Una luminosa mañana de octubre

         Hoy ha amanecido el típico día de otoño en Pamplona: frío, nublado, con gotas de lluvia en el aire. Aunque todavía estemos en el verano astronómico, no cabe ningún engaño: el otoño está ya muy cerca. Mientras bajaba paseando hacia la Universidad venía a mi memoria, como en contraste, la primera vez que acudí a Navarra hace ahora precisamente cincuenta años.

         La ocasión fue una asamblea de la Asociación de Amigos de la Universidad el 8 de octubre de 1967, a la que concurrieron unas veinte mil personas de toda España. Tuve la suerte de poder acudir desde Barcelona en un tren —me parece recordar— especialmente habilitado para aquel evento. Aquella reunión comenzó con una impresionante misa al aire libre, celebrada por san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei y de la Universidad. Era una luminosa mañana de octubre, limpia, fresca y con sol, como suelen ser algunos de los días del magnífico otoño pamplonés.

         Cuando llegué había ya mucha gente congregada en la explanada delante de la Biblioteca de la Universidad. Tuve que permanecer de pie toda la misa y bastante lejos del altar, que apenas veía. Pero en cambio, el sonido era perfecto. La voz de san Josemaría, con su fuerte modulación aragonesa, penetró hasta el fondo de mi alma. Muchas de sus palabras de aquel día no han dejado de resonar desde entonces en mi memoria. Quizás en particular su defensa de la unidad de vida: «¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y esa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales».

         También se grabó en mi memoria su cita de Antonio Machado, del que era y sigo siendo un gran entusiasta: “Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas” (Proverbios y cantares, XXIV). De hecho, cada mañana recuerdo esa letrilla cuando al dirigirme a mi despacho cruzo la entrada del Edificio de Bibliotecas donde san Josemaría pronunció aquella homilía y de nuevo resuena por un instante en mi corazón su cálida voz. ¡Poco podía imaginar en 1967 —contaba apenas catorce años— que iba a acabar trabajando en la Universidad de Navarra durante más de cuarenta años!

         El texto impreso de la homilía vería la luz con el título “Amar al mundo apasionadamente” y se conserva la grabación sonora a disposición de quien quiera escucharla. En particular me impactó —me sigue emocionando cada vez que la leo— aquella hermosa metáfora: «En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…». Esa homilía es, junto con Camino, uno de los textos más importantes para entender el Opus Dei y calar en su originalidad, su frescura evangélica y su hondura teológica.

         Por la tarde de aquel domingo 8 de octubre de 1967 hubo en la explanada de la Biblioteca un encuentro informal de san Josemaría con la multitud de personas que había acudido a la Asamblea. No recuerdo nada de aquella tertulia, salvo las canciones acompañadas por la guitarra que amenizaron la espera. Sí recuerdo que intenté acercarme a san Josemaría con la intención de tocarle. No lo conseguí pues unos fornidos estudiantes universitarios provistos de brazalete no me dejaron llegar hasta el estrado.

         ¿Por qué me atraía tanto san Josemaría? Lo he pensado mucho desde entonces y me parece que san Josemaría atraía porque comunicaba su vibración sobrenatural, transparentaba su estrecha intimidad con Dios. Lo que cautivaba de él no eran sus virtudes humanas —que eran muchas—, su simpatía, su cordialidad, sino su identificación con Jesucristo y su total entrega a la misión que le había sido encomendada. Sus palabras y su vida movían —al menos así lo sentí— a seguir más de cerca a Jesús renunciando a la comodidad y al egoísmo personales, movían a poner la vida al servicio de la tarea de la Redención.

 

         Al cumplirse los cincuenta años de aquella luminosa mañana de octubre, me alegra poder evocar con gratitud y emoción aquel encuentro.

Pamplona, 20 de septiembre 2017

 

         Agradezco las correcciones de María Rosa Espot y Rocío Montuenga y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

 

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Compartir es vivir

         Hace dos semanas vino a visitarme a Pamplona una valiosa antigua alumna que durante los últimos años ha recorrido medio mundo con estancias de estudio (Madrid, Almaty, Varsovia, Dubrovnik, etc.). Me contaba que había decidido regresar a su ciudad natal porque compartir es vivir. Tomé nota de su comentario porque me impactó esa expresión.

