El valor de las lágrimas

lagrimas         Hace muchos años leí que la cantidad de lágrimas en el universo era una constante: cada vez que alguien —fuera un niño o un adulto— dejaba de llorar, otro a su vez rompía en llanto. Me impresionó la afirmación y quizá por ello se grabó en mi memoria, aunque no recuerde ya el autor de la frase. Por supuesto, no es posible comprobar la exactitud de la tesis, pero sí que anima a pensar sobre el valor de las lágrimas en la vida humana y el papel decisivo del consuelo.

 poema_de_amor_53        Puede haber —de hecho hay— lágrimas de felicidad, pero casi siempre que los seres humanos lloramos no es por alegría. Los niños lloran cuando se caen, cuando algo les duele, cuando reclaman la atención de sus padres. Los mayores no solemos llorar por el dolor físico —además tomamos analgésicos—, sino por el dolor moral: la ingratitud, la incomprensión, la injusticia y, en general, todo aquello que nos haga sufrir, en especial, si es causado por las personas que queremos. Sobre todo lloramos cuando mueren los padres, los hermanos, el cónyuge, los hijos, los amigos. Aunque sigan viviendo en nuestro corazón y en nuestra memoria, lloramos su ausencia que nos priva para siempre de su trato y de su amable compañía.

tumblr_n4o2yxOJxF1t4kwjno2_1280-588x376         No me importa reconocer que a mí se me saltan las lágrimas cuando veo el telediario en la televisión y no es por los políticos —con esas actuaciones a veces realmente penosas—, sino por la exhibición del sufrimiento ajeno que mueve a la compasión: la madre que llora con su hijo muerto en brazos, los refugiados que huyen con sus niños de grandes ojos tristes y tantas otras penalidades que llenan las pantallas a diario.

lagrimas tinta        En muchas ocasiones las lágrimas son contagiosas, pero cuando es uno solo quien llora casi siempre es —al menos así me parece a mí— porque sus palabras no son
capaces de expresar todos los sentimientos que alberga en su corazón en aquel momento. Por eso siempre animo a quienes me cuentan sus penas a poner por escrito las cosas que les preocupan y hacen sufrir, para después poder leerlas a corazón abierto con alguna persona de su confianza. Se trata —suelo decir— de convertir las lágrimas en tinta y de esa forma la intimidad se ensancha, se airea, se esponja y, además, casi siempre se alivia un poco la pena.

3a6e71ae616706ad57ba70bbfa6248e1         Hace unos días me llegaba un dibujo de Mafalda en la que se la veía llorando y decía algo así: “No lloro, simplemente estoy lavando recuerdos”. Efectivamente a menudo las lágrimas tienen un maravilloso efecto purificador de la memoria. Lo vemos tantas veces en los niños —y en los adultos— que, llenos de arrepentimiento, piden perdón con ojos llorosos diciendo que no lo harán más. Esas son lágrimas buenas, que —por así decir— lavan la acción, purifican a su autor y llevan al olvido la acción lamentable que hubiera cometido.

hombre llorando         No quiero recurrir a la manida frase de “los hombres no lloran” con la que sigue reprimiéndose la expresividad emotiva de tantos niños varones en todo el mundo. Llorar —suele decírseles— es “cosa de niñas”. Como se afirma a veces en Estados Unidos: “men repress, women express“, los hombres reprimen sus lágrimas, mientras que las mujeres expresan sus emociones con ellas. De hecho cuando se ve a Obama llorando en un discurso a algunos les parece un recurso teatral semejante quizás a las lágrimas de cocodrilo.

images         A mí siempre me impresionan las lágrimas. Me parece importante valorarlas y aprender a consolar a quien llora. Hay que saber ponerse a su lado y echar nuestro brazo sobre sus hombros para hacerle sentir el cálido apoyo de nuestro afecto, ofreciéndole, si fuera preciso, un clínex o nuestro pañuelo limpio. Acompañar a quien llora nos dice mucho de la capacidad de consuelo que aporta el cariño: no es cuestión de palabras, basta con estar al lado. No es vergonzoso llorar, es una señal de que tenemos un corazón tan grande que no puede expresarse solo con simples palabras. No hay que reprimir las lágrimas: muchas veces es una verdadera necesidad. Y, sobre todo, la persona que llora está gritando con sus hipidos que necesita nuestro consuelo, esto es, que necesita sentir el apoyo de nuestra comprensión y de nuestro acompañamiento.

Pamplona, 23 de enero 2016

P. S. Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, María Rosa Espot y Mariacaro González y la ayuda de Jacin Luna y José Antonio Palacios con las ilustraciones.

