El tesoro del silencio

Avoiding-the-Silence1-300x300Hace cosa de quince años comencé a sentir pitidos en ambos oídos. Me diagnosticaron la dolencia que los norteamericanos llaman tinnitus y los médicos españoles acúfenos (del griego, acu-: sonido, y feno: aparente), esto es, ruidos sin causa externa, que afectan con frecuencia a personas sometidas a un ambiente ruidoso (explosiones, rock duro, etc.) y al estrés. El otorrino me explicó que no había curación, que tenía que aprender a adaptarme —esta es la palabra mágica— y me recomendó que me apuntara a la American Tinnitus Association para estar al día en los avances terapéuticos.

Desde entonces un poderoso ruido alojado en el cerebro me ha acompañado constantemente. No cuento esto para inspirar compasión, sino para intentar persuadir a quienes lean estas líneas de que el silencio es un tesoro, para todos difícil de conseguir, y para algunos prácticamente imposible tanto de día como —sobre todo— de noche.

Muchos tienen miedo al silencio. Se levantan por teen boy singing listening to music with headphonesla mañana con música en el despertador; salen a la calle con el iPod encendido; tienen siempre en su casa la televisión o la radio puestas. Pero quienes no encienden esos aparatos porque aman el silencio tampoco lo tienen fácil. No solo en las oficinas suenan tercamente los teléfonos, hace ruido la ventilación forzada o el aire acondicionado y emiten vibraciones y sonidos los diversos aparatos, sino que, incluso aunque se adentren en los parques más frondosos de nuestras ciudades, puede oírse siempre como ruido de fondo el fragor lejano del tráfico.

UnknownEstamos tan acostumbrados al ruido ambiental que quien va a la montaña y sube un poco —o quien bucea en el mar— enseguida advierte gozosamente que puede oír el silencio. Hace cincuenta años Simon and Garfunkel emocionaron a toda una generación con su The Sound of Silence, que ahora mismo escucho de fondo para ocultar el ruido del ventilador y también así enmascarar mi tinnitus.

Todos tenemos experiencia de que la música es una compañera excelente para tareas mecánicas, pues relaja la tensión, reduce otros ruidos ambientales y recoge la imaginación. Los estudiantes saben que estudiar con música ayuda a veces a la concentración, con tal de que no entiendan la letra y de que el volumen no esté demasiado alto.

Leía hoy en el New York Times un sugestivo artículoUnknown-1 de George Prochnik —de cuya lectura nace esta reflexión— en el que recordaba cómo el filósofo alemán Arthur Schopenhauer decía en 1850 que el ruido era el archienemigo supremo de quien se dedica a pensar en serio, y estoy de acuerdo.

camino-de-santiagoSin embargo, no es solo el ruido exterior. Me contaba una filósofa en peregrinación a Santiago de Compostela lo que le habían dicho en el Monasterio de Silos: allí los monjes atesoraban silencio, soledad y tiempo. Como ella tiene tanto ruido dentro —añadía—, no podía hacer otra cosa que seguir caminando hacia adelante. Así es. A muchas personas los ruidos que llevan dentro les ensordecen tanto que no les resulta posible escucharse a sí mismas ni escuchar a los demás.

Como en contraste, hay espacios de oración —hechos20070718klparthis_160.Ies.SCO casi siempre de piedra y de luz— en cuyo silencio se siente la elocuente presencia de Dios. No hace falta siquiera ser cristiano para advertirlo. Dios “habla siempre en eterno silencio —explicó san Juan de la Cruz— y en silencio [su palabra] ha de ser oída del alma”. Lo hace sin ruido, para que pueda oírle el corazón bien preparado.

Esa escucha íntima requiere estar dentro de sí, acallar el ruido interior, que viene a ser como un molesto tinnitus en el alma. No sé si esto es algo que se pueda enseñar, pero si sé que el silencio es un tesoro valiosísimo que merece la pena buscar y que, incluso aunque se padezca un pertinaz tinnitus en el cuerpo, puede realmente descubrirse.

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7 respuestas a El tesoro del silencio

  1. María Minerva Corona Peralta dijo:

    Jaime, creo que los acúfenos que padeces, no han logrado sofocar la palabra de Dios que tu alma sabe escuchar y tu espíritu disfruta plenamente. ¿Por qué lo digo? Por la esplendorosa sonrisa que siempre sabes regalarnos! Bello mensaje que nos invita a valorar el “tesoro del silencio”. Muchísimas gracias…

  2. Chiara dijo:

    ¡Qué buen texto profesor! Es increíble como en la soledad del silencio se puede hablar tanto. Quedarse callado para oír aquello que nos quiere decir Dios.

    Los tinnitus… ¡no nos ganan!

    ¡Gracias!

    Chiara M.

