Las humanidades, una ciudad aparte

images         Me ha deslumbrado la lectura de un artículo de Talbot Brewer, profesor de ética en la Universidad de Virginia, en la interesante revista norteamericana The Hedgehog Review. Critical Reflections on Contemporary Culture. Se trata de un ensayo publicado en verano del 2014 a raíz del conflicto institucional planteado en aquella Universidad dos años antes entre la presidenta Teresa A. Sullivan y la directora del Board of Visitors Helen E. Dragas a propósito de la financiación de la Universidad y su escasa atención al desarrollo de enseñanzas on-line. En su carta de dimisión Sullivan aducía “diferencias filosóficas” con el Board of Visitors, pero finalmente, a causa del clamor de profesores y alumnos en su apoyo, fue nombrada de nuevo presidenta de la Universidad.

imgres         Lo que a mí me ha interesado ha sido en particular la inteligente argumentación de Talbot Brewer en defensa de las humanidades frente a la creciente mercantilización de la Universidad, que pone en grave riesgo la continuidad de esas enseñanzas en los Estados Unidos y también en nuestro país. A juicio de Brewer, los defensores de las humanidades siguen básicamente dos estrategias. La primera consiste en destacar los beneficios económicos de los estudios humanísticos, sea porque quienes los realizan continúan luego sus estudios en escuelas de negocios y tienen más éxito profesional que los estudiantes de otras carreras, sea por el beneficio que para un país suponen las humanidades como estímulo de la creatividad que tanto favorece el desarrollo económico. A juicio de Brewer, quienes intentan image1defender las humanidades en términos del crecimiento económico personal o social no solo se equivocan acerca del objetivo de las enseñanzas que aspiran a defender, sino que se equivocan sobre todo al sostener que la prosperidad económica es lo más importante para la vida de los seres humanos. Todos sabemos bien que el dinero no da la felicidad, porque no es un bien valioso en sí mismo. Es necesario pensar de nuevo y a fondo nuestro modelo de sociedad para liberarla de su extremada orientación actual hacia la producción y el consumo e intentar enfocar así las vidas humanas “a explorar y desarrollar el arte de la libertad”.

biblioteca         “Veo las humanidades —prosigue con entusiasmo Brewer— como el centro de las artes liberales, en el sentido de que son una fuente fecunda de actividades intrínsecamente valiosas, capaces de hacer más profundas las vidas de quienes permiten que sus mentes se transformen gracias a las humanidades. Hacen más profundas las amistades, las relaciones sociales de vecindad, el amor y el matrimonio, las relaciones entre padres e hijos, los paseos por los bosques, las reflexiones tranquilas, la actividad expresiva y creativa, y la contemplación de los productos expresivos y creativos de los demás. Ha llegado el momento en el que podemos permitirnos democratizar esta forma de educación favorecedora de la vida. Si, por el contrario, optamos por convertirnos en un tipo de Esparta comercial, cuyo sistema educativo está guiado primordialmente hacia el incremento de la productividad económica, dejaremos a las futuras generaciones un entorno natural saqueado y un ambiente cultural muy degradado”.

imgres      La segunda estrategia para la defensa de las humanidades consiste en argumentar su importancia no en términos de productividad económica, sino —tal como ha hecho brillantemente Martha Nussbaum— por su contribución a la vida ciudadana. Nussbaum sostiene que las humanidades desarrollan las capacidades analíticas, la comprensión intercultural, el respeto mutuo y la preocupación por los necesitados que tan necesarios son en una sociedad democrática. A juicio de Brewer, se trata de un argumento débil no solo porque en nuestras democracias, regidas tantas veces por unas élites, nuestro papel se limita a votar cada cuatro años, sino también porque no está claro cómo las obras literarias y filosóficas pueden hacer que sus lectores se conviertan en mejores ciudadanos.

Pensar en libertad Jaime Nubiola EUNSA/Astrolabio 2007 Ilustración de la cubierta: El filósofo y sus alumnos, Willem Van der Vliet, 1626. (Brodie Castle, Escocia) Copyright 2007 Jaime Nubiola         Para Brewer —y para mí— la clave para la defensa de las humanidades se encuentra en comprender que quienes enseñamos humanidades lo que estamos enseñando verdaderamente es a ser mejores; se trata de una forma de pensamiento y de vida que procuramos compartir con nuestros estudiantes. En el fondo, esto no tiene nada que ver con prepararles para el éxito económico, social o político. Estamos persuadidos de que los profesores tenemos algo valioso que ofrecerles y que no pueden aprender en los más prestigiosos bufetes o en las empresas más competitivas por mucho dinero que se gane allí. No es solo que las humanidades sean placenteras, sino que son la puerta de entrada a una atractiva actividad vital de perfeccionamiento personal. Las humanidades impregnan nuestra vida de un hondo sentido vocacional que es potencialmente muchísimo más significativo que el comercio o la política.

