Literatura que cambia la vida

images         Recuerdo como si fuera ayer cuánto me impactó hace casi cincuenta años la lectura de A este lado del paraíso de Scott Fitzgerald. Me deslumbró. «Yo querría escribir así», me dije al terminar el libro. Con el paso de los años, descubrí que su traductor al español había sido Juan Benet, uno de los grandes de la literatura española del siglo pasado. Como alguien dijo, “los grandes libros encuentran a menudo grandes traductores”.

         En el viaje en avión que me llevaba a Kenia pude ver la película Genius (2016), traducida en España como El editor image1de libros y en Latinoamérica como Pasión por las letras, sobre Max Perkins, el legendario editor de Scribner’s en Nueva York, descubridor de Thomas Wolfe —sobre el que se centra la película— y mentor literario tanto de Scott Fitzgerald como de Ernest Hemingway, que aparecen brevemente en la historia. La película muestra bien cómo la estrecha colaboración entre Perkins y Wolfe les cambia la vida a los dos y logra que los libros que publican sean mucho mejores.

         Además, en ese mismo viaje pude leer el borrador del libro de mi buen amigo Jaime Despree image2El escritor y su obra en el que, después de identificar las características que debe reunir una novela, somete a una acerada crítica a una buena parte de los premios Planeta y Nadal de los últimos treinta años. Cuando lo leía, me venía a la memoria aquello que dejó escrito Carlos Pujol, miembro habitual de uno de esos jurados, en sus Cuadernos de escritura: “Las probabilidades de descubrir entre las novedades literarias una obra maestra deben de ser las mismas que de encontrar en la calle una bolsa con monedas de oro”.

   ¿Por qué hay tantos libros tan malos, tan insoportables? Más aún, ¿cómo es que son premiados con sustanciosas cantidades económicas en unos certámenes supuestamente abiertos a todo tipo de concursantes? Hoy en día, parece claro que esos premios no son más que un reclamo comercial que potencia las ventas y suelen estar destinados a los “escritores de la casa” que en cada caso financie el premio. ¿Qué pensarán —me pregunto— los image6lectores noveles que se asomen a esos libros tan premiados? En el mejor de los casos dirán quizá que la lectura les ha entretenido como si fuera un pasatiempo o un videojuego. En contraste, para quienes hemos podido leer más y tenemos elementos de comparación, esos libros destinados al mero entretenimiento —como son buena parte de los que se encuentran en los escaparates o expositores de las librerías— nos parecen basura literaria, “basuratura”, la llama mi amigo Despree.

url         Me parece que en el ámbito de las novedades literarias el bosque no deja ver los árboles realmente valiosos. Comprendo que los escritores tienen que vivir de su trabajo, pero inundar el mercado de basura literaria es contaminar ese espacio creativo que el espíritu necesita para desarrollarse. Me ha impresionado el libro de Betsy Lerner The Forest for the Trees: An Editor’s Advice to Writers en el que describe estupendamente cómo el trabajo de una buena editora puede mejorar tanto el contenido de un libro, haciendo que su calidad crezca muchísimo. “Los correctores de pruebas —llega a afirmar Lerner con cierto énfasis— son los héroes ignorados, los hombres y mujeres que constituyen la última línea de defensa contra la caída de la civilización, tan fiera y exigente es su protección de la lengua inglesa”.

image5         Por todo ello pienso que necesitamos libros que nos cambien la vida, obras literarias antiguas y nuevas. Escribir es una tarea de amor y no puede hacerse de prisa ni por dinero. Por eso, necesitamos libros escritos despacio, largamente meditados y corregidos tanto por el autor como por el editor: acertar con el título, hacer atractiva su estructura y su división en capítulos o secciones, eliminar errores, corregir sintaxis y ortografía, aligerar las descripciones superfluas, moderar la extensión del texto, etc. Todas ellas son tareas que requieren profesionalidad, buen gusto y acierto. Para que los libros puedan ser mejores, quizá sea preciso publicar menos nuevos títulos y habrá que decírselo así a las editoriales.

image3         Cada buen libro me parece siempre un milagro. ¡Eso es lo que necesitamos! Necesitamos libros que cambien la vida de los lectores, que la enciendan ensanchando su imaginación y la llenen de sentido. Para entretenimiento nos basta y sobra con las máquinas, los móviles y la televisión. “Un día leí un libro y toda mi vida cambió”. Con esta maravillosa frase —quizá la mejor del libro— comienza La vida nueva, la única obra que he leído del premio Nobel de literatura del 2006, Orhan Pamuk. Un solo libro cambió la vida del protagonista de esa novela ambientada en Turquía; muchos libros —escritos, editados y leídos con amor a la literatura— pueden cambiar también la nuestra.

