Aeropuertos para la paz

Flughafen Berlin-Tempelhof 18.8.2006 Aufnahmen aus dem Luftschiff Skoda

Flughafen Berlin-Tempelhof 18.8.2006
Aufnahmen aus dem Luftschiff Skoda

       El reciente anuncio que ha hecho la presidenta Angela Merkel de que van a habilitarse las instalaciones del antiguo aeropuerto de Berlín-Tempelhof para acoger a millares de refugiados sirios trajo a mi memoria la emoción con la que en la primavera de 1988 aterrizaba en ese aeropuerto para una visita académica a la ciudad cercana de Szczecin. El imperio comunista se tambaleaba, pero ni había caído el muro ni habían desaparecido los vopos, sus temidos vigilantes. Tuve que cruzar Alemania del Este, que parecía —y lo era— un estado policial. En contraste, el aeropuerto de Tempelhof, rodeado de edificios urbanos y compartido con el ejército norteamericano, me pareció un auténtico monumento a la libertad.

C-54landingattemplehof         Con ocasión del bloqueo soviético en torno a Berlín, este aeropuerto había sido la cabeza del puente aéreo por el que aviones americanos e ingleses habían transportado entre junio de 1948 y septiembre de 1949 unas 4.500 toneladas diarias de alimentos y otros bienes para alimentar a los dos millones y medio de personas que vivían entonces en Berlín occidental. Al aeropuerto de Tempelhof se le unieron, al poco tiempo, el de Tegel en el sector francés y el de Gatow en el británico.

imgres         Tempelhof dejó de funcionar como aeropuerto en el año 2008 y desde entonces en sus edificios se han celebrado numerosas ferias y congresos. Me ha parecido emocionante que Merkel haya decidido acoger a todos los refugiados de guerra sirios que lleguen a Alemania y que precisamente quiera habilitar para ellos ese espacio tan céntrico y simbólico, convertido actualmente en un enorme parque.

refugiados-sirios-saltan-una-valla-fronteriza-akcakale-ayer-1434308325254     A decir verdad, me han impactado mucho las imágenes que nos llegan en estos días de las familias de origen sirio superando vallas en Macedonia, arrastrándose por debajo de las concertinas en Hungría y caminando con decisión por las vías de tren, persuadidas de que si llegan a Austria, Alemania o Suecia, allí les tratarán bien.

         Por ahora no vienen hacia España, aunque afortunadamente se han alzado unas pocas voces aquí ofreciéndoles acogida. Me apena que un país que tiene 65 millones de turistas extranjeros anuales y cuyo número de inmigrantes desciende cada año desde la crisis económica sea tan reacio a recibirlos. Algunos políticos en un “ataque de responsabilidad” argumentan que recibir refugiados afectará a nuestro nivel de vida. ¡Qué bueno sería —pienso yo— que nos afectara personalmente! No somos tan egoístas como creen esos políticos calculadores. imageEstoy persuadido de que recibir a algunos millares de familias sirias podría hacernos mejores, podría hacernos más sensibles a las necesidades extremas de tantas personas. Me emocionó el reciente titular en el Süddeutsche Zeitung: “El siglo XXI será juzgado algún día por el modo cómo ha tratado a los refugiados”.

DSCN9285        Hace unos pocos días me escribía mi padre —que tiene ya 92 años— recordando el 79 aniversario de su salida de España por Port Bou el 2 de agosto de 1936 —tenía entonces 13 años— con sus padres y los demás hermanos pequeños, huyendo de las penalidades de la guerra civil. Fueron muy bien acogidos, junto con otros millares de refugiados más, tanto en Francia como en Italia: toda su vida sintieron una enorme gratitud a quienes les ayudaron en aquella situación tan difícil.

migrantes        “La calidad de una sociedad se mide por cómo trata a los más débiles, a los más vulnerables”, me decía con convicción una experta en cooperación internacional. Las imágenes que transmiten todas las noches los telediarios me impactan y me interpelan: en parte, me avergüenzan, porque sé que no es justo lo que está ocurriendo y siento que debería hacer algo; en parte, me paralizan, porque ni puedo parar la guerra en Siria ni eliminar esas fronteras en las que tantos se juegan la vida.

