniones, pues hay muchas que merecen respeto, pero otras realmente no merecen ningún respeto porque son racistas, xenófobas o simplemente falsas o anticientíficas. Muy de tarde en tarde algún grupo de estudiantes avanza una distinción que me parece a mí que es clave para afrontar con acierto esta cuestión: debe distinguirse cuidadosamente entre una opinión —que a veces puede ser una solemne tontería o un craso error— y quien la sostiene, que por ser una persona humana merece siempre todo respeto.

     Si se acepta esta distinción se abre otra discusión acerca de qué respeto merecen aquellas personas que por su conducta han traicionado lo mejor del género humano: asesinos en serie, violadores, terroristas, genocidas y tantas otras personas cuyas vidas airean a menudo los medios de comunicación. Por mi parte, intento —no siempre con éxito— persuadirles de que en cuanto personas merecen nuestro respeto y que corresponde a los órganos judiciales determinar su responsabilidad. Me gusta recordarles con Sócrates que más vale padecer injusticia que cometerla.

       Pues bien, a pesar de haber dedicado tiempo a hablar en grupo de esta cuestión, de la distinción entre las personas —que merecen siempre nuestro respeto— y las opiniones —que solo serán respetables en cuanto sean verdaderas—, me ocurre frecuentemente, dos o tres clases después, que algún alumno emplea como argumento de autoridad el mantra de que “todas las opiniones son respetables”. Cuando alguien repite esta fórmula mágica salto casi siempre: el desconocimiento de esa sabia distinción entre las personas y sus opiniones me saca, por así decir, de mis casillas filosóficas.

      Quizás el origen de esa confusión pueda encontrarse —me decía una experta educadora— en que realmente no sabemos en qué consiste respetar una opinión. Viene a mi memoria a este respecto lo que aprendí del profesor de Oxford, Christopher Martin, a propósito del argumento de autoridad, al que la cultura moderna tiene una notoria aversión, a pesar de que tanto en la vida académica como en la vida ordinaria se emplee con gran profusión. En contra de lo que se afirma comúnmente, para los pensadores medievales el argumento de autoridad no merecía un respeto ciego. Al contrario, el argumento de autoridad era la vía por la que una opinión —aunque pareciera disparatada— tenía título suficiente para ser considerada en una disputatio, puesto que procedía de un autor conocido como profundo y razonable. Para los escolásticos medievales todas las opiniones formuladas seriamente merecían ser discutidas, porque en algún sentido decían algo verdadero. Para ellos respetar una opinión era estar dispuesto a escucharla y discutirla para aprender lo que sea posible de ella. ¡Qué interesante! ¡Qué lección para nosotros hoy!

      Por otra parte, todos advertimos que cuando acudimos a las opiniones de los expertos —al médico, al abogado o al amigo— es precisamente porque pensamos que su opinión no vale tanto como la nuestra, sino que por su formación, su experiencia o su ecuanimidad, su parecer merece más atención que el nuestro. En síntesis, vale la pena que, contra la opinión común, quienes nos dedicamos a la educación insistamos amablemente una y otra vez en que no todas las opiniones son respetables, ni son igualmente válidas; en cambio, sí que todas las personas, aun las que hayan cometido los más abyectos crímenes, en cuanto personas merecen siempre nuestro respeto.

Pamplona, 25 de noviembre 2018.

Agradezco las correcciones de Clara Inés B., Fernando B., María Rosa E. y Paloma P. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

Publicado en Uncategorized | 4 comentarios

El valor de la belleza

 

       Estoy leyendo en estos días la autobiografía del pensador inglés R. G. Collingwood (1889-1943), que me ha cautivado por varios motivos. El primero es su brillante defensa de la investigación filosófica, entendiéndola principalmente como el empeño por llegar a esclarecer las preguntas que realmente se plantearon los diversos pensadores, para así poder valorar con acierto en qué medida las respuestas que dieron respondían o no satisfactoriamente a sus preguntas. En este sentido, la imagen popular de las clases de filosofía como un aburrido cementerio de teorías obsoletas puede revertirse si se centran en problemas y en las diferentes respuestas que se han dado a esas cuestiones, también conforme se han ido transformando los propios problemas a lo largo de la historia.

