Soledad y aislamiento

         Cuando tengo como hoy un viaje largo — de más de 24 horas— en avión, aunque tenga escalas, esperas y cambios de avión, una vez estoy dentro de la primera sala de espera, —ya facturado el equipaje, si llevo— me sobreviene siempre una alegría infantil y una gozosa sensación de libertad. Tengo por delante 20 o 30 horas de relativa soledad en las que puedo dedicarme a leer, a corregir textos, a dormir o a lo que me apetezca, sin que tenga de ordinario que preocuparme de atender a otras personas.

         Este tipo de soledad puede ser muchas veces fecundo. Como le pasaba a mi admirado Charles S. Peirce (1839-1914) en sus viajes trasatlánticos, los ocho o diez días que invertían los vapores de su tiempo para cruzar el Atlántico le resultaban muy creativos. Conforme avanzaba la travesía sus ideas se iban aclarando y su ánimo se fortalecía. Algo parecido —salvando las distancias— me ocurre a mí y es uno de los atractivos de los viajes largos.

         Hay personas que temen viajar solas o en general que tienen miedo a la soledad y al silencio. En cuanto se abre un espacio así, se aferran a una pantalla y a unos auriculares para ahuyentar su miedo a pensar. Sin embargo, me parece que hay que saber atesorar y aprovechar esos tiempos de soledad para encontrarnos a nosotros mismos e incluso para encontrar a Dios dentro de nosotros.

         Viene a mi memoria lo que escribía Etty Hillesum en el campo de Westerbork antes de ser enviada a la muerte en Auschwitz: “Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios. A veces me es accesible. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo” (Diario, p. 41). Me estremece siempre que lo recuerdo y querría para mí lo mismo.

         Me gusta distinguir entre soledad y aislamiento. La soledad muchas veces es enriquecedora; en cambio, el aislamiento, el cerrarse a los demás, muchas veces es malo porque resulta empobrecedor. No somos islas: somos dependientes de los demás, de aquellos a quienes queremos y eso enriquece nuestras vidas hasta llenarlas de sentido.

         En las cárceles y sistemas penitenciarios el aislamiento es el peor de los castigos. Fuera de esos entornos, el que está aislado puede ser por enfermedad o quizá por su mala experiencia con los demás, ya que el abrirse a los demás nos hace vulnerables. “Como no quiero sufrir más —quizá se diga a sí mismo abrazado a un oso de peluche— prefiero no conocer a nuevas personas, no tener nuevos amigos, no querer ya más: me basta con encerrarme en mi caparazón y resistir los embates de la soledad atesorando en mi memoria los momentos gozosos de mi vida pasada”.

         Los espacios de relativa independencia de los demás, como los viajes —solo interrumpida por algún mensaje o whatsapp ocasional—, nos hacen valorar más nuestras dependencias afectivas. Como enseña la filosofía, las cosas que más nos importan y que tenemos siempre delante de los ojos, normalmente no las vemos, no les prestamos atención. En cambio, cuando estas nos faltan es increíble cuánto las echamos de menos. Por eso me encanta ver el gozo de familiares y amigos que se reencuentran con formidables abrazos en la puerta de llegadas de los aeropuertos.

Aeropuerto de la Aurora, Ciudad de Guatemala, 28 de julio 2018.

Agradezco las correcciones y sugerencias de Félix A., Albi C., Victoria de J., Mariacaro G. y Javier L. y la ayuda de Victoria  y de Jacin con las ilustraciones.

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¿Desconectar?

         Cuando llegan las vacaciones la gente suele decir que lo que quiere en ese tiempo es desconectar: este es el verbo que utilizan los españoles para expresar su intenso deseo de huir de la rutina diaria —o incluso de huir de sí mismos— para poder vivir unas semanas haciendo algo totalmente distinto de lo habitual.

         He utilizado ese mismo verbo en mis recientes vacaciones en el Pirineo para desconectar por completo de la prensa en papel y en formato online —que me parece más adictiva todavía—, de las noticias de la radio y la televisión. Ha sido una experiencia del todo saludable para mí. Mi desconexión mediática solo ha tenido la excepción de algunos partidos del Campeonato del Mundo de Fútbol que he visto acompañado siempre de algunos amigos.

         Recuerdo que hace años el papa Benedicto XVI invitaba en una cuaresma a un «ayuno digital». Me parece que efectivamente es muy sano cortar —por una temporada al menos— ese constante flujo de información que llega a nuestros móviles o a nuestros ordenadores para poder prestar atención a las personas que tenemos alrededor y también a nosotros mismos. Por ejemplo, hay terapeutas que recomiendan desconectar por completo los móviles los fines de semana y así cuidar y atender a los demás.

         Sin embargo, pienso que no se trata de apagar drásticamente las pantallas. Lo que defiendo es más bien cerrar su uso pasivo, su uso como receptores de información masiva, para concentrar nuestra atención en utilizar las redes sociales y el correo electrónico para comunicarnos con aquellas personas a las que queremos y que quizá por estar lejos podemos atender menos. Las vacaciones que nos regalan tiempo libre y las máquinas que nos acercan a quienes están lejos nos facilitan mucho esa tarea, con tal de que no nos separen de aquellos que tenemos más cerca.

         Copio lo que me escribía ayer por email Sofía M., una valiosa alumna que me dejó pensando sobre este tema: “Hace unos meses hablaba con un gran amigo de la importancia de las cartas. Hoy en día parece que todo lo bonito e importante lo acabamos reemplazando por algo más fácil y rápido y, tratando de facilitarnos, acabamos siempre por empeorarnos. Hay que rescatar tradiciones como estas, para así de alguna forma, rescatarnos a nosotros mismos también. Lo que le decía a mi amigo es que lo verdaderamente importante de las cartas es el tiempo que dedicamos a escribirlas, el pararnos a pensar qué queremos decirle a la otra persona, a sincerarnos y a tratar de regalarle al otro un pedacito de nosotros mismos”. ¡Qué bonito y verdadero!

         Escribir a quienes queremos es hermoso, pero requiere un cierto esfuerzo: primero hay que querer comunicarse; luego hay que pararse a pensar qué queremos decir y después hay que intentar escribirlo con claridad y corrección. Esto contrasta mucho con la facilidad de un WhatsApp o de subir una foto a Instagram. Indudablemente, la comodidad del usuario es una razón importante para el enorme éxito de las redes sociales y las nuevas tecnologías del entretenimiento: esos recursos ofrecen diversión o distracción sin apenas esfuerzo.

