Leer para ser más libres

         Al acercarse el final del año suele ser frecuente que los periódicos publiquen listas de los 10 mejores libros del año, los más vendidos o los preferidos por artistas, escritores o personas que trabajan en el mundo de la cultura. Una colega me animó a que publicara en Facebook mi lista de libros favoritos del 2018 siguiendo el ejemplo de un profesor de la Facultad de Comunicación. Le contesté que para mí había solo un libro que este año merecía ser destacado por encima de todos los demás. Se trata de Una educación de Tara Westover, publicado por Lumen en septiembre del 2018 en traducción de Antonia Martín.

         Había sido publicado unos pocos meses antes en Estados Unidos bajo el título Educated. A Memoir y según se indica en la web de la autora está en proceso de traducción a una treintena de lenguas. A mí me recomendó este libro la escritora Sara Barrena y desde que lo leí —casi de un tirón— no he dejado de recomendárselo a otros. Lo he regalado en estas fiestas de Navidad y me gusta escribir sobre él pues pienso que puede ayudar a muchos. Ningún libro me había impactado tanto desde que hace diez o doce años quedé deslumbrado por La carretera de Cormac McCarthy. Quizá por eso me encantó que Amazon lo eligiera también como «el mejor libro del 2018». Chris Schluep, editor de Amazon, explicaba así esta elección: “Es una joya: sorprende e inspira, y queremos decir a todo el mundo: ¡lee este libro!”. Eso es precisamente lo que me pasó a mí.

         Su lectura me impactó desde su primera página en la que la autora reúne dos maravillosas citas que merece la pena transcribir, pues expresan con luminosa claridad el sentido más hondo del libro. La primera es de la escritora Virginia Woolf y dice así: “El pasado es hermoso porque nunca comprendemos una emoción en el momento. Se expande más tarde, y por eso no tenemos emociones completas sobre el presente, solo sobre el pasado”. ¡Qué interesante es la memoria de los seres humanos que se vuelca hacia atrás para así poder dotar de sentido al presente!

         Viene a mi memoria aquel dicho de Kierkegaard: “Vivimos hacia adelante, pero comprendemos hacia atrás”. Es así. Quizá lo más sorprendente es que un libro de memorias escrito por una mujer de treinta años pueda enseñar y hacernos pensar tanto: la tensión entre memoria y educación, entre fidelidad a la tradición familiar y verdad, atraviesa su vida… y la nuestra. Aunque el marco vital de Tara Westover se desarrolle en una familia mormona en las montañas de Idaho su problema es verdaderamente universal.

        La segunda cita es de mi admirado John Dewey, el filósofo pragmatista tan relevante en la educación moderna, y dice así: “Creo, finalmente, que la educación debe ser concebida como una continua reconstrucción de la experiencia; que el proceso y la meta de la educación son una y la misma cosa”.

         Efectivamente, cuando las reformas educativas —siguiendo a Dewey— aspiran a que los estudiantes adquieran experiencia y no solo teoría o memorización, están apuntando a algo realmente muy importante. Parafraseando a Kant puede decirse que la educación sin experiencia está vacía —y por tanto resulta aburrida—, pero también puede añadirse que la experiencia sin educación es ciega. Cuando hoy en día los jóvenes desprecian la teoría lo que verdaderamente desprecian es la teoría desgajada de la vida; en cambio valoran muchísimo las teorías que encienden su vida y, sobre todo, admiran a las personas que logran aunar coherentemente pensamiento y vida. Este es en última instancia el tema de este libro: cómo la educación puede transformar una vida. Así lo expresa también Tara en las últimas líneas del libro al advertir el «desarrollo de un nuevo yo»: «Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación» (p. 462).

         El hilo de la biografía de Tara que a mí me gusta destacar es su curiosidad por los libros, su afán de leer y estudiar, inspirado probablemente por su hermano Tyler, al que este libro está dedicado y que había abandonado el hogar familiar para dedicarse al estudio. Frente al ambiente familiar opresor, Tara encuentra en los libros y en la educación un ilimitado espacio de libertad. El padre —probablemente un enfermo mental— tiene una enorme chatarrería en la que trabaja con sus hijos, a los que tiene prohibido ir a la escuela o acudir al médico porque son estructuras del corrupto gobierno norteamericano. Se supone que los hijos reciben enseñanza en casa por parte de la madre, herborista y partera, pero resulta del todo rudimentaria. La educación más importante la adquiere Tara estudiando por su cuenta el Libro de Mormón y el Nuevo Testamento. Copio un párrafo (p. 101): “Visto en perspectiva, me doy cuenta de que esa fue mi educación, la importante: las horas que pasé sentada a un escritorio prestado esforzándome por descomponer y analizar las rígidas corrientes de la doctrina mormona a imitación del hermano que me había abandonado. Estaba adquiriendo una aptitud fundamental: la paciencia para leer lo que aún no entendía”.