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  4. La filósofa Graciela J. , desde Tucumán, Argentina, me envía este hermoso comentario para que lo publique aquí. Lo hago con enorme gusto y agradecimiento por su atención conmigo:

    Cuando leí la reflexión del Dr. Nubiola sobre el silencio y sus connotaciones, pensé en dos cosas. Primero, en el significado y la belleza del silencio; en esa extraña capacidad que le permite ser la condición de posibilidad para el encuentro con la Palabra Absoluta, con la divinidad. El Salmo dice: “Calla… y sabrás que soy Dios”. Me acordé de esos imperdibles versos de Antonio Machado en “Retrato” :

    “Converso con el hombre que siempre va conmigo
    (quien habla sólo espera hablar a Dios un día);
    mi soliloquio es plática con ese buen amigo
    que me enseñó el oficio de la filantropía”.

    Recordé estos versos porque este diálogo interno del que habla el poeta, requiere del silencio.

    También me puse a pensar si el silencio es ausencia de sonido o de ruido o presencia de algo más. ¿Por qué podemos escuchar el silencio? Como expresa un poema de Borges sobre Berkeley : “mientras un pájaro detiene el silencio/ y la noche gastada se ha quedado en los ojos de los ciegos” Escuchando esa bellísima canción “Los sonidos del silencio”, yo puedo afirmar que hay muchas cosas que saben a silencio. Personalmente, me saben a silencio muchas imágenes que conservo en mi memoria, muchas palabras encapsuladas en el ayer, el reverdecer permanente de la vida que me recuerda al ensueño cosmogónico de los pensadores jónicos; el río que fluye me sabe a silencio (aunque sienta su ruido); mirar el fuego que arde me sabe a silencio (ese fuego que “ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo”: Borges). Me saben a silencio tantas cosas: los tiempos pretéritos porque no están, el dolor que no tiene explicación, las personas que amé y ya no están (como mis padres). Me saben a silencio algunas citas de Siddharta Gautama, el Buda:

    “Somos los viajeros de una travesía cósmica. Esta existencia nuestra es tan transitoria como las nubes del otoño. Observar el nacimiento y la muerte de los seres es como mirar los movimientos de una danza. Una vida es como un relámpago en el cielo que se desliza, veloz, por la pendiente de una montaña.”

    En segundo lugar, pensé que en esta civilización del parloteo, del bochinche, del tránsito vehicular, los bocinazos, de la vociferación violenta, de la verborragia insustancial, del palabrerío inútil, de la adrenalina de los caños de escape sueltos, el ruido de las industrias, de las fábricas, de los dispositivos móviles, los GPS, el escabroso ruido de los ensayos bélicos, los redoblantes militares, todo colocado en la dimensión de la sonoridad, necesitamos el poder salvífico, la redención del silencio para calmar esta turbulencia externa que nos contagia el alma. Creo que estas palabras del Profesor Jaime son como la expresión de una nostalgia especial por un tesoro que se perdió. En contraste, quienes lo pueden disfrutar prefieren lapidarlo o encapsularlo en un bullicio externo en el que el ser humano queda expuesto al olvido de su ser, a la enajenación de la distracción, a la opulencia malsana del ruido que ensordece.

    Esta excelente reflexión me pareció un acertado disparador para que nos preguntemos, como civilización, qué parte del silencio nos infunde tanto miedo que terminamos aniquilándolo.

  5. Tengo varios amigos con ese problema y me imagino lo que debe ser. Recuerdo haber leído un estupendo libro de Oliver Sacks en el que contaba cómo una mujer anciana se despertó una noche al oír una canción de su adolescencia. Se levantó y buscó la fuente de la música, pero no la encontraba. Durante muchos días, oía ininterrumpidamente canciones de su juventud y descubrió que estaban en su cerebro y no provenían del exterior. Fue al médico y éste consiguió curarla. En este caso, la mujer descubrió que habían sido unos días muy felices. Con el silencio volvió la monotonía y la soledad.

  6. Paola dijo:

    Hermoso texto, profesor.

    Algo maravilloso es que si el silencio exterior ya es un tesoro que difícilmente se alcanza en nuestro día a día, el otro, el interior, es -puede ser- totalmente nuestro. Y me pasa mucho que la música puede ser mi silencio exterior y el comienzo del interior. Será quizá como la brisa que sintió Elías, por la que habla Dios.

    Un abrazo, profesor. Paola, desde Perú.

  7. maria luisa dijo:

    Hace dos años y sin anuncio previo, un ruido ensordeceder sonó en mi oído izquierdo. De pronto me di cuenta de que me había quedado sorda y el ruido estaba dentro: parecía una guerra de neuronas.

    Después de un montón de pruebas médicas durante dos meses me diagnosticaron un ataque de mis propios anticuerpos a la coclea: solo existe un posible trasplante. Me defiendo con el oído derecho, aunque los sonidos del izquierdo (por lo menos) no son monótonos, unas veces son olas del mar, otras un intenso taladro, otras conversaciones de pequeños silbidos, etc. etc., ni con un trasplante prometen quitarme los zumbidos, decidí quedarme como estoy. ¡Qué sería de mí si además oigo ruidos del exterior!

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