Ser razonables

La pasada semana tuve ocasión de asistir a un fascinante coloquio en la venerable Universidad de Alcalá sobre la actualidad del pragmatismo en el siglo XXI. Me habían invitado a hablar sobre la cuestión que más me preocupara y, por supuesto, hablé del difícil estatuto de la racionalidad en nuestros días. Me parece que el papel de la razón en nuestras vidas y en nuestra civilización es la cuestión filosófica central que atraviesa los dos últimos siglos de la cultura occidental hasta el día de hoy.

Como anunció Husserl enfáticamente en su famosa conferencia de Viena en 1935, “la crisis de la existencia europea sólo tiene dos salidas: la ruina de Europa, alienada de su propio sentido racional de la vida y caída en el odio del espíritu y la barbarie, o el renacimiento de Europa desde el espíritu de la filosofía mediante un heroísmo de la razón que supere definitivamente el naturalismo”. La historia intelectual del siglo XX ha sido muy compleja. No son muchos los que se dan cuenta de que en el momento presente la cultura occidental está dominada por un naturalismo reduccionista que, so capa de una actitud científica, aspira a eliminar de nuestras vidas sus elementos más genuinamente humanos.

Esto se advierte con claridad cuando se sostiene, por ejemplo, que las máquinas —desde la simple calculadora hasta el LHC (Large Hadron Collider del CERN, la llamada “máquina de Dios“)— son la cumbre de la racionalidad. Cuando se afirma eso, la razón está realmente en peligro. Como mi colega Ruth Breeze me ha dicho alguna vez de su niño de cuatro años: “mi hijo Charlie es muy racional, pero no es todavía razonable”. Lo mismo puede decirse de esas máquinas: aunque en ellas se haya acumulado el esfuerzo intelectual de muchas generaciones de científicos nunca podrán decirnos realmente qué sea lo más razonable hacer en una situación determinada. A mí me gusta contrastar —siguiendo a Charles S. Peirce y a otros filósofos (1) y científicos— la racionalidad con la razonabilidad, lo racional y lo razonable. No tengo inconveniente en decir que nuestras máquinas son inteligentes e incluso racionales, con tal de que nos reservemos para nosotros el ser razonables.

La filosofía pragmatista aporta la convicción de que el modelo racionalista es una manera equivocada de entender la propia actividad investigadora. No es la ciencia un proceso de búsqueda de fundamentos, sino más bien de resolución razonable de problemas con los datos y teorías disponibles en cada momento. Con una imagen del propio Peirce, podemos decir que en nuestra actividad investigadora nos encontramos andando sobre un barrizal, en el que caeremos si en lugar de seguir hacia delante nos detenemos en busca de un asidero firme e inconmovible. Pero que esto sea así no significa que no haya progreso: la búsqueda de la verdad es enriquecedora, porque la verdad es perfeccionamiento. No hay un camino único, un acceso privilegiado, a la verdad: la razón de cada uno es camino de la verdad, pero las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían nuestra comprensión. Quizá por esto me gusta repetir que la verdad no es fruto del consenso, sino que más bien es el consenso el fruto de la verdad.

Concluía mi intervención en Alcalá afirmando que la verdad no es racional, sino más bien razonable: “La experiencia de la vida me ha enseñado —escribió Charles Peirce en 1900— que la única cosa que es realmente deseable sin una razón para serlo, es hacer razonables las ideas y las cosas. Realmente no se puede exigir una razón para la razonabilidad misma”. A estas alturas del siglo XXI nos encontramos con una razón humana en peligro, asaltada por el cientismo que la reduce a una racionalidad mecánica y algorítmica, en última instancia inhumana, y por el relativismo cultural que reduce la razón a meras prácticas comunicativas locales. En mis entradas en este blog intentaré esbozar, al hilo de asuntos de relativa actualidad, un camino intermedio en el que a la experiencia de nuestra falibilidad esté aunada una confianza en la capacidad de la razón, sobre todo cuando se alimenta de la experiencia y del diálogo cordial con los demás.