         De hecho, Tara abandonará su casa para ir a la universidad. Su educación culminará años más tarde con un doctorado en historia en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y con la ruptura con su familia que, además del desequilibrio paterno, encubre vergonzosamente la violencia doméstica ejercida por otro hermano.

        Sin duda la historia de Tara Westover es extrema, pero puede aprenderse mucho de su caso. Como escribe en una nota introductoria, “esta historia no trata sobre el mormonismo ni sobre ninguna otra creencia religiosa”, trata sobre “personas, unas creyentes, otras no; unas buenas, otras no”. Así es la vida. Lo que quiero destacar por mi parte es que dificultar la educación de los hijos es condenarlos a una mísera esclavitud intelectual y vital: los libros son siempre “peligrosos” porque nos hacen más libres, porque ensanchan nuestra vida, alimentan nuestra imaginación y ponen a prueba las convicciones recibidas al acercarnos a la verdad.

Pamplona, 24 de diciembre de 2018.

Agradezco las correcciones de María Rosa E. y Eva Z. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones. Publicado en el título “Leer para acercarnos a la verdad” en el blog Estilo Mápula.

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Respetar a las personas, escuchar las opiniones

       Desde hace años vengo impartiendo en mi Universidad cursos introductorios de filosofía a estudiantes de tercer o cuarto año de las facultades de Ciencias, Farmacia y Educación bajo el título —quizás un tanto pretencioso— de “Claves del pensamiento actual”. Mi aspiración es que los alumnos se lancen a pensar por su propia cuenta sobre su vida y sobre los temas que más les afectan y eso se consigue casi siempre cuando se les invita a escribir con el corazón en la mano y a intentar compartir con otros lo que han escrito, por ejemplo, publicando los textos en un blog personal. Para mí se trata de cursos muy reconfortantes, pues año tras año me sirven para comprobar de manera fehaciente cómo la escritura es capaz de ensanchar la vida de muchos de mis estudiantes.

       También me ayudan estos cursos a palpar lo que piensan y sienten los jóvenes de hoy, al menos los universitarios de cursos superiores de mi entorno. Por ejemplo, en una sesión sobre la libertad comprobé que no podía ya utilizar el ejemplo de la obesidad —llevo años luchando personalmente contra el sobrepeso— como efecto de una conducta libre autolesionante. Les parecía a mis alumnos —entre los que no había ninguno obeso— una falta de sensibilidad por mi parte hacia las personas que padecían esa condición. Así me lo hizo notar una valiosa alumna y me prometí a mí mismo no volver a emplear ese ejemplo.

       Pero en estas líneas quería llegar a otro punto. En una de las sesiones me gusta presentar con calor una defensa del pluralismo frente al escepticismo relativista en boga: es una de mis tesis fuertes, aprendida quizá de Stanley Cavell, el filósofo de Harvard fallecido recientemente. Me gusta repetir que el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro.

      Intento hacerles ver que quizás un científico o un educador —como aspiran a serlo los alumnos que me escuchan— no es nunca un relativista, no piensa que su opinión valga lo mismo que cualquier otra y, si es honrado, está deseoso de someter su parecer al escrutinio de sus iguales y de contrastarlo con los datos experimentales disponibles. El buen científico o el buen educador está persuadido de que su opinión es verdadera, que es la mejor verdad que ha logrado alcanzar, a veces con mucho esfuerzo. Sabe también que su opinión no agota la realidad, sino que casi siempre puede ser rectificada y mejorada con más trabajo suyo y, sobre todo, con la ayuda de los demás, pues la búsqueda de la verdad no es una tarea solitaria, sino solidaria.

       Después de una apasionada defensa de esta posición, suelo organizar una sesión de trabajo en la que los alumnos por grupos de tres o cuatro han de responder a la cuestión de si todas las opiniones son respetables o no y por qué. Después de un animado coloquio en los grupos, solemos hacer una puesta en común y para mi sorpresa más de la mitad sostienen con vigor que todas las opiniones son igualmente respetables; otros afinan más y dicen que depende de cuáles sean las opiniones, pues hay muchas que merecen respeto, pero otras realmente no merecen ningún respeto porque son racistas, xenófobas o simplemente falsas o anticientíficas. Muy de tarde en tarde algún grupo de estudiantes avanza una distinción que me parece a mí que es clave para afrontar con acierto esta cuestión: debe distinguirse cuidadosamente entre una opinión —que a veces puede ser una solemne tontería o un craso error— y quien la sostiene, que por ser una persona humana merece siempre todo respeto.