         En el pasado mes de diciembre, Mark Zuckerberg, fundador y propietario de Facebook, al hacer un balance de la evolución de esta red social a lo largo de diez años, advertía precisamente que Facebook había pasado a ser una fuente de información para el consumo pasivo por parte del usuario en lugar de la red para la activa comunicación de las personas entre sí tal como la había pensado en un principio. Aseguraba que quería corregir esa tendencia favoreciendo la creación de grupos de personas interesadas en las mismas cosas y disminuyendo el flujo de noticias de los periódicos y otros medios de comunicación.

         Me parece que a los seres humanos nos daña el consumo individualista de información o de entretenimiento y lo que esto suele llevar consigo de huida de las obligaciones familiares y sociales o de desarraigo de nuestra red de amigos y personas queridas. Las vacaciones son para desconectar de todo aquello que ocupe nuestra cabeza obsesivamente, pero no de nuestra familia y nuestros amigos: todo lo contrario. Por eso, he puesto entre interrogantes el verbo «desconectar» que encabeza este texto.

Astún, 15 de julio 2018

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Educación verde

         En mi despacho en la Universidad tengo un hermoso Ficus benjamina que me regaló hace años Marta Revuelta y una humilde violeta que florece periódicamente, pero sobre todo lo que tengo es un enorme ventanal que da al campus y llena la vista con los serios abetos, los verdes cedros y algunos otros árboles más alejados. Esa luminosa ventana es siempre lo que más llama la atención de los visitantes. Suelo trabajar de espaldas a ella, pero cuando estoy cansado me doy la vuelta y admiro el verde de los árboles y los caprichos que trenzan las nubes en el cielo al atardecer.

         Ahora llaman a esto “educación verde”: el intento de que los espacios educativos no sean edificios cerrados de cemento, hierro y cristal, sino que siempre abran al menos una ventana o un patio a la naturaleza. Se piensa que nos hace vivir mejor, ensancha nuestra calidad de vida, y que incluso puede que nos haga mejores personas. Hay algo profundo en ello que me parece vale la pena rescatar.

        Escribo estas líneas en lo alto del Pirineo aragonés donde estoy disfrutando de unas semanas de descanso en un valle totalmente verde, con manchas blancas de nieve que refulgen al sol. Está salpicado de gencianas amarillas y otras flores de alta montaña. Frente a mis ojos se alza el macizo imponente del Aspe (2.640 m.) con sus enormes paredes de piedra y su amplias placas de nieve.

         Esta misma mañana he subido por un sendero apenas trescientos metros más arriba del hotel donde me alojo y quedé maravillado. Llenaba el cielo un espléndido sol radiante que iba derritiendo lentamente la nieve que hay todavía entre las rocas. Un águila solitaria volaba majestuosamente sobre la cumbre, sin apenas batir las alas. Tenía a mis pies el magnífico valle glaciar rodeado de escarpadas montañas. Escuchaba con asombro el murmullo del agua saltarina que bajaba corriendo entre las piedras hasta llegar al fondo del valle surcado por un riachuelo. Me emocionaba el susurro suave de la brisa que acariciaba mis oídos. Las mariposas se paseaban entre las flores y las lagartijas se desperezaban al sol sobre las piedras. Me senté en el suelo y comencé a escribir estas líneas, dando gracias a Dios por este mundo tan maravilloso. Hay que tener ojos para ver y sensibilidad para admirar tanta belleza como hay en el mundo.

         «¡Qué gran verdad! —me escribía una profesora a propósito de esta última frase— ¡Cuántas veces no abrimos los ojos a tantas personas y maravillas que hay a nuestro alrededor!». Realmente la sensibilidad puede educarse. El aprecio de la naturaleza se aprende casi por contagio; en particular al advertir cómo muchas personas crecen —ensanchan su sensibilidad— en entornos más naturales.

        A mí me viene muy bien el contacto sin prisas con la naturaleza y además me acerca a Dios. Me ayuda, me serena, expande mi alma y logra casi siempre que me olvide de las prisas y los desasosiegos del curso académico ya terminado, de los disgustos padecidos o de las mezquindades humanas propias y ajenas. Me parece que esto mismo o algo parecido le pasa a mucha gente.

         Es verdad que el trato con la naturaleza requiere de cierta soledad para poder realmente disfrutarla; también requiere un poco de preparación para desconectar de nuestras tareas habituales y liberarse además de todos los artefactos que llenan nuestra vida. A mí me encanta escaparme a la montaña. En cambio, me agobia la sola imagen de esas playas mediterráneas totalmente abarrotadas de gente; hay tantas personas que, prácticamente, han de pedir turno para extender su toalla sobre la arena o para entrar en el mar.

         En las montañas apenas hay nadie y los que hay aman la naturaleza y, salvo caso de necesidad, dejan a los demás que disfruten a su estilo y a su aire. Las montañas, además de espacios de belleza, son también en un sentido muy profundo espacios de libertad y quizá por eso resulta aquí más fácil encontrar a Dios.

Astún, 25 de junio 2018.

Agradezco las correcciones y sugerencias de Sara B., Fernando B., Silvia C., Ángel L., Pamela M., José Antonio P., Paloma P., Martha Estela T. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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Libertad, verdad, cordialidad: el diálogo como clave de la vida universitaria

Introducción[1]

      Hay un cierto consenso general de que asistimos a un declive de la universidad en el mundo occidental, a una pérdida de su importancia como conformadora de la sociedad y proliferan las dudas acerca de la relevancia de la institución universitaria para la investigación científica e incluso de su efectiva eficacia docente. Tiende a echarse la culpa de este proceso a la progresiva mercantilización del espacio académico, al papel creciente de los gestores y gerentes en el gobierno de las universidades, a la ANECA o a la expansión de las enseñanzas online. Sin embargo, para mí la raíz de ese descarrío se encuentra principalmente en la pérdida del sentido del trabajo de tantos profesores, transformados muchas veces —parafraseando a Weber— en funcionarios sin alma o burócratas sin corazón. Viene a mi memoria el libro del director editorial de Harvard University Press, Lindsay Waters, en el que denuncia que los profesores han transferido a las editoriales y a las revistas su capacidad de decidir si algo es bueno o malo en el ámbito académico, renunciando así a su tarea propia más cualificada[2].

image1 (7)     Me parece que la clave para una revalorización del espacio universitario se encuentra en comprender que quienes nos dedicamos a la enseñanza superior enseñamos a ser mejores, esto es, a desarrollar un estilo de vida mejor, más razonable; aspiramos a vivir —y a enseñar a vivir— de acuerdo con unos principios de los que somos capaces de dar razón. Como decía Mary Ann Glendon, profesora de Harvard, cuando agradecía el doctorado honoris causa que le había sido conferido en esta Universidad: “Podemos dar razones de las posiciones morales que mantenemos”. Quienes se empeñan en enseñar esto son los auténticos maestros, los verdaderos académicos en la mejor tradición de la Academia de Platón. El ámbito académico impregna nuestra vida de un hondo sentido vocacional, de un genuino empeño por el perfeccionamiento personal, que queremos compartir con los demás y que es verdaderamente lo que la sociedad necesita y espera de nosotros. Los profesores hemos de estar persuadidos de que tenemos algo valioso que ofrecer a nuestros alumnos, algo que no pueden aprender en los más prestigiosos bufetes, en las empresas más competitivas por mucho dinero que puedan ganar allí o, por supuesto, en un tutorial en Youtube.

