Tradiciones y razones

Corre por internet una historia sobre Bismarck, embajador en San Petersburgo en 1860, semejante a la leyenda cuartelera del banco pintado, pero mucho más hermosa. Al parecer le llamó la atención una circunvolución que hacía la guardia de palacio en torno a un viejo parterre y preguntó a Alejandro III la razón de aquella extraña maniobra. Como el zar no lo sabía, se inició una investigación que arrojó como resultado que ciento cuarenta años atrás la zarina Catalina I había hecho colocar en aquel parterre unos hermosos rosales, regalo de Felipe V de España, y para honrar el regalo y cuidar los rosales había ordenado a la guardia aquel rodeo.

Murió la reina, murió el rosal, pasaron los años, se perdió la noticia del regalo, pero siguió manteniéndose imperturbable durante décadas la maniobra de la guardia de palacio. ¡Cuántas veces sigue pasando esto mismo ahora! En mis clases suelo usar como ejemplo la diferencia entre las blusas y las camisas: mientras la prenda femenina se abrocha la derecha sobre la izquierda, en la prenda masculina es al revés. Nadie hasta ahora ha sabido darme una razón convincente del origen de esa costumbre, que quizá perviva simplemente como una práctica comercial para diversificar los productos.

Si, tal como hacen los niños, uno se pone a preguntar el por qué de muchas cosas, cuántas veces la única respuesta que al final suele obtenerse es la del inolvidable Topol en El violinista en el tejado: “¡Tradición, tradición!”

La mejor manera de honrar las tradiciones es conocer su historia y sus razones y estar dispuestos a cambiarlas cuando eso resulte lo más razonable. Si no sabemos por qué hacemos lo que hacemos esas tradiciones pierden todo su sentido y, por tanto, serán suprimidas en cuanto aparezca un Bismarck que pregunte sencillamente su porqué.

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7 respuestas a Tradiciones y razones

  1. Laura dijo:

    Hola, Jaime. Sigo la tradición de leer este blog (porque me gusta) y también lo publicado en el sitio del GEP. Me gustaría saber si cuento con la posibilidad de consultarte por un artículo referido a una lectura de Peirce que me gustaría revisar y saber si es publicable. ¡Gracias!

  2. Corina dijo:

    Me ha gustado mucho la entrada. ¡La traición a la tradición! mantenerlas sin saber su porqué. Muchas gracias por escribirlo.

  3. Me parece muy acertada esa expresión tuya de que mantener una tradición sin saber su razón es una traición a la tradición. Afectuosamente,

    Jaime

  4. Raulo dijo:

    Interesante. En relación a los océanos de tinta en los que miles de hombres han expresado muchísimos “porqué” muy pocas cosas han cambiado. O será que el hambre y las guerras, por decir cosas concretas, no son tradiciones sobre las cuales uno pueda preguntarse su porqué. O directamente no son tradiciones, son otra cosa, por lo que preguntarse su porqué no cambia nada.

    • Muchas gracias por tu comentario. Tal como adviertes, precisamente el hambre no es una tradición y lamentablemente las guerras y violencias tampoco. Preguntarnos el porqué de cosas como esas nos abre al enigma del mal: no está sólo fuera de nosotros mismos, sino que a menudo está también dentro de cada uno de nosotros. A veces el mal puede incluso enquistarse como una tradición: basta pensar en algunos efectos del machismo, la esclavitud o tantas otras perversiones del género humano.

  5. Enrique dijo:

    No me he resistido a echar mi cuarto a espadas a esta entrada. En el semanario Alba, y recogido en Rayos y truenos. Gracias por la anécdota, el razonamiento y la inspiración.

  6. monjerebelde dijo:

    “La mejor manera de honrar las tradiciones es conocer su historia y sus razones y estar dispuestos a cambiarlas cuando eso resulte lo más razonable”.
    Y cuando se niega a conocer la historia y las razones, corremos el riesgo de aceptar lo irrazonable.

    Pienso, por ejemplo, en el Bautismo, una tradición que se vive con mucha ternura, como una hermosa bendición de Dios para nuestro hijo recién nacido. Pero la verdad, en lo que nadie piensa antes de Bautizar a su hijo, pero sí dice la Iglesia es que “Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica” (cf 1 Co 6,11; 12,13).

    ¿Acaso hay algo más puro, santo e inocente que un recién nacido?

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