Todo está conectado

    DSC09154     En mis vacaciones de verano he vuelto a leer con gusto El libro de las tierras vírgenes en la misma edición que leí repetidas veces en mi juventud (Gustavo Gili, Barcelona, 1960). He leído ahora —probablemente por primera vez— el prólogo del traductor Ramón D. Perés para la primera edición española (1904) que justificaba aquel título frente al original The Jungle Book. Se trataba de la recopilación de cuentos publicados por Rudyard Kipling entre 1893 y 1894, que le haría obtener el premio Nobel de Literatura en 1907.

         Desde hace años quería volver a leerlo, pero me decidí solo hace unas semanas cuando me topé con un comentario del filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera al respecto. En una conferencia a universitarios hablaba Caldera de cómo un rasgo propio de la persona es la profundización interior que se pone de manifiesto en la mirada. “Recordarán —añadía— como en el Libro de la Selva ninguno de los animales podía sostener la mirada de Mowgli, el cachorro humano. Y no era eso en verdad, sino que los ojos de ningún animal transmiten el sentido que nos trae el ojo humano al mirarnos”.

         Viene esto a cuento porque en estos días de descanso en las montañas he podido leerimage4 también con enorme interés la reciente encíclica del papa Francisco Laudato si’ “sobre el cuidado de la casa común”. La encíclica refleja una profunda mirada humana al medio ambiente en el que se desarrolla nuestra vida a escala global y local en esta segunda década del siglo XXI después de doscientos años de acelerado progreso económico e industrial. Me parece que la intuición central de todo ese documento es la afirmación —reiterada varias veces a lo largo de sus páginas— de que todo está conectado y, por tanto, de que nada de lo que ocurra en este mundo puede resultarnos indiferente: somos cada uno responsables de toda la familia humana de hoy y también de la calidad de la vida de aquellos que vendrán después de nosotros. Somos responsables de lo que hagamos con el planeta Tierra y con todos los recursos que en él nos han sido dados.

         Como a la vez leía a Kipling, la llamada del Papa me recordó en cierto modo a la images-1Tregua del Agua proclamada por Hathi, “el elefante salvaje que puede vivir hasta cien años o más”, cuando a causa de la gran sequía vio asomar en medio de la corriente del río Waingunga un largo y descarnado banco de piedra azul: era la Peña de la Paz. Al asomar aquella piedra alargada había de proclamarse la Tregua, pues era señal de que aquella delgada corriente de agua era el único lugar en muchos kilómetros a la redonda en el que los animales podían abrevar. Según la ley de la Selva “se castiga con pena de muerte al que mata en los sitios destinados a beber desde el momento en que la Tregua del Agua ha sido proclamada. La razón que hay para esto es que el beber es antes que el comer”.

         Algo así está proclamando el papa Francisco con esta nueva encíclica, image2 copiaque incluye también una severa denuncia del control del agua por parte de grandes empresas mundiales (n. 31). En lugar de pelearnos unos con otros, hemos de aunar esfuerzos para mejorar la calidad de vida en nuestro mundo compartido. El papa Francisco advierte con claridad que, si seguimos así, el individualismo rampante y el egoísmo de los más ricos llevarán probablemente a nuestro mundo humano hacia su destrucción. Por eso su llamamiento —”llamado”, escribe con amable expresión latinoamericana— estriba en cuidar nuestra casa común, uniendo a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral. “El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común” (n. 13).

  image1       Algunos de los primeros lectores de la encíclica han reprochado al Papa por —dicen equivocadamente— entregarse en brazos de los defensores de que el calentamiento global está causado por la actividad humana; otros por su incisiva denuncia del sistema financiero que ha desarrollado una inequidad a escala planetaria arrojando a tantos a la miseria. Son más de 80 páginas llenas de ideas sugerentes y de afirmaciones rotundas en las que se abordan muchos aspectos de la organización de nuestra sociedad.