Volando de regreso de Kenia, 14 de enero 2017

Agradezco las correcciones de Jaime Despree, María Rosa Espot y Marisa Garayoa, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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Las trampas de la memoria

20140902_181000         Una de las señales más claras del envejecimiento es la dificultad de retener en la memoria inmediata los nombres, los números o los datos. Apenas tiene arreglo. Me paso la vida conociendo a gente nueva que se me presenta con su nombre y apellido y de ordinario no soy capaz de retener ninguno de los dos. Espero que alguna nueva aplicación informática me ponga pronto ante la vista el nombre de la persona con la que en cada caso estoy hablando. Mientras tanto, lo que hago en clase es pedir a mis alumnos que escriban su nombre de pila con caracteres grandes en un papel bien visible y que lo pongan sobre la mesa delante de ellos para que pueda dirigirme a cada uno por su nombre. Eso ayuda a la participación en el aula y confiere a las clases un estilo más familiar.

image1         Con las visitas, lo que procuro hacer es escribir siempre su nombre en un papel que tengo delante sobre la mesa para que no se me borre de la memoria el nombre de la persona con la que estoy hablando. Con todo esto lo que quiero decir es que, a pesar de la pérdida de memoria, se puede vivir con una razonable calidad de vida, si se anotan los nombres y los números y se desconfía del rastro evanescente dejado por esos datos en nuestra memoria. Poco a poco he ido desarrollando esos hábitos y he ido aprendiendo a desconfiar de mi memoria.

mujer-con-la-mano-en-la-cabeza-por-su-olvido         En cambio a lo que no me he acostumbrado nunca es a no recordar dónde he dejado las cosas —las llaves, el pendrive, unos documentos, etc.— cuando por algún motivo —por ejemplo, para tener una mayor seguridad en un viaje— las he dejado fuera de su lugar habitual. Lo peor es que me irrita profundamente esa situación. Me enfada mi estupidez de guardar algo en un lugar tan recóndito o extraño que ni siquiera yo mismo después pueda encontrarlo por no acordarme de dónde lo guardé. Pienso siempre —y me conmueve— en el efecto devastador de la enfermedad de Alzheimer en la que los fallos de memoria llevan inevitablemente a la pérdida de la identidad biográfica.

 dali-la-persistencia-de-la-memoria-copia        “El orden es el que alivia a la memoria” escribió el enciclopedista Diderot. El orden espacial —el que cada cosa tenga su sitio y este sea razonable al menos para nosotros— tiene una importancia vital extraordinaria conforme con el paso de los años la memoria se va debilitando. Cuando se pierde la memoria inmediata, —aquella que los neurólogos llaman la «memoria de trabajo»— resulta muy reconfortante poder encontrar en su sitio lo que necesitamos, aunque no recordemos haberlo guardado antes en su lugar habitual. Tampoco recuerdo qué comí hace tres días y no me cabe la menor duda de que almorcé porque lo hago todos los días. Tenemos bien comprobado que si de modo habitual dedicamos algún tiempo a ordenar las cosas que usamos devolviéndolas siempre a su sitio, la vida nos resulta mucho más gozosa y eficaz.

lkk_900         ¡Qué importantes son los hábitos! Ya Aristóteles advirtió que con esas disposiciones habituales sus actos se hacen con más facilidad, con más rapidez y con más gusto. Por eso me parece muy sabia la recomendación de una colega a su madre —ya mayor— de que deje a la vista siempre todo lo que utiliza. Viene a mi memoria ahora cómo cuando hace veinte años visitamos con Joaquín Lorda en Londres al famoso historiador del arte Ernst Gombrich, ya anciano y en silla de ruedas, se lamentaba de que invertía buena parte de su tiempo útil en buscar los papeles que estaba escribiendo y que se había ido dejando sobre las diversas mesas de su casa. Los hábitos son una ayuda formidable. De hecho, quienes por motivos profesionales tienen que viajar mucho suelen reproducir más o menos exactamente en la habitación del hotel en el que se alojan la disposición de las cosas que tienen en su casa. Así todo les resulta mucho más amable. No tienen que descubrir dónde están las cosas, pues les basta con seguir los hábitos desarrollados durante años.

image6         Cuántas veces olvidamos lo que queremos recordar y, en cambio, nos acordamos de lo que querríamos olvidar. El reciente fallecimiento de Mons. Javier Echevarría, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, me hacía muy presente su paternal insistencia en que en nuestra cabeza y en nuestro corazón no podíamos almacenar rencores que amargaran nuestra vida y nos distanciaran de los demás. En este sentido, se me quedó muy grabada en el corazón la petición que me hizo cuando me despedí de él la última vez que hablamos: “Jaime, cuídame mucho más la fraternidad”.

Acción Poética         Suele decirse que la palabra “re-cordar” significa “volver a pasar por el corazón”. Sería terrible que con el paso de los años la memoria se debilitara simplemente porque estaba ocupada por el resentimiento. La memoria nos tiende trampas cuando nos dice que habíamos dejado algo en un lugar en el que realmente no lo habíamos dejado, pero nos engaña todavía mucho más cuando nos cierra el camino del perdón. “Si pierdo la memoria, qué pureza”, escribió el poeta Pere Gimferrer.

Pamplona, 31 de diciembre 2016

Agradezco las correcciones de José de León y Jacin Luna, así como la ayuda de esta con las ilustraciones.

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Filosofía que ilumina la vida

54387345         Me han pedido que preparara una breve introducción para el volumen conmemorativo de los cincuenta años de Anuario Filosófico. Lo he hecho encantado, pero no me he limitado a hacer el elogio —bien merecido— de esta excelente revista académica, sino que además me he aventurado a añadir que los tiempos venideros requieren que los filósofos salgan del gélido encierro de los departamentos universitarios y las publicaciones superespecializadas para atender a las demandas de la sociedad que espera nuestra ayuda para encontrar soluciones a los acuciantes problemas que la afligen.