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Pensar la vida

12. CSP old     Charles S. Peirce —el científico y filósofo norteamericano al que he dedicado mucha atención en los últimos veinticinco años— consideraba muy difícil decir cuál era la verdadera definición del pragmatismo: “para mí es una especie de atracción instintiva por los hechos vivientes”. A mí —como a Peirce— me pasa lo mismo: me llaman siempre la atención los hechos vivientes y, sobre todo, lo que me fascina es reflexionar sobre lo más vivo; unas veces intento pasar —en términos de Eugenio d’Ors— de la anécdota a la categoría, otras articular lo que pienso y lo que vivo mediante la escritura para así iluminar la vida por medio de la teoría.

180_rorty        Quizá por este motivo llamaron poderosamente mi atención los testimonios de varios filósofos compilados en un número reciente de los Proceedings and Addresses of the American Philosophical Association en los que relataban con cierto detalle su trayectoria intelectual. Por ejemplo, Amelie Rorty escribía: “He llegado a pensar que enseñar filosofía es esencial para hacer filosofía bien. Nuestros estudiantes —especialmente los de cursos introductorios— nos ayudan a ser honrados. Nos recuerdan por qué hacemos filosofía y de qué va eso”. Estoy del todo de acuerdo. Y unas páginas más adelante, al referirse a algunos colegas a los que admira, señala: “Eran filósofos que habían viajado y que conocían mucha historia, que leían novelas, miraban cuadros, escuchaban música y pensaban sobre política; eran filósofos para quienes no había distinción entre su vida y su pensamiento filosófico”. [PDF]

    imgresPienso que así se ha hecho siempre la mejor filosofía. Frente al superespecialismo estéril de algunos colegas y frente a la fácil charlatanería de otros, es posible pensar un camino más modesto para una filosofía educadora de la humanidad, una filosofía que se ocupe de los problemas de los hombres y mujeres reales y trate de hacer más razonable la convivencia en nuestra sociedad. John Dewey escribió en The Need of a Recovery in Philosophy urlque “la filosofía se recupera a sí misma cuando deja de ser un recurso para ocuparse de los problemas de los filósofos y se convierte en un método, cultivado por filósofos, para ocuparse de los problemas de los hombres”. Con Hilary Putnam —quizás el mayor filósofo vivo en la actualidad— me gusta recordar a menudo “que los problemas de los filósofos y los problemas de los hombres y las mujeres reales están conectados y que es parte de la tarea de una filosofía responsable lograr esa conexión”. Este y no otro es para mí el papel de la filosofía.

         Se dice a veces que el rasgo más característico de la juventud de hoy es la superficialidad. No estoy seguro de que sea así. Más bien los veo como consumidores explotados bajo el imperio de una sociedad comercial. Lo que sí compruebo a diario es que tanto jóvenes como adultos tienen miedo a pararse a IMG_4253pensar: “Quien piensa se raya” dicen a veces. En su magnífica novela En lugar seguro, Wallace Stegner escribe que llevar un diario en sus años universitarios habría sido como tomar notas mientras se baja en un tonel por las cataratas del Niágara: “En nuestra vida no había grandes acontecimientos, pero nos arrastraba”. Lo mismo —me parece a mí— les pasa a muchos hoy: su vida es arrastrada por los móviles, las redes sociales y las pantallas de todo tipo que solicitan constantemente su atención y a menudo anestesian su capacidad de reflexión.

        “La filosofía es teoría que ilumina la vida”, tuiteaba uno de mis alumnos del Acción Poéticapasado curso y me alegraba comprobar que al menos uno había captado y expresado lo que quería decirles. Frente a la filosofía moderna que privilegió unilateralmente la razón y frente al irracionalismo nietzscheano postmoderno que presta atención solo a los efímeros impulsos vitales, lo que nuestro tiempo necesita es intentar articular las aspiraciones teóricas más abstractas con las necesidades humanas más prácticas.

         Pararse a pensar es el primer paso —el motor de arranque— de la vida intelectual. La segunda etapa es aprender a escuchar a los demás y a decir lo que uno piensa, sea de palabra o por escrito. La tercera —que dura toda la vida— consiste en empeñarse en vivir lo que uno dice. Pensar lo que uno vive, decir lo que uno piensa, vivir lo que uno dice: esto que parece un trabalenguas es —me parece a mí— el motor de la vitalidad interior.

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         Merece la pena empeñarse en ello. A fin de cuentas, lo que nuestra vida necesita es, sobre todo, pensamiento, teoría, que la haga más razonable. Siempre se puede pensar más y eso nos ayuda a vivir mejor.