         Me parece a mí que las afirmaciones del Papa son efectivamente revolucionarias en el sentido de que nos invitan —nos urgen— a cada uno de nosotros a un cambio de estilo de vida, a una revolución en la que el centro de nuestra mirada esté verdaderamente en los demás, en lo compartido, en lo común. A mí me recuerda a uno de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos denunciando las tremendas injusticias de la sociedad pagana: ahora como entonces no dejaban a nadie indiferente.

         Aunque sea una anécdota mínima, no quiero terminar sin evocar la atractivaimage2 campaña que puede verse en la puerta del Edificio Amigos de mi Universidad. Con la prohibición legal de fumar en los edificios universitarios, se ha creado un problema de acumulación de colillas en los suelos de las entradas a los edificios. Recientemente se ha puesto un simpático letrero en la puerta invitando a apagar las colillas en los ceniceros  en el que se pregunta “¿Por qué debemos tirar la colilla al cenicero?”. Y se ofrecen las siguientes respuestas: “Por el bienestar de todos”, “Por David, servicio de jardinería”, “Por Mari Jose, servicio de limpieza”, “Porque es nuestra casa”. Esta es la clave: si en vez de pensar en nuestra comodidad, pensamos en el bienestar de los demás, el mundo cambia: se torna más amable, más humano. Lo que yo haga con la colilla de mi cigarrillo afecta también a los demás.

         Lo que la encíclica nos recuerda es que no somos individuos aislados, sino que todos —Dios, seres humanos, animales, plantas y naturaleza— estamos interconectados y es misión nuestra cuidar esta maravillosa casa común. Esto se ve mucho más claro quizá cuando uno tiene ocasión de pensarlo en lo alto de una montaña.

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Astún, 27 de junio del 2015.

* Agradezco la ayuda de Jacin Luna para las ilustraciones y las correcciones de Hugo Carretero, Mª Rosa Espot, Julián Montaño y Marcia Moreno.

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El menosprecio de la maternidad

imgres         Me ha deslumbrado la lectura del libro de Carolina del Olmo ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista (Clave Intelectual, Madrid, 2013), que me recomendó Philip Muller hace unos días. Se trata de una filósofa madrileña que se lanza a pensar con valentía acerca de la maternidad a raíz del nacimiento de su primer hijo en el año 2009. En nuestro contexto cultural no es fácil reflexionar creativamente sobre un elemento tan central de la vida humana como es la maternidad. “Los aspectos de las cosas que nos son más importantes —escribió Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas (1953)— nos están ocultos por su simplicidad y familiaridad. (Uno es incapaz de advertir algo porque lo tiene siempre delante de sus ojos)”.

         El libro ¿Dónde está mi tribu? se ocupa esencialmente de la no fácil acogida de la 1291632371_0maternidad en nuestra sociedad y de la falta de apoyo que casi siempre padecen las madres. Tiene páginas divertidas como las dedicadas a los libros de autoayuda y a los consejos de los “expertos” sobre la lactancia, el sueño de los bebés y tantos otros aspectos de la crianza en los que la sabiduría tradicional de las matronas se ve perturbada a menudo por supuestos “avances científicos”.

         En última instancia, se trata de un libro revolucionario porque defiende el cuidado comoCopia-de-Carolina-del-Olmo-300x199 un elemento central de la experiencia humana. “El derecho a cuidar que defiende —me escribía Philip Muller— inspira toda una acción política”. Ha llamado mucho mi atención esta reflexión sobre la maternidad y la denuncia de su pobre acogida en nuestra sociedad porque introducen en nuestro horizonte la “lógica del don” que tanto contrasta con la “lógica del interés”, con el egoísmo individualista tantas veces predominante en nuestra cultura occidental.