     El segundo motivo por el que me ha cautivado la autobiografía de Collingwood es su profunda aversión al monumento en memoria del príncipe Albert que hizo erigir su viuda, la reina Victoria de Inglaterra, en los Kensington Gardens de Londres, justo enfrente del Royal Albert Hall. Merece la pena reproducir aquí ese pasaje:

        “Uno o dos años después del estallido de la guerra [1915 o 16], vivía yo en Londres y trabajaba en una sección de la División de Inteligencia del Almirantazgo, en las salas de la Royal Geographical Society. Atravesaba todos los días a pie los jardines de Kensington y pasaba por el Albert Memorial. Este empezó a obsesionarme gradualmente. […] Todo lo relacionado con el monumento era visiblemente deforme, corrupto, reptante, parasitario; por un tiempo no pude mirarlo, pasaba junto a él con los ojos bajos. Rebelándome contra semejante debilidad me obligué a mirarlo, a enfrentarme cada día con la pregunta: ¿Por qué había construido Scott [probablemente el arquitecto victoriano más afamado en su tiempo] una cosa tan obvia, irrefutable e irremediablemente mala? […] ¿Qué relación había, empecé a preguntarme, entre lo que había hecho y lo que había tratado de hacer? ¿Había tratado de producir una cosa bella, es decir, que nos hubiera parecido bella? Si era así, había fracasado, por supuesto. […] Si yo encontraba el monumento sencillamente repulsivo, ¿acaso era mía la culpa? ¿Buscaba en él cualidades que no tenía e ignoraba o despreciaba las que tenía?”.

     Este pasaje del libro trajo a mi memoria de inmediato mi agradable paseo por Londres con el artista Santi G. Barros en una soleada mañana de verano del 2015. Recogí a mi antiguo alumno en su alojamiento e iniciamos nuestro paseo charlando amigablemente por los Kensington Gardens. Al llegar al Albert Memorial —que no recordaba— me pareció por completo horripilante. Me resultaba imposible comprender cómo la reina más poderosa del mundo podía haber quedado encantada con aquel monumento —considerado por algunos como el «Taj Mahal británico»— que había encargado a los mejores artistas de su tiempo para conservar la memoria de su marido muerto a los 42 años de fiebres tifoideas. ¿Cómo era posible —me preguntaba— que en poco menos de 150 años hubiera cambiado tanto nuestra sensibilidad?

     De hecho el monumento se había ido deteriorando con el paso de los años desde su inauguración en 1872 y, por este motivo, entre 1990 y 1998 fue sometido a una profunda renovación para restaurarlo en su esplendor original. Aquella luminosa mañana la estatua dorada del príncipe Albert refulgía dolorosamente, hasta el punto de que Santi y yo nos hicimos un selfie con el cercano Royal Albert Hall detrás, pero no ante aquel monumento que personalmente nos disgustaba.

 

      En su libro Collingwood no responde a la pregunta de cómo es posible que los seres humanos hagamos cosas supuestamente bellas y que al poco tiempo nos parezcan tan feas. Para no echar la culpa a la arquitectura victoriana, nos bastaría con dar una ojeada a buena parte de la arquitectura católica de las últimas décadas del siglo pasado para encontrar —al menos en mi país— numerosas parroquias, iglesias o capillas, todas ellas tremendamente feas, incapaces de levantar el espíritu de quienes a ellas acuden. Como en contraste, las muchedumbres que visitan la Sagrada Familia en Barcelona —4,5 millones el pasado año, entre ellos 300.000 japoneses— quedan asombradas por la belleza (y en cierto sentido la modernidad) de aquel inmenso espacio de luz y piedra que eleva el espíritu hacia el cielo. La belleza que perciben es para buena parte de los visitantes la puerta de entrada hacia algo que les supera y que tira de ellos hacia arriba: eso es lo que les atrae.

         Sin embargo, no es solo la grandiosidad de la Sagrada Familia lo que impresiona a tantos. Si uno se asoma a cualquier pequeña ermita románica del Pirineo catalán, vendrá a sentir lo mismo o algo muy parecido: en ambos casos se trata de espacios de oración y esto lo advierten muchos de los visitantes, independientemente de su formación religiosa. En contraste, en el Albert Memorial no hay nada de esto: tampoco lo pretendía, es cierto, pero quizá por eso causa aversión o al menos una fría sensación de vacío.

IMG_1788         El pasado miércoles asistía a un seminario de la profesora Mariluz Restrepo sobre la estética inspirada en el pensamiento de Charles S. Peirce. Me gustó la exposición, quizás en particular porque llevaba varios días con este tema en la cabeza. Me encantó la afirmación de Arthur Danto que recogió Restrepo en su presentación: «La belleza es la única cualidad estética que es un valor, como la verdad y la bondad. Y no simplemente uno de los valores que nos permiten vivir: es uno de los valores que definen lo que significa una vida plenamente humana». Es así. Esto habría que gritárselo amablemente a todos, sean arquitectos, decoradores, urbanistas o simples ciudadanos de a pie.

