Amigos de juventud

         Leo en la novela Y después… del escritor francés Guillaume Musso, que me recomendó una estudiante: “Se es joven una sola vez, pero nos acordamos de ello toda la vida”. Se trata al parecer de un fragmento de un diálogo de la película Liberty Heights (1999) de Barry Levinson. Al adentrarme en los 60 van muriéndoseme los amigos de juventud con quienes tanto quería y a quienes tanto quise. A veces la primera noticia de ellos que recibo en años es la de su muerte y me reprocho el no haber salido a buscarlos.

Así me pasó hace unos pocos días con Alf a quien tanto traté entre 1973 y 1978: me vino su recuerdo a la cabeza no sé por qué, lo busqué en internet y encontré su esquela del pasado diciembre. No recuerdo que hubiera ningún hecho concreto que nos distanciara. Simplemente la vida nos separó cuando yo me vine a Navarra y no hice nada por cultivar su trato. Pasaron los años, vivíamos a varios cientos de kilómetros de distancia y la amistad se fue difuminando por la falta de trato. Algo parecido me ocurrió con muchos otros amigos de mi infancia y juventud más o menos inadvertidamente, quizá también porque, al cambiar de ciudad y de entorno profesional, fui conociendo nueva gente y haciendo nuevos y buenos amigos. Caigo de nuevo en la cuenta de la penetrante clarividencia de aquel dicho de Kierkegaard “Vivimos hacia adelante, pero comprendemos hacia atrás” y me lamento de tantos amigos perdidos.

         Con palabras de un ilustre intelectual catalán me gusta repetir que “la amistad se nutre de cotidianeidad”. Si no se cultiva a diario, la amistad se pierde y queda solo un afectuoso recuerdo. En cambio, si se recupera el trato, quizá sea posible reanudar la amistad como si nunca se hubiera interrumpido. ¡Qué misterio este de la amistad! La amistad es cuestión de mutua dedicación de tiempo, pero también requiere una comunidad de intereses vitales y de sintonía de los corazones.

         A menudo tengo la impresión de que la gente joven hoy en día sabe mucho de sexo y muy poco de amistad. Se trata, sin duda, de un fenómeno muy complejo, pero me parece que muchos jóvenes echan de menos una adecuada educación para la amistad, que a la larga puede mostrarse como mucho más necesaria incluso que la propia educación sexual. Invité hace unos días a la profesora Ana Mª Romero Iribas a que impartiera una sesión sobre esta materia en un curso de formación de profesores y quedé una vez más deslumbrado. Me parece que también quedaron impactados las dos docenas de profesores de secundaria que la escucharon atentamente durante hora y media.

         Para Aristóteles la amistad era “lo más necesario para la vida, pues sin amigos nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos. Probablemente todos estemos de acuerdo con Aristóteles en la importancia de la amistad para que la vida tenga sentido, para que la sintamos de verdad llena. Por eso, me gusta decir que debemos ir siempre como los taxis con la luz verde encendida, anunciando que queremos hacer nuevos amigos, que estamos dispuestos a conocer a nuevas personas, y a quererlas y acogerlas en la intimidad de nuestra amistad.

        Pero lo que quiero recalcar en esta ocasión es la importancia del cuidado de los amigos de la infancia y juventud. Me parece que merece la pena intentar recuperar el trato con aquellos cuya amistad se haya desvanecido con el paso del tiempo.  Aquellos amigos a los que nos unieron los años compartidos en las aulas y en los juegos y, sobre todo, unos comunes anhelos de futuro. Con mis amigos de juventud queríamos cambiar el mundo y queríamos hacerlo juntos. Me escribía mi amigo Rafael Tomás Caldera de su agridulce experiencia a este respecto: “En ocasiones puede llevar más tiempo, pues hay que contarse tantas cosas… Y a veces se descubre que ya no vamos en la misma dirección y no hay interés en un nuevo encuentro”. Probablemente tiene toda la razón del mundo, pero no me conformo. Quiero recuperar —al menos quiero intentarlo— el trato afectuoso con mis amigos de juventud.

Pamplona, 21 de marzo 2017

Agradezco las correcciones de mi amigo de juventud Ángel López-Amo y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Artesanos del diálogo

roma-tre-e1487346108234     Han llamado poderosamente mi atención las palabras que el papa Francisco improvisó en su reciente visita a la Universidad Roma Tre, dejando de lado el discurso oficial que traía preparado y que puede leerse en la web del Vaticano. Después de escuchar las preguntas de cuatro estudiantes, el Pontífice —dice la crónica de prensa— se refirió a las llamadas “universidades de élite”, en las que no se enseña a dialogar, sino que enseñan ideologías. “Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología. Eso no es una universidad”, explicó el papa. En este sentido, destacó el papel de la universidad para el desarrollo de una cultura del diálogo: “La universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, porque dialogar es lo propio de la universidad. Una universidad donde se va a clase, se escucha al profesor y luego se vuelve a casa, eso no es una universidad. En la universidad debe desarrollarse una artesanía del diálogo”.

