Hilary Putnam (1926-2016): mi maestro americano

maxresdefault-1024x576            El pasado 13 de marzo fallecía en su casa en Arlington, cerca de Boston, a los 89 años de edad el filósofo norteamericano Hilary Putnam. Como escribía Martha Nussbaum en un emocionante obituario en el Huffington Post, “los Estados Unidos han perdido a uno de los más grandes filósofos que esta nación ha producido. Los que tuvieron la suerte de conocerle como estudiantes, compañeros y amigos recuerdan su vida con profunda gratitud y amor, ya que Hilary no solo era un gran filósofo, sino sobre todo un ser humano de una extraordinaria generosidad”. Putnam ha sido un gigante de la filosofía americana, que ha enseñado a generaciones de estudiantes en Harvard y que a través de sus numerosas publicaciones ha invitado a pensar a muchísima gente. En mi caso, mi deuda para con él es enorme tanto en lo personal como en lo intelectual, y con estas líneas quería tributar un homenaje a quien ha sido mi “maestro americano” a lo largo de los últimos 25 años.

            Nacido en Chicago en 1926, estudió matemáticas y filosofía en Pensilvania. Obtuvo el doctorado en 1951 en la Universidad de California, Los Ángeles, con una tesis sobre la justificación de la inducción y el significado de la probabilidad. Estos eran temas centrales putnam_03del trabajo de su director de tesis Hans Reichenbach, miembro destacado del Círculo de Viena emigrado a Estados Unidos a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Entre los alumnos de Reichenbach se encontraba Ruth Anna, filósofa también, con la que Hilary Putnam se casaría en 1962. En 1965 Putnam se incorporó al prestigioso Departamento de Filosofía de la Universidad de Harvard, donde ocupó hasta su jubilación en mayo del año 2000 la cátedra Walter Beverly Pearson de Matemática Moderna y Lógica Matemática. Antes de incorporarse a Harvard había enseñado en Northwestern, Princeton y en el MIT.

            Sin duda alguna, puede afirmarse con rotundidad que Putnam fue un pensador de putnamhilary_webbvanguardia. Como escribió Stegmüller, puede decirse de él que en su evolución intelectual ha compendiado la mayor parte de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX. Su producción filosófica se centró durante décadas en los grandes temas de la discusión contemporánea en filosofía de la ciencia y filosofía del lenguaje. Sus artículos están escritos con un rigor extraordinario, en conversación —mejor dicho, en discusión— con Rudolf Carnap, Willard Quine y sus colegas de la filosofía académica angloamericana. Además de la calidad de su escritura, impresiona la delicada discriminación a la que somete los problemas más dificultosos para ganar en comprensión. Con su manera de trabajar, Putnam enseña que la filosofía es difícil, es decir, que la reflexión filosófica —tal como sucede en las demás áreas del saber cuando se llega a las cuestiones más básicas— tiene una complejidad técnica considerable. Por supuesto Putnam sabe que muchos de los problemas filosóficos son a fin de cuentas irresolubles, pero “hay maneras mejores y peores de pensar acerca de ellos”, repite con palabras de su amigo Stanley Cavell.

 31wMuOlt6gL._BO1,204,203,200_           De entre su amplísima producción filosófica me gusta destacar su libro Renewing Philosophy, en el que reúne las Gifford Lectures impartidas en la University of St Andrews en 1990, quizá porque en el verano de 1992 estaba yo en Harvard con él y me dejó leer las galeradas. Como el título sugiere, esas páginas están escritas con la convicción de que la penosa situación de la filosofía en la actualidad reclama una revitalización, una renovación temática. Putnam concebía aquel libro como un diagnóstico de la situación de la filosofía y sugería las direcciones que podría tomar esa renovación. Putnam no escribía un manifiesto, sino que mostraba un estilo de hacer filosofía, de aunar el rigor y la relevancia humana, que son las propiedades que se han considerado como distintivas de dos modos radicalmente opuestos de hacer filosofía, la filosofía analítica angloamericana y la filosofía europea.

Putnam, Hilary.JPG            Hilary Putnam nunca se dejó llevar por los vientos de las modas intelectuales y —lo que no es frecuente entre los filósofos— ha rectificado una y otra vez sus opiniones conforme ha ido afinando en su comprensión de los problemas que abordaba. Eso ha llevado a algunos a acusarle de volubilidad filosófica, pero me parece a mí que la capacidad de rectificar es realmente la marca distintiva del amor a la verdad. “Antes pensaba esto…, en cambio ahora pienso esto otro”. Tal como hacemos todos en nuestra vida ordinaria que cambiamos de parecer cuando recibimos nuevos datos y comprendemos mejores razones, ¿por qué iba a ser distinto al hacer filosofía?

