Cincuenta años después

   El 1 de junio se cumplen cincuenta años del lanzamiento del LP de los Beatles Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Lo recuerdo muy bien, pues aquel verano de 1967 tuve la suerte de estar los meses de julio y agosto en Galway, en la costa oeste de Irlanda, y aquel hermoso álbum fue una de las primeras cosas que adquirí. Lo escuché millares de veces y me aprendí las letras de memoria.

  Mis amigos y yo estábamos persuadidos de que con aquella colección de canciones comenzaba una nueva época, al menos, en la música moderna. Quizá por eso en la propia cubierta del álbum aparecían a un lado los modelos en cera de los “viejos” Beatles, serios y como con cara de entierro o de despedida, mientras que en el centro estaban los nuevos con uniformes psicodélicos de guardias eduardianos, rodeados de un abigarrado conjunto de personajes más o menos estrafalarios, desde el boxeador Sonny Liston hasta la actriz Diana Dors, pasando por Stan Laurel, Lawrence de Arabia o Karl Marx. Aquella enigmática carátula nos parecía algo del todo rompedor, algo radicalmente nuevo respecto de todo lo que hasta entonces habíamos visto.

    Han pasado cincuenta años y sigo escuchando con gusto aquellas canciones mientras escribo estas líneas. Gracias a internet he podido documentarme un poco más sobre la historia de su composición y de su éxito sostenido desde entonces: se trata al parecer de uno de los discos más vendidos de todos los tiempos (32 millones de copias). Lo que más me impresiona no es su éxito fulminante, sino, sobre todo, las horas de trabajo que aquel magnífico disco tenía detrás. El álbum fue grabado entre finales de noviembre de 1966 y el 21 de abril de 1967. Un total de 700 horas de grabación para un disco que no llega a los 40 minutos. Una simple división arroja un promedio de 17 horas y media de grabación por cada minuto del disco.

    Da mucho que pensar. La calidad no es nunca fruto de la improvisación ni del azar, sino que lleva detrás siempre muchísimas horas de trabajo inteligente y tenaz. Hace dos años con ocasión del cincuenta aniversario de Yesterday, la conocida balada de McCartney, me enteré de una parte de la historia de esa hermosa canción. Al despertar Paul McCartney una mañana de 1964 tenía esa melodía en su memoria: le pareció maravillosa y se puso de inmediato al piano con una grabadora para no olvidarla. Le parecía tan buena que no creía que fuera suya; pensaba que la habría copiado de alguien. Le llevó meses cerciorarse de que no era un plagio. Me parece que hay algo profundo en esta historia: la humildad del artista que se da cuenta de que su obra cuando es realmente buena, en cierto sentido misterioso, le supera. Es siempre un triunfo del espíritu que premia espléndidamente el pobre esfuerzo creativo personal.

         Según dicen, When I’m Sixty Four [“Cuando tenga 64 años”] fue la primera canción grabada para Sgt. Pepper’s a partir de otra más simple que McCartney había escrito a los catorce años. En 1966 hizo una nueva versión para su padre que cumplía entonces los 64 y es la que, arreglada y enriquecida, se incorporó al álbum:

         When I get older losing my hair, many years from now (…)

      Cuando hace cincuenta años escuchaba aquella canción, curiosa y simpática por su estilo años veinte, nunca imaginé que llegaría a alcanzar esa edad: ¡los 64 años! No he perdido el pelo, pero sí que ahora lo tengo gris. Este medio siglo se me ha pasado muy rápido y me impresiona que un LP que me encandilaba hace cincuenta años siga gustándome ahora. Realmente las canciones aprendidas en los años de juventud tienen un gran poder para conformar los sentimientos, pues quizá corre a su cargo una parte muy importante de nuestra educación sentimental.

     De hecho, con el paso de los años he ido recuperando tanto las canciones como los libros de mi adolescencia en la que se me abrían tan diversos horizontes: tenía delante de mí la aventura fascinante del vivir. Ahora que ya he vivido, traigo al presente aquellas canciones y novelas y así son al menos jóvenes mi memoria y mi corazón. Muy probablemente seguiremos siendo jóvenes mientras sigan gustándonos las canciones de nuestra juventud, las canciones de hace cincuenta años.