     Las dos cosas que podemos enseñar —en las que hoy quiero centrar mi atención— son que “lo de dentro cambia lo de fuera” y que “el desacuerdo inteligente es enriquecedor”. Respecto de lo primero, leía hace unos pocos días la lección de graduación que impartió J. K. Rowling en la Universidad de Harvard en junio de 2011 y que acaba de ser publicada en castellano[3]. En particular llamó mi atención el pasaje en el que la autora de Harry Potter explica a su audiencia que “una de las muchas cosas que aprendí al final de aquel pasillo de Clásicas por el que me aventuré a los dieciocho años en busca de algo que entonces no habría sabido definir fue lo que escribió el autor griego Plutarco: «Lo que logramos internamente cambia nuestra realidad exterior»”. Me impresionó esa cita porque es lo mismo que intento enseñar a diario a mis alumnos. Nuestro empeño por pensar, leer y escribir, por cultivar una vida verdaderamente intelectual, no solo nos cambia por dentro, sino también por fuera, pues nos abre afectuosamente a los demás.

32240340_10160269999940175_5357697511047823360_n      Respecto de lo segundo, quiero persuadiros de que el desacuerdo inteligente —el “desacuerdo educado”, en expresión de Gonzalo Herranz— es la energía vital de la universidad, la corriente circulatoria de una sociedad sana[4], porque ese desacuerdo es de ordinario enriquecedor.

      En mi breve presentación pretendo abordar tres actitudes básicas que han de impregnar la actividad universitaria para que esta sea un espacio de diálogo y una escuela de diálogo: 1º) el amor a la libertad y su lógica consecuencia que es el pluralismo; 2º) el amor a la verdad que mueve a los académicos y se nutre de la experiencia efectiva del crecimiento de la ciencia; y 3º) la cordialidad o amable convivencia dentro de la universidad.

  1. La universidad como espacio de libertad: el pluralismo

      El monopolio del espacio universitario por parte de “lo políticamente correcto” es un atentado contra el auténtico espíritu de libertad académica anclado —me gusta verlo así— en la disputatio medieval. Para los viejos maestros todas las opiniones formuladas con seriedad merecían ser escuchadas y discutidas, pues de cada una de ellas había algo que podíamos aprender. Frente al desacuerdo tóxico, el desacuerdo inteligente. Como pone el poeta Salinas en boca del labriego castellano: “Todo lo sabemos entre todos”.

      No hay una única razón universal como pensaron los ilustrados, que solían escribirla con mayúscula inicial en señal de respeto. Los problemas con los que nos enfrentamos tienen facetas, distintas caras, y hay maneras diversas de pensar acerca de ellos. La teorización que los seres humanos hemos desarrollado a partir de nuestras experiencias es del todo multifacética, es una razón plural[5]. Defender la pluralidad de la razón no significa afirmar que todas las opiniones son verdaderas —lo que además resultaría contradictorio—, sino más bien que ningún parecer agota la realidad; esto es, que una aproximación multilateral a un problema o a una cuestión es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Las diversas descripciones que se ofrecen de las cosas, las diferentes soluciones que se proponen para un problema, reflejan de ordinario diferentes puntos de vista. No hay una única descripción verdadera, sino que las diferentes descripciones presentan aspectos parciales, que incluso a veces pueden ser complementarios, aunque a primera vista quizá pudieran parecer incompatibles.equipo

      La pluralidad de opiniones no es una triste consecuencia de la limitación de la razón humana, sino que más bien es consecuencia de nuestra libertad personal y de la gran diversidad de la experiencia humana. No solo las sucesivas generaciones perciben la realidad de manera distinta, sino que incluso cada uno a lo largo de su vida va evolucionando en sus opiniones. Además, quienes viven en áreas geográficas distintas y en el seno de tradiciones culturales diversas acumulan unas experiencias vitales sensiblemente diferentes. Los seres humanos somos distintos y eso es un tesoro para todos, en particular en el ámbito académico. Quienes defendemos el pluralismo amamos la libertad personal y pensamos que esa pluralidad es enriquecedora.

      La defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión del filósofo norteamericano Stanley Cavellmaneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro. Nuestras teorías, como los artefactos que fabricamos, son construidas por nosotros, pero ello no significa que sean arbitrarias o que no puedan ser mejores o peores. Al contrario, el que nuestras teorías sean creaciones humanas significa que pueden —¡deben!— ser reemplazadas, corregidas y mejoradas conforme descubramos versiones mejores o más refinadas. ¡A eso precisamente nos dedicamos en la universidad!

      Esta defensa de la libertad en el espacio académico y de su necesaria expresión plural es consustancial al pensamiento. Podemos decir con rotundidad que sin libertad no hay pensamiento y sin pensamiento no hay libertad y sin ambos no hay universidad.

  1. La búsqueda de la verdad

     Hace muchos años tuve ocasión de acudir a Uppsala para un congreso de lógica. Me impresionó un lema grabado en letras doradas sobre el dintel de mármol de la puerta del Aula Magna, que decía así: “Tanka Fritt är Stort, Tanka Rätt är Storre“. Se trata de un aforismo del filósofo sueco Thomas Thorild (1759-1808) que puede traducirse como “Pensar con libertad es bueno, pero pensar correctamente esdownload todavía mejor”. Quienes somos optimistas acerca del uso de la razón humana evitamos contraponer libertad y verdad, pues estamos persuadidos —con Charles S. Peirce y tantos otros filósofos de la ciencia— de que la libertad humana está inclinada a la verdad: “La esencia de la verdad —indicará Peirce— se encuentra en su resistencia a ser ignorada” (CP 2.139, 1902).

      Merece la pena leer el primer párrafo de la excelente declaración del destacado jurista Robert P. George (Princeton) y del filósofo afroamericano Cornel West (Harvard) que hemos suscritos miles de académicos e instituciones universitarias[6]:

      «La búsqueda del conocimiento y el mantenimiento de una sociedad libre y democrática requieren el cultivo y la práctica de las virtudes de la humildad intelectual, la apertura de la mente y, sobre todo, el amor a la verdad. Estas virtudes se manifestarán y se fortalecerán con la voluntad de escuchar atenta y respetuosamente a personas inteligentes que desafían las propias creencias y que representan causas con las que uno no está de acuerdo y puntos de vista que no compartimos.»

