Las ataduras del amor

Unknown    Hoy en día hay personas —quizá sobre todo entre la gente joven— que han sido educadas de tal manera en el egoísmo que prefieren no enamorarse, no darse del todo a otra persona porque no quieren las ataduras del amor. Prefieren su independencia personal y piensan que el querer a alguien por completo roba su independencia. Me trae a la cabeza aquello de Saint-Exupéry de que la calidad de una vida está en función de la calidad de los vínculos afectivos libremente elegidos. Quien prefiere aislarse —esto es, no querer a nadie sino solo a sí mismo— empobrece su horizonte vital hasta negar su propia humanidad.

images    No he visto —ni veré porque me ha parecido muy zafia— la película El lobo de Wall Street (2013) que describe bien el ansia ilimitada de placer egoísta de un exitoso corredor de bolsa, encarnado por Leonardo di Caprio. Me basta con Ciudadano Kane (1941) y la dramática soledad del millonario, encarnado por Orson Welles, que tiene todo lo que puede comprarse y al que le faltan, en cambio, el cariño y afecto de todos: al que le falta todo lo que el dinero no puede comprar.

    Quienes piensan que la felicidad es egoísta están en un grave error acerca del ser humano: de la misma manera que hay más alegría en dar que en recibir, a todos nos llena —más que cualquier otra cosa— querer y sentirnos queridos. No se trata de perder independencia, sino de voluntaria y confiadamente entregarse a otra persona para llevar a cabo un proyecto vital compartido, para vivir juntos toda la vida. Copio de un autor Unknown-1espiritual (Paroles de Chartreux, Cerf, París, 1987, p. 99) que cita Jacques Philippe: “Incluso en el orden natural, todo amor auténtico es una victoria de la debilidad. Amar no consiste en dominar, en poseer, en imponerse a quien se ama. Amar quiere decir que se acoge sin defensa al otro que viene a nosotros; en contrapartida se tiene la certeza de ser plenamente acogido sin ser juzgado, ni condenado, ni comparado. No hay ninguna prueba de fuerza entre dos seres que se aman. Hay una especie de entendimiento mutuo interior, gracias al cual no se puede temer ningún peligro que venga del otro”.

    Me sorprende esa paulatina degradación en la cultura contemporánea occidental delUnknown-2 amor humano, que ha reducido el amor romántico —el auténtico amor esponsal— a una relación de mutua satisfacción egoísta. Zygmunt Bauman ha escrito libros muy documentados estudiando lo qué denomina el “amor líquido”. Hace muchos años aprendí que el amor renuncia al control del tiempo: para quien ama nunca hay prisa. O como me gusta escribir a modo de trabalenguas: de nada se priva quien por amor se priva de todo lo que no es su amor. Dicho más sencillamente, el amor deja todo por la persona que ama.

casamientos-consejosDe hecho el retraso del casamiento hasta más allá de los treinta años o hasta después de que vengan los hijos es señal clara de esta transformación de la relación amorosa, que tiende a eludir el compromiso que encierra de exclusividad y eternidad. En lugar de comprometerse para toda la vida, hoy en día es más común el compromiso “mientras dure el amor”, mientras se conserve el sentimiento amoroso o la mutua satisfacción sexual. Por un motivo análogo, son muchas las mujeres y los hombres jóvenes que no quieren tener hijos, que no quieren atarse de por vida a unas nuevas criaturas nacidas de su relación conyugal. Han empequeñecido sus corazones, se han convertido en unos ancianos que solo buscan su interés o quizá no han dejado de ser aquellos niños egoístas que en su infancia solo querían su comodidad.

    g_vigoenfotos_1570sAmar es atarse voluntariamente a otra persona. En cambio, quien no ama se ata solo a su egoísmo. Quien aspira a su independencia por encima de todo, no es capaz de amar: en última instancia, será esclavo de sí mismo. Como escribió Santayana, “Moral freedom is freedom from others, spiritual freedom is freedom from oneself“. La libertad moral es libertad respecto de los demás, la libertad espiritual es libertad respecto de uno mismo. Quien no ama y no ama las ataduras que el amor lleva siempre consigo, renuncia a su crecimiento personal. Como me escribía la filósofa Sara Escobar, “la estructura de la persona es así: solo crece si se da”.

