Artesanos del diálogo

roma-tre-e1487346108234     Han llamado poderosamente mi atención las palabras que el papa Francisco improvisó en su reciente visita a la Universidad Roma Tre, dejando de lado el discurso oficial que traía preparado y que puede leerse en la web del Vaticano. Después de escuchar las preguntas de cuatro estudiantes, el Pontífice —dice la crónica de prensa— se refirió a las llamadas “universidades de élite”, en las que no se enseña a dialogar, sino que enseñan ideologías. “Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología. Eso no es una universidad”, explicó el papa. En este sentido, destacó el papel de la universidad para el desarrollo de una cultura del diálogo: “La universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, porque dialogar es lo propio de la universidad. Una universidad donde se va a clase, se escucha al profesor y luego se vuelve a casa, eso no es una universidad. En la universidad debe desarrollarse una artesanía del diálogo”.

61bb88ac-5a46-4e20-b392-189ca0fc8532         Me ha encantado esta afirmación de tanta raigambre en la tradición universitaria. No sé por qué viene a mi memoria aquello de Newman en The Idea of a University de que el crecimiento personal tiene que estar enraizado en un espacio comunitario en el que el intercambio de “bienes espirituales entre estudiantes y profesores” no solo resulte posible, sino que se promueva positivamente. Para Newman, durante los años universitarios resulta esencial el trato afectuoso e inteligente de profesores y alumnos, la conversación cordial y la convivencia libre entre los estudiantes de forma que puedan aprender unos de otros y se ensanchen así su mente y su corazón en favor de la humanidad.

a0cf2d76-62e0-4cba-b43e-f9063a653510         Hoy mismo leía al joven Ralph Waldo Emerson, estudiante en Harvard College, que anotaba en su diario en junio de 1822: “Un hombre progresa más en un asunto mediante una conversación de media hora con su amigo que con muchas cartas; porque, cara a cara, cada uno puede expresar sus propios puntos de vista con claridad y cada objeción puede ser planteada y respondida; y además, de su mirada y de sus tonos se obtiene una noción mucho más definida de sus sentimientos e intenciones respecto de ese asunto, de lo que es posible obtener del papel”. En estos tiempos de tanto correo electrónico todos tenemos una experiencia semejante en favor de la conversación cara a cara. Cuántas cosas se solucionan charlando tranquilamente, quizá con un cerveza delante. Cuántos malentendidos se disipan con una conversación amable.

9f7d77e7-764b-4389-9b1f-ebe00a3edaba         La universidad como escuela del arte del diálogo: ¡qué hermoso desafío! No es fácil llevarlo a la práctica. Las abundantes tareas que pesan sobre los profesores —las numerosas clases, las exigencias de la investigación, los servicios diversos a la comunidad académica— no facilitan el diálogo ni entre los profesores, ni mucho menos con los alumnos. Tampoco los estudiantes saben qué pueden hacer para que los profesores les escuchen, pues de ordinario hay una notable diferencia de edad, de conocimientos, de autoridad.

mentor         Mi gozosa experiencia es que si se consigue que los estudiantes escriban sobre lo que les preocupa y después se leen esos textos con ellos, se logra mucho más fácilmente la comunicación efectiva. Muchos alumnos anhelan aprender a expresar lo que llevan dentro y casi siempre no saben cómo hacerlo. Todo esto, por supuesto, requiere un cierto planeamiento, unas asignaturas que inviten a escribir, unas pautas y temas sobre los que hacerlo efectivamente, un tiempo real del profesor para corregir los textos y para leerlos después con los alumnos interesados. La experiencia es del todo gratificante y desde todos los puntos de vista compensa el esfuerzo organizativo.

 vlietvanbrodie        Necesitamos que en la universidad los profesores no solo tengan un horario de atención a los alumnos, sino que estén deseosos de escucharlos, que estén dispuestos incluso a aprender de ellos, al menos de su experiencia juvenil, tantas veces del todo novedosa para el profesor. Si no hay esa disposición no resulta posible un verdadero diálogo. “Cuando el alumno está preparado aparece el maestro”, dice un conocido proverbio zen. También es verdad la afirmación inversa: cuando el maestro está bien dispuesto —y abre las puertas de su cabeza y de su corazón— aparecen siempre los alumnos ansiosos de aprender.

futuros_alumnos         La universidad tiene que ser una escuela artesanal de diálogo entre los propios profesores, entre los alumnos, entre unos y otros, entre todos los que forman parte de la comunidad universitaria. Si hay diálogo es que nadie se cree dueño de la verdad, sino que todos piensan que la verdad se busca en comunidad. No todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero, si han sido formuladas seriamente, en todas ellas —como sostenía santo Tomás de Aquino (cf. I Dist. 23 q. I a. 3)— hay algo de lo que podemos aprender. No solo la razón de cada uno es camino de la verdad, sino que también las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían la propia comprensión.