      El tema de la verdad es una cuestión enrevesada, en la que se entrecruzan buena parte de los puzles y debates que atraviesan la filosofía, la ciencia y la cultura de nuestro tiempo. Nos encontramos en una sociedad que vive en una amalgama imposible de un escepticismo generalizado acerca de los valores y un supuesto fundamentalismo cientista acerca de los hechos. Se trata de una mezcolanza de una ingenua confianza en la Ciencia con mayúscula y de aquel relativismo perspectivista que expresó el poeta Campoamor con su “nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”[7].

pluralismo

      La ciencia no es simple experimentación y recolección de datos, sino que sobre todo es interpretación de esos datos y de esas experiencias. El progreso científico estriba en el hallazgo de interpretaciones nuevas que amplíen nuestra comprensión. Tanto en las ciencias naturales como en las humanidades, la selección de qué interpretación en un campo de trabajo específico es mejor no depende ni del capricho personal, ni de la voluntad de los poderosos, ni siquiera del consenso de la comunidad de investigación, sino que, a la larga, depende esencialmente de la intrínseca verdad de tal interpretación y, por tanto, de su capacidad —intrínseca también— de persuadir a la humana razón.

      Frente al escepticismo postmoderno, la defensa de la capacidad de la razón humana para progresar en la investigación de la verdad —ciertamente con titubeos y rodeos— está anclada en la experiencia histórica del efectivo crecimiento del árbol del saber a lo largo de sus diversas ramas. La verdad es primordialmente aquello que los seres humanos anhelamos y buscamos. La verdad buscada es la verdad objetiva, es decir, la verdad objeto de los afanes compartidos en el espacio y en el tiempo de cuantos dedican su vida y su trabajo a saber y a generar nuevos conocimientos: esto no se refiere solo a las ciencias naturales, sino también —y quizá sobre todo— a las más profundas aspiraciones de las personas por comprender el misterio que envuelve sus vidas.

      Los académicos aspiramos a vivir de acuerdo con la verdad, con la mejor verdad alcanzada. Con Hilary Putnam —y con una gran tradición de pensadores antes que él— me gusta distinguir entre la Verdad con mayúscula y las verdades que los seres humanos forjamos. Estas últimas, las verdades que los seres humanos han conquistado laboriosamente mediante su pensar son resultado de la historia: Veritas filia temporis, repetían los escolásticos citando al historiador romano Aulo Gelio (125-175). Que la verdad sea hija del tiempo significa también que la verdad futura depende de nuestra libre actividad, de lo que cada uno contribuya personalmente al crecimiento de la humanidad, al desarrollo y expansión de la verdad. Con el dicho medieval, somos enanos a hombros de gigantes. Construyendo sobre los esfuerzos de quienes nos precedieron llegamos a ver más lejos y con más nitidez que ellos.

  1. La cordialidad académica 

      Me encantó leer hace algún tiempo el libro de Ken Bain What the Best College Teacher’s Do[8]. Aunque el libro esté centrado en la vida académica norteamericana —que es una realidad bastante distinta de la nuestra—, su lectura puede ayudar mucho a los profesores universitarios de otros países que quieran aprender de las experiencias de sus mejores colegas norteamericanos. El rasgo más característico de los mejores profesores universitarios es que están interesados por encima de todo en que sus alumnos realmente aprendan y para lograrlo están dispuestos a cambiar sus métodos, sus actitudes y todo lo que sea preciso. “Buscamos personas —explicaba Bain al principio de su libro— que sí pueden conseguir peras de lo que otros consideran que son olmos, personas que ayudan constantemente a sus estudiantes a llegar más lejos de lo que los demás esperan” (p. 18)

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     Ya Plutarco en su Ars Audiendi advirtió que educar no es llenar un vaso, sino más bien encender un fuego[9]. Los mejores profesores son siempre encendedores del afán de aprender de sus estudiantes. “Los mejores educadores pensaban en su docencia como algo capaz de animar y ayudar a los estudiantes a aprender” (p. 62). Los buenos profesores no se plantean solo los resultados en su asignatura, sino que la cuestión decisiva para ellos es siempre: “¿Qué podemos hacer en el aula para ayudar a que los estudiantes aprendan fuera de ella?” (p. 65). Están realmente interesados en el crecimiento personal de sus estudiantes y en qué pueden hacer ellos para lograr ayudarles en ese proceso.

      Me llamó la atención que los mejores profesores “tienden a tratar a sus estudiantes con lo que sencillamente podría calificarse como amabilidad” (p. 30), “escuchan a sus estudiantes” (p. 53) y “evitan el lenguaje de las exigencias y utilizan en su lugar el vocabulario de las expectativas. Invitan en lugar de ordenar” (p. 48). Los mejores profesores, a fin de cuentas, son aquellos que quieren a sus estudiantes, quieren que crezcan y ponen al servicio de ese objetivo toda su ciencia y todos sus afanes. Sin duda alguna, la cordialidad es un elemento central para la calidad de la vida académica. Esa cordialidad ha de expresarse en la colaboración afectuosa de unos profesores con otros, en el trabajo en equipo, en el aprendizaje cooperativo y en tantos otros aspectos que hacen tan amable la vida universitaria y el trato entre profesores y alumnos.

      La penosa imagen de la universidad decimonónica atravesada por guerras sin cuartel entre profesores de diversas tendencias o escuelas debe dar paso en el siglo XXI a una universidad abierta y plural, en la que el trabajo en equipo, la efectiva colaboración interdepartamental e interdisciplinar sea la tónica dominante habitual. Trabajar en colaboración no significa uniformidad, sino que supone amor a la libertad y entusiasmo por el pluralismo. 

  1. Conclusión

PapaVisitaUniversidadRomaTReRomaDanielIbanezACIPrensa      En una visita a la Universidad Roma Tre en febrero del 2017, el papa Francisco, después de atender las preguntas de cuatro estudiantes, dejó a un lado el discurso que traía preparado e improvisó unas palabras. Según la crónica de prensa, Francisco se refirió a las llamadas “universidades de élite”, en las que no se enseña a dialogar, sino que enseñan ideologías: “Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología. Eso no es una universidad”, explicó el papa. En este sentido, destacaba el papel de la universidad para el desarrollo de una cultura del diálogo: “La universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, porque dialogar es lo propio de la universidad. Una universidad donde se va a clase, se escucha al profesor y luego se vuelve a casa, eso no es una universidad. En la universidad debe desarrollarse una artesanía del diálogo”.

