El menosprecio de la maternidad

imgres         Me ha deslumbrado la lectura del libro de Carolina del Olmo ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista (Clave Intelectual, Madrid, 2013), que me recomendó Philip Muller hace unos días. Se trata de una filósofa madrileña que se lanza a pensar con valentía acerca de la maternidad a raíz del nacimiento de su primer hijo en el año 2009. En nuestro contexto cultural no es fácil reflexionar creativamente sobre un elemento tan central de la vida humana como es la maternidad. “Los aspectos de las cosas que nos son más importantes —escribió Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas (1953)— nos están ocultos por su simplicidad y familiaridad. (Uno es incapaz de advertir algo porque lo tiene siempre delante de sus ojos)”.

         El libro ¿Dónde está mi tribu? se ocupa esencialmente de la no fácil acogida de la 1291632371_0maternidad en nuestra sociedad y de la falta de apoyo que casi siempre padecen las madres. Tiene páginas divertidas como las dedicadas a los libros de autoayuda y a los consejos de los “expertos” sobre la lactancia, el sueño de los bebés y tantos otros aspectos de la crianza en los que la sabiduría tradicional de las matronas se ve perturbada a menudo por supuestos “avances científicos”.

         En última instancia, se trata de un libro revolucionario porque defiende el cuidado comoCopia-de-Carolina-del-Olmo-300x199 un elemento central de la experiencia humana. “El derecho a cuidar que defiende —me escribía Philip Muller— inspira toda una acción política”. Ha llamado mucho mi atención esta reflexión sobre la maternidad y la denuncia de su pobre acogida en nuestra sociedad porque introducen en nuestro horizonte la “lógica del don” que tanto contrasta con la “lógica del interés”, con el egoísmo individualista tantas veces predominante en nuestra cultura occidental.

         Carolina del Olmo denuncia una ideología “que se adapta como un guante a nuestra permiso-por-paternidad_articulo_landscaperealidad económica y social y que esconde un profundo desprecio por la maternidad y los cuidados. La cultura hedonista de los solteros no solo defiende la libertad y la movilidad del comprador y ensalza las virtudes de la independencia y la realización personal, sino que además vincula ese desarrollo individual con el ocio y el consumo por un lado, y con la carrera profesional o el trabajo remunerado por el otro. En esta visión del mundo triunfante, la maternidad solo puede aparecer como esclavitud o como autorrealización narcisista o […] también como una extraña mezcla de las dos” (p. 95). Por supuesto, la actitud indolente de tantos varones, novios y maridos, refuerza este enfoque negativo.

         Con frecuencia compruebo algo de esto cuando hablo con los estudiantes que terminan la carrera y les pregunto por sus planes de futuro. La mayor parte de los varones incluyen en su horizonte vital el llegar a formar una familia y tener hijos, mientras que a menudo muchas mujeres me dicen —para mi sorpresa— que no saben si quieren casarse y, en el caso de que se casen, no saben si quieren o no tener hijos. Una variante es la de aquellas que dicen que les gustaría tener un hijo o una hija, pero lo que no quieren es cargar con un marido para toda la vida.

espejo-maternidad-klimt-L-tkC2KI         Me impresiona este menosprecio de la maternidad en la imaginación de tantas jóvenes. En particular, me duele cuando a veces compruebo que han aprendido esa actitud de sus madres: “No seas tonta, no tengas cinco hijos como yo —le decía delante de mí una madre a su hija menor—. ¡Vive tu vida, disfruta, viaja!”. Como me escribía Enrique García-Máiquez, esa actitud “es un ejemplo perfecto de lo poco que se piensa (y se siente) cuando se delega en el pensamiento dominante”. También me apenan aquellos que se casan y dicen que “al menos por ahora” no quieren tener hijos, pues prefieren viajar y divertirse —”vivir la vida”— mientras sea posible. La renuncia a la maternidad o su indefinido retraso, ¿no pueden ser muestras del síndrome de Peter Pan, que lleva a querer permanecer eternamente niños? Me parecen, además, un verdadero fracaso de la humanidad, carcomida por un rampante egoísmo consumista.

        Carolina del Olmo concluye su libro invitando a “repensar el papel que ocupa la maternidad en nuestra sociedad y cómo queremos vivirla. Re-socializar la maternidad, socializarla en otras condiciones más favorables, es lo contrario tanto de la reclusión neorromántica como de la externalización del cuidado. Es conseguir que los cuidados pasen a ocupar el centro de la vida política y económica” (p. 219).

52929e104560a         Estoy del todo de acuerdo con ella. Y me gustaría añadir que cada vez que una mujer y un varón deciden tener un hijo esa decisión suya es siempre una nueva victoria para la humanidad: la maternidad (y la paternidad) como muestra suprema de la donación es la máxima plenitud del ser humano.