 20141028_192148(1)        Por ejemplo, quienes nos dedicamos a la filosofía no centramos las horas de clase en tediosas explicaciones eruditas de abstrusas teorías, sino que aspiramos a articular unitariamente nuestro pensamiento y nuestra vida para introducir a nuestros alumnos en esa conversación multisecular que es la filosofía y así contagiarles realmente algo que podemos llamar una “forma de vida”. En mis cursos los estudiantes tienen que escribir a lo largo de cada semestre cuatro o cinco ensayos breves con su opinión sobre un tema determinado a partir de un texto común. Entregan sus ensayos en un día fijo y en la siguiente clase los devuelvo corregidos. Cuatro o cinco alumnos —seleccionados de antemano— leen sus textos en voz alta y son discutidos libremente por toda la clase. Puedo decir que, de vez en cuando, alguna tarde se produce “el milagro”: ¡estamos haciendo filosofía! Me siento particularmente recompensado cuando la discusión que surgió en el aula continúa entre los estudiantes en los pasillos y en la cafetería al terminar la clase. Los estudiantes se marchan de esas sesiones persuadidos de que han aprendido algo mucho más valioso que la pasiva toma de apuntes de una quizás imponente lección magistral.

lectora         Cada vez que unos estudiantes se lanzan a pensar y hablar por su cuenta y riesgo sobre un tema que les interpela personalmente, la filosofía vuelve a comenzar y con ella todas las humanidades, pues renace la humanidad. “Se dice que la universidad no es el mundo real —termina Brewer su artículo— y en cierto sentido estoy feliz en afirmarlo. […] La veo como un tipo de ciudad aparte con unos pocos miembros permanentes y una siempre cambiante ciudadanía de jóvenes. Cuando funciona bien, lo que sucede en esta polis es una intensificación de una forma de cultivo personal que ha de ser continua con la vida. […] Esta ciudad paralela proporciona un importante contrapeso a los efectos conformadores de la cultura que STTUARTsurgen de esa mezcla contemporánea de capitalismo corporativo y de tecnología de las comunicaciones. […] Sería una pérdida devastadora si rehiciéramos esta ciudad paralela de acuerdo con los valores dominantes de las corporaciones. Esto no significa que no debamos reconstruir esta ciudad paralela, pero debemos rehacerla a su imagen mejor”.

vectorstock_1036004         Mi experiencia de estos años en la Universidad de Navarra es muy reconfortante en este sentido. Imparto cada año un curso de claves del pensamiento actual a un centenar de alumnos —algunos de ellos muy brillantes— de Ciencias, Farmacia y Económicas. Siempre hay una docena de estudiantes que se sienten interpelados por ese modo de vida filosófico que trato de contagiar en mis clases. Ya solo por esos doce —y por el ensanchamiento de sus vidas que la filosofía les proporciona—, merece la pena la enseñanza de las humanidades. Esa ciudad aparte es lo mejor de nuestra sociedad: esa es verdaderamente la Universidad con mayúscula.

Pamplona, 31 de agosto 2016

Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones y sugerencias de Gloria Balderas, María Rosa Espot, Ángel López-Amo y Jaume Nubiola.

 

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16 respuestas a Las humanidades, una ciudad aparte

  1. Marta Vaamonde Gamo dijo:

    Jaime, el post me ha encantado porque creo que da con la clave de un problema académico que refleja un problema social: el enfoque mercantil que todo lo impregna. En ese orden de cosas, se piensa que las humanidades o bien contribuyen a la formación empresarial o no tienen sentido. (Habría que decir con Machado que solo el necio confunde valor y precio). Las humanidades, como señalas, enseñan a vivir con más profundidad, amplían la experiencia permitiéndonos apreciar aspectos de la vida que, de otra manera, resultarían desapercibidos. Ayudan a vivir como un ser humano despierto, que decía Aristóteles..

  2. Marta P. dijo:

    ¡¡Muchas gracias por el “post”!! Siempre me aportan algo y me “obligan” a reflexionar, así que esta vez voy a compartir mi reflexión:

    Considero que, además del resto de beneficios que tienen las humanidades, no se puede descartar en absoluto que produzca beneficios económicos grandes y a corto plazo y me sorprende que se siga dudando, esto no quiere decir que no coincida en que la economía no es lo único ni lo más importante, ahora bien, comer y tener cosas es algo bastante humano e imprescindible en algunos casos, por lo menos en lo de comer…

    Creo que el estudio de las humanidades genera beneficios económicos altos y rápidos, con el aliciente además de que estimulan el pensamiento crítico y la creatividad imprescindibles para crear oportunidades económicas.