         Muchos jóvenes hoy piensan que vivir es viajar, tener nuevas experiencias en lugares insólitos: desde montar en camello por el desierto del Sahara hasta bucear en los arrecifes de coral del mar del sur de la China, pasando por colaborar con una ONG en las inmediaciones del lago Turkana o contemplar el amanecer en un pico de los Andes. Sin embargo, antes o después, recapacitan como el hijo pródigo y caen en la cuenta de que la calidad de una vida está en función de la calidad de las relaciones afectivas libremente elegidas. Quien vive moviéndose de un lado para otro acumulando nuevas experiencias está siempre despidiéndose de personas a las que quizás ha comenzado a querer. Inevitablemente va desgarrando periódicamente su corazón. “Volveré a mi ciudad, recuperaré los lazos familiares, los amigos de la infancia y juventud”, se decía a sí misma —y me decía a mí— aquella antigua alumna que había recorrido medio mundo.

         Los seres humanos no podemos vivir a la intemperie; necesitamos un hogar, ese “lugar al que se vuelve”, como dice hermosamente Rafael Alvira. Sin duda la convivencia con los demás inevitablemente genera en ocasiones algunos conflictos, pero a su vez el aislamiento radical empobrece nuestra vida hasta dejarla falta de sentido.

         Para vivir de verdad hay que compartir nuestra vida con otros a los que queramos, hay que con-vivir. A la vez es preciso aprender a crear espacios y tiempos para poder cultivar nuestra vitalidad interior que es precisamente lo que podemos compartir con los demás. La superficialidad —que quizá caracteriza el estilo de moda en la actualidad—, la búsqueda de la gratificación inmediata y el miedo al compromiso imposibilitan el desarrollo de un horizonte personal que dé sentido a nuestra vida.

         Así somos los seres humanos: hacemos nuestra biografía con los demás y vivimos compartiendo nuestra vida. Como me escribe Gabriel Zanotti: “Menos turismo y más hogar”. O más poéticamente el aforismo de Enrique García-Máiquez: “Las raíces del hombre son las personas que ama”.

Pamplona, 28 de agosto 2017.

P. S. No me resisto a añadir como apostilla el atractivo testimonio que me escribe la filósofa Marcela C. desde Chile:

         “Hace poco más de tres meses nació nuestro séptimo hijo: Agustín. Así que he estado muy ocupada el último tiempo con la maternidad por siete! Y te escribo ahora con Agustín en los brazos…

         Sobre el texto que envías ahora, pienso que se trata de la verdad humana más radical y, al mismo tiempo, la más olvidada en nuestros días. Es muy triste ver tantas vidas frustradas porque no han sabido compartir. ¡Qué importante es la familia! El lugar donde se vuelve, pero, también, el único lugar donde germina y se cultiva la capacidad de amar. Comprender estos misterios es una tarea que requiere del fuego lento al que crecemos en la familia. Poco a poco, en la vida cotidiana. En la convivencia diaria con personas que amamos y que nos aman.”

         Agradezco las correcciones de Fernando Batista, Marinés Bayas, Ángel López-Amo y Rocío Montuenga, y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Vivir en modo avión

         Durante las últimas seis semanas he estado viviendo en modo avión. No es que estuviera volando todos los días, ni tampoco es que dormitara por las noches en un estrecho sillón como suele suceder en los aviones. Como intentaba concentrar toda mi atención en el trabajo que tenía entre manos, decidí desconectar por completo de los periódicos online y de la televisión. Hoy en día son, sobre todo, medios de entretenimiento y de distracción, esto es, de todo lo que yo precisamente quería huir en esas semanas. Realmente no me costó mucho esfuerzo. En mi ayuda venía aquella sabía frase de Ralph Waldo Emerson que gusta de repetir mi maestro Alejandro Llano: “La concentración es el bien; la dispersión el mal”. En momentos de cansancio lo que hacía era salir a dar un paseo por el campo o escuchar música.

