La salud no es lo primero

Tres cosas hay en la vida:
salud, dinero y amor;
y el que tenga esas tres cosas
que le dé gracias a Dios.

         Leo en internet que la letra y la música de esta conocida canción se debe al compositor argentino Rodolfo Sciammarella (1902-1973). La compuso y estrenó en 1941 y, gracias a la radio, se convirtió en un éxito en los países de habla hispana. En el año 1967 Cristina y los Stop la relanzaron en España con gran éxito y puede todavía vérseles en alguna grabación de los años setenta: [https://www.youtube.com/watch?v=l_8VJt8NEi8].

         Venía esta letra a mi memoria en estos meses de pandemia ante la proliferación de las declaraciones en los medios de comunicación sosteniendo que «la salud es lo primero». Con frecuencia se utiliza esta rotunda afirmación en contra de quienes frente al confinamiento defendían la economía, porque decían —más o menos festivamente— que en el fondo era preferible morir de Covid que de hambre. Por el contrario para el gobierno sueco o para el propio Trump parece que la economía, el dinero, es lo primero. Sostenían que la economía debía primar sobre la salud, aunque parece que la realidad de la expansión de la enfermedad en sus países ha ido desmintiendo su tesis: quizá resulte más acertado afirmar que la economía ha de estar siempre al servicio de la vida de las personas.

         Pero lo que quiero defender es que no es la salud lo primero, ni tampoco el dinero, sino que verdaderamente lo primero es el amor. Aunque pueda sonar cursi, así es. Los seres humanos estamos así constituidos: lo más importante para nosotros es el querer y el sentirnos queridos. Por supuesto que la salud es importante, pero quienes tenemos ya algunas décadas de vida nos damos cuenta de que ya no tenemos la salud y vitalidad de los niños: nos persiguen los achaques de la edad y cada mañana al levantarnos advertimos que algo nos duele. También es importante el dinero y la economía, sobre todo, la seguridad económica, pero todos sabemos que el tener mucho dinero y el consiguiente riesgo de perderlo son fuente constante de preocupación para quienes lo tienen. Leo una entrevista con el actor Miguel Herrán de «La casa de papel» en la que afirma: «Cuanto más dinero gano, más infeliz soy». Me parece que a muchos nos basta en esta vida con tener lo suficiente para vivir honestamente, tal como sostuvieron los estoicos hace dos mil trescientos años.

      La famosa tonadilla «Tres cosas hay en la vida» proseguía diciendo: «El que tenga un amor que lo cuide, que lo cuide; la salud y la platita, que no la tire, que no la tire». No hay que malgastar el dinero —«la platita» para un compositor argentino — ni poner en riesgo injustificadamente la salud, pero lo realmente importante es cuidar el amor, cuidar a quienes nos quieren y a quienes queremos: es lo que nos hace humanos.

         En estos meses de pandemia llama la atención la agresividad social que se vierte a menudo contra los políticos o a veces contra los agentes de la autoridad, tanto en España como en muchos otros países. La gente —sobre todo, los jóvenes— está harta de tantas imposiciones —en algunos casos del todo arbitrarias— por parte de quienes quieren protegernos del contagio. El papa Francisco escribía en estos días en el prólogo del libro Comunión y esperanza, del cardenal Walter Kasper y el sacerdote George Augustin, publicado por la Librería Editora Vaticana: «El peligro de contagio de un virus debe enseñarnos otro tipo de ‘contagio’, el del amor, que se transmite de corazón a corazón».

         Me parece que la pandemia nos ha enseñado mucho de solidaridad, de servicio a los demás, pero todavía debemos aprender a querer más a las personas y decírselo, a expresarles mejor nuestro afecto, nuestra ternura; a acompañarles mejor, a consolar más a tantos que se sienten solos y sufren. A esos y a todos hay que repetirles que la salud no es lo primero, que tampoco, por supuesto, lo es el dinero, porque lo primero es el amor.

Pamplona, 1 de septiembre 2020.

Agradezco las correcciones de María Rosa Espot y Enrique García-Máiquez, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Lo que enseña la presencialidad

         El pasado día 15 de julio publiqué un artículo con el título «La universidad vital: la batalla de la presencialidad» en la revista online colombiana «El Metropolitano». Sorprendentemente, a los pocos días de que Harvard y el MIT presentaran su recurso, la administración Trump revertió la orden de cancelar las visas de los estudiantes internacionales que asistieran solo a clases online. A su vez, la pasada semana la Universidad de Harvard anunció que todos los alumnos de primer año residirán en su hermoso campus, cuidando, por supuesto, las medidas sanitarias para evitar contagios.

         Me parece que mi artículo en defensa de la presencialidad sigue siendo actual: de hecho fue publicado en la tribuna de «La Razón» el día 24 de julio con un notable eco. Reproduzco en este post el artículo en su redacción original:

LA UNIVERSIDAD VITAL:

LA BATALLA DE LA PRESENCIALIDAD

         Me llega una carta de Amy Ferrer, la directora ejecutiva de la American Philosophical Association, pidiéndome que me adhiera a la protesta de las universidades y sociedades académicas contra la orden del 6 de julio de la agencia gubernamental norteamericana para la inmigración (ICE) que anuncia la terminación de la visa en los Estados Unidos para los estudiantes internacionales que el próximo curso sigan los estudios en modalidad solo online. Las universidades de Harvard y  MIT han iniciado una acción judicial contra esa disposición gubernamental que parece pensada para forzarles a impartir las clases de modo presencial en lugar de virtualmente, tal como habían anunciado. Se calcula que en los Estados Unidos hay un millón de estudiantes internacionales a los que podría afectar esta nueva disposición.

         El conflicto tiene cierto relieve y la situación es muy compleja, pues el futuro de la pandemia de Covid-19 en los Estados Unidos y en el resto del mundo es del todo incierto mientras no se disponga de una vacuna eficaz. Muchas universidades norteamericanas quieren que sus estudiantes puedan regresar a sus campus, aunque sea con limitaciones de aforo en los lugares comunes y con todas las medidas de precaución para evitar contagios masivos. Piénsese, por ejemplo, que algunos estudiantes internacionales están más seguros en los Estados Unidos que en sus países de origen, que quizá cuentan con un sistema sanitario más deficiente. Además, muchos estudiantes de grado y, sobre todo, los de postgrado, «no pueden completar su trabajo sin acceder a los recursos técnicos de los archivos, bibliotecas y laboratorios de sus instituciones, sean las clases enteramente online o no», tal como se afirma en la carta que me invitan a suscribir.