            Sin embargo, lo que quizás algunos no le han perdonado ha sido su conversión a la religión de sus abuelos, el judaísmo. En las últimas décadas de su vida la reflexión sobre ética y sobre religión ha ido apareciendo cada vez con más frecuencia en sus textos:

 16156777           “Como un judío practicante —explicaba en Renewing Philosophy—, soy alguien para quien la dimensión religiosa de la vida es cada vez más importante, aunque sea una dimensión sobre la que no sé cómo filosofar, excepto indirectamente. Cuando empecé a enseñar filosofía, a principios de los años 50, me consideraba un filósofo de la ciencia (aunque en una interpretación generosa de la expresión “filosofía de la ciencia” incluía la filosofía del lenguaje y la filosofía de lo mental). Quienes conozcan mis escritos de aquella etapa pueden preguntarse cómo reconciliaba mi vena religiosa, que incluso entonces estaba en cierta medida detrás, con mi concepción general del mundo materialista-científica en aquel tiempo. La respuesta es que no las reconciliaba: era un concienzudo ateo y era un creyente; simplemente mantenía separadas esas dos partes de mí mismo”.

51oHPkXSVqL._SX331_BO1,204,203,200_            Esta “doble vida”, estas dos partes divididas de sí mismo, en su última etapa no le resultaba del todo satisfactoria: “Soy una persona religiosa y a la vez un filósofo naturalista, pero no un reduccionista”, aclaraba a este respecto en su recentísima autobiografía con la que se abre el grueso volumen dedicado a él en la Library of Living Philosophers.

         Putnam me llamaba a veces “el pragmatista católico”: gracias a él había yo descubierto la filosofía pragmatista y el pensamiento de Charles S. Peirce al que me he dedicado desde 1992. Rezo ahora por su eterno descanso y confío en algún día poder proseguir las amables conversaciones con mi maestro americano, que no tuvo miedo en reconocer su religiosidad en un mundo académico paganizado.

Guatemala, 6 de mayo 2016.

Agradezco las correcciones de Rosario Athié, Gloria Balderas y Moris Polanco.

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Obsolescencia como oportunidad

Cuando regresé a la Houghton Library de la Universidad de Harvard hace cosa de cinco años para consultar unos manuscritos del filósofo y científico norteamericano

Charles S. Peirce (1839-1914), descubrí que las fotocopiadoras que había empleado en mis visitas anteriores habían sido eliminadas. Ahora los investigadores, si querían obtener copias de los documentos que consultaban, debían hacer fotos con su cámara con tal de que no emplearan el flash, silenciaran el clic del disparador y no utilizaran ningún soporte.

 00110114287567____1__1200x1200        A renglón seguido acudí a Hunt’s Photo Video, que era la tienda más cercana, y adquirí por 220 dólares una camarita Nikon Cool Pix con la que desde entonces he hecho miles de fotografías, de mucha mejor calidad que las que un inexperto como yo puede hacer con su teléfono móvil. La pasada semana cuando nevó en Pamplona y quise tomar unas fotos del campus nevado, advertí que la imagen que captaba el objetivo aparecía borrosa y IMG_4035a los dos días dejó de funcionar emitiendo un misterioso mensaje sobre unos supuestos problemas en el objetivo. Llevé la cámara a una acreditada tienda de material fotográfico de Pamplona y me recomendaron que me comprara una cámara nueva idéntica por solo 80 euros, pues los técnicos que hacen las reparaciones cobran 70 euros por hora. Es lo que hice y con la nueva cámara me regalaron una funda nueva para protegerla y un palo para hacer “selfies“.

         Todo el suceso me dejó pensando. No sé si la obsolescencia de la cámara estaba ya prevista por los fabricantes. Me trajo a la cabeza que quizá los seres humanos padecemos un fenómeno semejante: nos hacemos viejos y eso no solo se nota en las canas, la menor agilidad o la pérdida de memoria, sino sobre todo en nuestra patente incompetencia ante las máquinas que —me parece a mí— crece de modo exponencial. Como ahora se dice, quienes hemos nacido antes de 1980 no somos “nativos digitales”, sino —en expresión de Marc Prensky— “inmigrantes digitales” a los que las nuevas tecnologías siempre resultan en cierto sentido extrañas. En mi caso esto es evidente, sobre todo, cuando la gente joven me advierte de que “no saco partido” —es la expresión fatídica— al teléfono móvil que tengo, pues apenas consigo teclear los números con mis torpes dedos, o en tantas otras cosas tecnológicas más.

