La belleza de la verdad

Esta semana he tenido ocasión de ir a Roma para dar una conferencia en la Università Roma Tre. La Ciudad del alma —en expresión del poeta Byron— me ha cautivado una vez más. En el vuelo de ida tuve ocasión de leer despacio el libro de Loreto Spá Vázquez Materia y verdad en Mies van der Rohe, en la que la arquitecta de Granada presenta unos textos muy sugestivos del gran arquitecto alemán que tanto impacto ha tenido en la cultura contemporánea. Me ha encantado el libro, pues me ha enseñado muchas cosas y me ha puesto a pensar. No tenía ni idea de que Mies fuera católico e hijo de un humilde cantero de Aquisgrán.

Loreto Spá descubre una aparente contradicción en Mies —o al menos una tensión— entre su defensa de la pureza de los materiales y la eliminación de todo adorno superfluo (“Less is more”: así resumía Mies su arquitectura) y su permanente búsqueda del efec-

Less is more: Guía del Pabellón Barcelona, 26 marzo 2011

to estético en quienes contemplan la obra. Como escribe Spá, Mies “se inclina hacia la construcción del efecto, por encima de la construcción racional verdadera”.

A mí —que no soy experto en estética, pero sí me interesan la belleza y la verdad— esa contradicción me parecía más bien un error categorial de quienes interpretan a Mies. Me explico: la esencia de la obra de arte es el efecto que causa en quienes la contemplan. La esencia de la obra de arte —como la de todos los artefactos— no es algo que esté dentro de ella, sino fuera: es su finalidad. Se construye la obra de arte, pero su efecto no es algo que se construya. Ese efecto tiene que ver con la pureza —con la verdad— de los materiales empleados, pero sobre todo con el espíritu del artista que trabaja esos materiales hasta su perfección al ponerlos al servicio de su idea de una forma adecuada a su naturaleza.

Cuando el artista es bueno la obra de arte es un triunfo del espíritu sobre la materia. El visitante percibe ese espíritu, la belleza creada, si el autor ha logrado expresar lo que quería con los materiales que tenía. Por eso, “la belleza es el esplendor de la verdad”, en expresión de San Agustín que gustaba a Mies van der Rohe. El autor aspira a que quienes ven su obra gocen contemplándola, al menos tanto como él ha disfrutado creándola. Esa es para mí la verdad comunicativa del arte.

Con esta reflexión en la cabeza pude seguir por Roma el rastro y las reflexiones del filósofo norteamericano Charles S. Peirce en su primera visita en octubre de 1870. Primero visité el Palazzo Doria: no le pareció a Peirce interesante a pesar de la gran acumulación de obras de arte allí reunidas. Lo que percibí de un modo un tanto opresivo es el poder de la familia Doria-Pamphili, y luego quedé encantado por alguno de los cua-

dros como la Magdalena penitente de Domenico Fetti o el Descanso en la huida a Egipto de Caravaggio.

Recorrimos después el Museo del Palazzo Barberini, que además era gratuito por ser el jueves la fiesta nacional de Italia. A Peirce le impresionaron los frescos de un formidable salón (y a mí también), pero lo que realmente me cautivó fue una sala lateral con una hermosa fuente de estilo —me pareció  a mí— renacentista y unas jóvenes italianas sentadas en el suelo haciendo en sus libretas rápidos bocetos de los motivos de la fuente. Se trataba de una sala mucho más fresca que las demás, en la que el murmullo del agua y la luz velada que entraba por las ventanas la hacían del todo cautivadora: daban ganas de quedarse, aunque no hubiera ninguna silla.

Por la tarde seguí mi recorrido por la concurrida Piazza de Spagna y, sobre todo, visité despacio la basílica de Sancti Apostoli. A Peirce le impresionaron mucho las esculturas de Antonio Canova y en particular la tumba de Clemente XIV, que se encuentra en un ángulo oscuro a la izquierda. “Este monumento de Clemente XIV —anotó Peirce— tiene mucha fuerza” (“great power”). A mí, después de un largo rato contemplándolo, también me impresionó: pude sentir la fuerza que tenía aquel grupo escultórico fúnebre.

Regresé a mi alojamiento como borracho de tantas impresiones, dando vueltas en mi cabeza al libro de Loreto Spá y a las anotaciones de Mies. Mi experiencia de la jornada me persuadía de que la belleza guarda una íntima relación entre la adecuación de los materiales empleados y la fuerza expresiva del artista que aspira a afectar realmente a quienes ven su obra: no es una contradicción. Me parecía que eso es precisamente el arte y por eso de él puede brotar tanta belleza.

Nota: Agradezco las correcciones de Gloria Balderas,  Rafael Tomás Caldera y María Rosa Espot que he introducido en el texto.

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2 respuestas a La belleza de la verdad

  1. Ricardo Jiménez dijo:

    Yo tampoco conocía esos datos de Mies. Después, me quedo con esta frase: “Ese efecto tiene que ver con la pureza —con la verdad— de los materiales empleados, pero sobre todo con el espíritu del artista que trabaja esos materiales hasta su perfección al ponerlos al servicio de su idea de una forma adecuada a su naturaleza.”.

  2. José Antonio Palacios dijo:

    “La esencia de la obra de arte es el efecto que causa en quienes la contemplan”. Mi duda: el efecto que causa puede no ser el que el artista se propuso causar, porque el efecto dependerá también de quienes contemplan; ¿es así? Parece que sí, porque más adelante se dice: “El artista ‘aspira’ a que quienes ven su obra gocen contemplándola”. Entonces, la primera oración ¿sería más precisa si añadiera “… el efecto que ‘aspìra’ causar ‘y causa’ en quienes la contemplan”?

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