Investigar en filosofía

Durante casi 20 años he venido dando cursos de metodología de la investigación en filosofía, centrados en particular en cómo hacer una tesis doctoral. Publiqué un libro titulado El taller de la filosofía. Una introducción a la escritura filosófica, que está en su quinta edición, y llevo ocho años al frente de una de las mejores revistas de filosofía en lengua castellana: Anuario Filosófico. Me parece que estos datos personales pueden servir para contextualizar mi reflexión, pues durante todos estos años entendí que investigar en filosofía consistía básicamente en escribir, esto es, en publicar. Para quien desee hacer carrera académica —repetía yo a mis estudiantes con el lema norteamericano— no hay otra alternativa: to publish or to perish!

En un reciente viaje a Argentina han coincidido tres factores que me han llevado a cuestionar a fondo esta convicción tantas veces enseñada. Por una parte, la lectura del libro de Jordi Llovet Adeu a la Universitat en el que hace un balance muy negativo de lo que pasa por  “investigación” en las humanidades; por otra, impartí un curso de metodología a un nutrido grupo de alumnos de un programa Máster que no tenían el menor interés en la investigación en filosofía, sino solo en hacer un trabajo de fin de Máster que resultara digno y les sirviera para completar el programa y obtener la correspondiente titulación. El tercer elemento fueron las conversaciones con doctorandos y colegas en las que —como suelo hacer siempre— les invitaba a pensar, a acercar su pensamiento a su vida, a intentar articular inteligentemente la erudición y la creatividad, a integrar la dilucidación histórica con los problemas que acucian hoy a nuestra sociedad. Siempre he pensado que esta es la manera responsable de hacer filosofía.

En un mundo como el nuestro en el que la vida de tantas personas y organizaciones se encuentra —casi siempre— alejada del examen inteligente de uno mismo y de lo que acontece en la sociedad, una filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos —tal como ha hecho buena parte de la filosofía moderna— me parece un lujo que no podemos permitirnos. Cuántas veces habré citado la afirmación de Husserl de que quienes nos dedicamos a cultivar el pensamiento somos los “funcionarios de la humanidad”: tenemos como misión propia el mantener vivos la libertad de espíritu, el afán por la justicia y la paz, el cultivo de las ansias de comprender que albergan los corazones humanos. Me gusta recordar las palabras finales de la famosa conferencia de Husserl en Viena el 10 de mayo de 1935, “la crisis de la existencia europea sólo tiene dos salidas: la decadencia de Europa, alienada de su propio sentido racional de la vida, [con la consiguiente] caída en el odio del espíritu y la barbarie, o el renacimiento de Europa desde el espíritu de la filosofía mediante un heroísmo de la razón que supere definitivamente el naturalismo”[1].

Han pasado 75 años desde aquellas memorables palabras. Europa atravesó la penosa experiencia de una terrible nueva guerra mundial y el horror del Holocausto. Sin embargo, son bastantes los elementos que llevan a pensar que la avanzada sociedad occidental sigue hoy en aquella peligrosa situación, caracterizada por una radical desconfianza hacia la razón libre, el pensamiento independiente y, por supuesto, el desprecio hacia las humanidades en general. Esto se traduce en multitud de elementos que afectan a la educación en todos sus niveles: desde la eliminación en los sistemas educativos de aquello que John Henry Newman llamó la liberal education hasta el predominio de las “habilidades” y “competencias” utilitaristas y prácticas en lugar de la lectura, el estudio y la reflexión que siempre caracterizaron a los verdaderamente sabios. Muchas veces pienso que quienes hoy en día cultivamos las humanidades nos asemejamos cada vez más a los monjes del medievo rodeados de una barbarie agresiva que ignora casi por completo la cultura, tal como preconizan tantas novelas de ciencia-ficción.