     Si se acepta esta distinción se abre otra discusión acerca de qué respeto merecen aquellas personas que por su conducta han traicionado lo mejor del género humano: asesinos en serie, violadores, terroristas, genocidas y tantas otras personas cuyas vidas airean a menudo los medios de comunicación. Por mi parte, intento —no siempre con éxito— persuadirles de que en cuanto personas merecen nuestro respeto y que corresponde a los órganos judiciales determinar su responsabilidad. Me gusta recordarles con Sócrates que más vale padecer injusticia que cometerla.

       Pues bien, a pesar de haber dedicado tiempo a hablar en grupo de esta cuestión, de la distinción entre las personas —que merecen siempre nuestro respeto— y las opiniones —que solo serán respetables en cuanto sean verdaderas—, me ocurre frecuentemente, dos o tres clases después, que algún alumno emplea como argumento de autoridad el mantra de que “todas las opiniones son respetables”. Cuando alguien repite esta fórmula mágica salto casi siempre: el desconocimiento de esa sabia distinción entre las personas y sus opiniones me saca, por así decir, de mis casillas filosóficas.

      Quizás el origen de esa confusión pueda encontrarse —me decía una experta educadora— en que realmente no sabemos en qué consiste respetar una opinión. Viene a mi memoria a este respecto lo que aprendí del profesor de Oxford, Christopher Martin, a propósito del argumento de autoridad, al que la cultura moderna tiene una notoria aversión, a pesar de que tanto en la vida académica como en la vida ordinaria se emplee con gran profusión. En contra de lo que se afirma comúnmente, para los pensadores medievales el argumento de autoridad no merecía un respeto ciego. Al contrario, el argumento de autoridad era la vía por la que una opinión —aunque pareciera disparatada— tenía título suficiente para ser considerada en una disputatio, puesto que procedía de un autor conocido como profundo y razonable. Para los escolásticos medievales todas las opiniones formuladas seriamente merecían ser discutidas, porque en algún sentido decían algo verdadero. Para ellos respetar una opinión era estar dispuesto a escucharla y discutirla para aprender lo que sea posible de ella. ¡Qué interesante! ¡Qué lección para nosotros hoy!

      Por otra parte, todos advertimos que cuando acudimos a las opiniones de los expertos —al médico, al abogado o al amigo— es precisamente porque pensamos que su opinión no vale tanto como la nuestra, sino que por su formación, su experiencia o su ecuanimidad, su parecer merece más atención que el nuestro. En síntesis, vale la pena que, contra la opinión común, quienes nos dedicamos a la educación insistamos amablemente una y otra vez en que no todas las opiniones son respetables, ni son igualmente válidas; en cambio, sí que todas las personas, aun las que hayan cometido los más abyectos crímenes, en cuanto personas merecen siempre nuestro respeto.

Pamplona, 25 de noviembre 2018.

Agradezco las correcciones de Clara Inés B., Fernando B., María Rosa E. y Paloma P. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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El valor de la belleza

 

       Estoy leyendo en estos días la autobiografía del pensador inglés R. G. Collingwood (1889-1943), que me ha cautivado por varios motivos. El primero es su brillante defensa de la investigación filosófica, entendiéndola principalmente como el empeño por llegar a esclarecer las preguntas que realmente se plantearon los diversos pensadores, para así poder valorar con acierto en qué medida las respuestas que dieron respondían o no satisfactoriamente a sus preguntas. En este sentido, la imagen popular de las clases de filosofía como un aburrido cementerio de teorías obsoletas puede revertirse si se centran en problemas y en las diferentes respuestas que se han dado a esas cuestiones, también conforme se han ido transformando los propios problemas a lo largo de la historia.

     El segundo motivo por el que me ha cautivado la autobiografía de Collingwood es su profunda aversión al monumento en memoria del príncipe Albert que hizo erigir su viuda, la reina Victoria de Inglaterra, en los Kensington Gardens de Londres, justo enfrente del Royal Albert Hall. Merece la pena reproducir aquí ese pasaje:

        “Uno o dos años después del estallido de la guerra [1915 o 16], vivía yo en Londres y trabajaba en una sección de la División de Inteligencia del Almirantazgo, en las salas de la Royal Geographical Society. Atravesaba todos los días a pie los jardines de Kensington y pasaba por el Albert Memorial. Este empezó a obsesionarme gradualmente. […] Todo lo relacionado con el monumento era visiblemente deforme, corrupto, reptante, parasitario; por un tiempo no pude mirarlo, pasaba junto a él con los ojos bajos. Rebelándome contra semejante debilidad me obligué a mirarlo, a enfrentarme cada día con la pregunta: ¿Por qué había construido Scott [probablemente el arquitecto victoriano más afamado en su tiempo] una cosa tan obvia, irrefutable e irremediablemente mala? […] ¿Qué relación había, empecé a preguntarme, entre lo que había hecho y lo que había tratado de hacer? ¿Había tratado de producir una cosa bella, es decir, que nos hubiera parecido bella? Si era así, había fracasado, por supuesto. […] Si yo encontraba el monumento sencillamente repulsivo, ¿acaso era mía la culpa? ¿Buscaba en él cualidades que no tenía e ignoraba o despreciaba las que tenía?”.