 7a991ea2-fcb9-4dfd-994c-1bb41757b9b4     Esta defensa del pluralismo se nutre de la fecunda experiencia de que los seres humanos, mediante el diálogo abierto, el estudio sosegado y el contraste con la experiencia, somos de ordinario capaces de llegar a reconocer la superioridad de un parecer sobre otros en aquellas cuestiones vitalmente importantes. En este sentido, puede decirse que la universidad es la institución en la que sistemáticamente se busca la verdad, pues aspira desde sus comienzos a adentrarse cada vez más en la verdad en todos aquellos campos en los que la inteligencia humana puede avanzar.

papa-romatre1-755x491      Así, además, la universidad podrá llegar a ser una efectiva escuela de diálogo para toda la sociedad. Para esto es esencial que en ella tanto los profesores como los alumnos —tal como invitaba el papa Francisco a los universitarios de Roma Tre— lleguen a ser verdaderos artesanos del diálogo.

Pamplona, 19 de febrero 2017

Agradezco las correcciones y sugerencias de María Rosa Espot, María Guibert, mi padre Jaume Nubiola y mi hermano Ramon, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.

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21 respuestas a Artesanos del diálogo

  1. Despree dijo:

    Estimado Jaime,

    Como siempre este nuevo artículo es encomiable y enriquecedor, pero me permito hacer alguna observación. El diálogo no es simplemente un intercambio de opiniones, sino tratar de defender nuestras opiniones, por tanto se supone que tenemos formada una idea distinta, que es lo que da sentido al diálogo; es decir, defendemos nuestra “ideología”. La finalidad del diálogo no es convencer al oponente de que nuestras ideas son las acertadas, lo que sería humillante, sino lograr el consenso, de manera que sea posible la unidad respetando la diversidad. Este sería un “mundo feliz” si no hubiera diversidad, pero catastrófico si no hubiera consenso. Los cambios de nuestras opiniones son el resultado de un diálogo con nosotros mismos.

    • Querido tocayo,

      Me encanta tu sabio comentario con el que estoy del todo de acuerdo. Solo añadiría una apostilla sobre dos puntos:

      1) Como me gusta repetir —y tú sabes bien— la verdad no es fruto del consenso, sino que más bien es el consenso el fruto de la verdad. Con palabras de la filósofa chilena Alejandra Carrasco, “la verdad que se cree no es verdad porque se cree, sino que se cree porque es verdad”.

      2) ¡Qué interesante lo del diálogo con uno mismo! Ya está presente en Sócrates y no le había prestado atención yo en mi post. Me parece clarividente lo que me escribes: “Los cambios de nuestras opiniones son el resultado de un diálogo con nosotros mismos”.

      Muchas gracias de nuevo y un fuerte abrazo,

      Jaime

  2. Despree dijo:

    En mi opinión hay tres verdades: la natural, que es incuestionable ; la humana, que depende de la subjetividad del lenguaje y la social, fruto del consenso. La filosofía tiene como misión la clarificación del lenguaje y sus sentidos hasta alcanzar la objetividad de la verdad natural. También podemos llamarla “verdad eco-lógica”.

  3. Graciela Jatib dijo:

    Estimado profesor:
    He estado leyendo con mucho placer este texto que me ha resultado oportuno y preciso para estos tiempos de monólogos asfixiantes y de oídos sordos, donde cada ser humano se encuentra encapsulado en pequeñas verdades de bolsillo. Y se me ha ocurrido considerar que si el que transita los ámbitos universitarios no mantiene su opción por el diálogo y el consenso, qué le esperará al hombre de la calle, ese que no ha sido transformado y reivindicado por el condimento de la educación. Los espacios dialógicos son imprescindibles para la construcción de una cultura del encuentro y de las coincidencias.