         Copio lo que escribía para esa presentación, haciéndome eco de lo que vengo repitiendo desde hace años de muy diversas maneras:

kant_foto         “En la mejor estirpe socrática, para ser filósofo y hacer filosofía en el siglo XXI es indispensable empeñarse en articular unitariamente pensamiento y vida y en aprender a compartirlo con los demás. En nuestra vida como filósofos —y para muchos también como profesores de filosofía—, tenemos que tratar de integrar en un único campo de actividad aquellos dos conceptos kantianos de la filosofía, como Schulbegriff (filosofía académica) y Weltbegriff (filosofía vital o mundana). Aprendí de Hilary Putnam que una filosofía viva —al igual que un campo magnético— se alimenta precisamente de la tensión entre esos dos polos: hay que prestar atención, por un lado, a la erudición, a la publicación de trabajos en revistas altamente especializadas como Anuario; pero, por otro, hemos de escuchar también los gritos —muchas veces silenciosos— de la humanidad y tratar de ayudar a nuestros congéneres con soluciones inteligentes, participando personalmente en los debates actuales. Por supuesto, hay una tensión entre ambos polos, pero esta tensión es la que hace que salte la chispa que enciende y da luz y calor. En este sentido, las transformaciones tecnológicas que de modo tan importante están afectando a las publicaciones académicas permiten aventurar un futuro en el que será posible llegar con más facilidad a un público todavía mucho más amplio”.

fig_jesus_prieto_sebbm           En los últimos años en el ámbito de la medicina se encarece la importancia de la investigación médica traslacional, esto es, una investigación cuyos resultados se apliquen de forma inmediata a la mejora efectiva de los tratamientos médicos, ya que hay dudas bastante fundadas acerca de si buena parte de las enormes inversiones que se han hecho en investigación en muchas áreas han sido realmente eficaces para conseguir resultados terapéuticos. Algo parecido podríamos decir con motivo en el caso de mucha filosofía académica, aunque por supuesto las inversiones económicas han sido muchísimo menores.

      Me parece a mí que la superespecialización erudita de la filosofía en el siglo pasado en muchos casos la ha desvitalizado, ha matado la inquietud por descubrir la verdad, por comprender mejor, aguijón de la búsqueda. La profesionalización de la filosofía, como la de cualquier otro saber, encierra el peligro de su trivialización en enredos gremiales, quizás a fin de cuentas irrelevantes. Basta con asomarse a cualquiera de las mejores revistas de filosofía para comprobar que la mayor parte de sus artículos solo resultan realmente comprensibles a sus propios autores y a aquellos expertos que llevan ya años trabajando en la problemática concreta que en cada caso se aborde.

tenured         Merece la pena volver a recuperar a Sócrates, el primero de los filósofos, que azuzaba a la sociedad ateniense como el tábano al jumento para que no se amodorre. Hace unos pocos días, Adam Briggle y Robert Frodeman, autores del libro Socrates Tenured: The Institutions of 21st Century Philosophy, insistían en esto en un artículo titulado (en inglés) precisamente Por qué la política necesita filósofos tanto como ciencia publicado en The Guardian. Todos advertimos el descarrío general de la gestión política en buena parte de los países democráticos por un cúmulo de causas diversas, algunas internas (corrupción, organización electoral obsoleta, falta de líderes honrados, sectarismo partidista, crisis económica, paro, etc.) y otras externas (presión migratoria, globalización del mercado, terrorismo, etc.). Pero quizá lo más inquietante sea la dificultad que se advierte por doquier para acometer esas reformas, sea en los Estados Unidos o en España, sobre todo por la resistencia de la organización política y de las élites económicas a cualquier cambio que pudiera modificar su ventajosa situación actual.

      La gestión pública en una sociedad democrática requiere científicos y filósofos para poder afinar las preguntas y perfilar entre todos las respuestas acertadas. La aportación más crucial de unos y otros es “la propagación de una clara mentalidad: el compromiso para explicar los propios valores y para escuchar los valores de los demás. Esto requerirá que los filósofos —concluyen Briggle y Frodeman— abandonen sus preciadas pretensiones de expertos y se impliquen en la humilde colaboración con otros. Sobre todo, necesitan dejar de hablar solamente entre ellos. […] Todos estamos llamados a filosofar. Por tanto, encontremos modos para hacerlo mejor y en sedes públicas abiertas a todos”.

 amazing-lighthouse-landscape-photography-34        La verdadera filosofía es un saber abierto a la humanidad, a las necesidades de los seres humanos que anhelan encontrar soluciones razonables a los problemas y, sobre todo, aspiran a forjar un horizonte que llene de sentido sus vidas, tanto individual como socialmente. La filosofía es siempre teoría que ilumina la vida, luz que posibilita el caminar con paso quizá titubeante hacia la salida de la caverna. Pienso que, en medio de la algarabía comunicativa contemporánea a veces tan ensordecedora, la filosofía puede aportar una cierta claridad en las polémicas y puede ayudar a lograr una mayor paz social mediante la identificación de soluciones eficaces para los problemas más graves, contando siempre con una razonable distribución de las cargas compartidas. No tienen los filósofos las soluciones, pero por así decir están profesionalmente preparados para un diálogo respetuoso, capaz de sacar lo mejor de todos los pareceres que conforman el legítimo y fecundo pluralismo de nuestra sociedad.

dewey         La intuición central de John Dewey, el filósofo de la democracia, es que las cuestiones éticas y sociales no han de quedar sustraídas a la razón humana para ser transferidas a instancias religiosas o a otras autoridades. Tampoco pueden ser resueltas simplemente por votación popular. La aplicación de la inteligencia a los problemas morales y sociales es en sí misma una obligación moral. La misma razón humana que con tan notable éxito se ha aplicado a la tecnología se ha de aplicar también a arrojar luz sobre la mejor manera de organizar la convivencia social.