         Unos pocos meses antes había leído -precisamente en la revista Aladierno de Air Nostrum Iberia Regional- lo que escribía el periodista valenciano José Carlos Arnau: “El popular ‘modo avión’ de los móviles debería ser el título de una terapia para encontrar la paz y el equilibrio vital que tanta falta nos hace para formar una sociedad sana y culta”. Me gustaron esos dos últimos adjetivos: para una vida saludable y cultivada hace falta esa terapia que consiste en desconectar de las distracciones para poder dedicar toda nuestra atención a una sola tarea.

         Este es probablemente uno de los motivos del fascinante encanto de la escritura cuando se hace bien: es como una anestesia que borra todo sufrimiento. Cuando me pongo a escribir con toda mi atención, sin espacio para interrupciones interiores ni exteriores, todas mis inquietudes desaparecen, se evaporan.

         Vivir en modo avión evita, por ejemplo, las llamadas por teléfono inoportunas y hace posible prestar atención solo a aquellas personas a las que uno quiere y le quieren, y permite hacerlo en los momentos en los que uno está relajado y puede atender el email, el teléfono o los mensajes con todo el cariño y la atención que se precisen en cada caso.

         Desde hace años, cada noche al retirarme a dormir me retiro realmente de la tecnología, esto es, pongo en modo avión mi teléfono y no lo reactivo hasta después del desayuno del día siguiente. Probablemente gracias a eso duermo tranquilo, pues no recibo ni llamadas, ni emails, ni sms, ni whatsapps y, si me despierto por la noche, no consulto mi móvil pues no ha podido entrar nada nuevo.

         He quedado encantado de la experiencia de desconexión de los periódicos online y de la televisión durante mis seis semanas en los Estados Unidos. De hecho, al regresar a España, he podido comprobar que no me había perdido nada que fuera realmente relevante. Seguían los mismos personajes ocupando el espacio público y diciendo casi siempre las mismas banalidades. Nada de lo que dicen, en última instancia, me afecta personalmente. En cambio, veo que lo que realmente interesa a la gente son los fichajes del fútbol que en estos días están en plena efervescencia mediática.

 image3        Hoy en día educar la atención es quizás la tarea vital más acuciante. Como escribía el poeta norteamericano Christian Wiman: “Vivimos ahora en un mundo que parece casi diseñado para erradicar la vida interior”. Por ello, el empeñarse en vivir en modo avión puede ayudarnos mucho a recuperar la capacidad de atención.

Pamplona, 27 de julio 2017.
P. S. Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

 

 

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No somos islas

         Desde hace años, concretamente desde que en octubre del año 2008 visitó la Universidad de Navarra, soy un gran admirador de Mark Zuckerberg, el joven creador de Facebook. En aquel momento Facebook —fundada apenas 4 años antes— tenía ya 110 millones de usuarios; ahora ha llegado a los 2.000 millones de usuarios activos al mes en todo el mundo. ¡Más de una cuarta parte de la población mundial usa Facebook! Ninguna red social había logrado esto nunca. Lo que más me impresiona de Facebook es su uso tan fácil y —quizá por ser catalán— el que resulte gratis para el usuario. Todo está pagado por la publicidad que, por otra parte, me parece que no resulta agresiva ni molesta.

        La idea original de Facebook expresada en su misión —muy al estilo norteamericano— era “dar a la gente el poder de compartir y hacer el mundo más abierto y conectado”. Sin embargo, el pasado 22 de junio Zuckerberg anunció en una reunión en Chicago un cambio que puede ser importante. La nueva formulación de la misión de Facebook es ahora la de “dar a la gente el poder de construir comunidad y así juntos hacer el mundo más cercano”. En inglés resulta quizá más atractivo: To give people the power to build community and bring the world closer together. La razón de este cambio es que Zuckerberg se ha persuadido a lo largo de todos estos años de que para hacer un mundo mejor no basta con que esté más abierto y conectado, sino que es preciso favorecer que las personas singulares participen en comunidades efectivas que les permitan salir de su soledad, casi siempre dolorosa y a menudo terrible, para ayudar a los demás.

