La serenidad

Hace cuatro meses pude pasear por el parque zoológico de Buenos Aires en el barrio de Palermo. Los edificios, construidos casi todos en las últimas décadas del siglo XIX o primeras del XX y ahora en un estado de semiabandono, son un ejemplo gráfico del futuro prometedor que en aquel entonces se auguraba para la Argentina. El jolgorio de los niños y los diversos gritos de los animales, acompañados por un tibio sol de primavera, convertían mi paseo en una delicia para el espíritu.

Reloj de sol, Zoológico Buenos AiresLlamó particularmente mi atención un viejo reloj de sol, instalado en 1914, que contagiaba serenidad en medio de aquella ruidosa algarabía. Se trataba de una estatua de una hermosa Diana que con la  mano izquierda protege sus ojos del sol, mientras que marca la hora sobre una lápida con la sombra del dedo índice de su mano derecha. Grabada en la piedra, bordeada por las horas, figura una sobria inscripción latina: Horas non numero, nisi serenas, esto es, “Sólo cuento las horas serenas”.

Es así. En nuestra vida sólo cuentan —sólo deberían contar al menos— las horas apacibles, esto es, aquellos días en los que la serenidad ha presidido nuestra jornada aunque hayan sido muchos los contratiempos padecidos. ¡Quién no ha visto cancelado un viaje importante por una huelga inoportuna o por las inclemencias del tiempo! ¡Quién no ha sufrido en su propia casa una caída tonta que le ha tenido inmovilizado prácticamente tres semanas!

Venía a mi memoria aquel recuerdo de Buenos Aires mientras caminaba hace tres días por las montañas navarras. Aquí en el invierno la naturaleza está serenamente detenida por la nieve y el frío. Todo es de un sufrido color pardo. Llamaban mi atención los estratos geológicos que surcan verticalmente algunas montañas como consecuencia de millones de años de fuerzas tectónicas. Pero, sobre todo, me admiraba la paciencia de los árboles, pelados de frío, esperando la primavera. El musgo que crece sobre los viejos troncos no tiene prisa. Tampoco las enredaderas que los abrazan adornándolos con sus hojas verdes.

En la montaña en el invierno no hay prisas. Por eso, pasear por ellas en este tiempo —bien abrigado— cambia por completo la percepción. Lleva a descubrir qué es lo realmente importante. Al menos a mí, la naturaleza me lleva a recuperar la paz y la serenidad. Huir del ajetreo y del trajín, alejarse del consumismo desatado de estas fechas, hace posible recuperar la entereza y la paciencia, el dominio de sí. Hace posible también escuchar a Dios y así descubrir que la verdadera clave de nuestra vida es, en última instancia, el amor, el querer a los demás. Y para ello es indispensable la serenidad, pues no se puede amar aprisa.

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6 respuestas a La serenidad

  1. Iván dijo:

    Es verdad, Jaime, es difícil amar deprisa. En lo personal recobro la serenidad leyendo, pero a la antigüita: en libro de papel y con separador en mano.

    Saludos y feliz año, Jaime.

  2. Manel dijo:

    Estos días he estado leyendo novela histórica de tema romano, y salía una y otra vez la confianza de los personajes en la naturaleza, en lo natural. El mundo clásico creía en que había una lógica, un logos en “las cosas”, en el mundo, que, si lo respetabas, te traía la felicidad -siempre precaria-, te incitaba a la virtud, y resulta que una virtud-efecto del que siempre hablaban -que anhelaban- era la serenidad.

    • Jaime dijo:

      Beatus ille! Estoy del todo de acuerdo con tu experto comentario de la literatura romana.

      Lo que quería yo apuntar además es que el contacto inmediato con la naturaleza no artificial —piedras, plantas, atardeceres, etc.— nos recuerda algo muy profundo de nosotros mismos. Por eso coloqué hace unos años una ficus benjamina en mi despacho que va creciendo muy lentamente y me recuerda que no debo hacer nada por ansiedad.

  3. Manel dijo:

    Qué bonito lo del ficus benjamina, y el pensamiento del ritmo natural. Me está sirviendo para “implementar” algo en mi vida… lo estoy pensando. Creo que la próxima entrada en mi blog va a ser sobre la sabiduría implícita en el ser de lo real. Tengo una buena anécdota. No sé si conoces la técnica Alexander de higiene postural. Bueno, de eso hablaré.

  4. José Antonio Palacios dijo:

    Tengo unas doscientas “subidas” a la sierra madrileña. Casi nunca voy -vamos- a los cuatro o cinco puntos en los que se concentran los madrileños que dicen que van la sierra. Es muy frecuente no encontrarme -encontrarnos- con nadie o casi nadie en dos o tres hopas de “subida”. Le aseguro que no hay día en que, sin proponérmelo, no sienta por qué el Señor se retiraba con tanta frecuencia al monte a orar. Claro que hay que dar por sobreentendido que en la “subida” hay que prescindir de prácticamente todo lo que pueda parecer artificial.

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