         Carolina del Olmo denuncia una ideología “que se adapta como un guante a nuestra permiso-por-paternidad_articulo_landscaperealidad económica y social y que esconde un profundo desprecio por la maternidad y los cuidados. La cultura hedonista de los solteros no solo defiende la libertad y la movilidad del comprador y ensalza las virtudes de la independencia y la realización personal, sino que además vincula ese desarrollo individual con el ocio y el consumo por un lado, y con la carrera profesional o el trabajo remunerado por el otro. En esta visión del mundo triunfante, la maternidad solo puede aparecer como esclavitud o como autorrealización narcisista o […] también como una extraña mezcla de las dos” (p. 95). Por supuesto, la actitud indolente de tantos varones, novios y maridos, refuerza este enfoque negativo.

         Con frecuencia compruebo algo de esto cuando hablo con los estudiantes que terminan la carrera y les pregunto por sus planes de futuro. La mayor parte de los varones incluyen en su horizonte vital el llegar a formar una familia y tener hijos, mientras que a menudo muchas mujeres me dicen —para mi sorpresa— que no saben si quieren casarse y, en el caso de que se casen, no saben si quieren o no tener hijos. Una variante es la de aquellas que dicen que les gustaría tener un hijo o una hija, pero lo que no quieren es cargar con un marido para toda la vida.

espejo-maternidad-klimt-L-tkC2KI         Me impresiona este menosprecio de la maternidad en la imaginación de tantas jóvenes. En particular, me duele cuando a veces compruebo que han aprendido esa actitud de sus madres: “No seas tonta, no tengas cinco hijos como yo —le decía delante de mí una madre a su hija menor—. ¡Vive tu vida, disfruta, viaja!”. Como me escribía Enrique García-Máiquez, esa actitud “es un ejemplo perfecto de lo poco que se piensa (y se siente) cuando se delega en el pensamiento dominante”. También me apenan aquellos que se casan y dicen que “al menos por ahora” no quieren tener hijos, pues prefieren viajar y divertirse —”vivir la vida”— mientras sea posible. La renuncia a la maternidad o su indefinido retraso, ¿no pueden ser muestras del síndrome de Peter Pan, que lleva a querer permanecer eternamente niños? Me parecen, además, un verdadero fracaso de la humanidad, carcomida por un rampante egoísmo consumista.

        Carolina del Olmo concluye su libro invitando a “repensar el papel que ocupa la maternidad en nuestra sociedad y cómo queremos vivirla. Re-socializar la maternidad, socializarla en otras condiciones más favorables, es lo contrario tanto de la reclusión neorromántica como de la externalización del cuidado. Es conseguir que los cuidados pasen a ocupar el centro de la vida política y económica” (p. 219).

52929e104560a         Estoy del todo de acuerdo con ella. Y me gustaría añadir que cada vez que una mujer y un varón deciden tener un hijo esa decisión suya es siempre una nueva victoria para la humanidad: la maternidad (y la paternidad) como muestra suprema de la donación es la máxima plenitud del ser humano.

Pamplona, 2 de junio de 2015

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Defensa de la filosofía (ABC, Madrid, 7 mayo 2015, p. 15)

Defensa de la filosofía

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Dios en los Alpes

 320_GERMANWINGS_D-AIPX_147_10_05_14_BCN_RIP_(16730197959)        La declaración del fiscal de Marsella de que el terrible accidente de aviación en los Alpes había sido causado intencionalmente por el copiloto ha conmovido a todo el mundo. Nos afecta muy profundamente que alguien como nosotros haya decidido terminar con su vida llevándose consigo las vidas de otras 149 personas cuya seguridad le había sido confiada. No solo nos conmueve sino que nos horroriza, porque cuando nos llegó la noticia del accidente no podíamos imaginar que un daño tan grande pudiera ser causado por un ser humano.