    Me han gustado mucho los conceptos utilizados, esa categoría novedosa que nos invita a ser “artesanos del diálogo”. Y me ha sido inevitable recordar que el protagonista de El Principito era un niño que nunca renunciaba a sus preguntas. No renunciar a una pregunta nos pone en la perspectiva de esperar una respuesta y de establecer instancias de diálogo que dibujen sitios de convivencia, de armonía y de paz. El diálogo entre los seres humanos es el terreno fecundo de la paz que esperamos obtener en el camino de nuestra existencia.

    Finalmente, todo diálogo, toda conversación, nos remite a la Palabra fundadora. Por eso quisiera recordar los versos de Antonio Machado en su poema Retrato: “Converso con el hombre que siempre va conmigo/ —quien habla sólo espera hablar a Dios un día—”.

    Hermoso texto, profesor, una vez más.

  4. Enrique dijo:

    Profesor, después de releer “Artesanos del diálogo” le comento un par de ideas que me vienen dando vuelta en el pensamiento a partir de las múltiples convocatorias que diversos autores están haciendo sobre “revolucionar” la docencia, las formas de impartición del conocimiento y demás procesos propios de eso que llamamos “Escuela”.

    Usted resume la situación en su texto cuando dice: “La universidad como escuela del arte del diálogo: ¡qué hermoso desafío! No es fácil llevarlo a la práctica. Las abundantes tareas que pesan sobre los profesores —las numerosas clases, las exigencias de la investigación, los servicios diversos a la comunidad académica— no facilitan el diálogo ni entre los profesores, ni mucho menos con los alumnos. Tampoco los estudiantes saben qué pueden hacer para que los profesores les escuchen, pues de ordinario hay una notable diferencia de edad, de conocimientos, de autoridad.”

    Sin embargo, también hay algo con el diseño de los procesos que no propicia esta ansiada efectividad comunicativa. Y, como el diseño —el bueno, el que responde a las necesidades- debe ser necesariamente contextual -las necesidades suelen serlo- entonces no creo podamos acuñar “fórmulas universales”.

    Leo en su texto: “Todo esto, por supuesto, requiere un cierto planeamiento, unas asignaturas que inviten a escribir, unas pautas y temas sobre los que hacerlo efectivamente, un tiempo real del profesor para corregir los textos y para leerlos después con los alumnos interesados.”

    Efectivamente, sufrimos el irrespeto a la escuela como espacio de creación, intercambio y debate, creo que a partir del temor generalizado a la acción pensada, a la exigencia de la argumentación previa a la toma de decisiones, algo a lo que frecuentemente los grupos de poder rehúyen por diversas razones.

    En resumen, veo el “diálogo” como un estadio superior de la comunicación efectiva entre personas, pero se me ocurre que también es un “estado de ánimo” que el profesor debe construir con su accionar, al crear una atmósfera de cordialidad, confianza y no temor al error.

    Aunque creo que para llegar al diálogo hay que transitar por etapas previas de socialización del conocimiento en posesión del Maestro, que lo brinda (ojalá generoso) resumido, sintetizado y acompañado de instrucciones y anotaciones relacionadas con el cómo, el dónde y el por qué lo obtuvo.

    Creo su visita a La Habana así lo demostró: Usted expuso un apretado resumen de su conocimiento, nos regaló su síntesis obtenida tras años de investigación, pero -y tal vez sobre todo- propició el diálogo con su palabra, con sus gestos, con su sonrisa… y entonces, finalmente, dialogamos.

    Sin embargo, cuando por citar un ejemplo, leo a Marc Prensky afirmando: “No necesitamos clases porque agrupar a los niños en esos grupos artificiales es antiguo. Lo es incluso agruparlos por edades porque siempre tienen capacidades diferentes. Necesitamos espacios donde puedan hacer proyectos, trabajar juntos, colaborar, con los profesores dando vueltas alrededor y entrenándoles”

    pienso en el riesgo de absolutizar el valor de una experiencia local, probablemente válida en un contexto muy bien definido y determinado, pero difícilmente importable como fórmula “mágica”.

    Finalmente, y considerando que la Escuela a mi alrededor sufre de una debilidad casi extrema, temo a la interpretación de la convocatoria de tantos que como el papa Francisco pretenden hacer realidad un pensamiento que -felizmente- también nos llega desde José Martí cuando nos dice “El mundo nuevo requiere la escuela nueva”: una cosa es desear y otra -bien distinta- concretar en un escenario socio cultural determinado y con las “fuerzas vivas” disponibles.

