Atrévete a sufrir

         Es muy impresionante la capacidad de sufrir —y de hacer sufrir a otros— que tenemos los seres humanos. Desde los padres que se separan llenando de angustioso dolor a sus hijos, hasta la tortura interior de tantas personas a las que les persigue la imaginación por lo que consideran faltas de reconocimiento, pasando por todas las penalidades de las enfermedades, los accidentes más terribles y la muerte propia y ajena.

         ¿Por qué tanto sufrir? Para los cristianos la respuesta última se encuentra en la cruz de Cristo, pero ¿cómo soportarán tanto sufrimiento quienes ni siquiera creen en Dios y en otra vida mejor? La filósofa chilena María A. Carrasco ha captado con finura que el temor al dolor es uno de los elementos clave de la pérdida de sentido en nuestra cultura. Para recuperar ese sentido habría que repetir ahora parafraseando el “atrévete a saber” de Kant: “Atrévete a sufrir”.

         Asistía hace poco a un debate sobre las drogas y su posible legalización. Me impresionó la tesis que un joven intelectual esgrimía, con convicción y experiencia, de que quienes consumen droga lo hacen para anestesiar su sufrimiento. Me pareció que su afirmación daba en el clavo y mostraba que la solución del problema de las drogas no está en modo alguno en su legalización.

         Merece la pena escuchar la charla de la profesora del MIT, Sherry Turkle, en TED  en la que argumenta convincentemente que la adicción al iphone, blackberry y demás artilugios semejantes es el recurso más en boga para evitar el sufrimiento que supone la soledad. Se trata realmente de máquinas de compañía: “La sensación de que ‘nadie nos escucha’ hace invertir tiempo con máquinas que parecen preocuparse de nosotros”. Por otra parte, el trato con los demás mediante esas máquinas —sugiere Turkle— no solo permite dar una mejor imagen de nosotros mismos (redacción más pensada, photoshop, etc.), sino que sobre todo evita los conflictos que frecuentemente surgen en las conversaciones cara a cara. En este sentido, puede decirse que nos ahorran muchos de los sufrimientos que la convivencia y el trato personal llevan tantas veces consigo.

         Es fácil aceptar que tanto las drogas como esas máquinas son dos anestésicos eficaces del sufrimiento y a ello deben su enorme difusión. Suele decirse que “es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido”, pero nuestra cultura no acepta ya esa sabia máxima atribuida a San Agustín. “Ha sido nuestra obsesiva huida del dolor —escribe María A. Carrasco— la que nos ha hecho perder el sentido, la que nos alienó y acható vitalmente. Nuestra re-humanización, nuestro volver a darnos cuenta del valor y la dignidad que tenemos, que todo ser humano tiene por el mero hecho de serlo, tal vez pase ahora por atrevernos a enfrentar y traspasar el dolor, y no seguir escapando de él a través de las múltiples puertas falsas que con gran publicidad se nos ofrecen pero que terminan siempre en la nada. Si no temiéramos tanto al dolor nos arriesgaríamos a metas altas, a esfuerzos, a posibles frustraciones, sabiendo sin embargo que ese es el único camino para la felicidad verdadera”.

         A muchos lo que más les hace sufrir es precisamente el miedo al sufrimiento; a otros las viejas heridas que almacenan dolorosamente en su memoria. En la vida de todos inevitablemente siempre está presente el dolor de una u otra forma. ¿Qué podemos hacer? Llevo en la cabeza y en el corazón todo un programa de vida articulado en tres principios: 1º) No hacer daño nunca a nadie: no herir a nadie innecesariamente; 2º) Intentar siempre aliviar el sufrimiento de quienes están cerca; y 3º) Acoger el sufrimiento propio y el de quienes queremos con paz, con paciencia y —si es posible— con una sonrisa.