       El primer paso que está dando Facebook es intentar favorecer la creación de grupos de intereses en torno a temas vitales, liderados por personas capaces y con tiempo para atender las necesidades de cada comunidad. Se trata de superar los pequeños límites de las comunidades familiares y sociales al uso, para intentar vertebrar a la gente en torno a proyectos de mayor alcance. No se sabe si funcionará, pero me parece admirable el intento.

      En el fondo no es muy distinto de lo que intento yo con mis clases o mis escritos: invitar a cada uno a pensar y a moverse con otros para hacer un mundo un poco mejor para todos. Anteayer en Indianápolis —donde estaba trabajando unos días en el Peirce Edition Project—, me llamó la atención el letrero que figuraba en el lateral de una camioneta de distribución de cerveza: “Think globally, drink locally“. Lo traduje festivamente para mí como “Piensa a lo grande y bebe (más cerveza) con tus amigos”. Quizá también podría leerse del revés, más o menos así: “No pienses en pequeño; no bebas a solas”.

     Un rasgo detectado universalmente en los llamados países avanzados es la creciente soledad de sus habitantes. Es terrible, es inhumana. El aislamiento es el castigo más duro que puede aplicarse a un ser humano. Me contaba un alumno checo que su padre, internado por años en las cárceles comunistas de su país, había estado castigado en una celda de aislamiento y sus guardianes acudían semanalmente a su celda para pegarle. El aislamiento se le hacía tan penoso que —según le había referido a su hijo muchas veces— prefería la tortura física a la soledad.

        No somos islas, no podemos aislarnos. Dicho positivamente, hay que decir que sí siempre cuando nuestros colegas, amigos y vecinos nos invitan a tomar parte de actividades que de suyo no nos apetecen. Lo importante no es el qué, sino el estar con otras personas, convivir, compartir el tiempo, el espacio, la diversión, las penas, la comida y la bebida. Pero además, hay que aprender a compartir las preocupaciones, esto es, a unirse con otras personas que como nosotros sienten inquietud por alguna cuestión importante que aqueja a la sociedad: desde la ecología urbana hasta la curación de las enfermedades, pasando por la eliminación de la pornografía o la promoción de la creatividad en el sistema educativo.

        “Si facilitamos a la gente la forma de conectarse y le damos un sentido de apoyo, —decía Zuckerberg al término de su charla en Chicago—, esto puede llevar a cambios importantes. Si muchos de nosotros trabajamos para construir una comunidad y hacer así juntos un mundo más cercano, podríamos cambiar el mundo”. No lo decía Zuckerberg, pero quiero añadirlo yo: es cuestión de inteligencia y de cariño, de querer a los demás y de pensar en ellos; de poner la cabeza y el corazón a trabajar con los demás y en favor de los demás. Se trata, por tanto, de no encerrarse cada uno en su isla.

Indianápolis, 23 de junio 2017.


Agradezco las correcciones de Corina Dávalos, Teresa Esteban, Enrique García-Máiquez, Ángel López-Amo y Beatriz Sierra y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Cincuenta años después

   El 1 de junio se cumplen cincuenta años del lanzamiento del LP de los Beatles Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Lo recuerdo muy bien, pues aquel verano de 1967 tuve la suerte de estar los meses de julio y agosto en Galway, en la costa oeste de Irlanda, y aquel hermoso álbum fue una de las primeras cosas que adquirí. Lo escuché millares de veces y me aprendí las letras de memoria.

  Mis amigos y yo estábamos persuadidos de que con aquella colección de canciones comenzaba una nueva época, al menos, en la música moderna. Quizá por eso en la propia cubierta del álbum aparecían a un lado los modelos en cera de los “viejos” Beatles, serios y como con cara de entierro o de despedida, mientras que en el centro estaban los nuevos con uniformes psicodélicos de guardias eduardianos, rodeados de un abigarrado conjunto de personajes más o menos estrafalarios, desde el boxeador Sonny Liston hasta la actriz Diana Dors, pasando por Stan Laurel, Lawrence de Arabia o Karl Marx. Aquella enigmática carátula nos parecía algo del todo rompedor, algo radicalmente nuevo respecto de todo lo que hasta entonces habíamos visto.