    La ECONOMÍA viene a ser la ciencia que RESPONDE A las preguntas de de qué producir, cómo producir, para quién producir y cómo distribuir los beneficios teniendo en cuenta que los recursos son escasos; me parecen UNAS PREGUNTAS MÁS BIEN FILOSÓFICAS. La teoría de juegos, que se aplica bastante en economía, así como el liderazgo, la PSICOLOGÍA necesaria para coordinar equipos, seleccionar personal o tratar al cliente son conocimientos propios de humanidades. El MARKETING, que es ver qué necesita el mercado y ofrecérselo tiene bastante que ver con la psicología y la SOCIOLOGÍA. La PUBLICIDAD, que es saber vender, también está dentro del campo de las humanidades. Por eso siempre hay un riesgo en el lanzamiento de un producto, NINGUNA FÓRMULA MATEMÁTICA PUEDE PREDECIR EL IMPACTO DE UN PRODUCTO EN EL MERCADO.

    En el campo de la INFORMÁTICA: Hacer una aplicación, web, plataforma o programa intuitivo y con un diseño atractivo exige conocer al usuario final (que suele ser un humano), qué iconos asocia con qué acciones, qué colores resultan más llamativos, para qué y cuándo utilizará el programa, qué dudas va a tener y cómo resolverlas…

    También puedo señalar la importancia para el PIB del TURISMO cultural en muchos países, entre ellos el nuestro, imposible sin el mantenimiento, descubrimiento, saber explicar y exponer, investigar… la historia y el arte. Todo esto también se traduce en bienes económicos prácticamente inmediatos.

  3. Querida Marta,
    Me encanta tu defensa del valor económico del estudio económico. El punto central de mi artículo era quizá que defender las humanidades por sus ventajas económicas insertaba esa defensa en una cultura negadora de las humanidades al reducirlas a lo rentable. Sin embargo, en una concepción más amplia como la tuya defender esas ventajas me parece muy bien, aunque no sé si es convincente.

    Gracias por el comentario que me deja pensando. Un abrazo.

  4. Graciela Jatib dijo:

    Querido profesor:

    Me ha parecido impecable esa defensa apasionada de las humanidades en medio de un entorno cultural que ha arrasado con todos los resortes culturales para insertarlos dentro de la lógica descorazonada del mercado. La opción por las humanidades implica una postura apasionada ante la vida en coherencia con las ideas que se sostengan.

    Este proceso de mercantilización del saber ha alcanzado también a la enseñanza en la Argentina desde hace tiempo y es la causa de una mayor diferencia entre los que más tienen —y pueden acceder a mejores espacios de saber— y los que menos tienen, que no pueden obtener el saber porque no pueden comprarlo.

    Copio un párrafo de La condición posmoderna (1979) de Lyotard:

    “El antiguo principio de que la adquisición del saber es indisociable de la formación del espíritu, e incluso de la persona, cae y caerá todavía más en desuso […] El saber es y será producido para ser vendido, y es, y será consumido para ser valorado en una nueva producción: en los dos casos para ser cambiado. Deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su valor de uso. Se sabe que el saber se ha convertido en los últimos decenios en la principal fuerza de producción, lo que ya ha modificado notablemente la composición de las poblaciones activas de los países desarrollados, y que es lo que constituye el principal embudo para los países en vías de desarrollo […] el saber ya es, y lo será aún más, un envite mayor, quizás el más importante, en la competencia mundial por el poder”.

    ¡Excelente artículo!

  5. Despree dijo:

    Hay algo de confusión en torno a las humanidades, porque son una parte de la cultura y también la física o la economía son parte de la cultura. Tal vez podemos resumirlas como los conocimientos que forman la personalidad de un individuo integrado en una determinada cultura. Ser humano no es sinónimo de ser “bueno”, sino más bien “culto”, sea cual sea su cultura.

  6. Pingback: Las humanidades, una ciudad aparte – doctoramonicademolina

  7. Despree dijo:

    También hay una cierta confusión en los contextos. Al mercado en sí mismo no se le puede reprochar que comercie con todo de lo que se pueda obtener beneficio, porque esa es su substancia. Es la política la que debe regular los límites y la religión u otras instituciones laicas defensoras de la moral social y los derechos humanos quienes deben orientar a los políticos. El problema surge cuando los políticos son en realidad comerciantes y los moralistas políticos, como estamos viendo en EEUU. Un abrazo

  8. Clarividente! Otro abrazo!

  9. JOSE LUIS GIL DE PAREJA OTON dijo:

    Siempre puedo sacar un ratico para leerte y, créeme, nunca me arrepiento de hacerlo. Un abrazo muy fuerte.