       La belleza tiene un valor profundamente humanizador, nos hace verdaderamente humanos; todavía más: nos hace mejores seres humanos. Hemos de empeñarnos en crear espacios bellos, en escribir textos hermosos, en eliminar la suciedad hasta poder llegar a transformar nuestra vida en una obra de arte, al menos en la obra del mejor arte del que cada uno sea capaz. Este es el inmenso valor de la belleza.

Pamplona, 12 de octubre 2018.

Agradezco las correcciones de Sara B., Silvia D., Ricardo J., Jacin L., Rocío M., Ramon N. y Alexia T.

Publicado en Uncategorized | 5 comentarios

Vergüenza ajena

            Tengo el propósito de no abordar en mi blog cuestiones políticas en el peor sentido del término, esto es, no abordar aquellos asuntos con los que se atacan mutuamente los políticos de los diversos partidos de mi país. En esta ocasión quiero hacer una excepción para escribir algo con ocasión de la acusación de plagio que se cierne sobre la tesis doctoral del presidente Pedro Sánchez. Saltó a la palestra política el pasado 12 de septiembre en una sesión de preguntas al Gobierno en las Cortes españolas y ha ocupado las portadas de los periódicos desde entonces. La barahúnda posterior en los medios de comunicación ha sido enorme, ensordecedora podría quizá decirse. Las acusaciones, aclaraciones y rectificaciones de unos y de otros al respecto me han hecho sentir una enorme vergüenza ajena.

         En el último número de Mente y Cerebro (nº 92, sept/oct 2018, p. 7) leo que el equipo de la psicóloga Li Jiang de la Universidad Carnegie Mellon ha desarrollado “un programa terapéutico para ayudar a que los afectados aprendan a temer menos las situaciones de ridículo ajeno espantoso”. Quizá deba acudir a ese programa, pues “estos sujetos —se explica en la revista— desean que la tierra se los trague cuando el prójimo mete la pata”. Eso es lo que me ha pasado a mí con todo ese asunto. Del profesor Leonardo Polo aprendí hace años que la universidad es solo una en todo el mundo, tanto da que sea Harvard, Oxford o la Camilo José Cela de Madrid: si algo se ha hecho mal en alguna de ellas en cierto sentido me contamina también a mí, que llevo cuarenta años en la Universidad de Navarra y he dirigido un montón de tesis doctorales y de tesis de máster.

          Más aún, soy el profesor de “Metodología de la investigación” en varios programas máster y doy habitualmente una sesión en la que dedico al menos un cuarto de hora al plagio. En los últimos años he solido emplear el caso de los ministros alemanes dimitidos por plagiar en su tesis doctoral (Karl-Theodor zu Guttenberg en 2011, Annette Schavan en 2013), ya que fueron ampliamente aireados en la prensa española y están accesibles en internet. También he citado como malos ejemplos un caso mexicano (Peña Nieto) y otro español del mundo mediático (Ana Rosa Quintana).

         En cuanto al fondo del asunto que ocupa en estos días a la prensa en España lo que resulta obvio a cualquiera que se asome un poco al tema es que el trabajo académico de nuestro actual presidente de Gobierno es muy defectuoso y que la entidad universitaria que le otorgó el título de doctor con summa cum laude no empleó el rigor académico que sería esperable en una universidad a la hora de evaluar un trabajo doctoral. Por tratarse de un político relevante tendrían que haber sido particularmente ejemplares y en este caso lo hicieron particularmente mal, a la ligera o con frivolidad. Es una pena y es lo que me causa una enorme vergüenza ajena.

        A mis estudiantes de máster o de doctorado suelo indicarles tres principios para evitar el menor asomo de plagio. El primero y más importante es el de exhibir siempre las fuentes que utilicen efectivamente, aunque sea Wikipedia, un diccionario escolar, un libro de texto o una conversación casual con un amigo. Copio lo que escribí en El taller de la filosofía al respecto: “Nuestro esfuerzo personal por alcanzar la verdad se inserta en una venerable tradición multisecular. Aunque fuéramos realmente enanos, al encaramarnos sobre los hombros de quienes nos han precedido, llegamos realmente a ver más y más lejos que ellos. Pero lo que no podemos hacer es encaramarnos sobre los gigantes y, a sabiendas, ocultarlo, pretendiendo hacer creer a los demás que aquello lo hemos hecho nosotros solos. La ocultación de las fuentes no es solo un atentado a la mejor tradición de investigación, sino que es además una estupidez infantil, pues nuestros mejores lectores, los especialistas en la materia para los que de ordinario estamos escribiendo, conocen esas fuentes tanto o mejor que nosotros. La práctica vanidosa de la ocultación de las fuentes es asimilable realmente al plagio”.