Todo esto viene a cuento de la pregunta sobre qué es hoy —y qué debería ser— investigar en filosofía y, por tanto, qué debo enseñar cuando enseño a investigar. Sin duda, una parte de la reflexión filosófica ha sido siempre la erudición histórica, esto es, la comprensión de por qué tal pensador afirmó una determinada tesis en un contexto concreto. Por poner un ejemplo cercano, he dedicado mis últimos años —con financiación pública y privada— al estudio de la correspondencia europea del filósofo y científico norteamericano Charles S. Peirce durante sus viajes por Europa que —pensamos mi grupo y yo— transforma en buena medida la imagen recibida de este autor y permite comprender mejor el valor de su pensamiento para la superación del naturalismo cientista dominante. Sin embargo, me parece a mí que la mayor parte de las investigaciones eruditas —incluidos los artículos que se publican en numerosas revistas de filosofía— solo interesan a sus propios autores que buscan con esas publicaciones su legítima promoción profesional, la obtención de una plaza, su acreditación o los llamados “sexenios de investigación”, esto es, un complemento retributivo.

Aun en estos casos, si la investigación se hace bien puede decirse que amplía nuestro conocimiento, pues acumula nuevos datos y nuevas interpretaciones, que quizás en un futuro puedan servir a otros para cambiar por completo la comprensión de ese campo. Esta es la tradición de investigación en humanidades, la scholarship, que consiste en el estudio de unos autores, en el aprendizaje de unas técnicas y estilos de investigación, en la exploración de unos problemas tradicionales. En mi curso de metodología suelo leer el severo juicio de George Steiner en Presencias reales: en humanidades “la noción misma de investigación está viciada por el postulado a todas luces falso según el cual decenas de miles de jóvenes tendrán algo nuevo y acertado que decir sobre Shakespeare, Keats o Flaubert. De hecho, el grueso de la «investigación» doctoral y posdoctoral en literatura y las publicaciones engendradas por ella no constituyen otra cosa más que un gris marasmo. (…) En todas las áreas menos la estrictamente filológico-histórica, la fabricación de «investigación» humanística es precisamente eso, fabricación. Las ilusiones resultantes en la Academia son calamitosas”[2].

Yo no soy tan pesimista, pero estoy persuadido de que la erudición sola no basta. Con los conocidos versos de T. S. Eliot: “Where is the wisdom we have lost in knowledge? / Where is the knowledge we have lost in information?” Hoy en día a los filósofos se nos piden “resultados de investigación” y los resultados son publicaciones en revistas acreditadas internacionalmente, si es posible, que tengan una evaluación de su impacto, esto es, del número de citas posteriores que reciben de otros colegas. ¿Tiene sentido esta asimilación del pensamiento filosófico a las pautas cuantitativistas que rigen las subvenciones en el ámbito de la medicina o la química? Y, más radicalmente, ¿es eso investigación? ¿Investigamos para aprender o para descubrir algo nuevo? Investigar lo ya conocido equivale simplemente a estudiar.

En puridad, la investigación ha de ser la respuesta novedosa e inteligente, individual o colectiva, a los problemas que nos acucian. Pero, ¿hay problemas filosóficos que acucien a nuestra sociedad? Más aún, ¿qué es un problema filosófico? Y ¿tienen esos problemas alguna característica que los haga filosóficos? Estas preguntas traen a mi memoria aquello que decía Hilary Putnam en una entrevista en 1992[3]:

“Quizá lo más importante que trato de defender sea la idea de que los aspectos teóricos y prácticos de la filosofía dependen unos de otros. Dewey escribió en Reconstruction in Philosophy que ‘la filosofía se recupera a sí misma cuando cesa de ser un recurso para ocuparse de los problemas de los filósofos y se convierte en un método, cultivado por filósofos, para ocuparse de los problemas de los hombres’. Pienso que los problemas de los filósofos y los problemas de los hombres y las mujeres reales están conectados, y que es parte de la tarea de una filosofía responsable extraer esa conexión”.

Por supuesto, pienso yo lo mismo. A Hilary Putnam le gusta recordar también que para Stanley Cavell la filosofía es básicamente “education for grown-ups“, esto es, educación para gente adulta.

