Montañas sagradas

Macizo del Aspe desde Astún, 8 julio 2011

Para los que somos de ciudad y hemos nacido y vivido en un entorno hecho por el ser humano, pasear a pie por las montañas tiene un peculiar atractivo. No se trata solo de las formidables vistas panorámicas, ni de la riqueza cautivadora de las diversas formas naturales, animales y plantas. Hay algo más que nos llama, que nos atrae: esas majestuosas montañas son de una escala que nos supera; no han sido hechas por nosotros y, en cierto sentido, son superiores a nosotros.

Al admirar el imponente Midi d’Ossau o el Macizo del Aspe se comprende bien que en muchas tradiciones las grandes montañas fueran sagradas.

El Midi d'Ossau, 2.884 m., 28 junio 2011

Desde el Sinaí hasta el Olimpo, pasando por Aralar, Montserrat o tantos otros lugares próximos a nosotros, las grandes montañas hacen presente lo sagrado a nuestro espíritu y quizá por eso al subir a ellas el espíritu se eleva naturalmente a Dios.

No es solo que la montaña facilite el aislamiento y la soledad. No solo estamos “lejos del mundanal ruido”, sino que podemos escuchar el silencio, quizá ligeramente turbado por el murmullo del agua o de la brisa, el zumbido de un moscardón o el chillido ocasional de una marmota asustada. Además, he podido comprobar que en la montaña las personas se saludan al cruzarse aunque no se conozcan, mientras que en las calles de nuestras ciudades quienes se conocen van a veces tan a lo suyo que ni siquiera se saludan.

Con Hilary Putnam, julio 2010

Hablaba un día con mi maestro Hilary Putnam sobre sus hábitos de reflexión. Me contaba el siempre amable profesor de Harvard que a él pasear, dando vueltas en la cabeza al problema que le ocupara la atención en esa temporada, le ayudaba mucho a pensar. Algo así hacía también el famoso científico Henri Poincaré. Pensé que como Putnam es de formación matemática tiene quizá una gran imaginación y a la vez capacidad de concentración, de forma que puede pensar y pasear sin distraerse. A mí me es difícil pensar sin escribir. Prefiero ir por las montañas admirando simplemente lo que veo, pero llevo siempre en el bolsillo papel y lápiz por si me viene a la mente una idea feliz.

Las montañas, con sus cumbres imponentes y sus masas de piedra, levantadas por las para mí misteriosas fuerzas telúricas, nos ponen a los pobres humanos en nuestro sitio y nos dan que pensar. Por eso, al recorrer con enorme gusto el Pirineo en estos días de vacaciones, me persuadía de que en las montañas podemos encontrar algo sagrado, algo espiritual, que a muchos nos lleva a pensar en Dios.

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10 respuestas a Montañas sagradas

  1. También soy chestertoniano en esto, y las montañas me impresionan sobre todo desde abajo, que se ven más altas, sin necesidad de subirlas. Pero desde lo hondo estoy completamente de acuerdo con lo que dices (y tan bien dicho). Y aún digo más: creo que el esfuerzo y hasta el sacrificio que implica subirlas debe de haber influido también, junto al silencio y a su majestuosidad, a que el hombre las haya visto siempre sagradas.

  2. Jaime dijo:

    Muchísimas gracias, Enrique, por tu sabio comentario.
    Me trae a la memoria Mt. Craugh Patrick, [http://www.sacred-destinations.com/ireland/mt-croagh-patrick] en County Mayo, Irlanda, donde suben anualmente un millón de peregrinos, bastante de ellos descalzos, por un pedregal innoble, que nadie va a reparar porque esa es la penitencia desde que San Patricio estuvo allá arriba en el año 441. El último domingo de julio, “Reek Sunday”, suelen acudir unos 30.000. Participé en verano del 1995 y pude ver hasta ciegos con lazarillo subiendo descalzos al monte por el pedregal.

    Gracias de nuevo.

  3. Mine Corona dijo:

    Muchísimas gracias por tu post “Montañas sagradas”, entiendo muy bien la experiencia que relatas en él porque yo también sentía algo similar cuando de pequeña acostumbraba a subir a la azotea de la casa paterna y tendida boca arriba, al anochecer, me dedicaba a mirar la grandiosidad del “cielo”, o, cuando a la edad de 18 años, a bordo de un autobús de pasajeros, pasé por Acapulco y desde mi ventana pude observar por primera vez el mar. Es inenarrable la emoción, el latir del corazón, la presencia de lo divino y la pequeñez del hombre. Me parece recordar que hasta los huesos me dolían ante el sentimiento de asombro cuando de manera natural surgía la inevitable pregunta ¿quién soy en realidad?, ¿dónde está y cómo es Dios?, entre otras interrogantes que me hacía a mí misma.