     Este pasaje del libro trajo a mi memoria de inmediato mi agradable paseo por Londres con el artista Santi G. Barros en una soleada mañana de verano del 2015. Recogí a mi antiguo alumno en su alojamiento e iniciamos nuestro paseo charlando amigablemente por los Kensington Gardens. Al llegar al Albert Memorial —que no recordaba— me pareció por completo horripilante. Me resultaba imposible comprender cómo la reina más poderosa del mundo podía haber quedado encantada con aquel monumento —considerado por algunos como el «Taj Mahal británico»— que había encargado a los mejores artistas de su tiempo para conservar la memoria de su marido muerto a los 42 años de fiebres tifoideas. ¿Cómo era posible —me preguntaba— que en poco menos de 150 años hubiera cambiado tanto nuestra sensibilidad?

     De hecho el monumento se había ido deteriorando con el paso de los años desde su inauguración en 1872 y, por este motivo, entre 1990 y 1998 fue sometido a una profunda renovación para restaurarlo en su esplendor original. Aquella luminosa mañana la estatua dorada del príncipe Albert refulgía dolorosamente, hasta el punto de que Santi y yo nos hicimos un selfie con el cercano Royal Albert Hall detrás, pero no ante aquel monumento que personalmente nos disgustaba.

 

      En su libro Collingwood no responde a la pregunta de cómo es posible que los seres humanos hagamos cosas supuestamente bellas y que al poco tiempo nos parezcan tan feas. Para no echar la culpa a la arquitectura victoriana, nos bastaría con dar una ojeada a buena parte de la arquitectura católica de las últimas décadas del siglo pasado para encontrar —al menos en mi país— numerosas parroquias, iglesias o capillas, todas ellas tremendamente feas, incapaces de levantar el espíritu de quienes a ellas acuden. Como en contraste, las muchedumbres que visitan la Sagrada Familia en Barcelona —4,5 millones el pasado año, entre ellos 300.000 japoneses— quedan asombradas por la belleza (y en cierto sentido la modernidad) de aquel inmenso espacio de luz y piedra que eleva el espíritu hacia el cielo. La belleza que perciben es para buena parte de los visitantes la puerta de entrada hacia algo que les supera y que tira de ellos hacia arriba: eso es lo que les atrae.

         Sin embargo, no es solo la grandiosidad de la Sagrada Familia lo que impresiona a tantos. Si uno se asoma a cualquier pequeña ermita románica del Pirineo catalán, vendrá a sentir lo mismo o algo muy parecido: en ambos casos se trata de espacios de oración y esto lo advierten muchos de los visitantes, independientemente de su formación religiosa. En contraste, en el Albert Memorial no hay nada de esto: tampoco lo pretendía, es cierto, pero quizá por eso causa aversión o al menos una fría sensación de vacío.

IMG_1788         El pasado miércoles asistía a un seminario de la profesora Mariluz Restrepo sobre la estética inspirada en el pensamiento de Charles S. Peirce. Me gustó la exposición, quizás en particular porque llevaba varios días con este tema en la cabeza. Me encantó la afirmación de Arthur Danto que recogió Restrepo en su presentación: «La belleza es la única cualidad estética que es un valor, como la verdad y la bondad. Y no simplemente uno de los valores que nos permiten vivir: es uno de los valores que definen lo que significa una vida plenamente humana». Es así. Esto habría que gritárselo amablemente a todos, sean arquitectos, decoradores, urbanistas o simples ciudadanos de a pie.

       La belleza tiene un valor profundamente humanizador, nos hace verdaderamente humanos; todavía más: nos hace mejores seres humanos. Hemos de empeñarnos en crear espacios bellos, en escribir textos hermosos, en eliminar la suciedad hasta poder llegar a transformar nuestra vida en una obra de arte, al menos en la obra del mejor arte del que cada uno sea capaz. Este es el inmenso valor de la belleza.

Pamplona, 12 de octubre 2018.

Agradezco las correcciones de Sara B., Silvia D., Ricardo J., Jacin L., Rocío M., Ramon N. y Alexia T.