         Pienso que quienes nos dedicamos a la filosofía podemos tener un papel decisivo en esa tarea si con humildad aprendemos a escuchar a los demás y tratamos de aportar lo mejor de nuestra milenaria conversaciópuzzle-1705364_960_720n. Para ayudar a afrontar los graves problemas de la sociedad actual hacen falta filósofos comprometidos con la vida. Por eso, no queremos una filosofía encerrada en las revistas de alta especialización, sino una filosofía que ilumine la vida, llenándola de luz y de calor, capacitándonos para la escucha atenta de los demás y el diálogo cordial con todos.

Día Mundial de la Filosofía, 17 de noviembre 2016.

Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones de Fernando Batista, Gloria Balderas, Rafael Tomás Caldera, María Rosa Espot, Teresa Esteban, José Luis Gil de Pareja, Ángel López-Amo y Marta Pereda.

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El culto a la infancia

machadograve         En estos días luminosos de otoño ha venido con frecuencia a mi memoria aquel último verso de Antonio Machado, encontrado en su bolsillo al morir en febrero de 1939: “Estos días azules y este sol de la infancia“. Hace algún tiempo pude visitar con emoción su tumba en Colliure, adornada entonces con una bandera republicana. Sobre todo llamó mi atención tanto el sol mediterráneo que inundaba aquel pequeño cementerio francés próximo a la frontera como la profusión de cartas y poemas de admiradores que peregrinaban hasta allí para depositarlos sobre su tumba.

andersen-la-sombra         He leído hace unas semanas un volumen de los cuentos de Andersen, prologado por Ana María Matute, que me regaló una antigua alumna. Contiene cuentos muy populares como “El patito feo” o “El traje nuevo del emperador” y otros del todo desconocidos en nuestro país. En uno de estos, el impresionante relato (no para niños) “Una historia de las dunas”, me impactó esta frase: “La niñez tiene para todos sus cumbres de luz, que después iluminan toda la vida”.

Me desconcierta un poco el gran valor psicológico y cultural que en nuestra sociedad se otorga habitualmente a a8bc3dfd-5af2-499b-8f9f-2557d87d963blas experiencias infantiles como clave explicativa para bien o para mal de casi todo lo que ocurre en la edad adulta. Hay incluso personas razonables que retrotraen esa fase decisiva para la formación de la personalidad a la gestación en el seno materno. Así, una madre gestante estresada daría a luz una criatura de unas condiciones distintas a la de una gestante relajada y sonriente. A mí todo este discurso popular no me resulta convincente, quizá porque no descubro en mi infancia —desarrollada en una familia feliz gracias a Dios y a mis padres— las claves de mi vida adulta.

untitled-63         Como he contado muchas veces, mi madre decía en broma que yo de pequeño me había comido a un viejo: le impresionaba a mi madre mi sentido de responsabilidad y mis ocasionales respuestas sabihondas. Pero no pienso que eso me haya “robado” la infancia y todo el encanto primerizo de esa etapa vital. Recuerdo con nostalgia los largos veranos de juegos interminables, pero no añoro las tediosas jornadas de invierno llenas de clases y actividades escolares.

         Sí que me parece que la infancia y nuestra memoria de esa etapa es un tesoro tanto para nuestra reflexión adulta como para la creación literaria. Recuérdese aquello que sugiere Rainer Maria Rilke en la primera de sus Cartas al joven poeta:

imgres    “Sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana; describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo.

      Si su vida cotidiana le resulta pobre, no la acuse a ella; cúlpese a sí mismo, dígase que no es lo suficiente poeta como para extraerle sus riquezas. Y aunque se encontrase encerrado en una prisión cuyos muros impidieran que el fragor del mundo alcanzase su entendimiento, ¿no podría recurrir siempre a su infancia, ese reino delicioso, esa cámara del tesoro que alberga tantos recuerdos? Vuelva su atención hacia allí.”

        La memoria de la infancia confiere profundidad a la vida humana, teñida tantas veces de superficialidad, de atención a bagatelas efímeras o a minucias diarias. Me parece que ese claroscuro de los recuerdos gozosos y dolorosos de laimagen022 infancia constituye un maravilloso aprendizaje para la vida. Por esto, pienso que no hay que evitar de raíz todo sufrimiento a los niños, al mismo tiempo que no hay que ocultarles la realidad del dolor, de la enfermedad, de la muerte y del mal. Todo ello, por supuesto, en dosis razonables y proporcionadas a la edad que puedan asimilar y entender bien. Guardo en mi memoria cómo mi padre me llevó de la mano ante el ataúd de su padre —mi abuelo Francisco que acababa de fallecer— cuando yo tenía apenas cuatro años: no fue un trauma para mí, fue una lección de vida.

         Me llama la atención que en los telediarios cuando dan las estremecedoras noticias de los bombardeos en Próximo Oriente, los inmigrantes ahogados en el Mediterráneo o los terremotos en cualquier parte del mundo, suelen especificar el número de niños que hay entre las víctimas. No sé poGreece Migrantsr qué lo hacen, quizá para conmovernos más al ver cómo la violencia ha segado unas vidas que apenas estaban comenzando. Se trata, sin duda, de un fenómeno muy moderno, pues hasta tiempos recientes las personas estaban —por así decir— “acostumbradas” a una alta tasa de mortalidad infantil (del orden de un 30-40%).

