Vivir en modo avión

         Durante las últimas seis semanas he estado viviendo en modo avión. No es que estuviera volando todos los días, ni tampoco es que dormitara por las noches en un estrecho sillón como suele suceder en los aviones. Como intentaba concentrar toda mi atención en el trabajo que tenía entre manos, decidí desconectar por completo de los periódicos online y de la televisión. Hoy en día son, sobre todo, medios de entretenimiento y de distracción, esto es, de todo lo que yo precisamente quería huir en esas semanas. Realmente no me costó mucho esfuerzo. En mi ayuda venía aquella sabía frase de Ralph Waldo Emerson que gusta de repetir mi maestro Alejandro Llano: “La concentración es el bien; la dispersión el mal”. En momentos de cansancio lo que hacía era salir a dar un paseo por el campo o escuchar música.

         Unos pocos meses antes había leído -precisamente en la revista Aladierno de Air Nostrum Iberia Regional- lo que escribía el periodista valenciano José Carlos Arnau: “El popular ‘modo avión’ de los móviles debería ser el título de una terapia para encontrar la paz y el equilibrio vital que tanta falta nos hace para formar una sociedad sana y culta”. Me gustaron esos dos últimos adjetivos: para una vida saludable y cultivada hace falta esa terapia que consiste en desconectar de las distracciones para poder dedicar toda nuestra atención a una sola tarea.

         Este es probablemente uno de los motivos del fascinante encanto de la escritura cuando se hace bien: es como una anestesia que borra todo sufrimiento. Cuando me pongo a escribir con toda mi atención, sin espacio para interrupciones interiores ni exteriores, todas mis inquietudes desaparecen, se evaporan.

         Vivir en modo avión evita, por ejemplo, las llamadas por teléfono inoportunas y hace posible prestar atención solo a aquellas personas a las que uno quiere y le quieren, y permite hacerlo en los momentos en los que uno está relajado y puede atender el email, el teléfono o los mensajes con todo el cariño y la atención que se precisen en cada caso.

         Desde hace años, cada noche al retirarme a dormir me retiro realmente de la tecnología, esto es, pongo en modo avión mi teléfono y no lo reactivo hasta después del desayuno del día siguiente. Probablemente gracias a eso duermo tranquilo, pues no recibo ni llamadas, ni emails, ni sms, ni whatsapps y, si me despierto por la noche, no consulto mi móvil pues no ha podido entrar nada nuevo.

         He quedado encantado de la experiencia de desconexión de los periódicos online y de la televisión durante mis seis semanas en los Estados Unidos. De hecho, al regresar a España, he podido comprobar que no me había perdido nada que fuera realmente relevante. Seguían los mismos personajes ocupando el espacio público y diciendo casi siempre las mismas banalidades. Nada de lo que dicen, en última instancia, me afecta personalmente. En cambio, veo que lo que realmente interesa a la gente son los fichajes del fútbol que en estos días están en plena efervescencia mediática.

 image3        Hoy en día educar la atención es quizás la tarea vital más acuciante. Como escribía el poeta norteamericano Christian Wiman: “Vivimos ahora en un mundo que parece casi diseñado para erradicar la vida interior”. Por ello, el empeñarse en vivir en modo avión puede ayudarnos mucho a recuperar la capacidad de atención.

Pamplona, 27 de julio 2017.
P. S. Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

 

 

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No somos islas

         Desde hace años, concretamente desde que en octubre del año 2008 visitó la Universidad de Navarra, soy un gran admirador de Mark Zuckerberg, el joven creador de Facebook. En aquel momento Facebook —fundada apenas 4 años antes— tenía ya 110 millones de usuarios; ahora ha llegado a los 2.000 millones de usuarios activos al mes en todo el mundo. ¡Más de una cuarta parte de la población mundial usa Facebook! Ninguna red social había logrado esto nunca. Lo que más me impresiona de Facebook es su uso tan fácil y —quizá por ser catalán— el que resulte gratis para el usuario. Todo está pagado por la publicidad que, por otra parte, me parece que no resulta agresiva ni molesta.