image2         Mientras me encantan los artefactos que duran veinte años o más —desde la pluma estilográfica hasta la maquinilla de afeitar— me irritan las máquinas, los programas y los sistemas que hay que volver a aprender de nuevo cada tres o cuatro años a causa de novedades de cuya supuesta utilidad no llego casi nunca a enterarme. ¡Cuántos textos escritos en mi ordenador hace 20 años que ya no puedo leer porque no sobrevive el programa para abrirlos! Viene a mi cabeza aquel principio del manual de la armada norteamericana identificado como “the law of KISS” [la ley del beso], pero KISS es el acróstico de un sabio lema de la ingeniería militar: “Keep It Simple, Stupid!“. Cuanto más sencillo y simple sea un mecanismo tanto más seguro y eficiente será a la larga. En cambio, el progreso tecnológico acelerado consiste muchas veces en la acumulación de nuevas prestaciones y aplicaciones que requieren una potencia cada vez mayor de las máquinas y que el usuario medio apenas llegará quizás a utilizar.

image4         Muchas películas de ciencia ficción tipo Matrix muestran la rebelión de las máquinas que se han apoderado del planeta, mientras los humanos que quedan se ocultan en lugares remotos para no ser aniquilados. No ocurre esto en la vida real ni parece razonable que llegue a ocurrir nunca, pero en cambio los fabricantes de máquinas, de programas y de nuevos recursos tecnológicos se han apoderado de la vida de muchos seres humanos —sobre todo de los más jóvenes— convirtiéndolos en dóciles consumidores ansiosos de novedades.

         Vale la pena decir que no: afirmar nuestra independencia personal, nuestra liberación de las máquinas, nuestra libertad interior ante la presión del consumismo tecnológico, para poder así cuidar a los demás y disfrutar de la naturaleza, en vez de estar atendiendo permanentemente a pantallas, tabletas y móviles, que por imgresotra parte son utilísimas para mantener la comunicación con quienes queremos. En esto, como en tantas otras cosas, vale la pena decir —con Mies van der Rohe y la encíclica Laudato Si’— que “menos es más”. Me encanta venir caminando todas las mañanas a la Universidad: es mucho mejor que hacerlo en un coche de lo más moderno aunque fuera un Tesla eléctrico. Como me decía un día la profesora Susan Haack, poder ir paseando al trabajo es realmente una señal de calidad de vida.

         En resumen, la obsolescencia programada de las máquinas que tanto favorece el consumismo, puede ser también una invitación a pensar en nuestra relación con todos estos aparatos y así tratar de liberarnos un poco de ellos, afirmando la verdadera calidad humana de nuestra vida, que es, a fin de cuentas, lo único que no queda obsoleto.

Pamplona, 7 de abril del 2016.

P. S. Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones de Félix Álvarez, Gloria Balderas, Enrique García-Máiquez, Jacin Luna, Ainhoa Marin, Julián Montaño, Moris Polanco y Jordi Puig.

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¿Por qué buscamos la belleza?

image1         Desde hace algún tiempo me intriga mucho esta pregunta: ¿Por qué buscamos la belleza? Cuánta gente que busca la belleza —en sus relaciones sociales, en sus compras, en el orden en su armario, en el arreglo personal, en lo que escucha por los auriculares— y apenas sabe por qué lo hace. He hecho esta pregunta “¿Por qué buscamos la belleza?” a muchas personas, incluidos mis alumnos. A casi todos les sorprende la pregunta porque nunca se la han planteado.

CDA-5-670x339         Me encantó el artículo de David Brooks When Beauty Strikes [“Cuando la belleza impacta”] en el New York Times del 15 de enero pasado. Cuenta allí el conocido escritor que, desde hace unos pocos meses, el panorama gris del bloque de apartamentos en Washington en el que vive se ha transformado, pues ahora cuando sale al anochecer puede ver los ejercicios de los alumnos de una academia de baile recientemente instalada enfrente: algunas noches aquellos ejercicios, hechos con gracia y a menudo al unísono, le cautivan por su belleza.

image12         También el filósofo Roger Scruton en una maravillosa charla de una hora disponible en Vimeo se plantea “Why Beauty Matters” [“Por qué importa la belleza”]: . Merece la pena ver entera la charla porque da mucho que pensar regalando al espectador imágenes y reflexiones fascinantes al hilo de la historia del arte occidental, incluida la música y la arquitectura. Agustín de Hipona, ya maduro, escribe en sus Confesiones: “Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y allí te buscaba”. [“Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi! Et ecce intus eras et ego foris et ibi te quaerebam“]. A mí me ha pasado quizá lo mismo, pues solo en estos últimos años he comenzado a buscar de manera consciente la belleza.