         Una conducta de ese tipo quiebra nuestra confianza habitual en los demás: sin confianza no podríamos vivir. Estamos acostumbrados a los controles de seguridad en los aeropuertos —tanto de las personas como de sus equipajes— para intentar protegernos de algún terrorista oculto en el pasaje, pero hasta ahora habíamos confiado tranquilamente en los pilotos y las azafatas. ¿Hay que controlar a nuestros cuidadores? Personalmente imagespienso siempre que, una vez tomadas las medidas de prudencia elementales, más vale confiar en el género humano que andar desconfiando de todos. Cuando voy al peluquero y me pasa la navaja por el cogote, me fío de él: no le vigilo con el rabillo del ojo a través del espejo para que no me seccione la yugular. Sin duda, podría hacerlo, pero si lo hiciera por lo menos ya no me podría volver a cortar el pelo dos meses después. No es razonable que lo haga.

         Me saltaron las lágrimas al leer en el periódico lo que hizo el capitán de Germanwings Frank Woiton en un vuelo de Hamburgo a Colonia, y que al día siguiente repitió cuando woitoncubría la ruta Düsseldorf-Barcelona-Düsseldorf. En todos esos vuelos, después de dar la mano a cada uno de los pasajeros y miembros de la tripulación, se situó en el centro del pasillo y pronunció unas palabras emotivas y personales. “Quería que los pasajeros vieran que delante, en la cabina, también hay una persona”, explicó. Terminó su discurso prometiéndoles: “Les llevaré sanos y salvos de Düsseldorf a Barcelona. Pueden confiar en ello, porque también yo quiero sentarme esta noche con mi familia a la mesa”.

         Eventos tan terribles como este hacen que nos sintamos más vulnerables y, por tanto, más necesitados de los demás, más dependientes unos de otros, más hermanos. Es un trágico peaje, pero debemos aprender la lección: no estamos solos, dependemos unos de otros. Podemos manos-unidasayudarnos unos a otros, incluso es posible a veces mitigar su dolor en medio de tanta amargura. Esto es lo que hace que la vida sea tan maravillosa, pero también a la vez tan dolorosa cuando perdemos a aquellos a quienes queremos.

         De regreso a la Universidad vinieron a verme en una misma tarde dos estudiantes que me contaron lo mucho que les había afectado personalmente el trágico accidente. Me decía uno que le había hecho consciente de la radical soledad del ser humano y el otro se dolía de la vaciedad de la vida. En última instancia, la pregunta ante acontecimientos tan terribles es siempre la de dónde estaba Dios cuando el copiloto cerraba con el seguro la puerta de la cabina y enfilaba el avión hacia el suelo de los Alpes franceses a setecientos kilómetros por horaHALIK_Paciencia-con-Dios. No es fácil encontrar una respuesta consoladora. Me vino a la memoria la respuesta de Tomáš Halík en Paciencia con Dios. Cerca de los lejanos ante una pregunta semejante: “No lo sé, pero ahora me gustaría que lo sintieras en mis manos que agarran las tuyas”. Es lo que hice, traté de consolarles asiendo sus manos con fuerza y cariño, haciéndoles sentir mi apoyo y afecto.

         En definitiva, lo que más nos perturba es que Dios permita tanto dolor. Se trata del misterio del mal, casi siempre insondable, que a tantos ha llevado a dar la espalda a Dios, pero que a muchos otros nos lleva a abrazar a los demás como hermanos. Precisamente solo un Dios-Hombre que murió injustamAbrazos_der_2009_popup135599489050d2d70a180a4ente ejecutado en una cruz hace dos mil años —como conmemoramos en estos días— puede conferir sentido a tanto mal. Porque después resucitó. Por eso llevo siempre en mi bolsillo un crucifijo y por eso pienso que Dios también estaba en los Alpes el pasado 24 de marzo.

Pamplona, 31 de marzo 2015

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* Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones y las correcciones de Raquel Cascales, Albi Castilla, María Carolina González, Juan Irarrázabal, Ana Mª Romero, Santiago Pons y Jaume Nubiola.

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Un libro imborrable del siglo XX:  Si esto es un hombre (1946, 1956), de Primo Levi.