839d2199-d10d-4fd6-aa30-6edc47e4e897         Realmente los niños nos enseñan a los adultos a ser humanos, a vivir la eternidad del ahora y a querer a los demás. A su vez, los adultos educamos a los niños adentrándoles en la realidad de la vida humana, ayudándoles a crecer, cultivando sus deseos de aprender. Cuidar a los niños no significa encerrarles en el mundo ficticio de Peter Pan, sino ayudarles a ser mejores en el mundo de verdad.

Pamplona, 28 de octubre 2016

Agradezco la ayuda de Jacin Luna para seleccionar las ilustraciones y las correcciones de María Rosa Espot, Enrique García-Máiquez, Rubén Oteiza y Paloma Pérez-Ilzarbe.

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Limpiar el mundo

img_2008         Hace unos pocos meses el magnífico poeta Joan Margarit me dedicó su libro de ensayos Un mal poema ensucia el mundo con estas palabras: “Para Jaime, deseando que encuentre mundos lo más limpios posibles”. Inicialmente no presté atención a la dedicatoria, pues había quedado deslumbrado por el título del libro y por el rostro estremecedoramente honesto del poeta arquitecto, curtido por el trabajo y el sufrimiento.

ferlosio-644x362      Leí esta semana una afirmación del escritor Rafael Sánchez Ferlosio que me impactó: “No despreciéis el poder de la fealdad, porque es la puerta de la estupidez y ésta lo es a su vez de la maldad”. En mi cabeza fealdad y suciedad vienen a ser lo mismo. Yo procuro alejarme siempre de la suciedad y por tanto de la estupidez y de la malicia: la fealdad viene a ser como el nombre de todo aquello que no quiero en mi vida. En cambio, lo que me atrae de las personas es la belleza de su alma, la limpieza de su corazón, la luz de su inteligencia, la fuerza de su cariño.

img_0384     Me escribía una profesora de secundaria sobre la cita de Sánchez Ferlosio: “Me encanta esa frase. Ayer —me añadía como ilustración— intentaba adivinar la calidad del servicio y del ambiente de trabajo en la oficina de orientación de un Instituto a través del desorden que deja en las estanterías el paso de demasiados interinos, la disposición de los muebles e incluso la fealdad de la decoración, y pensaba para mí: ‘tu casa no la tendrías así'”. Me pareció un luminoso comentario. Todos tenemos experiencia de que el orden, la limpieza y la buena disposición de las cosas logran que un espacio nos resulte acogedor, mientras que el desorden, la suciedad o la fealdad lo tornan del todo inhóspito.

         Sin embargo, me dejó pensando la “defensa de la fealdad” que me escribía Nora F., otra valiosa antigua alumna dedicada a la comunicación:

de00050     “A menudo dudo de que la verdad se encuentre siempre en lo bello, porque lo feo es también objeto de expresión y una forma de expresión no menos real ni sincera que la de la belleza. No me parece justo condenar la expresión de lo feo o el poder de la fealdad porque a lo largo de la historia muchos artistas han necesitado expresar lo feo que es el mundo a veces o lo horrible que puede resultar el ser humano como un reflejo de la realidad vivida. No vamos a maquillar siempre la realidad con el arte y, si esta resulta horrible, habrá quien quiera expresarla tal y como la ve. Si expresa maldad, será porque existe esa maldad y si expresa estupidez será porque muchas veces somos así de estúpidos, aunque no queramos reconocernos como tales.

imgres       No encuentro nada despreciable en lo feo siempre y cuando lo feo también me cuente algo. Me pasa también con muchas canciones o bandas, quizá la voz no sea la más bonita ni la más afinada, pero para esa persona es el vehículo de sus emociones; es una voz quizá más amarga, pero más sincera, y me llega más adentro que la de muchos otros con cristalinas voces de Disney. Me ocurre igual con muchos artistas y con el arte.”

         Cuánta profundidad en esa sencilla reflexión llena de experiencia. Efectivamente, basta con pensar en Los horrores de Goya o en tantas fotografías de hechos terribles para advertir que nos dicen mucho y en ese sentido goya6son también bellas, aunque resulten quizás horripilantes. La belleza no es el mundo edulcorado de Disney, atractivo para tantos niños. La esencia de la obra de arte —al menos para Charles S. Peirce y para mí— es el efecto que causa en quienes la contemplan. La esencia de la obra de arte —como la de todos los artefactos— no es algo que esté dentro de ella, sino fuera: es su finalidad. Si escribo un texto maravilloso y lo borro sin que nadie lo haya leído y ni siquiera yo mismo lo recuerde, no hay obra de arte. Si escribo un texto y por lo que sea —por falta de tiempo, de inspiración o de tema— me sale mal y a pesar de ello lo publico, estoy ensuciando el mundo; pero si en ese texto logro escribir hermosamente —quizá de cosas terribles, pero que emocionan a mis lectores— estoy ayudando a que el mundo sea un poco mejor.

img_2013         Dedico una parte importante de mi tiempo a corregir textos de mis alumnos de grado o de doctorandos. Casi siempre mi tarea consiste en pulir la redacción, advertir errores ortográficos, sugerir pequeñas mejoras o líneas de posibles desarrollos. A veces pienso que mi trabajo se parece en parte al de quienes se dedican a recoger plásticos y papeles abandonados en la naturaleza o a los padres cuidadosos que se pasan el día limpiando lo que sus hijos pequeños van ensuciando o desordenando.