         Realmente el arte aventaja al pensamiento en muchos aspectos: cuando unos seres image11humanos admiran la belleza en la naturaleza o cuando se regalan cosas hermosas, puede reconocerse siempre el triunfo del espíritu. Esa contemplación admirada o ese gozoso encanto nos recuerda que somos humanos. Como escribe Victor Frankl del campo de concentración en Sachsenhausen:

           “Una tarde, ya de regreso en los barracones, derrengados sobre el suelo, muertos de cansancio, con el cuenco de sopa entre las manos, entró de repente uno de los internos Tour_Sachsenhausenpara urgirnos a salir al patio y contemplar una maravillosa puesta de sol. Allí, de pie, vimos hacia el oeste unos densos nubarrones y el cielo entero lleno de nubes que continuamente variaban de forma y de color, desde el azul acero al rojo bermellón. Esa luminosidad menguante contrastaba de forma hiriente con el gris desolador de los barracones, especialmente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor de aquel cielo tan bello. Luego, tras unos minutos de silencio y emoción, un prisionero le dijo a otro: ‘¡Qué hermoso podría ser el mundo…!’.”

imgres         Contemplar la belleza nos hace sentir mejor y por eso la buscamos; nos alivia las penas, nos permite respirar, ensancha nuestra interioridad. “El alma humana está hambrienta de belleza; la buscamos en todas partes —escribe John O’Donohue—; en el paisaje, la música, el arte, los vestidos, los muebles, la jardinería, la compañía, el amor, la religión e incluso en nosotros mismos. Nadie desearía no ser bello. Algunos de nuestros recuerdos más maravillosos son de lugares hermosos en los que inmediatamente nos sentimos en casa”.

         De modo semejante, Roger Scruton en aquella lección magistral concluye que buscamos la belleza porque el arte y la música amplifican nuestras alegrías, brindan consuelo a nuestras penas, nos dan paz, 5464322-3x2-700x467redimen nuestro sufrimiento, arrojan una luz de significado sobre nuestra vida cotidiana. A quienes piensan que la belleza es un sustituto de la religión, Scruton les dice que más bien religión y belleza son dos puertas que nos abren a un mismo espacio y es en ese espacio en el que encontramos nuestro hogar. Realmente la belleza nos hace sentir en nuestra verdadera casa.

image15         Mi colega Ricardo Piñero, profesor de estética, dice que buscamos la belleza por necesidad. La hermosura nos recuerda que somos seres humanos. Por el contrario, la fealdad es inhumana, estéril, terca, aburrida, opresiva, insoportable. Cuando intentamos hacer cosas bellas estamos cambiando el mundo, ensanchando los corazones y la imaginación de las personas. Por esto, la respuesta más sencilla es quizá que buscamos la belleza porque nos hace mejores, porque nos cura.

Pamplona, 5 de marzo 2016

Agradezco las correcciones y sugerencias de Raquel Cascales, Rubén Oteyza, Ramon Nubiola, Jordi Puig y las ilustraciones de Jacin Luna.

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El valor de las lágrimas

lagrimas         Hace muchos años leí que la cantidad de lágrimas en el universo era una constante: cada vez que alguien —fuera un niño o un adulto— dejaba de llorar, otro a su vez rompía en llanto. Me impresionó la afirmación y quizá por ello se grabó en mi memoria, aunque no recuerde ya el autor de la frase. Por supuesto, no es posible comprobar la exactitud de la tesis, pero sí que anima a pensar sobre el valor de las lágrimas en la vida humana y el papel decisivo del consuelo.

 poema_de_amor_53        Puede haber —de hecho hay— lágrimas de felicidad, pero casi siempre que los seres humanos lloramos no es por alegría. Los niños lloran cuando se caen, cuando algo les duele, cuando reclaman la atención de sus padres. Los mayores no solemos llorar por el dolor físico —además tomamos analgésicos—, sino por el dolor moral: la ingratitud, la incomprensión, la injusticia y, en general, todo aquello que nos haga sufrir, en especial, si es causado por las personas que queremos. Sobre todo lloramos cuando mueren los padres, los hermanos, el cónyuge, los hijos, los amigos. Aunque sigan viviendo en nuestro corazón y en nuestra memoria, lloramos su ausencia que nos priva para siempre de su trato y de su amable compañía.

tumblr_n4o2yxOJxF1t4kwjno2_1280-588x376         No me importa reconocer que a mí se me saltan las lágrimas cuando veo el telediario en la televisión y no es por los políticos —con esas actuaciones a veces realmente penosas—, sino por la exhibición del sufrimiento ajeno que mueve a la compasión: la madre que llora con su hijo muerto en brazos, los refugiados que huyen con sus niños de grandes ojos tristes y tantas otras penalidades que llenan las pantallas a diario.