            Mi buen amigo Joseluís González me pidió para la revista Nuestro Tiempo imgresun comentario de 3.000 caracteres con espacios sobre un libro imborrable del siglo XX. Mi maestro Alejandro Llano en el número anterior había escrito sobre El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Yo me decidí por Si esto es un hombre de Primo Levi. Acaba de aparecer en Nuestro Tiempo, nº 686, invierno 2015, p. 89 y aquí lo reproduzco con algunas ilustraciones.

Auschwitz         “Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944″. Así comienza el lúcido testimonio del químico piamontés Primo Levi (1919-1987), de origen judío sefardí. En este libro Levi describe su captura por la milicia fascista en diciembre de 1943, su traslado en tren a Auschwitz en febrero de 1944 y su asignación al campo de trabajo de Monowitz, donde cerca de diez mil prisioneros construían una fábrica de goma. Al despertar el primer día en el campo, “por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse” (p. 20).

            La suerte era que el gobierno alemán había decidido prolongar la vida media de losMonowitz prisioneros ante la escasez de mano de obra. Levi sería asignado al laboratorio de la fábrica y en enero de 1945 vería entrar el ejército ruso en el campo. En total, once meses que va describiendo con trazos rápidos y significativos, sin apenas añadir valoraciones: “Este libro mío, por lo que se refiere a detalles atroces, no añade nada a lo ya sabido por los lectores de todo el mundo (…). No lo he escrito con intención de formular nuevos cargos; sino más bien de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana” (p. 7).

 levi33           En los últimos años he leído docenas de testimonios del Holocausto. Me parece que Levi es la voz más penetrante de todos ellos. Comenzó a redactar este libro allí: “Apenas me sustraigo por la mañana a la rabia del viento y traspaso el umbral del laboratorio (…), el dolor del recuerdo, la vieja y feroz desazón de sentirme hombre, me asalta como un perro en el instante en que la conciencia emerge de la oscuridad. Entonces tomo el lápiz y el cuaderno y escribo aquello que no sabría decirle a nadie” (p. 153). Lo completó pocos meses después de su regreso. Con el paso de los años añadiría dos volúmenes más, La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986), publicados conjuntamente como Trilogía de Auschwitz. En el prólogo a esta edición escribe Muñoz Molina: “Casi nadie ha contado el infierno con tanta claridad y hondura como Primo Levi: casi nadie, al menos en el sombrío siglo en el que vivió, ha resaltado como él la sagrada dignidad de la vida, el impulso de inteligencia y piedad que incluso en medio del horror nos da la oportunidad de seguir siendo plenamente humanos”.

            El lector de Si esto es un hombre no puede reprimir las lágrimas al caer en la cuenta de que aquel horror puede vimgres-2olver a repetirse. A juicio de Levi, brota de la convicción —como una infección latente en el fondo de tantas almas— de que todo extranjero es un enemigo. Cuando veo los muros que protegen los países ricos de sus vecinos —sea entre Estados Unidos y México o entre Israel y Palestina, sea los pobres subsaharianos encaramados en las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla reforzadas con cuchillas— pienso siempre en este libro.

Pamplona, 20 noviembre 2014

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Tqm

image 15    Llama mi atención en estos últimos tiempos la frecuencia con que la gente joven escribe en sus mensajes “Tqm” como abreviación de “Te quiero mucho”. Hasta hace poco —al menos para mí— TQM era el acrónimo de la técnica de gestión empresarial de origen norteamericano “Total Quality Management” [Gestión de la Calidad Total], que ha estado en boga en las últimas décadas, al parecer con bastante éxito.