        La idea original de Facebook expresada en su misión —muy al estilo norteamericano— era “dar a la gente el poder de compartir y hacer el mundo más abierto y conectado”. Sin embargo, el pasado 22 de junio Zuckerberg anunció en una reunión en Chicago un cambio que puede ser importante. La nueva formulación de la misión de Facebook es ahora la de “dar a la gente el poder de construir comunidad y así juntos hacer el mundo más cercano”. En inglés resulta quizá más atractivo: To give people the power to build community and bring the world closer together. La razón de este cambio es que Zuckerberg se ha persuadido a lo largo de todos estos años de que para hacer un mundo mejor no basta con que esté más abierto y conectado, sino que es preciso favorecer que las personas singulares participen en comunidades efectivas que les permitan salir de su soledad, casi siempre dolorosa y a menudo terrible, para ayudar a los demás.

       El primer paso que está dando Facebook es intentar favorecer la creación de grupos de intereses en torno a temas vitales, liderados por personas capaces y con tiempo para atender las necesidades de cada comunidad. Se trata de superar los pequeños límites de las comunidades familiares y sociales al uso, para intentar vertebrar a la gente en torno a proyectos de mayor alcance. No se sabe si funcionará, pero me parece admirable el intento.

      En el fondo no es muy distinto de lo que intento yo con mis clases o mis escritos: invitar a cada uno a pensar y a moverse con otros para hacer un mundo un poco mejor para todos. Anteayer en Indianápolis —donde estaba trabajando unos días en el Peirce Edition Project—, me llamó la atención el letrero que figuraba en el lateral de una camioneta de distribución de cerveza: “Think globally, drink locally“. Lo traduje festivamente para mí como “Piensa a lo grande y bebe (más cerveza) con tus amigos”. Quizá también podría leerse del revés, más o menos así: “No pienses en pequeño; no bebas a solas”.

     Un rasgo detectado universalmente en los llamados países avanzados es la creciente soledad de sus habitantes. Es terrible, es inhumana. El aislamiento es el castigo más duro que puede aplicarse a un ser humano. Me contaba un alumno checo que su padre, internado por años en las cárceles comunistas de su país, había estado castigado en una celda de aislamiento y sus guardianes acudían semanalmente a su celda para pegarle. El aislamiento se le hacía tan penoso que —según le había referido a su hijo muchas veces— prefería la tortura física a la soledad.

        No somos islas, no podemos aislarnos. Dicho positivamente, hay que decir que sí siempre cuando nuestros colegas, amigos y vecinos nos invitan a tomar parte de actividades que de suyo no nos apetecen. Lo importante no es el qué, sino el estar con otras personas, convivir, compartir el tiempo, el espacio, la diversión, las penas, la comida y la bebida. Pero además, hay que aprender a compartir las preocupaciones, esto es, a unirse con otras personas que como nosotros sienten inquietud por alguna cuestión importante que aqueja a la sociedad: desde la ecología urbana hasta la curación de las enfermedades, pasando por la eliminación de la pornografía o la promoción de la creatividad en el sistema educativo.

        “Si facilitamos a la gente la forma de conectarse y le damos un sentido de apoyo, —decía Zuckerberg al término de su charla en Chicago—, esto puede llevar a cambios importantes. Si muchos de nosotros trabajamos para construir una comunidad y hacer así juntos un mundo más cercano, podríamos cambiar el mundo”. No lo decía Zuckerberg, pero quiero añadirlo yo: es cuestión de inteligencia y de cariño, de querer a los demás y de pensar en ellos; de poner la cabeza y el corazón a trabajar con los demás y en favor de los demás. Se trata, por tanto, de no encerrarse cada uno en su isla.

Indianápolis, 23 de junio 2017.