      Esta afirmación, de tanta raigambre en la tradición universitaria, traía a mi memoria aquello de John Henry Newman en The Idea of a University de que el crecimiento personal tiene que estar enraizado en un espacio comunitario en el que el intercambio de “bienes espirituales entre estudiantes y profesores” no solo resulte posible, sino que se promueva positivamente. Para Newman, durante los años universitarios resulta esencial el trato afectuoso e inteligente de profesores y alumnos, la conversación cordial y la convivencia libre entre los estudiantes de forma que puedan aprender unos de otros y se ensanchen así su mente y su corazón en favor de la humanidad. En este mismo sentido, san Josemaría decía que “es en la convivencia donde se forma la persona”[10].

      Debo terminar y quiero hacerlo recordando un pasaje de George Orwell en el prólogo de Animal Farm: «Libertad significa el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír», pero querría en esta ocasión corregirlo levemente así: «Libertad significa el derecho de decirle a la gente amablemente, con cordialidad, lo que no quiere oír».

      Muchas gracias por su atención.

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[1] Este texto fue presentado oralmente en la “Jornada sobre la identidad de la universidad: El diálogo universitario”, Universidad de Navarra, 17 de mayo 2018. Algunas secciones fueron publicadas previamente en J. Nubiola, “¿Qué es lo académico?”, Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, nº 164 (febrero 2018), pp. 75-87. Agradezco las correcciones y sugerencias de Gloria Balderas, Miguel Ángel Iriarte y Philip Muller y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

[2] Lindsay Waters, Enemies of Promise: Publishing, Perishing, and the Eclipse of Scholarship, Prickly Paradigm Press, Chicago, Second printing, 2005.

[3] J. K. Rowling, Vivir bien la vida, Salamandra, Barcelona, 2018.

[4] Cf. Bret Stephens, “The Dying Art of Disagreement”, The New York Times, 24 septiembre 2017.

[5] Cf. Jorge V. Arregui, La pluralidad de la razón, Síntesis, Madrid, 2004.

[6] “The pursuit of knowledge and the maintenance of a free and democratic society require the cultivation and practice of the virtues of intellectual humility, openness of mind, and, above all, love of truth. These virtues will manifest themselves and be strengthened by one’s willingness to listen attentively and respectfully to intelligent people who challenge one’s beliefs and who represent causes one disagrees with and points of view one does not share”.

[7] Ramón de Campoamor, Obras poéticas completas, Aguilar, Madrid, 1972, p. 148.

[8] Harvard University Press, Cambridge, MA, 2004. Traducido al español como Lo que hacen los mejores profesores universitarios, Universitat de Valencia, Valencia, 2006.

[9] Cf. Juan Luis Lorda, La vida intelectual en la Universidad, Ediciones Universidad de Navarra, 2016, p. 32 n.

[10] Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, n. 80.

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Wonder women: Mujeres de ideales

      Muchísimas gracias por la amable invitación para impartir hoy la lección magistral en este acto de graduación del Programa Alumni de Desarrollo Universitario. Es un honor y un gran gusto, pues algunas de mis mejores alumnas de los últimos años han sido miembros de este programa.

 

     He elegido como título de mi lección el de “Wonder women: Mujeres de ideales”, pues durante muchos años he venido repitiendo a mis estudiantes, parafraseando —les decía— al filósofo alemán Hegel (1770-1831), que “las mujeres de ideales hacen de sus ideas realidades”. Además hace unos meses vi la película Wonder Woman, titulada en América latina como “Mujer Maravilla”, dirigida por Patty Jenkins, la primera directora de una película de superhéroes, y en este caso con una maravillosa protagonista femenina, la actriz y modelo israelí Gal Gadot. Según Wikipedia la película costó 149 millones de dólares, lleva recaudados ya 821 millones desde su estreno en mayo de 2017 y Gadot fue nombrada por parte de las Naciones Unidas embajadora honoraria para el empoderamiento de las mujeres y niñas.

     Recomiendo que la veáis, pues se centra en cómo la joven guerrera Diana, princesa de las amazonas y entrenada para ser una luchadora invencible, se enfrenta a Ares, el dios de la guerra, para salvar a la humanidad. La acción se sitúa en el marco de la primera guerra mundial y su mensaje es el del triunfo del amor inteligente, frente a la venganza y la crueldad.

     La tesis central de mi lección es que si tenéis ideales y lucháis por hacerlos realidad no habrá en vuestra vida espacio para la estrechez de miras, el conformismo o la timidez que a tantos y a tantas estropea los mejores años de su juventud. Dividiré mi exposición en tres partes. Hablaré primero de la terrible esclavitud de la timidez y el apocamiento; en segundo lugar, del espacio interior que es donde comienza a ganarse esa batalla cultivando los ideales; y en tercer lugar, del trabajo hacia afuera que es donde se libra la batalla decisiva para llevar los ideales a la práctica.

 

     La falta de confianza en una misma suele expresarse con alguna frecuencia bajo formas de timidez o del denominado “miedo al ridículo”. El miedo al ridículo es uno de esos aspectos de la vida humana que a fuerza de ser común puede parecernos natural. De hecho la vida de muchos estudiantes está gobernada tiránicamente por el miedo a hacer el ridículo, por un miedo cerval al qué dirán los demás, a que se rían de nosotros, a que nos consideren defectuosos y prescindan de nosotros porque no estamos a la altura de sus expectativas.

     El temor a “quedar mal” se apodera de muchos estudiantes en cuanto salen del ámbito familiar o del pequeño círculo habitual, por ejemplo, en cuanto llegan a clase en la Universidad, provocando en muchas ocasiones una angustiosa parálisis, un enrojecimiento atroz, un bloqueo para leer en voz alta o para contestar a una pregunta. Si logran hacerlo es solo con un hilillo de voz tartamudeante. Exagero un poco, pero no mucho. Por miedo al ridículo ni hacen preguntas, ni dicen lo que piensan, ni viven con libertad. “Es que me da corte”, llegarán quizás a ofrecer como mejor explicación, sin advertir la penosa abdicación que esa declaración encierra.

     Con esto lo que quiero decir es que resulta realmente una esclavitud que quien lleve las riendas de la vida de tantas mujeres valiosas sea el miedo al ridículo y no su inteligencia superior y su enorme corazón. Los años de la Universidad son precisamente el tiempo para liberarse de ese corsé opresivo, el tiempo para ganar en libertad e independencia respecto de la opinión de los demás hasta llegar a configurar un estilo de vida personal en el que ser nos importe más que parecer. Veamos cuáles son los dos pasos de este proceso.