61bb88ac-5a46-4e20-b392-189ca0fc8532         Me ha encantado esta afirmación de tanta raigambre en la tradición universitaria. No sé por qué viene a mi memoria aquello de Newman en The Idea of a University de que el crecimiento personal tiene que estar enraizado en un espacio comunitario en el que el intercambio de “bienes espirituales entre estudiantes y profesores” no solo resulte posible, sino que se promueva positivamente. Para Newman, durante los años universitarios resulta esencial el trato afectuoso e inteligente de profesores y alumnos, la conversación cordial y la convivencia libre entre los estudiantes de forma que puedan aprender unos de otros y se ensanchen así su mente y su corazón en favor de la humanidad.

a0cf2d76-62e0-4cba-b43e-f9063a653510         Hoy mismo leía al joven Ralph Waldo Emerson, estudiante en Harvard College, que anotaba en su diario en junio de 1822: “Un hombre progresa más en un asunto mediante una conversación de media hora con su amigo que con muchas cartas; porque, cara a cara, cada uno puede expresar sus propios puntos de vista con claridad y cada objeción puede ser planteada y respondida; y además, de su mirada y de sus tonos se obtiene una noción mucho más definida de sus sentimientos e intenciones respecto de ese asunto, de lo que es posible obtener del papel”. En estos tiempos de tanto correo electrónico todos tenemos una experiencia semejante en favor de la conversación cara a cara. Cuántas cosas se solucionan charlando tranquilamente, quizá con un cerveza delante. Cuántos malentendidos se disipan con una conversación amable.

9f7d77e7-764b-4389-9b1f-ebe00a3edaba         La universidad como escuela del arte del diálogo: ¡qué hermoso desafío! No es fácil llevarlo a la práctica. Las abundantes tareas que pesan sobre los profesores —las numerosas clases, las exigencias de la investigación, los servicios diversos a la comunidad académica— no facilitan el diálogo ni entre los profesores, ni mucho menos con los alumnos. Tampoco los estudiantes saben qué pueden hacer para que los profesores les escuchen, pues de ordinario hay una notable diferencia de edad, de conocimientos, de autoridad.

mentor         Mi gozosa experiencia es que si se consigue que los estudiantes escriban sobre lo que les preocupa y después se leen esos textos con ellos, se logra mucho más fácilmente la comunicación efectiva. Muchos alumnos anhelan aprender a expresar lo que llevan dentro y casi siempre no saben cómo hacerlo. Todo esto, por supuesto, requiere un cierto planeamiento, unas asignaturas que inviten a escribir, unas pautas y temas sobre los que hacerlo efectivamente, un tiempo real del profesor para corregir los textos y para leerlos después con los alumnos interesados. La experiencia es del todo gratificante y desde todos los puntos de vista compensa el esfuerzo organizativo.

 vlietvanbrodie        Necesitamos que en la universidad los profesores no solo tengan un horario de atención a los alumnos, sino que estén deseosos de escucharlos, que estén dispuestos incluso a aprender de ellos, al menos de su experiencia juvenil, tantas veces del todo novedosa para el profesor. Si no hay esa disposición no resulta posible un verdadero diálogo. “Cuando el alumno está preparado aparece el maestro”, dice un conocido proverbio zen. También es verdad la afirmación inversa: cuando el maestro está bien dispuesto —y abre las puertas de su cabeza y de su corazón— aparecen siempre los alumnos ansiosos de aprender.

futuros_alumnos         La universidad tiene que ser una escuela artesanal de diálogo entre los propios profesores, entre los alumnos, entre unos y otros, entre todos los que forman parte de la comunidad universitaria. Si hay diálogo es que nadie se cree dueño de la verdad, sino que todos piensan que la verdad se busca en comunidad. No todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero, si han sido formuladas seriamente, en todas ellas —como sostenía santo Tomás de Aquino (cf. I Dist. 23 q. I a. 3)— hay algo de lo que podemos aprender. No solo la razón de cada uno es camino de la verdad, sino que también las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían la propia comprensión.

 7a991ea2-fcb9-4dfd-994c-1bb41757b9b4     Esta defensa del pluralismo se nutre de la fecunda experiencia de que los seres humanos, mediante el diálogo abierto, el estudio sosegado y el contraste con la experiencia, somos de ordinario capaces de llegar a reconocer la superioridad de un parecer sobre otros en aquellas cuestiones vitalmente importantes. En este sentido, puede decirse que la universidad es la institución en la que sistemáticamente se busca la verdad, pues aspira desde sus comienzos a adentrarse cada vez más en la verdad en todos aquellos campos en los que la inteligencia humana puede avanzar.

papa-romatre1-755x491      Así, además, la universidad podrá llegar a ser una efectiva escuela de diálogo para toda la sociedad. Para esto es esencial que en ella tanto los profesores como los alumnos —tal como invitaba el papa Francisco a los universitarios de Roma Tre— lleguen a ser verdaderos artesanos del diálogo.