Agradezco las correcciones de Corina Dávalos, Teresa Esteban, Enrique García-Máiquez, Ángel López-Amo y Beatriz Sierra y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Cincuenta años después

   El 1 de junio se cumplen cincuenta años del lanzamiento del LP de los Beatles Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Lo recuerdo muy bien, pues aquel verano de 1967 tuve la suerte de estar los meses de julio y agosto en Galway, en la costa oeste de Irlanda, y aquel hermoso álbum fue una de las primeras cosas que adquirí. Lo escuché millares de veces y me aprendí las letras de memoria.

  Mis amigos y yo estábamos persuadidos de que con aquella colección de canciones comenzaba una nueva época, al menos, en la música moderna. Quizá por eso en la propia cubierta del álbum aparecían a un lado los modelos en cera de los “viejos” Beatles, serios y como con cara de entierro o de despedida, mientras que en el centro estaban los nuevos con uniformes psicodélicos de guardias eduardianos, rodeados de un abigarrado conjunto de personajes más o menos estrafalarios, desde el boxeador Sonny Liston hasta la actriz Diana Dors, pasando por Stan Laurel, Lawrence de Arabia o Karl Marx. Aquella enigmática carátula nos parecía algo del todo rompedor, algo radicalmente nuevo respecto de todo lo que hasta entonces habíamos visto.

    Han pasado cincuenta años y sigo escuchando con gusto aquellas canciones mientras escribo estas líneas. Gracias a internet he podido documentarme un poco más sobre la historia de su composición y de su éxito sostenido desde entonces: se trata al parecer de uno de los discos más vendidos de todos los tiempos (32 millones de copias). Lo que más me impresiona no es su éxito fulminante, sino, sobre todo, las horas de trabajo que aquel magnífico disco tenía detrás. El álbum fue grabado entre finales de noviembre de 1966 y el 21 de abril de 1967. Un total de 700 horas de grabación para un disco que no llega a los 40 minutos. Una simple división arroja un promedio de 17 horas y media de grabación por cada minuto del disco.

    Da mucho que pensar. La calidad no es nunca fruto de la improvisación ni del azar, sino que lleva detrás siempre muchísimas horas de trabajo inteligente y tenaz. Hace dos años con ocasión del cincuenta aniversario de Yesterday, la conocida balada de McCartney, me enteré de una parte de la historia de esa hermosa canción. Al despertar Paul McCartney una mañana de 1964 tenía esa melodía en su memoria: le pareció maravillosa y se puso de inmediato al piano con una grabadora para no olvidarla. Le parecía tan buena que no creía que fuera suya; pensaba que la habría copiado de alguien. Le llevó meses cerciorarse de que no era un plagio. Me parece que hay algo profundo en esta historia: la humildad del artista que se da cuenta de que su obra cuando es realmente buena, en cierto sentido misterioso, le supera. Es siempre un triunfo del espíritu que premia espléndidamente el pobre esfuerzo creativo personal.

         Según dicen, When I’m Sixty Four [“Cuando tenga 64 años”] fue la primera canción grabada para Sgt. Pepper’s a partir de otra más simple que McCartney había escrito a los catorce años. En 1966 hizo una nueva versión para su padre que cumplía entonces los 64 y es la que, arreglada y enriquecida, se incorporó al álbum:

         When I get older losing my hair, many years from now (…)

      Cuando hace cincuenta años escuchaba aquella canción, curiosa y simpática por su estilo años veinte, nunca imaginé que llegaría a alcanzar esa edad: ¡los 64 años! No he perdido el pelo, pero sí que ahora lo tengo gris. Este medio siglo se me ha pasado muy rápido y me impresiona que un LP que me encandilaba hace cincuenta años siga gustándome ahora. Realmente las canciones aprendidas en los años de juventud tienen un gran poder para conformar los sentimientos, pues quizá corre a su cargo una parte muy importante de nuestra educación sentimental.

     De hecho, con el paso de los años he ido recuperando tanto las canciones como los libros de mi adolescencia en la que se me abrían tan diversos horizontes: tenía delante de mí la aventura fascinante del vivir. Ahora que ya he vivido, traigo al presente aquellas canciones y novelas y así son al menos jóvenes mi memoria y mi corazón. Muy probablemente seguiremos siendo jóvenes mientras sigan gustándonos las canciones de nuestra juventud, las canciones de hace cincuenta años.

