Del progreso a la barbarie

            Hasta hace unas semanas no había prestado atención a la frase con la que Ludwig Wittgenstein —uno de los pensadores más profundos del pasado siglo— encabeza su obra póstuma Philosophical Investigations (1953). Ese libro —considerado como uno de los más importantes de su época— se abre con un aforismo de Nestroy que dice en alemán: “Está en la naturaleza del progreso parecer mucho mayor de lo que efectivamente es” [“Überhaupt hat der Fortschritt das an sich, daß er viel größer ausschaut, als er wirklich ist”]. Probablemente no se ha prestado apenas atención a esta cita porque figura en alemán tanto en la edición original inglesa como en su traducción española y quizá sobre todo porque el dramaturgo y actor teatral austríaco Johann Nestroy (1801-1862) es un perfecto desconocido —al menos hoy en día— entre los filósofos estudiosos de Wittgenstein.

            Según Wikipedia, Johann Nestroy tuvo gran éxito en su tiempo hasta el punto de que era llamado el “Shakespeare austríaco“. Llegó a escribir 80 óperas cómicas. Sin embargo, si uno busca en el catálogo online de la Biblioteca Nacional Española descubre con cierta sorpresa que no hay allí ninguna obra de Nestroy traducida al español. Solo figuran en el catálogo un breve estudio en alemán a los 175 años de su muerte, una partitura musical y un volumen reciente de un editor vienés con tres de las obras de teatro de Nestroy. Sic transit gloria mundi!

            Me ha impresionado que Wittgenstein, que era muy consciente del valor de su obra, redujera su importancia al anteponerle esa cita sobre el prestigio del todo desmesurado que suele tener el progreso. En Culture and Value (30) añadirá: “Nuestra civilización se caracteriza por la palabra progreso“. No sé por qué la cita de Johann Nestroy y esta de Wittgenstein me traen a la cabeza esas calles decimonónicas denominadas “del Progreso” que hay en casi todas las ciudades españolas: suelen ser cortas, estrechas, sucias y malolientes; en ellas no se sabe dónde se esconde aquel progreso que quienes les dieron ese nombre querían honrar.

            En 1980 el sociólogo estadounidense Robert Nisbet publicó un interesante volumen sobre la historia de la idea de progreso que quizá merece la pena leer todavía hoy, cuarenta años después, cuando el ser progresista parece estar de nuevo de moda. Nisbet insistía sobre todo en la matriz judeo-cristiana de la idea de progreso que iba siendo arrinconada por el pesimismo del siglo XX. Además, para Nisbet, el florecimiento de la idea de progreso guardaba una relación directa con el sabio recuerdo del pasado, mientras que —a su juicio— la disolución de la disciplina de la historia en los colegios y las universidades en las últimas décadas llevaba consigo el declive de la propia idea de progreso.

            Creo que hoy pensamos más bien que la idea de progreso está vinculada sobre todo al desarrollo científico y tecnológico, y quizás en parte a eso que los políticos llaman el ‘ensanchamiento’ de las libertades personales o la ‘ampliación’ de los derechos civiles (eutanasia, vientres de alquiler, aborto, etc.). Se trata de dos aspectos que a primera vista apenas parecen tener relación.

            Con frecuencia me encuentro con personas —lo veo a menudo en mis alumnos— que desconfían de muchos de esos supuestos progresos científicos o tecnológicos, pues los consideran engañosas máscaras que ocultan la explotación de los más débiles: basta con pensar en el coltán o en las batallas por los metales raros de los que depende buena parte de la economía moderna. Son varios los países africanos, colonizados en su día por las potencias europeas, que en estos últimos años no progresan, sino que más bien regresan. Por ejemplo, en el Congo, las universidades que dejaron los belgas en funcionamiento se han deteriorado lamentablemente en estas últimas décadas: hasta las ventanas han sido arrancadas de sus aulas. En amplias zonas de África, azotadas por las guerras tribales, la civilización post-colonial está —al parecer— regresando a la selva.

            En Kenya varios expertos me contaron que se sabía perfectamente cómo hacer progresar al país mediante la educación, pero que los gobernantes de la etnia kikuyu no querían que el país progresara, pues eso les haría perder poder. Me añadieron que algo semejante hacen las potencias occidentales, pues no quieren realmente que los países africanos progresen. Los europeos intentan poner los medios a su alcance para detener la emigración de las poblaciones subsaharianas para que perdure indefinidamente la brecha social entre ambos mundos.

            ¿Quién puede declararse en contra del progreso? Pero, sobre todo, ¿quién dice lo que es realmente progreso? ¿O quiénes son los que realmente progresan? ¿Todos o solo unos pocos? Me impresionó mucho la película Elysium en la que unas pocas personas que viven en el año 2154 en un satélite paradisíaco alrededor de la Tierra, sin guerra, sin pobreza, sin enfermedades, explotan a la humanidad que vive hacinada entre las ruinas y las factorías que quedan en nuestro deteriorado planeta. A veces pienso que lamentablemente vamos hacia esa situación: la filósofa alemana Christel Fricke la ha llamado “a gentrification of society“, en la que unos pocos cultos, sanos y adinerados viven a costa del resto de la humanidad.

        Por eso, lo que quiero sostener aquí es que lo que se opone al progreso es el regreso a la ley de la selva, esto es, a la ley del más fuerte, renunciando al uso de la razón para construir cooperativa y razonablemente el futuro. Se trata de aprender a cuidarnos unos a otros como seres humanos, a respetar nuestras diferencias e incluso a querernos. Como anunció Husserl con énfasis en las palabras finales de su famosa conferencia de Viena del 10 de mayo de 1935, “la crisis de la existencia europea solo tiene dos salidas: la decadencia de Europa, alienada de su propio sentido racional de la vida, [con la consiguiente] caída en el odio del espíritu y la barbarie, o el renacimiento de Europa desde el espíritu de la filosofía mediante un heroísmo de la razón que supere definitivamente el naturalismo”. (¡Quizás ahora en vez de “naturalismo” diríamos “el materialismo cientista dominante”!)

