El lío de las interrupciones

Unknown    En mis vacaciones estoy leyendo con interés el libro Quiet de Susan Cain, cuyo subtítulo en castellano es El poder de los introvertidos en un mundo que no puede parar de hablar. Se trata de una documentada defensa del trabajo personal en soledad frente a las modas en boga del brainstorming, el trabajo en grupo, etc. Me lo recomendó mi antiguo alumno Urko Esnaola, experto en robótica e introvertido como yo.

    Ayer en mi lectura llamó mi atención el resultado de un estudio norteamericano llevado a cabo entre 38.000 “trabajadores del conocimiento” de diferentes sectores: se descubrió que el simple acto de ser interrumpido es una de las mayores barreras para la productividad. BibliotecaEstoy del todo de acuerdo. Para mí trabajar es, sobre todo, escribir, y para llevar a cabo esa tarea necesito concentrar en ella toda mi atención: ni emails, ni whatsapps, ni llamadas, ni visitas, ni siquiera música, salvo que sirva para apagar ruidos indeseables. De ordinario, para lograr ese aislamiento me refugio en mi cubículo de la espléndida biblioteca de mi universidad, donde puedo concentrarme sin interrupciones por espacio de 4 o 5 horas seguidas.

FIC998HAB40    Me han contado que santa Teresa de Lisieux mientras escribía su maravilloso libro Historia de un alma se encargaba de atender la portería de su convento. No sé si tendría allí mucho trajín, pero ella se decía a sí misma: “Elijo que me interrumpan”. Estoy seguro de que ya solo por eso mereció ser una gran santa.

   Aparte del trabajo de escritura en la soledad acompañada de la biblioteca, invierto bastantes horas a la semana en mi despacho para Unknownrecibir visitas, atender la correspondencia o tener reuniones de trabajo. Cuando estoy solo no me importa tener la puerta abierta. Más aún, me parece que eso invita a visitarme. Lo aprendí de Stanley Peters, gran lingüista computacional de Stanford, que me explicaba que para él —que estaba siempre con ordenadores y robots— tener la puerta abierta era lo que le mantenía en contacto con el resto de la humanidad.

   Unknown-1 En cambio, cuando estoy en el despacho con alguien no me gusta que nos interrumpan. A veces resulta del todo inevitable, pues quien requiere ayuda es un doctorando a punto de depositar su tesis o un estudiante desesperado que necesita escucha y apoyo. Casi siempre lo mejor es pedirle que espere unos minutos y así también se serena un poco su ánimo. Procuro acogerles con una sonrisa y decirles que tienen derecho a interrumpir, que nunca son inoportunos.

   images-2Para mí lo más difícil de llevar es la interrupción dentro de la interrupción. Me explico. No es infrecuente que cuando esté hablando con alguien asome por la puerta algún otro colega para darme un recado, concertar una cita o algo así. No tengo ningún inconveniente en ello: viene a ser como los anuncios en las películas. En cambio, lo que me exaspera —a veces hasta la irritación— es cuando esa consulta interruptora se alarga y antes de que se termine interfiere una tercera persona o una inoportuna llamada por teléfono. Tengo siempre el riesgo de despachar a uno de los interruptores —o a los dos— de manera desabrida o desafortunada: “con cajas destempladas” se dice con expresión castiza española.

    images-3Comprendo que son gajes del oficio académico y de la vida moderna, pues no somos ermitaños en lo alto de una montaña. Por eso es necesario aprender a gestionar inteligentemente las interrupciones, pues una mala respuesta puede llegar a tener consecuencias lamentables, a herir innecesariamente a las personas y finalmente a requerir después mucho más tiempo para solucionar el entuerto.

images    Para la calidad de nuestra vida y la eficacia de nuestro trabajo es clave que logremos hacer una cosa detrás de otra, atendiendo a una persona detrás de otra, de forma que podamos poner en cada una de ellas sucesivamente toda nuestra atención. Para lograr esto, hemos de desactivar todos los dispositivos interruptores —incluidos los móviles—, pero también hemos de aprender a desenredar, con una sonrisa amable si es posible, este lío de las interrupciones.


