No tenías por qué

Mis tres sobrinos (de cinco, tres y dos años) están pasando unos días en casa. Una de las muchas batallas que tenemos planteadas, además de la terrible siesta y del omniabarcante Obedezco a la primera, es que pidan las cosas por favor y que también den las gracias. Parece imposible que unos niños puedan dar el salto del grito cromañón “¡Aguaaaa!” a un educado y contenido “Tío Philip, ¿me das agua, por favor?”. Cada vez soy más pesimista. Pero, aun así, ¿por qué por favor y por qué gracias?

No tengo intención de cargar a mis sobrinos con un peso muerto. Ni ahora que son niños ni cuando crezcan y sean adolescentes o adultos. Los pesos muertos matan. Se disfrazan de decencia y se acumulan poco a poco. Nunca les diré que estudien ADE o que aprendan alemán porque abre muchas puertas. Tampoco que se callen si creen que llevan razón, aunque puedan disgustar a alguien, incluso a mí. Prefiero que sean unos salvajes que dicen la verdad a unos niños correctos que digan que sí a todo para que les aplaudan unos viejos a los que les quedan dos telediarios o unos amigotes que quieren dominarlos a golpe de risita o risotada.

No, no pretendo cargar a mis sobrinos con unos fardos que sobreviven solo porque así se han hecho siempre las cosas. ¿Es pedir las cosas por favor y dar después las gracias uno de estos fardos? La pregunta me vino a la cabeza mientras cenaba y me sorprendió, porque nunca me la había hecho. Si lo era, debía dejar de exigírselo. Si tenía algún sentido, además del inútil y nocivo “Es de buena educación”, podía seguir exigiéndoselo.

Lo tiene. Al menos yo he encontrado una razón que me sirve. Y es la siguiente: pido las cosas por favor y doy después las gracias porque no doy por sentado la libertad de la persona que tengo delante. La otra persona, una libertad absoluta, radical y distinta, puede hacer lo que venga en gana. Puede hacerme caso, ponerse a bailar Los Panchos en la cocina, irse a tomar unas cañas: lo que sea; y no está mal que no me preste atención y se ponga a bailar en la cocina. No hay en nosotros nada que le ate, que nos dé autoridad sobre ella. Nada en absoluto, sea la otra persona mamá, papá, mi hermano, mi hermana…

Es normal dar por sentado la libertad de los demás. Tan normal que hasta diría que es un error sistémico y sistemático. Normal y fácil. Nuestras preciosas democracias liberales (¡El mejor sistema que tenemos!, me zanjó, todo lo tolerante que pudo, un conocido) no solo cuentan con ello: lo alimentan.

Basta con pensar en los medios de comunicación: ¿qué son, más que personas que llenan con sus ficciones la libertad de otras personas para que unas terceras, la audiencia que les da de comer, puedan meterse en la cama creyendo que mañana saldrá de nuevo el sol? Llenan otras libertades con palabras pensando que las explican: ¡hasta tal punto las dan por supuesto! Otro ejemplo: a Agustín de Hipona le indignaba que un cómico de su época dijera que todos en su audiencia querían comprar barato y vender caro. ¿Y este qué sabrá? ¿Les conoce a todos tan a fondo? ¿Por qué les acusa de eso como si fuera lo “natural”, o peor, lo “bueno”? Lo único que puede afirmarse sobre otra persona es que quiere ser feliz. Y, sin embargo, ¿qué sería de nuestra moderna economía si no diera por supuesto que, efectivamente, todos queremos comprar barato y vender caro?

No dar por sentado la libertad de los demás. Es arriesgado y distinto pedir algo por favor cuando se hace así: se está abierto a un “No” que puede tener todo el sentido del mundo. Y es muy distinto dar las gracias cuando se sabe que lo estamos haciendo porque la persona a la que se las damos tenía muchísimas cosas distintas que hacer (algunas, seguramente, mejores).

Así que, sorprendentemente, lo más anarquista y anti-sistema que puedo hacer ahora mismo con mis sobrinos es conseguir que pidan las cosas por favor y den después las gracias; pero, sobre todo, que entiendan por qué lo hacen. Pero, por lo que veo, incluso ya a esas edades se creen “con derecho” a lo que tienen. Tristemente.

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2 respuestas a No tenías por qué

  1. Myriam Lafuente Soler dijo:

    Es verdad, es verdad. Se creen con derechos, no sé por qué. Mi hija no ordena despues de jugar y ademas me dice: ¡Hazlo tú!!!! Me quedo pensando un rato, no se qué decirle. Pienso pienso…, pero ¿qué se cree??? Ayer ya le dije que no era su esclava y que se pusiera a ordenar. Tengo que conseguir que entienda que yo hago todo porque soy libre y la quiero, no porque es mi obligacion. Porque… ¿es mi obligacion o no?

  2. Un tema que he traído en mente estos últimos días es el hecho de que la persona es un misterio que no puede agotarse y tu artículo me da pie para seguirle dando vueltas al asunto, porque deja ver, por medio de simples convenciones sociales como “por favor” y “gracias”, que el otro es alguien diverso de mí y que no puedo, ¡no debo!, dar por sentado el uso de su libertad.

    La actitud que “reclama” cualquier acto libre del otro es el respeto y la acogida, de ahí la necesidad de un “gracias”, sea cual fuere la respuesta que obtengo. ¿Algo más? ¿Hay alguna otra respuesta “debida”? Me imagino que depende del caso, si de verdad hay interés por el otro, uno no se queda en la primera actitud de respeto y acogida, sino que busca implicarse un poco más, siempre respetando y acogiendo, con una actitud que dice “por favor” y “gracias”.

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