Elorrio, 1 de junio 2017.

P. S. Agradezco las correcciones de Rocío M. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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A flor de piel

         Leo en la prensa —y me impacta— una cita de Paul Valéry,1599px-Sete_cimetiere_marin_2.JPG el poeta francés autor de El cementerio marino: “La piel es lo más profundo que hay en el hombre”. En unas pocas palabras el poeta dice algo que siempre había pensado, pero nunca había llegado a expresar y me conmueve por su verdad. Lo más profundo de los seres humanos no son los riñones, el hígado o el bazo, sino lo que se ve más, la piel que nos abre al mundo, a los demás y que conserva anotado el fiel registro de nuestra vida.

      Un dermatólogo amigo me explica que en el desarrollo humano tanto la piel como el sistema nervioso y el cerebro proceden del ectodermo, que es la capa germinal más externa del embrión. Lo que al ignorante —acostumbrado como yo a pelar la fruta y tirar finaaaaaaaaaaaalla piel sin prestarle mayor atención— puede parecerle de menos importancia, resulta que, al menos en el caso de los seres humanos, es de una relevancia capital para su desarrollo.

         Por eso, no andan desencamineccema+numularI1ados quienes repiten que la piel es el espejo del alma. Con ello quieren decir que muchas enfermedades psicosomáticas —el famoso estrés entre ellas— se expresan a través de la piel en forma de erupciones, eczemas, dermatitis, manchas y demás excrecencias que a tantas y tantos torturan en estos tiempos de enorme control social de la imagen. Probablemente con esa expresión quieren decir también que en la piel, quizá sobre todo en el rostro, se refleja fielmente lo que con el pasar de los años ha sido una vida. “La piel no engaña”, se añade muchas veces.

      IMG_1995Miro yo la piel de mis manos —ya envejecidas y algo coriáceas— y descubro pequeñas cicatrices que son el recuerdo de percances infantiles, caídas de bicicleta, mordeduras de perros, accidentes domésticos en la cocina; sigo mirando los brazos y el resto del cuerpo y no dejan de sorprenderme los rastros de las vacunas, las cicatrices de pequeñas intervenciones quirúrgicas, las manchas, pecas y demás protuberancias multicolores.

         Me dicen que hay una industria inmensa en torno a los cuidados de la piel deimage2 varones y de mujeres, sea para ocultar las pecas y otras manchas oscuras o rojeces que a tantos horrorizan, para dar tersura, quitar flacidez, eliminar arrugas o muchas otras cosas. Se trata de intentar borrar los residuos que el paso del tiempo va dejando inevitablemente en nuestra piel. Quizás en otros tiempos se veneraba a los ancianos y a sus arrugas: ahora ya no; la arruga ya no es bella. Ahora se lucha denodadamente contra todos los síntomas visibles del envejecimiento.

IMG_1954         Un caso particular son las cicatrices. De forma parecida a la moda de los tatuajes tan extendida en nuestro país, hay etnias en África, América y Oceanía en que las mujeres y los varones se adornan profusamente la cara u otras partes del cuerpo con incisiones y cicatrices, con escarificaciones, incluso a veces de diversos colores. A los europeos esto no nos gusta mucho, pero va llegando también esa práctica a nuestro país, en especial como seña de identidad de grupos contraculturales. Me encoge el ánimo cuando quienes dañan su piel son chicas jóvenes que se hacen cortes en los brazos con una cuchilla para image3demostrarse que están vivas. Lo llaman cutting y me parece siempre que es síntoma de una grave enfermedad del alma.

         Es difícil —casi imposible— eliminar las cicatrices del cuerpo. Para mí son signo de que hemos vivido, de que hemos tropezado, que nos hemos caído, que ha habido percances que han herido nuestro cuerpo y quizá también nuestra alma. De san Josemaría aprendí a mirar como condecoraciones las cicatrices que dejan las heridas recibidas en una batalla. Siempre me impresiona ver esos viejos medallas-militares-2732651generales con la pechera llena de medallas en sus uniformes de gala. Quien no lucha no recibe heridas, quien vive entre almohadones no recibirá jamás un rasguño en su piel, pero tampoco ganará una medalla por su heroísmo.