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Puentelarreina, 9 de junio 2014

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5 respuestas a El lío de las interrupciones

  1. Copio de lo que me escribe una experta profesora de América latina:

    Estaba yo hace unos meses hablando con el Obispo de mi ciudad y se acerca una persona, un ex diputado y le dice “Hola, qué tal, le pasa la mano, y etc. etc.” Ni se fijó en mí, ni me saludó, ni siquiera creo que me haya registrado. El Obispo, igual que él, ni siquiera me dijo “disculpe”, y se lo llevó para adentro dejándome con la palabra en la boca. Al lado, está una pequeña librería, que en esos momentos estaba atendida por una monja mexicana ella. No pude dejar de comentarle. Mi opinión es que los cristianos debemos darnos cuenta de esta muestra de mala educación. Yo lo hago valer sobre todo para los empleados de la Administración Pública: cuando a una persona la está atendiendo un empleado, “el tiempo” de ese empleado corresponde a esa persona. No debería venir otra y decir —como sucede por aquí— “una preguntita nada más” y me roba 10 o 15 minutos de “mi tiempo” con el agente, después de haber hecho durante una hora la “cola” o fila y el tipo viene con descaro, sin haber aguardado su turno. Yo y los de la fila también estamos para “una preguntita”. A veces, reacciono como dices tú “con cajas destempladas” y me enfrento al oportunista. Otras, practico la paciencia. ¡Gran virtud! Aprendí a practicarla en estas oportunidades.

    Pero creo que no solo es una muestra de nuestra educación defectuosa, sino que también no deja de ser una pequeña injusticia: no espero, no tengo paciencia, y campante aprovecho el tiempo del otro. No pienso en el “otro”, ni me importa.

    Suelo hacer lo siguiente: si necesito hablar con una persona que a su vez está hablando con otra, espero, me coloco bien visible a algunos metros de distancia para que me vea y se dé cuenta de que la espero a ella y para que me atienda después de despedir a la persona.

    Desde hace tiempo no hablo con funcionarios. El funcionario que te atiende, firma papeles que le traen los secretarios, atiende los golpes de la puerta, atiende celulares. Uno parece un loco, porque quiere hablar y le interrumpen: “Y le decía”… ring “Hola… bla, bla, bla”. Bien sigamos. ¿Donde estábamos? “Le decía….”, “Permiso, ministro me firma este papel por favor, está el fulano esperando”. “Bien, ¿en donde estábamos”? A esa altura, yo ya me olvidaba a qué fui por el ascenso súbito de la adrenalina. Ganas de salir corriendo.

    En la Universidad pasa lo mismo. Evito hablar con autoridades. En la nuestra, los secretarios tienen su computadora en el mismo despacho de las autoridades. O sea uno nunca puede hablar en privado con nadie. Creo firmemente —más allá de la falta de espacio que por aquí siempre padecemos— que es una estrategia bien pensada por las autoridades. No saben cómo resolver situaciones y dilatan y se entretienen con las personas que entran y salen del despacho. Es INSOPORTABLE. Más que “cajas destempladas” yo tiraría cajones gigantes. Presento Notas cuando necesito. No hablo. Es una muestra de la locura que vivimos.

  2. Carlos Alberto Sampedro dijo:

    Estimado profesor Nubiola,
    Hace unas semanas descubrí su texto El taller de la filosofía. Me ha resultado muy útil su lectura. Desde entonces hice un breve rastreo en la web de otras de sus publicaciones y me encontré este blog que ahora sigo.

    Su último post me remitió a las palabras de Guardini sobre el recogimiento y el ruido del mundo que atenta contra este. También trajo a mi mente un dilema que tengo hace tiempo: por mi formación filosófica y religiosa, he llegado a concluir que lo que primero merece mi tiempo son las personas, en especial mi familia. ¿Cómo compaginar la solicitud por el prójimo con el trabajo intelectual? ¿Tal vez cómo se compagina la oración con la vida cotidiana?
    Quizás Eclesiastés 3,1 tenga la clave: también hay un tiempo para las personas.