En tren de Pamplona a Barcelona, 22 de diciembre 2015

Agradezco los comentarios y sugerencias de Gonzalo Beneytez, Carmen Camey, Mª Rosa Espot, Alina Jara, Joaquín Rodríguez Alonso y mi padre Jaume Nubiola. Agradezco a Jacin Luna su ayuda con las ilustraciones.

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El gozo de disfrutar

image7         Desde hace años digo a los estudiantes que me piden consejo sobre las “salidas profesionales” que lo más importante en esta vida es disfrutar con lo que uno hace: cuando uno goza con su trabajo es señal de que ha acertado en la elección y de que además lo hace bien. Suelo poner el ejemplo de los grandes futbolistas que son los que más disfrutan cuando meten un gol o de tantos cocineros que realmente son felices cuando comprueban que sus comensales —como suele decirse— se chupan los dedos.

Brooklyn_Museum_-_St.Catherine_of_Siena_formerly_described_as_Santa_Clara_-_overall         San Josemaría dejó escrito en Forja que “la felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra”. Santa Catalina de Siena decía que “todo el camino hasta el cielo es cielo”. Con estas afirmaciones querría rechazar aquella visión tenebrosa de la vida humana como un valle de lágrimas y lamentos. El sufrimiento y las penas —que, por supuesto, no faltan en la vida de nadie— son las sombras que hacen precisamente que resplandezca más la luz.

         Los seres humanos estamos hechos de tal manera que disfrutamos con aquellas tareas que ocupan toda nuestra atención hasta el punto de que se nos pasan las horas volando, casi sin darnos cuenta. No importa que esa actividad requiera un considerable esfuerzo. Por ejemplo, el cuidado de los niños, que tantas veces exige toda la atención, puede ser agotador, pero es capaz también de llenar de sentido nuestros días. Una antigua alumna, que trabajaba en una conocida consultora imagesbritánica, publica cada semana en Facebook con abundantes fotos los avances de su primer hijo, nacido hace apenas dos meses: “Días cansados, pero preciosos… ¡No quiero que crezca!”. Y a la semana siguiente reproducía un fascinante post sobre la maternidad que terminaba así: “Deberían haberme advertido que convertirme en madre lo cambiaría todo, pero que nunca querría volver para visitar a mi antiguo yo, ni un solo segundo. Deberían haberme avisado de que mi vida estaba a punto de adquirir una riqueza, una belleza y una plenitud tan grandes que al mirar atrás pensaría: ‘Pobre de mí. Antes no lo sabía'”.

         Todos la comprendemos bien. Elegir tener un hijo y poder dedicarle toda la atención que necesite es algo maravilloso, capaz de llenar de gozo la existencia. Lo mismo puede decirse de todas las tareas que tienen el servicio a los demás en su punto de mira, pues una vida plena tiene muchísimo que ver con el cariño. Nuestro contento, nuestro gozo, brota espontáneamente al comprobar que somos queridos, al advertir que nuestra vida tiene sentido más allá de nosotros mismos.

image2         En estas semanas estoy leyendo a Dorothy Day (1897-1980), la activista social norteamericana en proceso de beatificación. Muchas cosas me han impresionado de su vida y de sus textos, pero aquí querría mencionar solo una que es relevante para lo que quiero sostener. A los que deseaban entrar a formar parte del Catholic Worker, el movimiento que ella había creado les decía: “Empieza por el lugar donde vives: identifica las necesidades de tu barrio y pon en práctica en él las obras de misericordia. (…) Escoge el trabajo que más gozo te produzca y no tengas miedo de cambiar siguiendo la llamada del espíritu”. Elige el trabajo que más gozo te produzca: ¡qué sabia recomendación!

images         En este mismo sentido, recuerdo el consejo oído hace más de treinta años al beato Álvaro del Portillo, Gran Canciller entonces de la Universidad de Navarra: “Poned a las personas en tareas que les gusten —nos decía un día a la Junta de Gobierno—. Veréis que trabajan mucho mejor, con más eficacia, y además disfrutan con lo que hacen”. Me pareció un consejo valiosísimo, podríamos decir quizá que de sentido común, pero que jamás había escuchado con anterioridad.

la-etica-amable         La pasada semana tuve ocasión de visitar Cuba para asistir a un pequeño congreso en La Habana. Me llevé para leer en el viaje el reciente libro de Magdalena Bosch La ética amable (Eunsa, Pamplona, 2015) que realmente me encantó ya desde el propio título. Está muy bien pensado y magníficamente escrito. Lo que aquí quiero destacar es cómo en ese librito en el que va desgranándose la ética aristotélica se esclarece que la felicidad se identifica con la propia excelencia, con el empeño personal por ser mejor y por hacer lo mejor: no solo es “la actividad mejor del alma”, sino que además “suele generar sentimientos positivos como resultado” (p. 52). Y unas pocas páginas más adelante la filósofa catalana añade: “El bien puede crear adicción, porque realizarlo produce gozo” (p. 55).