Pamplona, 19 de febrero 2017

Agradezco las correcciones y sugerencias de María Rosa Espot, María Guibert, mi padre Jaume Nubiola y mi hermano Ramon, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Literatura que cambia la vida

images         Recuerdo como si fuera ayer cuánto me impactó hace casi cincuenta años la lectura de A este lado del paraíso de Scott Fitzgerald. Me deslumbró. «Yo querría escribir así», me dije al terminar el libro. Con el paso de los años, descubrí que su traductor al español había sido Juan Benet, uno de los grandes de la literatura española del siglo pasado. Como alguien dijo, “los grandes libros encuentran a menudo grandes traductores”.

         En el viaje en avión que me llevaba a Kenia pude ver la película Genius (2016), traducida en España como El editor image1de libros y en Latinoamérica como Pasión por las letras, sobre Max Perkins, el legendario editor de Scribner’s en Nueva York, descubridor de Thomas Wolfe —sobre el que se centra la película— y mentor literario tanto de Scott Fitzgerald como de Ernest Hemingway, que aparecen brevemente en la historia. La película muestra bien cómo la estrecha colaboración entre Perkins y Wolfe les cambia la vida a los dos y logra que los libros que publican sean mucho mejores.

         Además, en ese mismo viaje pude leer el borrador del libro de mi buen amigo Jaime Despree image2El escritor y su obra en el que, después de identificar las características que debe reunir una novela, somete a una acerada crítica a una buena parte de los premios Planeta y Nadal de los últimos treinta años. Cuando lo leía, me venía a la memoria aquello que dejó escrito Carlos Pujol, miembro habitual de uno de esos jurados, en sus Cuadernos de escritura: “Las probabilidades de descubrir entre las novedades literarias una obra maestra deben de ser las mismas que de encontrar en la calle una bolsa con monedas de oro”.

   ¿Por qué hay tantos libros tan malos, tan insoportables? Más aún, ¿cómo es que son premiados con sustanciosas cantidades económicas en unos certámenes supuestamente abiertos a todo tipo de concursantes? Hoy en día, parece claro que esos premios no son más que un reclamo comercial que potencia las ventas y suelen estar destinados a los “escritores de la casa” que en cada caso financie el premio. ¿Qué pensarán —me pregunto— los image6lectores noveles que se asomen a esos libros tan premiados? En el mejor de los casos dirán quizá que la lectura les ha entretenido como si fuera un pasatiempo o un videojuego. En contraste, para quienes hemos podido leer más y tenemos elementos de comparación, esos libros destinados al mero entretenimiento —como son buena parte de los que se encuentran en los escaparates o expositores de las librerías— nos parecen basura literaria, “basuratura”, la llama mi amigo Despree.

url         Me parece que en el ámbito de las novedades literarias el bosque no deja ver los árboles realmente valiosos. Comprendo que los escritores tienen que vivir de su trabajo, pero inundar el mercado de basura literaria es contaminar ese espacio creativo que el espíritu necesita para desarrollarse. Me ha impresionado el libro de Betsy Lerner The Forest for the Trees: An Editor’s Advice to Writers en el que describe estupendamente cómo el trabajo de una buena editora puede mejorar tanto el contenido de un libro, haciendo que su calidad crezca muchísimo. “Los correctores de pruebas —llega a afirmar Lerner con cierto énfasis— son los héroes ignorados, los hombres y mujeres que constituyen la última línea de defensa contra la caída de la civilización, tan fiera y exigente es su protección de la lengua inglesa”.

image5         Por todo ello pienso que necesitamos libros que nos cambien la vida, obras literarias antiguas y nuevas. Escribir es una tarea de amor y no puede hacerse de prisa ni por dinero. Por eso, necesitamos libros escritos despacio, largamente meditados y corregidos tanto por el autor como por el editor: acertar con el título, hacer atractiva su estructura y su división en capítulos o secciones, eliminar errores, corregir sintaxis y ortografía, aligerar las descripciones superfluas, moderar la extensión del texto, etc. Todas ellas son tareas que requieren profesionalidad, buen gusto y acierto. Para que los libros puedan ser mejores, quizá sea preciso publicar menos nuevos títulos y habrá que decírselo así a las editoriales.

image3         Cada buen libro me parece siempre un milagro. ¡Eso es lo que necesitamos! Necesitamos libros que cambien la vida de los lectores, que la enciendan ensanchando su imaginación y la llenen de sentido. Para entretenimiento nos basta y sobra con las máquinas, los móviles y la televisión. “Un día leí un libro y toda mi vida cambió”. Con esta maravillosa frase —quizá la mejor del libro— comienza La vida nueva, la única obra que he leído del premio Nobel de literatura del 2006, Orhan Pamuk. Un solo libro cambió la vida del protagonista de esa novela ambientada en Turquía; muchos libros —escritos, editados y leídos con amor a la literatura— pueden cambiar también la nuestra.