    • Estimado Alberto,

      Muchas gracias por tu lectura y tu consulta. No conozco esas palabras de Guardini y me encantaría que me las hicieras llegar por email (jnubiola@unav.es). Te contesto por email a tu consulta personal. Un abrazo,

      Jaime

  3. Me escribe la profesora Graciela J. desde Tucumán:

    Con respecto al poder de los introvertidos, tengo en mi memoria el relato de la infancia de Isabel Allende, la gran escritora chilena, autora de La Casa de los Espíritus. Ella cuenta que en su infancia era una niña muy callada y retraída, al punto que su madre le había “regalado” una pared de la casa para que ella se expresare; en esa pared dibujaba, hacía garabatos, dejaba manchas con algún sentido y todo cuanto su imaginación quisiese expresar; cuando cumplió 12 años se cambiaron a una casa nueva, entonces, su madre le dijo que ya no podía manchar las paredes y le regaló un cuaderno, diciéndole que allí tenía que expresar lo que antes en la pared. De esta manera comenzó a escribir. El resto ya lo sabemos: se la considera la mejor discípula de Gabriel García Márquez y una de las escritoras más leídas en Latinoamérica.

    Con respecto a las interrupciones, en un primer acto de justicia reivindico su poder creativo ya que sirven, por ejemplo, para que un filósofo en tiempo de descanso le dedique un interesante comentario. Personalmente estoy de acuerdo con el poder de la concentración para crear, investigar pero me llama la atención la cantidad de gente que acude a los bares a leer o escribir y puede poner un cerco invisible alrededor; están en un mundo muy personal y muy íntimo pero necesitan del mundo exterior para no sentirse solos. Pareciera que el miedo a la soledad es más fuerte que el obstáculo de la interrupción. No sé si pasará en otros lugares del mundo, pero aquí, en mi ciudad, es común ver a escritores, por ejemplo, en la mesa de los bares. Quizás los alimente el deseo de nutrirse de las metáforas variadas que aporta la realidad. Quizás necesiten de esa lluvia de ideas que no encuentran en su interior
    Tus palabras :”Para mí trabajar es, sobre todo, escribir, y para llevar a cabo esa tarea necesito concentrar en ella toda mi atención” me recordaron a lo que una vez leí de Edgar Allan Poe, quien rompe con el paradigma de la musa inspiradora y piensa que el proceso de creación depende del trabajo y la concentración; la producción de un cuento, para él, es como un flechazo, una unidad de sentido que se pierde si las cosas del mundo dispersan esa unidad. Pero existen también otras formas de producción. Hay gente que tiene concentración y no se encuentra en un ambiente de trabajo. La escritora de la saga Harry Potter, J. K. Rowling, escribía en el tren. Comenzó a escribir la serie de Harry Potter durante un viaje en tren desde Manchester a la estación de King’s Cross de Londres.

    Al escuchar relatos de este tipo, uno tiende a reflexionar sobre la condición humana que se resiste a ser rotulada en prototipos o a estandarizar sus formas de producción artística, filosófica o incluso, científica. Se me vino a la cabeza la bañera de Arquímedes o el humo del cigarro de Kekulé, formulando la forma hexagonal de la molécula de benzeno.

    “Para mí lo más difícil de llevar es la interrupción dentro de la interrupción”. Esto irrita, incluso, a las máquinas; cuando reciben mucha información junta se “desconfiguran” y hay que reiniciarlas. Cuánto más a los seres humanos que estamos programados para la libertad y se nos expone a situaciones, como estas, en las que se nos anula la capacidad de escoger con quién hablar, en qué momento y qué cosas decir o no decir.

    Creo que interrumpir es una forma de poner un límite al ser del otro, asumiendo los tiempos del otro como si fuesen propios. Quizás esta sea una parte más de esta historia archiconocida del hombre apurado, impaciente, incapaz de quedar en silencio, lanzado al torrente inacabable de la palabra vacía, pero inhibido de formular las pocas palabras profundas que se necesitan para la comunicación verdadera. Hablamos mucho y nos comunicamos poco.

    Me gustó mucho esta reflexión sobre el obstáculo de las interrupciones y, como siempre, una siente que quedan cosas por decir. Afortunadamente!

  4. Pingback: El lío de las interrupciones | Artículos del Club Sénior

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