         Lo que quiero afirmar aquí es que la enseñanza universitaria no puede ser solo online. Aunque todas las clases —o una parte de ellas— sean virtuales, la clave de la formación universitaria es la convivencia entre profesores y estudiantes, y la convivencia de los estudiantes entre sí. Me parece que por este motivo mi universidad y muchas otras han defendido para el próximo curso académico una enseñanza básicamente presencial, cumpliendo con una limitación de aforo en las aulas que minimice el riesgo de contagio y complementando esa enseñanza presencial con todos los recursos online que se precisen. Mi rector Alfonso Sánchez-Tabernero afirmaba en la prensa hace unas pocas semanas que «la enseñanza online nunca superará a la presencial. El cara a cara es imbatible».

         Y esto me sirve para recordar algo que escribió John Henry Newman, el profesor de Oxford que llegó a cardenal de la Iglesia católica, canonizado hace unos pocos meses: «Si tuviera que elegir entre una universidad que entrega títulos a los estudiantes que aprueban los exámenes de sus asignaturas [Por ejemplo, ¡una universidad online!] y una universidad sin profesores ni exámenes, sino que simplemente reuniese a los jóvenes, no dudaría en preferir la segunda» [Discurso 6º, La idea de una universidad, 1852-58]. La explicación que Newman da de su preferencia es que la convivencia hace a los estudiantes «mejores personas para el mundo, lo que es muy superior a la educación que proporciona una universidad que enseñe una multitud de disciplinas». Y añade una maravillosa descripción que transcribo casi literalmente: «Cuando una multitud de jóvenes, entusiastas, de corazón abierto, comprensivos y observadores se encuentran y se relacionan libremente entre sí, seguramente aprenderán unos de otros, incluso aunque no haya nadie asignado para enseñarles; la conversación que sostengan es para cada uno una serie de conferencias de las que obtienen por sí mismos nuevas ideas y puntos de vista. Esa comunidad juvenil constituirá un todo que dará a luz a una enseñanza viva, independiente de la instrucción directa de sus superiores».

         Repito la idea central que aprendí del fundador de mi Universidad, san Josemaría Escrivá: «Es en la convivencia donde se forma la persona» (Conversaciones, n. 84). La convivencia de unos con otros es lo que forma, lo que hace crecer la vitalidad interior: escucharse unos a otros lleva a aprender qué piensan los que piensan de forma distinta a la de uno; hacer cosas juntos —el trabajo en equipo— enseña a poner las cualidades personales al servicio de la tarea común.

         El genuino aprendizaje requiere que los estudiantes vivan la universidad: los años universitarios son un periodo formativo muy especial. Este periodo constituye una oportunidad formidable para ensanchar el corazón, para aprender de los demás, para vivir la tolerancia, para amar de verdad el pluralismo y la libertad propia y ajena que es lo que la sociedad actual realmente necesita. Es difícil —o quizás imposible— desarrollar estas virtudes con una enseñanza meramente online.

        Termino con unas palabras de mi vicerrector Pablo Sánchez-Ostiz que acentúan esta dimensión vital de la formación universitaria: «Esta crisis ha puesto de relieve que, al final, lo que hace funcionar al sistema no es la estructura, ni la tecnología, sino la pasión del profesor, el compromiso del alumno y la relación personal entre ellos. Esa es la química que desata la energía que supera todos los obstáculos. Es hora de optimizar el aprendizaje de nuestros alumnos, desbloquear el talento de nuestros profesores y reinventar la universidad onlife».

Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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50 años universitarios

         Al terminarse el mes de junio han venido a mi cabeza con fuerza los recuerdos de hace cincuenta años cuando en el mes de junio de 1970 terminaba el curso “Preuniversitario” en el colegio Viaró en Barcelona y hacía las “Pruebas de madurez” —así se llamaban entonces— para acceder a los estudios universitarios. He revisado mis papeles y he encontrado el documento firmado por “El Jefe [sic] del Negociado” de la Universidad de Barcelona, Victoria Devant, con fecha 13 de junio de 1970 que acredita mi inscripción con el número 4354 para realizar los ejercicios de “Letras” y de idioma “Inglés”, y al pie la calificación final con un modesto aprobado (6,5 puntos) en el día 2 de julio de 1970 y una firma ilegible del Secretario del Tribunal.

         Estos cincuenta años se me han pasado volando. Primero, dos años en la Universidad de Barcelona estudiando Filosofía y Letras con una incursión en la Escuela Oficial de Periodismo y otra en la Facultad de Derecho donde aprobé el primer año —me parece recordar— sin haber acudido a ninguna de las pocas clases que hubo en el curso académico 1971-72. Eran años turbulentos en la universidad española, quizás en particular en Barcelona, donde estudiantes y profesores enlazábamos una huelga con otra. Recuerdo como si fuera ayer las manifestaciones de miles de estudiantes los viernes a las 8 de la tarde en la Plaza Cataluña con el grito unánime —entonces subversivo— de «¡Libertad, libertad!» que era reprimido por los «grises», como llamábamos entonces a la Policía Nacional por el color de sus uniformes.

      En octubre de 1972 me trasladé a Valencia para poner en marcha el Colegio Mayor Albalat y me incorporé a la Universidad de Valencia donde la vida académica era mucho más tranquila que en Barcelona. Fue decisivo para mí conocer en el tercer curso de la carrera de Filosofía al entonces joven profesor Alejandro Llano. Me dije «yo quiero ser como este» y así se decidió mi futuro profesional: iba a ser profesor universitario. Guardo muy buen recuerdo de mis años valencianos y algunos buenos amigos.

      Terminé el último examen de la carrera el 26 de junio de 1975, precisamente el día del fallecimiento en Roma de san Josemaría Escrivá, a quien había tenido ocasión de conocer y tratar algo en los años precedentes, pues había pedido la admisión en el Opus Dei. Al terminar la carrera hice la tesis de Licenciatura en la Universidad de Valencia, bajo la dirección del profesor Fernando Montero, sobre el filósofo de Oxford John L. Austin y su análisis de la verdad. Defendí esta tesis en noviembre de 1976 y solicité la admisión en los estudios de doctorado en la Universidad de Navarra, adonde acababa de trasladarse ya mi maestro Alejandro Llano, después de obtener brillantemente una cátedra universitaria en Madrid.