         Esta es la clave. Volcar toda nuestra atención en los demás o en la tarea que llevemos entre manos es capaz de encender nuestra vida y de llenarla de gozo. El disfrute es señal inequívoca de que estamos haciendo lo que debíamos hacer y de que además lo estamos haciendo bien.

Pamplona, 3 de diciembre del 2015

Agradezco la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones y los comentarios de Gonzalo Beneytez, María Rosa Espot, Ángel López-Amo, Beatriz Montejano y Marta Torregrosa.

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Muchas gracias

11-ideas-para-dar-gracias-de-corazón        Estas dos palabras que están escritas en el corazón de todos los seres humanos tienen equivalentes en todas las lenguas. Así lo hacía notar el poeta Octavio Paz al inicio de su discurso en Estocolmo cuando recibía el premio Nobel de Literatura en diciembre de 1990: “Comienzo con una palabra que todos los hombres, desde que el hombre es hombre, han proferido: gracias“. Así es. El agradecimiento es una conducta universal de los seres humanos, de todos los tiempos y de todas las culturas. Damos gracias a Dios, a nuestros padres, a quienes nos salvan de grandes peligros, pero también a quienes nos hacen los pequeños servicios de los que está llena la vida diaria: desde ceder el paso al atravesar una puerta, servir el agua en la comida o recoger algo que inadvertidamente se nos ha caído, hasta ceder un espacio donde aparcar el coche, hacer un regalo o cualquier otra cosa.

media.media.0291c81a-77d8-4148-bd33-a5965a8cdffa.normalized         La gratitud es una de esas pequeñas cosas que, cuando falta, hace que la convivencia chirríe penosamente como un engranaje de ruedas dentadas que se ha quedado sin aceite. Al principio el ruido molesto no parece de gran importancia, pero al poco tiempo hace insoportable la vida en común. Y es que —como escribió el filósofo alemán Robert Spaemann— “lo racional es la forma de vida regida por la benevolencia” y una de las formas supremas de la benevolencia es el agradecimiento.

         Hay quienes dicen que dar las gracias por mera cortesía no vale nada: lo importante —afirman— es agradecer de corazón y hacérselo sentir así a la otra etiquetas-de-regalo-muchas-gracias-10-unidadespersona. Quienes piensan de esta manera, en el fondo, desprecian el dar las gracias porque lo consideran un convencionalismo social vacío de contenido y privilegian en cambio una supuesta empatía profunda entre los corazones. “El reto es —escribía hace algún tiempo un experto— ¿cómo podemos hacer sentir al otro que le estamos agradecidos de verdad? Es necesario encontrar nuevas formas de mostrar a las personas el sentimiento de agradecimiento auténtico”.

         En un primer momento, esta tesis podría parecer atractiva, pero si se piensa un poco se descubre que es una manera desenfocada de abordar este asunto vitalmente william-levy--ztan importante. ¿Por qué los padres de todo el mundo se empeñan en que sus hijos aprendan a dar las gracias? No lo hacen meramente para que sus hijos aprendan un formalismo social, sino que lo hacen para que aprendan a ser agradecidos, esto es, para que a base de agradecer a los demás los servicios, atenciones o regalos que reciban, lleguen a ser mejores personas. Las fórmulas corteses, acompañadas si es posible de una sonrisa, son el camino que tenemos los seres humanos para adquirir el agradecimiento de corazón.

         La gente joven —al menos en mi experiencia personal— es muy agradecida. Su gratitud nunca me parece algo postizo o artificial, sino que es siempre un sentimiento verdadero que brota quizá de la conciencia de su inexperiencia. Me impresionaba lo que me decía una valiosa estudiante al despedirse cada vez que venía a visitarme: “Muchas gracias por su tiempo”. Siempre pensé que era más bien yo quien debía estarle agradecido a ella por la atención inteligente que me había prestado.