Barcelona, 25 de julio 2014

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Esta desigualdad es injusta y evitable

DSCN7474     Al entrar en The Coop —la conocida cooperativa de Harvard que desde 1882 vende a los estudiantes libros baratos y a los visitantes carísimas camisetas, tazas y abalorios de todo tipo— llamó mi atención la montaña de ejemplares del libro de Thomas Piketty Capital in the Twenty-First Century —del que tanto se ha hablado en los últimos meses— a la venta por solo 28 dólares. Estaba flanqueada por un rimero de ejemplares del otro éxito de la temporada, Hard Choices de Hillary Clinton.

101630289-486300205.530x298.           Como es conocido, Piketty viene a decir que Marx tenía razón —al menos en parte— en su análisis del capitalismo: cada vez los ricos son más ricos y, como su enriquecimiento es superior al crecimiento general de la economía, la desigualdad entre ricos y pobres crece progresivamente. Esto no es solo algo que afecte a los Estados Unidos o a los países del llamado tercer mundo, sino que viene de antiguo y afecta a todos los países. Algunos recordarán, por ejemplo, el informe de mayo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que decía que España había sido el país con un mayor aumento de la desigualdad de los ingresos en los tres primeros años de la crisis. Me parece que muchos hemos podido comprobar esto personalmente en nuestra retribución en estos años.

stiglitz_custom-16117bd298f99f184567bcc5eecd1fde3b250059-s6-c30     Aunque algunos expertos han discutido cuestiones de detalle del libro de Piketty —que es un libro de 700 páginas, con abundantes datos, modelos matemáticos y cuidadosos análisis— su tesis central parece indudable. Como escribía el premio Nobel Joseph E. Stiglitz en el New York Times el pasado 27 de junio: “La desigualdad no es inevitable”. El libro de Piketty proporciona el contexto adecuado para comprender la ampliación de la desigualdad a lo largo del tiempo. El problema de la desigualdad —venía a explicar— no es una cuestión económica técnica, no responde a una inexorable ley económica, sino a un problema de política práctica: responde a las leyes que nuestros políticos han escrito. A juicio de Stiglitz, la causa del incremento de la desigualdad reside en la habilidad de los ricos para establecer unas reglas de juego que aseguren su ventaja, esto es, que les permitan incrementar sus beneficios por encima del crecimiento económico general. Y esto lo logran a través de la política y de los políticos.

Unknown     Lo repito. Esto no solo afecta a los Estados Unidos, sino que sucede algo semejante en nuestro país y en tantos otros, quizá con unas dimensiones más modestas. El enriquecimiento abusivo y corrupto de muchos políticos y sindicalistas a todos los niveles es un síntoma de esto mismo. La diferencia entre los salarios más altos y los más bajos se ha ensanchado escandalosamente. Basta ver los sueldos de los banqueros o de los futbolistas de élite y compararlos con los de sus iguales de hace dos o tres décadas para comprender la magnitud y hondura del problema de la desigualdad que a tantos nos parece injusta. No voy a dar nombres, pues —como suele decirse y en este caso es verdad— están en la mente de todos.

Brecha-salarios     En Chile denominan “la brecha” a la desigualdad social. Como allí apenas hay clase media, todos se dan cuenta de que el ensanchamiento de la brecha es un potencial de violencia que amenaza a la convivencia social. En España, como la clase media es más amplia, se diluye un tanto el antagonismo entre los pocos ricos y los muchos pobres. Además tendemos a pensar —desconozco por qué causa— que esa notoria desigualdad es inevitable: se trata —dicen algunos— de la lógica del capitalismo que consagra el egoísmo personal como un elemento favorable para el conjunto de la sociedad. “Greed is good” repiten con Gekko de Wall Street bastantes de mis alumnos de primero del nuevo grado Economics, Leadership and Governance. Confiemos que a lo largo de los cinco años de la carrera aprendan a ver las cosas de una manera más justa.

pict.php     ¿Y qué podemos hacer los intelectuales ante esta situación? Lo primero, denunciar con claridad la injusticia e insistir en que esa grave desigualdad no es necesaria, sino que es evitable. Es lo que viene haciendo el Papa Francisco una y otra vez desde el inicio de su pontificado. Lo segundo es enseñarlo así a nuestros lectores, a quienes nos escuchan, pues quizá piensen como algunos de mis alumnos que el egoísmo individual beneficia a la sociedad mientras que es realmente la fuerza más destructora de la paz y la convivencia humana. Lo tercero es aprender a acoger de corazón a los necesitados, a los indigentes, a los mendigos. Muchas veces no podremos hacer otra cosa que acogerlos como personas y tratarlos con respeto y amabilidad; otras, podremos darles unas monedas o invitarles a comer algo. Lo que no podemos hacer es mirar hacia otro lado.