    Es por todo esto que -pienso- la escuela más convencional debía seguir existiendo a nuestro alrededor, la de pupitres y pizarra, a donde asisten con humildad los alumnos que allí van a aprender del Maestro. ¿Mezclada con otras estrategias educativas? ¡Claro que sí! Pero, y sobre todo, contextualizada.

    ¿Significa esto negar el desarrollo? No lo creo.

    Pero para muchos escenarios que conozco, el cambio radical (probablemente según esquemas importados) terminaría siendo un salto al vacío, como está sucediendo con la actual falacia del nativo digital.

    Un abrazo habanero, y gracias por hacernos pensar.

  5. Pingback: Artesanos del diálogo | Artículos del Club Sénior

  6. Me escribe mi “querido viejo profesor” de la infancia, José Antonio Palacios:

    Muy bien esos Artesanos del diálogo. Creo que no puedo añadir nada a cuanto dices sobre el diálogo que da por supuesto el afán, de quienes dialogan, de dar con la verdad de las cosas. Bien opuesto a nuestro “sostenella y no enmendalla” tan corriente en discusiones -que no diálogos- que se inician con cualquier motivo entre conocidos o amigos “no artesanos” del diálogo.

    Lo más corriente en estos casos últimos suele ser el afán de “con-vencer”. Pero este afán puede tener también un sentido positivo, entrando así en otro capítulo no menos importante, si recordamos lo que aprendimos desde pequeños: que la primera obra de misericordia, de las espirituales, es “enseñar al que no sabe”. Acerca de este enseñar, me ha llamado la atención el cuarto de los diez principios de “El método de Catholic Voices”: “La gente no recuerda lo que dijiste, sino qué sintió al escucharte”.

    Y ya puestos en la pura cerrazón, no sé dónde oí o leí que “el ateo niega a Dios durante el día; pero por la noche, duda”, que no es poco…

    Un abrazo muy fuerte, y muchas, muchísimas gracias.

  7. Jaime Despree dijo:

    Estimado Jaime,

    Permíteme una breve disertación en torno al diálogo. Es obvio que las causas del diálogo están en la diversidad de ideas en torno a un determinado tema. Si el tema tiene base científica, el resultado estará en las pruebas experimentales o matemáticas aportadas, y en este caso se aceptan los hechos y no las opiniones del científico. Pero si el tema es una opinión personal, incluso si es lógica y razonable o ética, no aceptamos los hechos probados sino las opiniones personales. En el primer caso se establece una relación libre e impersonal, en el segundo una relación alienada a la persona cuyas ideas con-vencen. Esta es la relación que existe entre los políticos y sus partidarios (o de los filósofos y sus seguidores). Pero una vez que aceptamos esta subordinación, el diálogo ya no es posible. Conclusión: el mismo diálogo provoca la ausencia de diálogo.
    Un fuerte abrazo, tu tocayo

  8. Querido tocayo,

    Entiendo lo que me dices y estoy sustancialmente de acuerdo. Sin embargo, pienso que en muchos campos intelectuales, en todo ese enorme ámbito de lo opinable, explorar juntos un tema a través del diálogo con otras personas inteligentes resulta enriquecedor. Así como siempre se puede pensar más sobre un tema, siempre puede dársele una nueva vuelta y advertir nuevas luces, sombras y destellos.

    Un gran abrazo desde el tren que a 250km/h me devuelve desde Barcelona a Pamplona.

  9. Despree dijo:

    Estimado Jaime,

    El tema tiene una importante lectura, que es a su vez una paradoja. Para proseguir este diálogo es imprescindible que esté en desacuerdo con tus opiniones, y como mi deseo es mantenerlo, necesito encontrar algo discrepante, pese a que en principio esté de acuerdo con tus opiniones. Esta es la paradoja.

    La lectura importante es que lo que acerca a los seres humanos no es la afinidad sino la disparidad. Los afines se “congregan”, que es lo mismo que decir se “amontonan”, sin que sea posible el diálogo, los dispares se “unen”, y, por tanto, se “asocian”, porque es posible el diálogo, pero siempre que prevalezcan las discrepancias.

    Lástima que no pueda enviarle un “twit” al señor Trump con esta breve reflexión!

    • Querido tocayo,

      Frente al aburrido amontonamiento de las opiniones coincidentes, me gusta a mí más la metáfora musical. Por así decir, la verdad es sinfónica: cada instrumento aporta su sonido, su nota y es el contraste de unos y otros a lo largo del tiempo lo que constituye una hermosa sinfonía.