11009971_812426535519219_7624841377116816129_n                Me contaba hace unos pocos días una estudiante de Farmacia, al regreso de una estancia como cooperante farmacéutica en una clínica peruana en Abancay en lo alto de los Andes, que se sentía verdaderamente pagada cuando al terminar su servicio aquellas mujeres y aquellos hombres —ya mayores y a menudo de rostro taciturno— le decían con una sonrisa: “¡Gracias, doctorita!” o “¡Gracias, mamasita!”.

         De tarde en tarde el agradecimiento de los estudiantes se traduce en regalos. Puede ir desde unas hermosas hojas secas del otoño recogidas en el campus hasta una pluma de lujo con un texto grabado “Gracias, Jaime”, pasando por regalos que se comen o se beben, por libros, fotografías, cuadros, etc., que han ido llenando las paredes de mi despacho.DSCN9458 Me emocionan todas esas muestras de gratitud que quieren dar permanencia a la expresión del agradecimiento. Siempre pienso que los seres humanos damos gracias no tanto porque nos hayan hecho un favor o un servicio, sino en última instancia porque nos sentimos queridos. Esto es siempre lo más importante.

         Un filósofo norteamericano me aseguraba, basado en su experiencia vital, que dar las gracias es el mejor antídoto contra la 6039167depresión: ayuda más a quien las da que a quien las recibe, porque lleva a la persuasión de que todo es un regalo, incluida la propia vida y la vida de los demás. En este sentido, puede decirse que quien da las gracias, aunque sea empleando las fórmulas más habituales, se lleva siempre el premio, pues su corazón se ensancha hasta llenar de un hondo sentido comunicativo los convencionalismos sociales. Vivimos en red, no solo nos necesitamos unos a otros, sino que al querernos y agradecernos lo que hacemos habitualmente unos por otros, llegamos a ser mejores personas. Por eso, la mejor forma de expresarnos mutuamente la gratitud es diciéndonos con más frecuencia unos a otros en lo grande y en lo pequeño: “¡Muchas gracias!”.

         Y, por supuesto, muchas gracias de todo corazón por haber leído hasta aquí.

Pamplona, 27 de octubre 2015.

Agradezco las correcciones de María Guibert, Ángel López-Amo y Jacin Luna.

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La revolución de la ternura

image1       Me ha impactado la expresión que utilizó el papa Francisco en Cuba: “la revolución de la ternura”. Si no entendí mal, lo que venía a decir es que lo verdaderamente revolucionario en Cuba y en todas partes es que nos queramos unos a otros y no tengamos miedo de expresarlo así.

         No sé por qué al escuchar esa expresión vinieron a mi memoria los ensayos de algunos de mis alumnos del pasado curso a los que pedí que escribieran sobre su vida familiar. Quedaron en mi memoria un puñado de ellos en los que con dolor hablaban de gritos, incomprensión, mal genio, discusiones, malentendidos, clamorosos silencios y toda la retahíla de conductas desafortunadas que con frecuencia afligen a tantas familias. Como escribe Leon Tolstoi en el arranque de su maravillosa novela Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen, mientras que cada familia infeliz es infeliz a su propia manera”.

         Si volvemos ahora la vista al espacio laboral, cuánta violencia, abuso y mobbing encimage3ontramos por doquier y a todos los niveles: incluso algunos defienden una lamentable competitividad entre las personas —más o menos solapada bajo formas de control— con el torpe argumento de que en el ámbito empresarial “o comes o eres comido”.

         Y qué decir del ámbito social donde vemos a diario las descalificaciones e insultos wpid-screenshot_2014-09-17-15-16-46de políticos de todo signo y donde tan a menudo nos encontramos en tantos espacios con relaciones interpersonales marcadas por la mutua agresividad: desde algunas comunidades de vecinos hasta las reclamaciones legítimas de tantas personas, pasando por las penosas discusiones entre divorciados por la custodia de sus hijos. Quizá tenga un carácter anecdótico o circunstancial, pero me impresionaron los gritos desaforados y las terribles miradas de odio que se cruzaban entre sí los defensores y los oponentes del lamentable “Toro de la Vega” de Tordesillas: solo por eso sería ya suficiente para eliminar ese evento de origen medieval.

         Pues bien, decir que la ternura es revolucionaria no significa que a base de besos y image2de caricias puedan resolverse todos los problemas, pero sí, de alguna manera, que aquellos que más nos afectan tienen de ordinario que ver con nuestra relación con quienes tenemos a nuestro lado, nuestros próximos, parientes, colegas, vecinos. Y en estos casos, aplicando una ternura inteligente pueden cerrarse heridas a nivel familiar, pueden pensarse mejor las relaciones laborales para minimizar los conflictos y puede aminorarse la beligerancia social. Nos enternecemos porque amamos y la revolución de la ternura se nutre del amor. Fue conmovedor el discurso del papa Francisco en Filadelfia, hablando de la familia, cuando, ante la ingenua pregunta de un niño: “¿Qué hacía Dios antes de crear al mundo?” , tuvo que improvisar una respuesta: “Antes de crear al mundo… Dios amaba”.

