El árbol y la escuela

Me escribe mi buen amigo el arquitecto Alberto Burgos:

Justo ayer preguntaba a mis alumnos qué es una escuela, y hablamos de Louis Kahn. Si llego a tener tu foto, ¡la pongo!

“La escuela comenzó con un hombre bajo un árbol, un hombre que no sabía que era un maestro, y que se puso a discutir de lo que había comprendido con algunos otros, que no sabían que eran estudiantes. Los estudiantes se pusieron a reflexionar sobre lo que había pasado entre ellos y sobre el efecto benéfico de aquel hombre. Desearon que sus hijos también lo escucharan y, así, se erigieron espacios, y surgió la primera escuela. La fundación de la escuela era inevitable porque forma parte de los deseos del hombre. Todos nuestros complejos sistemas de educación, hoy delegados en las instituciones, derivan de aquella pequeña escuela, pero hoy se ha olvidado el espíritu con que comenzó. Los locales exigidos por nuestras instituciones escolares son estereotipados y carentes de inspiración. Las aulas exigidas por el instituto, los pasillos tapizados de armaritos y los otros locales y dispositivos llamados funcionales, son organizados —claro está— en bellas confecciones por el arquitecto, que obedece a los requisitos de superficies y costos establecidos por las autoridades escolares. Da gusto ver las escuelas, pero son superficiales como arquitecturas porque no reflejan el espíritu del hombre bajo el árbol. Todo el sistema escolar derivado de su comienzo no habría sido posible si el comienzo no hubiera estado en armonía con la naturaleza del hombre. Además, se puede afirmar que la voluntad de ser de la escuela existía ya antes que la circunstancia del hombre bajo el árbol.

Por esto es bueno que la mente retorne al inicio: porque, para cualquier actividad humana constituida, el inicio es el momento más maravilloso. Pues en él está todo su espíritu, todas sus potencialidades, de las que constantemente debemos sacar inspiración para las necesidades actuales. Podemos hacer que nuestras instituciones sean grandes dándoles, en la arquitectura que les ofrecemos, nuestro sentido de esta inspiración.

Reflexionemos, pues, sobre el significado de “la escuela”, “una escuela”, la institución. La institución y la autoridad de quien recibimos la demanda de superficies. “Una escuela”, o un proyecto particular, es lo que la institución se espera de nosotros. Pero “la escuela”, la escuela del espíritu, la esencia de la voluntad de ser, es lo que el arquitecto debería expresar en su proyecto. Y yo afirmo que debe hacerlo, aun a costa de que su proyecto no se corresponda con el presupuesto. Así el arquitecto se distingue del simple proyectista. En la escuela, entendida como una esfera espacial donde es bello aprender, el atrio, medido por el instituto con tantos metros cuadrados por estudiante, será un generoso espacio tipo Panteón en el que dé gusto entrar. Los pasillos, más grandes y dotados de hornacinas que dominan el jardín, se transformarán en aulas pertenecientes a los estudiantes mismos. Serán los lugares donde muchachos y muchachas se encuentren, donde los estudiantes discutan entre ellos la tarea del profesor. Un espacio así, al adquirir el valor de aula en lugar del valor de paso de un aula a otra, será enlace y punto de encuentro y dejará de ser un simple pasillo; vale decir que ser un lugar de potencial autoeducación, un aula que pertenece al estudiante. Las clases deberán evocar su propia función mediante la variedad de espacios y ni tendrán que seguir el usual criterio de igualdad dimensional, como si fueran un montón de soldados; porque uno de los aspectos más maravillosos del espíritu del hombre bajo el árbol es la conciencia de la individualidad de todo hombre. Un maestro o un estudiante no son el mismo cuando están entre pocas personas, en una sala recogida en torno a la chimenea, o bien en una sala grande y alta, entre otras muchas personas. Y el refectorio, ¿tiene que estar necesariamente en el semisótano aunque se use poco tiempo? ¿Es que el  tiempo de descanso de la comida no forma parte también del proceso educativo?”

Fuente: Christian Norberg-Schultz y Jan Georg Digerud, Louis I. Kahn, idea e imagen, Madrid, Xarait 1981; extractos en Préstamos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El árbol y la escuela

  1. Supongo que puede ser bonito volver a sentirse niño y preguntarse el por qué de todo. No dar nada por sabido, casi desaprender, empezar de cero y con una ligera ingenuidad cuestionarse cualquier cosa ¿Por qué las blusas de las señoras se abrochan de una manera y las de los hombres de otra? ¿Por qué hay unos militares que hacer un recorrido desde hace 100 años y no otro? ¿Por qué las escuelas son así? Incluso más allá. ¿Qué es una escuela? ¿Qué es una universidad?…

    Una vez desaprendido todo ir al origen, donde todo empieza, donde están las pregunta sencillas.

    Muchas gracias por las clases que nos estás brindando.
    Curiosidad, tenacidad, optimismo, magnanimidad, veracidad, inteligencia…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s