El culto a la infancia

machadograve         En estos días luminosos de otoño ha venido con frecuencia a mi memoria aquel último verso de Antonio Machado, encontrado en su bolsillo al morir en febrero de 1939: “Estos días azules y este sol de la infancia“. Hace algún tiempo pude visitar con emoción su tumba en Colliure, adornada entonces con una bandera republicana. Sobre todo llamó mi atención tanto el sol mediterráneo que inundaba aquel pequeño cementerio francés próximo a la frontera como la profusión de cartas y poemas de admiradores que peregrinaban hasta allí para depositarlos sobre su tumba.

andersen-la-sombra         He leído hace unas semanas un volumen de los cuentos de Andersen, prologado por Ana María Matute, que me regaló una antigua alumna. Contiene cuentos muy populares como “El patito feo” o “El traje nuevo del emperador” y otros del todo desconocidos en nuestro país. En uno de estos, el impresionante relato (no para niños) “Una historia de las dunas”, me impactó esta frase: “La niñez tiene para todos sus cumbres de luz, que después iluminan toda la vida”.

Me desconcierta un poco el gran valor psicológico y cultural que en nuestra sociedad se otorga habitualmente a a8bc3dfd-5af2-499b-8f9f-2557d87d963blas experiencias infantiles como clave explicativa para bien o para mal de casi todo lo que ocurre en la edad adulta. Hay incluso personas razonables que retrotraen esa fase decisiva para la formación de la personalidad a la gestación en el seno materno. Así, una madre gestante estresada daría a luz una criatura de unas condiciones distintas a la de una gestante relajada y sonriente. A mí todo este discurso popular no me resulta convincente, quizá porque no descubro en mi infancia —desarrollada en una familia feliz gracias a Dios y a mis padres— las claves de mi vida adulta.

untitled-63         Como he contado muchas veces, mi madre decía en broma que yo de pequeño me había comido a un viejo: le impresionaba a mi madre mi sentido de responsabilidad y mis ocasionales respuestas sabihondas. Pero no pienso que eso me haya “robado” la infancia y todo el encanto primerizo de esa etapa vital. Recuerdo con nostalgia los largos veranos de juegos interminables, pero no añoro las tediosas jornadas de invierno llenas de clases y actividades escolares.

         Sí que me parece que la infancia y nuestra memoria de esa etapa es un tesoro tanto para nuestra reflexión adulta como para la creación literaria. Recuérdese aquello que sugiere Rainer Maria Rilke en la primera de sus Cartas al joven poeta:

imgres    “Sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana; describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo.

      Si su vida cotidiana le resulta pobre, no la acuse a ella; cúlpese a sí mismo, dígase que no es lo suficiente poeta como para extraerle sus riquezas. Y aunque se encontrase encerrado en una prisión cuyos muros impidieran que el fragor del mundo alcanzase su entendimiento, ¿no podría recurrir siempre a su infancia, ese reino delicioso, esa cámara del tesoro que alberga tantos recuerdos? Vuelva su atención hacia allí.”

        La memoria de la infancia confiere profundidad a la vida humana, teñida tantas veces de superficialidad, de atención a bagatelas efímeras o a minucias diarias. Me parece que ese claroscuro de los recuerdos gozosos y dolorosos de laimagen022 infancia constituye un maravilloso aprendizaje para la vida. Por esto, pienso que no hay que evitar de raíz todo sufrimiento a los niños, al mismo tiempo que no hay que ocultarles la realidad del dolor, de la enfermedad, de la muerte y del mal. Todo ello, por supuesto, en dosis razonables y proporcionadas a la edad que puedan asimilar y entender bien. Guardo en mi memoria cómo mi padre me llevó de la mano ante el ataúd de su padre —mi abuelo Francisco que acababa de fallecer— cuando yo tenía apenas cuatro años: no fue un trauma para mí, fue una lección de vida.

         Me llama la atención que en los telediarios cuando dan las estremecedoras noticias de los bombardeos en Próximo Oriente, los inmigrantes ahogados en el Mediterráneo o los terremotos en cualquier parte del mundo, suelen especificar el número de niños que hay entre las víctimas. No sé poGreece Migrantsr qué lo hacen, quizá para conmovernos más al ver cómo la violencia ha segado unas vidas que apenas estaban comenzando. Se trata, sin duda, de un fenómeno muy moderno, pues hasta tiempos recientes las personas estaban —por así decir— “acostumbradas” a una alta tasa de mortalidad infantil (del orden de un 30-40%).

