5        Al terminar el curso académico y todas sus tareas, las clases, los exámenes, las actas y demás detalles administrativos, me gusta hacer balance de lo que ha salido bien en las asignaturas que he impartido y de lo que debería haber salido mejor. Para esas cosas que podrían haber ido mejor, intento identificar algunas medidas que puedo adoptar para el curso siguiente de forma que, si es posible, mejore la eficacia de la docencia: cambios en la programación, introducción de nuevos temas, etc.

Evaluacion-de-profesores-a-traves-del-lenguaje-no-verbal-Club-del-Lenguaje-No-verbal         Normalmente aprendo mucho de los comentarios de los estudiantes, de sus evaluaciones y también de sus sugerencias, que pueden ir desde contar con un segundo micrófono en clase para las preguntas de los alumnos hasta ser más respetuoso a veces en mis comentarios. Cada año pienso que lo más importante en que debo mejorar es en la amabilidad con los estudiantes: ser amable y atento siempre y con cada uno de ellos, pues no siempre consigo atender pacientemente a todos, a sus preguntas fuera de clase o a sus eventuales reclamaciones.

20140902_181000       Sin duda, no hay lugar ya en la universidad española para aquella figura mítica del catedrático déspota y arbitrario —que quizá realmente nunca se dio—, como tampoco nuestros estudiantes son los de la Casa de la Troya. Todo lo contrario. Al menos en mi Universidad recibimos unos alumnos realmente excelentes tanto por sus dotes intelectuales como —lo que a mí me resulta todavía más llamativo— por sus condiciones personales. En particular, me impresionan en este sentido las alumnas y los alumnos que vienen de otros países: desde Guatemala hasta Ucrania, pasando por Grecia, Panamá o Perú. De todos esos lugares —y de tantos otros— he tenido este año estupendos alumnos llenos de ganas de aprender.

image1         Al hacer balance del año y ver en qué puedo mejorar caigo en la cuenta de que puedo ser mucho más amable con todos y con cada uno, que no puedo permitirme una mala respuesta en un momento de cansancio, o que no puedo dejarme arrastrar por las prisas o por mi ocasional “furor pedagógico”. Me parece que mis estudiantes, sin darse cuenta ni pretenderlo, me han dado en estos años lecciones de amabilidad a las que he procurado corresponder siempre que he podido.

         La amabilidad no está reñida con la exigencia académica; más bien al contrario. Cuando los estudiantes se sienten respetados y queridos entonces es cuando el campo está 1960sMunsterearly1960s-Copy_zps95fe6ee1dispuesto para la siembra. Viene a mi memoria aquello que contaba el profesor Joseph Ratzinger en una entrevista sobre su experiencia docente: «Durante las clases, el mejor momento es cuando los alumnos dejan a un lado el bolígrafo y se ponen a escuchar. Mientras van tomando apuntes sobre lo que dices, es señal de que lo estás haciendo bien, pero no les has sorprendido. Cuando dejan de escribir y fijan en ti su mirada mientras hablas, entonces quiere decir que a lo mejor has logrado llegar a su corazón».

image4 (1)         La exigencia y la amabilidad parecen dos polos opuestos y, efectivamente, en algún momento o en algún caso, puede haber una tensión entre ambas. De los dos me parece que siempre debe dominar el polo de la amabilidad porque estimula el progreso académico de los alumnos y su crecimiento personal, mientras que la exigencia descarnada —sin corazón— crispa a los alumnos y a la larga erosiona por completo la vocación del profesor.

         Esa exigencia sin alma que alguna vez puede afectar a un profesor no george-steiner-lecciones-de-los-maestros-ed-siruela-l49-744801-MLA20415242987_092015-Oes otra cosa, en última instancia, que una forma oculta de arrogancia. Viene al caso la pregunta que me hizo hace unos pocos días un profesor joven en una sesión de formación docente sobre cuál era el consejo más importante para quien comienza su vida académica. Le respondí que para mí lo más importante es la humildad, que es precisamente una forma de la amabilidad. Le recordé aquel dicho —que menciona George Steiner en sus Lecciones de los maestros— del famoso rabino Jacob Yitzakh, al consolar a otro rabino poco afortunado con sus estudiantes: «Vienen a mí porque me sorprende que vengan, y no van a ti porque a ti te sorprende que no vayan». Concluye Steiner: «Aquí se encierra la clave de toda enseñanza por medio del ejemplo».

taza-chula-gracias-profe         Los profesores enseñamos mucho más por lo que somos y por lo que hacemos que por lo que decimos. De ahí que la amabilidad del profesor sea una de las claves decisivas de la enseñanza.