         En contraste con todas esas lesiones que tanto afectan al cuerpo, los abrazos, los besos y las caricias no dejan marcas en la piel, sino que se graban para siempre en nuestras almas. Y esto es así porque los seresabrazopoema humanos no tenemos el alma en la glándula pineal —como al parecer sostuvo Descartes—, sino que más bien llevamos el alma a flor de piel. Por eso Paul Valéry expresaba una gran verdad cuando escribía que la piel es lo más profundo que hay en los seres humanos.

Pamplona, 22 de abril 2017

P. S. Agradezco las correcciones del Dr. Pedro R. y María del Sol R., así como la ayuda de Jacin L. y Ainhoa M. con algunas ilustraciones.

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Amigos de juventud

         Leo en la novela “Y después…” del escritor francés Guillaume Musso, que me recomendó una estudiante: “Se es joven una sola vez, pero nos acordamos de ello toda la vida”. Se trata al parecer de un fragmento de un diálogo de la película Liberty Heights (1999) de Barry Levinson. Al adentrarme en los 60 van muriéndoseme los amigos de juventud con quienes tanto quería y a quienes tanto quise. A veces la primera noticia de ellos que recibo en años es la de su muerte y me reprocho el no haber salido a buscarlos.

Así me pasó hace unos pocos días con Alf a quien tanto traté entre 1973 y 1978: me vino su recuerdo a la cabeza no sé por qué, lo busqué en internet y encontré su esquela del pasado diciembre. No recuerdo que hubiera ningún hecho concreto que nos distanciara. Simplemente la vida nos separó cuando yo me vine a Navarra y no hice nada por cultivar su trato. Pasaron los años, vivíamos a varios cientos de kilómetros de distancia y la amistad se fue difuminando por la falta de trato. Algo parecido me ocurrió con muchos otros amigos de mi infancia y juventud más o menos inadvertidamente, quizá también porque, al cambiar de ciudad y de entorno profesional, fui conociendo nueva gente y haciendo nuevos y buenos amigos. Caigo de nuevo en la cuenta de la penetrante clarividencia de aquel dicho de Kierkegaard “Vivimos hacia adelante, pero comprendemos hacia atrás” y me lamento de tantos amigos perdidos.

         Con palabras de un ilustre intelectual catalán me gusta repetir que “la amistad se nutre de cotidianeidad”. Si no se cultiva a diario, la amistad se pierde y queda solo un afectuoso recuerdo. En cambio, si se recupera el trato, quizá sea posible reanudar la amistad como si nunca se hubiera interrumpido. ¡Qué misterio este de la amistad! La amistad es cuestión de mutua dedicación de tiempo, pero también requiere una comunidad de intereses vitales y de sintonía de los corazones.

         A menudo tengo la impresión de que la gente joven hoy en día sabe mucho de sexo y muy poco de amistad. Se trata, sin duda, de un fenómeno muy complejo, pero me parece que muchos jóvenes echan de menos una adecuada educación para la amistad, que a la larga puede mostrarse como mucho más necesaria incluso que la propia educación sexual. Invité hace unos días a la profesora Ana Mª Romero Iribas a que impartiera una sesión sobre esta materia en un curso de formación de profesores y quedé una vez más deslumbrado. Me parece que también quedaron impactados las dos docenas de profesores de secundaria que la escucharon atentamente durante hora y media.

         Para Aristóteles la amistad era “lo más necesario para la vida, pues sin amigos nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos. Probablemente todos estemos de acuerdo con Aristóteles en la importancia de la amistad para que la vida tenga sentido, para que la sintamos de verdad llena. Por eso, me gusta decir que debemos ir siempre como los taxis con la luz verde encendida, anunciando que queremos hacer nuevos amigos, que estamos dispuestos a conocer a nuevas personas, y a quererlas y acogerlas en la intimidad de nuestra amistad.