         “No podemos suprimir esas fronteras —me decía la directora de un instituto en la que una buena parte de los alumnos son inmigrantes—, pero sí podemos actuar personalmente y cuidar cada uno a quienes están ya aquí, a nuestro lado, eliminando las fronteras que todavía hay en nuestros corazones”. Es verdad. Cuántas veces podemos advertir en el fondo de nuestro corazón una cierta aversión o repugnancia hacia los que son de otro país, tienen otra cultura, otros hábitos, otras costumbres alimentarias, a quienes “huelen distinto” dhands1e nosotros. Sin duda, se trata de un instinto de tipo animal, pero con la cabeza podemos reconocer con claridad que todos los seres humanos de todos los pueblos, lenguas y continentes somos verdaderamente hermanos. Afirmar esa fraternidad nuestra es un triunfo del espíritu sobre la estricta biología y sobre el imperio de la comodidad material.

         Por mi parte, puedo al menos escribir estas líneas. El ejemplo de Merkel con el aeropuerto de Berlín-Tempelhof trae a mi recuerdo todos esos aeropuertos regionales abandonados, algunos con excelentes instalaciones y ni siquiera inaugurados. ¿Alguien se atreve a pedir su transformación en espacios de acogida para los refugiados sirios? Sería quizá la forma de convertir unos monumentos al despilfarro público en aeropuertos para la paz.

Pamplona, 30 de agosto 2015.

* Agradezco las correcciones de mi padre Jaume Nubiola, y las correcciones y sugerencias de Ruth Breeze, Julián Montaño, Philip Muller y Borja Valcarce, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Si quieres ser más feliz, haz listas

 estrella      Hace unos pocos días en una sesión de un curso de verano en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander aprendí que las listas son la estructura básica de la ordenación de la información. Lo decía con enorme convicción la profesora Estrella Montolío en una brillante intervención en el elegante Comedor de Gala del Palacio de la Magdalena donde se desarrollaba el curso.

BARCELONA 02/08/2008 LISTA DE LA COMPRA PARA AHORRAR Y NO CONSUMIR TANTO A LA HORA DE HACER LA COMPRA EN EL SUPERMERCADO FOTO FERRAN NADEU

BARCELONA 02/08/2008 LISTA DE LA COMPRA PARA AHORRAR Y NO CONSUMIR TANTO A LA HORA DE HACER LA COMPRA EN EL SUPERMERCADO FOTO FERRAN NADEU

     Llamaron mi atención esas palabras, pues desde la niñez aprendí de mis padres a hacer listas para ayudar a la memoria y organizarse uno mejor. Desde la lista que mi madre llevaba siempre al ir de compras, cuidadosamente ordenada de acuerdo con el camino que iba a recorrer, hasta la lista de cosas para contarme que se hace mi padre a sus 92 años cada vez que voy a visitarle a Barcelona, pasando por la lista de recados que me daban en mi infancia cuando salía a la calle. Nunca había prestado atención a este asunto de las listas, pero me parece que tiene una importancia capital para la formación personal y para la organización de la propia vida: ¡si quieres ser más feliz —podría decirse—, haz listas!

         Por supuesto, hay listas y listas: hay listas que son enumeraciones, esto es, que image1 2están numeradas y en las que las cosas están ordenadas por su importancia o por su urgencia; hay listas que son más bien calendarios o agendas de actividades que debemos llevar a cabo en un futuro próximo; hay listas con los nombres de los amigos, con sus teléfonos y cumpleaños; hay listas de las cosas que han de meterse en la maleta cuando nos vamos de viaje o de asuntos que hay que tratar en una conversación. De hecho, nos pasamos la vida haciendo listas.

         Probablemente las agendas electrónicas y demás recursos tecnológicos similares nos simplifiquen la vida en esto de las listas, pero una de las cosas que a mí más me gusta de las listas que hago en papel es la posibilidad de IMG_3745tachar las cosas conforme las voy haciendo. Cada noche suelo abrir un folio de papel —usado por la otra cara— en el que apunto la lista de cosas no rutinarias que debo hacer al día siguiente. Cuando al llegar la noche compruebo que he conseguido hacer casi todo o que solo me quedan dos o tres cosas que arrastro al siguiente día, me quedo con la gozosa impresión del deber cumplido, de haber aprovechado el día.