lagrimas tinta        En muchas ocasiones las lágrimas son contagiosas, pero cuando es uno solo quien llora casi siempre es —al menos así me parece a mí— porque sus palabras no son
capaces de expresar todos los sentimientos que alberga en su corazón en aquel momento. Por eso siempre animo a quienes me cuentan sus penas a poner por escrito las cosas que les preocupan y hacen sufrir, para después poder leerlas a corazón abierto con alguna persona de su confianza. Se trata —suelo decir— de convertir las lágrimas en tinta y de esa forma la intimidad se ensancha, se airea, se esponja y, además, casi siempre se alivia un poco la pena.

3a6e71ae616706ad57ba70bbfa6248e1         Hace unos días me llegaba un dibujo de Mafalda en la que se la veía llorando y decía algo así: “No lloro, simplemente estoy lavando recuerdos”. Efectivamente a menudo las lágrimas tienen un maravilloso efecto purificador de la memoria. Lo vemos tantas veces en los niños —y en los adultos— que, llenos de arrepentimiento, piden perdón con ojos llorosos diciendo que no lo harán más. Esas son lágrimas buenas, que —por así decir— lavan la acción, purifican a su autor y llevan al olvido la acción lamentable que hubiera cometido.

hombre llorando         No quiero recurrir a la manida frase de “los hombres no lloran” con la que sigue reprimiéndose la expresividad emotiva de tantos niños varones en todo el mundo. Llorar —suele decírseles— es “cosa de niñas”. Como se afirma a veces en Estados Unidos: “men repress, women express“, los hombres reprimen sus lágrimas, mientras que las mujeres expresan sus emociones con ellas. De hecho cuando se ve a Obama llorando en un discurso a algunos les parece un recurso teatral semejante quizás a las lágrimas de cocodrilo.

images         A mí siempre me impresionan las lágrimas. Me parece importante valorarlas y aprender a consolar a quien llora. Hay que saber ponerse a su lado y echar nuestro brazo sobre sus hombros para hacerle sentir el cálido apoyo de nuestro afecto, ofreciéndole, si fuera preciso, un clínex o nuestro pañuelo limpio. Acompañar a quien llora nos dice mucho de la capacidad de consuelo que aporta el cariño: no es cuestión de palabras, basta con estar al lado. No es vergonzoso llorar, es una señal de que tenemos un corazón tan grande que no puede expresarse solo con simples palabras. No hay que reprimir las lágrimas: muchas veces es una verdadera necesidad. Y, sobre todo, la persona que llora está gritando con sus hipidos que necesita nuestro consuelo, esto es, que necesita sentir el apoyo de nuestra comprensión y de nuestro acompañamiento.

Pamplona, 23 de enero 2016

P. S. Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, María Rosa Espot y Mariacaro González y la ayuda de Jacin Luna y José Antonio Palacios con las ilustraciones.

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Pensar la vida

12. CSP old     Charles S. Peirce —el científico y filósofo norteamericano al que he dedicado mucha atención en los últimos veinticinco años— consideraba muy difícil decir cuál era la verdadera definición del pragmatismo: “para mí es una especie de atracción instintiva por los hechos vivientes”. A mí —como a Peirce— me pasa lo mismo: me llaman siempre la atención los hechos vivientes y, sobre todo, lo que me fascina es reflexionar sobre lo más vivo; unas veces intento pasar —en términos de Eugenio d’Ors— de la anécdota a la categoría, otras articular lo que pienso y lo que vivo mediante la escritura para así iluminar la vida por medio de la teoría.

180_rorty        Quizá por este motivo llamaron poderosamente mi atención los testimonios de varios filósofos compilados en un número reciente de los Proceedings and Addresses of the American Philosophical Association en los que relataban con cierto detalle su trayectoria intelectual. Por ejemplo, Amelie Rorty escribía: “He llegado a pensar que enseñar filosofía es esencial para hacer filosofía bien. Nuestros estudiantes —especialmente los de cursos introductorios— nos ayudan a ser honrados. Nos recuerdan por qué hacemos filosofía y de qué va eso”. Estoy del todo de acuerdo. Y unas páginas más adelante, al referirse a algunos colegas a los que admira, señala: “Eran filósofos que habían viajado y que conocían mucha historia, que leían novelas, miraban cuadros, escuchaban música y pensaban sobre política; eran filósofos para quienes no había distinción entre su vida y su pensamiento filosófico”. [PDF]