      Un fuerte abrazo,

      Jaime

  10. Despree dijo:

    Estimado Jaime, tu melódica metáfora me sugiere otra relacionada. Las personas somos como las notas de una grandiosa sinfonía. Si son similares el resultado es una sinfonía monótona y aburrida; si son diversas pero no guardan armonía, tenemos una sinfonía desafina y desagradable. Solo si las notas son diversas pero están en armonía tendremos una bella sinfonía. Un abrazo de tu tocayo

  11. Querido tocayo,
    Me alegra que te guste la metáfora sinfónica de la verdad que —me parece— tiene su origen en el teólogo Von Balthasar: http://www.edicionesencuentro.com/fichalibro/la-verdad-es-sinfonica.html

    Por supuesto es precisa la armonía, pero también la diferencia. Te copio una cita de Popper en En busca de un mundo mejor que puede gustarte porque enfatiza tu punto:

    “A menudo se afirma que la discusión sólo es posible entre personas que tienen un lenguaje común y que aceptan unos supuestos básicos comunes. Creo que esto es un error. Todo lo que se necesita es la disposición a aprender del interlocutor en la discusión, lo que incluye un deseo genuino de comprender lo que éste quiere decir. Si hay esta disposición, la discusión será tanto más fructífera cuanto mayor sea la diferencia de punto de partida de los interlocutores”.

    Un gran abrazo,

    Jaime

  12. Despree dijo:

    Desde luego: “No hay mayor sordo que quien no quiere oir” y ahí está el dilema. Los humanos pasamos por dos etapas: en la primera deseamos entender, en la segunda se supone que ya tenemos “entendimiento”, y deseamos que los demás entiendan el mundo como nosotros lo entendemos. En otras palabras: en la primera queremos aprender, en la segunda enseñar. Son escasos los que, a pesar de tener extensos conocimientos y una gran experiencia, “solo saben que no saben nada”. Tú eres muy afortunado al poder “dialogar” con jóvenes deseosos de entender, porque en el mundo de los adultos nadie desea aprender, pero todos quieren enseñar.
    Un abrazo, del otro Jaime

    • Muy querido tocayo,

      Muchísimas gracias por tu lúcido comentario. Tal como dices, estar rodeado de gente joven que desea aprender me resulta efectivamente muy reconfortante. Me interesa y mucho la gente joven. Porque aprendo de ellos, de sus preguntas, aparentemente ingenuas a veces, de sus perplejidades y, sobre todo, de sus ganas de aprender.

      Desde hace algunos años, en mis cursos los estudiantes tienen que escribir a lo largo de cada semestre cuatro o cinco ensayos breves (de 600 palabras como máximo) con su opinión sobre un tema determinado a partir de un texto común. Entregan sus ensayos en un día fijo y en la siguiente clase los devuelvo corregidos. Cuatro o cinco alumnos —seleccionados de antemano— leen sus textos en voz alta y son discutidos libremente por toda la clase.

      Como contaba en un post en este blog hace unos meses, puedo decir que, de vez en cuando, alguna tarde se produce “el milagro”: ¡estamos haciendo filosofía! Me siento particularmente recompensado cuando la discusión que surgió en el aula continúa entre los estudiantes en los pasillos y en la cafetería al terminar la clase. Los estudiantes se marchan de esas sesiones persuadidos de que han aprendido algo mucho más valioso que la pasiva toma de apuntes de una imponente lección magistral.

      Pienso que la filosofía no es —ni puede ser— un mero ejercicio académico, sino un instrumento para la progresiva reconstrucción crítica y razonable de la práctica cotidiana, del vivir. En un mundo en que la vida diaria se encuentra casi siempre del todo alejada del examen inteligente de uno mismo, una filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos —tal como ha hecho buena parte de la filosofía contemporánea— es un lujo que no podemos permitirnos. “Hoy —escribía Thoreau en 1854— hay profesores de filosofía, pero no filósofos. Y sin embargo es admirable enseñarla porque en un tiempo no lo fue menos vivirla. […] El filósofo va por delante de su época incluso en su forma de vivir”.

      Otro abrazo,

      Jaime

  13. Estimado tocayo,

    No sé si esta es la esencia misma del diálogo, pero cada comentario tuyo me sugiere una nueva reflexión. Para entender no solo es necesario que tengamos interés por lo que nos dicen sino, sobre todo, por "cómo nos lo dicen".