         Las listas no pueden ser ni demasiado largas —como la guía telefónica— ni demasiado cortas: si solo tienen una o dos cosas realmente no necesitamos la lista. Otra de las ventajas de las listas a mano es que siempre pueden introducirse cosas nuevas entre sus líneas, porque somos nosotros y no el programa informático quien —por así decir— tiene el control sobre el listado.

image3         A muchas personas ya la propia palabra “listas” les pone nerviosas: les parece rigidez y falta de flexibilidad; algo así como encorsetar su creatividad. Sin embargo, en realidad se trata de un recurso utilísimo para llegar a ser los dueños efectivos de nuestra jornada, para llevar las riendas de nuestra actividad. Al realizar lo que hemos previsto en nuestro listado nos hacemos señores de nosotros mismos, porque no nos hemos dejado arrastrar por la comodidad o por el capricho momentáneo.

        Las listas potencian la creatividad, porque permiten hacer más cosas, en lugar de andar siempre dedicando el tiempo a remediar nuestros olvidos. Por supuesto, es preciso aprender a improvisar, a interrumpir nuestra relación de tareas para poder prestar atención a quien está a nuestro lado y lo necesita. Sin embargo, tener ese orden favorece también la serenidad interior que los demás esperan encontrar en nosotros.

        A mí me ayuda mucho tener listas abiertas de libros pendientes de leer que me han image2recomendado mis amigos, o películas para ver algún día o incluso de regalos para pedir en el momento oportuno. Por ejemplo, a quienes se sienten solos o tienen “ataques de soledad”, les recomiendo revisar la lista de personas a las que quieren y que les quieren: a todos nos reconforta sentirnos y sabernos queridos por nuestros amigos, aunque quizá se encuentren físicamente muy lejos.

         Desde hace años, voy anotando en mi cuaderno una lista de las alegrías y otra de los disgustos y tristezas que me acontecen: gracias a Dios, es mucho más larga siempre la primera que la segunda. Me parece que una lista así de doble entrada ayuda a tener una visión equilibrada de la propia vida de forma que uno  puede comprobar que ni todo son éxitos ni todo son fracasos.

         Pero, además, querría añadir finalmente que también podemos listar nuestros lista-desueños, nuestros proyectos, nuestras ilusiones, nuestros gustos y aficiones hasta el punto de que —como me pasa a mí— lleguemos a disfrutar haciendo listas de todo aquello que llevamos en nuestra imaginación y en nuestro corazón. Por eso he titulado estas líneas: “Si quieres ser más feliz, haz listas”, pues el hacer listas nos pone, por así decir, en nuestro sitio.

Pamplona, 30 de julio 2015

* Agradezco la ayuda de Jacin Luna para las ilustraciones, así como las sugerencias y correcciones de Albi Castilla y María Rosa Espot.

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Todo está conectado

    DSC09154     En mis vacaciones de verano he vuelto a leer con gusto El libro de las tierras vírgenes en la misma edición que leí repetidas veces en mi juventud (Gustavo Gili, Barcelona, 1960). He leído ahora —probablemente por primera vez— el prólogo del traductor Ramón D. Perés para la primera edición española (1904) que justificaba aquel título frente al original The Jungle Book. Se trataba de la recopilación de cuentos publicados por Rudyard Kipling entre 1893 y 1894, que le haría obtener el premio Nobel de Literatura en 1907.

         Desde hace años quería volver a leerlo, pero me decidí solo hace unas semanas cuando me topé con un comentario del filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera al respecto. En una conferencia a universitarios hablaba Caldera de cómo un rasgo propio de la persona es la profundización interior que se pone de manifiesto en la mirada. “Recordarán —añadía— como en el Libro de la Selva ninguno de los animales podía sostener la mirada de Mowgli, el cachorro humano. Y no era eso en verdad, sino que los ojos de ningún animal transmiten el sentido que nos trae el ojo humano al mirarnos”.

         Viene esto a cuento porque en estos días de descanso en las montañas he podido leerimage4 también con enorme interés la reciente encíclica del papa Francisco Laudato si’ “sobre el cuidado de la casa común”. La encíclica refleja una profunda mirada humana al medio ambiente en el que se desarrolla nuestra vida a escala global y local en esta segunda década del siglo XXI después de doscientos años de acelerado progreso económico e industrial. Me parece que la intuición central de todo ese documento es la afirmación —reiterada varias veces a lo largo de sus páginas— de que todo está conectado y, por tanto, de que nada de lo que ocurra en este mundo puede resultarnos indiferente: somos cada uno responsables de toda la familia humana de hoy y también de la calidad de la vida de aquellos que vendrán después de nosotros. Somos responsables de lo que hagamos con el planeta Tierra y con todos los recursos que en él nos han sido dados.