 

(1) Por ejemplo, Stephen Toulmin en Regreso a la razón: El debate entre la racionalidad y la práctica personales en el mundo contemporáneo (Barcelona, Península, 2003)

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7 respuestas a Ser razonables

  1. Manel dijo:

    Qué bien tenerte en formato blog. Me ha parecido muy razonable todo, y por lo tanto verdadero. La anécdota de R. Breeze, genial.

  2. Félix dijo:

    Saludo esta iniciativa con todo cariño y oración.
    Este artículo me ha hecho recordar un relato de Isaac Asimov (científico y escritor de ciencia ficción) donde el humano pensaba para sí al ver la reacción de un robot: Los robots trabajan con la lógica y desde ella razonan pero no son realmente inteligentes al modo humano. La frase no es literal y, si no me equivoco, el relato es “El Sol desnudo”. Y me ha dejado pensando…
    Adelante y gracias por ayudarnos a pensar.

  3. Eduardo dijo:

    Gracias por tu artículo, y enhorabuena por el blog! Me interesa mucho el “programa” y tu enfoque. También creo, hasta donde puedo entender el asunto, que los “fundamentos” son imprescindibles, pero absolutamente ineficaces si no están ligados a esa razonabilidad que mencionas. Me parece que el problema de los fundamentos es que son mucho más sencillos de lo que el despliegue intelectual del filósofo académico está dispuesto a reconocer. En fin, que la razonabilidad tiene una función profundamente irónica, socrática. No golpea a los demás en la cabeza con “su principio”, pero desactiva con humor, talento y ternura -dejando siempre una salida honrosa- las grandiosidades intelectuales que nos llevan a todos a la ruina a fuerza de negar el modo en el que lo absoluto está presente en las cuestiones más cotidianas. Supongo que esto es lo que hacía Sócrates, justo en el proceso de razonabilidad que articula todo diálogo. Con todo, probablemente sería necesario encontrar en esa razonabilidad un modo razonable de hablar de “fundamentos”, una nueva retórica y unos nuevos términos que expresen la densidad real de las verdades con las que vivimos y que, en cambio, no posean la carga violenta que hoy atrrastra un discurso sobre fundamentaciones.

  4. Jaime, desde aquí saludo la iniciativa del Blog y me daré siempre una vuelta para poder comentar, Abrazo grande desde Buenos Aires

  5. Julia Fdz. Tellechea dijo:

    El otro día me acordé de sus reflexiones e hice un experimento improvisado. Estaba en la sala de profesores esperando a que saliera un capuccino de la máquina, a mi lado un compañero forcejeaba con la fotocopiadora: “está estropeada”, “¿por qué no fotocopia?”, “¿qué hago mal?”. Intenté ayudarle, pero nada, cogí mi café y observé. Todos los compañeros que estaban en la sala intentaron ayudarle: `”¿seguro que has…?”, “prueba a poner…”, “quizás”, “llama al secretario”, “no sé”, “¿qué raro?”, “¿seguro que está enchufada?”. Y nada, la máquina no fotocopiaba. Entonces recordé sus palabras y probé: “es que las máquinas son muy racionales pero muy poco razonables”. Para mi sorpresa todos aplaudieron la frase, ninguno discutió la racionalidad de la fotocopiadora… quiero pensar que mis nuevos compañeros son muy amables o muy considerados con las novatas.
    Le agrego a “favoritos”. Me alegra su nueva aventura.

  6. Ricardo dijo:

    Enhorabuena por el blog, Jaime. Le daré publicidad.
    Un abrazo

  7. Víctor Fabián fretel dijo:

    Mi nombre es Víctor Fabián de Huánuco, Perú, recordándole. Con afecto seguiré desde aquí los escritos suyos.

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