Volando de regreso de Kenia, 14 de enero 2017

Agradezco las correcciones de Jaime Despree, María Rosa Espot y Marisa Garayoa, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Las trampas de la memoria

20140902_181000         Una de las señales más claras del envejecimiento es la dificultad de retener en la memoria inmediata los nombres, los números o los datos. Apenas tiene arreglo. Me paso la vida conociendo a gente nueva que se me presenta con su nombre y apellido y de ordinario no soy capaz de retener ninguno de los dos. Espero que alguna nueva aplicación informática me ponga pronto ante la vista el nombre de la persona con la que en cada caso estoy hablando. Mientras tanto, lo que hago en clase es pedir a mis alumnos que escriban su nombre de pila con caracteres grandes en un papel bien visible y que lo pongan sobre la mesa delante de ellos para que pueda dirigirme a cada uno por su nombre. Eso ayuda a la participación en el aula y confiere a las clases un estilo más familiar.

image1         Con las visitas, lo que procuro hacer es escribir siempre su nombre en un papel que tengo delante sobre la mesa para que no se me borre de la memoria el nombre de la persona con la que estoy hablando. Con todo esto lo que quiero decir es que, a pesar de la pérdida de memoria, se puede vivir con una razonable calidad de vida, si se anotan los nombres y los números y se desconfía del rastro evanescente dejado por esos datos en nuestra memoria. Poco a poco he ido desarrollando esos hábitos y he ido aprendiendo a desconfiar de mi memoria.

mujer-con-la-mano-en-la-cabeza-por-su-olvido         En cambio a lo que no me he acostumbrado nunca es a no recordar dónde he dejado las cosas —las llaves, el pendrive, unos documentos, etc.— cuando por algún motivo —por ejemplo, para tener una mayor seguridad en un viaje— las he dejado fuera de su lugar habitual. Lo peor es que me irrita profundamente esa situación. Me enfada mi estupidez de guardar algo en un lugar tan recóndito o extraño que ni siquiera yo mismo después pueda encontrarlo por no acordarme de dónde lo guardé. Pienso siempre —y me conmueve— en el efecto devastador de la enfermedad de Alzheimer en la que los fallos de memoria llevan inevitablemente a la pérdida de la identidad biográfica.

 dali-la-persistencia-de-la-memoria-copia        “El orden es el que alivia a la memoria” escribió el enciclopedista Diderot. El orden espacial —el que cada cosa tenga su sitio y este sea razonable al menos para nosotros— tiene una importancia vital extraordinaria conforme con el paso de los años la memoria se va debilitando. Cuando se pierde la memoria inmediata, —aquella que los neurólogos llaman la «memoria de trabajo»— resulta muy reconfortante poder encontrar en su sitio lo que necesitamos, aunque no recordemos haberlo guardado antes en su lugar habitual. Tampoco recuerdo qué comí hace tres días y no me cabe la menor duda de que almorcé porque lo hago todos los días. Tenemos bien comprobado que si de modo habitual dedicamos algún tiempo a ordenar las cosas que usamos devolviéndolas siempre a su sitio, la vida nos resulta mucho más gozosa y eficaz.

lkk_900         ¡Qué importantes son los hábitos! Ya Aristóteles advirtió que con esas disposiciones habituales sus actos se hacen con más facilidad, con más rapidez y con más gusto. Por eso me parece muy sabia la recomendación de una colega a su madre —ya mayor— de que deje a la vista siempre todo lo que utiliza. Viene a mi memoria ahora cómo cuando hace veinte años visitamos con Joaquín Lorda en Londres al famoso historiador del arte Ernst Gombrich, ya anciano y en silla de ruedas, se lamentaba de que invertía buena parte de su tiempo útil en buscar los papeles que estaba escribiendo y que se había ido dejando sobre las diversas mesas de su casa. Los hábitos son una ayuda formidable. De hecho, quienes por motivos profesionales tienen que viajar mucho suelen reproducir más o menos exactamente en la habitación del hotel en el que se alojan la disposición de las cosas que tienen en su casa. Así todo les resulta mucho más amable. No tienen que descubrir dónde están las cosas, pues les basta con seguir los hábitos desarrollados durante años.

image6         Cuántas veces olvidamos lo que queremos recordar y, en cambio, nos acordamos de lo que querríamos olvidar. El reciente fallecimiento de Mons. Javier Echevarría, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, me hacía muy presente su paternal insistencia en que en nuestra cabeza y en nuestro corazón no podíamos almacenar rencores que amargaran nuestra vida y nos distanciaran de los demás. En este sentido, se me quedó muy grabada en el corazón la petición que me hizo cuando me despedí de él la última vez que hablamos: “Jaime, cuídame mucho más la fraternidad”.