       Han pasado 85 años desde estas memorables palabras. Europa atravesó la penosa experiencia de una terrible nueva guerra mundial y el horror del Holocausto, pero a menudo parece que nos hayamos olvidado de ello. Son bastantes los elementos que llevan a pensar que la avanzada Europa —y con ella todo Occidente— sigue hoy en aquella peligrosa situación, caracterizada por una radical desconfianza en la razón que puede a medio plazo devolvernos a la barbarie o llevarnos a Elysium.

Como me escribe la valiente filósofa ecuatoriana Corina Dávalos: “Lo realmente progresista es la confianza en la persona y sus capacidades desde la libertad”.

Pamplona, 1 de agosto 2019.

Agradezco las correcciones de Fernando Batista, Gloria Balderas, Hugo Carretero, Corina Dávalos, Julio Herrero y Phillip Muller.

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Escribir para pensar

5184fIepDUL         Hace muchos años —¡más de veinticinco!— descubrí que, al menos para mí, la mejor forma de ponerme a pensar era la de agarrar una pluma estilográfica y un papel y ponerme a escribir. Con esta idea escribí el libro El taller de la filosofía para acompañar a quienes se inician en el camino de la escritura profesional en filosofía. Con el paso del tiempo he descubierto que esa idea —la de escribir para pensar— la habían dicho también el filósofo español Julián Marías, el psicólogo norteamericano defensor del conductismo B. F. Skinner y probablemente muchas otras personas antes y después de ellos. En estas últimas semanas he estado leyendo a Joan Bolker, profesora universitaria de escritura académica, y he visto que la repite en diversos pasajes. Esa lectura es la que me ha dejado pensando y me ha sugerido estas líneas.

      Me parece que el verano y las vacaciones —ya inminentes en el hemisferio boreal— son un buen tiempo para pararse a pensar. A la vez que tratamos de desconectar de las ocupaciones y preocupaciones del año, podemos ver este tiempo de descanso como una invitación a conectar un poco más con nosotros mismos, con nuestra interioridad. Como escribía el poeta Christian Wiman, «vivimos ahora en un mundo que parece casi diseñado para erradicar la vida interior». Así es; por eso las vacaciones, liberados en parte del trajín diario y las prisas habituales, pueden constituir un tiempo maravilloso para recuperar la vitalidad interior. Todos necesitamos periódicamente adueñarnos de ese espacio íntimo nuestro para que en él reinen la serenidad y la paz. Se trata de ese espacio en el que se asienta nuestra libertad y donde realmente podemos ser nosotros mismos.

      A muchos les ayuda el aprovechar la pausa veraniega para hacer un balance del curso transcurrido, revisar aciertos y fracasos y, si es posible, formular propósitos eficaces para el año siguiente. Otros prevén dedicar un cierto tiempo a la lectura de aquellos libros que han ido acumulando en los meses anteriores y que positivamente quieren leer, pero que la vida no les ha permitido prestarles la necesaria atención. Para muchos el contacto directo con la naturaleza —montañas, árboles, ríos y mares— tiene también un efecto maravillosamente regenerador.

         Todo esto está muy bien, pero mi recomendación es la de dedicar además un cierto tiempo a escribir como medio para ensanchar la vitalidad interior, aparte de la lectura, el examen personal o la naturaleza. Por supuesto, para poder escribir hace falta efectivamente una cierta soledad, mejor dicho, un cierto aislamiento o desconexión de todos los aparatos, las redes sociales y demás artilugios electrónicos que compiten por nuestra atención. No es fácil, pero muchas veces basta con poner en modo avión el teléfono móvil y buscar un sitio tranquilo, aunque sea una cafetería no muy concurrida.

         ¿Sobre qué escribir? Para muchos este es el primer problema porque piensan que no tienen nada que decir, nada interesante sobre lo que escribir. Mi respuesta es que hay que escribir sobre lo que llame de verdad nuestra atención, sobre lo que inquiete nuestro espíritu. Siempre digo que para escribir hay que desnudar el alma: hay que escribir sobre aquello que nos emociona aunque a veces haya que convertir las lágrimas en tinta. Si hacemos así, cautivaremos a nuestros lectores. Basta con apelar a nuestra propia experiencia personal. ¡Cuántas veces nos hemos emocionado leyendo algo que parecía escrito para nosotros mismos! ¡Cuántas veces habremos dicho —como aquel personaje de Tierras de penumbra— que leemos para comprobar que no estamos solos!

    ¿Cómo escribir? Recomiendo arrancar siempre con papel y lápiz volcando ahí lo que llevamos dentro, sin preocuparnos mucho ni de la redacción ni de la ortografía. Ya vendrá después el tiempo de la corrección cuidadosa sobre la pantalla del ordenador. Si ponemos nuestra vida en lo que escribimos, aquel texto, por así decir, se tendrá de pie él solo, por ser verdadero, por estar vivo. Este consejo —tomado de la profesora de escritura Joan Bolker— resulta clarividente. Lo primero es aclararse sobre lo que queremos decir y para ello no hay otro procedimiento mejor que volcar nuestras ideas y nuestro corazón sobre el papel, garabateando allí con palabras nuestras lo que queramos decir.

         ¿Dónde escribir? En cualquier sitio con tal de que consigamos un cierto aislamiento de las interrupciones, el móvil y las redes sociales, como decía más arriba. ¿Cuándo escribir? Cuando podamos. No importa la hora del día o de la noche. Lo que sí necesitamos es un espacio de tiempo relativamente largo; si es posible, de al menos una hora o dos.

      Me gusta destacar que cuando escribimos —como hago yo ahora— nunca estamos solos: estamos al menos acompañados por aquellos lectores para quienes escribimos. Casi siempre escribimos para que nos quieran y así comprobar que verdaderamente no estamos solos. Mi admirada Hannah Arendt escribe que “la experiencia fundamental del yo pensante” está contenida en aquellas palabras de Catón el Viejo (239-149 a. C) que cita al final de La condición humana: «Numquam se plus agere quam nihil cum ageret, numquam minus solus esset quam cum solus esset». Arendt viene a traducir ese dicho latino como «cuando no hago nada es cuando más activa estoy; y cuando estoy enteramente a solas conmigo misma es cuando menos sola estoy».