         Como a la vez leía a Kipling, la llamada del Papa me recordó en cierto modo a la images-1Tregua del Agua proclamada por Hathi, “el elefante salvaje que puede vivir hasta cien años o más”, cuando a causa de la gran sequía vio asomar en medio de la corriente del río Waingunga un largo y descarnado banco de piedra azul: era la Peña de la Paz. Al asomar aquella piedra alargada había de proclamarse la Tregua, pues era señal de que aquella delgada corriente de agua era el único lugar en muchos kilómetros a la redonda en el que los animales podían abrevar. Según la ley de la Selva “se castiga con pena de muerte al que mata en los sitios destinados a beber desde el momento en que la Tregua del Agua ha sido proclamada. La razón que hay para esto es que el beber es antes que el comer”.

         Algo así está proclamando el papa Francisco con esta nueva encíclica, image2 copiaque incluye también una severa denuncia del control del agua por parte de grandes empresas mundiales (n. 31). En lugar de pelearnos unos con otros, hemos de aunar esfuerzos para mejorar la calidad de vida en nuestro mundo compartido. El papa Francisco advierte con claridad que, si seguimos así, el individualismo rampante y el egoísmo de los más ricos llevarán probablemente a nuestro mundo humano hacia su destrucción. Por eso su llamamiento —”llamado”, escribe con amable expresión latinoamericana— estriba en cuidar nuestra casa común, uniendo a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral. “El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común” (n. 13).

  image1       Algunos de los primeros lectores de la encíclica han reprochado al Papa por —dicen equivocadamente— entregarse en brazos de los defensores de que el calentamiento global está causado por la actividad humana; otros por su incisiva denuncia del sistema financiero que ha desarrollado una inequidad a escala planetaria arrojando a tantos a la miseria. Son más de 80 páginas llenas de ideas sugerentes y de afirmaciones rotundas en las que se abordan muchos aspectos de la organización de nuestra sociedad.

         Me parece a mí que las afirmaciones del Papa son efectivamente revolucionarias en el sentido de que nos invitan —nos urgen— a cada uno de nosotros a un cambio de estilo de vida, a una revolución en la que el centro de nuestra mirada esté verdaderamente en los demás, en lo compartido, en lo común. A mí me recuerda a uno de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos denunciando las tremendas injusticias de la sociedad pagana: ahora como entonces no dejaban a nadie indiferente.

         Aunque sea una anécdota mínima, no quiero terminar sin evocar la atractivaimage2 campaña que puede verse en la puerta del Edificio Amigos de mi Universidad. Con la prohibición legal de fumar en los edificios universitarios, se ha creado un problema de acumulación de colillas en los suelos de las entradas a los edificios. Recientemente se ha puesto un simpático letrero en la puerta invitando a apagar las colillas en los ceniceros  en el que se pregunta “¿Por qué debemos tirar la colilla al cenicero?”. Y se ofrecen las siguientes respuestas: “Por el bienestar de todos”, “Por David, servicio de jardinería”, “Por Mari Jose, servicio de limpieza”, “Porque es nuestra casa”. Esta es la clave: si en vez de pensar en nuestra comodidad, pensamos en el bienestar de los demás, el mundo cambia: se torna más amable, más humano. Lo que yo haga con la colilla de mi cigarrillo afecta también a los demás.

         Lo que la encíclica nos recuerda es que no somos individuos aislados, sino que todos —Dios, seres humanos, animales, plantas y naturaleza— estamos interconectados y es misión nuestra cuidar esta maravillosa casa común. Esto se ve mucho más claro quizá cuando uno tiene ocasión de pensarlo en lo alto de una montaña.

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Astún, 27 de junio del 2015.

* Agradezco la ayuda de Jacin Luna para las ilustraciones y las correcciones de Hugo Carretero, Mª Rosa Espot, Julián Montaño y Marcia Moreno.