         En diciembre de 1978 me incorporaría a Navarra como Secretario General de la Universidad, cargo que desempeñé durante más de 12 años. En esos años defendí mi tesis doctoral sobre “El compromiso esencialista de la lógica modal. Estudio de Quine y Kripke” (1982) y me inicié en tareas de investigación mediante unos pocos artículos y recensiones. Aprendí mucho de los Rectores Francisco Ponz y Alfonso Nieto.

         Cuando mi maestro fue nombrado Rector (1991), pude ser relevado en mi cargo y pasé a ser “profesor raso”, evitando asumir cargos académicos y concentrando mi atención en la “Filosofía del Lenguaje” y la “Metodología de la investigación”. Además, de forma creciente, me interesé por Charles S. Peirce y el pragmatismo norteamericano y su recepción en Europa y en el mundo hispánico. Fue decisiva para mí la estancia como visiting scholar en la Universidad de Harvard en los veranos de 1992 y 1993 y la honda amistad que entablé con el profesor Hilary Putnam.

         He pasado los últimos treinta años dando clases, escribiendo y atendiendo a mis alumnos de grado, de máster y de doctorado en Pamplona y en otros varios lugares del mundo. Puedo decir que, gracias a Dios y a la Universidad de Navarra, he disfrutado casi todos los días de mi trabajo. Según he convenido con mi decana, todavía me quedan tres cursos más hasta mi jubilación efectiva a los 70 años, si la salud no me lo impide.

         Al considerar mis cincuenta años universitarios, primero como estudiante, luego como directivo y, finalmente, como profesor, me venía a la cabeza aquello que dijo Ludwig Wittgenstein a su discípula Elizabeth Anscombe: «Dígales que he tenido una vida maravillosa». No soy Wittgenstein, pero me parece que mi vida ha sido también maravillosa. No solo porque he podido hacer lo que planeaba en mi juventud, sino, sobre todo, porque al ver brillar los ojos de mis estudiantes, al sentirme querido por ellos y al hacerme pensar siempre más con sus preguntas y peticiones, compruebo que mi vida ha tenido un profundo sentido y eso me llena de gozo y de gratitud a Dios. Esta es la maravilla de la vocación universitaria cuando se vive a fondo, en toda su radicalidad: es de verdad un regalo.

Pamplona, 1 de julio de 2020.

Agradezco las correcciones de María Rosa Espot, Teresa Esteban, Ricardo Jiménez, Santiago Legarre, Ángel López-Amo y Marta Pereda, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Audífonos del corazón

        En estos meses de pandemia uno de los términos más en boga ha sido el de la  “distancia social” o el “distanciamiento social“. Aunque probablemente sería más preciso el término “distanciamiento físico”, quizás el adjetivo “social” suene como más elegante. En todo caso la tesis es que la distancia de dos metros entre los seres humanos que no conviven en un mismo hogar protege de la infección de coronavirus.

        Sin embargo, hay un efecto indeseable de esta medida sanitaria: favorece la “sordera social”, esto es, el no escucharse unos a otros. No es solo que las mascarillas hagan más difícil la vocalización y la audición, sino que la preocupación por evitar el contagio guardando la distancia de seguridad puede separarnos de los demás. Me contaba con pena un amigo muy respetable que había sido increpado en la farmacia de su barrio por la persona que tenía delante en la cola por estar a un metro de distancia y no haber respetado los dos metros establecidos.

         Si estamos a dos metros y hay ruido en el ambiente por el tráfico, la música o cualquier otro sonido no resulta fácil prestarse atención unos a otros. A mí me impresionan siempre los jóvenes con los audífonos puestos o el casco como declarando que no están dispuestos a hablar con nadie.

        Hace cosa de veinte años comencé a sentir pitidos en ambos oídos. Me diagnosticaron la dolencia que los norteamericanos llaman tinnitus y los médicos españoles acúfenos (del griego, acu-: sonido, y feno: aparente), esto es, ruidos sin causa externa. Lo peor quizás es que ese ruido interior venía acompañado de hipoacusia, esto es, de una paulatina pérdida de audición, en mi caso sobre todo para los sonidos agudos. Lo más engorroso para mí era la dificultad para seguir una conversación con varias personas en una comida en un restaurante o entender lo que decían las alumnas con voz más aguda en los coloquios que me gusta organizar en las clases. Esto es lo que se llama «sordera social», que resulta dolorosa porque al que la padece le separa de los demás. Como dijo Helen Keller, la famosa sordociega norteamericana: «La ceguera nos separa de las cosas, la sordera nos separa de las personas».

        Me resistía a ponerme audífonos, pues pensaba que eso iba a distanciarme de los alumnos, pero me equivocaba. Hace cosa de cuatro años me puse unos audífonos de gran calidad y eso ha transformado notablemente mi vida, enriqueciendo mi comunicación con los demás. Ahora oigo a las personas cuando me hablan y entiendo a los alumnos en clase, sin necesidad de hacerles repetir su pregunta; incluso llego a oír bastante bien en ambientes ruidosos.

         Cuento esta historia personal de mi sordera para defender que en nuestra sociedad individualista en la que casi todo el mundo va a la suya, en la que los demás son vistos a veces como peligrosos porque pueden contagiarnos, hemos de poner unos audífonos en nuestro corazón para escucharnos pacientemente los unos a los otros de forma que nuestros corazones lleguen a estar sintonizados.

        Se trata de aprender el arte de escuchar. Eso requiere un verdadero interés por lo que preocupa a los demás, a cada uno, independientemente de la importancia que tenga ese asunto para nosotros. Escuchar sin interrumpir a la otra persona, sin impaciencia, nos hace mejores y además consuela y alivia a la otra persona que se siente escuchada y querida. Aprender a escuchar requiere —como advirtió el pedagogo alemán Bollnow en «Educación para la conversación»— renunciar a la seguridad de la propia opinión —aunque se tenga mayor experiencia o autoridad— y ponerse en duda uno mismo sin ningún reparo.