        Pero lo que quiero recalcar en esta ocasión es la importancia del cuidado de los amigos de la infancia y juventud. Me parece que merece la pena intentar recuperar el trato con aquellos cuya amistad se haya desvanecido con el paso del tiempo.  Aquellos amigos a los que nos unieron los años compartidos en las aulas y en los juegos y, sobre todo, unos comunes anhelos de futuro. Con mis amigos de juventud queríamos cambiar el mundo y queríamos hacerlo juntos. Me escribía mi amigo Rafael Tomás Caldera de su agridulce experiencia a este respecto: “En ocasiones puede llevar más tiempo, pues hay que contarse tantas cosas… Y a veces se descubre que ya no vamos en la misma dirección y no hay interés en un nuevo encuentro”. Probablemente tiene toda la razón del mundo, pero no me conformo. Quiero recuperar —al menos quiero intentarlo— el trato afectuoso con mis amigos de juventud.

Pamplona, 21 de marzo 2017

Agradezco las correcciones de mi amigo de juventud Ángel López-Amo y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Artesanos del diálogo

roma-tre-e1487346108234     Han llamado poderosamente mi atención las palabras que el papa Francisco improvisó en su reciente visita a la Universidad Roma Tre, dejando de lado el discurso oficial que traía preparado y que puede leerse en la web del Vaticano. Después de escuchar las preguntas de cuatro estudiantes, el Pontífice —dice la crónica de prensa— se refirió a las llamadas “universidades de élite”, en las que no se enseña a dialogar, sino que enseñan ideologías. “Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología. Eso no es una universidad”, explicó el papa. En este sentido, destacó el papel de la universidad para el desarrollo de una cultura del diálogo: “La universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, porque dialogar es lo propio de la universidad. Una universidad donde se va a clase, se escucha al profesor y luego se vuelve a casa, eso no es una universidad. En la universidad debe desarrollarse una artesanía del diálogo”.

61bb88ac-5a46-4e20-b392-189ca0fc8532         Me ha encantado esta afirmación de tanta raigambre en la tradición universitaria. No sé por qué viene a mi memoria aquello de Newman en The Idea of a University de que el crecimiento personal tiene que estar enraizado en un espacio comunitario en el que el intercambio de “bienes espirituales entre estudiantes y profesores” no solo resulte posible, sino que se promueva positivamente. Para Newman, durante los años universitarios resulta esencial el trato afectuoso e inteligente de profesores y alumnos, la conversación cordial y la convivencia libre entre los estudiantes de forma que puedan aprender unos de otros y se ensanchen así su mente y su corazón en favor de la humanidad.

a0cf2d76-62e0-4cba-b43e-f9063a653510         Hoy mismo leía al joven Ralph Waldo Emerson, estudiante en Harvard College, que anotaba en su diario en junio de 1822: “Un hombre progresa más en un asunto mediante una conversación de media hora con su amigo que con muchas cartas; porque, cara a cara, cada uno puede expresar sus propios puntos de vista con claridad y cada objeción puede ser planteada y respondida; y además, de su mirada y de sus tonos se obtiene una noción mucho más definida de sus sentimientos e intenciones respecto de ese asunto, de lo que es posible obtener del papel”. En estos tiempos de tanto correo electrónico todos tenemos una experiencia semejante en favor de la conversación cara a cara. Cuántas cosas se solucionan charlando tranquilamente, quizá con un cerveza delante. Cuántos malentendidos se disipan con una conversación amable.