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Vergüenza ajena

            Tengo el propósito de no abordar en mi blog cuestiones políticas en el peor sentido del término, esto es, no abordar aquellos asuntos con los que se atacan mutuamente los políticos de los diversos partidos de mi país. En esta ocasión quiero hacer una excepción para escribir algo con ocasión de la acusación de plagio que se cierne sobre la tesis doctoral del presidente Pedro Sánchez. Saltó a la palestra política el pasado 12 de septiembre en una sesión de preguntas al Gobierno en las Cortes españolas y ha ocupado las portadas de los periódicos desde entonces. La barahúnda posterior en los medios de comunicación ha sido enorme, ensordecedora podría quizá decirse. Las acusaciones, aclaraciones y rectificaciones de unos y de otros al respecto me han hecho sentir una enorme vergüenza ajena.

         En el último número de Mente y Cerebro (nº 92, sept/oct 2018, p. 7) leo que el equipo de la psicóloga Li Jiang de la Universidad Carnegie Mellon ha desarrollado “un programa terapéutico para ayudar a que los afectados aprendan a temer menos las situaciones de ridículo ajeno espantoso”. Quizá deba acudir a ese programa, pues “estos sujetos —se explica en la revista— desean que la tierra se los trague cuando el prójimo mete la pata”. Eso es lo que me ha pasado a mí con todo ese asunto. Del profesor Leonardo Polo aprendí hace años que la universidad es solo una en todo el mundo, tanto da que sea Harvard, Oxford o la Camilo José Cela de Madrid: si algo se ha hecho mal en alguna de ellas en cierto sentido me contamina también a mí, que llevo cuarenta años en la Universidad de Navarra y he dirigido un montón de tesis doctorales y de tesis de máster.

          Más aún, soy el profesor de “Metodología de la investigación” en varios programas máster y doy habitualmente una sesión en la que dedico al menos un cuarto de hora al plagio. En los últimos años he solido emplear el caso de los ministros alemanes dimitidos por plagiar en su tesis doctoral (Karl-Theodor zu Guttenberg en 2011, Annette Schavan en 2013), ya que fueron ampliamente aireados en la prensa española y están accesibles en internet. También he citado como malos ejemplos un caso mexicano (Peña Nieto) y otro español del mundo mediático (Ana Rosa Quintana).

         En cuanto al fondo del asunto que ocupa en estos días a la prensa en España lo que resulta obvio a cualquiera que se asome un poco al tema es que el trabajo académico de nuestro actual presidente de Gobierno es muy defectuoso y que la entidad universitaria que le otorgó el título de doctor con summa cum laude no empleó el rigor académico que sería esperable en una universidad a la hora de evaluar un trabajo doctoral. Por tratarse de un político relevante tendrían que haber sido particularmente ejemplares y en este caso lo hicieron particularmente mal, a la ligera o con frivolidad. Es una pena y es lo que me causa una enorme vergüenza ajena.

        A mis estudiantes de máster o de doctorado suelo indicarles tres principios para evitar el menor asomo de plagio. El primero y más importante es el de exhibir siempre las fuentes que utilicen efectivamente, aunque sea Wikipedia, un diccionario escolar, un libro de texto o una conversación casual con un amigo. Copio lo que escribí en El taller de la filosofía al respecto: “Nuestro esfuerzo personal por alcanzar la verdad se inserta en una venerable tradición multisecular. Aunque fuéramos realmente enanos, al encaramarnos sobre los hombros de quienes nos han precedido, llegamos realmente a ver más y más lejos que ellos. Pero lo que no podemos hacer es encaramarnos sobre los gigantes y, a sabiendas, ocultarlo, pretendiendo hacer creer a los demás que aquello lo hemos hecho nosotros solos. La ocultación de las fuentes no es solo un atentado a la mejor tradición de investigación, sino que es además una estupidez infantil, pues nuestros mejores lectores, los especialistas en la materia para los que de ordinario estamos escribiendo, conocen esas fuentes tanto o mejor que nosotros. La práctica vanidosa de la ocultación de las fuentes es asimilable realmente al plagio”.

           El segundo principio es el de poner entre comillas todas las palabras que tomemos de otros indicando en nota a pie de página o entre paréntesis en el cuerpo del texto (el llamado “sistema Harvard”) la publicación con la página de donde hemos tomado esas palabras, de forma que cualquier lector pueda acudir al original y comprobar el contexto o lo que desee respecto de esa cita. Omitir las comillas y la referencia a la fuente equivaldría a hacer pasar como nuestras las palabras e ideas que hemos tomado de otras personas. Como explica Marta Torregrosa en nuestra página web de metodología: “Para evitar los plagios es necesario ser muy cuidadoso en la forma de extraer la información que nos interesa de las fuentes. Cuando tomamos notas es necesario esforzarse por distinguir las palabras y pensamientos propios de los de la fuente. Deben tomarse con cuidado, entrecomillando cuando copiamos literalmente, y apuntando la referencia completa de la fuente (autor, título, editorial, ciudad, año y número de página). Aunque pase tiempo desde que tomamos esas notas, si se indica la referencia de la fuente y se distingue la reproducción de frases de las ideas que nos ha sugerido la fuente, no habrá duda de a quién pertenece cada cosa”.

