Bótox del alma

     El pasado verano tuve ocasión de visitar en New Hampshire, cerca de Boston, a Marcia Moreno-Báez y su familia. En la amable y larga conversación que mantuvimos se coló el comentario de que estaba volviendo a subir peligrosamente en esa zona el consumo de heroína y que un vecino o conocido suyo había fallecido recientemente por sobredosis. Me sonó a algo nuevo, pero confería sentido a las noticias que con regularidad recibimos de los Estados Unidos del fallecimiento de artistas relacionado con el consumo de drogas: desde la maravillosa Whitney Houston hasta Philip Seymour Hoffman pasando por Michael Jackson o la británica Amy Winehouse. Personas que, por así decir, lo tenían todo o que al menos habían tenido un gran éxito, pero que necesitaban analgésicos y estimulantes para seguir viviendo su vida. Al pensar en estos artistas me venía a la cabeza que con seguridad se trataba de personas geniales que eran realmente desgraciadas, pues solo lograban dar sentido a su vida recurriendo a sustancias químicas en una espiral de consumo que lamentablemente había destrozado su vida.

     Poco tiempo después en una amable conversación en La Habana sobre otros temas vino a mis labios que las drogas venían a ser bótox para el alma. No soy experto en la materia, pero según me dicen la toxina botulínica se usa para relajar la musculatura —por ejemplo, en la frente o en las patas de gallo alrededor de los ojos— para que cuando las personas intenten gesticular, el músculo se quede “tieso” y no forme arruga, de forma que la persona parezca más joven y quizá más sensual. Algo así ocurre con las anfetaminas y todo tipo de estimulantes: hacen que la persona se sienta desinhibida, divertida, sin barreras. Parece que “te colocan”, que “te dan un subidón” —dicen— pero a la larga te hunden inevitablemente. Se trata de un vuelo efímero y transitorio, de corto alcance.

     A nadie llama ya la atención el elevado número de personas (un porcentaje del 30-35%) que habían consumido drogas y que intervienen en accidentes de automóvil, según cocaine-396750_1280las informaciones que publica con gran frecuencia la Dirección General de Tráfico de España. Hace tres meses se hacía eco la prensa de los narcopisos —más de sesenta— que hay en El Raval, Barcelona, en los que se menudea principalmente con heroína. En la crónica de La Vanguardia, se afirmaba: “La facilidad para comprar drogas en Barcelona está atrayendo a toxicómanos de media Europa. Mendigan, duermen en la calle y roban smartphones al despiste. En el barrio hablan de narcoturismo” (6 septiembre 2017).

     Soy un profundo admirador de Mark Zuckerberg, el creador y dueño de Facebook. Cada año se formula un propósito que hace público y que además va cumpliendo. Se propuso un año aprender chino para poder hablar con la familia de su esposa y al parecer aprendió bastante; al siguiente, leer un libro de actualidad cada quince días y compartir la lectura en un grupo en Facebook que seguí con interés. Para el 2017 se había propuesto visitar cada uno de los treinta estados de los Estados Unidos que no había visitado nunca. Quería salir de la burbuja de San Francisco para palpar y conocer de cerca la realidad social de su país, esto es, para entender lo que está pasando allí.

Year of travel

     Los periódicos dijeron que quería prepararse para ser presidente de los Estados Unidos, pero no parece que sea esa su intención. Su gran descubrimiento ha sido que está declinando la tradición norteamericana de pertenecer a una comunidad local —religiosa, empresarial, de voluntariado, o de cualquier otro tipo— que llene de sentido la vida diaria, proliferando las vidas aisladas y desgajadas de una comunidad. Por eso, Zuckerberg quiere desarrollar herramientas tecnológicas que ayuden a establecer comunidades entre personas movidas por unos mismos intereses, aficiones o ideas.

         Sin embargo, cuando la profesora Neeli Bendapudi, de la Universidad de Kansas, le preguntó si hay algo que en los treinta viajes le había llamado la atención, Zuckerberg contesta que “con mucho la mayor sorpresa ha sido la extensión del consumo de opiáceos. Es realmente penoso verlo”. Añade la cifra escalofriante de que “en los Estados Unidos han muerto en 2016 un total de 64.000 personas por sobredosis de droga. Esto es, más gente que la que murió de SIDA en el pico de la epidemia. Esto es, más americanos que los que murieron en Vietnam (…). Y está creciendo rápidamente. De 2015 al 2016, me parece que el número de muertes por sobredosis ha crecido casi un 20%”. Los datos son abrumadores y la impresión es que en los Estados Unidos hay escasa capacidad de abordar un problema de esta magnitud. Zuckerberg aporta el caso de Francia donde al parecer se está luchando con más éxito con este grave problema (¡y quizá por eso los drogadictos se desplazan a Barcelona!).

         No tengo yo la solución, pero ante un panorama como este viene a mi memoria la intuición central del filósofo y educador John Dewey (1859-1952) de que la aplicación de la inteligencia a los problemas morales y sociales es en sí misma una obligación moral. La misma razón humana que con tanto éxito se ha aplicado a las más diversas ramas científicas se ha de aplicar también a arrojar luz sobre un problema tan grave como el del consumo de drogas que destruyen a las personas. De la misma manera que el trabajo cooperativo de los científicos a lo largo de sucesivas generaciones ha logrado un formidable dominio de las fuerzas de la naturaleza y un prodigioso desarrollo tecnológico, cabe esperar que la aplicación de la razón humana a estas cuestiones éticas y sociales produciría resultados semejantes.

