¿Año nuevo?

imagesEn mi infancia mi madre solía hacernos la broma el 30 de diciembre de que había visto por la calle a una señora “con tantas orejas como días le quedaban al año”, y al día siguiente, el 31, nos decía que había visto  a un señor “con tantas narices como días le quedaban al año”. Los niños cuentan los años que tienen —tres, cuatro, cinco…— y no cabe en su lógica que los años puedan terminarse. Por eso, mis hermanos y yo buscábamos con afán por la calle a aquellas personas que imaginábamos con tantas orejas y narices. Un año para un niño de cuatro es la cuarta parte de su vida. Ahora que ya he cumplido los sesenta para mí los años vuelan y un año es solo una sexagésima parte de mi vida. Muchos días la sección que más me interesa del periódico es la de “Hace 25 años” y en ocasiones —como en el reciente aniversario del asesinato de John F. Kennedy— incluso la de “Hace 50 años”.

Amanecer en Pamplona, 9 de enero 2014

Amanecer en Pamplona, 9 de enero 2014

Entre las muchas cosas buenas que nos han traído los móviles se encuentra, sin duda, una previsión meteorológica mucho más fina: ahora aciertan casi siempre con la lluvia y la temperatura del día siguiente. Me ha llamado la atención que mi móvil indique además las horas de la salida y la puesta del sol, lo que me ha permitido comprobar —si no me engaña el móvil— la exactitud del dicho popular que hace al 21 de diciembre el día más corto del año. No es el día que amanece más tarde y anochece antes, pues en Pamplona el día que anocheció antes este invierno fue el 12 de diciembre (a las 17:32) y el que amanecerá más tarde el 12 de enero (a las 8:37), pero sí fue el 21 de diciembre el día de menor espacio de tiempo entre la salida y la puesta del sol (9 horas y 1 minuto).

Estos datos sugieren de manera persuasiva que el año nuevo no es algo convencional.Ceci Acuña Serán convencionales las uvas, las campanadas y los matasuegras, pero las noches que se han venido alargando durante meses comenzarán a partir de ahora decididamente a acortarse. El año nuevo no es una convención porque celebra nuestra profunda relación con la luz del sol: con seguridad la luz es lo más natural de nuestro mundo, pues sin ella no podríamos vivir. El nuevo año significa el triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte: Lux in tenebris!

Verne-indie-frontiViene a mi memoria aquella extraña novela de Julio Verne titulada Las Indias negras, leída varias veces en mi juventud, dedicada a las laberínticas minas de carbón que poblaban el subsuelo británico para alimentar los hornos de la revolución industrial. No recuerdo los detalles, pero sí la maravillosa descripción del glorioso amanecer al que asiste asombrado uno de los protagonistas, que ha pasado toda su vida confinado en el fondo de la mina sin ver el sol ni saber cómo era el mundo exterior. Me pareció la escena cumbre de la novela: mostraba bien la magnificencia del llamado astro rey, capaz de disipar las tinieblas y de crear un mundo del todo distinto a la lúgubre oscuridad.

Solo al amanecer o al atardecer podemos mirar cara a cara al Sol sin que se dañen nuestros ojos. A mí me gusta, sobre todo, ver amanecer. En particular me fascina ver amanecer sobre el mar. Se trata de un espectáculo en el que no hay nada de convencional, ni siquiera de repetitivo: cada día es nuevo, distinto. Mi admirado Charles S. Peirce —del que en este año celebramos el centenario de su muerte— escribía a su mujer desde Sicilia en septiembre de 1870 contándole con detalles el amanecer en Taormina. Copio un pasaje de su carta:

A las cinco de la mañana estaba despierto y me levanté para ir al Teatro GriegoDSC00820_-_Taormina_-_Teatro_Greco_-_Foto_di_G._DallOrto a ver el amanecer. El amanecer fue en algunos aspectos bastante desfavorable. Estaba nublado. Sin embargo el sol salió por fin y los efectos de la luz en las nubes y el mar fueron maravillosos. Nunca había visto algo ni siquiera parecido. Pero, ¿cómo puedo darte alguna clase de noción de la encantadora vista? Yo estaba en un promontorio muy elevado mirando al mar a la luz pura y clara de la mañana. Justo debajo de mí, a 50 pies o así, estaba el antiguo teatro. En ruinas, pero queda lo suficiente para mostrar adecuadamente cómo era, con sus bellas columnas, círculos y arcos, lo bastante para ser todavía muy bello. Lo suficiente para hacerte pensar que la gente que eligió este encantador lugar para ello no tuvo que irse muy lejos. No estaba en la cumbre del promontorio, aunque bastante arriba. Por encima de mí había una terrible cima rocosa, la antigua acrópolis, coronada por una fortaleza de apariencia formidable. A lo largo de muchas millas se extendían en (c) Museums Sheffield; Supplied by The Public Catalogue Foundationlas orillas colinas como las que había visto el día anterior, con valles soleados por debajo de ellas y el mar entrando en la playa. Podía ver muchos pueblos tanto en los valles como en las colinas —más cerca por supuesto la pequeña y curiosa ciudad de Taormina— y mucho verdor. A través del mar, las orillas de Calabria en un lado eran muy prominentes y en dirección opuesta, tierra adentro, se alzaba el Etna, majestuoso y terrible. Merece la pena viajar al extranjero por ver cosas como esa, cosas que ningún arte puede reproducir.