    imgresPienso que así se ha hecho siempre la mejor filosofía. Frente al superespecialismo estéril de algunos colegas y frente a la fácil charlatanería de otros, es posible pensar un camino más modesto para una filosofía educadora de la humanidad, una filosofía que se ocupe de los problemas de los hombres y mujeres reales y trate de hacer más razonable la convivencia en nuestra sociedad. John Dewey escribió en The Need of a Recovery in Philosophy urlque “la filosofía se recupera a sí misma cuando deja de ser un recurso para ocuparse de los problemas de los filósofos y se convierte en un método, cultivado por filósofos, para ocuparse de los problemas de los hombres”. Con Hilary Putnam —quizás el mayor filósofo vivo en la actualidad— me gusta recordar a menudo “que los problemas de los filósofos y los problemas de los hombres y las mujeres reales están conectados y que es parte de la tarea de una filosofía responsable lograr esa conexión”. Este y no otro es para mí el papel de la filosofía.

         Se dice a veces que el rasgo más característico de la juventud de hoy es la superficialidad. No estoy seguro de que sea así. Más bien los veo como consumidores explotados bajo el imperio de una sociedad comercial. Lo que sí compruebo a diario es que tanto jóvenes como adultos tienen miedo a pararse a IMG_4253pensar: “Quien piensa se raya” dicen a veces. En su magnífica novela En lugar seguro, Wallace Stegner escribe que llevar un diario en sus años universitarios habría sido como tomar notas mientras se baja en un tonel por las cataratas del Niágara: “En nuestra vida no había grandes acontecimientos, pero nos arrastraba”. Lo mismo —me parece a mí— les pasa a muchos hoy: su vida es arrastrada por los móviles, las redes sociales y las pantallas de todo tipo que solicitan constantemente su atención y a menudo anestesian su capacidad de reflexión.

        “La filosofía es teoría que ilumina la vida”, tuiteaba uno de mis alumnos del Acción Poéticapasado curso y me alegraba comprobar que al menos uno había captado y expresado lo que quería decirles. Frente a la filosofía moderna que privilegió unilateralmente la razón y frente al irracionalismo nietzscheano postmoderno que presta atención solo a los efímeros impulsos vitales, lo que nuestro tiempo necesita es intentar articular las aspiraciones teóricas más abstractas con las necesidades humanas más prácticas.

         Pararse a pensar es el primer paso —el motor de arranque— de la vida intelectual. La segunda etapa es aprender a escuchar a los demás y a decir lo que uno piensa, sea de palabra o por escrito. La tercera —que dura toda la vida— consiste en empeñarse en vivir lo que uno dice. Pensar lo que uno vive, decir lo que uno piensa, vivir lo que uno dice: esto que parece un trabalenguas es —me parece a mí— el motor de la vitalidad interior.

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         Merece la pena empeñarse en ello. A fin de cuentas, lo que nuestra vida necesita es, sobre todo, pensamiento, teoría, que la haga más razonable. Siempre se puede pensar más y eso nos ayuda a vivir mejor.

En tren de Pamplona a Barcelona, 22 de diciembre 2015

Agradezco los comentarios y sugerencias de Gonzalo Beneytez, Carmen Camey, Mª Rosa Espot, Alina Jara, Joaquín Rodríguez Alonso y mi padre Jaume Nubiola. Agradezco a Jacin Luna su ayuda con las ilustraciones.

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El gozo de disfrutar

image7         Desde hace años digo a los estudiantes que me piden consejo sobre las “salidas profesionales” que lo más importante en esta vida es disfrutar con lo que uno hace: cuando uno goza con su trabajo es señal de que ha acertado en la elección y de que además lo hace bien. Suelo poner el ejemplo de los grandes futbolistas que son los que más disfrutan cuando meten un gol o de tantos cocineros que realmente son felices cuando comprueban que sus comensales —como suele decirse— se chupan los dedos.

Brooklyn_Museum_-_St.Catherine_of_Siena_formerly_described_as_Santa_Clara_-_overall         San Josemaría dejó escrito en Forja que “la felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra”. Santa Catalina de Siena decía que “todo el camino hasta el cielo es cielo”. Con estas afirmaciones querría rechazar aquella visión tenebrosa de la vida humana como un valle de lágrimas y lamentos. El sufrimiento y las penas —que, por supuesto, no faltan en la vida de nadie— son las sombras que hacen precisamente que resplandezca más la luz.