  Me encanta que los seres humanos se expresen mutuamente su cariño y su ternura con palabras, caricias y detalles: eso cambia la vida. A todos, lo que nos hace felices es querer y sentirnos queridos: por eso besamos, abrazamos y decimos que nos queremos sin que eso entrañe erotismo alguno. En este sentido, me resulta curioso que a veces esos mismos jóvenes que escriben “tqm” —en imgresparticular los varones— no sepan cuando se encuentran expresar su cariño. Por mi parte, me he propuesto que cuando comienzo un mensaje con un “Querido NN.” no sea esa una fórmula vacía, sino más bien una invitación o un desafío para expresar mi afecto a quien estoy escribiendo: intento poner todas mis fuerzas o mi ingenio para que quien me lea se sienta realmente querido por mí.

 image_galleryMe gustó una reciente conferencia del filósofo Gomá Lanzón en mi Universidad en la que arrancó hablando del grave problema de los matrimonios por amor en los que, en muchos casos, se viene abajo el matrimonio cuando a los dos o tres años de casados se termina el amor. Javier Gomá venía a decir a los estudiantes que habían de enamorarse de su mejor amiga o —a las mujeres— de su mejor amigo, esto es, que habían de educar su corazón para poner su eros en alguien digno de ser su amigo para toda la vida: de esa forma conseguirás —les decía— que tu amor dure para siempre. Así como los mejores amigos son los viejos amigos, el mejor amor —concluía— es “el viejo amor”.

33840ac789   Ahora bien, ¿qué queremos decir cuando decimos “te quiero mucho”? A mí me encanta aquello que explica Josef Pieper en su libro sobre el amor, que gustaba tanto a mi amigo Jorge V. Arregui y que transcribo aquí con palabras de Benedicto XVI en las Navidades del 2011: “El ser humano puede aceptarse a sí mismo solo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro que le diga, y no solo de palabra: «Es bueno que tú existas»”. Así estamos hechos los seres humanos: todos necesitamos que nos digan qué bueno que tú existas, me encanta que seas así, qué a gusto estoy contigo y otras expresiones de cariño semejantes, y que no solo sean palabras, sino que nos lo muestren con gestos y con obras.

IMG_7208    Viene ahora a mi memoria una alumna rusa que tuve hace años que, cuando vino a despedirse de mí porque se volvía a su país, me regaló un pequeño icono —que todavía conservo— diciéndome como explicación del regalo: “Es que usted ocupa un lugar permanente en mi corazón”. Me conmovió su gesto y, sobre todo, me conmovieron sus palabras: de hecho Elizaveta sigue estando en mi memoria porque continúa presente en mi corazón. Aquellas personas a las que queremos, aunque estén lejos o aunque hayan muerto, están siempre con nosotros porque las llevamos en nuestro corazón.

imgres-2  Para el desarrollo de la humanidad en el siglo XXI —concluía Gomá Lanzón su conferencia— es imprescindible educar el corazón para que quepa en él mucha más gente, tengamos más y mejores amigos, haya espacio para conocer y querer a más personas, incluidas las de tradiciones sociales y culturales diferentes a la nuestra. “El individualismo libertario de los últimos 300 años es ya un proyecto acabado: en el siglo XXI la amistad ha de estar por encima de la justicia”. Esto no significa, por supuesto, una invitación a la corrupción y a ser injustos por favorecer a los amigos: el amiguismo es una enfermedad de la amistad. Lo que significa es que no basta solo con la justicia: los seres humanos necesitamos por encima de ella el amor.

   IMG_2154Mi conclusión mucho más modesta y con palabras bien simples es que la sociedad de hoy necesita que queramos más a nuestros amigos, familiares y personas amadas, y que además de quererles, es preciso que se lo digamos a menudo expresamente, aunque sea solo con la abreviatura tqm en nuestros mensajes. Ese es al menos un primer paso.