 

 

     Me gustó mucho la lectura del libro de Susan Cain El poder de los introvertidos, que me recomendó un experto ingeniero —antiguo alumno mío— que con ese libro había descubierto que los líderes de nuestra sociedad no son los personajes más glamurosos, sino que muchas veces son personas introvertidas que tienen una rica vitalidad interior. En su libro Cain advierte que en la cultura occidental —en contraste, por ejemplo, con la sociedad japonesa— lo que está de moda —”lo que se lleva en Instagram“— es ser o parecer extrovertido: lo importante es actuar, intervenir, reír fuerte, ser siempre el protagonista de la película. Quienes piensan así no tienen en cuenta que más o menos la mitad de las personas somos introvertidas, estamos a gusto trabajando a solas, no necesitamos estar actuando ante un público que permanentemente nos aplauda.

     Como os dais cuenta, ser introvertida no es malo, como no es malo ser extrovertida. Lo malo es ser una superficial en el caso de la extrovertida o ser esclava de la timidez en el caso de la introvertida. Hemos de aceptar que estamos en una sociedad que privilegia a los no tímidos y que quienes somos tímidos —yo ya no lo soy, pero lo he sido— hemos de aprender a adaptarnos a ese entorno. Quienes somos introvertidos tenemos la ventaja de que tenemos profundidad, de que tenemos siempre cosas que decir. Por este motivo, no podemos permitir que la timidez —desarrollada muchas veces como una coraza protectora a causa de una pobre educación emocional— sea invalidante, paralizante, bloqueante.

     La clave de la superación de la timidez —aunque esto pueda parecer paradójico— es en primer lugar el cultivo de la vitalidad interior, el cultivo de los ideales personales, de la riqueza interior. Esa es la primera lección del curso de superación de la timidez. A quienes me preguntan qué pueden hacer para superar la timidez, siempre les digo que la primera lección es escribir por qué soy tímida, cuándo lo descubrí, dónde y en qué circunstancias me bloqueo. Después de escribirlo con detalle hay que compartir lo escrito con alguien que nos quiera. “Mi problema no era la timidez en sí misma —me escribía una estudiante de Magisterio— sino el creerme que era tímida. Me daba por vencida muchas veces y en vez de aceptar mi propia realidad e intentar superarla, me resignaba ante ella. Sabía que detrás de esa jaula que yo misma me había impuesto, había un nuevo mundo más feliz y tenía ganas de conocerlo pero no sabía cómo”.

     Cuando san Josemaría era niño y le daba vergüenza saludar a las visitas aprendió de su madre el dicho “Josemaría, vergüenza solo para pecar”. ¡Cuánta sabiduría se encierra en esas palabras! ¿Por qué tener vergüenza de expresar nuestra interioridad? Más aún, muchas veces es nuestra rica interioridad lo que contrasta con la vida de otros. “La vergüenza —me escribía otra estudiante— reduce la libertad; hace que en pocos segundos pierdas toda la seguridad que tenías en ti misma. Antes eras grande, ahora eres pequeña”.

 

   Para superar la timidez lo primero es ganar el señorío sobre nuestra interioridad —la libertad interior— y después aprender a expresarla con nuestras palabras y con nuestra vida. Se trata de derribar las vallas de nuestro corazón —esas tablas herméticas con las que a veces lo hemos acorazado para que no nos hieran— y construir con ellas puentes que permitan entrar a los demás en nuestra intimidad. “¡Qué fácil es decirlo y qué difícil hacerlo!” me diréis. Es verdad, pero lo importante es comenzar a cambiar la actitud, perdiendo el miedo a darse a conocer como una es, perder el miedo a hacer striptease del alma. Nuestra intimidad es una joya que podemos regalar con una sonrisa a quienes se nos acercan. Por tanto, la primera lección para superar la timidez es cultivar con ilusión en el propio corazón los ideales personales para poder después compartirlos con los demás.

     Hace unos pocos meses escribía en Facebook —suelo hacerlo todas las semanas con la ayuda de Rocío M.— una entrada que titulaba “Artes marciales del alma“. En ella contaba que con relativa frecuencia ante las quejas de mujeres que padecen formas insidiosas de violencia machista o que temen padecerlas, suelo recomendarles la práctica de artes marciales (aikido, jiu-jitsu, etc.). La experiencia muestra que esas actividades empoderan a la persona y le ayudan a confiar en sí misma, en sus propias fuerzas, para poder repeler cualquier posible agresión violenta.

     Sin embargo, —añadía entonces— me parece que es todavía más importante desarrollar las artes marciales del alma, esto es, aquellos recursos del espíritu que en la batalla diaria del vivir garantizan el señorío de nuestra mente sobre las emociones en las diversas situaciones que pueden plantearse. ¡Qué importante resulta aprender a mantener la serenidad de espíritu, la paz interior, cuando todo parece tambalearse o venirse abajo! En aquel post explicaba que son tres las principales artes marciales del alma:

     1º) La capacidad de atención a una sola cosa, la concentración de todo nuestro espíritu en una sola tarea, sin distracciones, sin excusas. No seamos multitarea: hacer una cosa detrás de otra con toda la atención de la que seamos capaces.

instagram     2º) La independencia de la mirada, del parecer o del reconocimiento de los demás. ¡Cuántas veces vamos a la caza del pobre halago humano o de un like más! Me decía una adolescente, “si una cosecha entre 300 o 400 likes en Instagram ya puede vivir tranquila, pues significa que es querida y reconocida”. A la wonder woman tiene que traerle sin cuidado lo que digan o piensen de ella los demás.

  3º) La apertura afectuosa hacia quienes tenemos a nuestro lado, particularmente los más necesitados. Como escribía el papa Francisco, “la ternura es una virtud”. Hasta las personas más hoscas o que parecen más insensibles se ablandan y abren cuando se sienten queridas.

 

 

     Si somos personas con ideales, con una intimidad cultivada —al menos un poco—, podremos llegar a descubrir los mejores caminos para expresarla. Algunas lo encuentran en el teatro o en el baile; otras se empeñan en salir hacia afuera por otras vías y también lo logran en los años universitarios que es cuando “dejas atrás —me decía otra— la protección de los padres y empiezas a darte cuenta de que tú tienes grandes cosas que aportar al mundo”. Por supuesto, no se trata de emborracharse, aunque sin duda una cervecita en el momento adecuado puede ayudar a levantar el ánimo encogido.

     Conviene tener presente —me escribía la profesora María Rosa Espot— que pasar por situaciones obligadas o forzosas, como presentaciones públicas, exámenes orales, etc., no ayuda realmente a vencer la timidez. Lo que sí ayuda, en cambio, es que cada una se cree sus propios retos personales, desde ofrecerse voluntariamente a leer un texto en clase o en misa hasta aceptar la invitación a acudir a una fiesta en la que apenas conoce a nadie, o cambiar de sitio en clase para sentarse al lado de alguien a quien una no ha tratado.