  10. Pingback: Las humanidades, una ciudad aparte | Artículos del Club Sénior

  11. Ana Gil de Pareja dijo:

    Estimado profesor,

    Suelo disfrutar mucho de sus escritos, pero esta vez me animo, voluntariamente, a compartir con usted un pensamiento propio sobre este asunto. Las humanidades parecen encontrarse en declive, y al igual que usted y otros muchos, siento la responsabilidad de “resucitarlas”, de darles una nueva vida en un mundo en el que se insiste en su inutilidad. Recuerdo siempre una frase a la que recurro al tratar estos temas: “no existen libros clásicos, sino lectores clásicos”. Nos hemos acostumbrado a la presencia de grandes obras de la literatura desde hace siglos y siglos, y puede que también nosotros, los humanistas, nos hayamos estancado en aquellos tiempos. Vivimos enamorados de la literatura, la música, la filosofía o la historia, pero guardamos estas maravillas para nosotros y quizá no las hemos sabido transmitir. Hemos llegado a unos pocos, ¡pero habría que llegar a tantos otros…!

    ¿Cuál es nuestro problema? ¿No sabemos comunicar? Una gran cuestión de las humanidades es que la transmisión del saber no puede darse de manera pasiva, sino que tiene que haber una actividad propia, interior. Tiene que encenderse el deseo de querer algo más, una llama que pide a gritos escuchar a muchos, leer a muchos. La pasividad no puede ser fuente de saber, para vivir nuestra propia vida hay que vivir otras vidas, y en eso consisten las humanidades, ¡en vidas de humanos! ¿Qué ser humano puede comprenderse a sí mismo sin recurrir a otros? Necesitamos las humanidades para entendernos a nosotros mismos. Ningún ser humano puede vivir ni actuar sin tener un marco de referencia que tiene que usar en todas sus actividades tanto básicas como intelectuales. Diría Ortega y Gasset en su obra Misión de la Universidad que “quien vive sin cultura vive por debajo de su auténtica vida, por lo que acaba por desvivirla”. ¿Podemos permitir los humanistas que se desvivan millones de vidas en las futuras generaciones?

    No podemos, claro que no podemos. Sin embargo, ¿cómo podemos evitarlo? ¿Qué podemos hacer hoy, ahora, en nuestro presente? En Italia, por ejemplo, invierten para fomentar la cultura: quinientos euros para cada joven de dieciocho años que pueden emplearse en museos, teatros, conferencias, cines, etc. ¿Acaso en España se ha propuesto algo parecido? O véase nuestro sistema educativo, en el que la filosofía es materia opcional únicamente para los que escogen el itinerario humanístico. ¿Debería ser el pensamiento algo que se elige? ¿Los jóvenes pueden elegir pensar o no pensar? El que haga de las letras su vida debería sentirse ciertamente responsable de la situación. Aristóteles, Cervantes, Miguel Ángel o Picasso nos dejan en sus manos todo un tesoro, un legado que depende completamente de nosotros. Pero no sólo para conservarlo, sino para crecer, para avanzar. Creemos asignaturas de grandes libros. Invirtamos en cultura. Invirtamos en grados de humanidades. Invirtamos en comunicación. Formemos humanistas. Formemos grandes lectores. ¡Soñemos en grande!

  12. Mi querido y “viejo profesor” José Antonio Palacios me escribe:

    Querido Jaime: Me llega tu post de octubre cuando estaba releyendo Las humanidades, una ciudad aparte. Y se me ha presentado en la memoria uno de esos recuerdos que se quedan grabados sin saber bien por qué. Sostienes que frente a la creciente mercantilización de la Universidad, en la enseñanza de las humanidades lo que verdaderamente hay que enseñar, y estáis enseñando, es «a ser mejores». Y entiendo que tienes toda la razón..

    Pero el recuerdo es este: Estaban entrevistando en televisión hace muchos, muchos, años a Pepín Fernández, creo que así se llamaba, el creador de Galerías Preciados, anteriores al imperio de El Corte Inglés. El entrevistador estaba encomiando el indudable éxito comercial del entrevistado. Y solo recuerdo que Pepín Fernández dijo estas palabras: En la vida «el obrar bien es rentable».

    Mi conclusión, que los años han convertido en convencimiento, es que el «ser mejores», o sea, el «obrar bien», no solo hace más felices a las personas, sino que termina produciendo más beneficios en todos los órdenes de la vida.

    Y me atrevo a añadir que si por ser mejor y obrar bien, el comerciante no ha puesto como fin último de su vida el beneficio económico, incluso el beneficio económico puede ser mayor, como me parece que quiso decir Pepín Fernández.

  13. Muchísimas gracias, José Antonio por tu sabio comentario. Veo en el obituario de Pepín Fernández en ABC, del 17 de diciembre de 1982, que precisamente ese era el lema de su vida:

    http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1982/12/17/032.html

  14. Pingback: Sí a las humanidades – Prácticas Literarias

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