    Nada llama nuestra atención ni nos impresiona si no está precedido por la favorable emoción que nos cause algunos de los valores éticos o estéticos del comunicante, ya sea por su encanto personal, por su buena dicción o simplemente por su buena imagen. Supongo que un buen comunicador debe reunir estas dos condiciones fundamentales, y esto los políticos lo saben mejor que nadie.

    Un abrazo, Jaime

  14. Querido tocayo,

    No sé por qué tu comentario me trae a la cabeza la relación que establecemos con los libros que leemos: se trata también de un diálogo en el que aprendemos, porque el autor del libro que nos interesa, si le escuchamos, nos aporta unas nuevas palabras, unos argumentos o nos regala unas emociones. Eso es uno de los encantos de la lectura.

    Un gran abrazo,

    Jaime

  15. Pingback: Artesanos del diálogo – Jaime Nubiola | Instituto Acton

  16. Lucila Zambrano Valencia dijo:

    Llego tarde a los comentarios de “Artesanos del dialogo”, pero leer tanto los comentarios y las respuestas le hacen aún más enriquecedor. Ya te comentaba anteriormente que el punto que toca el Papa es solo una de las deformaciones de la actual universidad. Me he enterado por entrevistas o reportajes de algunos intelectuales mexicanos que hasta los años setenta, al final de las clases acudían estudiantes y profesor al café más cercano para seguir conversando. No me tocaron esos tiempos. La actual “misión” de las universidades es la investigación, la difusión de la cultura y la instrucción de los estudiantes, todo lo anterior al servicio del capital.

    Se supone que donde hay una universidad, debería irradiarse a la sociedad un ambiente de cordialidad, conocimiento, comunicación y cultura. Eso no lo logró en cuarenta años el campus de la universidad en la que yo trabajo; sin embargo, en dos años un nuevo parque industrial modificó la vida de esa localidad. El sistema actual mundial se instituyó con los ideales de la revolución industrial, este no es el único problema.

    En América Latina, por ejemplo, y en particular en la universidad en la que trabajo, parte del gasto gubernamental se ejerce en recursos para investigación, una investigación que la mayor parte de las veces es inexistente ya que quien la realiza sólo está interesado en el dinero extra que esto le traerá aun cuando sus resultados sean nulos. Volviendo al tema del Papa pienso —si como él dice, la universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, entonces es en la familia donde debería aprenderse a comunicar, ¿cierto?

    Mencionas tu experiencia en la que los alumnos escriben sobre temas que les preocupan. En los programas de estudio de ingeniería este tipo de actividad simplemente no se realiza. Aun así llegan alumnos a platicar de sus problemas a mi oficina, yo escucho, es gratificante, pero no es fácil. Llegan muchachos que están medicados por problemas emocionales, llegan estudiantes que han perdido a alguno de sus padres, llegan quienes tienen problemas de adicción a las drogas. Una vez me llegó un muchacho que traía una curación en el codo por un balazo, dijo que lo trataron de asaltar. Esto sí que es delicado, uno nunca sabe si trata con la víctima o con el asaltante. Pese a esto me resulta muy satisfactorio mi trabajo. A veces a media clase algún chico me hace una pregunta personal, me sorprende, me da risa, contesto y si hay que hacer comentarios, los hacemos, y sigo con mi clase porque no se pueden dejar de lado los temas técnicos, pero no debemos olvidar que todos somos humanos, de diferente raza, color, religión, distintas formas de pensar, clases sociales, etc., pero todos somos en esencia lo mismo.

    Jaime, me gusta la metáfora musical. ¡Es importante que haya diálogo entre las diferentes maneras de pensar! Es importante que haya consenso, es importante el diálogo para la tolerancia, es importante el dialogo para la paz. No puedo pensar de otra manera, tengo antepasados de tres culturas indígenas diferentes de México, tuve una bisabuela francesa, un abuelo español y por mis venas corre sangre judía y árabe. No sé si mis células dialoguen, supongo que sí, pero estoy convencida de que el diálogo entre los diferentes es esencial.

    Lucila.

  17. Querida Lucila,

    Muchísimas gracias por tu luminosa comentario alimentado de tu rica experiencia personal. Un fuerte abrazo,

    Jaime

  18. Pingback: Artesanos del diálogo | Circulo John Henry Newman

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