  4. Mabel Prieto, de Argentina dijo:

    Hasta un cierto tiempo de mi vida no sentí interés por conocer las montañas. Nací, me crié y vivo en zona de llanura que alterna selvas con áreas boscosas. Prefería el mar para mis vacaciones, me atraía por la sensación de infinito que provocaba en mí la inmensidad de las aguas. Pero no podía dejar de conocer las montañas dado el variado y extenso paisaje de Argentina.

    Elegí para ello a Salta y Jujuy. Salta con su variedad de verdes y Jujuy con su montañas color ocre, marfil, rojizos, verde-azulado, bronce. Ambas, con su aire purísimo y esa paz particular que se respira, me enamoraron para siempre. Recuerdo la Quebrada de Humahuaca y Purmamarca, un pueblito precioso que contiene la Montaña de los Siete Colores. Pero a pesar de estas maravillas, nada fue comparable a la sensación que sentí cuando, de regreso de un viaje a Cuba, hace ya varios años, con destino a Asunción para regresar por tierra a mi casa, sobrevolamos la Cordillera de los Andes.

    Este cordón montañoso es mítico para nosotros, pues nos recuerda el cruce de los Andes hecho por San Martín con su ejército para liberar a Chile y a Perú. Volábamos sobre Mendoza, al oeste de Argentina, sobre el Aconcagua, el pico más alto de Sudamérica con casi 7.000 metros de altura. El piloto nos invitó a pasar a la cabina. Todos se fueron. Yo me quedé. Fue tan impresionante lo que vi, que me parecía irreal; la sensación me duró más de una semana. Me pareció que el avión se detenía para observar mejor. Allí estaban los picos norte y sur, erguidos, desafiándonos con su color marrón, recortados sobre el límpido azul celeste del cielo, casi confundiéndose con él.

    Las montañas se me presentaron en toda su grandiosidad. Pensé: “esta es la casa de Dios”… y sí…, hasta me pareció verlo. Allí estaba, con su majestuosidad, su belleza, su grandeza, su inmensidad… era imposible no pensar en Dios y en la pequeñez humana. Los vellos de la piel se me erizaron. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era el éxtasis de lo sagrado. El éxtasis infinito y total. De regreso, una no es la misma persona. La sensación perduró largo tiempo en mi mente y en mi corazón. Sólo atinaba a dar gracias a Dios por haberme permitido vivir semejante experiencia y ver, casi tocar con las manos, ¡tanta belleza! Al evocar la experiencia con familiares y amigos la sensación volvía.

    Otra experiencia parecida aunque no tan intensa, la viví en el Monte Olimpo, en Grecia, en las ruinas del templo de los dioses con Zeus a la cabeza. El azul infinito y profundo, el aire, la paz, el sol que traspasaba los montes y envolvía en reflejos tenues y traslúcidos el verde de los valles, las ruinas de esas inmensas columnas del templo a las que observándolas uno se preguntaba cómo logró esa civilización asombrarnos tanto. Sentir que estaba en medio de la civilización que admiraba me parecía un sueño, invoqué a los dioses, a Zeus especialmente, tal como seguramente lo hacían los griegos. Zeus fue mi dios por unas horas. Se me vino a la cabeza todo lo que mis profesores habían dicho, pensé en los griegos, en cuán intensos habrían sido sus sentimientos y emociones al estar conversando con sus dioses. ¡Era tan sagrado todo para mí!

    Hoy, al evocar vuelven las emociones a mi alma, en este domingo con sol, luego de la intensa lluvia de anoche.

  5. Marcia Moreno- Baez dijo:

    Me gustaron mucho dos puntos que anotas en tu post:

    1) El estar “lejos del mundanal ruido”, pues realmente la montaña nos brinda un silencio sagrado. Ese silencio yo lo he encontrado en las montañas y también cuando buceo en las aguas del mar. Cuando una bucea, parece que está volando en un espacio sagrado, silencioso, donde solo escuchas tu propia respiración y, a veces, alguna que otra ballena o delfín. Es algo increíble.

    2) “En la montaña las personas se saludan al cruzarse aunque no se conozcan”: es muy cierto. Quienes hacemos escalada siempre nos saludamos en la montaña con la gente que no conocemos.