     Ni Catón ni Arendt con esa expresión latina se están refiriendo a Dios, sino más bien a que cuando uno se pone a solas a pensar y a escribir en una hoja en blanco, ahí comparecen los recuerdos, la imaginación, las personas e ideas queridas, las lecturas de tantos libros. Sin embargo, a menudo pienso que cuando escribimos de verdad también comparece Dios allí. Hace algún tiempo me deslumbró la frase de Jiménez Lozano en La luz de una candela: «Maurice Blanchot, glosando a Kafka, dice que escribir es una forma de oración. Y lo es. O, si no, es cacareo».

Pamplona, 22 de junio 2019.

Agradezco las correcciones de Teresita Esteban y Martha Estela Torres, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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El valor de la ternura

         En primer lugar deseo agradecer la amable invitación del profesor Javier Escrivá para impartir esta lección en el solemne acto de graduación del Máster Universitario en Matrimonio y Familia. Acepté encantado la invitación y de inmediato le ofrecí para mi lección el título «El valor de la ternura», pues sin duda en la sociedad actual, marcada tantas veces por el egoísmo consumista y una enorme violencia estructural, hace falta un cierto valor para defender la ternura como forma privilegiada de la relación humana. De inmediato me vino a la cabeza que un acto como este con expertos en el matrimonio y la familia, con verdaderos expertos en el amor, era la mejor ocasión para pensar juntos sobre este tema tan decisivo para la convivencia humana.

        Una lección magistral es originalmente una clase, un poco más solemne que las clases habituales, pero también, si es posible, algo más breve —no pasaré de los 25 minutos que me han concedido— y quizá algo más simpática, que haga sonreír al auditorio compuesto en su mayor parte de parientes, amigos y conocidos que no han cursado el Máster. En esta ocasión el invitado es un filósofo, una de esas personas un tanto especiales que, siguiendo el ejemplo de Sócrates, el primero de los filósofos, se ven a sí mismos puestos sobre la ciudad —como el tábano sobre el caballo— para que no se amodorre. Los filósofos queremos cambiar el mundo, queremos cambiar incluso los sueños de quienes nos escuchan para que comiencen a vivir de verdad, esto es, apasionadamente, con cabeza y también con corazón. Como saben, Sócrates fue obligado a beber una copa de cicuta porque su actitud resultaba incómoda a sus conciudadanos; estoy bien seguro de salir hoy yo mejor parado. «Las lecciones magistrales —escribía un querido colega fallecido hace unos años— son una muestra de libertad y por eso forman en libertad»: el maestro muestra su alma al mostrar que la lección es verdaderamente suya y no tomada en préstamo de otro.

        Voy a organizar mi lección en tres breves secciones que he titulado: 1º) Las edades de la ternura; 2º) Sexo y ternura; 3º) La «revolución de la ternura», en expresión del papa Francisco; y finalmente 4º) Una breve conclusión invitando a ser valientes para tratar con ternura a las personas de nuestro entorno.

  1. Las edades de la ternura

        En la lengua castellana solemos usar el adjetivo «tierno» para referirnos a la blandura de los alimentos —una carne, por ejemplo, puede ser dura o tierna—, a las hierbas o los brotes de las plantas fáciles de cortar o, sobre todo, al comportamiento encantador de niños pequeños o incluso de mascotas que nos cautivan por su candidez, su inocencia, su ingenuidad.

         Me parece que la imagen más feliz de la ternura es la de la madre —o el padre— cuidando de su hijo en brazos. En los viajes largos en avión me impresiona siempre comprobar cómo unos padres pueden estar durante ocho o nueve horas seguidas totalmente pendientes de su hija o de su hijo pequeño. No piensan que estén haciendo nada extraordinario: advierten cualquier gesto o síntoma que requiera alguna acción por su parte: alimentación, movimiento, cambio de pañal o lo que sea.

        Me deslumbró hace tres años la lectura del libro de Carolina del Olmo ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista (Clave Intelectual, Madrid, 2013). Se trata de una filósofa madrileña que se lanzaba a pensar con valentía acerca de la maternidad a raíz del nacimiento de su primer hijo en el año 2009 (desde entonces ha tenido dos hijos más). Es un libro revolucionario porque denuncia la pobre acogida de la maternidad en nuestra sociedad —el menosprecio, diría yo más bien, de la maternidad, sobre todo en el imaginario de muchas mujeres jóvenes— e introduce en el horizonte la «lógica del don» —del darse— que tanto contrasta con la «lógica del interés», con el egoísmo individualista quizá predominante en nuestra cultura occidental. Del Olmo defiende el cuidado —que es otro nombre para la ternura— como un elemento central de la experiencia humana.

        En ese libro encontré una maravillosa cita de Santiago Alba: «¿Para qué sirven los niños? Para cuidarlos; es decir, para volvernos cuidadosos» (Leer con niños). De eso se trata, de volvernos cuidadosos, de cuidarnos unos a otros. No solo de cuidar a los niños y a los ancianos; también los jóvenes y los adultos deben aprender a cuidar y a dejarse cuidar —que muchas veces es más difícil, como ha escrito mi maestro Alejandro Llano—: tanto jóvenes como adultos deben aprender a cuidarse unos a otros y a tratarse con ternura. Como leí en un whatsapp: «Amar es cuidar. Así de simple. Así de profundo».

        En este sentido, otro libro que me ha impactado en estos últimos años —ya desde el propio título— es el del filósofo escocés Alasdair MacIntyre, Animales racionales y dependientes. Frente a la imagen moderna del hombre autónomo, aislado y solitario, MacIntyre pone de manifiesto que dependemos unos de otros no solo en la infancia o en la ancianidad, sino a lo largo de toda la vida, tanto en el ámbito familiar como en el social.