     DSCN7475El Papa Francisco ha dado en la diana desde mucho antes de que Piketty publicara su libro. Decir lo obvio a estas alturas es subversivo, pero hay que decirlo una y otra vez con palabras claras y, si es posible, amables. La desigualdad excesiva que atraviesa nuestra sociedad es injusta y, además, es evitable. Y está en las manos de nuestros políticos y, en última instancia, en las nuestras cambiar radicalmente la situación. Es precisa una completa regeneración moral.

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Harvard, 5 de julio 2014

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El lío de las interrupciones

Unknown    En mis vacaciones estoy leyendo con interés el libro Quiet de Susan Cain, cuyo subtítulo en castellano es El poder de los introvertidos en un mundo que no puede parar de hablar. Se trata de una documentada defensa del trabajo personal en soledad frente a las modas en boga del brainstorming, el trabajo en grupo, etc. Me lo recomendó mi antiguo alumno Urko Esnaola, experto en robótica e introvertido como yo.

    Ayer en mi lectura llamó mi atención el resultado de un estudio norteamericano llevado a cabo entre 38.000 “trabajadores del conocimiento” de diferentes sectores: se descubrió que el simple acto de ser interrumpido es una de las mayores barreras para la productividad. BibliotecaEstoy del todo de acuerdo. Para mí trabajar es, sobre todo, escribir, y para llevar a cabo esa tarea necesito concentrar en ella toda mi atención: ni emails, ni whatsapps, ni llamadas, ni visitas, ni siquiera música, salvo que sirva para apagar ruidos indeseables. De ordinario, para lograr ese aislamiento me refugio en mi cubículo de la espléndida biblioteca de mi universidad, donde puedo concentrarme sin interrupciones por espacio de 4 o 5 horas seguidas.

FIC998HAB40    Me han contado que santa Teresa de Lisieux mientras escribía su maravilloso libro Historia de un alma se encargaba de atender la portería de su convento. No sé si tendría allí mucho trajín, pero ella se decía a sí misma: “Elijo que me interrumpan”. Estoy seguro de que ya solo por eso mereció ser una gran santa.

   Aparte del trabajo de escritura en la soledad acompañada de la biblioteca, invierto bastantes horas a la semana en mi despacho para Unknownrecibir visitas, atender la correspondencia o tener reuniones de trabajo. Cuando estoy solo no me importa tener la puerta abierta. Más aún, me parece que eso invita a visitarme. Lo aprendí de Stanley Peters, gran lingüista computacional de Stanford, que me explicaba que para él —que estaba siempre con ordenadores y robots— tener la puerta abierta era lo que le mantenía en contacto con el resto de la humanidad.

   Unknown-1 En cambio, cuando estoy en el despacho con alguien no me gusta que nos interrumpan. A veces resulta del todo inevitable, pues quien requiere ayuda es un doctorando a punto de depositar su tesis o un estudiante desesperado que necesita escucha y apoyo. Casi siempre lo mejor es pedirle que espere unos minutos y así también se serena un poco su ánimo. Procuro acogerles con una sonrisa y decirles que tienen derecho a interrumpir, que nunca son inoportunos.

   images-2Para mí lo más difícil de llevar es la interrupción dentro de la interrupción. Me explico. No es infrecuente que cuando esté hablando con alguien asome por la puerta algún otro colega para darme un recado, concertar una cita o algo así. No tengo ningún inconveniente en ello: viene a ser como los anuncios en las películas. En cambio, lo que me exaspera —a veces hasta la irritación— es cuando esa consulta interruptora se alarga y antes de que se termine interfiere una tercera persona o una inoportuna llamada por teléfono. Tengo siempre el riesgo de despachar a uno de los interruptores —o a los dos— de manera desabrida o desafortunada: “con cajas destempladas” se dice con expresión castiza española.