    Por supuesto, cuando resulte posible, hay que prepararse muy bien esas actuaciones, incluso ensayando frente al espejo o ante otras compañeras. Ensayar lo que uno hace da seguridad. Yo también ensayo: esta misma conferencia se la he enviado a otras personas e incluso he venido al auditorio con antelación para comprobar que todo estaba bien. Viene ahora a mi recuerdo un documental sobre una escuela de top models que vi en un vuelo de avión: lo que llamó mi atención fue el comprobar que la naturalidad con la que las modelos desfilan por la pasarela es fruto de muchas horas de riguroso entrenamiento. Nadie nace aprendido, o casi nadie.

    Una lección importante en el curso de superación de la timidez es aprender a reconocer nuestros defectos. Me impactó escuchar a la psicóloga americana Brené Brown en una TED Talk que para ser creativo hay que hacerse vulnerable: cuanto más vulnerable te hagas más innovador y creativo podrás ser, venía a decir. Algunas creen que si se muestran como son no van a gustar a los demás. Entonces, se crean una máscara de “supersimpática” con la que esperan ser aceptadas. Como me decía una doctoranda, “por miedo a no ser queridas como son se inventan una personalidad que guste, en vez de trabajar por mejorar su propia personalidad. Se trata de una rueda destructora de sí mismas”.

     Siguiendo un ejemplo aprendido de san Josemaría cuando visitó una fábrica de tapices, tengo en mi despacho una pequeña alfombrita oriental, hermosa por la parte de encima y más bien fea y deshilachada por la de debajo, por la parte que no se ve. Suelo preguntar a quienes me piden consejo cuál de las dos partes es la más verdadera. Muchas suelen decirme que la parte de debajo, la fea que no se ve, pues es como, sobre todo, ellas se ven a sí mismas. Pero no es esa la respuesta acertada, ya que esa visión perfeccionista de una misma no se ajusta a la realidad: más bien podría decirse que son verdaderos ambos lados, pero que si tuviéramos que elegir uno hay que quedarse siempre con el que ven los demás. Nuestro mejor yo es siempre el que se refleja en los ojos de quienes nos quieren y a quienes queremos.

     Me ha emocionado mucho el hermoso vídeo de Celia Canseco con un grupo de estudiantes de Governance a los que di clase el año pasado. Lo titulan “Kintsugi: Renacer de las cicatrices” y en él evocan la costumbre japonesa de reparar con oro los jarrones de cerámica que se rompen. De esta forma las heridas se transforman en joyas. Celia, atropellada por un camión de reparto el pasado 15 de diciembre detrás de este edificio, ha sabido —con la ayuda del Cielo y de muchas personas— transformar sus graves heridas en joyas para ella y para los demás. Eso es lo que hace una wonder woman: “Como un jarrón de porcelana fina que cae al suelo, —escribe Celia— me rompí en pedazos y renací de cada una de mis cicatrices”.

  1. Conclusión

     Debo terminar. Las wonder women, las mujeres maravillosas, las mujeres de ideales no son mujeres 10, sino mujeres con ideas y con ideales, que quieren ser libres, que quieren hacer cosas grandes, que se saben capaces de transformar el mundo —al menos un poquito— con su cabeza y su corazón. Son mujeres valientes, luchadoras, tenaces, magnánimas, empeñadas en aprender lo que haga falta para poder llevar a cabo su misión, para convertir sus ideales en realidades pese a los obstáculos de dentro y de fuera, y persuadidas de que serán capaces de convertir en joyas sus cicatrices.

     Hay un último detalle que querría compartir con vosotras: las wonder women son siempre mujeres sonrientes que con su sonrisa cambian la vida de aquellos con quienes se cruzan o que les rodean. En el funeral de un querido amigo, el celebrante citaba unas palabras de Benedicto XVI en las que decía que la sonrisa de la Virgen es la puerta de entrada al misterio de Dios. Me encantó: la sonrisa de una mujer, de una madre, de una amiga nos cambia a todos la vida. Las wonder women, las mujeres de ideales, son mujeres que sonríen porque saben que con su esfuerzo personal y con la ayuda de Dios pueden cambiar el mundo.

Muchas gracias por vuestra atención.

P. S. Agradezco las correcciones de Sara Barrena, Gloria Balderas, Tere Esteban, María Guibert, Celeste Macedo, Rocío Montuenga, Alicia Pérez, Paloma Pérez-Ilzarbe y Ana Mª Romero. Agradezco también la ayuda de María Guibert y de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Palabras pronunciadas en el Acto de Graduación del programa Alumni de Desarrollo Universitario, 2017-18, Aula Magna, Edificio Central, Universidad de Navarra, 21 de abril 2018.

 

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Mujeres

     El pasado 8 de marzo una muchedumbre inmensa de mujeres —y algunos hombres— inundaron las calles de muchas ciudades europeas y americanas con un clamor unánime en favor de las mujeres y su dignidad tantas veces vulnerada por los hombres. No eran manifestaciones partidistas, sino transversales; eran signo de un desarreglo mucho más profundo en nuestra sociedad: el de la injusta desigualdad de mujeres y hombres tanto en el espacio laboral como en la distribución de tareas en la vida familiar.

     Quienes se manifestaron gozan por supuesto de toda mi simpatía y mi comprensión. Ojalá —como decían muchas personas— esa jornada fuera un hito histórico, un punto de inflexión para abordar con decisión esta penosa situación causada principalmente por las estructuras mentales de los varones que organizan desde tiempo inmemorial los espacios laborales y sociales pensando básicamente solo en ellos mismos. Es del todo anecdótico, pero me parece algo dramático cada vez que veo en un aeropuerto supermoderno colas en los aseos para mujeres que contrastan con la fluidez del acceso en los de hombres.

   El tema central de muchas de las manifestaciones parecía ser el de la brecha salarial, las diferencias retributivas entre varones y mujeres. Sin duda se trata de un tema de cierta importancia, pero me parece que los temas centrales del debate en nuestra sociedad en este campo deberían estar más enfocados hacia el efectivo apoyo a la maternidad para hacerla compatible con la vida laboral y hacia la eliminación de la prostitución y la pornografía. Tal como veo las cosas, es necesario hoy en día acumular argumentos y, sobre todo, desarrollar acciones que favorezcan la maternidad y la paternidad tanto en el imaginario social como en la vida real de muchas personas, así como para erradicar las lacras de la prostitución y la pornografía que tanto daño hacen a los hombres que las consumen y, más aún, a las mujeres consumidas.