839d2199-d10d-4fd6-aa30-6edc47e4e897         Realmente los niños nos enseñan a los adultos a ser humanos, a vivir la eternidad del ahora y a querer a los demás. A su vez, los adultos educamos a los niños adentrándoles en la realidad de la vida humana, ayudándoles a crecer, cultivando sus deseos de aprender. Cuidar a los niños no significa encerrarles en el mundo ficticio de Peter Pan, sino ayudarles a ser mejores en el mundo de verdad.

Pamplona, 28 de octubre 2016

Agradezco la ayuda de Jacin Luna para seleccionar las ilustraciones y las correcciones de María Rosa Espot, Enrique García-Máiquez, Rubén Oteiza y Paloma Pérez-Ilzarbe.

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11 respuestas a El culto a la infancia

  1. María Dolores Nicolás Muñoz dijo:

    Buenas tardes, Don Jaime. Lo primero: felicitarle por el post tan entrañable con el que nos obsequia este próximo mes. Me ha gustado particularmente lo luminoso que resulta porque está cuajado de palabras e imágenes relacionadas con la luz: días luminosos de otoño; sol de infancia; cumbres de luz, que después iluminan toda la vida; claroscuro… Y me gusta particularmente también porque la vida, desde mi perspectiva, es eso: claroscuro, días grises que se alternan con días radiantes, cada uno con su propio tejido de circunstancias. Así es la infancia, también creo yo. Como Vd. bien dice, en esa etapa se disfruta como nunca de “la eternidad del ahora”, de la lejanía del mañana, aunque esté a las puertas.

    ¡Cuánta razón tiene Vd. en esa apreciación de que hoy se intenta que los niños estén exentos de cualquier experiencia que pueda marcarles negativamente! Y no nos damos cuenta de que basta un anuncio de televisión para hacer trizas su inocencia, porque las personas hemos soltado de alguna manera las riendas de nuestra vida para ponerlas a disposición de un entramado de tecnologías y espacios virtuales… para mitigar nuestra soledad y sentirnos cerca de los demás.

    Por eso, me parece muy oportuno el título del post: “El culto a la infancia”. Pero no a una infancia cualquiera –como las de hoy, por ejemplo– sino a la infancia de antes: a la que estaba llena de familias que iban a las playas con fiambreras con tortillas de patatas o bocadillos de calamares; a la de otras familias, que de 7 en 7, se metían en un seiscientos con el perro y el loro para cruzar de Murcia a Cádiz cuando ni cabían en la imaginación las autovías o los coches con aire acondicionado; o a las de ir puntualmente a las fiestas patronales del pueblo para acompañar a la Virgen en su tradicional procesión… Esas cosas, esos recuerdos sí que merecen un culto, un culto en el recuerdo, un culto de contarlo a nuestros hijos y a nuestros nietos, un tributo en álbumes de fotos llenos de imágenes en blanco, negro y gris, añorando con cariño aquellos días de cuando el colorido de la tele hacía juego con esas fotos tan queridas… y llenas de parte de nuestra historia que ya no están… y que sí que nos dan pistas sobre las claves de nuestra vida adulta.

    Muchas gracias, como siempre, por hacernos partícipes de su post. Un cordial saludo desde Murcia.

  2. Me escribe la profesora María Rosa Espot un sugestivo comentario:

    Me encanta la cita de Rilke, y me conmueve: la guardo. Aunque hay momentos, temporadas o quizás años (no lo sé) que no apetece —o quizá no conviene— hacer esa introspección o mirada interior a la memoria, al alma o al corazón, en definitiva a los sentimientos.

    Del último párrafo me gusta mucho (me da mucho que pensar) la idea de educar al niño —también al adolescente y al joven— adentrándole en la realidad de la vida humana, pero sobre todo (añado) ayudándole a descubrir “su humanidad particular, su humanidad concreta, la suya”, me refiero a su modo de sentir, de reaccionar, de captar lo que otros no captan, es decir, ayudándole a conocer bien su sensibilidad, su alma y su corazón.

  3. pilar gil Espinosa dijo:

    Ser niño es contemplar el mundo desde la esperanza de un juego.

  4. Miguel Marcos Ilarraza dijo:

    Me parece muy interesante su reflexión sobre la infancia. Estoy totalmente de acuerdo en los argumentos que da sobre por qué la infancia no determina nuestra forma de actuar futura. A pesar de estar de acuerdo, esta reflexión me ha hecho pensar y plantearme varios interrogantes acerca de este tema porque en nuestro primer curso de carrera, tuvimos una asignatura llamada “Psicología del Desarrollo” donde estudiábamos las distintas etapas del niño y su importancia de cara al futuro. He decidido revisar todos mis apuntes sobre esa asignatura y me he dado cuenta de que en esa asignatura estudiábamos cómo podía afectar al niño no lograr un buen apego o saber articular ciertas palabras en su momento correcto.