    images-3Comprendo que son gajes del oficio académico y de la vida moderna, pues no somos ermitaños en lo alto de una montaña. Por eso es necesario aprender a gestionar inteligentemente las interrupciones, pues una mala respuesta puede llegar a tener consecuencias lamentables, a herir innecesariamente a las personas y finalmente a requerir después mucho más tiempo para solucionar el entuerto.

images    Para la calidad de nuestra vida y la eficacia de nuestro trabajo es clave que logremos hacer una cosa detrás de otra, atendiendo a una persona detrás de otra, de forma que podamos poner en cada una de ellas sucesivamente toda nuestra atención. Para lograr esto, hemos de desactivar todos los dispositivos interruptores —incluidos los móviles—, pero también hemos de aprender a desenredar, con una sonrisa amable si es posible, este lío de las interrupciones.


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Puentelarreina, 9 de junio 2014

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Trabajo y juego

MUSEO-UN-II-01“Trabajamos con la seriedad del niño que juega” he leído, escrito en simpáticas letras color violeta en el lateral de un camión de la empresa que construye el nuevo Museo de la Universidad de Navarra. Me ha encantado.

Ha traído a mi recuerdo la anotación que recogió mi padre en sus memorias: “Jaime fue un apasionado desde su más tierna infancia. Ponía todo su ímpetu en cualquier cosa que hiciera y siempre estaba atareado en algo. Le faltaba tiempo para jugar a todo cuanto quería y por eso aprovechaba todos los minutos desde el momento de levantarse hasta la hora de acostarse. Su tío decía que jugaba a destajo”.

DSCN7039Trabajar a destajo significa trabajar por obra hecha, por un tanto alzado y no por un jornal, y por ello —según el Diccionario de la Academia— es una tarea que se hace “con empeño, sin descanso y aprisa para concluir pronto”. No creo que quisiera que terminaran pronto mis juegos infantiles, pero sí recuerdo que en ellos para mí no había tiempo para el descanso: la siesta era el peor castigo que pudieran imponerme.

imagesEn 1914 Eugenio d’Ors publicó su primer libro de filosofía, recopilando una parte de sus glosas en la prensa de los años precedentes, bajo el atractivo título de La filosofía del hombre que trabaja y que juega. En sus textos se hace eco de la filosofía pragmatista y vitalista de la que se había empapado en sus años en París. Frente al racionalismo acartonado, d’Ors defiende una filosofía insertada en la vida, en movimiento, en acción: la genuina actividad humana —desde la del labriego a la de la bailarina, pasando por supuesto por la de quien se dedica a la filosofía— es —debe ser— siempre creativa. No basta con una repetición rutinaria y maquinal de una tarea, pues en lo verdaderamente humano se articulan siempre la fugacidad del momento y la trascendencia de la eternidad.

90939941Hace unos días me encontraba esperando delante de la estatua Coreano de Jorge de Oteiza, cercana a mi casa, con un ejemplar de aquel libro de d’Ors en la mano. Se acercó a saludarme un vecino —buen profesional asesor de empresas— y se interesó por el libro que llevaba. Al leer el título dijo de inmediato: “Esto es lo que yo necesito, aprender a disfrutar del trabajo”. “Esto es lo que necesitamos todos”, vine a responderle. Frente a la idea del trabajo como castigo —al parecer la propia palabra “trabajo” viene de “tripalium“, que era un cepo o instrumento de tortura— hemos de lograr que la actividad laboral llegue a ser un espacio de crecimiento personal, de relación fructífera y gozosa con los demás.

Dice la prensa que en los campus de Google hay salas de juegos, piscinas y todo tipo de amenidades para sus empleados. No me parece cosa decisiva. Lo importante no está en el espacio físico, sino en el corazón y la imaginación de quien trabaja. Así como las niñas de mi barrio pueden jugar a pillar durante horas, ocultándose tras las columnas de la plaza porticada, porque lo hacen con seriedad y con pasión, de la misma manera el trabajador puede poner toda su alma en ensanchar su actividad hasta convertirla en una obra de arte, del mejor arte del que sea capaz dentro del tiempo disponible en cada caso.