Elorrio, 1 de junio 2017.

P. S. Agradezco las correcciones de Rocío M. y la ayuda de Jacin L. con las ilustraciones.

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4 respuestas a Cincuenta años después

  1. Estimado tocayo,

    Me has sorprendido con el tema de este nuevo artículo, pero en cierta manera justifica nuestra afinidad y amistad. Tengo 6 años más que tú por lo que pertenezco a la primera época de los Beatles, y mi LP cumbre es “Help”. Pero yo hice algo más que escucharlas, ¡las interpretaba! Yo residía en Alemania cuando los Beatles nacían en Hamburgo, y también cuando ya consolidados volvieron a Hamburgo en la que creo que fue su primera gira europea.

    Como todos los de mi generación, intuimos que aquella música sencilla pero de una extraordinaria vitalidad, frescura y encanto serviría de introducción a una nueva cultura, optimista, desenfada, divertida y fundamentalmente pacifista (por desgracia solo fue una ilusión pasajera).

    Pese a que mi vocación era la de escritor, tanto me impresionaron que me propuse ser también músico. Me compré una enorme guitarra eléctrica y me desollé las yemas de los dedos aprendiendo los acordes hasta que me consideré suficientemente preparado para formar parte como guitarra rítmica de un “conjunto”.

    Cuando regresé a mi ciudad natal, era la viva imagen de mi generación: melenudo, extrovertido, divertido, que tocaba la guitarra eléctrica y era capaz de cantar las canciones de los Beatles con un inglés más o menos marrullero. Nunca fui capaz de imitar el falsete final de “Help”. Por suerte para mí, mis paisanos habían formado un conjunto, pero instrumental al estilo Pekeniques, y mi oportuna llegada lo trasformó en estilo Beatles, y la versión local de los Brincos. Muchos matrimonios de mi ciudad se prometieron bailando nuestra versión de “Con un sorbito de champán” (algunos se han divorciado).

    Pusimos nuestra conservadora ciudad patas arriba. Actuábamos en los colegios de monjas y las chicas gritaban como si fuéramos los Beatles de verdad. Para dar más realismo yo casi conseguí desquiciar al sastre local para que me hiciera un traje sin solapas, para lo que tuve que enseñarle un montón de revistas. Así es que sobre el escenario se me podía confundir con George Harrison (no digo con Paul McCartney porque era zurdo y bastante más atractivo que yo).

    Por supuesto que recuerdo esta época con nostalgia, pero lo cierto es que éramos unos ingenuos, que lo único que conseguimos fue convertir los adolescentes en febriles consumidores, con la misma mentalidad de los actuales que viven abducidos por sus móviles.

    Pasado el primer encanto, la realidad se impuso. John Lennon empezó a desvariar, Paul McCartney a almacenar millones, George Harrison se hizo sectario y Ringo Starr siempre fue un suplente de última hora. De los Beatles solo nos queda la nostalgia de una época imaginativa y soñadora, pero con poco fundamento.

    Gracias por tu artículo, y un nuevo abrazo bien merecido,

    Jaime

  2. Me escribe mi “viejo profesor” José Antonio Palacios el afectuoso y cálido comentario que copio aquí:

    Me encanta este ‘Cincuenta años después’. Y me encanta el cariño con que rememoras esas impresiones de cuando eras un muchacho. Aparte del valor musical, me atrevo a suponer que tal vez ande por medio ‘…la fragancia del vaso’ de Azorín, que es lo que —dice— queda ‘…del pasado dichoso’.

    El enorme poder evocador de la música, no sólo de una partitura, sino también de la situación en Galway (época, tiempo, lugar, paisaje, compañías, edad, estado de ánimo…) asociada de por vida a aquella música. Y ahora traída al recuerdo…, es decir (‘cor, cordis’), al corazón.

    Digno de comentario es el hecho de las ¡setecientas! horas para la grabación del disco de cuarenta minutos (‘la inspiración suele aparecer sobre todo cuando se está trabajando’); y, por otra parte, la aparición de ‘Yesterday’ en ¡un simple despertar! del sueño del Sr. McCartney.

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