        No se trata simplemente de una cadena de solidaridad, esto es, de que los padres cuidan de sus hijos para que estos a su vez cuiden de ellos en su vejez: esa es una visión economicista totalmente falsa. Los padres cuidan de sus hijos porque sí, sin pedir nada a cambio, y los hijos —afortunadamente en la mayor parte de los casos— cuidan de sus padres ancianos también porque sí, porque les quieren. Como sabéis vosotros muy bien, la familia es —¡ha de serlo siempre!— la comunidad en la que cada uno es —y así se siente— querido por sí mismo, por ser quien es. La manera de corresponder a ese amor es poniendo cada uno al servicio de la comunidad familiar aquello que le es más propio y personal. De esta manera cada uno aporta lo suyo a lo común y así todos se enriquecen. Pero además, si queremos hacer un mundo más humano, hemos de aprender a mirar a todos y a cada uno —sean o no de la propia familia— como alguien que vale por sí mismo. De esta manera el cariño familiar se ensanchará hasta hacerse verdaderamente global de forma que el mundo se transforme en un hogar.

        Debo reconocer que cuando era joven siempre menosprecié el «ternurismo» porque me parecía quizás un sentimentalismo facilón. Me parece que la primera vez que me paré a pensar y a escribir sobre la ternura fue cuando ya cerca de los cuarenta me tropecé con un álbum recopilatorio de Ana Belén y Víctor Manuel que llevaba por título «Para la ternura siempre hay tiempo» y que traduje para mis adentros como «para la ternura siempre es tiempo». Así es. La ternura renuncia al control del tiempo [como los padres en el avión]. La prisa se opone a la ternura; la ternura es lenta, la prisa violenta. No hay ternura apresurada, no hay amor con prisas. Quien ama no tiene prisa.

  1. Sexo y ternura

        A ninguno de quienes hoy me escucháis se os oculta que vivimos en una sociedad pansexualizada —de ordinario machista, esto es cosificadora de las mujeres— tanto en los medios de comunicación como en la publicidad, en las películas o en internet. El sexo es muy importante en la vida humana. No es —de ello estoy seguro— lo más importante, pero tiene un papel central en el desarrollo de una vida en plenitud. Dicen algunos que la revolución de mayo del 68 —que desvinculó placer sexual y reproducción— y el rechazo de buena parte de los valores que moderaban el impulso sexual han desarticulado por completo la realización personal en el ámbito de la sexualidad. Todos sabemos bien que cuando el placer sexual se convierte en objeto de consumo los seres humanos se cosifican en su mutua relación. Esto en la prostitución y en la pornografía es totalmente obvio.

        Probablemente coincidiréis conmigo en que pedir al sexo que dé la felicidad es pedirle demasiado, es pedirle algo que no puede dar. Dejadme que cite un párrafo del conocido escritor Alex Rovira: «Sexo con ternura es expresión del amor; sin ternura, una relación basada en la sexualidad está condenada a la ruptura. Porque aunque pueda haber intensidad sensorial en el intercambio físico, sin ternura se produce una relación que se encierra en la búsqueda del propio placer y hace del otro un objeto de satisfacción y nada más. […] La pasión del enamoramiento es efímera y deja paso con el tiempo a una relación más reposada donde se instala la ternura. Sin ella, la relación de pareja está condenada al fracaso porque su ausencia genera aburrimiento, rutina, apatía, distancia y egoísmo».

        No añado nada más sobre la relación esponsal, de varón y mujer, en el matrimonio y la familia, pero sí que me gustaría añadir algo —lo haré muy brevemente, aunque es un tema enorme— sobre las relaciones de varones y mujeres en el espacio público, en el ámbito laboral. Frente a esa sociedad hipersexualizada que decía antes, me gustaría afirmar rotundamente —con palabras de un buen amigo mío— que «el sexo es familiar», que el ámbito natural del sexo es el del matrimonio y que, por tanto, debe limitarse a él. Por consiguiente, hemos de empeñarnos en des-sexualizar el mundo laboral, el ámbito profesional, las relaciones sociales, incluidos los espectáculos y demás medios de entretenimiento. Me parece que los recientes y penosos escándalos sexuales en el mundo del cine o en la Iglesia católica son una terrible consecuencia de abusos de poder por parte de empresarios, clérigos u otros depredadores capaces de violentar a mujeres o a menores para satisfacer sus más bajos instintos.

         Perdonad que me ponga tan serio, pero me parece que el asunto lo requiere. Se dice a veces que aquellos hombres que dañan con su comportamiento violento a las mujeres han sufrido probablemente en su infancia o juventud formas severas de violencia y abuso. No sé si es verdad. Lo que sí sé es que quienes han sufrido la violencia pueden aprender a curar su terrible experiencia pasada mediante el cariño y el servicio a los demás. Responder con ternura inteligente y concreta a la violencia es —en palabras de san Josemaría con gran fuerza poética— «ahogar el mal en abundancia de bien».

        Defender que el sexo es familiar significa —decía antes— empeñarse en que los demás ámbitos de la sociedad estén des-sexualizados, esto es, que varones y mujeres solo estén disponibles para relacionarse sexualmente dentro del matrimonio. Pero, podríais decirme, ¿no eres consciente de la promiscuidad sexual generalizada entre tantos jóvenes y adultos en nuestra sociedad? Por supuesto que soy del todo consciente y respondería que la situación actual no es muy distinta —según los datos de que disponemos— de la que se encontraron los primeros cristianos en el Imperio Romano que en poco menos de dos siglos transformaron de abajo arriba la sociedad. Se trata realmente de hacer una nueva revolución: la revolución de la ternura.

  1. La revolución de la ternura

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA»

        Me parece que la primera vez que escuché al papa Francisco emplear la expresión «la revolución de la ternura» fue en su viaje a Cuba en el año 2015. Si no entendí mal, lo que venía a decir es que lo verdaderamente revolucionario en Cuba y en todas partes es que nos queramos unos a otros y que no tengamos miedo de expresarlo así.

        Al escuchar aquella expresión, vinieron a mi memoria los ensayos de algunos de mis alumnos del curso precedente, a los que había pedido que escribieran sobre su vida familiar. Quedaron en mi memoria un puñado de ellos en los que con dolor hablaban de gritos, incomprensión, mal genio, discusiones, malentendidos, clamorosos silencios… y toda la retahíla de conductas desafortunadas que con frecuencia afligen a tantas familias. Como escribe Leon Tolstoi en el arranque de su maravillosa novela Anna Karenina: «Todas las familias felices se parecen, mientras que cada familia infeliz es infeliz a su propia manera».