Pamplona, 2 de junio de 2015

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9 respuestas a El menosprecio de la maternidad

  1. Me escribe Ceci A. desde Buenos Aires:

    Muy lindo, Jaime, pero los hombres dicen que quieren tener hijos porque para ellos siempre es mucho más fácil: no se van a ocupar de los cuidados como lo hace una madre, no van sentir que el hijo arrasa con todo porque a ellos se les permite irse, trabajar y porque todavía subsiste el concepto de que el padre “ayuda” y no es 100% padre como lo son las madres. Las mujeres se cuestionan tener hijos porque ser madre es tremendo, es hermoso, sí, pero extremadamente demandante en un contexto como el actual en el que si bien al hombre se le permite sólo ayudar, a la mujer también se le exige trabajar y pagar las cuentas, el trabajo, entonces, es doble: se nos exige socialmente ser buenas profesionales y obvio ser buenas madres, mientras que si un hombre se desentiende todo el día del bebé y vuelve y lo baña ahí todos los aplauden y dicen mirá cómo evolucionó la paternidad, el hombre ahora también cuida a los hijos, cuando en realidad, es sólo una ayuda y no una donación como la de las madres. Lamentablemente, pocos piensan que vivir la vida y disfrutar es también ser madre.

    • Magdalena dijo:

      No estoy de acuerdo con esto. La mayoría de los hombres hoy en día son tan emancipados como las mujeres o tan poco, depende como lo miras. Te lo dice una madre joven con varios hijos. He visto muchos hombres tan o más implicados en el hogar y hijos que las mujeres. Esto más del sexo depende de la madurez de cada uno. Una madurez escasa tanto en hombres que en mujeres, esto lo admito. Mi marido ha tenido que mover montañas para responder como padre, esposo y trabajador, igual que yo. Algo que pocos perciben.

      Esto es además muy importante para mantener una relación sana de una pareja. Si uno se carga con todo, esta relación seguro que termina desequilibrada. Se trata de elegir bien a tu novio/a y tener claro desde un principio lo que buscas en tu pareja.

  2. Y Marce C. desde Viña del Mar, Chile:

    Qué pena no tener ahora la oportunidad de conversar un rato contigo, porque este post me sugiere un montón de sentimientos, ideas, argumentos. ¡Me sentí tan identificada con lo que expones! A veces, me doy cuenta de que la maternidad es lo que me salva todos los días de ser un poco menos egoísta.

    Es la historia de mis últimos 14 años de vida, desde que descubrí mi primer embarazo y supe lo que era tener miedo, porque la tarea me quedaba demasiado grande. Y la primera vez que crucé mi mirada con la de mi hija mayor y supe lo que era ser valiente, porque a pesar del miedo, ninguna tarea sería más importante que cuidarla a ella y a cada uno de los 5 hermanos que la han seguido. Y con cada uno de ellos he ido creciendo un poquito más y, sin duda, ha ido creciendo el mundo en humanidad.

    Desde la perspectiva socio-cultural, pienso que los hombres (los varones) tienen una buena cuota de responsabilidad en que las mujeres no quieran ser madres. Si las tratan como objeto de su deseo y luego las dejan solas… No es tarea para una sola; hacen falta, ¡y mucho!, dos: padre y madre. Pero es un triunfo del materialismo imperante que hoy la familia no sea más que un producto de consumo, que se toma según capricho, se usa y, después, se tira.
    En fin, como ya dije más arriba son muchas las ideas que se me ocurren. ¡Y me gustó mucho la cita de Wittgenstein!

  3. Pingback: El menosprecio de la maternidad | Artículos del Club Sénior

  4. Cuando leí el texto sobre el menosprecio de la maternidad en esta época, inmediatamente me acordé de un mito sobre el amor materno que, para mí, explica de manera conmovedora su sentido y significado. Este mito relata que en el comienzo de los tiempos los hombres no enfermaban, no envejecían ni morían ya que, al llegar a cierta edad, acudían a bañarse a un río cuyas aguas les arrebataba la piel vieja, sustituyéndola por una nueva. De esta manera, los hombres visitaban asiduamente un torrente de agua que les aseguraba la juventud eterna. Y esto sucedía recurrentemente hasta que, cierta vez, acudió una joven madre al río, se bañó en sus aguas y su piel fue cambiada por otra más joven y fresca. Cuando volvió a la casa pasó algo inesperado: su pequeño hijo lloró de manera desesperada porque no supo reconocer en esa mujer de piel tersa a la madre que había visto partir hacía sólo un momento. Enloquecida de dolor, teniendo ante sí a ese hijo que la miraba como a una extraña, la joven corrió al río, se sumergió en sus aguas y recuperó su vieja piel. Y el mito concluye diciendo que “de esta manera, la enfermedad, la vejez y la muerte se introdujeron en el mundo”.

    Independientemente de que en esta nueva construcción mitológica armada por varones, la mujer sigue siendo la responsable del mal en el mundo, creo que el mito deja evidente que, para las mujeres, hay algo más importante, incluso, que el amor a la vida: el amor a los hijos. No sé bien si este menosprecio por la maternidad es una característica de esta época, si es un emergente de una cultura narcisista, si es el indicador de un ser humano que desea permanecer en una eterna adolescencia pero sí creo que detrás de cada hombre humillado, interiormente mutilado, menospreciado, lleno de heridas, profundamente triste, con un gran vacío existencial, siempre hay un niño que añora a esa madre que sabe dar la vida por el hijo que ama. Por eso me encantó el final de este artículo:” la maternidad (y la paternidad) como muestra suprema de la donación es la máxima plenitud del ser humano”.