    ¡Qué suerte has tenido al haber estado en la montaña!

  6. Manel dijo:

    Aquellos empelucados del XVIII hablaban de lo sublime, y luego los románticos.
    Uno de mis poetas favoritos, William Wordsworth, fue uno de los iniciadores del romanticismo inglés. Era el poeta de la naturaleza, era su casa. De un casi-panteísmo fue evolucionando hasta ver al Creador en todo aquello, incluso llegó a corregir su gran obra, The Prelude, que en su última edición reconocía la presencia de Dios donde la cosa había quedado en una espiritualidad difusa.
    Y un dicho africano: Cuando el amigo está en lo alto de la montaña, es más fácil subir.
    Un abrazo
    Manel

  7. Ainhoa dijo:

    Me gusta este texto y me recuerda la reflexión que hacía un veterano montañero —creo que era Martín Zabaleta— en una entrevista sobre el montañismo actual. Señalaba precisamente que en el actual afán de competición (la entrevista tenía lugar poco después de la disputa, casi enfrentamiento, entre Edurne Pasaban y la coreana por conseguir ser la primera mujer de los ochomiles) por un lado, y la dependencia de empresas mediáticas y publicitarias (también con corte político) que financiaran las expediciones por otro, se estaba perdiendo lo esencial del alpinismo: la relación mágica y respetuosa entre el montañero y la montaña.

  8. Me impacta la montaña: tengo anotadas desde hace unos años hasta hoy cuatrocientas treinta subidas a cimas de montañas españolas, la mayor parte en la Sierra de Guadarrama -un tesoro a unos pocos kilómetros de Madrid-, y estoy totalmente de acuerdo con lo que escribe el Dr. Nubiola. En el Nuevo Testamento, son muchos los momentos en que el Señor se va al monte a orar… El monte es un lugar privilegiado para encontrarse con uno mismo, para percibir nuestras propias dimensiones, para darse de cara con la divinidad y para hablar con Dios: las cambiantes nubes nos hablan si las contemplamos en silencio y soledad; la violencia de la naturaleza, cuando se desata, delata nuestra poquedad; las cumbres nos sitúan entre la tierra y el infinito; la vida vegetal y animal, pletórica hasta en las cimas casi inaccesibles, nos enfrenta a un mundo autónomo, misterioso, desconocido para los urbanitas; la contemplación…

    Hace poco pasé una temporada larga en el campo. En la fiesta de Pentecostés, un cura decía a los chicos que aunque no vemos al Espíritu Santo, sí lo podemos conocer por sus efectos, de la misma manera que no vemos el viento y, sin embargo, lo reconocemos por el movimiento que produce en las hojas de los árboles… Después de ese día, pasé muchos ratos observando el alegre baile de las hojas de los chopos que tenía delante, cuando, después de la quietud, una brisa suave las mecía, es decir, cuando soplaba el Espíritu Santo…

    Perdone, Dr. Nubiola, que a lo mejor me haya puesto poco cursi, pero es que creo que en el monte descubrimos otra faceta inusual de la vida.

    El Papa Benedicto escribe en ‘Jesús de Nazaret’: «El monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino también interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador».

    • Muchísimas gracias, mi querido profesor, por ese comentario tan hermoso y tan verdadero que me emociona a mí también. A partir de ahora ya no será igual cuando vea en el campus mecerse las hojas de los altísimos chopos.

      Con mi agradecimiento, un abrazo fuerte,

      Jaime

  9. Seo Español dijo:

    Yo complemento este artículo con información de unas montañas sagradas en México. Las Barrancas del Cobre son uno de los lugares turísticos más impresionantes de México. Barrancas del Cobre se refiere generalmente a tres áreas geográficas formadas por distintas barrancas. Sin embargo, Barranca del Cobre es una mina de cobre específica cerca de la villa de Tejaban. Gracias a esta mina, hoy esta gran área conformada por sierras, valles, lagos, ríos y cañónes es conocida como Las Barrancas del Cobre. Hoy miles de personas hacen viajes a barrancas del cobre a bordo del Tren Chepe, para admirar la belleza e inmensidad de los Cañones. Las fotografías de barrancas del cobre son una buena ilustración de la grandeza del destino.

    Mi recomendación y consejo es visitarlas aunque sea una vez en la vida. Es uno de los recorridos en tren más populares y hermosos en el mundo sin lugar a dudas.

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