WittgensteinLudwig Wittgenstein, quizás el filósofo más importante del siglo XX, recomendaba observar los juegos infantiles: las expresiones de los niños cuando juegan al corro dan mucha luz —explicaba— para comprender el uso del lenguaje. De hecho, innumerables veces en mis clases hemos dedicado una enorme atención al “pito, pito, gorgorito” (o a sus variantes del mundo hispánico: “pisa, pisuela”, “tin, marín de do pingüé”) para intentar explicar de forma gráfica que las palabras significan lo que significan porque las usamos como las usamos.

En los años 30 del siglo pasado el historiador johan-huizingaholandés Johan Huizinga puso en boga el contraste entre homo faber, el hombre que trabaja, y homo ludens, el hombre que juega, para explicar con abundante erudición que la cultura humana a lo largo de los siglos brota más del juego que del trabajo; se desarrolla más a partir de la creatividad que de la repetición. Su defensa de las formas lúdicas como las expresiones más creativas de la cultura humana, en el derecho, las artes o la filosofía, muestra bien la superioridad del juego sobre el trabajo. La grandeza del juego estriba en que tiene siempre su fin en sí mismo. Jugamos por jugar y disfrutamos jugando precisamente porque no lo hacemos por su utilidad.

playing_2163956bA esos que tan serios —o quizás a veces malhumorados— van todas las mañanas a su trabajo —incluidos los estudiantes en época de exámenes— habría que decirles que sonrían un poco, que aprendan a jugar en su actividad (incluido su estudio) con la pasión y el gozo con que juegan los niños. La seriedad de los niños en su juego —que tanto llamó mi atención en el camión del Museo— no es señal de aburrimiento, sino de disfrute, de la total concentración de su atención en algo que tiene valor en sí mismo.

Pamplona, 9 de mayo 2014

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Haz lo que amas o ama lo que haces

Unknown       Hace unos días leí el artículo de Miya Tokumitsu “In the Name of Love” en el que se mostraba indignada contra aquellos que repiten el lema “Do what you love“, “Haz lo que amas”, como clave del éxito profesional. Si la entendí bien, le parecía una afirmación elitista porque solo pueden hacerla realidad en su vida unos pocos privilegiados egocéntricos, mientras que la mayor parte de la humanidad está reducida a la esclavitud en unos trabajos odiosos. Me pareció que esta autora estaba confundida, quizá porque miraba desenfocadamente la realidad del trabajo humano.

DSCN7067  Cada mañana cuando llego a la Universidad me cruzo con media docena de las que antes se llamaban “señoras de la limpieza” —eran mayores que yo, ahora son mucho más jóvenes y van siempre bien arregladas— que terminan su jornada de trabajo. Me gusta ver cómo algunas de ellas al salir encienden un cigarrillo al fresco de la mañana, con expresión —me parece a mí— de satisfacción en el rostro por el trabajo realizado. Casi siempre pienso que su trabajo ha sido probablemente mucho más nosescriben11útil que el que voy a intentar hacer ese día: la limpieza de mi Universidad es proverbial, no así la calidad de las clases que imparto o de los textos que intento escribir. De san Josemaría aprendí hace muchos años que todos los trabajos tienen la misma dignidad y que en todo caso el más importante es aquel que se hace con más amor. Como en el amor hay cantidad, me pregunto a diario quién pone más amor en su trabajo si ellas o yo.

      La invitación a escribir sobre “la vocación como el descubrimiento de la propia identidad” es una buena ocasión para dar una nueva vuelta a estas ideas. Apenas uso Twitter, pero cuando abrí una cuenta me gustó que el sistema me obligara a identificarme. Subí una foto, mi nombre y apellido y escribí de mí: “Soy profesor de filosofía y me gusta pensar e invitar a los demás a pensar y a escribir“. Viene a ser como una selfie por escrito: eso es lo que soy y lo que me gusta ser. Es mi vocación. No aspiro a ser famoso, un intellectual o sus diversos sucedáneos académicos. Me encanta ser un modesto profesor universitario que aspira a persuadir a sus alumnos de la importancia del pensamiento, de la lectura, de la escritura, de la afectuosa comunicación con los demás. Estoy convencido de que solo así es posible para mí intentar cambiar el mundo para hacerlo un poco mejor, más humano.