        Además, si uno se empeña en escuchar a los demás —sobre todo a quienes son más distintos o parecen tener opiniones más opuestas— y en aprender de ellos, se crece por dentro y a menudo se establecen relaciones intelectuales y afectivas formidables. Estoy persuadido de que esta es una de las misiones más importantes de la Universidad: enseñar a dialogar, a escuchar las opiniones de los demás y a expresar con libertad y creativamente el propio parecer. Una universidad ha de constituir un espacio en el que todas las opiniones puedan expresarse con tal de que se haga respetuosa y razonablemente.

        Para que haya esta disposición de escuchar a los demás es preciso poner audífonos en nuestro corazón, esto es, adoptar la actitud humilde de querer aprender de los demás.

Pamplona, 22 de mayo de 2020.

Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, Fernando Batista y Marcia Moreno y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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El monstruo del Estado policial

     El pasado jueves 16 de abril recibí por correo electrónico una comunicación de la Asesoría Belagoa, que es la empresa que administra la comunidad de propietarios en la que vivo, diciéndome en un tono que me pareció conminatorio: «Adjuntamos las cuestiones operativas sobre medidas restrictivas del R.D. 463/2020 por el que se prohíbe el uso de zonas comunes (garaje, escaleras, azoteas, etc.) aunque sea para pasear por ellos [sic]. Rogamos cumplan las medidas indicadas por el Ministerio del Interior».

     En el documento adjunto “Cuestiones operativas sobre medidas restrictivas del R. D. 463/2020 por el que se declara el estado de alarma” con membrete de la Dirección General de la Guardia Civil (sorprendentemente de la Zona de Valencia, Comandancia de Alicante, Compañía de Calpe, Puesto Principal de Jávea) figuraba un amplio listado de personas y actividades indicando si podían circular o estar abiertas. Comenzaba en las estaciones de la ITV y las peluquerías —que no podían abrir— y terminaba con los párrocos y sacerdotes, que sí podían circular. Pues bien, en el documento que se me enviaba figuraba subrayado en amarillo: “Se prohíbe el uso de los espacios comunes [de las comunidades de vecinos], aunque sea para pasear por ellos“. Se me cayó el alma a los pies y me parece que merece la pena dar cuenta de su contexto para poder pasar de la anécdota a la categoría.

     El pasado 11 de marzo dio positivo en COVID-19 uno de mi casa, que quedó debidamente aislado en su habitación durante 25 días hasta que se confirmó su curación. Los demás de la casa —otros ocho— entramos en cuarentena cuatro días antes de que el Gobierno español decretara el confinamiento para toda la población. Este confinamiento estricto en casa me planteaba —como a tantos otros— la dificultad de cómo hacer mi “deporte” habitual, indicado por el médico, consistente en caminar diariamente unos 10.000 pasos. Un alumno me escribió contándome que hacía una tabla de gimnasia en su garaje y eso me dio la idea de aprovechar el enorme garaje del bloque de viviendas para pasear. De hecho durante este mes he podido hacer unos 5.000 pasos cada día distribuidos en tres tramos de 20 minutos a las 12, a las 4 y a las 8.

     En estos paseos apenas me he encontrado con nadie, salvo algún día una pareja de jóvenes que caminaban juntos por el garaje —con un ritmo mucho más vivo que el mío—, un padre jugando con tres niños entre 2 y 5 años con unas bicicletas al lado de su coche, y ocasionalmente a algún vecino que llegaba o salía con su automóvil. Nunca tuve ninguna conversación con nadie, salvo un fugaz “buenos días” o “buenas tardes”, y jamás se me ocurrió pensar que ese paseo mío fuera algo prohibido en las condiciones del estado de alarma.

     Sin embargo, lo que más me apenó es caer en la cuenta de que si la Asesoría Belagoa me enviaba aquella comunicación —a mí y a los demás propietarios de la escalera— era porque habían recibido la denuncia de algún vecino. De inmediato vino a mi memoria el control social en los países comunistas que tan bien aparecía reflejado en la película La vida de los otros. ¿A quién puede molestarle que yo pasee durante una hora al día por un sótano frío y oscuro sin tener relación con nadie? Me pareció que era el triunfo del control policial de la sociedad en la que los “buenos ciudadanos” se transforman en denunciantes.

     A raíz de esa comunicación suspendí mis paseos por el sótano. A los pocos días, al regresar a casa procedente de la farmacia, dándole vueltas a esto que me había pasado, vi que en una grieta entre el pavimento y la pared de la casa había brotado una hermosa florecita amarilla. Trajo a mi memoria aquel verso de Neruda que está pintado en la pared de una floristería próxima: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera». Las prohibiciones que se acumulan en estas semanas no podrán cercenar nuestras ansias de libertad.

     Al redactar hoy estas líneas he podido comprobar que el supuesto documento de la Guardia Civil —que me remitió la Asesoría— es falso, lo que hace —me parece— todavía más inicua la situación.

     Temo que el estado de alarma, prolongado durante ocho semanas, ha transformado nuestro país en un monstruoso Estado policial como el que aparecía en la novela 1984 de Orwell. Lo que más ha fallado —me parece a mí— ha sido la pedagogía de los gobernantes, que no han sido capaces de dar razón de las razones que asistían a las diversas medidas que han ido tomando. Esa ausencia de una pedagogía razonable es quizá la que ha convertido a alguno de mis vecinos en un denunciante.

     De hecho, en la anécdota que acabo de relatar con cierto detalle, tanto la Asesoría Belagoa como yo mismo creímos que era verdadera la prohibición de pasear por el sótano contenida en ese supuesto documento de la Guardia Civil, que afortunadamente ha resultado falso. En síntesis, donde no hay libertad, desaparece la ciudadanía, la amistad civil, hasta el punto de que los vecinos pueden llegar a transformarse en potenciales enemigos.

Pamplona, 22 de abril 2020.

     Agradezco la ayuda Jacin L. con las ilustraciones. Cuando subo este post al blog (1 de mayo 2020) se nos ha autorizado a los adultos un paseo al día y hacer deporte de forma individual entre las 6 y las 10 de la mañana y entre las 20 y las 23h de la noche.