         En el pasado mes de julio pude estar en el manglar de Tanjung Piai, donde el bosque se adentra en el mar en el extremo más suroriental de Asia. Me impresionó el volumen de plásticos y basuras que el océano en sus grandes avenidas va depositando dentro del bosque convirtiéndolo en 34un vertedero de los desechos que los seres humanos irresponsablemente hemos ido tirando al mar. Lo que esa suciedad denuncia —lo que nos dice— es nuestro grave descuido del entorno natural. Me dio la impresión de que en la batalla de la fealdad contra la belleza podía terminar ganando la primera.

img_2011         Por todo esto, pienso que merece la pena comprometerse a limpiar el mundo, y eso comienza por nuestra casa, por nuestras cosas y, por supuesto, por todos los espacios comunes, incluidos los textos que escribimos. Solo así, como me escribía el poeta, podremos encontrar mundos lo más limpios posibles.

En tren cruzando Los Monegros a 235km/h, 18 de septiembre 2016

P. S. Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones y sugerencias de Ana Gil de Pareja y Philip Muller.

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Las humanidades, una ciudad aparte

images         Me ha deslumbrado la lectura de un artículo de Talbot Brewer, profesor de ética en la Universidad de Virginia, en la interesante revista norteamericana The Hedgehog Review. Critical Reflections on Contemporary Culture. Se trata de un ensayo publicado en verano del 2014 a raíz del conflicto institucional planteado en aquella Universidad dos años antes entre la presidenta Teresa A. Sullivan y la directora del Board of Visitors Helen E. Dragas a propósito de la financiación de la Universidad y su escasa atención al desarrollo de enseñanzas on-line. En su carta de dimisión Sullivan aducía “diferencias filosóficas” con el Board of Visitors, pero finalmente, a causa del clamor de profesores y alumnos en su apoyo, fue nombrada de nuevo presidenta de la Universidad.

imgres         Lo que a mí me ha interesado ha sido en particular la inteligente argumentación de Talbot Brewer en defensa de las humanidades frente a la creciente mercantilización de la Universidad, que pone en grave riesgo la continuidad de esas enseñanzas en los Estados Unidos y también en nuestro país. A juicio de Brewer, los defensores de las humanidades siguen básicamente dos estrategias. La primera consiste en destacar los beneficios económicos de los estudios humanísticos, sea porque quienes los realizan continúan luego sus estudios en escuelas de negocios y tienen más éxito profesional que los estudiantes de otras carreras, sea por el beneficio que para un país suponen las humanidades como estímulo de la creatividad que tanto favorece el desarrollo económico. A juicio de Brewer, quienes intentan image1defender las humanidades en términos del crecimiento económico personal o social no solo se equivocan acerca del objetivo de las enseñanzas que aspiran a defender, sino que se equivocan sobre todo al sostener que la prosperidad económica es lo más importante para la vida de los seres humanos. Todos sabemos bien que el dinero no da la felicidad, porque no es un bien valioso en sí mismo. Es necesario pensar de nuevo y a fondo nuestro modelo de sociedad para liberarla de su extremada orientación actual hacia la producción y el consumo e intentar enfocar así las vidas humanas “a explorar y desarrollar el arte de la libertad”.

biblioteca         “Veo las humanidades —prosigue con entusiasmo Brewer— como el centro de las artes liberales, en el sentido de que son una fuente fecunda de actividades intrínsecamente valiosas, capaces de hacer más profundas las vidas de quienes permiten que sus mentes se transformen gracias a las humanidades. Hacen más profundas las amistades, las relaciones sociales de vecindad, el amor y el matrimonio, las relaciones entre padres e hijos, los paseos por los bosques, las reflexiones tranquilas, la actividad expresiva y creativa, y la contemplación de los productos expresivos y creativos de los demás. Ha llegado el momento en el que podemos permitirnos democratizar esta forma de educación favorecedora de la vida. Si, por el contrario, optamos por convertirnos en un tipo de Esparta comercial, cuyo sistema educativo está guiado primordialmente hacia el incremento de la productividad económica, dejaremos a las futuras generaciones un entorno natural saqueado y un ambiente cultural muy degradado”.

imgres      La segunda estrategia para la defensa de las humanidades consiste en argumentar su importancia no en términos de productividad económica, sino —tal como ha hecho brillantemente Martha Nussbaum— por su contribución a la vida ciudadana. Nussbaum sostiene que las humanidades desarrollan las capacidades analíticas, la comprensión intercultural, el respeto mutuo y la preocupación por los necesitados que tan necesarios son en una sociedad democrática. A juicio de Brewer, se trata de un argumento débil no solo porque en nuestras democracias, regidas tantas veces por unas élites, nuestro papel se limita a votar cada cuatro años, sino también porque no está claro cómo las obras literarias y filosóficas pueden hacer que sus lectores se conviertan en mejores ciudadanos.

Pensar en libertad Jaime Nubiola EUNSA/Astrolabio 2007 Ilustración de la cubierta: El filósofo y sus alumnos, Willem Van der Vliet, 1626. (Brodie Castle, Escocia) Copyright 2007 Jaime Nubiola         Para Brewer —y para mí— la clave para la defensa de las humanidades se encuentra en comprender que quienes enseñamos humanidades lo que estamos enseñando verdaderamente es a ser mejores; se trata de una forma de pensamiento y de vida que procuramos compartir con nuestros estudiantes. En el fondo, esto no tiene nada que ver con prepararles para el éxito económico, social o político. Estamos persuadidos de que los profesores tenemos algo valioso que ofrecerles y que no pueden aprender en los más prestigiosos bufetes o en las empresas más competitivas por mucho dinero que se gane allí. No es solo que las humanidades sean placenteras, sino que son la puerta de entrada a una atractiva actividad vital de perfeccionamiento personal. Las humanidades impregnan nuestra vida de un hondo sentido vocacional que es potencialmente muchísimo más significativo que el comercio o la política.

