Mujeres

     El pasado 8 de marzo una muchedumbre inmensa de mujeres —y algunos hombres— inundaron las calles de muchas ciudades europeas y americanas con un clamor unánime en favor de las mujeres y su dignidad tantas veces vulnerada por los hombres. No eran manifestaciones partidistas, sino transversales; eran signo de un desarreglo mucho más profundo en nuestra sociedad: el de la injusta desigualdad de mujeres y hombres tanto en el espacio laboral como en la distribución de tareas en la vida familiar.

     Quienes se manifestaron gozan por supuesto de toda mi simpatía y mi comprensión. Ojalá —como decían muchas personas— esa jornada fuera un hito histórico, un punto de inflexión para abordar con decisión esta penosa situación causada principalmente por las estructuras mentales de los varones que organizan desde tiempo inmemorial los espacios laborales y sociales pensando básicamente solo en ellos mismos. Es del todo anecdótico, pero me parece algo dramático cada vez que veo en un aeropuerto supermoderno colas en los aseos para mujeres que contrastan con la fluidez del acceso en los de hombres.

   El tema central de muchas de las manifestaciones parecía ser el de la brecha salarial, las diferencias retributivas entre varones y mujeres. Sin duda se trata de un tema de cierta importancia, pero me parece que los temas centrales del debate en nuestra sociedad en este campo deberían estar más enfocados hacia el efectivo apoyo a la maternidad para hacerla compatible con la vida laboral y hacia la eliminación de la prostitución y la pornografía. Tal como veo las cosas, es necesario hoy en día acumular argumentos y, sobre todo, desarrollar acciones que favorezcan la maternidad y la paternidad tanto en el imaginario social como en la vida real de muchas personas, así como para erradicar las lacras de la prostitución y la pornografía que tanto daño hacen a los hombres que las consumen y, más aún, a las mujeres consumidas.

         Respecto de lo primero, me apena profundamente el desprestigio de la maternidad entre mis alumnas. Son muchas las que dicen que no quieren casarse y, si se casan, no quieren tener hijos: ¡lo que quieren es viajar! Siempre pienso —espero que no sea una visión machista— que con esa opción se pierden algo de lo mejor de ser mujer, algo que nunca tendremos los varones. A menudo el menosprecio de la maternidad se justifica en la necesidad de invertir todo el tiempo disponible en lograr el éxito profesional. Cuando las empresas tecnológicas norteamericanas (Facebook y Apple al menos) anuncian que ofrecen a sus empleadas congelar sus óvulos para que puedan retrasar la maternidad más allá de los 40 años y no desperdicien sus años más productivos, pienso que es el colmo del machismo.

         Por lo que respecta a la prostitución, desde hace varios años pertenezco a un grupo de Facebook que se llama “Razones para abolir la prostitución” y en la página principal aparece un rótulo de neón rojo que dice: “LA PROSTITUCIÓN ES VIOLENCIA DE GÉNERO” y se añade debajo “Es la esclavitud más antigua, perpetuada y tolerada del mundo”. El papa Francisco decía hace unos días “No es hacer el amor, es torturar a una mujer” y calificó de “criminal” a quien acude a una prostituta. En contraste, llama mi atención que muchos periódicos están llenos de información que visibiliza la violencia de género —asesinatos, trata, etc.— con el ánimo de contrarrestarla, y a la vez apoyan esa misma violencia con las páginas de contactos sexuales que les proporcionan abundantes ingresos. ¿No es esto una gran hipocresía? A nadie se le oculta que todos esos “clubs” con letreros rojos que rodean nuestras ciudades y jalonan las carreteras son lugares de efectiva explotación de mujeres.

         Otro tanto puede decirse de la pornografía en nuestra sociedad. Según los datos disponibles se ha convertido en el medio más importante de educación sexual de los jóvenes, alterando gravemente las conductas sexuales de las nuevas generaciones: los expertos lo llaman la pornificación de la sociedad y sus efectos —todavía no bien identificados— hacen presagiar lo peor. Sin embargo, en los medios de comunicación no se habla ni de la pornografía ni de la prostitución, ni siquiera se las considera cuestiones problemáticas o que merezcan atención.

         El sexo es muy importante en la vida humana. No es —de ello estoy seguro— lo más importante, pero tiene un papel central en el desarrollo de una vida en plenitud. Dicen algunos que la revolución sexual de los años sesenta —que desvinculó el placer sexual y la reproducción— y la eliminación de buena parte de los valores que moderaban el impulso sexual han desarticulado por completo la realización personal en el ámbito de la sexualidad. Todos sabemos bien que cuando el placer sexual se convierte en objeto de consumo los seres humanos se cosifican en su mutua relación. Esto en la prostitución y en la pornografía es totalmente obvio.

        ¿Por qué no se habla apenas de estos temas en los medios de comunicación? No soy puritano ni defiendo el puritanismo, sino que pienso que las grandes perdedoras en la llamada “revolución sexual” han sido las mujeres. Me parece que ahora es preciso hacer una nueva revolución que erradique tanto la pornografía como la prostitución y que en forma constructiva potencie social y decididamente la maternidad.

Pamplona, 3 de abril 2018

         Agradezco las correcciones y comentarios de Gloria Balderas, Mikel Iriarte, Enrique García-Máiquez y Marcia Moreno-Báez, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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