        Pues bien, decir que la ternura es revolucionaria no significa que a base de besos y de caricias puedan resolverse todos los problemas, pero sí, de alguna manera, que aquellos que más nos afectan tienen de ordinario que ver con nuestra relación con quienes tenemos a nuestro lado, nuestros amigos, parientes, colegas, vecinos. Y en estos casos, aplicando una ternura inteligente pueden cerrarse heridas a nivel familiar, pueden pensarse mejor las relaciones laborales para minimizar los conflictos y puede aminorarse la beligerancia social. Nos enternecemos porque amamos y la revolución de la ternura se nutre del amor. Fue conmovedor el discurso del papa Francisco en Filadelfia, hablando de la familia, cuando, ante la ingenua pregunta de un niño: «¿Qué hacía Dios antes de crear al mundo?» , tuvo que improvisar una respuesta: «Antes de crear al mundo… Dios amaba».

        ¿Cómo expresamos el amor a quienes nos rodean? Sin duda, son muchas las formas y han de adaptarse a las circunstancias de lugar, de tiempo, de tradiciones culturales y de situación de cada uno, pero quiero apuntar al menos tres:

        1) La escucha serena, sin mirar el reloj ni el móvil: en palabras de la Madre Teresa de Calcuta, «estar con alguien, escucharle sin mirar el reloj y sin esperar resultados, nos enseña algo sobre el amor».

        2) Pedir perdón y agradecer: es necesario en muchas circunstancias aprender a pedir perdón, a decir «lo siento, me equivoqué», «no lo haré más», y —como enseña el papa Francisco— exige también emplear muchas veces esas otras dos expresiones tan típicas del cariño: «gracias» y «por favor».

        3) La sonrisa y la caricia: Los seres humanos llevamos el alma a flor de piel y una sonrisa o una caricia cambian nuestro día. Cuántas veces un malentendido, una discusión, un disgusto con aquella otra persona que queremos queda relegado al olvido simplemente con una caricia amable, con un beso. No hacen falta palabras; más bien sobran.

  1. Conclusión

        Debo terminar ya, pues me apura el tiempo concedido, y quiero hacerlo agradeciendo vuestra amable atención hacia mis palabras e invitando a todos —masterandos, profesores, amigos todos— a ser valientes y a atreverse a dar más abrazos, más besos, más caricias, más sonrisas, más escucha, más «gracias», más «perdón», más «por favor». Tened presente que la revolución de la ternura comienza siempre por los que tenemos más cerca.

Graduación de la XVIII Promoción del Máster en Matrimonio y Familia, Universidad de Navarra, 14 de junio 2019.

Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, María Rosa Espot, Lola Martínez Portero y Ramon Nubiola, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Sacar partido a las máquinas

         Me gusta que las máquinas que utilizo —desde la pluma estilográfica hasta el móvil y el ordenador, pasando por el reloj de pulsera o la maquinilla de afeitar— sean eficientes, no se estropeen y cumplan bien su función. Pretendo que las máquinas no me exijan atención ni tiempo de entrenamiento o de mantenimiento. Aspiro a que su uso sea —al menos para mí— transparente, que no requiera pensar, ni tomar decisiones, sino que baste con usarlas bien, esto es, ajustándose a su finalidad. No soy un friki.

         Sin embargo, de vez en cuando me encuentro con personas que, por así decir, me echan en cara que no saco partido a las máquinas de las que dispongo, pues cuentan con unas potencialidades supuestamente maravillosas que podrían llegar a cambiar mi calidad de vida. Exagero un poco, pero no mucho. En parte por la edad se me hace cada vez más difícil aprender cosas nuevas: por ejemplo, no sé manejarme con hojas de Excel y mucho menos imprimirlas, y cuando de tarde en tarde lo necesito lo que hago es pedir ayuda a algún colega más joven y más experto. ¡No me trae cuenta ponerme a aprender cosas que voy a utilizar solo dos veces al año!

         Cuando me dicen eso de que no saco partido a las máquinas, me viene a la cabeza aquel chotis castizo que se admiraba del progreso y la velocidad de los aeroplanos y se preguntaba «¿Y qué haces tan temprano en Nueva York?». Por poner un ejemplo: más de una vez me he planteado incorporar a mis pautas de trabajo los programas de dictado que transforman automáticamente la voz en texto. En teoría esto me vendría muy bien y potenciaría mi trabajo como escritor, ya que toda mi vida he escrito con solo dos dedos sobre el teclado, pero cuando lo he probado he descubierto que escribir despacio y con dos dedos no es un freno, sino que simplemente ese es el ritmo que me ayuda a pensar: ¿para qué quiero yo un dictáfono si pienso más despacio de lo que hablo?

         Me ha interesado el libro de Cal Newport Deep Work. Rules for Focused Success in a Distracted World (2016) que merece una lectura por parte de todos aquellos que encuentren dificultades para concentrarse durante horas en su trabajo, quizá por llevar un estilo de vida lleno de distracciones, de atención a entretenimientos y diversiones facilitados por las máquinas modernas. Newport es particularmente hostil a las redes sociales y lo comprendo.

         Soy uno de los primeros que en mi Universidad tuvo cuenta de correo electrónico a finales de los ochenta del siglo pasado; aunque esté ahora en declive el correo electrónico sigue teniendo un papel muy relevante en el mundo académico. Dedico casi dos horas diarias al despacho de la correspondencia ordinaria con colegas, alumnos y amigos, y además destino tres o cuatro horas cada domingo para escribir sin prisas a quienes quiero. Esa es para mí una de las tareas más gozosas de la semana.

         De modo semejante, soy uno de los primeros usuarios de Facebook en España y un gran admirador de su fundador Mark Zuckerberg que ha creado un imperio con más de 2.000 millones de usuarios activos, que se ha ensanchado enormemente tras la adquisición de Whatsapp e Instagram. Me gusta Facebook porque me permite un cierto contacto con personas a las que quiero y con muchas otras a las que no conozco, pero a las que puedo llegar —y quizás ayudar con mis textos— con poco esfuerzo o dedicación por mi parte. En cambio, cuando apareció Twitter enseguida pude comprobar que es algo que solo sirve para políticos, artistas y periodistas, pero no para profesores o escritores como yo.