         Respecto de lo primero, me apena profundamente el desprestigio de la maternidad entre mis alumnas. Son muchas las que dicen que no quieren casarse y, si se casan, no quieren tener hijos: ¡lo que quieren es viajar! Siempre pienso —espero que no sea una visión machista— que con esa opción se pierden algo de lo mejor de ser mujer, algo que nunca tendremos los varones. A menudo el menosprecio de la maternidad se justifica en la necesidad de invertir todo el tiempo disponible en lograr el éxito profesional. Cuando las empresas tecnológicas norteamericanas (Facebook y Apple al menos) anuncian que ofrecen a sus empleadas congelar sus óvulos para que puedan retrasar la maternidad más allá de los 40 años y no desperdicien sus años más productivos, pienso que es el colmo del machismo.

         Por lo que respecta a la prostitución, desde hace varios años pertenezco a un grupo de Facebook que se llama “Razones para abolir la prostitución” y en la página principal aparece un rótulo de neón rojo que dice: “LA PROSTITUCIÓN ES VIOLENCIA DE GÉNERO” y se añade debajo “Es la esclavitud más antigua, perpetuada y tolerada del mundo”. El papa Francisco decía hace unos días “No es hacer el amor, es torturar a una mujer” y calificó de “criminal” a quien acude a una prostituta. En contraste, llama mi atención que muchos periódicos están llenos de información que visibiliza la violencia de género —asesinatos, trata, etc.— con el ánimo de contrarrestarla, y a la vez apoyan esa misma violencia con las páginas de contactos sexuales que les proporcionan abundantes ingresos. ¿No es esto una gran hipocresía? A nadie se le oculta que todos esos “clubs” con letreros rojos que rodean nuestras ciudades y jalonan las carreteras son lugares de efectiva explotación de mujeres.

         Otro tanto puede decirse de la pornografía en nuestra sociedad. Según los datos disponibles se ha convertido en el medio más importante de educación sexual de los jóvenes, alterando gravemente las conductas sexuales de las nuevas generaciones: los expertos lo llaman la pornificación de la sociedad y sus efectos —todavía no bien identificados— hacen presagiar lo peor. Sin embargo, en los medios de comunicación no se habla ni de la pornografía ni de la prostitución, ni siquiera se las considera cuestiones problemáticas o que merezcan atención.

         El sexo es muy importante en la vida humana. No es —de ello estoy seguro— lo más importante, pero tiene un papel central en el desarrollo de una vida en plenitud. Dicen algunos que la revolución sexual de los años sesenta —que desvinculó el placer sexual y la reproducción— y la eliminación de buena parte de los valores que moderaban el impulso sexual han desarticulado por completo la realización personal en el ámbito de la sexualidad. Todos sabemos bien que cuando el placer sexual se convierte en objeto de consumo los seres humanos se cosifican en su mutua relación. Esto en la prostitución y en la pornografía es totalmente obvio.

        ¿Por qué no se habla apenas de estos temas en los medios de comunicación? No soy puritano ni defiendo el puritanismo, sino que pienso que las grandes perdedoras en la llamada “revolución sexual” han sido las mujeres. Me parece que ahora es preciso hacer una nueva revolución que erradique tanto la pornografía como la prostitución y que en forma constructiva potencie social y decididamente la maternidad.

Pamplona, 3 de abril 2018

         Agradezco las correcciones y comentarios de Gloria Balderas, Mikel Iriarte, Enrique García-Máiquez y Marcia Moreno-Báez, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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La familia no es lo primero

         Me ha encantado la serie de televisión Sucesor designado [Designated Survivor] de la que en los últimos meses he podido ver las dos temporadas disponibles. Sin embargo, ha llamado poderosamente mi atención el énfasis que esa serie pone en la familia, que me pareció del todo desproporcionado.

         Me explico: a lo largo de los diversos capítulos de esa narración, la familia aparece en todo momento como lo más valioso absolutamente, como el valor más importante por encima de todos los demás compromisos. Por ejemplo, Jason Atwood, el director del FBI, que debe investigar el atentado terrorista en el Capitolio, engaña al presidente de los Estados Unidos y traiciona a la agencia para salvar la vida de su único hijo que ha sido secuestrado por los “malos”.

         Ese modo de proceder no cabe en mi cabeza: fui educado con el ejemplo de Guzmán el Bueno y el del Coronel Moscardó. El primero pasó al imaginario popular cuando en la defensa de Tarifa en 1294 lanzó su propio cuchillo desde la almena del castillo para que mataran a su hijo antes que sucumbir al chantaje de los sitiadores que lo tenían apresado. El segundo, mucho más cercano a nosotros en el tiempo, no entregó el Alcázar de Toledo donde se habían hecho fuertes los sublevados en verano de 1936, a pesar de que los asediantes le ofrecieron, si se rendía, no matar a su hijo Luis al que tenían preso.

         Quizás en el año 2018 estas conductas heroicas pueden parecer a algunos exageradas, pero en esa serie de televisión la familia aparece como el punto débil de todos los personajes. Solo el presidente Tom Kirkman, magníficamente interpretado por Kiefer Sutherland, antepone el bien del país al de su mujer y sus hijos: eso le plantea numerosos aprietos que van desgranándose a lo largo de la serie.

         La familia es muy importante, pero no puede ser lo primero. Como escribía el filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera: «El verdadero amor es siempre ordenado». Vienen ahora a mi memoria con admiración los padres de un joven —que había matado a otro en un lamentable suceso— que llamaron a la policía de inmediato cuando su hijo les confesó lo que había hecho. No cabe otro comportamiento. La justicia está por delante de la familia. Los lazos familiares no pueden ser el escudo o la protección para ocultar el abuso o cualquier otra conducta delictiva. No puede echarse tierra sobre un delito por mucho cariño que se tenga al delincuente, ni mucho menos por preservar el “buen nombre” o el “honor” de la familia.

         Hay algo que está mal en el sentimentalismo contemporáneo. El heroísmo no será exigible legalmente, pero necesitamos personas que con su comportamiento heroico sean referentes ejemplares en nuestra sociedad, que pongan los deberes por delante de sus sentimientos, aunque en ocasiones resulte realmente muy doloroso ejercer esos deberes. Como se ha dicho con frecuencia, es más fácil ser asesinado por alguien del propio entorno familiar que por un extraño. Por eso, los buenos sentimientos nunca pueden justificar comportamientos injustificables. En tantos casos la corrupción comienza en la propia casa, en la propia familia, cuando se mira para otro lado, cuando se toleran por una malentendida compasión conductas intolerables desde cualquier punto de vista.

         Quizá resulte duro expresarlo de esta manera, pero me parece que es así. La familia no es lo primero.

Pamplona, 1 de marzo de 2018.

Agradezco las correcciones de Sara B., Rafael Tomás C., Albi C., María Rosa E. y Paloma P, y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

 

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