    Me gustó mucho este artículo, profesor. Gracias por hacer que las que somos madres repensemos nuestro rol desde el amor y la entrega.

    • Muchísimas gracias por tu maravilloso y experto comentario. La revolución está en poner el cuidado de los demás en el centro de nuestras vidas y en esto las madres estáis en la vanguardia!

  5. Me escribe mi viejo y sabio profesor José Antonio Palacios:

    Cuánto habría que hablar de todo ello. Me ha llamado la atención la denuncia de “la no fácil acogida de la maternidad en nuestra sociedad”. El ser humano aspira a encontrar la felicidad, pero con bastante frecuencia se equivoca de camino. Error personal o error propio de la “cultura” imperante.

    Hay hoy una “cultura” imperante que podría denominarse “inmediatismo”, y que podría representarse con supuestos actuales: La noticia instantánea del WhatsApp; la petición inmediata por c.e.; el crédito ¡ya! para la moto del mozo; la filosofía Twitter (el libro es muy largo); la TV pantalla curva ¡ya!; el Egipto de los faraones, sin falta en el primer permiso; etc. Es decir, “la felicidad, ¡ya! Aunque sea bueno todo ello, podríamos calificarlo de intrascendente y sustituible..

    Pero en los momentos fuertes de la vida, la familia es considerada siempre como uno de los bienes más preciados e insustituibles. Y la existencia de la familia no se consigue ¡ya!: requiere unos años de paciencia, algunos sacrificios y muchas alegrías, por lo que, si se quiere gozar de la familia, conviene empezar pronto, y no perder tiempo con esas otras satisfacciones inmediatas.

    Creo, por otra parte, que “el cuidado como un elemento central de la experiencia humana” es, sobre todo, un elemento central, especialmente de la femineidad. Por eso, el menosprecio de la maternidad (¡el cuidado de la vida!) me resulta menos comprensible en el caso de la búsqueda de la felicidad por parte de la mujer.

  6. Laura dijo:

    Querido Jaime:

    desde Barcelona una mamá de tres pequeños -alumna suya- también se ha sentido conmovida por este artículo. Es el eterno tema que ronda a diario mi cabeza cada vez que me preguntan por la calle “¿son todos tuyos?” Y solo son tres… hoy en día, parece que tres son ya demasiados y que por lo menos somos unos locos, o quizás unos fanáticos religiosos. Nada de eso: algo tan natural como que un padre y una madre deseen tener hijos.

    Es una cuestión muy compleja porque se ha dejado de valorar el cuidado del otro, la entrega por el otro. Yo estoy dedicada a la maternidad prácticamente al completo, aunque no he dejado de lado mi formación ni algún pequeño trabajo que realizo en las siestas de los niños y en las horas que ya descansan ellos y nosotros todavía no, y veo lo que ganamos toda la familia con esta decisión. Los niños viven en un ritmo mucho más adaptado a ellos desde que nacieron, la armonía familiar es grande.

    Es verdad que para los hombres siempre ha sido más fácil tener hijos que para las mujeres, porque nosotras tenemos que poner el 100% en ellos de modo directo, y ellos también el 100% pero no de modo tan directo. Aunque mucha gente aboga porque el papá esté tan involucrado como la mamá en absolutamente todos los aspectos de la crianza, yo veo lógico que las mujeres pongamos mucho más porque tenemos otras capacidades. Primero, desde que nos embarazamos somos ya toda atención por el niño que crece dentro. Cuando nace, un puro desvelo por él, y él, además, lo que más desea es estar pegado a mamá. También a papá, por supuesto que sí, pero de un modo especial a mamá. Las mujeres tenemos -y no por casualidad- más capacidad para la ternura, para la empatía, una gran intuición para advertir las necesidades anímicas y espirituales de quien tenemos delante, una gran afectividad -que es lo que más necesita un niño pequeño: afecto afecto y afecto, digamos: amor y amor-, y mayor delicadeza. No quiero decir que los hombres no tengan estas cualidades, las tienen, por supuesto, pero están muchísimo más acentuadas por lo general en las mujeres, y de esto no hay que hacer un problema sino una gran virtud y alegría.

    Muchos días cuando voy en el autobús, o en la panadería, con mis tres pequeños -y son muy pequeños- me dicen con tristeza: “pero si estás en lo mejor de la vida” y yo les digo: “lo mejor de la vida, para lo mejor de mi vida”.

    Y tan feliz.

    Gracias por su artículo y por la gran sensibilidad que muestra hacia este tema.

  7. Querida Laura,

    Tu comentario con tu gozoso testimonio de la maternidad me ha emocionado: frente al menosprecio de la maternidad el “confiado orgullo” —no sé si es la palabra— de que ser madre y vivir como tal es una de las cosas mejores de la vida.

    Un gran abrazo,

    Jaime

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