         Los seres humanos estamos hechos de tal manera que disfrutamos con aquellas tareas que ocupan toda nuestra atención hasta el punto de que se nos pasan las horas volando, casi sin darnos cuenta. No importa que esa actividad requiera un considerable esfuerzo. Por ejemplo, el cuidado de los niños, que tantas veces exige toda la atención, puede ser agotador, pero es capaz también de llenar de sentido nuestros días. Una antigua alumna, que trabajaba en una conocida consultora imagesbritánica, publica cada semana en Facebook con abundantes fotos los avances de su primer hijo, nacido hace apenas dos meses: “Días cansados, pero preciosos… ¡No quiero que crezca!”. Y a la semana siguiente reproducía un fascinante post sobre la maternidad que terminaba así: “Deberían haberme advertido que convertirme en madre lo cambiaría todo, pero que nunca querría volver para visitar a mi antiguo yo, ni un solo segundo. Deberían haberme avisado de que mi vida estaba a punto de adquirir una riqueza, una belleza y una plenitud tan grandes que al mirar atrás pensaría: ‘Pobre de mí. Antes no lo sabía'”.

         Todos la comprendemos bien. Elegir tener un hijo y poder dedicarle toda la atención que necesite es algo maravilloso, capaz de llenar de gozo la existencia. Lo mismo puede decirse de todas las tareas que tienen el servicio a los demás en su punto de mira, pues una vida plena tiene muchísimo que ver con el cariño. Nuestro contento, nuestro gozo, brota espontáneamente al comprobar que somos queridos, al advertir que nuestra vida tiene sentido más allá de nosotros mismos.

image2         En estas semanas estoy leyendo a Dorothy Day (1897-1980), la activista social norteamericana en proceso de beatificación. Muchas cosas me han impresionado de su vida y de sus textos, pero aquí querría mencionar solo una que es relevante para lo que quiero sostener. A los que deseaban entrar a formar parte del Catholic Worker, el movimiento que ella había creado les decía: “Empieza por el lugar donde vives: identifica las necesidades de tu barrio y pon en práctica en él las obras de misericordia. (…) Escoge el trabajo que más gozo te produzca y no tengas miedo de cambiar siguiendo la llamada del espíritu”. Elige el trabajo que más gozo te produzca: ¡qué sabia recomendación!

images         En este mismo sentido, recuerdo el consejo oído hace más de treinta años al beato Álvaro del Portillo, Gran Canciller entonces de la Universidad de Navarra: “Poned a las personas en tareas que les gusten —nos decía un día a la Junta de Gobierno—. Veréis que trabajan mucho mejor, con más eficacia, y además disfrutan con lo que hacen”. Me pareció un consejo valiosísimo, podríamos decir quizá que de sentido común, pero que jamás había escuchado con anterioridad.

la-etica-amable         La pasada semana tuve ocasión de visitar Cuba para asistir a un pequeño congreso en La Habana. Me llevé para leer en el viaje el reciente libro de Magdalena Bosch La ética amable (Eunsa, Pamplona, 2015) que realmente me encantó ya desde el propio título. Está muy bien pensado y magníficamente escrito. Lo que aquí quiero destacar es cómo en ese librito en el que va desgranándose la ética aristotélica se esclarece que la felicidad se identifica con la propia excelencia, con el empeño personal por ser mejor y por hacer lo mejor: no solo es “la actividad mejor del alma”, sino que además “suele generar sentimientos positivos como resultado” (p. 52). Y unas pocas páginas más adelante la filósofa catalana añade: “El bien puede crear adicción, porque realizarlo produce gozo” (p. 55).

         Esta es la clave. Volcar toda nuestra atención en los demás o en la tarea que llevemos entre manos es capaz de encender nuestra vida y de llenarla de gozo. El disfrute es señal inequívoca de que estamos haciendo lo que debíamos hacer y de que además lo estamos haciendo bien.

Pamplona, 3 de diciembre del 2015

Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones y los comentarios de Gonzalo Beneytez, María Rosa Espot, Ángel López-Amo, Beatriz Montejano y Marta Torregrosa.

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Muchas gracias

11-ideas-para-dar-gracias-de-corazón        Estas dos palabras que están escritas en el corazón de todos los seres humanos tienen equivalentes en todas las lenguas. Así lo hacía notar el poeta Octavio Paz al inicio de su discurso en Estocolmo cuando recibía el premio Nobel de Literatura en diciembre de 1990: “Comienzo con una palabra que todos los hombres, desde que el hombre es hombre, han proferido: gracias“. Así es. El agradecimiento es una conducta universal de los seres humanos, de todos los tiempos y de todas las culturas. Damos gracias a Dios, a nuestros padres, a quienes nos salvan de grandes peligros, pero también a quienes nos hacen los pequeños servicios de los que está llena la vida diaria: desde ceder el paso al atravesar una puerta, servir el agua en la comida o recoger algo que inadvertidamente se nos ha caído, hasta ceder un espacio donde aparcar el coche, hacer un regalo o cualquier otra cosa.

media.media.0291c81a-77d8-4148-bd33-a5965a8cdffa.normalized         La gratitud es una de esas pequeñas cosas que, cuando falta, hace que la convivencia chirríe penosamente como un engranaje de ruedas dentadas que se ha quedado sin aceite. Al principio el ruido molesto no parece de gran importancia, pero al poco tiempo hace insoportable la vida en común. Y es que —como escribió el filósofo alemán Robert Spaemann— “lo racional es la forma de vida regida por la benevolencia” y una de las formas supremas de la benevolencia es el agradecimiento.