Acción Poética         Suele decirse que la palabra “re-cordar” significa “volver a pasar por el corazón”. Sería terrible que con el paso de los años la memoria se debilitara simplemente porque estaba ocupada por el resentimiento. La memoria nos tiende trampas cuando nos dice que habíamos dejado algo en un lugar en el que realmente no lo habíamos dejado, pero nos engaña todavía mucho más cuando nos cierra el camino del perdón. “Si pierdo la memoria, qué pureza”, escribió el poeta Pere Gimferrer.

Pamplona, 31 de diciembre 2016

Agradezco las correcciones de José de León y Jacin Luna, así como la ayuda de esta con las ilustraciones.

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Filosofía que ilumina la vida

54387345         Me han pedido que preparara una breve introducción para el volumen conmemorativo de los cincuenta años de Anuario Filosófico. Lo he hecho encantado, pero no me he limitado a hacer el elogio —bien merecido— de esta excelente revista académica, sino que además me he aventurado a añadir que los tiempos venideros requieren que los filósofos salgan del gélido encierro de los departamentos universitarios y las publicaciones superespecializadas para atender a las demandas de la sociedad que espera nuestra ayuda para encontrar soluciones a los acuciantes problemas que la afligen.

         Copio lo que escribía para esa presentación, haciéndome eco de lo que vengo repitiendo desde hace años de muy diversas maneras:

kant_foto         “En la mejor estirpe socrática, para ser filósofo y hacer filosofía en el siglo XXI es indispensable empeñarse en articular unitariamente pensamiento y vida y en aprender a compartirlo con los demás. En nuestra vida como filósofos —y para muchos también como profesores de filosofía—, tenemos que tratar de integrar en un único campo de actividad aquellos dos conceptos kantianos de la filosofía, como Schulbegriff (filosofía académica) y Weltbegriff (filosofía vital o mundana). Aprendí de Hilary Putnam que una filosofía viva —al igual que un campo magnético— se alimenta precisamente de la tensión entre esos dos polos: hay que prestar atención, por un lado, a la erudición, a la publicación de trabajos en revistas altamente especializadas como Anuario; pero, por otro, hemos de escuchar también los gritos —muchas veces silenciosos— de la humanidad y tratar de ayudar a nuestros congéneres con soluciones inteligentes, participando personalmente en los debates actuales. Por supuesto, hay una tensión entre ambos polos, pero esta tensión es la que hace que salte la chispa que enciende y da luz y calor. En este sentido, las transformaciones tecnológicas que de modo tan importante están afectando a las publicaciones académicas permiten aventurar un futuro en el que será posible llegar con más facilidad a un público todavía mucho más amplio”.

fig_jesus_prieto_sebbm           En los últimos años en el ámbito de la medicina se encarece la importancia de la investigación médica traslacional, esto es, una investigación cuyos resultados se apliquen de forma inmediata a la mejora efectiva de los tratamientos médicos, ya que hay dudas bastante fundadas acerca de si buena parte de las enormes inversiones que se han hecho en investigación en muchas áreas han sido realmente eficaces para conseguir resultados terapéuticos. Algo parecido podríamos decir con motivo en el caso de mucha filosofía académica, aunque por supuesto las inversiones económicas han sido muchísimo menores.

      Me parece a mí que la superespecialización erudita de la filosofía en el siglo pasado en muchos casos la ha desvitalizado, ha matado la inquietud por descubrir la verdad, por comprender mejor, aguijón de la búsqueda. La profesionalización de la filosofía, como la de cualquier otro saber, encierra el peligro de su trivialización en enredos gremiales, quizás a fin de cuentas irrelevantes. Basta con asomarse a cualquiera de las mejores revistas de filosofía para comprobar que la mayor parte de sus artículos solo resultan realmente comprensibles a sus propios autores y a aquellos expertos que llevan ya años trabajando en la problemática concreta que en cada caso se aborde.

tenured         Merece la pena volver a recuperar a Sócrates, el primero de los filósofos, que azuzaba a la sociedad ateniense como el tábano al jumento para que no se amodorre. Hace unos pocos días, Adam Briggle y Robert Frodeman, autores del libro Socrates Tenured: The Institutions of 21st Century Philosophy, insistían en esto en un artículo titulado (en inglés) precisamente Por qué la política necesita filósofos tanto como ciencia publicado en The Guardian. Todos advertimos el descarrío general de la gestión política en buena parte de los países democráticos por un cúmulo de causas diversas, algunas internas (corrupción, organización electoral obsoleta, falta de líderes honrados, sectarismo partidista, crisis económica, paro, etc.) y otras externas (presión migratoria, globalización del mercado, terrorismo, etc.). Pero quizá lo más inquietante sea la dificultad que se advierte por doquier para acometer esas reformas, sea en los Estados Unidos o en España, sobre todo por la resistencia de la organización política y de las élites económicas a cualquier cambio que pudiera modificar su ventajosa situación actual.