         Venía a mi memoria la intuición central del pensador y educador norteamericano imgresJohn Dewey, que tanta influencia ha tenido a lo largo del siglo XX en la reforma de la enseñanza hacia su democratización. Como explicaba el profesor de Harvard, Hilary Putnam, la intuición central de Dewey fue la de que la aplicación de la inteligencia a los problemas morales es en sí misma una obligación moral. Esto es, la misma razón humana que con tanto éxito se ha aplicado en las más diversas ramas científicas —desde la física atómica hasta la medicina más sofisticada— ha de aplicarse también en arrojar luz sobre los problemas morales, sobre la mejor manera de organizar la convivencia social.

 image6        En este sentido, me gusta decir que la ternura es revolucionaria si es inteligente, esto es, si se aplica con cabeza y decididamente a la resolución de las dificultades que se plantean en los espacios de convivencia humana. La ternura inteligente se alimenta, por supuesto, del respeto a las personas, a sus diferencias y del amor a la libertad.

 image1 copia A veces se desprecia la ternura como una conducta propia de personalidades débiles, pero en realidad tratar con ternura a los demás requiere de ordinario una gran fortaleza personal. Es necesario en muchas circunstancias aprender a pedir perdón, a decir “lo siento, me equivoqué”, “no lo haré más”, y —como enseña el papa Francisco— exige también emplear muchas veces esas otras dos expresiones tan típicas del cariño: “gracias” y “por favor”. También la sonrisa amable y la escucha paciente son formas de la ternura.

      Estoy persuadido de que la ternura es verdaderamente revolucionaria si no tenemos miedo a querernos y a expresarnos adecuadamente ese cariño, y si además la aplicamos con inteligencia para lograr así cauterizar las heridas que torpemente tantas veces nos hemos infligido unos a otros.

Pamplona, 26 de septiembre 2015

* Agradezco a Jacin Luna su ayuda con las ilustraciones y las correcciones y sugerencias de Albi Castilla, María Rosa Espot, Graciela Jatib y Ricardo-María Jiménez.

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Aeropuertos para la paz

Flughafen Berlin-Tempelhof 18.8.2006 Aufnahmen aus dem Luftschiff Skoda

Flughafen Berlin-Tempelhof 18.8.2006
Aufnahmen aus dem Luftschiff Skoda

       El reciente anuncio que ha hecho la presidenta Angela Merkel de que van a habilitarse las instalaciones del antiguo aeropuerto de Berlín-Tempelhof para acoger a millares de refugiados sirios trajo a mi memoria la emoción con la que en la primavera de 1988 aterrizaba en ese aeropuerto para una visita académica a la ciudad cercana de Szczecin. El imperio comunista se tambaleaba, pero ni había caído el muro ni habían desaparecido los vopos, sus temidos vigilantes. Tuve que cruzar Alemania del Este, que parecía —y lo era— un estado policial. En contraste, el aeropuerto de Tempelhof, rodeado de edificios urbanos y compartido con el ejército norteamericano, me pareció un auténtico monumento a la libertad.

C-54landingattemplehof         Con ocasión del bloqueo soviético en torno a Berlín, este aeropuerto había sido la cabeza del puente aéreo por el que aviones americanos e ingleses habían transportado entre junio de 1948 y septiembre de 1949 unas 4.500 toneladas diarias de alimentos y otros bienes para alimentar a los dos millones y medio de personas que vivían entonces en Berlín occidental. Al aeropuerto de Tempelhof se le unieron, al poco tiempo, el de Tegel en el sector francés y el de Gatow en el británico.

imgres         Tempelhof dejó de funcionar como aeropuerto en el año 2008 y desde entonces en sus edificios se han celebrado numerosas ferias y congresos. Me ha parecido emocionante que Merkel haya decidido acoger a todos los refugiados de guerra sirios que lleguen a Alemania y que precisamente quiera habilitar para ellos ese espacio tan céntrico y simbólico, convertido actualmente en un enorme parque.

refugiados-sirios-saltan-una-valla-fronteriza-akcakale-ayer-1434308325254     A decir verdad, me han impactado mucho las imágenes que nos llegan en estos días de las familias de origen sirio superando vallas en Macedonia, arrastrándose por debajo de las concertinas en Hungría y caminando con decisión por las vías de tren, persuadidas de que si llegan a Austria, Alemania o Suecia, allí les tratarán bien.