    Han pasado cincuenta años y sigo escuchando con gusto aquellas canciones mientras escribo estas líneas. Gracias a internet he podido documentarme un poco más sobre la historia de su composición y de su éxito sostenido desde entonces: se trata al parecer de uno de los discos más vendidos de todos los tiempos (32 millones de copias). Lo que más me impresiona no es su éxito fulminante, sino, sobre todo, las horas de trabajo que aquel magnífico disco tenía detrás. El álbum fue grabado entre finales de noviembre de 1966 y el 21 de abril de 1967. Un total de 700 horas de grabación para un disco que no llega a los 40 minutos. Una simple división arroja un promedio de 17 horas y media de grabación por cada minuto del disco.

    Da mucho que pensar. La calidad no es nunca fruto de la improvisación ni del azar, sino que lleva detrás siempre muchísimas horas de trabajo inteligente y tenaz. Hace dos años con ocasión del cincuenta aniversario de Yesterday, la conocida balada de McCartney, me enteré de una parte de la historia de esa hermosa canción. Al despertar Paul McCartney una mañana de 1964 tenía esa melodía en su memoria: le pareció maravillosa y se puso de inmediato al piano con una grabadora para no olvidarla. Le parecía tan buena que no creía que fuera suya; pensaba que la habría copiado de alguien. Le llevó meses cerciorarse de que no era un plagio. Me parece que hay algo profundo en esta historia: la humildad del artista que se da cuenta de que su obra cuando es realmente buena, en cierto sentido misterioso, le supera. Es siempre un triunfo del espíritu que premia espléndidamente el pobre esfuerzo creativo personal.

         Según dicen, When I’m Sixty Four [“Cuando tenga 64 años”] fue la primera canción grabada para Sgt. Pepper’s a partir de otra más simple que McCartney había escrito a los catorce años. En 1966 hizo una nueva versión para su padre que cumplía entonces los 64 y es la que, arreglada y enriquecida, se incorporó al álbum:

         When I get older losing my hair, many years from now (…)

      Cuando hace cincuenta años escuchaba aquella canción, curiosa y simpática por su estilo años veinte, nunca imaginé que llegaría a alcanzar esa edad: ¡los 64 años! No he perdido el pelo, pero sí que ahora lo tengo gris. Este medio siglo se me ha pasado muy rápido y me impresiona que un LP que me encandilaba hace cincuenta años siga gustándome ahora. Realmente las canciones aprendidas en los años de juventud tienen un gran poder para conformar los sentimientos, pues quizá corre a su cargo una parte muy importante de nuestra educación sentimental.

     De hecho, con el paso de los años he ido recuperando tanto las canciones como los libros de mi adolescencia en la que se me abrían tan diversos horizontes: tenía delante de mí la aventura fascinante del vivir. Ahora que ya he vivido, traigo al presente aquellas canciones y novelas y así son al menos jóvenes mi memoria y mi corazón. Muy probablemente seguiremos siendo jóvenes mientras sigan gustándonos las canciones de nuestra juventud, las canciones de hace cincuenta años.

Elorrio, 1 de junio 2017.

P. S. Agradezco las correcciones de Rocío M. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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A flor de piel

         Leo en la prensa —y me impacta— una cita de Paul Valéry,1599px-Sete_cimetiere_marin_2.JPG el poeta francés autor de El cementerio marino: “La piel es lo más profundo que hay en el hombre”. En unas pocas palabras el poeta dice algo que siempre había pensado, pero nunca había llegado a expresar y me conmueve por su verdad. Lo más profundo de los seres humanos no son los riñones, el hígado o el bazo, sino lo que se ve más, la piel que nos abre al mundo, a los demás y que conserva anotado el fiel registro de nuestra vida.