Unknown-3      Aunque en la vida académica haya dificultades, cansancios o incluso a veces no falten amargos sinsabores, puedo decir que “hago lo que amo”, lo que me gusta, pero sobre todo amo lo que hago, incluido aquellos aspectos menos amables de mi tarea (corregir exámenes, calificar, atender reclamaciones, rellenar formularios administrativos, etc.). No es que simplemente haga mi capricho, sino que soy

Graciela J. con sus alumnos en Tucumán

Graciela J. con sus alumnos en Tucumán

un apasionado de mi trabajo docente e investigador y disfruto habitualmente en él pues vivo con la ilusión de que quienes me escuchan o leen lleguen muchísimo más lejos que yo. Me llega una anotación de un alumno de la profesora Graciela Jatib, desde Tucumán, en el norte de Argentina, que es algo así como el fin del mundo: “Felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino amar lo que uno hace”.

      Efectivamente, amar lo que uno hace llena de gozo las horas de trabajo. Las dota de unUnknown-1 encanto maravilloso porque, al llevar el alma abierta a la novedad inesperada, el cansancio —que inevitablemente aparece siempre— se recibe casi como un premio. Como escribió Antonio Gaudí, “mal asunto cuando una ocupación se arrastra como trabajo forzado; compadezco a aquel que lo cumple por obligación… Una de las cosas más bellas de la vida es el trabajo a gusto”.

Unknown-2      Así como el artista se complace al final de la jornada en la obra de arte que ha hecho con su esfuerzo, la persona que ama su trabajo puede llegar a contemplar su vida como una obra de arte. Eso es para mí la vocación y es lo que veo también en los ojos de las mujeres que encienden con satisfacción el cigarrillo al salir de la Universidad a primera hora de la mañana, después de cuatro o cinco horas de intenso trabajo limpiando con amor aulas, laboratorios, pasillos y despachos.

Pamplona, 2 de abril 2014

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La sinfonía educativa

UnknownVenía esta mañana de Madrid a Pamplona por los campos de Soria. Amanecía mientras el coche se deslizaba por la autopista solitaria en la madrugada. Al admirar el paisaje acudían a mi memoria los versos de Machado aprendidos en la infancia: “Colinas plateadas,/ grises alcores, cárdenas roquedas,/ por donde traza el Duero su curva de ballesta/ en torno a Soria”.

Después de dar gracias a Dios por el poderoso sol que —cegador— se iba levantando sobre la meseta castellana llenándolo todo de luz y color, encendí la radio. Sintonicé Radio Clásica y pude estar escuchando largo ratoUnknown-1 a Maurice Ravel. “¡Cuánto me gustaría ser compositor!”, pensé al terminar una maravillosa grabación del “Concierto para piano en sol mayor“, bajo la dirección de Leonard Bernstein, seguida de la famosa “Pavana por una infanta difunta“. ¡Ser capaz de organizar una compleja sinfonía con elementos tan dispares y a la vez armónicos, que hacen disfrutar y sentirse felices a quienes la escuchan! ¡Qué envidia tengo de Ravel!

IMG_2626Al cabo de un rato caí en la cuenta de que un profesor es también, en cierto modo, un compositor de una original sinfonía. Si pone cabeza y corazón en su enseñanza, sus alumnos —al menos algunos de ellos— vibran en sintonía con él. Cuando un profesor pone inteligencia y pasión en lo que enseña, los mejores alumnos se emocionan también y aprenden con él. Algo parecido ocurre con los textos encerrados en los libros viejos y nuevos: vuelven a palpitar cuando un humilde lector los devuelve a la vida haciéndolos vida suya.

interrupted-reading-camille-corot-wikipaintingsorg-1382992518_bTodos tenemos experiencia de habernos emocionado alguna vez hasta las lágrimas escuchando una composición musical de alguien desconocido por nosotros o leyendo unas líneas de un autor muerto hace siglos. Nos parece que aquella música o aquellas palabras dicen algo muy íntimo de nosotros mismos, estableciendo una misteriosa conexión entre autor y lector, una peculiar sintonía entre compositor y oyente, como si se tratara de almas gemelas.