De modo semejante, me parece a mí que, aunque sigamos en la ciudad de siempre y no vivamos a la orilla del mar, cada año es en cierto sentido nuevo porque su luz renovada puede encender en nuestros corazones nuevos afanes de vivir y, sobre todo, de volver a comenzar.

Pamplona, 5 de enero 2014

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4 respuestas a ¿Año nuevo?

  1. Pingback: ¿Año nuevo? | Artículos del Club Sénior

  2. Jaime, no deja de sorprenderme ver a un filósofo analizando máximos y mínimos como si fueras ingeniero, aunque sean de la hora de amanecer y atardecer. Escribí algo sobre eso hablando del cambio de hora: http://tgacebo.wordpress.com/2011/10/26/el-dichoso-cambio-de-hora/

    • Querido Tomás,

      Muchas gracias por tu comentario y tu interesante post sobre el cambio de hora. Precisamente lo leo en Nairobi que está sobre el Ecuador donde la vida comienza a las 6 de la mañana cuanod amanece y donde se cena a las 7 de la tarde poco después de ponerse el sol. Resulta quizá más natural vivir como las gallinas que el horario español.

  3. Mi “viejo” y querido profesor José Antonio Palacios me escribe unas hermosas líneas que transcribo:

    ¿Año Nuevo? El 30 de diciembre: «Un señor con tantas orejas como días tiene el año»… ¿Qué me dice eso? Pues, lo primero, que a mí también me lo decían, de niño, y que también bromeo ahora con los pequeñajos, cuando llega la ocasión.

    Se me ocurre que tras su inicial y rapidísimo aprendizaje de vocabulario, los niños se encuentran con los juegos de palabras, las adivinanzas, las metáforas en las que aquellas mismas palabras aprendidas adquieren otros significados distintos. Este descubrimiento puede que les haga sentirse ‘mayores’, porque se dan cuenta de que descubren otro registro lingüístico nuevo, que ignoraban. Tal vez sea esa la explicación de la curiosidad -tampoco demasiada- que esos juegos suscitan en los niños de más o menos ¿tres o cinco? años: «Señor con tantas orejas como días tiene el año»…

    Nuestras percepciones del efecto ‘año nuevo’ pueden ser muy variadas. Me resulta inimaginable, por ejemplo, el efecto que me produciría un ‘año nuevo’, o una Navidad, en el hemisferio sur, con las gentes tostándose en la playa, o cenando despechugadas al aire libre, defendiéndose de la calorina con un paipái…

    El año nuevo –mejor la Nochebuena o la Navidad- en mi caso, en el hemisferio norte – o en España si se quiere- creo que supone un mínimo paréntesis en las habituales actividades laborales; un recogimiento en el hogar como defensa frente al exterior inhóspito y como vivencia de un íntimo encuentro familiar, tocado por la alegría de los pequeños, o por la añoranza de los que se fueron para no volver más, como canta el villancico. Tras este corte breve, la vida escolar, laboral sigue sin apenas alteraciones.  

    Por el contrario, el verano supone un corte escolar y laboral largo, cuasi olvido de esas actividades; tiempo, a menudo, de dispersión por viajes y vida más relajada; más vida en el exterior y con personas más allá de las estrictamente familiares; calores abrasadores; reflexiones sin compromiso por el momento, sobre posibles proyectos futuros…

    Por eso me parece que, para muchos, el verdadero cambio de año, el verdadero ‘año nuevo’ es el que empieza cuando el sol deja de quemar; cuando reemprendemos las tareas medio olvidadas; cuando, aprovechando el largo periodo estival, se han producido cambios en nuestros entornos –curso escolar, alteraciones en el inmueble, cambios de responsabilidades etc.-; cuando las temperaturas más frescas invitan al trabajo y a emprender, ¡manos a la obra!, nuevos proyectos antes solo vislumbrados.

    El año nuevo o la Nochevieja, como fiesta, no me dice personalmente casi nada. Curiosidad de los de casa, de oír las doce de la noche, que significan un acontecimiento de carácter más bien ‘administrativo’… Y en la calle, un cierto despendole.

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