Pensar la vida

12. CSP old     Charles S. Peirce —el científico y filósofo norteamericano al que he dedicado mucha atención en los últimos veinticinco años— consideraba muy difícil decir cuál era la verdadera definición del pragmatismo: “para mí es una especie de atracción instintiva por los hechos vivientes”. A mí —como a Peirce— me pasa lo mismo: me llaman siempre la atención los hechos vivientes y, sobre todo, lo que me fascina es reflexionar sobre lo más vivo; unas veces intento pasar —en términos de Eugenio d’Ors— de la anécdota a la categoría, otras articular lo que pienso y lo que vivo mediante la escritura para así iluminar la vida por medio de la teoría.

180_rorty        Quizá por este motivo llamaron poderosamente mi atención los testimonios de varios filósofos compilados en un número reciente de los Proceedings and Addresses of the American Philosophical Association en los que relataban con cierto detalle su trayectoria intelectual. Por ejemplo, Amelie Rorty escribía: “He llegado a pensar que enseñar filosofía es esencial para hacer filosofía bien. Nuestros estudiantes —especialmente los de cursos introductorios— nos ayudan a ser honrados. Nos recuerdan por qué hacemos filosofía y de qué va eso”. Estoy del todo de acuerdo. Y unas páginas más adelante, al referirse a algunos colegas a los que admira, señala: “Eran filósofos que habían viajado y que conocían mucha historia, que leían novelas, miraban cuadros, escuchaban música y pensaban sobre política; eran filósofos para quienes no había distinción entre su vida y su pensamiento filosófico”. [PDF]

    imgresPienso que así se ha hecho siempre la mejor filosofía. Frente al superespecialismo estéril de algunos colegas y frente a la fácil charlatanería de otros, es posible pensar un camino más modesto para una filosofía educadora de la humanidad, una filosofía que se ocupe de los problemas de los hombres y mujeres reales y trate de hacer más razonable la convivencia en nuestra sociedad. John Dewey escribió en The Need of a Recovery in Philosophy urlque “la filosofía se recupera a sí misma cuando deja de ser un recurso para ocuparse de los problemas de los filósofos y se convierte en un método, cultivado por filósofos, para ocuparse de los problemas de los hombres”. Con Hilary Putnam —quizás el mayor filósofo vivo en la actualidad— me gusta recordar a menudo “que los problemas de los filósofos y los problemas de los hombres y las mujeres reales están conectados y que es parte de la tarea de una filosofía responsable lograr esa conexión”. Este y no otro es para mí el papel de la filosofía.

         Se dice a veces que el rasgo más característico de la juventud de hoy es la superficialidad. No estoy seguro de que sea así. Más bien los veo como consumidores explotados bajo el imperio de una sociedad comercial. Lo que sí compruebo a diario es que tanto jóvenes como adultos tienen miedo a pararse a IMG_4253pensar: “Quien piensa se raya” dicen a veces. En su magnífica novela En lugar seguro, Wallace Stegner escribe que llevar un diario en sus años universitarios habría sido como tomar notas mientras se baja en un tonel por las cataratas del Niágara: “En nuestra vida no había grandes acontecimientos, pero nos arrastraba”. Lo mismo —me parece a mí— les pasa a muchos hoy: su vida es arrastrada por los móviles, las redes sociales y las pantallas de todo tipo que solicitan constantemente su atención y a menudo anestesian su capacidad de reflexión.

        “La filosofía es teoría que ilumina la vida”, tuiteaba uno de mis alumnos del Acción Poéticapasado curso y me alegraba comprobar que al menos uno había captado y expresado lo que quería decirles. Frente a la filosofía moderna que privilegió unilateralmente la razón y frente al irracionalismo nietzscheano postmoderno que presta atención solo a los efímeros impulsos vitales, lo que nuestro tiempo necesita es intentar articular las aspiraciones teóricas más abstractas con las necesidades humanas más prácticas.

         Pararse a pensar es el primer paso —el motor de arranque— de la vida intelectual. La segunda etapa es aprender a escuchar a los demás y a decir lo que uno piensa, sea de palabra o por escrito. La tercera —que dura toda la vida— consiste en empeñarse en vivir lo que uno dice. Pensar lo que uno vive, decir lo que uno piensa, vivir lo que uno dice: esto que parece un trabalenguas es —me parece a mí— el motor de la vitalidad interior.

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         Merece la pena empeñarse en ello. A fin de cuentas, lo que nuestra vida necesita es, sobre todo, pensamiento, teoría, que la haga más razonable. Siempre se puede pensar más y eso nos ayuda a vivir mejor.

En tren de Pamplona a Barcelona, 22 de diciembre 2015

Agradezco los comentarios y sugerencias de Gonzalo Beneytez, Carmen Camey, Mª Rosa Espot, Alina Jara, Joaquín Rodríguez Alonso y mi padre Jaume Nubiola. Agradezco a Jacin Luna su ayuda con las ilustraciones.

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3 respuestas a Pensar la vida

  1. Estimado profesor:

    Me ha gustado especialmente la expresión “me fascina reflexionar sobre lo más vivo”; eso habla de un saber que palpita con la vida misma y que no descansa en su afán de comprender, al tiempo que vivencia y capitaliza cada experiencia.

    Leyendo un libro sobre Víktor Frankl (Joseph Fabry, Tras las huellas del logos,2002) me parece muy oportuna la conexión entre la tercera etapa de la vida intelectual —empeñarse en vivir lo que uno dice (¡qué difícil propósito este de lograr coherencia!)— y la siguiente idea que aparece ya en el epílogo de este libro:

    “Esto significa que la orientación de su Deber debe ser interpretada desde su Ser. En este contexto Víktor Frankl se remite a la maravillosa expresión de Máximas y Reflexiones de Goethe: ¿Cómo puede uno conocerse a sí mismo? Nunca por observarse, pero ciertamente por la acción. Trata de cumplir con tu deber e inmediatamente sabrás lo que eres. Mas, ¿cuál es tu deber? La demanda del día. Esta responsabilidad del ser humano no permite postergación alguna, porque la vida es limitada por la muerte”.

    Gracias por estas palabras, comenzaremos el año intentando el difícil camino de la coherencia entre el pensamiento y la acción. ¡Un fuerte abrazo!

  2. Me encanta, Graciela, tu comentario defendiendo la articulación inteligente de pensamiento y vida en el cumplimiento del deber cotidiano. Ese deber nos obliga a vivir y pensar en el presente, a actuar inteligentemente en nuestra vida diaria y en la relación afectuosa con los demás. Un abrazo de año nuevo.

  3. Pingback: Pensar la vida | Artículos del Club Sénior

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