Algunos de mis colegas dicen que basta con que los filósofos despertemos a los demás ciudadanos, invitándoles a reflexionar, pero a mí eso no me es suficiente. Pienso que debemos enseñar la cuestión decisiva que es siempre la de cómo vivir. Hablando hace unos días con unos queridos colegas chilenos me hacían ver que la asombrosa especialización de la filosofía —como la de tantos otros saberes— es probablemente una de las causas de la transformación de buena parte de la investigación filosófica en erudición, pero también que un buen filósofo de estirpe socrática ha de sentirse vocacionalmente llamado a velar por la ciudad —como el tábano sobre el caballo— para que no se amodorre. Hoy en día se hará esto a través de la prensa, la televisión, un blog en internet. Habrá, por tanto, que escribir artículos superespecializados en revistas de alta consideración académica y a la vez empeñarse por estar en los medios de comunicación respondiendo lo mejor que podamos a las inquietudes de nuestros conciudadanos.

Pero, ¿es esto suficiente? Esto puede parecer más bien solo un parche o un remiendo. No puedo quitar de mi cabeza la tesis XI sobre Feuerbach: “Los filósofos hasta el momento no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata ahora es de transformarlo”. Estoy persuadido de que hay que pensar y encontrar nuevas maneras de hacerlo —o al menos intentarlo— en este mundo global: en todo caso, no basta con escribir libros que vayan a leer unos pocos.

Siempre sueño con que entre mis alumnos, doctorandos o lectores en general se encuentren aquellas personas jóvenes, inteligentes y con el corazón grande, capaces de llevar a cabo esa formidable y magnífica tarea.

Buenos Aires, 29 agosto 2011


[1] E. Husserl, “La crisis de la humanidad europea y la filosofía”, en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Una introducción a la filosofía fenomenológica, Crítica, Barcelona, 1991, p. 358.

[2] G. Steiner, Presencias reales, Destino, Barcelona, 1991, pp. 50-53.

[3] J. Harlan, “Hilary Putnam, Acerca de la mente, el significado y la realidad“, Atlántida IV, pp. 77-83.

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17 respuestas a Investigar en filosofía

  1. Corina dijo:

    Magnífica reflexión d. Jaime, tendré tiempo para ir pensando sobre lo que más me ha llamado la atención, y ojalá, podamos comentarlo pronto. Cuando empecé mi tesis doctoral escribí un pequeño artículo para el blog: “De como se escribe un libro”. Allí decía que quizá uno de los mayores retos a los que se enfrenta quien escribe una tesis sea mantener el sentido de lo que se hace. Al principio las expectativas son grandes y osadas, al final, las expectativas se acercan a las de sus alumnos de master argentinos: vamos a salir del paso dignamente y luzcamos el título en el cv y, quizás, en la pared del despacho. Pero, en el fondo, más allá de los vericuetos de las competencias, sexenios y escalafones académicos hay gente que mantiene el fuego encendido: aprender y transformar. Yo puedo decir con alegría y agradecimiento inmenso, que gracias a haber aprendido a investigar a su lado, dentro o fuera de la universidad, esa llamita estará encendida siempre.

  2. Jaime N. dijo:

    Estimada Corina,

    Muchísimas gracias por tu mensaje agradecido. La atención de los estudiantes de doctorado es para mí en cada caso un regalo del Cielo del todo inmerecido. Siempre aprendo más de ellos que ellos de mí. De ti he aprendido todo lo que sé de Ricoeur y muchísimas cosas más.

    Doy muchas gracias a Dios y a ti. Afectuosamente,

    Jaime

  3. Querido Jaime, llego tardíamente a tu artículo y me lamento de ello. Es una pena que tu estadía en Argentina te hay devuelto, al menos parcialmente, esa sensación de “cumplimiento de las obligaciones” que se generó en tu curso Master. Lo noto yo también en mis cursos, los estudiantes no cesan de preguntar sugerentemente, ¿Qué “entra” en el examen? Imagino que para leer lo menos posible y lograr, como diríamos por acá, “zafar”.
    Tu reflexión, de todos modos, es más amplia e involucra a la filosofía, su forma de investigación y hasta su utilidad. No teniendo nada para decir acerca del “como” vivir de las distintas comunidades, creo, y firmemente, que la filosofía tiene mucho para ayudar en dotar a las personas de interpretaciones, puntos de vistas, preguntas y experimentos que puedan mejorar la vida individual y la experiencia colectiva. Veo, eso si, con mucha preocupación, que los espacios de hiperprofesionalización, de clausura en los claustros y hasta de captura universitaria de la filosfía conspira contra esta meta virtuosa. Reconozco en vos uno de los pocos que no lo hace, uno de los pocos que teniendo las acreditaciones suficientes, no intenta confinar en una universidad al saber filosófico. Por desgracia, y sobre todo aquí en la Argentina, no veo demasiados ejemplos parecidos. Con el agradecimiento de siempre, te dejo un gran abrazo.

