La máscara de la vida

“Los pasajeros que viajen con niños deben ponerse primero la máscara de oxígeno y después ponérsela a los niños”. Cada vez que oigo por los altavoces del avión esta prudente medida de seguridad salta de gozo mi corazón porque me parece una decidida afirmación de la ley natural, del amor incondicional de los padres de todas las religiones y culturas, que de ordinario piensan antes en la vida de sus hijos que en la suya propia. “Cuando voy en avión y oigo eso de primero los padres y luego los niños —me escribía Marta Torregrosa, filósofa y madre— siempre me parece extraño porque parece que te digan piensa primero en ti y luego en ellos. Después de razonar un poco llego a la conclusión de que en este caso pensar en ellos significa ponernos primero el oxígeno nosotros para así poder ayudarles de verdad, sin desfallecer…”

A este respecto, llama mi atención el empeño de los etólogos por identificar conductas altruistas en los animales para intentar explicar reductivamente la disposición habitual de los padres a dar la vida por sus hijos como una supuesta ventaja adaptativa o algo así. La tradición egipcia ya veneraba al pelícano porque se sangraba para hacer revivir a sus polluelos. Cuando en mi adolescencia criaba peces tropicales, en el caso de algunas especies tenía que separar a las madres de sus crías nada más nacer para que no se las comieran. A mí me horrorizaba que confundieran a sus hijos con comida, pero era así y solía consolarme pensando que, a fin de cuentas, aquellos peces de brillantes colores eran realmente muy torpes.

Viene este recuerdo a mi memoria cada vez que en los medios de comunicación se airea profusamente y con todo lujo de detalles macabros la historia de una madre enloquecida que ha matado a sus hijos o a su recién nacido. Hay algo profundamente inhumano en esa conducta. Nos produce horror y algunos medios explotan lamentablemente esa veta horripilante.

La medicalización del aborto y su posterior legalización en nuestra sociedad —supuestamente avanzada— me parecen recursos despiadados para normalizar —para presentar como “normal”— una práctica tan aberrante como la conducta de mis peces tropicales que se comían a sus crías. Se trata, sin duda, de una brutalización que no tiene en cuenta ni los riesgos de la mujer que aborta ni las secuelas físicas y psíquicas: “destruir la vida en el vientre materno —escribe María Rosa Espot— no es una alternativa, es un drama”. Muchas veces quien aborta lo hace por la irresponsabilidad del padre que no quiere hacerse cargo de la criatura que ha engendrado. Otras es la falta de apoyo familiar y social, la inexistencia efectiva de estructuras de adopción o muchas otras veces la ignorancia.

Hemos de salvar a esos niños. De la misma manera que se pide a los padres que se pongan la máscara de oxígeno antes de ayudar a sus hijos, hemos de educar a padres y madres sobre el formidable valor de la vida humana aún no nacida. Además, hay que ayudarles para que en todos los casos puedan seguir adelante con el embarazo. “No los matéis, dádmelos a mí”, decía con fuerza la Madre Teresa de Calcuta.

De como tratemos a los todavía no nacidos pende, en última instancia, el futuro del género humano.

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4 respuestas a La máscara de la vida

  1. Manel dijo:

    Me ha gustado mucho la interpretación simbólica del mensaje de la azafata, y lo que dice Marta Torregrosa. Si estiramos un poco más la metáfora, yo diría que ese oxígeno es la formación humana, cultural -la paideia-. Cuando el aire social, cultural, familiar, político está muy viciado, las personas pueden actuar salvajemente. Poco oxígeno o malo, y el organismo empieza a “disfuncionar”. Y si tienes oxígeno, darás de él a los que están a tu lado.

  2. Me parece formidable ese ensanchamiento de la metáfora de la máscara de oxígeno: cuando el aire está viciado los seres humanos podemos llegar a actuar salvajemente y, en contraste, la educación viene a ser como el oxígeno del espíritu humano.

  3. Me escribe un lúcido comentario Marta V. desde Guadalajara que transcribo aquí:

    Gracias por este artículo sobre el aborto. Efectivamente es algo aberrante. Sin embargo, al perderse la referencia objetiva de los valores se pierde la dimensión valorativa de los hechos que pasan a considerarse como algo cualitativamente neutral, sobre lo que cabe cualquier apreciación. En la raíz de esa ceguera compartida con los “peces” creo que se encuentra el colapso de la distinción entre hechos y valores de la que habla Hilary Putnam.

  4. Me escribe atinadamente el poeta amigo Juan Ruiz de Torres

    El problema, querido Jaime, no es educar en el respeto a la vida a las jóvenes (y no tan jóvenes) sino reeducar a la familia, que es la que puede transmitir valores, y a los profesores, y en última instancia a ellos. Vivimos en una sociedad en la que perdieron su primacia las responsabilidades comunes y comunitarias -aunque eso ya lo dijo Platón hace 24 siglos-. Y cuando veo el campo desde el tren, todas las construcciones llenas de pintadas, extrapolo.

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