      Un dermatólogo amigo me explica que en el desarrollo humano tanto la piel como el sistema nervioso y el cerebro proceden del ectodermo, que es la capa germinal más externa del embrión. Lo que al ignorante —acostumbrado como yo a pelar la fruta y tirar finaaaaaaaaaaaalla piel sin prestarle mayor atención— puede parecerle de menos importancia, resulta que, al menos en el caso de los seres humanos, es de una relevancia capital para su desarrollo.

         Por eso, no andan desencamineccema+numularI1ados quienes repiten que la piel es el espejo del alma. Con ello quieren decir que muchas enfermedades psicosomáticas —el famoso estrés entre ellas— se expresan a través de la piel en forma de erupciones, eczemas, dermatitis, manchas y demás excrecencias que a tantas y tantos torturan en estos tiempos de enorme control social de la imagen. Probablemente con esa expresión quieren decir también que en la piel, quizá sobre todo en el rostro, se refleja fielmente lo que con el pasar de los años ha sido una vida. “La piel no engaña”, se añade muchas veces.

      IMG_1995Miro yo la piel de mis manos —ya envejecidas y algo coriáceas— y descubro pequeñas cicatrices que son el recuerdo de percances infantiles, caídas de bicicleta, mordeduras de perros, accidentes domésticos en la cocina; sigo mirando los brazos y el resto del cuerpo y no dejan de sorprenderme los rastros de las vacunas, las cicatrices de pequeñas intervenciones quirúrgicas, las manchas, pecas y demás protuberancias multicolores.

         Me dicen que hay una industria inmensa en torno a los cuidados de la piel deimage2 varones y de mujeres, sea para ocultar las pecas y otras manchas oscuras o rojeces que a tantos horrorizan, para dar tersura, quitar flacidez, eliminar arrugas o muchas otras cosas. Se trata de intentar borrar los residuos que el paso del tiempo va dejando inevitablemente en nuestra piel. Quizás en otros tiempos se veneraba a los ancianos y a sus arrugas: ahora ya no; la arruga ya no es bella. Ahora se lucha denodadamente contra todos los síntomas visibles del envejecimiento.

IMG_1954         Un caso particular son las cicatrices. De forma parecida a la moda de los tatuajes tan extendida en nuestro país, hay etnias en África, América y Oceanía en que las mujeres y los varones se adornan profusamente la cara u otras partes del cuerpo con incisiones y cicatrices, con escarificaciones, incluso a veces de diversos colores. A los europeos esto no nos gusta mucho, pero va llegando también esa práctica a nuestro país, en especial como seña de identidad de grupos contraculturales. Me encoge el ánimo cuando quienes dañan su piel son chicas jóvenes que se hacen cortes en los brazos con una cuchilla para image3demostrarse que están vivas. Lo llaman cutting y me parece siempre que es síntoma de una grave enfermedad del alma.

         Es difícil —casi imposible— eliminar las cicatrices del cuerpo. Para mí son signo de que hemos vivido, de que hemos tropezado, que nos hemos caído, que ha habido percances que han herido nuestro cuerpo y quizá también nuestra alma. De san Josemaría aprendí a mirar como condecoraciones las cicatrices que dejan las heridas recibidas en una batalla. Siempre me impresiona ver esos viejos medallas-militares-2732651generales con la pechera llena de medallas en sus uniformes de gala. Quien no lucha no recibe heridas, quien vive entre almohadones no recibirá jamás un rasguño en su piel, pero tampoco ganará una medalla por su heroísmo.

         En contraste con todas esas lesiones que tanto afectan al cuerpo, los abrazos, los besos y las caricias no dejan marcas en la piel, sino que se graban para siempre en nuestras almas. Y esto es así porque los seresabrazopoema humanos no tenemos el alma en la glándula pineal —como al parecer sostuvo Descartes—, sino que más bien llevamos el alma a flor de piel. Por eso Paul Valéry expresaba una gran verdad cuando escribía que la piel es lo más profundo que hay en los seres humanos.

Pamplona, 22 de abril 2017

P. S. Agradezco las correcciones del Dr. Pedro R. y María del Sol R., así como la ayuda de Jacin L. y Ainhoa M. con algunas ilustraciones.