      La gestión pública en una sociedad democrática requiere científicos y filósofos para poder afinar las preguntas y perfilar entre todos las respuestas acertadas. La aportación más crucial de unos y otros es “la propagación de una clara mentalidad: el compromiso para explicar los propios valores y para escuchar los valores de los demás. Esto requerirá que los filósofos —concluyen Briggle y Frodeman— abandonen sus preciadas pretensiones de expertos y se impliquen en la humilde colaboración con otros. Sobre todo, necesitan dejar de hablar solamente entre ellos. […] Todos estamos llamados a filosofar. Por tanto, encontremos modos para hacerlo mejor y en sedes públicas abiertas a todos”.

 amazing-lighthouse-landscape-photography-34        La verdadera filosofía es un saber abierto a la humanidad, a las necesidades de los seres humanos que anhelan encontrar soluciones razonables a los problemas y, sobre todo, aspiran a forjar un horizonte que llene de sentido sus vidas, tanto individual como socialmente. La filosofía es siempre teoría que ilumina la vida, luz que posibilita el caminar con paso quizá titubeante hacia la salida de la caverna. Pienso que, en medio de la algarabía comunicativa contemporánea a veces tan ensordecedora, la filosofía puede aportar una cierta claridad en las polémicas y puede ayudar a lograr una mayor paz social mediante la identificación de soluciones eficaces para los problemas más graves, contando siempre con una razonable distribución de las cargas compartidas. No tienen los filósofos las soluciones, pero por así decir están profesionalmente preparados para un diálogo respetuoso, capaz de sacar lo mejor de todos los pareceres que conforman el legítimo y fecundo pluralismo de nuestra sociedad.

dewey         La intuición central de John Dewey, el filósofo de la democracia, es que las cuestiones éticas y sociales no han de quedar sustraídas a la razón humana para ser transferidas a instancias religiosas o a otras autoridades. Tampoco pueden ser resueltas simplemente por votación popular. La aplicación de la inteligencia a los problemas morales y sociales es en sí misma una obligación moral. La misma razón humana que con tan notable éxito se ha aplicado a la tecnología se ha de aplicar también a arrojar luz sobre la mejor manera de organizar la convivencia social.

         Pienso que quienes nos dedicamos a la filosofía podemos tener un papel decisivo en esa tarea si con humildad aprendemos a escuchar a los demás y tratamos de aportar lo mejor de nuestra milenaria conversaciópuzzle-1705364_960_720n. Para ayudar a afrontar los graves problemas de la sociedad actual hacen falta filósofos comprometidos con la vida. Por eso, no queremos una filosofía encerrada en las revistas de alta especialización, sino una filosofía que ilumine la vida, llenándola de luz y de calor, capacitándonos para la escucha atenta de los demás y el diálogo cordial con todos.

Día Mundial de la Filosofía, 17 de noviembre 2016.

Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones de Fernando Batista, Gloria Balderas, Rafael Tomás Caldera, María Rosa Espot, Teresa Esteban, José Luis Gil de Pareja, Ángel López-Amo y Marta Pereda.

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El culto a la infancia

machadograve         En estos días luminosos de otoño ha venido con frecuencia a mi memoria aquel último verso de Antonio Machado, encontrado en su bolsillo al morir en febrero de 1939: “Estos días azules y este sol de la infancia“. Hace algún tiempo pude visitar con emoción su tumba en Colliure, adornada entonces con una bandera republicana. Sobre todo llamó mi atención tanto el sol mediterráneo que inundaba aquel pequeño cementerio francés próximo a la frontera como la profusión de cartas y poemas de admiradores que peregrinaban hasta allí para depositarlos sobre su tumba.

andersen-la-sombra         He leído hace unas semanas un volumen de los cuentos de Andersen, prologado por Ana María Matute, que me regaló una antigua alumna. Contiene cuentos muy populares como “El patito feo” o “El traje nuevo del emperador” y otros del todo desconocidos en nuestro país. En uno de estos, el impresionante relato (no para niños) “Una historia de las dunas”, me impactó esta frase: “La niñez tiene para todos sus cumbres de luz, que después iluminan toda la vida”.