A mí me llega muy adentro siempre que leo o escucho a algún antiguo alumno que dice como propio algo que muy probablemente me escuchó a mí y que con seguridad aprendí yo a mi vez de mis maestros. Me emociona porque viene a ser como una sinfonía expandida en el espacio y en el tiempo. De la misma forma que aquellos profesores que am_32939me hicieron aprender de memoria los versos de Machado, me han permitido esta mañana disfrutar de los campos de Soria, “donde parece que las rocas sueñan/ conmigo vais!” —proseguía Machado en su poema—, así mis alumnos podrán enseñar a los suyos lo que de mí aprendieron si logro con mi entusiasmo y ejemplo que lo encarnen en sus inteligencias y sus corazones. Como escribió George Steiner, “el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres. También lo está la vocación de enseñar. No hay oficio más privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sueños, que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos”.

130313133613_toronto_sinfonia_640x360_bbc_nocreditSe trata, sin duda, de una sinfonía inacabada, que se continúa en el tiempo, como la música bella cuando es tocada con amor y alguien la escucha con gozo y ansias de aprender. Por eso enseñar es —quizá mejor, puede ser— una de las bellas artes.

Pamplona, 16 de marzo de 2014

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La vida nómada

Cuando era pequeño mi hermana me pasó el cuento Zapatos de fuego y sandalias de viento. Las ilustraciones eran fantásticas. Trata de un zapatero que sale a dar una vuelta (al mundo o a su país) con su único hijo y que, a raíz de las conversaciones que tiene con él, le sandaliascuenta historietas. Algunas muy bonitas y otras muy tristes, como la del niño al que se le concedió que todos los días fueran su cumpleaños y acabó aburrido, o aquel otro que terminó con una barba larguísima con cinco años porque tenía todo lo que quería de forma irreversible. A mis 24 años este cuento me viene a la cabeza porque da una forma bonita a lo que veo que será mi vida: pobreza, camino e historias.

Pobreza. Hace dos veranos leí en los Diarios de Léon Bloy: “La pobreza es relativa: privación de lo superfluo. La miseria es lo absoluto: privación de lo necesario”. Desde entonces el reto está en ser pobre, pero nunca miserable. Haber estudiado filosofía y periodismo me asegura ir raspado a todas partes. Bien. Por otra parte, no tener dinero de sobra es la mejor forma de renunciar al consumismo que asfixia, que sí trae pobreza extrema y llena la existencia de miseria. Merece la pena sorprenderse con Pasolini:  “Parece increíble que nuestra vida pueda estar tan vacía de PPPvida y tan llena de la inanimada voluntad de estarlo”.

Camino. En el último año de universidad, mi amiga Isabel Grábalos me leyó las manos en el  Edificio Central. De todo lo que me dijo se me quedó un comentario: “Te asentarás a los 60 años”. Fue un respiro saberlo, pero también sonó a maldición gitana. El momento político y económico que atraviesa Europa hace inevitable plantearse la propia vida de forma nómada: no hay ninguna seguridad institucional y todos los jóvenes estamos heridos de incertidumbre. Todos sabemos que hoy estamos aquí, pero que mañana Dios dirá, si no el jefe. Seguramente ver más allá de esta incertidumbre sea nuestro sello generacional y defina nuestro carácter. Porque a pesar de ella, seguimos adelante “contando la arena“.

Historias. Esta es la una de las pocas riquezas del que camina conUlises los bolsillos vacíos: el arte. El arte al alcance de cualquier mano, de cualquier boca. Todos hemos vivido momentos que no pueden perderse en el tiempo “como lágrimas en la lluvia“. Llega Ulises , el “rico en ardides”, a la tierra de los feacios. Lo primero es bañarle y darle de comer. Después llegan las historias: ¿qué te ha ocurrido?, ¿cómo has llegado hasta aquí?, ¿a qué personas vistes en tu viaje? El arte, además, es una de las pocas formas de hablar sobre personas sin hacerles violencia. El arte es una de las pocas armas anarquistas. Como la filosofía. Los dos se dirigen a las personas, y evitan el peligro al que se refiere Machado. “El que no habla a un hombre, no habla al hombre; el que no habla al hombre, no habla a nadie”.

Roma, 29 de enero, 2014

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