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Democracia y coronavirus

         En estos días de cuarentena —llevo ya diez cuando escribo estas líneas— procuro trabajar un poco (4 o 5 horas todos los días: corregir, calificar, escribir a mis alumnos, poner materiales en la web, etc.: todo lo que hoy en día se llama ˝teletrabajar˝ en educación) y, sobre todo, procuro cuidar a los de mi casa y a muchos otros que están físicamente más lejos, pero que las redes sociales y el teléfono ponen a un clic de distancia.

         Desde el principio me puse a dieta de noticias: solo leo el diario local por la noche y veo el telediario a las 9 p.m. en Antena 3. Al comprobar la magnitud de la infección de coronavirus en Italia y España, la impresión de desastre organizativo en ambos países hace que me salten las lágrimas.

        ¿Cómo es posible que unas sociedades democráticas tan avanzadas gestionen tan deficientemente una crisis sanitaria como esta? Quienes nos gobiernan dicen que era imprevisible, que los científicos no avisaron, y excusas de todo tipo. “Algo sin precedentes”, les gusta repetir. Frente a este carácter supuestamente imprevisible, me sorprendió comprobar ayer que ya en marzo de 2015 Bill Gates previno muy acertadamente contra una crisis sanitaria de esta naturaleza, con todas sus consecuencias y dimensiones, en una TedTalk que supera en estos momentos los 24 millones de visitas.

         La buena noticia es, sin duda, que China y Corea después de dos meses de confinamiento de la población en sus casas han cortado las nuevas infecciones. Lo que a mí me preocupa es la dificultad de los sistemas democráticos para afrontar esta crisis y, a la vez, me inquieta el lenguaje bélico que se utiliza en España y en tantos otros países en todos los niveles para describir la «guerra contra el coronavirus». El virus se ha convertido en el enemigo común: «Todos unidos venceremos» viene a ser ahora el lema. No me parece mal ese mensaje, ya que se trata de erradicar el virus no solo de España, sino del planeta Tierra, tal como se hizo hace unos años con la viruela, y para lograr esto resulta del todo imprescindible la cooperación y solidaridad de todos los países.

         De hecho, los gobiernos de los países democráticos han decidido declarar estados de alarma o de excepción para afrontar esta penosa situación; esto es, intentan poner en cuarentena al propio sistema democrático para poder llevar a cabo las políticas sanitarias y sociales de los países autoritarios que más eficazmente han gestionado la crisis. Este es el punto que a mí más me preocupa: se favorece en los medios de comunicación y en la calle la impresión de que la democracia está inerme para afrontar una crisis global como esta. Sin embargo, me parece que lo que estamos viendo es, por una parte, la fragilidad de nuestro sistema sanitario —teóricamente considerado como “uno de los mejores del mundo” y, por otra, la incompetencia general de los políticos y gobernantes que rigen nuestra organización social en Europa, en España y en muchos otros países democráticos. La fragmentación sanitaria de Europa y el cierre de las fronteras internas es quizás el símbolo más obvio de este fracaso.

         Así como este parón nos está llevando a todos a repensar inteligentemente nuestro estilo de vida y nuestras prioridades, ¿podríamos hacer que nuestro sistema democrático aprendiera a gestionar estos grandes problemas en lugar de que nuestros políticos cortoplacistas estén solo pendientes de lo que supuestamente les ayude a ganar las siguientes elecciones?

         Cuando escribí a un experto en ecología social sobre la dificultad de preparar este post de abril, me respondió: «¡Ese es el tema! La mayor o menor parálisis y confusión generadas por lo no esperado nos re-encamina hacia descubrir de nuevo en qué consiste ser humano. Soltando seguridades que son lastre!!!» Lo comprendo a nivel personal, pero me parece que a nivel social nuestra clase política es quizás el lastre del que, una vez superada la crisis sanitaria, deberíamos desprendernos cuanto antes en España y en muchos otros países.

         Leía al filósofo mexicano Guillermo Hurtado: «El fenómeno de la pandemia abarca toda la experiencia humana. No dejemos que su manejo quede en las manos de una élite política, científica o militar». Estoy del todo de acuerdo; esta tremenda crisis sanitaria debe llevarnos a repensar nuestro estilo de vida personal y también a volver a pensar cuál es la mejor manera de organizar nuestra sociedad: es preciso ensanchar y fortalecer la democracia para que no pueda volver a ocurrir una pesadilla así.

Pamplona, 20 de marzo 2020.

Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, Philip Muller y Jordi Puig, y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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¿Trato personal con Dios?

         Hace siete años tuve ocasión de visitar con mi buen amigo el filósofo chileno Patricio Fernández la sala de la Harvard Divinity School en la que Ralph Waldo Emerson pronunció el 15 de julio de 1838 un famoso discurso «The Divinity School Address» que le valió su apartamiento de la Iglesia Unitaria, que regentaba aquella universidad y de la que el propio Emerson había sido ministro.

         En aquella lección Emerson se lamentaba de la falta de vigor de la religión unitaria e instaba a una comprensión más directa y personal de Dios. Tal como se recuerda en la placa de la sala, el lema de su discurso era el de “Acquaint Thyself at First Hand with Deity“, que podría traducirse como “Relaciónate directamente con la Divinidad”. Emerson venía a defender que los seres humanos podían tratar con Dios, más aún, que en cierto sentido Dios estaba siempre en la naturaleza y en el corazón de los seres humanos que se abrían buenamente a Él.

         Emerson fue acusado de panteísmo o de ateísmo, y quizá sobre todo, de menospreciar la religión organizada. No es fácil hacer justicia aquí y ahora a las posiciones enfrentadas entonces. Sin embargo, a pesar de las muchas diferencias y del tiempo transcurrido —más de 180 años— es fácil advertir la actualidad de la cuestión. En cierto sentido el mensaje de Emerson sigue sonando subversivo hoy porque defendía que es posible tratar a Dios sin intermediación ninguna. ¡Cuántos de mis estudiantes —o de los ciudadanos en general— vienen a decir algo semejante al afirmar que creen en Dios, pero que no creen en la Iglesia!

         Sin embargo, el punto que quiero destacar no es el del rechazo de la religión organizada, sino la afirmación —que puede parecer paradójica o asombrosa, pero que se basa en mi experiencia personal y en la de muchos otros— de que es posible tratar personalmente a Dios tal como se trata a un amigo, a un padre, a un hermano. Más aún, los cristianos afirmamos con nuestra vida que no solo es posible, sino que es realmente fascinante el trato con Jesucristo, Dios y hombre, que vivió en Galilea hace poco más de 2000 años y que sigue vivo hoy. Ese trato confiado con Dios puede llegar a generar una amistad afectuosa capaz de dotar de sentido a toda nuestra vida a pesar de sus luces y sus sombras.