         En cierto modo estas tres claves son las diversas caras de una misma realidad. Por supuesto, si el dolor puede quitarse, hay que quitarlo, pero ni todos los sufrimientos son eliminables ni lo son siempre. Por eso, ahora que se quitan las cruces de los espacios públicos (y aún más de los espacios privados), es urgente intentar explicar la misteriosa presencia del sufrimiento en la vida humana que ni las drogas ni las máquinas pueden eliminar. Solo entendiendo su sentido, podremos decir con sencillez tanto a jóvenes como a mayores: “Atrévete a sufrir”. Quizás a algunos podremos añadirles como explicación: “El dolor es el password del amor”.

Pamplona, 26 de mayo de 2012.

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11 respuestas a Atrévete a sufrir

  1. Isa dijo:

    Me interesa mucho el tema y he leído con mucho interés lo que escribes. Me parece brillante la frase que utilizas como título “Atrévete a sufrir”. Mi personal experiencia me dice que no hay vida sin humana sin sufrimiento (físico, psicológico, emocional, o un poco de cada, según las épocas).

    El sufrimiento ocurre cuando algo en nuestro ser no está “en sintonía”; es como una alarma que suena para hacernos conscientes de que algo no va bien en nosotros. Igual que un médico no te quita un dolor físico a menos que sepa qué es lo que causa ese dolor y por lo tanto cuál es el origen que hay que atacar, nosotros no deberíamos rehuir o tapar el sufrimiento psicológico o emocional. Mirar hacia otro lado, distraernos con cosas o actividades variadas, lo único que consigue es aplicar una anestesia temporal, pero en ningún caso resuelve el problema. Para resolver el problema hay que ir a la causa, porque si sólo atacamos los síntomas pero la causa sigue intacta, los síntomas aparecerán de forma recurrente.

    El sufrimiento está ahí para hacernos conscientes de que algo no funciona, para que aprendamos algo; y cuando aprendemos, trascendemos el sufrimiento y “curiosamente” el sufrimiento desaparece. Es entonces cuando podemos decir que el sufrimiento ha servido para algo, ha cumplido su propósito. Si evitamos el sufrimiento no iremos nunca a la raíz de lo que lo provoca, no aprenderemos y el sufrimiento volverá a aparecer y cada vez con mayor intensidad.

    Estaría plenamente de acuerdo con que es bueno haber sufrido… siempre que hayamos trascendido ese sufrimiento y hayamos aprendido la lección o lecciones que guardaba. Y no, no me parece malo sufrir… me parece natural e incluso necesario… porque implica que estamos vivos y mientras estemos vivos tendremos cosas que aprender hasta el día que muramos. Por eso decía al principio que me parece que no hay vida sin sufrimiento :). También es cierto (siempre desde mi personal experiencia) que cuánto más aprendemos menos sufrimos, o sufrimos con menor intensidad en situaciones o circunstancias que antes nos hacían sufrir inmensamente.

    Estoy muy de acuerdo con que uno de los mayores miedos del ser humano es el miedo a la soledad, y yo diría también que uno de sus mayores condicionentes. Cuántas decisiones hemos tomado en la vida, de forma más o menos consciente, con las que lo único que pretendíamos era evitar estar o sentirnos solos. Y qué consecuencias han tenido esas decisiones en nuestras vidas y las vidas de otros…

    Por si te entra la duda… te diré que en absoluto soy masoquista… :); no me siento a gusto cuando sufro, es más, mi natural tendencia es a salir corriendo. Pero hace mucho que aprendí que que eso no soluciona nada, más bien lo agrava. Así que cuando sufro, intento hacer silencio y mirar hacia adentro, e intento ver dónde está eso que hace fricción 🙂 y hago lo que esté en mi mano por “suavizarlo”, lo que con frecuencia implica un cambio de actitud, o de algún otro tipo. Y oye, funciona! :).

    La mayor parte del sufrimiento nos lo inflingimos a nosotros mismos, no nos lo inflingen los demás. Porque nadie te hace sufrir si tú no le dejas… :).

