Escribir, investigar y publicar. Nacer, vivir y morir

Comienzo a dar mis primeros pasos investigadores dentro del terreno de la Filosofía. Comienzo andando de puntillas para no hacer daño a mis temores y que permanezcan conmigo, para que todavía no me oigan llegar los (investigadores) que ya están de vuelta.

Si alguien se pregunta por la causa de mis temores la respuesta es, más o menos, fácil: temo perderme a mí misma y convertirme en una investigadora sin alma. En los años de carrera he aprendido que la filosofía no lleva a ninguna parte, ni tiene por qué llegar a conclusiones. No va de eso.  Que el contacto con la teoría conlleva percatarse de la importancia de la práctica, que el trato asiduo con las ideas arrastra irremediablemente a apreciar a las personas. Que si no nos comprometemos con lo que pensamos, “pedaleamos” en el aire. Que si no escribimos ni siquiera para ser mejores, estamos perdiendo el tiempo. Un tiempo que no tenemos.

Unos escriben, pero no investigan. Otros investigan, pero no publican. Muchos publican, pero ni escriben ni investigan. Escribir es algo más que juntar palabras, es un acto libre y creativo en el que se implica por completo el escritor; es dejar un poco de nosotros mismos en lo escrito. Es dar vida a nuevos mundos y plasmarlos para convertirlos en inmortales.

Por su parte, investigar supone un paso más. Una profundización, una especialización, una dedicación mayor. Un trabajo maravilloso si el objeto de estudio es amado por el investigador. Hoy en día se entiende que la investigación solo merece la pena si tiene un beneficio directo para la sociedad o si consigue situarnos en el mejor puesto de los rankings mundiales. “¡Publicar o morir! Publica para estar en lo más alto, para ganar más becas, poder investigar más y así publicar más y estar más alto”. Esto que podría ser el speech del jefe de Chaplin en Tiempos modernos fue pronunciado por un responsable de investigación de una universidad en la primera sesión con los nuevos doctorandos.

Publicar se ha convertido, por tanto, en el máximo (único) objetivo. No se trata de publicar para hacer público el conocimiento, para dar a conocer el resultado de un trabajo que será de beneficio para toda la comunidad, o al menos una nueva intuición. No. Se trata de publicar por publicar, para tener un mayor impacto y aparecer en el primer cuartil, para tener algo de lo que poder comer, para que parezca que seguimos vivos. En los últimos años he conocido a doctorandos que aborrecían el tema de su tesis, que respondían como replicantes al “interés” de su director. Tema dado, tema investigado, tesis publicada e inmediatamente olvidada. La investigación, así presentada, es un mero pasar por el aro del “sistema”: salir del paso para tener algo que publicar y que nos acredite. Sin embargo, para el verdadero investigador esto conlleva, en más de una ocasión, una sensación de deshonestidad que torna agridulce la investigación.

Lo que resulta realmente preocupante no es solo que al investigador se le presente todo este sistema burocrático como un pasar por el aro, sino que las humanidades (los humanistas, al fin y al cabo) hayan aceptado que la calidad de sus investigaciones sean medidas por el mismo patrón que el del ámbito científico-técnico. Desde que en 1956 C. P. Snow afirmara en una conferencia en Cambridge el antagonismo de las dos culturas, Ciencias y Letras, el panorama no ha dejado de complicarse, sobre todo cuando se trata de buscar criterios objetivos que sirvan para ambas por igual.  La cuestión está en percatarse de qué significa “calidad” en todo este asunto, no vaya a ser que por tratar de hacer más objetivos los criterios de evaluación estemos sacrificando algo verdaderamente mejor.

Las ciencias miden su investigación por los artículos publicados en las llamadas revistas de impacto. Nacen con ello los índices de revistas de impacto, en los que debe posicionarse cualquier revista que quiera recibir buenos originales, porque mal podrá acreditarse quien publique en las revistas peor situadas en el ranking. Cabe poner de manifiesto también los criterios y condiciones de estos rankings en los que tan arduamente nos empeñamos en entrar. Paradójicamente aumentan las publicaciones, pero no su calidad, aumentan los que publican, pero no los lectores.

Mientras que el paper es un buen sistema para transmitir las conclusiones de una investigación científica, es un formato profundamente inadecuado en el ámbito de las humanidades, donde las ideas, argumentaciones y disquisiciones necesitan un recorrido más largo y pausado. La situación es irrisoria cuando se advierte que muchos grandes pensadores, como Ortega y Zubiri, no habrían llegado a acreditarse, o cuando se tiene en cuenta la cantidad de artistas que no llegaron a publicar ninguna de sus obras y otros lo hicieron a una edad avanzada, cuando se sentían ya preparados. Ahora se han acelerado los tiempos, la cadena de producción no conoce descanso, pero quizá tampoco conoce un rumbo, una meta a la que merezca la pena llegar.