         De tarde en tarde aparece por mi despacho algún estudiante que me pide con urgencia: “¡Hábleme de Dios!”, o “¡Hábleme de Jesús!”. En muchas ocasiones se trata de alumnos que no tienen ninguna formación religiosa, a veces ni siquiera han sido bautizados, pero que han descubierto por su cuenta que hay personas que sonríen casi siempre y que parecen felices y que cuando se les pregunta por la raíz de su alegría dicen que es porque cultivan el trato con Dios en su corazón, porque llevan años en conversación con Él.

         A esos visitantes suelo contarles algunos hitos de mi experiencia vital y procuro facilitarles lecturas adecuadas a las circunstancias personales de cada uno para invitarles a recorrer un camino en el que puedan encontrar a Dios o quizá con más precisión en el que Jesús pueda hacérseles el encontradizo. Todo esto con enorme cordialidad y siempre con una encendida defensa de la libertad personal. Como consecuencia de esto, algunos de estos alumnos acuden al yoga en sus diversas formas, a la meditación trascendental o descubren la genuina oración cristiana y acuden paulatinamente a los sacramentos.

         Mi experiencia es que el trato personal con Dios, buscado con tenacidad y con cierta pasión, conduce en la mayor parte de los casos al encuentro o reencuentro con la Iglesia. Me parece que a quienes dicen que creen en Dios, pero no en la Iglesia, se les podría sugerir que quizá no conocen el corazón de Dios y que —tal como sostenía Emerson— hay que comenzar buscándolo en la naturaleza y dentro del propio corazón humano.

         Como afirmaba valientemente el escritor ruso encarcelado Andréi Siniavski (1927-1997) hace más de cuarenta años: “No hay que creer por tradición, por miedo a la muerte o por si acaso. Tampoco porque haya alguien que nos obligue o infunda miedo, ni por razones humanistas, ni para salvarse o para ser original. Hay que creer por la sencilla razón de que Dios existe”.

Pamplona, 23 de febrero 2020.

Agradezco las correcciones de Jacin Luna, Philip Muller, Jordi Puig, Georgina Raventós, Antonio Tormo, y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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El silencio creador

        Ayer estuve en el velatorio del sacerdote artista y escritor Federico Delclaux (Barcelona, 1935) en la Clínica Universidad de Navarra donde acababa de fallecer. Me venía a la memoria su maravilloso libro «El silencio creador» (Rialp, 1969) que tanto me cautivó en mi juventud. Se trataba de una colección de 88 textos de eminentes artistas y autores de los siglos XIX y XX que habían ayudado a Delclaux para comprender el proceso creativo. Así explicaba en la introducción los motivos de la selección que había hecho:

                “Al leer un libro, el monótono pasar de las páginas mide el transcurrir del tiempo. Pero quizás al llegar a un pasaje la lectura se detiene, y la mirada se alza para perderse, mientras el interior late en unidad con lo leído. Esa idea encontrada no tiene por qué ser sorprendente ni nueva. A lo mejor es una idea adquirida ya hace años —tanto tiempo hace, que se tenía como propia—, y que acaba de aparecer ante él, y se vuelve a descubrir la verdad que encierra.

        Es el mismo detenerse del tiempo, a veces, ante un movimiento determinado de Beethoven. Es la misma admiración anonadada ante el fresco de la Capilla Sixtina, o la inocencia que invade quizás al contemplar L’oiseau et son nid de Braque. Un momento en el que el espíritu profundiza en un hondo conocer contemplativo”.

        Los textos escogidos por Delclaux están organizados en cuatro secciones que en la primera edición llevaban estos títulos: 1) La mirada; 2) La vida; 3) El quehacer; 4) El hombre y su obra y el mundo.

        Recuerdo bien cuánto me impactó la primera sección y en particular el texto “Adentro” (1900) de Miguel de Unamuno cuando lo leí en mi primer año de carrera (1970-71): está ahora accesible online en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes .

        Como homenaje agradecido a Federico Delclaux quiero reproducir en este post unas pocas líneas de las sabias palabras con las que abría El silencio creador:

                “Entre las contradicciones internas que se dan en el trabajo creador, hay una que puede llevar hacia la inacción o hacia el activismo estéril. Se trata de esa aparente oposición que existe entre la aventura personal —esfuerzo y hallazgo propios— y el seguir las indicaciones de aquellos que han precedido. Por una parte, si se pierde la espontaneidad, la alegría y el sello personal, la obra será copia, falsa perfección. Pero también hay que tener en cuenta que si no se atiende a lo que han dicho aquellos que han desvelado algo del misterio del arte, puede ocurrir que todo quede en nada. No es suficiente con decir: «Mi fuerza abrirá mi propia senda», porque basta con alzar la mirada para descubrir mucho esfuerzo inútil.

        Todo esto no es nuevo. Y además está grabado en el inestable interior del que crea: al ver tanta obra mal hecha, carente de arte, ¿cómo no darse cuenta de la necesidad de aprender? Y, a la vez, ¿cómo evitar el peligro de quedar abrumado por el peso de los consejos?

        Esta aparente contradicción entre el crear personal y el aprendizaje de los que ya encontraron, quizá se resuelva al considerar que el camino a seguir es amplio, y las señales que lo delimitan pueden llegar a hacerse propias.

        No es necesario extenderse sobre la gran amplitud del camino: basta con mirar la historia para descubrir la variedad de los que lo han recorrido.

        Las señales que lo delimitan son esos valores constantes que encauzan y dirigen. Son generales y encierran vida, y por eso pueden hacerse propios, fundirse en uno mismo. Entonces ya no se verán como ataduras, sino como algo que concreta el fuego interior y lo aviva.

        Después cada uno irá haciendo su andadura personal, aprendiendo de lo cotidiano.”

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         Son palabras maravillosas que invitan —y dan pistas muy certeras para ello— a aprender a vivir la propia vida como una obra de arte, tal como hizo Federico Delclaux.

Pamplona, 24 de enero 2020.

Agradezco las correcciones de Jacin Luna y su ayuda con las ilustraciones.