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El menosprecio de la maternidad

imgres         Me ha deslumbrado la lectura del libro de Carolina del Olmo ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista (Clave Intelectual, Madrid, 2013), que me recomendó Philip Muller hace unos días. Se trata de una filósofa madrileña que se lanza a pensar con valentía acerca de la maternidad a raíz del nacimiento de su primer hijo en el año 2009. En nuestro contexto cultural no es fácil reflexionar creativamente sobre un elemento tan central de la vida humana como es la maternidad. “Los aspectos de las cosas que nos son más importantes —escribió Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas (1953)— nos están ocultos por su simplicidad y familiaridad. (Uno es incapaz de advertir algo porque lo tiene siempre delante de sus ojos)”.

         El libro ¿Dónde está mi tribu? se ocupa esencialmente de la no fácil acogida de la 1291632371_0maternidad en nuestra sociedad y de la falta de apoyo que casi siempre padecen las madres. Tiene páginas divertidas como las dedicadas a los libros de autoayuda y a los consejos de los “expertos” sobre la lactancia, el sueño de los bebés y tantos otros aspectos de la crianza en los que la sabiduría tradicional de las matronas se ve perturbada a menudo por supuestos “avances científicos”.

         En última instancia, se trata de un libro revolucionario porque defiende el cuidado comoCopia-de-Carolina-del-Olmo-300x199 un elemento central de la experiencia humana. “El derecho a cuidar que defiende —me escribía Philip Muller— inspira toda una acción política”. Ha llamado mucho mi atención esta reflexión sobre la maternidad y la denuncia de su pobre acogida en nuestra sociedad porque introducen en nuestro horizonte la “lógica del don” que tanto contrasta con la “lógica del interés”, con el egoísmo individualista tantas veces predominante en nuestra cultura occidental.

         Carolina del Olmo denuncia una ideología “que se adapta como un guante a nuestra permiso-por-paternidad_articulo_landscaperealidad económica y social y que esconde un profundo desprecio por la maternidad y los cuidados. La cultura hedonista de los solteros no solo defiende la libertad y la movilidad del comprador y ensalza las virtudes de la independencia y la realización personal, sino que además vincula ese desarrollo individual con el ocio y el consumo por un lado, y con la carrera profesional o el trabajo remunerado por el otro. En esta visión del mundo triunfante, la maternidad solo puede aparecer como esclavitud o como autorrealización narcisista o […] también como una extraña mezcla de las dos” (p. 95). Por supuesto, la actitud indolente de tantos varones, novios y maridos, refuerza este enfoque negativo.

         Con frecuencia compruebo algo de esto cuando hablo con los estudiantes que terminan la carrera y les pregunto por sus planes de futuro. La mayor parte de los varones incluyen en su horizonte vital el llegar a formar una familia y tener hijos, mientras que a menudo muchas mujeres me dicen —para mi sorpresa— que no saben si quieren casarse y, en el caso de que se casen, no saben si quieren o no tener hijos. Una variante es la de aquellas que dicen que les gustaría tener un hijo o una hija, pero lo que no quieren es cargar con un marido para toda la vida.

espejo-maternidad-klimt-L-tkC2KI         Me impresiona este menosprecio de la maternidad en la imaginación de tantas jóvenes. En particular, me duele cuando a veces compruebo que han aprendido esa actitud de sus madres: “No seas tonta, no tengas cinco hijos como yo —le decía delante de mí una madre a su hija menor—. ¡Vive tu vida, disfruta, viaja!”. Como me escribía Enrique García-Máiquez, esa actitud “es un ejemplo perfecto de lo poco que se piensa (y se siente) cuando se delega en el pensamiento dominante”. También me apenan aquellos que se casan y dicen que “al menos por ahora” no quieren tener hijos, pues prefieren viajar y divertirse —”vivir la vida”— mientras sea posible. La renuncia a la maternidad o su indefinido retraso, ¿no pueden ser muestras del síndrome de Peter Pan, que lleva a querer permanecer eternamente niños? Me parecen, además, un verdadero fracaso de la humanidad, carcomida por un rampante egoísmo consumista.

        Carolina del Olmo concluye su libro invitando a “repensar el papel que ocupa la maternidad en nuestra sociedad y cómo queremos vivirla. Re-socializar la maternidad, socializarla en otras condiciones más favorables, es lo contrario tanto de la reclusión neorromántica como de la externalización del cuidado. Es conseguir que los cuidados pasen a ocupar el centro de la vida política y económica” (p. 219).