    • Querido Gabriel,
      Muchas gracias por tus afectuosas palabras. Veo que compartimos la misma preocupación sobre la filosofía y su profesionalización. Ya somos al menos dos dispuestos a no dejarnos arrastrar por la ambición utilitarista. Un abrazo,

      Jaime

  4. Maria dijo:

    Hola Jaime, acabo de descubrir tu blog, no lo conocia. Enhorabuena, está muy bien, y esta entrada me ha gustado especialmente. Saludicos desde Murcia!

  5. Reproduzco aquí el excelente artículo de Teresa Vallès, en La Vanguardia, 18 de septiembre 2011, p. 29

    El futuro de la universidad ¿Vampiros o humanistas?

    TERESA VALLÈS
    Decana de Humanidades de la Universidad Internacional de Cataluña.

    En el contexto de la crisis económica que sufrimos, hay quien cree que la empleabilidad de los graduados universitarios es la palabra mágica que tiene que inspirar la actual reforma universitaria, que hay que centrarse en las competencias profesionales para contribuir al crecimiento económico. Sin embargo, voces autorizadas como la de Martha Nussbaum (Not for Profit. Why Democracy Needs the Humanities, 2010) alertan del canto de sirena de una formación universitaria focalizada en el beneficio económico.

    La cuestión es: ¿para salir de la crisis es suficiente con profesionales competentes? ¿No han contribuido precisamente a provocarla trabajadores del sector inmobiliario y financiero muy eficientes en la generación de beneficios a corto plazo? Esta crisis nos tiene que hacer darnos cuenta del peligro social de toda carrera profesional (y toda formación universitaria) polarizada por una rentabilidad económica que prescinde del bien común: cuando la universidad forma profesionales competentes pero insolidarios, crea auténticos depredadores, individualistas a la caza de un trozo del pastel, vampiros que han aprendido a sacar el máximo beneficio personal del entorno sin aportar nada.

    La universidad tendría que aspirar a formar profesionales competentes socialmente comprometidos. Universitarios conscientes de su deuda con las oportunidades que la sociedad les ha dado. Profesionales proactivos y emprendedores, promotores de un clima de trabajo cordial y potenciador de los talentos de cada uno. Y una vez superado el individualismo corto de miras que pretende ganar a cualquier precio, contribuir al único y auténtico beneficio: el de todos.

    ¿Es una utopía esperar tanto de la formación universitaria? Quizás la única manera de hacer arraigar el compromiso social y la voluntad de servir —de integrar esta aspiración como un elemento de la vida profesional— es apuntar todavía más arriba y añadir un tercer reto. El compromiso social no puede suponer una carga extra para el profesional competente: tiene que ser parte de una manera de vivir, una apuesta para ser cada día más plenamente humanos.

    En definitiva, el tercer reto de la formación universitaria es aspirar a transmitir y contagiar el humanismo en el sentido más ambicioso: la excelencia humana, los valores y el patrimonio de experiencia y sabiduría heredadas a través de la cultura. Si pretendemos que arraigue en los estudiantes este humanismo —la aspiración a vivir con plenitud la condición humana—, la universidad tiene que ponerlos en contacto con la tradición cultural transmisora de valores: el arte, la filosofía, la literatura —en definitiva, la cultura—. Y dado que la excelencia humana se asimila por contagio, cada uno de los miembros de la comunidad universitaria —alumnado, profesorado y personal de administración y servicios— está llamado a hacer del ámbito académico un espacio impregnado de auténtico humanismo. Entonces la universidad será capaz de formar empresarios humanistas, periodistas humanistas, médicos humanistas, humanistas profesionales del sector cultural… La crisis no es solo económica. Vivimos una crisis en la transmisión de los valores humanos de nuestro patrimonio cultural. Es, pues, el momento de contribuir a la confluencia de la competencia profesional, la responsabilidad social y el humanismo en la formación universitaria. Si no nos queremos arriesgar a criar vampiros en las aulas, hay que apostar por los profesionales humanistas.