 Pamplona, 25 enero 2015

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La educación del disgusto

        En mi reciente viaje a Argentina me llevé un disgusto. Quizás eso hizo que me quedara atrapado por una anotación de Amadeus en las páginas finales de la magnífica novela Tren nocturno a Lisboa, de Pascal Mercier:imgres

        “EL VENENO ARDIENTE DEL DISGUSTO. Cuando los otros nos obligan a disgustarnos con ellos —por su insolencia, su injusticia o su falta de consideración—, ejercen un poder sobre nosotros, proliferan y nos devoran el alma, porque el disgusto es como un veneno ardiente que socava todos los sentimientos moderados, nobles y armoniosos y nos roba el sueño. Insomnes, encendemos la luz y nos disgustamos por nuestro disgusto, ese que ha anidado en nosotros como un parásito que nos chupa y nos quita las fuerzas. […] El disgusto nos enseña también algo sobre lo que somos. Por eso deseo saber qué podría significar educarnos y formarnos con el disgusto, de modo tal que aprovechemos su conocimiento sin sucumbir a su veneno.

imgres-1        Podemos estar seguros de que en nuestro lecho de muerte, constataremos como parte de ese último balance —y esa parte tendrá un sabor más amargo que el cianuro—, que hemos malgastado demasiadas fuerzas y tiempo en disgustarnos y hacerles pagar nuestro disgusto a otros en un desamparado teatro de sombras, del cual solo nosotros, que lo sufrimos impotentes, sabíamos algo. ¿Qué podemos hacer entonces para mejorar ese balance? ¿Por qué no nos hablaron nunca de ello ni los padres, ni los maestros ni otros educadores? ¿Por qué no expresaron nunca nada sobre ese inmenso significado? ¿Por qué no nos dieron en este asunto una brújula que nos ayudara a evitar que desperdiciáramos nuestra alma en disgustos innecesarios y autodestructivos?”

        Aun abreviada, es una cita larga que merece la pena. Es inevitable que nos llevemos disgustos: la muerte de los seres queridos, los proyectos que fracasan, los amigos que traicionan. Nadie nos ha enseñado a sobrellevar esos acontecimientos. Frente a la educación del gusto tan en boga hoy en día, me parece que habría que desarrollar una verdadera educación del disgusto. ¿Cómo recibir los disgustos sin que nos amarguen el carácter? ¿Cómo acogerlos —como anota Amadeus— sin malgastar el tiempo maquinando venganzas inútiles? ¿Cuál es la brújula en toda esta materia? ¿Qué hay que hacer?

imgres-2     Me impactó hace unos años recibir un mensaje electrónico imgres-4de un colega de Sioux Falls, en Dakota del Sur, que recogía al pie de su carta una cita de la escritora norteamericana Anne Lamott: “De hecho, no perdonar es como beberse un matarratas y esperar que se muera la rata”. Aquella frase fue para mí un revulsivo. Trajo a mi cabeza que no podía seguir acumulando resentimiento hacia quienes —queriéndolo o sin querer— me habían hecho daño a lo largo de mi vida. Debía cambiar algo en mi corazón: debía perdonarles.

imgres-5        “Es posible tomar la decisión de perdonar —me escribe una profesora—, aunque el sentimiento no acompañe. Empeñarse en encontrar razones para disculpar al agresor puede ayudarnos a perdonar. Sin embargo, la herida es a veces tan profunda que el dolor supera la capacidad personal. ‘Es entonces el momento —en palabras de Francisco Ugarte— de recordar que el perdón, en su esencia más profunda, es divino, por lo que se hace necesario acudir a Dios para poderlo otorgar'”.

imgres-6        Siguiendo el ejemplo de san Josemaría Escrivá comencé a rezar por quienes me habían hecho daño de un modo genérico, esto es, sin realimentar la memoria con un recuerdo individualizado de cada uno de los ofensores o de sus agravios concretos. Gracias a Dios, poco a poco el rencor ha ido desapareciendo de mi corazón e incluso ahora, cuando de tarde en tarde vienen esas personas o sus actos a mi memoria o a mi conversación, asoma casi espontáneamente en mis labios una sonrisa que los disculpa. Ahora cuando rezo el padrenuestro puedo decir con verdad: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.

images        La brújula que pedía Amadeus para navegar por el mar de los disgustos es el perdón: la educación del disgusto consiste —me parece— en aprender a perdonar.

Pamplona, 25 de diciembre 2014

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