         Por ahora no vienen hacia España, aunque afortunadamente se han alzado unas pocas voces aquí ofreciéndoles acogida. Me apena que un país que tiene 65 millones de turistas extranjeros anuales y cuyo número de inmigrantes desciende cada año desde la crisis económica sea tan reacio a recibirlos. Algunos políticos en un “ataque de responsabilidad” argumentan que recibir refugiados afectará a nuestro nivel de vida. ¡Qué bueno sería —pienso yo— que nos afectara personalmente! No somos tan egoístas como creen esos políticos calculadores. imageEstoy persuadido de que recibir a algunos millares de familias sirias podría hacernos mejores, podría hacernos más sensibles a las necesidades extremas de tantas personas. Me emocionó el reciente titular en el Süddeutsche Zeitung: “El siglo XXI será juzgado algún día por el modo cómo ha tratado a los refugiados”.

DSCN9285        Hace unos pocos días me escribía mi padre —que tiene ya 92 años— recordando el 79 aniversario de su salida de España por Port Bou el 2 de agosto de 1936 —tenía entonces 13 años— con sus padres y los demás hermanos pequeños, huyendo de las penalidades de la guerra civil. Fueron muy bien acogidos, junto con otros millares de refugiados más, tanto en Francia como en Italia: toda su vida sintieron una enorme gratitud a quienes les ayudaron en aquella situación tan difícil.

migrantes        “La calidad de una sociedad se mide por cómo trata a los más débiles, a los más vulnerables”, me decía con convicción una experta en cooperación internacional. Las imágenes que transmiten todas las noches los telediarios me impactan y me interpelan: en parte, me avergüenzan, porque sé que no es justo lo que está ocurriendo y siento que debería hacer algo; en parte, me paralizan, porque ni puedo parar la guerra en Siria ni eliminar esas fronteras en las que tantos se juegan la vida.

         “No podemos suprimir esas fronteras —me decía la directora de un instituto en la que una buena parte de los alumnos son inmigrantes—, pero sí podemos actuar personalmente y cuidar cada uno a quienes están ya aquí, a nuestro lado, eliminando las fronteras que todavía hay en nuestros corazones”. Es verdad. Cuántas veces podemos advertir en el fondo de nuestro corazón una cierta aversión o repugnancia hacia los que son de otro país, tienen otra cultura, otros hábitos, otras costumbres alimentarias, a quienes “huelen distinto” dhands1e nosotros. Sin duda, se trata de un instinto de tipo animal, pero con la cabeza podemos reconocer con claridad que todos los seres humanos de todos los pueblos, lenguas y continentes somos verdaderamente hermanos. Afirmar esa fraternidad nuestra es un triunfo del espíritu sobre la estricta biología y sobre el imperio de la comodidad material.

         Por mi parte, puedo al menos escribir estas líneas. El ejemplo de Merkel con el aeropuerto de Berlín-Tempelhof trae a mi recuerdo todos esos aeropuertos regionales abandonados, algunos con excelentes instalaciones y ni siquiera inaugurados. ¿Alguien se atreve a pedir su transformación en espacios de acogida para los refugiados sirios? Sería quizá la forma de convertir unos monumentos al despilfarro público en aeropuertos para la paz.

Pamplona, 30 de agosto 2015.

* Agradezco las correcciones de mi padre Jaume Nubiola, y las correcciones y sugerencias de Ruth Breeze, Julián Montaño, Philip Muller y Borja Valcarce, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Si quieres ser más feliz, haz listas

 estrella      Hace unos pocos días en una sesión de un curso de verano en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander aprendí que las listas son la estructura básica de la ordenación de la información. Lo decía con enorme convicción la profesora Estrella Montolío en una brillante intervención en el elegante Comedor de Gala del Palacio de la Magdalena donde se desarrollaba el curso.

BARCELONA 02/08/2008 LISTA DE LA COMPRA PARA AHORRAR Y NO CONSUMIR TANTO A LA HORA DE HACER LA COMPRA EN EL SUPERMERCADO FOTO FERRAN NADEU

BARCELONA 02/08/2008 LISTA DE LA COMPRA PARA AHORRAR Y NO CONSUMIR TANTO A LA HORA DE HACER LA COMPRA EN EL SUPERMERCADO FOTO FERRAN NADEU

     Llamaron mi atención esas palabras, pues desde la niñez aprendí de mis padres a hacer listas para ayudar a la memoria y organizarse uno mejor. Desde la lista que mi madre llevaba siempre al ir de compras, cuidadosamente ordenada de acuerdo con el camino que iba a recorrer, hasta la lista de cosas para contarme que se hace mi padre a sus 92 años cada vez que voy a visitarle a Barcelona, pasando por la lista de recados que me daban en mi infancia cuando salía a la calle. Nunca había prestado atención a este asunto de las listas, pero me parece que tiene una importancia capital para la formación personal y para la organización de la propia vida: ¡si quieres ser más feliz —podría decirse—, haz listas!