           El segundo principio es el de poner entre comillas todas las palabras que tomemos de otros indicando en nota a pie de página o entre paréntesis en el cuerpo del texto (el llamado “sistema Harvard”) la publicación con la página de donde hemos tomado esas palabras, de forma que cualquier lector pueda acudir al original y comprobar el contexto o lo que desee respecto de esa cita. Omitir las comillas y la referencia a la fuente equivaldría a hacer pasar como nuestras las palabras e ideas que hemos tomado de otras personas. Como explica Marta Torregrosa en nuestra página web de metodología: “Para evitar los plagios es necesario ser muy cuidadoso en la forma de extraer la información que nos interesa de las fuentes. Cuando tomamos notas es necesario esforzarse por distinguir las palabras y pensamientos propios de los de la fuente. Deben tomarse con cuidado, entrecomillando cuando copiamos literalmente, y apuntando la referencia completa de la fuente (autor, título, editorial, ciudad, año y número de página). Aunque pase tiempo desde que tomamos esas notas, si se indica la referencia de la fuente y se distingue la reproducción de frases de las ideas que nos ha sugerido la fuente, no habrá duda de a quién pertenece cada cosa”.

         El tercer principio es el de cerrar el libro que tenemos delante cuando pretendemos hacer una paráfrasis y, por supuesto, citar también nuestra fuente en la nota o entre paréntesis en el cuerpo del texto. Me parece que es clara la recomendación: parafrasear un texto es ponerlo en nuestras palabras, no simplemente alterar una o dos palabras del texto que estamos copiando literalmente. Si lo copiamos, debe ir entre comillas, pero es claro que una tesis doctoral no puede ser simplemente una ristra de textos entrecomillados: hace falta siempre la voz del autor que da sentido a cada una de las citas textuales o paráfrasis que utiliza en su exposición.

           Sin embargo, lo que más me avergüenza no es solo que la tesis de Sánchez sea mediocre o esté mal hecha, sino los malos argumentos —inaceptables académicamente— que aportan las fuentes oficiales para justificar que en el libro en co-autoría con el economista Carlos Ocaña al que dio lugar la tesis, se citen o parafraseen numerosos textos sin indicar la fuente. Lo que me avergüenza es que La Moncloa —según El País, 20/09/18— diga que “está permitida la utilización de iniciativas y documentos de carácter parlamentario, que son de uso público”. “Se trata de documentos que no generan derechos de autor por no tener la consideración de obras, ya que son de uso público al formar parte del debate político, el cual debe ser difundido a todos los ciudadanos”. ¿Qué tendrá que ver —digo yo— el que sean unos textos sin copyright, esto es, por cuya cita no hay que pagar derechos de autor, con omitir su autoría, esto es, presentar esas ideas o esas palabras como propias? Si presento como mías las palabras pronunciadas en sede parlamentaria o las de un texto legal estoy incurriendo precisamente en lo que los académicos llamamos plagio.

       Como venía a decir Manuel Castells en La Vanguardia, hasta ahora las universidades eran un raro espacio de libertad, con unos protocolos académicos que favorecían la vida científica y el descubrimiento de nuevos saberes. Ahora la política amenaza con corromper esos reductos de convivencia culta: basta con ver la creciente burocratización desarrollada por la ANECA, que más bien favorece la corrupción en lugar de atajarla. En todo caso hemos de resistir con todas nuestras fuerzas a la apropiación de las palabras o ideas de otros por parte de algunos políticos desaprensivos: va en ello nuestra vida académica y nuestra libertad intelectual. “Si cedemos en eso —terminaba Castells su artículo— los manipuladores del poder destruirán el último espacio de humanidad libre y pensadora que queda en nuestras vidas”. Por todo ello no me basta con sentir una enorme vergüenza ajena, sino que al menos escribo estas líneas de protesta ante la desvergüenza de buena parte de nuestra clase política.

Barcelona, 22 de septiembre 2018.

Agradezco las correcciones de Carina A., Sara B., Ricardo J. y Paloma P., así como la ayuda de Jacin L. en la selección de las ilustraciones.

Publicado en Uncategorized | 8 comentarios