Me desconcierta un poco el gran valor psicológico y cultural que en nuestra sociedad se otorga habitualmente a a8bc3dfd-5af2-499b-8f9f-2557d87d963blas experiencias infantiles como clave explicativa para bien o para mal de casi todo lo que ocurre en la edad adulta. Hay incluso personas razonables que retrotraen esa fase decisiva para la formación de la personalidad a la gestación en el seno materno. Así, una madre gestante estresada daría a luz una criatura de unas condiciones distintas a la de una gestante relajada y sonriente. A mí todo este discurso popular no me resulta convincente, quizá porque no descubro en mi infancia —desarrollada en una familia feliz gracias a Dios y a mis padres— las claves de mi vida adulta.

untitled-63         Como he contado muchas veces, mi madre decía en broma que yo de pequeño me había comido a un viejo: le impresionaba a mi madre mi sentido de responsabilidad y mis ocasionales respuestas sabihondas. Pero no pienso que eso me haya “robado” la infancia y todo el encanto primerizo de esa etapa vital. Recuerdo con nostalgia los largos veranos de juegos interminables, pero no añoro las tediosas jornadas de invierno llenas de clases y actividades escolares.

         Sí que me parece que la infancia y nuestra memoria de esa etapa es un tesoro tanto para nuestra reflexión adulta como para la creación literaria. Recuérdese aquello que sugiere Rainer Maria Rilke en la primera de sus Cartas al joven poeta:

imgres    “Sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana; describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo.

      Si su vida cotidiana le resulta pobre, no la acuse a ella; cúlpese a sí mismo, dígase que no es lo suficiente poeta como para extraerle sus riquezas. Y aunque se encontrase encerrado en una prisión cuyos muros impidieran que el fragor del mundo alcanzase su entendimiento, ¿no podría recurrir siempre a su infancia, ese reino delicioso, esa cámara del tesoro que alberga tantos recuerdos? Vuelva su atención hacia allí.”

        La memoria de la infancia confiere profundidad a la vida humana, teñida tantas veces de superficialidad, de atención a bagatelas efímeras o a minucias diarias. Me parece que ese claroscuro de los recuerdos gozosos y dolorosos de laimagen022 infancia constituye un maravilloso aprendizaje para la vida. Por esto, pienso que no hay que evitar de raíz todo sufrimiento a los niños, al mismo tiempo que no hay que ocultarles la realidad del dolor, de la enfermedad, de la muerte y del mal. Todo ello, por supuesto, en dosis razonables y proporcionadas a la edad que puedan asimilar y entender bien. Guardo en mi memoria cómo mi padre me llevó de la mano ante el ataúd de su padre —mi abuelo Francisco que acababa de fallecer— cuando yo tenía apenas cuatro años: no fue un trauma para mí, fue una lección de vida.

         Me llama la atención que en los telediarios cuando dan las estremecedoras noticias de los bombardeos en Próximo Oriente, los inmigrantes ahogados en el Mediterráneo o los terremotos en cualquier parte del mundo, suelen especificar el número de niños que hay entre las víctimas. No sé poGreece Migrantsr qué lo hacen, quizá para conmovernos más al ver cómo la violencia ha segado unas vidas que apenas estaban comenzando. Se trata, sin duda, de un fenómeno muy moderno, pues hasta tiempos recientes las personas estaban —por así decir— “acostumbradas” a una alta tasa de mortalidad infantil (del orden de un 30-40%).

839d2199-d10d-4fd6-aa30-6edc47e4e897         Realmente los niños nos enseñan a los adultos a ser humanos, a vivir la eternidad del ahora y a querer a los demás. A su vez, los adultos educamos a los niños adentrándoles en la realidad de la vida humana, ayudándoles a crecer, cultivando sus deseos de aprender. Cuidar a los niños no significa encerrarles en el mundo ficticio de Peter Pan, sino ayudarles a ser mejores en el mundo de verdad.

Pamplona, 28 de octubre 2016

Agradezco la ayuda de Jacin Luna para seleccionar las ilustraciones y las correcciones de María Rosa Espot, Enrique García-Máiquez, Rubén Oteiza y Paloma Pérez-Ilzarbe.

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Limpiar el mundo

img_2008         Hace unos pocos meses el magnífico poeta Joan Margarit me dedicó su libro de ensayos Un mal poema ensucia el mundo con estas palabras: “Para Jaime, deseando que encuentre mundos lo más limpios posibles”. Inicialmente no presté atención a la dedicatoria, pues había quedado deslumbrado por el título del libro y por el rostro estremecedoramente honesto del poeta arquitecto, curtido por el trabajo y el sufrimiento.

ferlosio-644x362      Leí esta semana una afirmación del escritor Rafael Sánchez Ferlosio que me impactó: “No despreciéis el poder de la fealdad, porque es la puerta de la estupidez y ésta lo es a su vez de la maldad”. En mi cabeza fealdad y suciedad vienen a ser lo mismo. Yo procuro alejarme siempre de la suciedad y por tanto de la estupidez y de la malicia: la fealdad viene a ser como el nombre de todo aquello que no quiero en mi vida. En cambio, lo que me atrae de las personas es la belleza de su alma, la limpieza de su corazón, la luz de su inteligencia, la fuerza de su cariño.