9f7d77e7-764b-4389-9b1f-ebe00a3edaba         La universidad como escuela del arte del diálogo: ¡qué hermoso desafío! No es fácil llevarlo a la práctica. Las abundantes tareas que pesan sobre los profesores —las numerosas clases, las exigencias de la investigación, los servicios diversos a la comunidad académica— no facilitan el diálogo ni entre los profesores, ni mucho menos con los alumnos. Tampoco los estudiantes saben qué pueden hacer para que los profesores les escuchen, pues de ordinario hay una notable diferencia de edad, de conocimientos, de autoridad.

mentor         Mi gozosa experiencia es que si se consigue que los estudiantes escriban sobre lo que les preocupa y después se leen esos textos con ellos, se logra mucho más fácilmente la comunicación efectiva. Muchos alumnos anhelan aprender a expresar lo que llevan dentro y casi siempre no saben cómo hacerlo. Todo esto, por supuesto, requiere un cierto planeamiento, unas asignaturas que inviten a escribir, unas pautas y temas sobre los que hacerlo efectivamente, un tiempo real del profesor para corregir los textos y para leerlos después con los alumnos interesados. La experiencia es del todo gratificante y desde todos los puntos de vista compensa el esfuerzo organizativo.

 vlietvanbrodie        Necesitamos que en la universidad los profesores no solo tengan un horario de atención a los alumnos, sino que estén deseosos de escucharlos, que estén dispuestos incluso a aprender de ellos, al menos de su experiencia juvenil, tantas veces del todo novedosa para el profesor. Si no hay esa disposición no resulta posible un verdadero diálogo. “Cuando el alumno está preparado aparece el maestro”, dice un conocido proverbio zen. También es verdad la afirmación inversa: cuando el maestro está bien dispuesto —y abre las puertas de su cabeza y de su corazón— aparecen siempre los alumnos ansiosos de aprender.

futuros_alumnos         La universidad tiene que ser una escuela artesanal de diálogo entre los propios profesores, entre los alumnos, entre unos y otros, entre todos los que forman parte de la comunidad universitaria. Si hay diálogo es que nadie se cree dueño de la verdad, sino que todos piensan que la verdad se busca en comunidad. No todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero, si han sido formuladas seriamente, en todas ellas —como sostenía santo Tomás de Aquino (cf. I Dist. 23 q. I a. 3)— hay algo de lo que podemos aprender. No solo la razón de cada uno es camino de la verdad, sino que también las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían la propia comprensión.

 7a991ea2-fcb9-4dfd-994c-1bb41757b9b4     Esta defensa del pluralismo se nutre de la fecunda experiencia de que los seres humanos, mediante el diálogo abierto, el estudio sosegado y el contraste con la experiencia, somos de ordinario capaces de llegar a reconocer la superioridad de un parecer sobre otros en aquellas cuestiones vitalmente importantes. En este sentido, puede decirse que la universidad es la institución en la que sistemáticamente se busca la verdad, pues aspira desde sus comienzos a adentrarse cada vez más en la verdad en todos aquellos campos en los que la inteligencia humana puede avanzar.

papa-romatre1-755x491      Así, además, la universidad podrá llegar a ser una efectiva escuela de diálogo para toda la sociedad. Para esto es esencial que en ella tanto los profesores como los alumnos —tal como invitaba el papa Francisco a los universitarios de Roma Tre— lleguen a ser verdaderos artesanos del diálogo.

Pamplona, 19 de febrero 2017

Agradezco las correcciones y sugerencias de María Rosa Espot, María Guibert, mi padre Jaume Nubiola y mi hermano Ramon, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Literatura que cambia la vida

images         Recuerdo como si fuera ayer cuánto me impactó hace casi cincuenta años la lectura de A este lado del paraíso de Scott Fitzgerald. Me deslumbró. «Yo querría escribir así», me dije al terminar el libro. Con el paso de los años, descubrí que su traductor al español había sido Juan Benet, uno de los grandes de la literatura española del siglo pasado. Como alguien dijo, “los grandes libros encuentran a menudo grandes traductores”.

         En el viaje en avión que me llevaba a Kenia pude ver la película Genius (2016), traducida en España como El editor image1de libros y en Latinoamérica como Pasión por las letras, sobre Max Perkins, el legendario editor de Scribner’s en Nueva York, descubridor de Thomas Wolfe —sobre el que se centra la película— y mentor literario tanto de Scott Fitzgerald como de Ernest Hemingway, que aparecen brevemente en la historia. La película muestra bien cómo la estrecha colaboración entre Perkins y Wolfe les cambia la vida a los dos y logra que los libros que publican sean mucho mejores.