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Amigos de juventud

         Leo en la novela “Y después…” del escritor francés Guillaume Musso, que me recomendó una estudiante: “Se es joven una sola vez, pero nos acordamos de ello toda la vida”. Se trata al parecer de un fragmento de un diálogo de la película Liberty Heights (1999) de Barry Levinson. Al adentrarme en los 60 van muriéndoseme los amigos de juventud con quienes tanto quería y a quienes tanto quise. A veces la primera noticia de ellos que recibo en años es la de su muerte y me reprocho el no haber salido a buscarlos.

Así me pasó hace unos pocos días con Alf a quien tanto traté entre 1973 y 1978: me vino su recuerdo a la cabeza no sé por qué, lo busqué en internet y encontré su esquela del pasado diciembre. No recuerdo que hubiera ningún hecho concreto que nos distanciara. Simplemente la vida nos separó cuando yo me vine a Navarra y no hice nada por cultivar su trato. Pasaron los años, vivíamos a varios cientos de kilómetros de distancia y la amistad se fue difuminando por la falta de trato. Algo parecido me ocurrió con muchos otros amigos de mi infancia y juventud más o menos inadvertidamente, quizá también porque, al cambiar de ciudad y de entorno profesional, fui conociendo nueva gente y haciendo nuevos y buenos amigos. Caigo de nuevo en la cuenta de la penetrante clarividencia de aquel dicho de Kierkegaard “Vivimos hacia adelante, pero comprendemos hacia atrás” y me lamento de tantos amigos perdidos.

         Con palabras de un ilustre intelectual catalán me gusta repetir que “la amistad se nutre de cotidianeidad”. Si no se cultiva a diario, la amistad se pierde y queda solo un afectuoso recuerdo. En cambio, si se recupera el trato, quizá sea posible reanudar la amistad como si nunca se hubiera interrumpido. ¡Qué misterio este de la amistad! La amistad es cuestión de mutua dedicación de tiempo, pero también requiere una comunidad de intereses vitales y de sintonía de los corazones.

         A menudo tengo la impresión de que la gente joven hoy en día sabe mucho de sexo y muy poco de amistad. Se trata, sin duda, de un fenómeno muy complejo, pero me parece que muchos jóvenes echan de menos una adecuada educación para la amistad, que a la larga puede mostrarse como mucho más necesaria incluso que la propia educación sexual. Invité hace unos días a la profesora Ana Mª Romero Iribas a que impartiera una sesión sobre esta materia en un curso de formación de profesores y quedé una vez más deslumbrado. Me parece que también quedaron impactados las dos docenas de profesores de secundaria que la escucharon atentamente durante hora y media.

         Para Aristóteles la amistad era “lo más necesario para la vida, pues sin amigos nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos. Probablemente todos estemos de acuerdo con Aristóteles en la importancia de la amistad para que la vida tenga sentido, para que la sintamos de verdad llena. Por eso, me gusta decir que debemos ir siempre como los taxis con la luz verde encendida, anunciando que queremos hacer nuevos amigos, que estamos dispuestos a conocer a nuevas personas, y a quererlas y acogerlas en la intimidad de nuestra amistad.

        Pero lo que quiero recalcar en esta ocasión es la importancia del cuidado de los amigos de la infancia y juventud. Me parece que merece la pena intentar recuperar el trato con aquellos cuya amistad se haya desvanecido con el paso del tiempo.  Aquellos amigos a los que nos unieron los años compartidos en las aulas y en los juegos y, sobre todo, unos comunes anhelos de futuro. Con mis amigos de juventud queríamos cambiar el mundo y queríamos hacerlo juntos. Me escribía mi amigo Rafael Tomás Caldera de su agridulce experiencia a este respecto: “En ocasiones puede llevar más tiempo, pues hay que contarse tantas cosas… Y a veces se descubre que ya no vamos en la misma dirección y no hay interés en un nuevo encuentro”. Probablemente tiene toda la razón del mundo, pero no me conformo. Quiero recuperar —al menos quiero intentarlo— el trato afectuoso con mis amigos de juventud.

Pamplona, 21 de marzo 2017

Agradezco las correcciones de mi amigo de juventud Ángel López-Amo y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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