  6. MIRNA dijo:

    Hola, me encantó tu artículo, y se lo he enviado a mi hija que está estudiando cuarto año de universidad, que felices fuéramos si en el centro de estudio se preocuparan por los estudiantes en todo sentido, que ya no hubiera maltrato de parte de maestros y si hasta el que hace la limpieza los maltrata, ¿cuando vamos a tener estudiantes que amen sus carreras, si donde estudian no son tratados como merecen?

  7. nazareth dijo:

    hola me encantaria saber pero con urgencia a mas tardar hoy quienes realizan la filosofi del siglo 21 por favor

  8. Francisco dijo:

    He leído su artículo con verdadero interés porque he sido un estudioso tardío de la filosofía; terminé la licenciatura en la UNED, ya jubilado tras 40 años de docencia en enseñanza primaria y secundaria. ¿Por qué este interés? Porque sigo leyendo filosofía a la vez que busco algún camino de creación, inspirado en un título que ha llegado tarde. Su invitación a la investigación y a la creación es muy atractiva, pero creo que se ha de empezar pronto para ir construyendo un proyecto con diversas perspectivas, que se vaya haciendo cada vez más maduro e interrelacionado con intereses vitales que correspondan a las distintas fases de la vida del pensador.De ese entramado surge una obra en el tiempo que puede ser más o menos sistemática, pero que no cierra puertas al revisionismo de las propias ideas.
    A pesar de este condicionante, no desfallezco: tengo mi mente y mis sentidos abiertos a la realidad que me rodea desde la reflexión y la actuación.
    Un cordial saludo.
    Francisco

  9. Gracias por el blog, Jaime. De la teoría a la práctica parece siempre haber un enorme vacío y en tus escritos se aprecia la continuidad del proceso. Intento hacer una tesis sobre filosofía ambiental y veo con tristeza cómo las nuevas propuestas son solo compilaciones. Me imagino que la metodología propuesta por la universidad para hacer investigación -basada en preparar a los alumnos para publicar en revistas arbitradas- seguirá viciando y quitándole el buen sabor a la filosofía.

    • Muchísimas gracias, Karla, por tu experto comentario. Pienso que, aunque difícil, es posible intentar articular unitariamente un proyecto de investigación doctoral en filosofía ambiental que incluya tanto profundización teórica como riqueza empírica y cuyos resultados preliminares se traduzcan en dos o tres artículos en revistas especializadas. Cuenta con mi apoyo en lo que pueda.

  10. Estimado Dr. Nubiola:
    Comencé mis estudios en Filosofía hace escasas tres semanas. Me recomendaron leer su libro en la materia de Metodología (libro que aún no he podido conseguir). Y hoy para mi sorpresa está usted “aquí”.
    Me conmueve su escrito; me fortalece también. Soy profesor de adolescentes y me ocupan, me ocupan mucho. ¡Nuestros jóvenes se están suicidando! Y con ello, la filosofía. Comulgo con su idea de apoyarnos para hacernos “entender” que no todo es entendible, que la vida es como es.
    Encuentro mucha dificultad en formalizar ideas sobre filosofía de vida. Me descubro temeroso (y avergonzado) de que parezcan más psicologismos, corriendo el riesgo de olvidar las preguntas filosóficas.
    Me emocionaría mucho contar con alguna sugerencia suya.
    Reciba un afectuoso saludo desde México.

  11. Pingback: Apología de las Letras

  12. CESAR AUGUSTO PATIÑO TRUJILLO dijo:

    He deseado iniciar mi doctorado en filosofía, pero ¿saben cuál es el gran problema? No sé que tema ni problema proponer para mi tesis de grado. Parece ser que todo estuviera dicho, soy consciente de que no es así y, sin embargo, me asalta una gran duda: ¿Por qué no tengo un tema que me sacuda y me sorprenda? Hay alguna sugerencia temática para intentar develar, descorrer esta columna de humo denso que no me deja ver más allá y que impide encontrarme con una Pregunta que me confronte? ¿Tal vez no haya ninguna cortina y lo que busco pueda estar en frente de mis narices mientras yo desesperado me sumerjo en un mar que en medio de la oscuridad no me deja observar nada?

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