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Regalar en Navidad

Entrevista de Miriam Lafuente

        La proximidad de la Navidad trae a la cabeza de inmediato el tema de los regalos. El profesor de filosofía Jaime Nubiola escribió hace algún tiempo sobre este asunto en su web y reproducimos aquí sus dos primeros párrafos:

      Las fiestas de Navidad traen a nuestra consideración la vigencia de los valores cristianos que esta celebración encierra. Algunos agoreros se lamentan año tras año de una supuesta pérdida del sentido cristiano de la Navidad al comprobar la sustitución en los grandes almacenes o en espacios públicos de algunos signos navideños tradicionales en España por otros más internacionales que —dicen— ocultan el significado religioso. Otros —que recuerdan inevitablemente al Ebenezer Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens— se quejan amargamente de la brutal comercialización de estas fiestas en las que los ciudadanos se lanzan a despilfarrar desaforadamente sus ahorros de todo el año en las tiendas y grandes almacenes para satisfacer así sus caprichos. Me parece a mí que ni unos ni otros aciertan. Entre luces, villancicos, panderetas y enormes comidas familiares se abre paso nítidamente la conciencia de que Dios ha nacido en Belén y que aquel hecho maravilloso ha cambiado por completo la historia humana y ha cambiado las relaciones entre nosotros.

            El símbolo esencial de la Navidad no son las figuritas de los nacimientos, ni los barbudos Santa Claus o Papá Noel, ni el árbol majestuoso iluminado, ni las herraduras adornadas o las hojas de muérdago, ni el besugo, el cava o los turrones de Jijona. El verdadero símbolo de la Navidad son, sobre todo, los regalos. Los regalos de los pastores y de los magos al Niño son el signo más luminoso de la Navidad cristiana. Frente a quienes piensan que el sentido cristiano de la Navidad se está perdiendo a manos de las campañas publicitarias de los grandes almacenes vale la pena recordarles que gracias al trabajo extraordinario de todos estos comercios en estas fechas, resulta posible que gocemos de la experiencia maravillosa de que «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20, 35). No solo volvemos a ser niños, sino que realmente aprendemos a dar y a recibir que es lo que nos hace realmente humanos.

Le dirigimos algunas preguntas a Jaime Nubiola y estas son sus respuestas.

  1. ¿Qué regalos podría dar a mi familia y amigos esta Navidad que no fueran materiales?

           Cada vez estoy más persuadido de que el mejor regalo que podemos hacernos los seres humanos unos a otros es nuestra atención, nuestra escucha, acompañada de la sonrisa, del abrazo, de la caricia. Como decían Ana Belén y Víctor Manuel en un antiguo álbum: “Para la ternura siempre hay tiempo”. El regalo que los demás necesitan de nosotros es, sobre todo, nuestra ternura, nuestro tiempo y nuestra paciencia.

Viene a mi memoria un anuncio de IKEA de hace un par de años titulado “La otra carta a los Reyes“. Primero los niños escribían una carta a los Reyes Magos y después escribían otra a sus padres con lo que realmente querían de ellos: lo que todos les pedían era tiempo, atención, cariño, en lugar de juguetes. Esa segunda carta era la realmente importante.

      Nosotros —los adultos— podemos también regalar atención a quienes tenemos a nuestro lado y para ello, por ejemplo, podemos apagar del todo el móvil en las reuniones familiares o en los encuentros con los amigos y así podremos escucharles sin distracciones.

  1. ¿En qué reparar antes de hacer un buen regalo material?

            A todos nos gusta recibir regalos, pero sobre todo nos encanta hacerlos. Regalar es dar cosas a quienes queremos como muestra de afecto y sin esperar nada a cambio. Lo primero en lo que hay que reparar es en la ilusión que puede hacer a esa otra persona recibir aquel regalo. Muchas veces no importa tanto el valor económico, sino sobre todo el valor afectivo, el tiempo y la atención que hemos invertido en ese atractivo regalo quizá bellamente envuelto.

  1. Quise quedar con una amiga unas Navidades y me dijo que le encantaría, pero le faltaba tiempo para las compras de Navidad…

            ¡Qué pena! Si no tenemos tiempo en navidades para nuestras amistades, ¿cuándo vamos a tener tiempo? Me parece que la lección y el recordatorio que la Navidad trae a nuestro corazón y a nuestra cabeza cada año es que el ser humano solo se realiza plenamente cuando se regala, cuando se entrega a quienes tiene a su alrededor. Si no tenemos tiempo para quienes nos quieren, ¿de quién es nuestro tiempo? Merece la pena pensarlo, no sea que sean otros —el trabajo, el entretenimiento, la vanidad, el egoísmo— quienes vivan nuestra vida.

  1. A lo largo de la vida recibimos regalos varios, pero algunos nos llegan especialmente al corazón… Un regalo que usted recuerde especialmente y por qué.

            A mí siempre me han gustado mucho los libros. Puede parecer un poco pedante, pero me impactó mucho cuando yo tenía 10 años o así el regalo que me trajeron los Reyes Magos: una edición juvenil de las tragedias griegas de Esquilo cuyo impactante contenido —que mis padres probablemente desconocían— sugería que ya me consideraban casi un adulto.

      Otros regalos que me conmueven siempre son los que me hacen los antiguos alumnos testimoniando su agradecimiento; los conservo con emoción en mi despacho en la Universidad. Me gusta recordar aquello que escribió Emily Dickinson a su mentor literario: “La gratitud es el único secreto que no puede revelarse por sí mismo”.

  1. La publicidad estas navidades nos incita a comprar. Pero, ¿qué regalos no se pueden comprar con dinero?

         Me parece que casi he respondido ya a esta pregunta, pero quiero añadir algo aprendido de un brillante antiguo alumno que el día de Navidad va con la Comunidad de San Egidio en Barcelona a servir un espléndido banquete a varios centenares de personas sintecho de la ciudad. Y no lo hace solo el día de Navidad.