img_0384     Me escribía una profesora de secundaria sobre la cita de Sánchez Ferlosio: “Me encanta esa frase. Ayer —me añadía como ilustración— intentaba adivinar la calidad del servicio y del ambiente de trabajo en la oficina de orientación de un Instituto a través del desorden que deja en las estanterías el paso de demasiados interinos, la disposición de los muebles e incluso la fealdad de la decoración, y pensaba para mí: ‘tu casa no la tendrías así'”. Me pareció un luminoso comentario. Todos tenemos experiencia de que el orden, la limpieza y la buena disposición de las cosas logran que un espacio nos resulte acogedor, mientras que el desorden, la suciedad o la fealdad lo tornan del todo inhóspito.

         Sin embargo, me dejó pensando la “defensa de la fealdad” que me escribía Nora F., otra valiosa antigua alumna dedicada a la comunicación:

de00050     “A menudo dudo de que la verdad se encuentre siempre en lo bello, porque lo feo es también objeto de expresión y una forma de expresión no menos real ni sincera que la de la belleza. No me parece justo condenar la expresión de lo feo o el poder de la fealdad porque a lo largo de la historia muchos artistas han necesitado expresar lo feo que es el mundo a veces o lo horrible que puede resultar el ser humano como un reflejo de la realidad vivida. No vamos a maquillar siempre la realidad con el arte y, si esta resulta horrible, habrá quien quiera expresarla tal y como la ve. Si expresa maldad, será porque existe esa maldad y si expresa estupidez será porque muchas veces somos así de estúpidos, aunque no queramos reconocernos como tales.

imgres       No encuentro nada despreciable en lo feo siempre y cuando lo feo también me cuente algo. Me pasa también con muchas canciones o bandas, quizá la voz no sea la más bonita ni la más afinada, pero para esa persona es el vehículo de sus emociones; es una voz quizá más amarga, pero más sincera, y me llega más adentro que la de muchos otros con cristalinas voces de Disney. Me ocurre igual con muchos artistas y con el arte.”

         Cuánta profundidad en esa sencilla reflexión llena de experiencia. Efectivamente, basta con pensar en Los horrores de Goya o en tantas fotografías de hechos terribles para advertir que nos dicen mucho y en ese sentido goya6son también bellas, aunque resulten quizás horripilantes. La belleza no es el mundo edulcorado de Disney, atractivo para tantos niños. La esencia de la obra de arte —al menos para Charles S. Peirce y para mí— es el efecto que causa en quienes la contemplan. La esencia de la obra de arte —como la de todos los artefactos— no es algo que esté dentro de ella, sino fuera: es su finalidad. Si escribo un texto maravilloso y lo borro sin que nadie lo haya leído y ni siquiera yo mismo lo recuerde, no hay obra de arte. Si escribo un texto y por lo que sea —por falta de tiempo, de inspiración o de tema— me sale mal y a pesar de ello lo publico, estoy ensuciando el mundo; pero si en ese texto logro escribir hermosamente —quizá de cosas terribles, pero que emocionan a mis lectores— estoy ayudando a que el mundo sea un poco mejor.

img_2013         Dedico una parte importante de mi tiempo a corregir textos de mis alumnos de grado o de doctorandos. Casi siempre mi tarea consiste en pulir la redacción, advertir errores ortográficos, sugerir pequeñas mejoras o líneas de posibles desarrollos. A veces pienso que mi trabajo se parece en parte al de quienes se dedican a recoger plásticos y papeles abandonados en la naturaleza o a los padres cuidadosos que se pasan el día limpiando lo que sus hijos pequeños van ensuciando o desordenando.

         En el pasado mes de julio pude estar en el manglar de Tanjung Piai, donde el bosque se adentra en el mar en el extremo más suroriental de Asia. Me impresionó el volumen de plásticos y basuras que el océano en sus grandes avenidas va depositando dentro del bosque convirtiéndolo en 34un vertedero de los desechos que los seres humanos irresponsablemente hemos ido tirando al mar. Lo que esa suciedad denuncia —lo que nos dice— es nuestro grave descuido del entorno natural. Me dio la impresión de que en la batalla de la fealdad contra la belleza podía terminar ganando la primera.

img_2011         Por todo esto, pienso que merece la pena comprometerse a limpiar el mundo, y eso comienza por nuestra casa, por nuestras cosas y, por supuesto, por todos los espacios comunes, incluidos los textos que escribimos. Solo así, como me escribía el poeta, podremos encontrar mundos lo más limpios posibles.

En tren cruzando Los Monegros a 235km/h, 18 de septiembre 2016

P. S. Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones y sugerencias de Ana Gil de Pareja y Philip Muller.

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