 20141028_192148(1)        Por ejemplo, quienes nos dedicamos a la filosofía no centramos las horas de clase en tediosas explicaciones eruditas de abstrusas teorías, sino que aspiramos a articular unitariamente nuestro pensamiento y nuestra vida para introducir a nuestros alumnos en esa conversación multisecular que es la filosofía y así contagiarles realmente algo que podemos llamar una “forma de vida”. En mis cursos los estudiantes tienen que escribir a lo largo de cada semestre cuatro o cinco ensayos breves con su opinión sobre un tema determinado a partir de un texto común. Entregan sus ensayos en un día fijo y en la siguiente clase los devuelvo corregidos. Cuatro o cinco alumnos —seleccionados de antemano— leen sus textos en voz alta y son discutidos libremente por toda la clase. Puedo decir que, de vez en cuando, alguna tarde se produce “el milagro”: ¡estamos haciendo filosofía! Me siento particularmente recompensado cuando la discusión que surgió en el aula continúa entre los estudiantes en los pasillos y en la cafetería al terminar la clase. Los estudiantes se marchan de esas sesiones persuadidos de que han aprendido algo mucho más valioso que la pasiva toma de apuntes de una quizás imponente lección magistral.

lectora         Cada vez que unos estudiantes se lanzan a pensar y hablar por su cuenta y riesgo sobre un tema que les interpela personalmente, la filosofía vuelve a comenzar y con ella todas las humanidades, pues renace la humanidad. “Se dice que la universidad no es el mundo real —termina Brewer su artículo— y en cierto sentido estoy feliz en afirmarlo. […] La veo como un tipo de ciudad aparte con unos pocos miembros permanentes y una siempre cambiante ciudadanía de jóvenes. Cuando funciona bien, lo que sucede en esta polis es una intensificación de una forma de cultivo personal que ha de ser continua con la vida. […] Esta ciudad paralela proporciona un importante contrapeso a los efectos conformadores de la cultura que STTUARTsurgen de esa mezcla contemporánea de capitalismo corporativo y de tecnología de las comunicaciones. […] Sería una pérdida devastadora si rehiciéramos esta ciudad paralela de acuerdo con los valores dominantes de las corporaciones. Esto no significa que no debamos reconstruir esta ciudad paralela, pero debemos rehacerla a su imagen mejor”.

vectorstock_1036004         Mi experiencia de estos años en la Universidad de Navarra es muy reconfortante en este sentido. Imparto cada año un curso de claves del pensamiento actual a un centenar de alumnos —algunos de ellos muy brillantes— de Ciencias, Farmacia y Económicas. Siempre hay una docena de estudiantes que se sienten interpelados por ese modo de vida filosófico que trato de contagiar en mis clases. Ya solo por esos doce —y por el ensanchamiento de sus vidas que la filosofía les proporciona—, merece la pena la enseñanza de las humanidades. Esa ciudad aparte es lo mejor de nuestra sociedad: esa es verdaderamente la Universidad con mayúscula.

Pamplona, 31 de agosto 2016

Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones y sugerencias de Gloria Balderas, María Rosa Espot, Ángel López-Amo y Jaume Nubiola.

 

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Joaquín Lorda (1955-2016)

_joaquinlorda_ef9a775b         El reciente fallecimiento de mi querido colega Joaquín Lorda Iñarra, apasionado profesor de Historia de la Arquitectura, trajo con fuerza a mi memoria algunos hitos de nuestro afectuoso trato a lo largo de más de 30 años. Quiero rememorar aquí al menos tres de esos recuerdos como emocionado homenaje hacía él.

 image2        El primero se remonta al curso 1991-92. A mis alumnos les pedía entonces hacer una recensión de un libro y uno de ellos —que desde niño conocía a Joaquín— eligió hacerla sobre su libro, entonces reciente, Gombrich: Una teoría del arte. Pasé la recensión a Joaquín y al cabo de pocos días escribió a lápiz, dejando el rastro de la goma de borrar que había empleado muchas veces al redactarla, esta carta que —con su permiso— publiqué en El taller de la filosofía:

            Querido N.:

            Jaime me ha pasado tu resumen. He corregido tu estilo en las páginas 1-4, y te he dado algunas indicaciones generales en los reversos de 10 y 11.

            Te voy a dar mi opinión con la mayor sinceridad, porque me parece que la labor del profesor es corregir (y estimular). Y además, somos viejos amigos de infancia (de la tuya). Es un resumen excesivamente literal: párrafos enteros. Y es meramente un resumen. No hay en tu trabajo ni una frase de valoración, ni sobre Gombrich, ni sobre mi libro. Ni siquiera una introducción tuya personal, que exponga image1tu intención, presente mi libro o la figura de Gombrich. Te limitas a seguir página a página; no te sientes capaz, a lo que parece, de dirigirte solo a las ideas centrales. Y por tanto tu resumen resulta, en general, difícil de leer, y a veces ininteligible. En ocasiones, sucederá que yo no he entendido lo que trataba de exponer: o que, entendiéndolo, no he sabido hacerlo. Pero en otras ocasiones parece que eres tú quien no comprende qué escribe, o no lo sabes hacer comprensible. Y nunca debes escribir nada que no entiendas tú. No hay milagros en esto.