         Además, en ese mismo viaje pude leer el borrador del libro de mi buen amigo Jaime Despree image2El escritor y su obra en el que, después de identificar las características que debe reunir una novela, somete a una acerada crítica a una buena parte de los premios Planeta y Nadal de los últimos treinta años. Cuando lo leía, me venía a la memoria aquello que dejó escrito Carlos Pujol, miembro habitual de uno de esos jurados, en sus Cuadernos de escritura: “Las probabilidades de descubrir entre las novedades literarias una obra maestra deben de ser las mismas que de encontrar en la calle una bolsa con monedas de oro”.

   ¿Por qué hay tantos libros tan malos, tan insoportables? Más aún, ¿cómo es que son premiados con sustanciosas cantidades económicas en unos certámenes supuestamente abiertos a todo tipo de concursantes? Hoy en día, parece claro que esos premios no son más que un reclamo comercial que potencia las ventas y suelen estar destinados a los “escritores de la casa” que en cada caso financie el premio. ¿Qué pensarán —me pregunto— los image6lectores noveles que se asomen a esos libros tan premiados? En el mejor de los casos dirán quizá que la lectura les ha entretenido como si fuera un pasatiempo o un videojuego. En contraste, para quienes hemos podido leer más y tenemos elementos de comparación, esos libros destinados al mero entretenimiento —como son buena parte de los que se encuentran en los escaparates o expositores de las librerías— nos parecen basura literaria, “basuratura”, la llama mi amigo Despree.

url         Me parece que en el ámbito de las novedades literarias el bosque no deja ver los árboles realmente valiosos. Comprendo que los escritores tienen que vivir de su trabajo, pero inundar el mercado de basura literaria es contaminar ese espacio creativo que el espíritu necesita para desarrollarse. Me ha impresionado el libro de Betsy Lerner The Forest for the Trees: An Editor’s Advice to Writers en el que describe estupendamente cómo el trabajo de una buena editora puede mejorar tanto el contenido de un libro, haciendo que su calidad crezca muchísimo. “Los correctores de pruebas —llega a afirmar Lerner con cierto énfasis— son los héroes ignorados, los hombres y mujeres que constituyen la última línea de defensa contra la caída de la civilización, tan fiera y exigente es su protección de la lengua inglesa”.

image5         Por todo ello pienso que necesitamos libros que nos cambien la vida, obras literarias antiguas y nuevas. Escribir es una tarea de amor y no puede hacerse de prisa ni por dinero. Por eso, necesitamos libros escritos despacio, largamente meditados y corregidos tanto por el autor como por el editor: acertar con el título, hacer atractiva su estructura y su división en capítulos o secciones, eliminar errores, corregir sintaxis y ortografía, aligerar las descripciones superfluas, moderar la extensión del texto, etc. Todas ellas son tareas que requieren profesionalidad, buen gusto y acierto. Para que los libros puedan ser mejores, quizá sea preciso publicar menos nuevos títulos y habrá que decírselo así a las editoriales.

image3         Cada buen libro me parece siempre un milagro. ¡Eso es lo que necesitamos! Necesitamos libros que cambien la vida de los lectores, que la enciendan ensanchando su imaginación y la llenen de sentido. Para entretenimiento nos basta y sobra con las máquinas, los móviles y la televisión. “Un día leí un libro y toda mi vida cambió”. Con esta maravillosa frase —quizá la mejor del libro— comienza La vida nueva, la única obra que he leído del premio Nobel de literatura del 2006, Orhan Pamuk. Un solo libro cambió la vida del protagonista de esa novela ambientada en Turquía; muchos libros —escritos, editados y leídos con amor a la literatura— pueden cambiar también la nuestra.

Volando de regreso de Kenia, 14 de enero 2017

Agradezco las correcciones de Jaime Despree, María Rosa Espot y Marisa Garayoa, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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