         Hay quienes dicen que dar las gracias por mera cortesía no vale nada: lo importante —afirman— es agradecer de corazón y hacérselo sentir así a la otra etiquetas-de-regalo-muchas-gracias-10-unidadespersona. Quienes piensan de esta manera, en el fondo, desprecian el dar las gracias porque lo consideran un convencionalismo social vacío de contenido y privilegian en cambio una supuesta empatía profunda entre los corazones. “El reto es —escribía hace algún tiempo un experto— ¿cómo podemos hacer sentir al otro que le estamos agradecidos de verdad? Es necesario encontrar nuevas formas de mostrar a las personas el sentimiento de agradecimiento auténtico”.

         En un primer momento, esta tesis podría parecer atractiva, pero si se piensa un poco se descubre que es una manera desenfocada de abordar este asunto vitalmente william-levy--ztan importante. ¿Por qué los padres de todo el mundo se empeñan en que sus hijos aprendan a dar las gracias? No lo hacen meramente para que sus hijos aprendan un formalismo social, sino que lo hacen para que aprendan a ser agradecidos, esto es, para que a base de agradecer a los demás los servicios, atenciones o regalos que reciban, lleguen a ser mejores personas. Las fórmulas corteses, acompañadas si es posible de una sonrisa, son el camino que tenemos los seres humanos para adquirir el agradecimiento de corazón.

         La gente joven —al menos en mi experiencia personal— es muy agradecida. Su gratitud nunca me parece algo postizo o artificial, sino que es siempre un sentimiento verdadero que brota quizá de la conciencia de su inexperiencia. Me impresionaba lo que me decía una valiosa estudiante al despedirse cada vez que venía a visitarme: “Muchas gracias por su tiempo”. Siempre pensé que era más bien yo quien debía estarle agradecido a ella por la atención inteligente que me había prestado.

11009971_812426535519219_7624841377116816129_n                Me contaba hace unos pocos días una estudiante de Farmacia, al regreso de una estancia como cooperante farmacéutica en una clínica peruana en Abancay en lo alto de los Andes, que se sentía verdaderamente pagada cuando al terminar su servicio aquellas mujeres y aquellos hombres —ya mayores y a menudo de rostro taciturno— le decían con una sonrisa: “¡Gracias, doctorita!” o “¡Gracias, mamasita!”.

         De tarde en tarde el agradecimiento de los estudiantes se traduce en regalos. Puede ir desde unas hermosas hojas secas del otoño recogidas en el campus hasta una pluma de lujo con un texto grabado “Gracias, Jaime”, pasando por regalos que se comen o se beben, por libros, fotografías, cuadros, etc., que han ido llenando las paredes de mi despacho.DSCN9458 Me emocionan todas esas muestras de gratitud que quieren dar permanencia a la expresión del agradecimiento. Siempre pienso que los seres humanos damos gracias no tanto porque nos hayan hecho un favor o un servicio, sino en última instancia porque nos sentimos queridos. Esto es siempre lo más importante.

         Un filósofo norteamericano me aseguraba, basado en su experiencia vital, que dar las gracias es el mejor antídoto contra la 6039167depresión: ayuda más a quien las da que a quien las recibe, porque lleva a la persuasión de que todo es un regalo, incluida la propia vida y la vida de los demás. En este sentido, puede decirse que quien da las gracias, aunque sea empleando las fórmulas más habituales, se lleva siempre el premio, pues su corazón se ensancha hasta llenar de un hondo sentido comunicativo los convencionalismos sociales. Vivimos en red, no solo nos necesitamos unos a otros, sino que al querernos y agradecernos lo que hacemos habitualmente unos por otros, llegamos a ser mejores personas. Por eso, la mejor forma de expresarnos mutuamente la gratitud es diciéndonos con más frecuencia unos a otros en lo grande y en lo pequeño: “¡Muchas gracias!”.

         Y, por supuesto, muchas gracias de todo corazón por haber leído hasta aquí.

Pamplona, 27 de octubre 2015.

Agradezco las correcciones de María Guibert, Ángel López-Amo y Jacin Luna.

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