         El tercer principio es el de cerrar el libro que tenemos delante cuando pretendemos hacer una paráfrasis y, por supuesto, citar también nuestra fuente en la nota o entre paréntesis en el cuerpo del texto. Me parece que es clara la recomendación: parafrasear un texto es ponerlo en nuestras palabras, no simplemente alterar una o dos palabras del texto que estamos copiando literalmente. Si lo copiamos, debe ir entre comillas, pero es claro que una tesis doctoral no puede ser simplemente una ristra de textos entrecomillados: hace falta siempre la voz del autor que da sentido a cada una de las citas textuales o paráfrasis que utiliza en su exposición.

           Sin embargo, lo que más me avergüenza no es solo que la tesis de Sánchez sea mediocre o esté mal hecha, sino los malos argumentos —inaceptables académicamente— que aportan las fuentes oficiales para justificar que en el libro en co-autoría con el economista Carlos Ocaña al que dio lugar la tesis, se citen o parafraseen numerosos textos sin indicar la fuente. Lo que me avergüenza es que La Moncloa —según El País, 20/09/18— diga que “está permitida la utilización de iniciativas y documentos de carácter parlamentario, que son de uso público”. “Se trata de documentos que no generan derechos de autor por no tener la consideración de obras, ya que son de uso público al formar parte del debate político, el cual debe ser difundido a todos los ciudadanos”. ¿Qué tendrá que ver —digo yo— el que sean unos textos sin copyright, esto es, por cuya cita no hay que pagar derechos de autor, con omitir su autoría, esto es, presentar esas ideas o esas palabras como propias? Si presento como mías las palabras pronunciadas en sede parlamentaria o las de un texto legal estoy incurriendo precisamente en lo que los académicos llamamos plagio.

       Como venía a decir Manuel Castells en La Vanguardia, hasta ahora las universidades eran un raro espacio de libertad, con unos protocolos académicos que favorecían la vida científica y el descubrimiento de nuevos saberes. Ahora la política amenaza con corromper esos reductos de convivencia culta: basta con ver la creciente burocratización desarrollada por la ANECA, que más bien favorece la corrupción en lugar de atajarla. En todo caso hemos de resistir con todas nuestras fuerzas a la apropiación de las palabras o ideas de otros por parte de algunos políticos desaprensivos: va en ello nuestra vida académica y nuestra libertad intelectual. “Si cedemos en eso —terminaba Castells su artículo— los manipuladores del poder destruirán el último espacio de humanidad libre y pensadora que queda en nuestras vidas”. Por todo ello no me basta con sentir una enorme vergüenza ajena, sino que al menos escribo estas líneas de protesta ante la desvergüenza de buena parte de nuestra clase política.

Barcelona, 22 de septiembre 2018.

Agradezco las correcciones de Carina A., Sara B., Ricardo J. y Paloma P., así como la ayuda de Jacin L. en la selección de las ilustraciones.

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Nostalgia de Dios

         Ha llamado mi atención la fuerza con la que el australiano Matthew Kelly en su bestseller Resisting Happiness sostiene con rotundidad que mucha de la infelicidad que encuentra en su trabajo como coach con muy diferentes audiencias es la «resistencia a Dios». Mientras para algunos Dios está en el centro de nuestra vida, otros —quizá mejores, con más virtudes o al menos con más ‘éxito’— tienen un hueco enorme en el centro de su vida que les duele constantemente.

         Sin duda, se trata de un descubrimiento propio de personas adultas. Aunque ese dolor pueda anestesiarse con señuelos diversos, al final reaparece siempre porque todas esas cosas no son capaces de llenar nuestra vida, de satisfacer plenamente nuestras aspiraciones humanas más queridas.

        “Nada en este mundo puede satisfacer tu deseo de felicidad”, escribe Kelly en el tercer capítulo. Y explica: “La razón es muy sencilla. Tú tienes un hueco del tamaño de Dios. No puedes llenarlo con cosas, dinero, estatus, poder, sexo, drogas, alcohol, otras personas, experiencias o logros. Solo Dios puede llenarlo. Echa todo el dinero y todas las posesiones del mundo en el hueco y encontrarás que todavía está vacío y que ansías todavía algo más. Echa un Oscar, un Pulitzer, un Grammy o dos, diez o veinte millones de dólares y un Premio Nobel de la Paz en el hueco y todavía te parecerá vacío”.