52929e104560a         Estoy del todo de acuerdo con ella. Y me gustaría añadir que cada vez que una mujer y un varón deciden tener un hijo esa decisión suya es siempre una nueva victoria para la humanidad: la maternidad (y la paternidad) como muestra suprema de la donación es la máxima plenitud del ser humano.

Pamplona, 2 de junio de 2015

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Defensa de la filosofía (ABC, Madrid, 7 mayo 2015, p. 15)

Defensa de la filosofía

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Dios en los Alpes

 320_GERMANWINGS_D-AIPX_147_10_05_14_BCN_RIP_(16730197959)        La declaración del fiscal de Marsella de que el terrible accidente de aviación en los Alpes había sido causado intencionalmente por el copiloto ha conmovido a todo el mundo. Nos afecta muy profundamente que alguien como nosotros haya decidido terminar con su vida llevándose consigo las vidas de otras 149 personas cuya seguridad le había sido confiada. No solo nos conmueve sino que nos horroriza, porque cuando nos llegó la noticia del accidente no podíamos imaginar que un daño tan grande pudiera ser causado por un ser humano.

         Una conducta de ese tipo quiebra nuestra confianza habitual en los demás: sin confianza no podríamos vivir. Estamos acostumbrados a los controles de seguridad en los aeropuertos —tanto de las personas como de sus equipajes— para intentar protegernos de algún terrorista oculto en el pasaje, pero hasta ahora habíamos confiado tranquilamente en los pilotos y las azafatas. ¿Hay que controlar a nuestros cuidadores? Personalmente imagespienso siempre que, una vez tomadas las medidas de prudencia elementales, más vale confiar en el género humano que andar desconfiando de todos. Cuando voy al peluquero y me pasa la navaja por el cogote, me fío de él: no le vigilo con el rabillo del ojo a través del espejo para que no me seccione la yugular. Sin duda, podría hacerlo, pero si lo hiciera por lo menos ya no me podría volver a cortar el pelo dos meses después. No es razonable que lo haga.

         Me saltaron las lágrimas al leer en el periódico lo que hizo el capitán de Germanwings Frank Woiton en un vuelo de Hamburgo a Colonia, y que al día siguiente repitió cuando woitoncubría la ruta Düsseldorf-Barcelona-Düsseldorf. En todos esos vuelos, después de dar la mano a cada uno de los pasajeros y miembros de la tripulación, se situó en el centro del pasillo y pronunció unas palabras emotivas y personales. “Quería que los pasajeros vieran que delante, en la cabina, también hay una persona”, explicó. Terminó su discurso prometiéndoles: “Les llevaré sanos y salvos de Düsseldorf a Barcelona. Pueden confiar en ello, porque también yo quiero sentarme esta noche con mi familia a la mesa”.

         Eventos tan terribles como este hacen que nos sintamos más vulnerables y, por tanto, más necesitados de los demás, más dependientes unos de otros, más hermanos. Es un trágico peaje, pero debemos aprender la lección: no estamos solos, dependemos unos de otros. Podemos manos-unidasayudarnos unos a otros, incluso es posible a veces mitigar su dolor en medio de tanta amargura. Esto es lo que hace que la vida sea tan maravillosa, pero también a la vez tan dolorosa cuando perdemos a aquellos a quienes queremos.

         De regreso a la Universidad vinieron a verme en una misma tarde dos estudiantes que me contaron lo mucho que les había afectado personalmente el trágico accidente. Me decía uno que le había hecho consciente de la radical soledad del ser humano y el otro se dolía de la vaciedad de la vida. En última instancia, la pregunta ante acontecimientos tan terribles es siempre la de dónde estaba Dios cuando el copiloto cerraba con el seguro la puerta de la cabina y enfilaba el avión hacia el suelo de los Alpes franceses a setecientos kilómetros por horaHALIK_Paciencia-con-Dios. No es fácil encontrar una respuesta consoladora. Me vino a la memoria la respuesta de Tomáš Halík en Paciencia con Dios. Cerca de los lejanos ante una pregunta semejante: “No lo sé, pero ahora me gustaría que lo sintieras en mis manos que agarran las tuyas”. Es lo que hice, traté de consolarles asiendo sus manos con fuerza y cariño, haciéndoles sentir mi apoyo y afecto.