Quizás algunos digan que llevan tiempo poniendo el grito en el cielo por este asunto. Comienzo a cansarme de escuchar a (viejos) intelectuales de todo tipo señalar  las grietas que tiene el barco, mientras tienen sus botes preparados para abandonarlo. Se quejan de la degeneración de la juventud, como si esa queja no hubiese sido pronunciada por cada generación. Se lamentan del presente y del futuro, pero no son capaces de hablarnos de los errores que cometieron ellos en el pasado y de los que podríamos aprender. Lloran a los caídos, pero ¿cuántos permanecerán cuando nos dispongamos a reconstruir las ruinas del pensamiento?

No hay que caer en la desesperación. El pesimismo consiste en dar más importancia a cómo están las cosas, que a lo que podemos hacer para cambiarlas. Todavía pueden encontrarse personas que por su optimismo no parece que hayan conocido, ni conocerán, tiempos mejores. Se trata de darse cuenta de que nuestra tarea no es recrear un pasado, que no sabemos si fue mejor que nuestro escenario de hoy, sino preguntarnos aquí y ahora qué podemos hacer realmente. Tampoco se trata de urdir un plan para “acabar con el sistema”, signifique eso lo que signifique. El problema no está en el “sistema”, sino en los que se han sistematizado. Permanezcamos en los márgenes, sin bajar la guardia, aceptemos lo que de momento sea imprescindible aceptar, con vistas a cambiar todo lo demás.

¿Se trata, entonces, de dejar a los humanistas pensar y publicar cuando les venga en gana o les susurre la diosa Inspiración? Tampoco va de eso. Se trata de recordar que la amistad y el diálogo son las mayores herramientas del trabajo filosófico y que restar tiempo para ello es haber empezado a morir. Si la investigación sigue a la escritura, sigue a la vida y se nutre de ella, podrá ser todo lo ardua que se quiera, podrá pasar por los momentos de oscuridad y sequedad más arduos que cualquier místico haya podido soportar, pero no será inútil.

La cuestión es que si estamos de acuerdo en que el baremo no puede ser el mismo en los dos terrenos, si pensamos que la productividad no es el máximo bien al que aspirar y menos dentro del terreno universitario, si todavía creemos que es posible hacer un mundo más humano…  nuestra conducta, nuestras acciones no pueden ir por otro lado. Quien se da cuenta de los problemas tiene una mayor responsabilidad en buscar soluciones. Busquémoslas.

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8 respuestas a Escribir, investigar y publicar. Nacer, vivir y morir

  1. Enrique dijo:

    Gracias Profesor. Hace algunos cuantos años fuí alumno suyo y a día de hoy sigo recordando sus lecciones. Los primeros textos filosóficos que intenté escribir se leyeron en sus clases. Recuerdo como insistía siempre en que debíamos leer, escribir y apasionarnos con el trabajo más allá de la urgencia de obtener buenas calificaciones. Siempre trató de motivarnos, de inculcarnos esa pasión por el trabajo creativo. Hoy estoy a punto de defender mi Tesis Doctoral, y entiendo muy bien sus reflexiones. Se nos imponen las urgencias, ya no de aprobar o de obtener buenas calificaciones, pero si de publicar, de participar en proyectos, de exponer comunicaciones en congresos, etc. Creo que alguien que acaba de defender un doctorado apenas es un investigador recién formado, pero si queremos “hacer carrera” tenemos que ser más rápidos y astutos que los demás, tenemos que “engordar” el curriculum rápidamente para obtener “puntos”, aunque sea a costa de perder la creatividad, la coherencia y el rigor. Desgraciadamente, lo que cuentan son los números, no tanto la intensidad, la autenticidad o la pasión que pongamos en nuestro trabajo. Aunque sin duda si perdemos esto último somos nosotros los que estamos perdidos…

  2. isabel dijo:

    Bien dicho!

  3. Raquel dijo:

    Enrique, el lema no ha dejado de ser: “Citius, altius, fortius”. Sólo que ahora lo aplicamos en ámbitos inapropiados, lo cual conlleva, en algunos casos, modificaciones determinantes.

    Gracias a ambos por vuestros comentarios.

  4. Carolina dijo:

    Nada mejor para el día de hoy, cuando se cierne sobre los docentes de muchas Universidades el peligro que quedar obsoletos si no se publica. Se ha olvidado que el escribir require muchos años de práctica y porque no, de aprender de los errores.

  5. Daniela dijo:

    Gracias Dr. Nubiola, soy una estudiante de filosofía que se encontraba en una época de “sequía” intelectual debido a la presión. Sus palabras han hecho que piense en tomar otro rumbo. Gracias nuevamente!.

  6. Carolina, gracias por tu comentario. Es cierto que cautivados por la eficacia y la inmediatez nos hemos olvidado que escribir algo que valga la pena requiere de mucho tiempo y experiencia. Sin embargo, creo que la pregunta debe ser ¿cómo podemos recordarlo?

  7. Daniela, aunque nos hemos puesto en contacto por mail no quiero dejar de darte las gracias. No hay nada tan gratificante como ayudar a las personas a pensar y seguir pensando.

    Un abrazo!

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