         Con esto lo que quiero decir es que el consumo de drogas no es un problema policial, sino social, que requiere un estudio a fondo por parte de las personas competentes y la adopción de políticas inteligentes porque las drogas no son solo un negocio de los malvados, sino que para muchos son el bótox del alma.

Pamplona, 4 de enero 2018

Agradezco las correcciones de Joyce Baptista, Rafael Tomás Caldera, María Rosa Espot y Marta Vaamonde y la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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4 respuestas a Bótox del alma

  1. Marta Vaamonde dijo:

    Gracias por enviarme el post. Me parece un tema muy preocupante. Creo que en EEUU el consumo de estupefacientes es la tercera causa de muerte! Lo explicas con mucha claridad. Por supuesto, como bien apuntas siguiendo a Dewey, la inteligencia debe aplicarse a analizar los factores que inciden en la extensión del consumo de drogas y especialistas de distintos campos están en ello. El problema es complejo como para apuntar soluciones precipitadas y simples, como bien señalas, pero quizá hay un aspecto moral reseñable, precisamente la desmoralización, en el sentido orteguiano. Las drogas parecen ofrecer una vía rápida eso sí, efímera y ficticia, de evitar los aspectos de la vida que no son placenteros. A medida que se extiende la idea ficticia de que la vida consiste solo en el placer, en lugar de pensar que es una tarea que requiere esfuerzo y que la felicidad es un padecimiento, en lugar de una conquista, se agudiza la necesidad de ocultar la tristeza, el miedo, el dolor y la muerte y una de las formas de hacerlo es a través de la inconsciencia que las drogas producen, como el soma del mundo feliz.

  2. Julián dijo:

    Querido Jaime:

    Me ha encantado tu post. Yo he velado los cadáveres en la Casa de las Misioneras de la Caridad —aquí en Madrid— de los últimos enfermos de sida por contagio a través de jeringuilla que, por edad, lo habían adquirido en los 80. Era un tipo de drogadicto muy diferente (vid. películas “Perros Callejeros” —¿una Barcelona que ya no existe?—, “Colegas”, “El Pico” o “Trainspotting”). Más un producto del primer estadio de la sociedad de consumo que el actual, un producto neto de la sociedad de consumo, en la que la paz de espíritu, la tranquilidad o unas sensaciones agradables pueden comprarse al precio de una sesión de “Mindfulness” o de caballo de primera calidad.

    Es un asunto que me obsesiona. El Estado —ofuscado por el control en lugar de por la protección del bien común— está a por uvas. Si te metes en la página web de cualquier ministerio o consejería verás que se le dedica más espacio a la oferta que a la demanda (vid. película Traffic). Y el problema es el que tú indicas, no es la oferta (que esto ya de por sí explica un aspecto del auge de los opiáceos frente a la coca: una hectárea de amapolas del Triángulo de Oro renta más que entre 5 y 10 hectáreas colombianas), es la demanda: ¿por qué un universitario, de clase acomodada, con cientos de oportunidades para vivir una vida interesante, divertida y plena se destroza con Purple Drank o Ketamina? Le doy muchas vueltas a esta pregunta, la magnífica sociología de la sociedad de consumo que han elaborado los filósofos y los sociólogos en las últimas décadas me resulta demasiado general.

    He comprobado que tampoco cuando hablo con personas drogadictas sirve de algo preguntarles o intentar captar su punto de vista (“I shall not argue the matter, for a man who requires argument to persuade him that sanity is preferable to insanity is already in such a sad state that argument is unlikely to do him any good”, dice Geach con notable acento reidiano [The Virtues, p. 135]). ¿Cómo empezar?

    Es un tema fascinante para pensar.

    Un abrazo grande,

    Julián

  3. Pingback: Bótox del alma | Artículos del Club Sénior

  4. Mi querido y “viejo” profesor José Antonio Palacios me escribe:

    Querido Profesor Nubiola:

    Del Bótox del Alma, me parece que el primer gran acierto es el del título, que define exactamente el contenido del texto y del problema.

    Si el bótox de las arrugas pretende rejuvenecer, quitarse años… (que de esto creo que se trata, en el fondo), sin conseguirlo; el bótox del alma pretende el más allá de la personalidad o ¿la felicidad? (que supongo que de eso se tratará), sin conseguirlo tampoco. El autoengaño, como denominador común en los dos casos.

    También dice muy bien que el consumo de drogas no es un problema policial, sino social. Y que la aplicación de la razón humana a estas cuestiones éticas y sociales produciría resultados semejantes a los ya obtenidos en el dominio de las fuerzas de la naturaleza y en la tecnología.

    El problema es consecuencia de un mal planteamiento del sentido de la vida o, más bien, de la ausencia de planteamiento alguno. Por eso me parece muy acertado el propósito de Zuckerberg, de establecer comunidades entre personas movidas por unos mismos intereses, aficiones o ideas, que, por “contagio”, promuevan en su seno el propósito de plantearse la conveniencia de ordenar la propia vida con un sentido, por lo menos racional…

    Un abrazo, querido Jaime.

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