         Mis alumnos están ahora en Instagram y mi experiencia de dar a conocer mis posts allí es verdaderamente muy pobre. Me parece que después de un año de prueba —con la ayuda de una eficiente alumna— voy a darme de baja: es para personas que quieren lucirse o llamar la atención con sus fotos, pero me parece que no sirve para difundir ideas a través de textos.

         Con todo esto lo que quiero decir es que vale la pena dar prioridad a las personas sobre las máquinas y los programas. Suele decirse que las máquinas nos separan de los que están cerca y nos acercan a los que están lejos. Esto es así si no ponemos cuidado en las personas que tenemos cerca. En esta vida lo único que en muchos casos podemos elegir es a qué prestamos realmente atención: personas, tareas, máquinas, distracciones. Cuántas personas con las que me cruzo —en particular estudiantes— no me ven porque están concentrados en la pantalla de su móvil. Cuántas personas que no hacen lo que quieren simplemente porque están ocupados en tareas que quizás incluso no les interesan, sino que simplemente son el peaje de la publicidad en las redes sociales.

         Me parece que sacar partido a las máquinas no consiste tanto en dominar todas sus potencialidades, sino en saber emplearlas inteligentemente para lo que necesitemos o queramos sin dedicarles una atención o un tiempo excesivos. Me dicen que hay millones de aplicaciones para móviles, pero realmente, ¿las necesito? Mi último descubrimiento ha sido la aplicación llamada “Salud” que sin yo saberlo lleva tres años midiendo los pasos y kilómetros que camino cada día: me ha encantado. ¿Hay alguna otra que desconozco y que me haría la vida más fácil o más amable?

         Pienso que los seres humanos lo que necesitamos no son tanto programas o aplicaciones, sino sobre todo querer y sentirnos queridos. Hay máquinas o programas que nos acercan a los demás y nos ayudan para expresarles nuestro cariño y para recibirlo de quienes nos quieren. Quizás esos artefactos podrían ser llamados más bien “máquinas de querer” y es solo a estos a los que realmente deberíamos sacar más partido.

Volando de Miami a Newark, 18 de abril del 2019.

Agradezco la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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La generación Z

      Me dicen que la generación Z —la de los jóvenes nacidos después del año 2000— llegan a la universidad sin educación. Lo que «los mayores» quieren decir con eso es casi siempre que estos jóvenes de ahora, aunque hayan estado quince años en el sistema educativo, llegan a los estudios universitarios sin haber aprendido los «buenos modales» que supuestamente caracterizaban a las generaciones precedentes.

      Busco en Wikipedia sobre la generación Z y leo que «muchos de ellos son hijos únicos, lo que les convierte en seres muy diferentes de las generaciones anteriores. No significa que sean egoístas, individualistas o retraídos, sino que tienen una perspectiva diferente de la familia y las relaciones interpersonales. Ser hijos de padres que no quisieron más que un hijo les convirtió en personas con una óptica muy distinta del mundo que les rodea». Siempre se ha dicho —quizás injustamente— que los hijos únicos ven el mundo de manera distinta, pero los de esta generación —en buena parte hijos únicos o con un solo hermano— han sufrido además en un porcentaje considerable (quizás un 30%) el divorcio de sus padres: eso les lleva en muchos casos a desconfiar del matrimonio y de la institución familiar. «No quiero que mis hijos pasen por esto», se dicen.

      Y en Wikipedia se añaden otros dos puntos que a mí me resultan todavía más inquietantes: «La generación Z da menos importancia a la carrera profesional y a los estudios formales», y unas líneas más abajo: «En su vida personal puede haber falta de comunicación». Sin duda muchas generalizaciones son falsas, pero toda esta caracterización genérica se aplica muy bien —al menos parcialmente— a muchos de mis alumnos. Mi percepción es que los jóvenes son efectivamente distintos y, sobre todo, que están gritando sin palabras que necesitan sentirse queridos por aquellos que aspiran a educarlos, sean sus padres, profesores o quien sea.

      Son distintos, no les gustan los estudios formales y tienen problemas de comunicación, dice Wikipedia. Lo que veo, por ejemplo, es que muchos jóvenes de esta generación Z no ven sentido al esfuerzo que supone preparar unos trabajos académicos, unos ensayos o unos exámenes. La vida académica suele aparecérseles como una carrera de obstáculos que han puesto “los mayores” para hacerles más difícil la existencia o incluso para hacerles sufrir. Son cortoplacistas y por eso les parecen inútiles tantos años de estudio. Viene a ser como una montaña insuperable de cuatro largos años del grado y después un máster para finalmente intentar encontrar una difícil inserción laboral. Probablemente sus padres tienen más interés que ellos en que obtengan un título universitario. Me viene a la memoria aquello que decía el Wittgenstein maduro, víctima de la depresión, de que la vida académica le parecía «la muerte en vida». Algo así podrían decir quizá muchos de los jóvenes estudiantes que no ven que merezca la pena tanto esfuerzo.

      Las dificultades de comunicación guardan quizás alguna relación con su concentración obsesiva en internet y las redes sociales. Como suele decirse, «te acercan a los que están lejos, te separan de quienes están cerca». ¡Cuántos padres se quejan de que no logran atraer la atención de sus hijos y se sienten siempre derrotados por las máquinas!

        Sin duda, este panorama grisáceo cambia radicalmente al caer la tarde del viernes cuando los grupos de jóvenes salen arracimados a la calle para convertirse en los “reyes de la noche”. Muchos viven para el fin de semana. En sus espacios nocturnos apenas hay adultos y, en cierto sentido, cada uno logra allí su identidad mediante su pertenencia a un grupo o tribu urbana. Por así decir —y esto resulta importantísimo desde un punto de vista personal—, necesitan un grupo en el que “encajar” como si cada uno fuera una pieza de un puzle.