            (…) Yo sí te diré que debes mejorar tu estilo. Cualquier persona que vive de sus ideas ha de cuidarlas: expresarlas con la mayor perfección, con propiedad y belleza. Uno de los secretos del estilo consiste en corregir. Debes tratar tus escritos con dureza; adelantarte al lector, tachar mucho; no perdonarte una mala frase; evitar la tentación de la idea redonda, pero marginal e inoportuna; intentar mantener el hilo conductor, y desembarazarlo de todos los aderezos inútiles. Procurar ser ameno, sin concesiones; y breve, sin ser esquemático: es mejor no escribir que hacerlo mal.

            Como cualquier estudiante de tu edad escribes con una importancia postiza, que no solamente te resulta pedante, sino que te obliga a unos circunloquios que no sabes resolver. Sé sencillo, pero no simple; algunas de tus frases son infantiles.

 image5           Es muy difícil escribir bien. Fácil, percibir lo que está mal. Por eso tú debes ser tu primer crítico: si lees tres veces tus escritos, mejorarán mucho.

            Me parece que conviene escribir con frecuencia; siempre brevemente. Un texto largo resulta difícil de componer y corregir; y trabajoso de leer. Debes pensar en el lector; en los lectores concretos a los que te diriges en este escrito. Probablemente no dispongan de mucho tiempo; y además desearían emplearlo en leer otras cosas más atractivas que tus o mis escritos. Es una impertinencia presentar textos largos; y un error, pues los lectores se desaniman. Yo no he sido capaz de terminar tu texto con detenimiento. Y tú te has aburrido soberanamente con el mío. Lo siento de veras. Aprende de mis defectos. Esta consideración me obliga a acabar con esta serie de consejos manidos y vagos, escritos en tono paternalista.

image6            A pesar de lo que creen comúnmente los alumnos, la labor más tediosa que toca a un profesor es corregir sus exámenes. Son raros los que están bien escritos.

            No solamente debes empeñarte en leer, en leer mucho y bien, buen castellano, porque forma parte de tu oficio. Debes pensar que también conviene cultivarte para mantener y elevar el nivel de las personas que tienes a tu alrededor, que vivirán de su inteligencia y de su palabra. Para que surjan en esa tradición —son ideas de Gombrich— personas capaces de ejercer una gran influencia, con buenas ideas, se necesita un clima de intereses intelectuales como el que rodeó a Gombrich en su infancia y juventud.

            (…) Un saludo afectuoso,

            Joaquín, 1 mayo 1992

51SBZDXSY4L._SX343_BO1,204,203,200_        En el año 1995 el famoso historiador del arte Ernst Gombrich había celebrado su 80 cumpleaños y con esa ocasión se desarrollaba la exposición Shadows que había organizado él mismo en la National Gallery. En el mes de mayo Joaquín me pidió que le acompañara a Londres como traductor. Fue una experiencia maravillosa: la visita detenida del Victoria and Albert Museum explicada por Joaquín fue un completo curso universitario sobre ornamentación en unas pocas horas. Pero, sin duda, lo mejor de la visita fue la cena en casa de Gombrich en Hampstead, con su esposa Ilse y una sobrina. Gombrich consideraba a Joaquín el mejor de sus discípulos. Traducir una conversación entre Gombrich y Lorda sobre las molduras de los basamentos de las columnas de un templo griego fue algo fascinante.

         Al terminar la sobremesa nos preguntaron nuestros planes para el día siguiente y, al LordaGombrichcomprobar que no teníamos ningún compromiso nocturno, nos pidieron que volviéramos a cenar con ellos. Les dijimos que lo haríamos encantados, con tal de que eso no les supusiera trabajo. De hecho, cenamos en la estrecha cocina de la casa nosotros dos con el matrimonio, Ernst en silla de ruedas e Ilse ayudada de las muletas. Lo pasamos maravillosamente bien.

         Como tercer recuerdo podría relatar las numerosísimas veces que pasé por su despacho con algún visitante y nos explicó lo que estaba haciendo en esos momentos o la ayuda que le pedí para ilustraciones en la cubierta de mis libros o en otros trabajos, a las que respondió siempre con una generosidad exuberante. Pero quiero referirme a mi último encuentro con él hace unos pocos meses. Fue en la Avenida de Galicia en Pamplona, cerca de su casa, justo delante de una tiEn su despachoenda de impresoras en 3D. Nos paramos a charlar un rato, como hacíamos casi siempre que nos encontrábamos. Joaquín estuvo hablándome con pasión sobre la importancia que podían tener estas impresoras en tres dimensiones para la efectiva formación de los arquitectos del siglo XXI y la necesidad de que la Escuela tuviera una dotación suficiente de impresoras de este tipo.

         Joaquín fue un sabio de primera magnitud, un magnífico profesor y a la vez tenía una humildad extrema. Estaba siempre ávido por ayudar a sus alumnos, colegas, amigos y a todos los que tuviera a su lado. Me parece que las tres anécdotas que acabo de referir ilustran bien la atractiva riqueza de su fructífera vida. Descanse en paz.

Londres, 20 de julio de 2016.

P. S. Agradezco la ayuda de Jacin Luna e Izaskun Martínez para las ilustraciones, y las correcciones de Julián Montaño.

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