         En definitiva, lo que más nos perturba es que Dios permita tanto dolor. Se trata del misterio del mal, casi siempre insondable, que a tantos ha llevado a dar la espalda a Dios, pero que a muchos otros nos lleva a abrazar a los demás como hermanos. Precisamente solo un Dios-Hombre que murió injustamAbrazos_der_2009_popup135599489050d2d70a180a4ente ejecutado en una cruz hace dos mil años —como conmemoramos en estos días— puede conferir sentido a tanto mal. Porque después resucitó. Por eso llevo siempre en mi bolsillo un crucifijo y por eso pienso que Dios también estaba en los Alpes el pasado 24 de marzo.

Pamplona, 31 de marzo 2015

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* Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones y las correcciones de Raquel Cascales, Albi Castilla, María Carolina González, Juan Irarrázabal, Ana Mª Romero, Santiago Pons y Jaume Nubiola.

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Un libro imborrable del siglo XX:  Si esto es un hombre (1946, 1956), de Primo Levi.

            Mi buen amigo Joseluís González me pidió para la revista Nuestro Tiempo imgresun comentario de 3.000 caracteres con espacios sobre un libro imborrable del siglo XX. Mi maestro Alejandro Llano en el número anterior había escrito sobre El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Yo me decidí por Si esto es un hombre de Primo Levi. Acaba de aparecer en Nuestro Tiempo, nº 686, invierno 2015, p. 89 y aquí lo reproduzco con algunas ilustraciones.

Auschwitz         “Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944″. Así comienza el lúcido testimonio del químico piamontés Primo Levi (1919-1987), de origen judío sefardí. En este libro Levi describe su captura por la milicia fascista en diciembre de 1943, su traslado en tren a Auschwitz en febrero de 1944 y su asignación al campo de trabajo de Monowitz, donde cerca de diez mil prisioneros construían una fábrica de goma. Al despertar el primer día en el campo, “por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse” (p. 20).

            La suerte era que el gobierno alemán había decidido prolongar la vida media de losMonowitz prisioneros ante la escasez de mano de obra. Levi sería asignado al laboratorio de la fábrica y en enero de 1945 vería entrar el ejército ruso en el campo. En total, once meses que va describiendo con trazos rápidos y significativos, sin apenas añadir valoraciones: “Este libro mío, por lo que se refiere a detalles atroces, no añade nada a lo ya sabido por los lectores de todo el mundo (…). No lo he escrito con intención de formular nuevos cargos; sino más bien de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana” (p. 7).

 levi33           En los últimos años he leído docenas de testimonios del Holocausto. Me parece que Levi es la voz más penetrante de todos ellos. Comenzó a redactar este libro allí: “Apenas me sustraigo por la mañana a la rabia del viento y traspaso el umbral del laboratorio (…), el dolor del recuerdo, la vieja y feroz desazón de sentirme hombre, me asalta como un perro en el instante en que la conciencia emerge de la oscuridad. Entonces tomo el lápiz y el cuaderno y escribo aquello que no sabría decirle a nadie” (p. 153). Lo completó pocos meses después de su regreso. Con el paso de los años añadiría dos volúmenes más, La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986), publicados conjuntamente como Trilogía de Auschwitz. En el prólogo a esta edición escribe Muñoz Molina: “Casi nadie ha contado el infierno con tanta claridad y hondura como Primo Levi: casi nadie, al menos en el sombrío siglo en el que vivió, ha resaltado como él la sagrada dignidad de la vida, el impulso de inteligencia y piedad que incluso en medio del horror nos da la oportunidad de seguir siendo plenamente humanos”.

            El lector de Si esto es un hombre no puede reprimir las lágrimas al caer en la cuenta de que aquel horror puede vimgres-2olver a repetirse. A juicio de Levi, brota de la convicción —como una infección latente en el fondo de tantas almas— de que todo extranjero es un enemigo. Cuando veo los muros que protegen los países ricos de sus vecinos —sea entre Estados Unidos y México o entre Israel y Palestina, sea los pobres subsaharianos encaramados en las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla reforzadas con cuchillas— pienso siempre en este libro.

Pamplona, 20 noviembre 2014

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