        Por supuesto, estas generalizaciones son solo aproximadas, pero proporcionan algunas claves interpretativas útiles para poder comprender a los jóvenes, que ya no son “como nosotros” cuando teníamos su edad. De hecho, esta reflexión brota de la presentación que hizo de su blog el pasado miércoles una valiosa alumna de Governance. Lo había titulado “Dare to Zink“, que suena como “Atrévete a pensar”, pero que al estar escrito con la letra zeta venía a decir que los miembros de la Generación Z se atreven a pensar por su cuenta y riesgo. Ojalá sea así.

Pamplona, 29 de marzo 2019.

P.S. Me escribe una sabia profesora: «Sin negar lo que dices, veo también que la generación Z cuenta en su haber con algo que los anteriores no teníamos: mayor sinceridad, frescura y muchos menos respetos humanos y miedo al ridículo, además de mucha más solidaridad que generaciones anteriores. Quizá sea porque siguen siendo, en parte, niños grandes y eso tiene sus inconvenientes y sus ventajas. El reto no es pretender que piensen, pues la capacidad está ahí (como la tenían los anteriores), sino darles herramientas para que lo hagan e intentar, seguramente, entender los parámetros en los que se mueven». Estoy totalmente de acuerdo con ella.

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Agradezco las correcciones y comentarios de Carlos A., Rocío B., Mª Rosa E., Silvia D., Paula N., Nicolás N. y Beatriz S., así como la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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Escuchar, no discutir

            Durante un reciente viaje a Guatemala, la documentalista Jacin Luna me hizo llegar el clip de cinco minutos de la entrevista con Michael Sandel en la serie “Aprendemos juntos” del BBVA que aparecía en El País uno de esos días [https://www.youtube.com/watch?v=FZN-3-sWZj4&feature=youtu.be]. Ya el título de aquella entrevista con el afamado profesor de filosofía política de Harvard resultaba muy atractivo: “Hoy la gente solo escucha opiniones que refuerzan lo que ya cree”. Merece la pena reproducir el pasaje central de esa entrevista aunque sea un poco extenso:

          «Vivimos en una época polarizada donde parece que hay muy poca base para una política del bien común. Y una de las características más perjudiciales de la polarización es que la gente solo escucha opiniones que refuerzan lo que ya cree y esto hace que el diálogo sea muy difícil. Casi hasta el punto de que el diálogo y el discurso democrático genuino es un arte perdido. Es un arte perdido porque la gente ha perdido la fe hasta en la posibilidad de debatir con personas que no están de acuerdo con ellos.

         Existe el temor de enfrentarnos, de generar conflicto y rabia, o incluso de que esto conduzca a la coerción, a la imposición de los valores de la mayoría sobre la minoría. Y debido a esto, tendemos a evitar el debate sobre valores en política. Creo que es una de las razones por las que el discurso público de las sociedades democráticas de todo el mundo parece ahora tan vacío y tan hueco. Es vacío y hueco porque casi tememos hablar con nuestros conciudadanos sobre grandes cuestiones como la justicia, la ciudadanía y el bien común porque tememos no estar de acuerdo.

            […] Creo que nuestras instituciones educativas deben desempeñar un papel importante en la creación de estas normas y hábitos de diálogo civil. […] Creo que en lugar de esperar a que los partidos políticos y los políticos nos salven, necesitamos vigorizar el discurso público haciendo que el sistema educativo y los medios de comunicación hagan un trabajo mejor».

              Estoy tan de acuerdo con este enfoque de Michael Sandel que envié el enlace a mis alumnos por correo electrónico animándoles a ver la entrevista breve (y la versión completa, si les apetecía) y hacerme llegar sus comentarios. Por ahora solo me han escrito dos estudiantes manifestando su acuerdo con Sandel, pero a la vez sintiéndose derrotadas de antemano, incapaces de cambiar esa situación que incluso entre los jóvenes hace a menudo imposible el diálogo y bloquea la reflexión.

            Por ejemplo, Lirios, una valiosa alumna levantina, me escribía: “Cada vez resulta más complejo exponer una opinión y que sea escuchada, aunque no se comparta. En seguida hay quien se da por ofendido. Y realmente es una pena que no existan —porque no se fomentan— espacios donde sea viable esa discusión cívica que propone Sandel. Donde todo es café, donde todo vale, nada merece la pena y para eso es mejor quedarte en casa con tus opiniones y no salir al espacio público donde por decir «flor» ya has ofendido a alguien”. Por su parte, la alumna argentina Agustina me escribe: “Me ha pasado tanto en Argentina como en España encontrarme en un debate con personas de mi misma edad y darme cuenta de que repiten las mismas tres frases que la gente les dijo que debían repetir y que no importaba lo que les dijera que no podían salir de sus posiciones”.

        Les he contestado a las dos animándolas a crear a su alrededor espacios de escucha y de conversación inteligente y amable: es cuestión de apagar los móviles, de disponer de tiempo y quizá de abundante cerveza. Parafraseando a Hegel, me gusta repetir que las personas de ideales hacen de sus ideas realidades. Si uno se empeña en escuchar a los demás —sobre todo a quienes son más distintos o parecen tener opiniones más opuestas— y en aprender de ellos, se crece por dentro y a menudo se establecen relaciones intelectuales y afectivas formidables.

      Me parece que temen expresar sus opiniones porque no desean que de la diferencia de opiniones se pase a la discusión, que en castellano resulta siempre algo enojoso —frente al inglés “to discuss” que equivale a “comentar”—, ya que en las discusiones priman las emociones sobre las razones.

          Estoy persuadido de que esta es una de las misiones más importantes de la Universidad: enseñar a dialogar, a escuchar las opiniones de los demás y a expresar con libertad y creativamente el propio parecer. Una universidad ha de constituir un espacio en el que todas las opiniones puedan expresarse con tal de que se haga respetuosa y razonablemente. Ese es el espíritu de la disputatio medieval: es claro que no todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero, si han sido formuladas seriamente, en todas ellas hay algo de lo que podemos aprender. No solo la razón de cada uno es camino de la verdad, sino que también las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían la propia comprensión.

