Verdad y libertad

Algo que me encanta de la vida académica es la permanente posibilidad de establecer lazos intelectuales hondos y fructíferos con personas que quieren aprender de la experiencia o sabiduría de sus profesores. Cuando algún estudiante se me acerca pidiéndome que le dirija la tesis doctoral suelo hablarle de dos cualidades —probablemente aprendidas de mi maestro el profesor Alejandro Llano— que deben presidir siempre una relación de este tipo: la verdad y la libertad.

El primer criterio, el de la verdad y la transparencia, lleva a eliminar toda falsa apariencia de “diplomacia” en esa relación. Por una parte, obliga al director a decir abiertamente siempre todo lo que estime conveniente y a corregir cuantas veces haga falta un mismo defecto. De otra, obliga al doctorando a advertir lealmente al director de la tesis los errores en que —al menos a su juicio— éste incurra. Para todo ello es necesario acordar un sistema de seguimiento, una conversación periódica, en la que el doctorando pueda dar noticia con sencillez del trabajo realizado y de sus desfallecimientos o de las dificultades con las que ha tropezado.

El segundo criterio radica en el carácter totalmente voluntario por ambas partes de esa relación doctoral. Tanto la recíproca aceptación, como la definición del tema o la metodología que vaya a emplearse, han de quedar siempre abiertas a una ulterior revisión dentro de los plazos convenidos. Quien inicia una tesis ha de sentirse siempre realmente libre —y ha de serlo efectivamente— para poder cambiar de director, de Departamento o de Universidad.

Como hablo frecuentemente de estos dos criterios de verdad y libertad, me impresionó mucho leer hace unas pocas semanas en el memorable “Discurso de Suecia” de Albert Camus que las dos responsabilidades que constituyen la grandeza del oficio del escritor son “el servicio de la verdad y de la libertad”. Se trataba del banquete final que, de acuerdo con la costumbre, se le ofrecía en el ayuntamiento de Estocolmo el 10 de diciembre de 1957 para clausurar las ceremonias de la concesión del Premio Nobel de Literatura. Camus explicaba: “Cualesquiera que sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión”. Y añadía un poco después: “La verdad es misteriosa, huidiza y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan apasionante como difícil de vivir. Debemos marchar hacia esos dos objetivos, penosa, pero resueltamente, sabedores de antemano de los desfallecimientos en que caeremos durante tan largo camino”.

Verdad y libertad son palabras grandes: las necesitamos como ideales que presidan nuestra vida hasta los detalles más pequeños de la convivencia diaria. No conseguiremos con ello rehacer el mundo o crear un mundo nuevo, pero sí lograremos al menos —como defendía Camus en ese mismo discurso— “impedir que el mundo se deshaga”.

[El texto completo del discurso de Albert Camus en francés,  en inglés y en castellano]

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a Verdad y libertad

  1. Raquel dijo:

    “Impedir que el mundo se deshaga”, no parece muy grande, pero quizá sea realmente a lo único que podemos aspirar. Verdad y libertad… siempre se sienten trabajando con usted.

    Un saludo!

  2. Manel dijo:

    Este artículo rebosa de “sustantividad”: la esencia de la relación doctoral, el elogio de la verdad y la libertad, las citas de Camus… Muchas gracias, recurriré a él.

  3. Muchas gracias a los dos por vuestra lectura y vuestros comentarios.

    Cordialmente,

    Jaime

  4. Julia Fdz. Tellechea dijo:

    Verdad y libertad, por supuesto, pero usted siempre se empeña en una tercera: el afecto.

    • Jaime dijo:

      Tal como dices, me parece que la verdad y la libertad no están reñidas con la cordialidad afectuosa, sino que más bien la inspiran y exigen.

      Ayer leía en una entrevista con el monje de Montserrat, Lluís Duch, que las personas con autoridad favorecen la autonomía de quienes se les acercan, mientras que quienes sólo tienen poder crean personas heterónomas, esto es, dependientes.

      El afecto es importante en las relaciones educativas y ha de favorecer siempre la independencia. La cordialidad brota de la ilusión apasionada por forjar relaciones comunicativas con los demás, para acompañarles, para ayudarles y sobre todo para aprender de ellos: las relaciones afectivas con nuestros alumnos han de tirar de ellos —¡y de nosotros!— para arriba.

      • José Antonio Palacios dijo:

        “El afecto es importante en las relaciones educativas”. Yo creo que no solo es importante; es esencial, siempre, aunque en unas edades pueda serlo más que en otras; y no solo en las relaciones educativas, sino en todas las relaciones humanas. El afecto es para la salud mental como el oxígeno para la salud corporal. Y podemos tener en cuenta, además, que siendo ¡esenciales! los dos son gratis… [Ante la escasez del oxígeno y del afecto, espero que a nuestros gobernantes no se les ocurra gravarlos con la creación de algún impuesto especial…]. ¿Qué pasaría si se nos privase de oxígeno [gratis] durante unos minutos? Pues lo mismo pasa con el corazón, con la salud mental, cuando se carece largo tiempo de afecto [gratis también], sobre todo en las épocas de la vida en que se conforma la personalidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s