        Aunque la cultura mediática contemporánea pretenda disimularlo de manera habitual, los seres humanos nos tropezamos en nuestra vida una y otra vez con el sufrimiento. Resulta inevitable. Puede adoptar la forma de la muerte de seres queridos, la enfermedad propia o ajena, las rupturas familiares, las peleas con los amigos, la incomprensión, los celos y tantas otras formas de sufrir que padecemos los seres humanos. Muchas veces sufrimos, sobre todo, al ver sufrir a quienes queremos sin poder hacer nada efectivo por aliviarles. Me decía una experta que el sufrimiento es el ADN de la humanidad, pues hasta nacemos llorando para comenzar a respirar.

        En esta misma dirección, el psiquiatra Kevin Majeres me contaba en una estancia en Harvard que en su práctica clínica se había encontrado muy a menudo con enfermos a los que el acercamiento a la vida cristiana les aliviaba notablemente su dolencia, pues gracias a la religión eran capaces de conferir algo más de sentido a su sufrimiento. Hace unos meses pude comprobar esto con mi alumna Celia a la que había atropellado un camión de reparto camino de la Universidad. Acabo de ver esta semana una nueva grabación en la que Celia asegura que «debajo del camión es donde me encontré con Dios». Me ha emocionado de nuevo y me parece que merece la pena visionarla, aunque por supuesto no resulte fácil hacerse cargo del abundante dolor que ha padecido y que ahora queda oculto tras su apacible sonrisa. Celia termina explicando: “No es que me alegre de que me atropellase un camión, pero sí que es verdad que le doy gracias a Dios de lo bien que ha ido todo porque al final fue como que me rompí en mil pedazos y renací de cada una de las cicatrices”.

         Sin embargo, a veces la ayuda de Dios no llega o no se siente. Solo queda la esperanza de que en algún momento al final del túnel se verá la luz, esto es, el Amor. Quizá merece la pena recordar aquí — aunque sea un poco extensa— aquella hermosa descripción de Victor Frankl en la sección “Cuando todo se ha perdido” de El hombre en busca de sentido:

         «Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor.»

Pamplona, 24 de agosto 2018.

Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Soledad y aislamiento

         Cuando tengo como hoy un viaje largo — de más de 24 horas— en avión, aunque tenga escalas, esperas y cambios de avión, una vez estoy dentro de la primera sala de espera, —ya facturado el equipaje, si llevo— me sobreviene siempre una alegría infantil y una gozosa sensación de libertad. Tengo por delante 20 o 30 horas de relativa soledad en las que puedo dedicarme a leer, a corregir textos, a dormir o a lo que me apetezca, sin que tenga de ordinario que preocuparme de atender a otras personas.

         Este tipo de soledad puede ser muchas veces fecundo. Como le pasaba a mi admirado Charles S. Peirce (1839-1914) en sus viajes trasatlánticos, los ocho o diez días que invertían los vapores de su tiempo para cruzar el Atlántico le resultaban muy creativos. Conforme avanzaba la travesía sus ideas se iban aclarando y su ánimo se fortalecía. Algo parecido —salvando las distancias— me ocurre a mí y es uno de los atractivos de los viajes largos.

         Hay personas que temen viajar solas o en general que tienen miedo a la soledad y al silencio. En cuanto se abre un espacio así, se aferran a una pantalla y a unos auriculares para ahuyentar su miedo a pensar. Sin embargo, me parece que hay que saber atesorar y aprovechar esos tiempos de soledad para encontrarnos a nosotros mismos e incluso para encontrar a Dios dentro de nosotros.

         Viene a mi memoria lo que escribía Etty Hillesum en el campo de Westerbork antes de ser enviada a la muerte en Auschwitz: “Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios. A veces me es accesible. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo” (Diario, p. 41). Me estremece siempre que lo recuerdo y querría para mí lo mismo.

         Me gusta distinguir entre soledad y aislamiento. La soledad muchas veces es enriquecedora; en cambio, el aislamiento, el cerrarse a los demás, muchas veces es malo porque resulta empobrecedor. No somos islas: somos dependientes de los demás, de aquellos a quienes queremos y eso enriquece nuestras vidas hasta llenarlas de sentido.

         En las cárceles y sistemas penitenciarios el aislamiento es el peor de los castigos. Fuera de esos entornos, el que está aislado puede ser por enfermedad o quizá por su mala experiencia con los demás, ya que el abrirse a los demás nos hace vulnerables. “Como no quiero sufrir más —quizá se diga a sí mismo abrazado a un oso de peluche— prefiero no conocer a nuevas personas, no tener nuevos amigos, no querer ya más: me basta con encerrarme en mi caparazón y resistir los embates de la soledad atesorando en mi memoria los momentos gozosos de mi vida pasada”.