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Aeropuerto de La Aurora, Ciudad de Guatemala, 23 de febrero de 2019.

Agradezco las correcciones de Albi C., Lirios C., Fernando B., Ángel L., Paloma P., y la ayuda de Jacin L. y Victoria D. con las ilustraciones.

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Necesitamos hombres que sepan llorar

        Me llegan a la vez dos textos aparecidos recientemente en el New York Times que me impresionan. Por un lado, David Brooks escribe un artículo el 18 de enero con el hermoso título “Students Learn From People They Love” [“Los estudiantes aprenden de aquellos a quienes aman”], que me lo hace llegar mi querido amigo Fernando Batista desde México. Por otro lado, estoy suscrito a la newsletter feminista del New York Times titulada desde hace poco “In Her Words” y me impacta desde el título la entrega del miércoles 23: “What Is Toxic Masculinity?” [“¿Qué es masculinidad tóxica?”].

         Los dos textos me han dejado pensando y he aprovechado una inoportuna gripe para enlazarlos y poner por escrito mi reflexión. El artículo de la masculinidad tóxica nace de un reciente anuncio de Gillete en el que aparecen niños y adultos varones en una panoplia de conductas nocivas (bullying, peleas, discriminación, acoso sexual y más), mientras que una hilera de hombres justifica a coro esas conductas diciendo: “Boys will be boys” [“Los niños siempre serán niños”]. El anuncio invita a abandonar esa anticuada mentalidad y a adoptar, en cambio, otros comportamientos varoniles pacíficos, cordiales y educados. Al parecer ha causado gran revuelo en los Estados Unidos.

         ¿Qué significa “masculinidad tóxica” o “ideología masculina tradicional”?, se pregunta Maya Salam, la editora de la newsletter. Y responde que los investigadores han identificado que está conformada por un conjunto de conductas que incluyen en parte las siguientes:

1) Suprimir las emociones y ocultar la angustia.

2) Mantener una apariencia de “duro”.

3) La violencia como indicador de poder.

      En otras palabras, prosigue Maya Salam, la masculinidad tóxica puede venir de que a los niños no se les deje expresar sus emociones abiertamente, y de que tengan que parecer siempre duros. Basta con recurrir a la manida frase de “los hombres no lloran” con la que sigue reprimiéndose la expresividad emotiva de tantos niños varones en todo el mundo. Llorar —suele decírseles— es “cosa de niñas”. Como se afirma a veces: “Men repress, women express“, los hombres reprimen sus lágrimas, mientras que las mujeres expresan sus emociones con ellas.

         Debo decir de antemano que a mí me saltan las lágrimas con facilidad cuando veo a alguien sufriendo, incluso en el telediario. También la gratitud me emociona hasta las lágrimas. Los discursos de Obama en los funerales eran unas piezas oratorias magníficas: se emocionaba él y nos emocionábamos quienes le escuchábamos. En contraste, las lágrimas de nuestros políticos locales parecen simples rabietas por haber perdido el sillón y no inspiran más que una piadosa sonrisa en el mejor de los casos.

         Mi padre —que falleció hace dos años cuando contaba con 94 años de edad— no era una persona sentimental. Había sido educado en esa tradición de que los hombres no lloran y de hecho solo le había visto llorar de emoción en dos breves ocasiones de su vida. Quizá por eso me impresionó tanto en los meses que precedieron a la muerte de mi madre, verle sollozar al hablarme de mi madre que se iba extinguiendo lentamente. Me emociono al recordarlo. Me pedía perdón por ser tan emotivo, pero venía a decir que necesitaba mi hombro para consolarse y aliviar así su enorme pena.

         Todos los hombres necesitamos expresar nuestras emociones, no es debilidad, no es afeminamiento, es riqueza emocional. Por eso me impresionó el artículo de Brooks con ese hermoso título “Los estudiantes aprenden de aquellos a quienes aman”, que arranca de su experiencia en Yale cuando dijo en clase que ese día no podría atender a los alumnos en su horario de oficina porque venía un amigo a ayudarle esa tarde a resolver un asunto personal. Recibió diez o quince mensajes de sus alumnos expresándole su apoyo. “El resto del semestre el tenor de aquel curso fue diferente. Estábamos más cercanos. Aquella brizna de vulnerabilidad significaba que yo no era el solitario Professor Brooks, sino un tipo como cualquier otro intentando salir adelante en la vida”.

         Esa experiencia le sirve a Brooks para ilustrar la conexión entre el aprendizaje y las relaciones emocionales. Lo hace invocando a conocidas autoridades en psicología, neurología y demás saberes. No las repetiré yo aquí. Todos tenemos experiencia de que el amor es la relación educativa más importante. Los alumnos aprenden cuando se sienten queridos por sus profesores. Más aún, todo lo importante solo se aprende de aquellos a quienes queremos, sean padres, amigos, profesores.

         ¿Alguien se atrevería a evaluar un sistema educativo por esas relaciones afectivas que son tan básicas para su eficacia? Al menos ya se reconoce abiertamente que los fracasos en el sistema educativo tienen muchas veces un componente de la vida emocional del estudiante. ¿Se alienta a los profesores a querer a sus alumnos con todo lo que eso significa de respeto a sus diferencias, de amor a la libertad, de anhelo de que los estudiantes crezcan a su estilo y a su aire?

         Por eso decía al encabezar estas líneas que necesitamos profesores —¡y también profesoras!— que sepan llorar, que sepan emocionarse al leer un poema, al describir un cuadro hermoso o al narrar una historia, que sientan compasión por los alumnos más necesitados. A los alumnos les gustan los profesores humanos, que se emocionan ante los acontecimientos, que se ilusionan con el crecimiento de sus alumnos. Las emociones —deberíamos saberlo todos— son elemento clave en el aprendizaje. Necesitamos profesores con alma y corazón, y no solo que sepan mucho de su asignatura, porque si no ponen alma y corazón, realmente no saben cómo enseñarla.

Pamplona, 24 de enero 2019

         Agradezco las correcciones de Gloria B., Silvia D., Ramon N., Paloma P., Alexia T. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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