         Más aún, me parece que conviene recordar que lo que sobre todo necesitamos las personas es la conversación amable, la escucha atenta, una sonrisa abierta y, sobre todo, mucho respeto. El respeto es a veces el mejor regalo que podemos hacernos entre nosotros los seres humanos, respetar las diferencias, las personalidades, los gustos, las aficiones y las sensibilidades. ¡Cuántos conflictos nos ahorraríamos en las celebraciones familiares si amáramos un poco más nuestras diferencias! Merece la pena pensarlo y actuar en consecuencia: muchas veces es mejor callarse y sonreír o proseguir la conversación en una dirección más amable. Esto es algo que podría enseñarnos la Navidad.

Pamplona, 24 de diciembre 2019.

P. S. Agradezco a Miriam Lafuente su entrevista y su autorización para reproducirla aquí. Agradezco también la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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El Día Mundial de la Filosofía

             Hace unos días celebramos en mi Facultad el “Día de la Filosofía” con una simpática sesión promovida por los alumnos que incluyó una amena lección del profesor argentino Ignacio Garay bajo el título festivo “Aprobar un examen no es mejor que suspenderlo”, un sencillo aperitivo, y un concurso de “meriendas filosóficas” al que lamentablemente no pude quedarme.

             Al parecer, fue la UNESCO la que introdujo en el año 2005 el Día Mundial de la Filosofía para que se celebrara cada tercer jueves de noviembre tomando pie de la fecha estimada de la muerte de Sócrates (479-399 a. C.). Leo en Wikipedia (en inglés) que con esta celebración la UNESCO «subraya el valor permanente de la filosofía para el desarrollo del pensamiento humano, para cada cultura y para cada individuo. La UNESCO —añade esa entrada de Wikipedia— siempre ha estado estrechamente vinculada a la filosofía, no a la filosofía especulativa o normativa, sino —así dicen— al cuestionamiento crítico que permite dar sentido a la vida y a la acción en el contexto internacional».

             Me parece que esta celebración es un buen motivo para recordar una vez más la importancia de que todos —filósofos profesionales y ciudadanos de a pie, jóvenes y adultos— nos lancemos a pensar, a leer, a hablar y a escucharnos unos a otros en esta sociedad de las prisas y del consumismo. ¡Quizá sea por esa razón que el jueves filosófico se celebra la semana anterior a la del Black Friday! A mí este día me brinda la ocasión de recordar algunas de las ideas que de palabra o por escrito vengo repitiendo desde hace años.

             Suele situarse el comienzo de la filosofía en Mileto hace 2.600 años cuando Tales, Anaximandro y Anaxímenes se plantearon cuál era el origen de las cosas y dieron sus diversas respuestas a esa pregunta. Precisamente uno de los motivos por los que la sociedad utilitarista actual menosprecia a la filosofía es por esa diversidad de opiniones, por las diferentes respuestas que los filósofos ofrecen a unos mismos problemas.

             Nuestra sociedad vive una extraña mezcolanza de una ingenua confianza en la Ciencia con mayúscula y de aquel relativismo perspectivista que expresó tan bien el poeta con su “nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. En contraste con esa actitud, quizá cabe destacar que el profesional —pensemos, por ejemplo, en un buen científico— no es nunca un relativista, no piensa que su opinión en el ámbito de su especialización valga lo mismo que cualquier otra, y, si es honrado, está deseoso de someter su parecer al escrutinio de sus iguales y de contrastarlo con los datos experimentales disponibles. Un buen científico está persuadido de que su opinión es verdadera, de que es la mejor verdad que ha logrado alcanzar, a veces con mucho esfuerzo. Sin embargo, sabe también que su opinión no agota la realidad, sino que casi siempre puede ser rectificada y mejorada con más trabajo suyo y, sobre todo, con la ayuda de los demás, pues la búsqueda de la verdad no es nunca una tarea solitaria, sino solidaria y compartida.

             Lo mismo ocurre en la filosofía cuando se hace bien. En este sentido, pienso que el papel de la filosofía en el siglo XXI pende de que quienes se dediquen a ella logren aunar en un mismo campo de actividad intelectual el rigor lógico y la relevancia humana, que durante décadas han constituido los rasgos distintivos de dos modos opuestos de concebir la filosofía. Articular el rigor de la filosofía académica con los más profundos anhelos de los seres humanos viene a ser lograr una genuina forma de vida filosófica en la que se articulen la confianza en la capacidad de nuestra razón y el simultáneo reconocimiento de sus flaquezas y límites.

             La filosofía no es —ni puede ser— un mero ejercicio académico, sino un instrumento para la progresiva reconstrucción crítica y razonable de la práctica cotidiana, del vivir. En un mundo en que la vida diaria se encuentra a menudo alejada por completo del examen inteligente de uno mismo, una filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos —tal como ha hecho buena parte de la filosofía moderna— es un lujo que no podemos permitirnos. “Hoy —escribía Thoreau en 1854— hay profesores de filosofía, pero no filósofos. Y sin embargo es admirable enseñarla porque en un tiempo no lo fue menos vivirla. […] El filósofo va por delante de su época incluso en su forma de vivir”.

             Como los demás saberes humanos, la filosofía está comprometida con la verdad. La verdad es primordialmente aquello que las personas anhelamos y buscamos. La verdad buscada es la verdad objetiva; es la verdad objeto de los afanes compartidos en el espacio y en el tiempo de cuantos han dedicado sus vidas a saber y a generar nuevos conocimientos. Quienes empeñamos nuestras vidas en saber no lo hacemos por afán de poder ni mucho menos por escribir unos libros que nos hagan millonarios, sino que lo que nos mueve realmente es el saber mismo: nuestras vidas están animadas por el deseo de averiguar la verdad, por el “impulso —escribió Charles S. Peirce— de penetrar en la razón de las cosas”. Lo que queremos —en expresión de Hannah Arendt— es comprender.

            Para mí una clave decisiva es reconocer que los diversos pareceres formulados seriamente en todas las cuestiones opinables encierran algún destello de la verdad; de todos esos pareceres algo podemos aprender. La defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión de Stanley Cavell— maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro.

             Quizá por eso llamó particularmente mi atención la conferencia de Ignacio Garay “Aprobar un examen no es mejor que suspenderlo” con la que nuestros alumnos celebraban festivamente el Día Mundial de la Filosofía. Con expresión muy querida de Leonardo Polo, deseo terminar estas líneas con su “Siempre se puede pensar más”: esto es, sobre todo, a lo que nos invita este día.

Pamplona, 30 de noviembre 2019.

Agradezco la corrección de Teresa Esteban y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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