         Por supuesto, hay listas y listas: hay listas que son enumeraciones, esto es, que image1 2están numeradas y en las que las cosas están ordenadas por su importancia o por su urgencia; hay listas que son más bien calendarios o agendas de actividades que debemos llevar a cabo en un futuro próximo; hay listas con los nombres de los amigos, con sus teléfonos y cumpleaños; hay listas de las cosas que han de meterse en la maleta cuando nos vamos de viaje o de asuntos que hay que tratar en una conversación. De hecho, nos pasamos la vida haciendo listas.

         Probablemente las agendas electrónicas y demás recursos tecnológicos similares nos simplifiquen la vida en esto de las listas, pero una de las cosas que a mí más me gusta de las listas que hago en papel es la posibilidad de IMG_3745tachar las cosas conforme las voy haciendo. Cada noche suelo abrir un folio de papel —usado por la otra cara— en el que apunto la lista de cosas no rutinarias que debo hacer al día siguiente. Cuando al llegar la noche compruebo que he conseguido hacer casi todo o que solo me quedan dos o tres cosas que arrastro al siguiente día, me quedo con la gozosa impresión del deber cumplido, de haber aprovechado el día.

         Las listas no pueden ser ni demasiado largas —como la guía telefónica— ni demasiado cortas: si solo tienen una o dos cosas realmente no necesitamos la lista. Otra de las ventajas de las listas a mano es que siempre pueden introducirse cosas nuevas entre sus líneas, porque somos nosotros y no el programa informático quien —por así decir— tiene el control sobre el listado.

image3         A muchas personas ya la propia palabra “listas” les pone nerviosas: les parece rigidez y falta de flexibilidad; algo así como encorsetar su creatividad. Sin embargo, en realidad se trata de un recurso utilísimo para llegar a ser los dueños efectivos de nuestra jornada, para llevar las riendas de nuestra actividad. Al realizar lo que hemos previsto en nuestro listado nos hacemos señores de nosotros mismos, porque no nos hemos dejado arrastrar por la comodidad o por el capricho momentáneo.

        Las listas potencian la creatividad, porque permiten hacer más cosas, en lugar de andar siempre dedicando el tiempo a remediar nuestros olvidos. Por supuesto, es preciso aprender a improvisar, a interrumpir nuestra relación de tareas para poder prestar atención a quien está a nuestro lado y lo necesita. Sin embargo, tener ese orden favorece también la serenidad interior que los demás esperan encontrar en nosotros.

        A mí me ayuda mucho tener listas abiertas de libros pendientes de leer que me han image2recomendado mis amigos, o películas para ver algún día o incluso de regalos para pedir en el momento oportuno. Por ejemplo, a quienes se sienten solos o tienen “ataques de soledad”, les recomiendo revisar la lista de personas a las que quieren y que les quieren: a todos nos reconforta sentirnos y sabernos queridos por nuestros amigos, aunque quizá se encuentren físicamente muy lejos.

         Desde hace años, voy anotando en mi cuaderno una lista de las alegrías y otra de los disgustos y tristezas que me acontecen: gracias a Dios, es mucho más larga siempre la primera que la segunda. Me parece que una lista así de doble entrada ayuda a tener una visión equilibrada de la propia vida de forma que uno  puede comprobar que ni todo son éxitos ni todo son fracasos.

         Pero, además, querría añadir finalmente que también podemos listar nuestros lista-desueños, nuestros proyectos, nuestras ilusiones, nuestros gustos y aficiones hasta el punto de que —como me pasa a mí— lleguemos a disfrutar haciendo listas de todo aquello que llevamos en nuestra imaginación y en nuestro corazón. Por eso he titulado estas líneas: “Si quieres ser más feliz, haz listas”, pues el hacer listas nos pone, por así decir, en nuestro sitio.

Pamplona, 30 de julio 2015

* Agradezco la ayuda de Jacin Luna para las ilustraciones, así como las sugerencias y correcciones de Albi Castilla y María Rosa Espot.

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