    Así que sí, “Atrévete a Sufrir”, que sería lo mismo que “Atrévete a vivir tu vida en plenitud”, estate siempre pronto a aprender, abierto a cambiar, dispuesto a mejorar. Y descubrirás que si te atreves a sufrir, cada vez sufrirás menos… :). Pero sufrir, hazte a la idea, vas a sufrir hasta el día que te mueras…. Y no es malo, es natural :).

    • Muchísimas gracias por compartir tu comentario, que me encanta. En particular, añades una idea —que yo no había pensado— que es la de que puede aprenderse a sufrir y entonces casi como un premio… ¡se sufre menos!

      Gracias de nuevo.

  2. miriam dijo:

    Es difícil aprender a sufrir y, sobre todo, a ver sufrir a los que quieres. Pero aún más desesperante y terrible es vivir intentando evitar todo sufrimiento.

    Me ha gustado esta entrada. ¡Gracias!

    • ¡Muchas gracias por tu sabio comentario!

    • Isa dijo:

      Aprender a ver sufrir a los que quieres, me parece la lección más difícil de aprender en esta vida. Me parece que tienes mucha razón cuando dices que evitar el sufrimiento es desesperante… porque realmente es imposible… :). Más vale “abrazarlo” y trascenderlo. No resignarse, sino rendirse :).

  3. vicentefont dijo:

    Me encanta el artículo de Jaime y los demás comentarios. Quisiera añadir que, a veces, no se puede evitar el sufrimiento propio y ajeno. Es más, muchas veces es aconsejable “hacer sufrir” cuando tienes que corregir o enseñar. Es esta una obligación que no deben evitar los padres ni los maestros, pero es preciso suavizarlo con el amor.

    Me viene a la cabeza parte de la letra de una canción de la película “Mary Poppins”. Los niños protagonistas no quieren tomar una medicina y Mary canta: “con un poco de azúcar, esa píldora que os dan, lo amargo quedará y rico le sabrá”. Reconozco que, en mi propia vida, cuando más he sufrido ha sido cuando me han corregido amargamente, sin azúcar. Y, por el contrario, el sufrimiento se me ha atenuado mucho con la comprensión del corrector. Por eso, procuro -no sé si lo consigo- corregir con amor, aunque he de admitir que, muchas veces, no es fácil.

  4. Jeff dijo:

    Cuánta sabiduría en tu última frase: “El dolor es el password del amor”. Recuerdo las palabras de mi padre en una lejana charla: “El que quiere amar debe estar dispuesto a sufrir”, porque el amor humano duele, pero así son las cosas buenas.

  5. Angélica. dijo:

    Interesante el artículo. Me ha llamado la atención el punto de que algunas personas utilizan las drogas como anestesia para el dolor. Justo estaba repasando el libro Contacto con Dios de Anthony de Mello, S.J. donde nos recuerda algo que todos sabemos pero poco practicamos: el poder extraordinario de la fe. No se trata de estar en contra de los medicamentos, absolutamente necesarios muchas veces, pero sí fijarnos también en este otro punto.

    Por si a alguien le puede servir (aunque no vaya exactamente con el tema presentado), voy a transcribir un párrafo del citado libro: “Conozco a misioneros que han realizado auténticos milagros por su gente. Concretamente, yo estoy verdaderamente impresionado por la fe de un hombre como David Wilkerson, que en su admirable libro, The Cross and the Switchblade, refiere como cura a toxicómanos que han sido desahuciados por la medicina y la psiquiatría modernas. Al parecer, nada puede hacerse por el drogadicto que ha empezado a inyectarse la droga en la sangre. Sin embargo, Wilkerson afirma poder curarlos imponiéndoles las manos y comunicándoles el poder del Espíritu Santo. ¡He ahí la fe en acción!.”

  6. Luis Miguel dijo:

    Muy bueno, Jaime. Te superas en cada artículo.

  7. Pingback: Atrévete a sufrir | Artículos del Club Sénior

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