Pamplona, 27 de mayo del 2016

P. S. Agradezco las ilustraciones de Jacin Luna y las correcciones de Gloria Balderas, Fernando Batista, María Rosa Espot, Gabriel Miquel, Jaume Nubiola y Moris Polanco.

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8 respuestas a La amabilidad del profesor

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  3. Me escribe José Antonio Palacios, mi sabio y querido profesor de “Lengua española”, maestro también en amabilidad:

    “La amabilidad es condición siempre estimable. En la relación profesor-alumno [mi experiencia está centrada en el ámbito anterior al universitario], el trato amable podría describirse con rasgos de este estilo:

    El profesor amable quiere al alumno porque es alumno, y se propone conseguir que este alcance un saber determinado. El profesor propone y acuerda amistosa y confidencialmente con el alumno, un proceso de aprendizaje que le llevará al éxito. El alumno percibe que el profesor confía en él, le cree capaz de alcanzar el éxito y le ayuda siempre. El alumno ve que el profesor se interesa y se alegra por el primer esfuerzo del alumno, y por cualquier avance si lo hubiere. El alumno sabe que, ante cualquier duda, cuenta con la ayuda amable del profesor. Nota, tal vez por un pequeño gesto de complacencia, que el profesor está atento al trabajo del alumno. Advierte que el profesor se alegra con él y espera y le anima a dar un paso más. Se siente estimulado cuando el profesor le reconoce su trabajo, mostrándole los pequeños éxitos, grandes o pequeños, que va alcanzando. La sincera y amable confianza demostrada por el profesor es la mejor motivación para el alumno. Etc.”

    Cuánta sabiduría en tan pocas líneas! Un gran abrazo,

    Jaime

  4. Graciela Jatib dijo:

    Creo que esta reflexión tan bonita es una invitación al compromiso profundo con el ser docente, para el que no basta un profesor que sepa mucho sino uno que sepa llegar al corazón de sus alumnos con la ejemplaridad de una vida auténtica y abnegada. Los jóvenes están hartos de la hipocresía del mundo adulto.

    Recuerdo ahora uno de los planetas a los que viaja el niño protagonista de El Principito y su diálogo con aquel hombre importante, que se creía dueño de las estrellas, ¡porque a nadie antes se le había ocurrido apropiarse de ellas! El niño simplemente le pregunta si a las estrellas les hacía algún bien, poseyéndolas. Creo que por este camino se podría encontrar algún indicio del ser docente.

    El replanteo permanente debería consistir en averiguar cuánto bien somos capaces de hacer a esas cabecitas que nos interpelan desde sus asientos, descubriendo en nosotros mucho más que un ser con montañas de conocimientos; qué pequeños y qué vacíos resultamos ante ellos, aunque estemos atragantados de saberes, si hoy les hemos mirado con indiferencia y descompromiso, si no hemos podido percibirlos en su condición de seres humanos antes que en su condición de sujetos que deben aprender.

    Recuerdo aquella expresión de Miguel Ángel Santos Guerra: “El ruido de lo que somos como educadores penetra en los oídos de los alumnos con tanta fuerza, que les impide escuchar lo que les decimos”.

    Un abrazo, profesor! Sabia reflexión, una vez más!

  5. Muchísimas gracias, querida profesora Jatib, por este espléndido y experto comentario con el que estoy del todo de acuerdo una vez más. Un gran abrazo.

  6. Elena Goñi dijo:

    Muchísimas gracias. Me ha ayudado mucho.

  7. Jaime Despree dijo:

    La misma semántica de la voz “Amable” sugiera la predisposición a ser “amado”, pues solo podemos amar lo que es amable.

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