         Los espacios de relativa independencia de los demás, como los viajes —solo interrumpida por algún mensaje o whatsapp ocasional—, nos hacen valorar más nuestras dependencias afectivas. Como enseña la filosofía, las cosas que más nos importan y que tenemos siempre delante de los ojos, normalmente no las vemos, no les prestamos atención. En cambio, cuando estas nos faltan es increíble cuánto las echamos de menos. Por eso me encanta ver el gozo de familiares y amigos que se reencuentran con formidables abrazos en la puerta de llegadas de los aeropuertos.

Aeropuerto de la Aurora, Ciudad de Guatemala, 28 de julio 2018.

Agradezco las correcciones y sugerencias de Félix A., Albi C., Victoria de J., Mariacaro G. y Javier L. y la ayuda de Victoria  y de Jacin con las ilustraciones.

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¿Desconectar?

         Cuando llegan las vacaciones la gente suele decir que lo que quiere en ese tiempo es desconectar: este es el verbo que utilizan los españoles para expresar su intenso deseo de huir de la rutina diaria —o incluso de huir de sí mismos— para poder vivir unas semanas haciendo algo totalmente distinto de lo habitual.

         He utilizado ese mismo verbo en mis recientes vacaciones en el Pirineo para desconectar por completo de la prensa en papel y en formato online —que me parece más adictiva todavía—, de las noticias de la radio y la televisión. Ha sido una experiencia del todo saludable para mí. Mi desconexión mediática solo ha tenido la excepción de algunos partidos del Campeonato del Mundo de Fútbol que he visto acompañado siempre de algunos amigos.

         Recuerdo que hace años el papa Benedicto XVI invitaba en una cuaresma a un «ayuno digital». Me parece que efectivamente es muy sano cortar —por una temporada al menos— ese constante flujo de información que llega a nuestros móviles o a nuestros ordenadores para poder prestar atención a las personas que tenemos alrededor y también a nosotros mismos. Por ejemplo, hay terapeutas que recomiendan desconectar por completo los móviles los fines de semana y así cuidar y atender a los demás.

         Sin embargo, pienso que no se trata de apagar drásticamente las pantallas. Lo que defiendo es más bien cerrar su uso pasivo, su uso como receptores de información masiva, para concentrar nuestra atención en utilizar las redes sociales y el correo electrónico para comunicarnos con aquellas personas a las que queremos y que quizá por estar lejos podemos atender menos. Las vacaciones que nos regalan tiempo libre y las máquinas que nos acercan a quienes están lejos nos facilitan mucho esa tarea, con tal de que no nos separen de aquellos que tenemos más cerca.

         Copio lo que me escribía ayer por email Sofía M., una valiosa alumna que me dejó pensando sobre este tema: “Hace unos meses hablaba con un gran amigo de la importancia de las cartas. Hoy en día parece que todo lo bonito e importante lo acabamos reemplazando por algo más fácil y rápido y, tratando de facilitarnos, acabamos siempre por empeorarnos. Hay que rescatar tradiciones como estas, para así de alguna forma, rescatarnos a nosotros mismos también. Lo que le decía a mi amigo es que lo verdaderamente importante de las cartas es el tiempo que dedicamos a escribirlas, el pararnos a pensar qué queremos decirle a la otra persona, a sincerarnos y a tratar de regalarle al otro un pedacito de nosotros mismos”. ¡Qué bonito y verdadero!

         Escribir a quienes queremos es hermoso, pero requiere un cierto esfuerzo: primero hay que querer comunicarse; luego hay que pararse a pensar qué queremos decir y después hay que intentar escribirlo con claridad y corrección. Esto contrasta mucho con la facilidad de un WhatsApp o de subir una foto a Instagram. Indudablemente, la comodidad del usuario es una razón importante para el enorme éxito de las redes sociales y las nuevas tecnologías del entretenimiento: esos recursos ofrecen diversión o distracción sin apenas esfuerzo.

         En el pasado mes de diciembre, Mark Zuckerberg, fundador y propietario de Facebook, al hacer un balance de la evolución de esta red social a lo largo de diez años, advertía precisamente que Facebook había pasado a ser una fuente de información para el consumo pasivo por parte del usuario en lugar de la red para la activa comunicación de las personas entre sí tal como la había pensado en un principio. Aseguraba que quería corregir esa tendencia favoreciendo la creación de grupos de personas interesadas en las mismas cosas y disminuyendo el flujo de noticias de los periódicos y otros medios de comunicación.

         Me parece que a los seres humanos nos daña el consumo individualista de información o de entretenimiento y lo que esto suele llevar consigo de huida de las obligaciones familiares y sociales o de desarraigo de nuestra red de amigos y personas queridas. Las vacaciones son para desconectar de todo aquello que ocupe nuestra cabeza obsesivamente, pero no de nuestra familia y nuestros amigos: todo lo contrario. Por eso, he puesto entre interrogantes el verbo «desconectar» que encabeza este texto.

Astún, 15 de julio 2018

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