    Siempre se ha dicho que “los niños son como esponjas” por la facilidad que tienen para memorizar y realizar ciertos comportamientos que han visto anteriormente. Estudiamos diversos factores por los que el niño iba ser de una forma u de otra, dependiendo del tipo de relaciones que poseía con los padres, de si había sufrido maltrato en la infancia, si había sufrido maltrato escolar, si había padecido hechos traumáticos.Todos estos factores me dan a entender que sí influyen en cómo será el niño en un futuro. La pregunta que me planteo a través de su ensayo es ¿hasta qué punto estos factores influyen o determinan?

  5. Graciela Jatib dijo:

    Querido profesor:
    Me parece muy interesante tu reflexión sobre los niños y sobre lo que la sociedad o la cultura cree sobre ellos. Quizás cuando las noticias realizan la salvedad de que entre los muertos o heridos hay niños, se debe a que ellos son, precisamente, los que no pueden defenderse y los que aún no han formado parte en la construcción de este mundo tan injusto.

    Yo creo que la primera infancia sí tiene alguna incumbencia en la posterior construcción de nuestra identidad; sé también que no es decisiva ni concluyente, como bien dices. Prueba de esto es que muchas personas que han tenido infancias terribles han podido construir vidas espléndidas y recíprocamente.

    Estoy totalmente de acuerdo con que a los niños no hay que mentirles ni ocultarles la realidad del dolor. Creo que justamente para eso se han ideado algunas fábulas como, por ejemplo, el Ratón Pérez —que se lleva los dientes y te deja plata bajo la almohada—, para mitigar el dolor de la pérdida o el abuelito “que te mira desde una estrella”, para subsanar el dolor de la ausencia. Creo que es una forma simpática de quitarle lo trágico a la realidad pero sin ocultarla tanto.

    Apenas leí este post sobre los niños, me vinieron a la memoria dos expresiones que me parecen insuperables. La primera es la dedicatoria de El Principito : “Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor…”. Creo que a los niños a veces hay que pedirles disculpas por la realidad que les dejamos para que ellos “acampen”; y la otra: “Dejad que los niños vengan a mí…”, ya que hay ser como ellos para merecer el Reino de Dios.

    Me encantaron las referencias personales —¡tan elocuentes!— y también la referencia hermosa sobre Antonio Machado; a propósito, su poema “Retrato” comienza: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”. Ese “huerto claro” también habla de luz.

    Muchas gracias por la luz de tu afecto y de tus palabras.

  6. María Fernanda Gallón Orozco dijo:

    Quería decirte que he leído tu ensayo de “El culto a la infancia ” y me ha encantado!!!! 👌🏼
    Estoy totalmente de acuerdo en que a los niños debes enfrentarlos al dolor de la vida, como bien dices en su cierta medida; enseñarles desde pequeños que la vida no es fácil y que los problemas hay que afrontarlos aunque sean dolorosos.

    Mis padres desde muy pequeños ya nos iban enseñando a afrontar la realidad de la vida, que —como mencionas en el texto— no es la vida de Peter Pan. Creo que por error muchos padres hacen que sus niños vivan en esa vida toda la infancia incluso la adolescencia y cuando llega la ahora de afrontar problemas dolorosos como la muerte o un cáncer, entre otros, no saben y lo afrontan de peor manera e incluso creo que moralmente sufren más.

    Magnífico ensayo!!!!

  7. Pingback: El culto a la infancia | Artículos del Club Sénior

  8. RevueltamARTA dijo:

    Querido Jaime:
    Muchas gracias por el artículo, que me ha ayudado a reflexionar. Pienso que junto a la necesidad de no ocultar a los niños la parte dura de la vida para evitarles el dolor, sucede también que muchas veces les impedimos acceder a la parte bella (justo con el mismo propósito). Por motivos de salud o de seguridad, nuestros hijos pasan menos tiempo al aire libre y/o solos, a su aire, y están siempre en lugares controlados y acompañados de adultos. Y por razones prácticas o por enseñarles a ser “racionales” les dirigimos en su manera de pensar y les apartamos de la vía de la fe, la imaginación, las emociones…

  9. Me parece, querida Marta, un comentario acertadísimo. Se nota que tienes experiencia y reflexionas sobre ella. Un abrazo.

    Jaime

  10. Me escribe mi viejo amigo Ángel López-Amo:

    He leído hoy una cita de Dostoievski y me he acordado de tu artículo “El culto a la infancia”. Te la escribo aquí para que la tengas presente en otra otra ocasión propicia; me parece muy buena: “el que acumula muchos recuerdos felices de su infancia, ése ya está salvado para siempre”.

    Un abrazo agradecido.

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